samedi 4 février 2012

Francia FERNANDEZ/ Chile color Violeta


Una poeta del pueblo
Chile color Violeta
Por Francia Fernández

Nació en el campo y conoció de cerca la pobreza. Recorrió "ciudades y charcos", recopilando el folklore chileno. Al cumplirse 45 años del suicidio de Violeta Parra, su país la honra y la venera cada día más

"Tu madre se suicidó". Eso le dijo un amigo, "con cariño y firmeza", a Ángel Parra, el 5 de febrero de 1967. Eran las tres de la tarde. Y el hijo mayor de Violeta Parra, entonces veinteañero, se encontraba a 200 kilómetros de la carpa en la que su madre había acabado con su vida de un balazo, una hora antes. Así lo recuerda en su libro Violeta se fue a los cielos, en el que también cuenta que no hubo presentimientos ni avisos mágicos. Sólo un frío interior que se apoderó de él, a pesar del intenso verano santiaguino.

Han pasado 45 años desde esa tarde decisiva y Violeta Parra recién comienza a ocupar el lugar que le corresponde en la historia chilena. El libro de su hijo inspiró la película homónima de Andrés Wood, que ha dado la vuelta al mundo. Y en los últimos años se le han rendido una serie de homenajes.

A mediados de este año, verá finalmente la luz un proyecto que comenzó a gestarse en 2004: el Museo Violeta Parra. Ubicado en la transitada Avenida Vicuña Mackenna y tras una fallida programación en otro lugar, es fruto de la insistencia de Isabel Parra, que se ha dedicado a rescatar y mantener vivo el legado de su madre a través de la fundación que lleva su nombre.

Se trata de una construcción de dos pisos, de 1300 metros cuadros, con una impronta rústica: una fachada de vidrio doble, cuyos paneles están separados por un enorme tejido de mimbre, a tono con la austeridad y sencillez que caracterizaron a la cantautora, poeta, pintora, arpillista, bordadora y ceramista chilena.

"El edificio es lúdico, luminoso, sencillo, pero complejo en la geometría. Todo eso era parte de la Violeta. Su poesía, su canto y su música, que eran muy limpios, correspondían a una depuración muy elaborada desde el interior -dice Cristian Undurraga, arquitecto a cargo de la propuesta-. Es muy gratificante participar de un tributo que le hace justicia a una de los artistas más grandes que ha tenido este país."

Ciertamente, Violeta no sólo ha sido una las chilenas más grandes, sino la más universal, con un cancionero que han interpretado desde Víctor Jara hasta Pedro Aznar, y que incluye temas como: "Al centro de la injusticia", "Corazón maldito", "Maldigo del alto cielo", "Arauco tiene una pena", "La jardinera", "Modérnica Mazúrquica", "Arriba quemando el sol", "Casamiento de negros", "La carta", "Qué dirá el Santo Padre", "Volver a los 17" y "Gracias a la vida".

Infancia y arañones

Nacida el 4 de octubre de 1917 en el sur de Chile (San Carlos, Octava Región), conoció desde siempre la pobreza y otras miserias. Por eso decía que estaba hecha de "fierro muy duro" y que poseía una voluntad inquebrantable. "La suerte mía fatal/ No es cosa nueva señores/ Me he dado sus arañones/ Desde chica sin piedad?", escribió en Décimas. Autobiografía en verso (1958), donde enumeró todos los males que contrajo, hasta los tres años. Entre otros, la alfombrilla, el sarampión y la viruela. Esta última la tuvo al borde de la muerte y le dejó huellas indelebles en el rostro (al que llamaba "mi cara fea").

Si bien su complexión era débil, Violeta poseía un carácter fuerte, explosivo y dominante. Se crió junto a ocho hermanos y dos medio hermanos, con los que jugaba en el vecino río Ñuble y en los aserraderos y barracas aledañas.

Su padre era un maestro de música de escuela primaria, aficionado a la bebida, y su madre, una costurera que cantaba canciones campesinas, mientras trabajaba con su máquina de coser. Como el papá de Violeta (considerado el mejor folklorista de la zona) no quería que sus hijos cantaran, guardaba su guitarra escondida. Sin embargo, la avispada niña no tardó en descubrir la llave en el cajón de la máquina materna. "Me había fijado cómo él hacía las posturas y aunque la guitarra era demasiado grande para mí y tenía que apoyarla en el suelo, comencé a cantar despacito las canciones que escuchaba a los grandes. Un día que mi madre me oyó no podía creer que fuera yo", relató la cantautora en una entrevista de 1958.

Tenía nueve años cuando escribió su primera canción, dedicada a su muñeca de trapo, y desde entonces comenzó a componer y a escribir versos. A los doce, era un pequeño prodigio que les ponía música a los versos de su hermano Nicanor (el "antipoeta" recientemente galardonado con el Premio Cervantes). También reproducía música de las vitrolas y de unas parientas lejanas, las Hermanas Aguilera, que cantaban repertorios propios.

En 1927, Violeta y su familia se trasladaron a una ciudad más grande, Chillán. Allí la niña terminó la primaria y cursó el primer año en la escuela normal. Cuando su padre enfermó gravemente, ella abandonó sus estudios para trabajar en el campo.

Su madre, Clarisa Sandoval ("una artista", según Violeta, porque le hacía vestidos con los pedacitos de tela que guardaba), además de coser, lavaba y vendía para otros. Pero sus esfuerzos no alcanzaban para mantener a la familia. Conscientes de las penurias cotidianas, "Viola" (como la llamaban en la intimidad) y sus hermanos, que también mostraban inclinación artística, comenzaron a cantar públicamente. Primero en la calle, por verduras y frutas. Luego, por dinero, en restaurantes, posadas, circos, trenes e incluso en burdeles. De esa prole numerosa que andaba sin zapatos, además de Violeta y Nicanor, se destacarían los cantautores y folkloristas Roberto (autor de La Negra Ester , uno de los musicales más importantes del teatro chileno) y Eduardo ("el tío Lalo").

Nace una artista

"Si no fuera por Nicanor, no habría Violeta Parra." Eso acostumbraba a decir la artista. Fue su hermano, tres años mayor, quien la convenció de marcharse a Santiago cuando murió el padre, en 1932. Años después, también la estimularía a encontrar su propia voz como autora y compositora. En la capital chilena, mientras Nicanor estudiaba y trabajaba como inspector del internado Barros Arana, ella se instaló en casa de unos parientes y retomó sus estudios. Pero pronto los abandonó, porque lo que realmente le interesaba era el canto.

Determinada como era, tomó su guitarra e incursionó en bares, "quintas de recreo" (lugares de diversión familiar y baile en público) y salas pequeñas, con sevillanas, pasodobles y farrucas. Durante la década siguiente sumaría a su repertorio boleros, cuecas, corridos y valses de su propia autoría. Cuando el resto de su parentela se mudó a Santiago, Violeta formó un dúo con su hermana Hilda: las Hermanas Parra. Solían presentarse en tabernas del popular barrio Mapocho. También editaron algunos discos con el sello RCA Victor, hasta que la formación se disolvió, en 1953.

En esas andanzas bohemias Violeta conoció a su primer marido: Luis Cereceda, un maquinista ferroviario y militante comunista con quien tuvo a sus hijos Ángel e Isabel. Diez años duró el matrimonio, en medio de mudanzas entre Santiago y Valparaíso. La cantautora, que entonces se hacía llamar "Violeta de Mayo", era una atípica ama da casa, que iba de puerto en puerto, cantaba en las radios y hasta participaba en un grupo de teatro que hacía giras por todo el país. En 1949, al año siguiente de su ruptura, se casó en segundas nupcias con Luis Arce, tapicero y aficionado al billar. Tuvieron dos hijas, Carmen Luisa, ese mismo año, y Rosita Clara, en 1952.

Fue durante esa década cuando Parra encontró un camino propio. Grabó los exitosos sencillos "Casamiento de negros" y "Qué pena siente el alma". Tuvo un programa ( Canta Violeta Parra ) en Radio Chilena y ganó el Premio Caupolicán a la folklorista del año (1954). Paralelamente, se entregó a una ambiciosa tarea de recopilación folklórica: durante 15 años recorrió los diferentes barrios de Santiago y también el norte, centro y sur del país, para rescatar la música tradicional chilena. Primero, provista sólo de lápiz y papel y luego, con un grabador Philips que compró en Europa.

De esa infatigable tarea salieron más de tres mil temas, reunidos en el libro Cantos folklóricos chilenos , y sus primeros discos como solista, que editó EMI Odeón, con canciones tradicionales del campo chileno. Su travesía le permitió descubrir los valores de la identidad nacional como nadie lo había hecho antes, y reinterpretarlos en su propio trabajo. Pese a ello, era una mujer incomprendida.

Chile es un país ingrato con sus artistas. Lo supo Gabriela Mistral, que sufrió el desdén de la intelectualidad de mediados del siglo XX, por sus orígenes campechanos, y recibió el Nobel antes que el Premio Nacional de Literatura. Así lo vivió también la propia Violeta, quien se sentía más apreciada en el extranjero y vivió en París, en dos períodos. (En la Argentina estuvo en 1961. Acá cantó en peñas, expuso sus pinturas, se presentó en la TV y dio recitales en el Teatro IFT).

Como Parra encarnaba lo popular, opuesto a la cultura oficialista y elitista, el establishment no la quería. Sus colegas tampoco. ¿De qué se las daba esa mujer de orígenes humildes, hablar directo y aspecto desaliñado? A la salida de un programa radial, un músico llegó a acusarla de haberse robado la tonada "La jardinera". No creía que fuera suya. Cosas como ésa la desalentaban.

"Tu dolor es un círculo infinito/ Que no comienza ni termina nunca/ Pero tú te sobrepones a todo/ Viola admirable?" Así la describió su hermano Nicanor en su conocido poema "Defensa de Violeta" (1960). "Pero los secretarios no te quieren?/ Porque tú no te vistes de payaso/ Porque tú no te compras ni te vendes/ Porque hablas la lengua de la tierra/ Viola chilensis. ¡Porque tú los aclaras en el acto!"

Gracias a que la invitaron a un festival juvenil en Polonia a mediados de los años 50, Violeta visitó la Unión Soviética y otros países de Europa. En París grabó sus primeros long plays ( Guitare et Chant: chants et danses du Chili , 1956), y una serie de canciones tomadas del folklore chileno que saldrían, luego, en diferentes compilaciones. El éxito que obtuvo era inédito para cualquier artista chileno. Pero esa alegría se empañó con la muerte de su hija Rosita Clara.

Si bien no volvió a Chile inmediatamente, en una de las cartas de 1965, que le escribió a Nicanor antes de dejar París por segunda vez, se refirió a ese episodio, que la había marcado. "Claro que vuelvo con todos mis brotecitos al hombro", le decía. Y agregaba: "Maldita madre sería si los dejara tan solos, ya ves lo que me pasó el año 58, falta una flor en el ramo?".

Instalada otra vez en Chile, a fines de la década del 50, se dedicó a crear copiosamente. Y se reveló como cantante preocupada por los temas sociales, con letras comprometidas. "Yo canto la diferencia/ que hay de lo cierto a lo falso/ de lo contrario no canto", declaraba en su tema "Yo canto la diferencia". Sin ser militante política, escribía letras que denunciaban las injusticias de su época, y que tienen resonancia hasta hoy.

Por entonces, también fundó el Museo Nacional del Arte Folklórico Chileno, dependiente de la Universidad de Concepción. Y dio cursos de folklore y recitales en diferentes universidades. Además, su labor artística se diversificó: comenzó a trabajar en cerámicas y a hacer pinturas al óleo.

Debido a una hepatitis cayó en cama. Y como no podía estarse quieta, probó con la tapicería. ¿El resultado? Sus arpilleras, verdaderas explosiones de color que bordaba con lo que tuviera a mano (ya que el dinero le era escaso) y que también eran una forma de protesta. En La rebelión de los campesinos , por ejemplo, plasmó la indignación que le provocaba que los trabajadores (como su abuelo materno) dejaran el alma en el campo, a cambio de lo poco que ganaban.

Qué pena siente el alma

Un 4 de octubre, para un cumpleaños de la artista chilena, llegó a su puerta Gilbert Favre, musicólogo, pintor y carpintero suizo, que se convertiría en el gran amor de su vida. El "gringo", como lo apodaban, era 19 años menor y estaba realizando un recorrido por Chile. En su libro, Ángel Parra, que los presentó, dice que él y su madre "eran dos seres que se andaban buscando". La conexión fue inmediata. Y duró cinco años.
Favre era suave y tosco a la vez. Encontró en Violeta a "una mujer fuerte, creativa, enamorada de su trabajo, libre como el viento". Una mujer apasionada y posesiva, que también conocía la ternura. "Yo soy un pajarito que puedo subirme en el hombro de cada ser humano, y cantarle y trinarle con las alitas abiertas, cerca. muy cerca de su alma?", le escribía ella en una de las cartas que aún se conservan. Mientras Violeta se dedicaba a su trabajo, Favre hacía los bastidores de sus cuadros y mantenía una relación complicada con la música (tocaba el clarinete y la quena). Quería expresarse, pero relegaba su propia búsqueda, aunque lo hacía de buen grado.

En 1964 Violeta Parra se convirtió en la primera latinoamericana que expuso en el Museo del Louvre. En esa época también surgieron canciones combativas, como "Qué dirá el Santo Padre", "Arauco tiene una pena" y "Según el favor del viento". Serían los cimientos de la Nueva Canción Chilena, corriente musical que abrazaron sus hijos Ángel e Isabel, otros artistas como Víctor Jara, Rolando Alarcón, Patricio Manns y grupos como Inti-Illimani, Quilapayún e Illapu.

En 1965, de regreso en Chile, Violeta se instaló en la comuna de La Reina, entonces ubicada en los límites de Santiago, con una carpa grande y vistosa, y la idea de convertirla en un centro de cultura folklórica. Pero no obtuvo la respuesta que quería. La distancia no ayudaba y el público no la apoyó. Sus vecinos tampoco. Se quejaban constantemente del ruido, aunque no hubieran puesto un pie allí.
En una entrevista que había dado en Suiza aquel año, le preguntaron qué medio elegiría de todos los que utilizaba para expresarse. Ella respondió: "Elegiría quedarme con la gente. Son ellos quienes me impulsan a hacer todas estas cosas". La indiferencia del público chileno fue uno de los factores que desencadenaron su muerte. Paradójicamente, el día que murió, miles de personas llegaron hasta su carpa a rendirle tributo? Ya no les quedaba demasiado lejos.

Trabajadora como era, nunca dudó de lo que hacía. Sabía que era una artista única en su tipo: sin formación académica pero dueña de sus propios sonidos. Una compositora notable, que antes de morir elaboró música culta para guitarra, a la que llamó "Anticuecas", y que estaba en la cima de su carrera.

De su tormentosa relación con Gilbert surgieron canciones como "Corazón maldito", "El gavilán", "Qué he sacado con quererte" y "Run Run se fue pa'l norte", entre otras. Pero no pudo retenerlo con canciones. A él se le acabó el amor. Y Viola quedó vulnerable. Sola en una inmensa carpa, donde trabajaba desde la mañana hasta la madrugada, ya fuera en la cocina (haciendo empanadas y anticuchos, y preparando mistelas) o sobre el escenario.

Después de la separación, el "gringo", que fumaba como chino, se fue a Bolivia, donde fundó el conocido grupo Los Jairas, y se casó con otra. "Mi madre no lo retuvo. Al contrario, lo estimuló. La relación estaba mustia, fatigada, lo fue a visitar, convencida de que no habría vuelta atrás. Lo conversamos sin lágrimas de su parte", relata Ángel en su libro. De todos modos, las letras de Violeta dolían por todos lados: "Run-Run se fue pa'l Norte/ yo me quedé en el Sur, al medio hay un abismo/ sin música ni luz". A la vuelta de su viaje se llevó consigo grupos bolivianos que se presentaban en la carpa. A sus hijos, los visitaba cada día. Y en casa de Isabel disfrutaba de escuchar a los Beatles.

Internamente, no daba más. En "Run Run" había escrito "que la vida es mentira, que la muerte es verdad". Estaba desencantada. Y había intentado varias veces acabar con su vida. Hasta que, como dice su hijo Ángel, ese 5 de febrero, el balazo fue el "drástico fin de todos sus tormentos. Drástico. Como le gustaban las cosas a ella".

UN MUSEO CON JARDINERA

A comienzos de 2011 comenzó a construirse, en Santiago de Chile, el Museo Violeta Parra. El edificio constra de dos pisos y tiene formas curvas. Está ubicado a una cuadra de Plaza Italia, punto neurálgico de expresión popular chilena.

Se trata de un proyecto largamente acariciado por la Fundación Violeta Parra que, originalmente, iba a instalarse en otra construcción, frente al Museo de Bellas Artes. El proyecto está a cargo de Undurraga Devés Arquitectos, firma responsable de otras galerías santiaguinas, como el Centro Cultural Palacio La Moneda (CCPLM) y el Museo de Artes Visuales (Mavi).

El museo se extiende en forma longitudinal entre dos calles: Vicuña Mackenna y Corvalán Melgarejo. La entrada, situada en el centro del edificio, da sobre un pasaje peatonal que separará el museo del Consulado Argentino en Chile. "Queremos que sea una calle singular, con un ritmo especial. No un atajo ni un atravieso", comenta Cristián Undurraga, socio fundador del estudio.

La construcción de hormigón visto contará con dos salas de exposiciones en un extremo y, en el otro, un pequeño auditorio. También con una sala de restauración y otra de proyección (con material sobre la vida y obra de Violeta). Los espacios son blancos, para que resalten, por ejemplo, los colores de las arpilleras (que hasta ahora, sólo podían verse en una muestra permanente en el centro de La Moneda. Desde el interior, también se filtrará la luz que entre por la fachada, a través de dos paneles de vidrio que estarán separados por 500 metros cuadrados de mimbre.

El patio tendrá un lugar destacado, con un jardín de flores. Éste contará con "púas" de una parra original que se conserva en la casa de la artista en La Reina (no en la carpa, que se quemó). "Violeta amaba las flores y era celosa de su conservación. En su canción 'La jardinera' nombra una serie de plantas que, seguramente, van a estar presentes acá", comenta Undurraga.

Un dato curioso es que sobre el terreno que se levanta la construcción funcionó durante cinco años la carpa del Gran Circo Teatro, compañía que ha llevado a las tablas por más de 20 años la obra La negra Ester, de Roberto Parra, hermano de Violeta.

El estudio de Undurraga también se encargará de diseñar el Centro Cultural Argentino, que estará enfrentado al museo de Violeta. Ambos se sumarán a un sector rodeado de otros edificios culturales, como la Galería Gabriela Mistral (GAM), y del histórico barrio Lastarria, así como de un puñado de sedes universitarias.

LOS DEVOTOS DE VIOLETA

Jorge Coulon (INti-illimani)

"En el caso de Violeta Parra, vigencia e importancia son palabras que pueden intercambiarse: su vigencia se explica por su importancia y viceversa. Si sus canciones se hubieran escrito ayer, tendrían, literaria y musicalmente, la misma actualidad y calidad, pero fueron escritas hace casi medio siglo. Eso, que es muy difícil en el arte, es el secreto no revelado de los genios... Más que en la temática social, la revolución copernicana de Violeta está en haber dado, a la frágil estructura de una canción, la fuerza de un acorazado poético, haber llevado esa sutil forma a una efectividad tal que la trasformó en objetos atemporales, incorruptibles por el tiempo y el progreso. Muchas buenas canciones de su tiempo son hoy apreciables objetos de museo. Sus canciones, incluso en sus versiones originales, siguen siendo una bofetada, un golpe al mentón, una provocación del alma y la inteligencia permanentemente actual. Hay científicos trabajando para reproducir la resistencia de la tela de una araña...la tela de Violeta aún está dando que pensar. Para mí, el álbum más importante es Las últimas composiciones , su testamento y su propuesta para el siglo XXI. Elegir de allí una canción es casi imposible, se trata de pilares fundamentales de todo lo que somos musicalmente los chilenos."

Los Jaivas

"La importancia de Violeta Parra en la música chilena reside en que se trata de una voz auténticamente nacional y de verdadero espíritu. Es una guía fundamental para la identidad y el alma chilenas. Se podría hablar de un antes y un después de Violeta. Su poesía es generadora de inspiración y ejemplo para las futuras generaciones. Cantautora ejemplar, escribe la historia de la música chilena marcándola a fuego y deja una huella imborrable, que permanecerá arraigada eternamente en la cultura de nuestro país. Hay muchas canciones que pueden ser escogidas por su importancia. El álbum Las últimas composiciones , por su depurada producción y sus hermosísimas canciones, puede ponerse en un sitial preponderante. "El gavilán" es desgarradora y hay en su estructura elementos revolucionarios, no sólo para el folklore sino también para la música moderna en general. Nuestro grupo interpretó once canciones suyas (en Obras de Violeta Parra ). De estos temas, elegimos "El gavilán", que nosotros hacemos de manera instrumental."

Víctor Heredia

"Violeta tiene una enorme importancia en el continente y aún más allá de sus fronteras, porque es, junto con Neruda y Nicanor Parra, poeta trascendental de Chile, la voz que expresa un sentimiento popular fidedigno y de increíble estatura lírica. Sus décimas se inscriben entre lo mejor de la poesía latinoamericana. Si tuviera que elegir una canción de Violeta sería la que Mercedes Sosa llevó como estandarte por Europa y toda América como muestra del talento de la chilena: Gracias a la vida'."

VIOLETA REENCONTRADA

En 2008, la edición chilena de la revista Rolling Stone eligió Las últimas composiciones como el mejor álbum chileno de todos los tiempos. Parra grabó esta placa, que contiene himnos como "Gracias a la vida" y "Volver a los 17", junto con sus hijos y el músico uruguayo Alberto Zapicán. Su álbum póstumo, Canciones reencontradas en París (editado originalmente en 1971), también es muy apreciado.

De los numerosos artistas de América y el mundo que han interpretado su obra se destacan los discos: Obras de Violeta Parra (1984), de Los Jaivas; Canto para una semilla (1978), de Inti-Illimani (grupo que también grabó diferentes canciones individuales de la artista) y Homenaje a Violeta Parra (1971), de Mercedes Sosa. Sus hijos Ángel e Isabel también se apropiaron de su repertorio y su nieto, Ángel Parra (Orrego), influyente guitarrista y nombre ineludible de la nueva generación Parra, sacó un disco con las "anticuecas", en 1994. Por su parte, Tita Parra, nieta de Violeta, lanzó una continuación de su trabajo de "décimas", llamado Centésimas del alma (1998).

A comienzos de 2011 comenzó a construirse, en Santiago de Chile, el Museo Violeta Parra. El edificio constra de dos pisos y tiene formas curvas. Está ubicado a una cuadra de Plaza Italia, punto neurálgico de expresión popular chilena.

Se trata de un proyecto largamente acariciado por la Fundación Violeta Parra que, originalmente, iba a instalarse en otra construcción, frente al Museo de Bellas Artes. El proyecto está a cargo de Undurraga Devés Arquitectos, firma responsable de otras galerías santiaguinas, como el Centro Cultural Palacio La Moneda (CCPLM) y el Museo de Artes Visuales (Mavi).

El museo se extiende en forma longitudinal entre dos calles: Vicuña Mackenna y Corvalán Melgarejo. La entrada, situada en el centro del edificio, da sobre un pasaje peatonal que separará el museo del Consulado Argentino en Chile. "Queremos que sea una calle singular, con un ritmo especial. No un atajo ni un atravieso", comenta Cristián Undurraga, socio fundador del estudio.

La construcción de hormigón visto contará con dos salas de exposiciones en un extremo y, en el otro, un pequeño auditorio. También con una sala de restauración y otra de proyección (con material sobre la vida y obra de Violeta). Los espacios son blancos, para que resalten, por ejemplo, los colores de las arpilleras (que hasta ahora, sólo podían verse en una muestra permanente en el centro de La Moneda. Desde el interior, también se filtrará la luz que entre por la fachada, a través de dos paneles de vidrio que estarán separados por 500 metros cuadrados de mimbre.

El patio tendrá un lugar destacado, con un jardín de flores. Éste contará con "púas" de una parra original que se conserva en la casa de la artista en La Reina (no en la carpa, que se quemó). "Violeta amaba las flores y era celosa de su conservación. En su canción La jardinera' nombra una serie de plantas que, seguramente, van a estar presentes acá", comenta Undurraga.

Un dato curioso es que sobre el terreno que se levanta la construcción funcionó durante cinco años la carpa del Gran Circo Teatro, compañía que ha llevado a las tablas por más de 20 años la obra La negra Ester, de Roberto Parra, hermano de Violeta.

El estudio de Undurraga también se encargará de diseñar el Centro Cultural Argentino, que estará enfrentado al museo de Violeta. Ambos se sumarán a un sector rodeado de otros edificios culturales, como la Galería Gabriela Mistral (GAM), y del histórico barrio Lastarria, así como de un puñado de sedes universitarias.

Sobre YOU TUBE:

Violeta Parra - Gracias a la Vida


Violeta Parra - Volver A Los 17

Los Jaivas - Mira Niñita 1972

Victor Jara - Te Recuerdo Amanda

Intiillimani - Lo que mas quiero


Articulo : http://www.lanacion.com.ar 03/02/2012

Wislawa SZYMBORSKA/ sonrisa y agonía en la poesía


Wislawa SZYMBORSKA, sonrisa y agonía en la poesía

Los que se preguntan para qué sirve el premio Nobel encontraron una respuesta en octubre de 1996. Ese año el secretario de la Academia Sueca nombró a una poeta polaca cuyo apellido todavía estamos aprendiendo a pronunciar.

Wislawa Szymborska falleció este miércoles a los 88 años de edad en su casa de Cracovia. Los que suelen dudar del olfato de los académicos de Estocolmo tuvieron que darles la razón cuando leyeron a una autora cuya poesía está hecha de una mezcla de emoción e ironía, metafísica y cotidianidad: “Lee a Jaspers y revistas de mujeres", escribió en un poema. Un ejemplo: "Alma se tiene a veces. / Nadie la posee sin pausa / y para siempre. / Día tras día, / año tras año / pueden transcurrir sin ella. / A veces solo en el arrobo / y los miedos de la infancia / anida por más tiempo. / A veces nada más en el asombro / de haber envejecido”.

“El poeta de hoy es escéptico e incluso desconfiado”, dijo en su discurso de recepción del galardón, uno de los más breves e irónicos que se recuerdan. “Cuando escribo siempre tengo la sensación de que alguien está detrás de mí haciendo muecas. Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabra”, afirmó también una escritora cuyos versos están llenos de paréntesis que contradicen, retocan y matizan cada una de los términos que va anotando. El resultado es una obra memorable que cabe entera en un tomo de 300 páginas. Cualquier lector la puede encontrar cumplidamente traducida al español en las editoriales Igitur, Hiperión, Alfabia y Lumen. Patxi López, por ejemplo, leyó su poema Nada dos veces en su toma de posesión como lehendakari.

Wislawa Szymborska, un verdadero mito en Polonia, nació el 2 de julio de 1923 en Bnin (Kórnik), cerca de Poznan, pero la mayor parte de su vida transcurrió en Cracovia. Allí pasó sus últimos años, recluida en un piso sin lujo alguno y con aires de vivienda de protección oficial pero en el que nunca faltaban ni los bombones ni el brandy. En él recibía a sus amigos, a sus traductores y a periodistas a los que preguntaba ella para evitar tener que ponerse demasiado seria.

Autora de una decena de libros de poemas, Szymborska repudió los dos que publicó antes de 1957 por demasiado apegados al realismo socialista. A partir de esa fecha —y en títulos como El gran número, Fin y principio, Instante o Aquí, el último que publicó, de 2009— su voz cambió poco. En los últimos años, además, autorizó la traducción de las agudas y desternillantes notas de lecturas que publicó durante 30 años en la prensa polaca y en las que un día hablaba del Mío Cid y otro de un libro sobre jardinería. Ella, que siempre dudaba de todo y cuya expresión favorita era “no sé”, nunca las consideró “prosa seria”. Y eso que respondían a un viejo aviso suyo: "Solo las preguntas un poco ingenuas son verdaderamente profundas".

Articulo : http://cultura.elpais.com 01/02/2012

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ENTREVISTA:
Pequeños detalles de Szymborska
Por Javier RODRÍGUEZ MARCOS 
05/12/2009

"Todo termina siendo metafísico", pero un único apunte puede hacer que un poema resista al tiempo, afirma la Nobel polaca, de 86 años, poseedora de un humor afilado y certero, que publica en España su último poemario y su obra en prosa

Wislawa Szymborska está en su casa, pero pide permiso para fumar. "Una vez", cuenta, "recibí una carta de varias páginas en la que una mujer me pedía que dejara de fumar. Me hubiera gustado responderle: he ido a tantos entierros de gente que nunca había fumado y que era más joven que yo... Me limité a decirle que le agradecía que se preocupara por mí". Szymborska nació hace 86 años en Kórnik, cerca de Poznan, al oeste de Polonia. Ahora vive en un bloque descolorido sin ascensor -una especie de vivienda de protección oficial- en un suburbio de Cracovia, la ciudad de la que no se ha movido desde que su familia emigró allí cuando ella tenía ocho años, en 1931.

La memoria, de hecho, está muy presente en su último libro de poemas, Aquí (Bartleby), publicado en Polonia este mismo año. Su aparición en España coincide con la primera traducción de su prosa,Lecturas no obligatorias (Alfabia), una selección de las vibrantes notas que durante años publicó en una particular sección de los periódicos. Allí, y en un par de folios, comentó a Jüng y a Montaigne, pero también libros de jardinería, pájaros y decoración. El resultado es pura chispa. Así, delPoema del Cid dice: "Fue escrito por un Balzac medieval. La guerra es para él, ante todo, una empresa financiera. Dado que la guerra es costosa, ésta debe ser rentable. La cabeza del caballero, hasta que alguien se la corta, estaba siempre llena de cálculos". Y al comentar un manual de ideogramas chinos apunta: "Esposa es una mujer y una escoba; amante, una mujer y una flauta. Desconozco la existencia de un signo que represente el ideal al que nos conducen todas las revistas europeas para mujeres: la fusión de la escoba y la flauta".

Cuando Szymborska ganó el Premio Nobel en 1996 no había más que un puñado de poemas suyos traducidos al español en una antología colectiva. Hoy lo está toda su poesía. No hace tanto, además, tuvo su minuto en las crónicas políticas. Fue el día que Patxi López leyó su poema Nada dos veces en su toma de posesión como lehendakari.

Son las 11 de la mañana y en una mesa hay café, galletas y chocolatinas. Ella añade una botella de coñac que abre para la ocasión. Antes de servirse una copa, sirve a los demás: Abel Murcia, traductor de sus libros al español, director del Instituto Cervantes de Cracovia e intérprete durante la charla; el fotógrafo, venido desde Varsovia, y el periodista. Mientras dura el primer café está también Michal Rusinek, secretario de Szymborska y escritor y traductor él mismo. "Michal, con todo lo que escribe y el montón de temas que lleva, dentro de poco necesitará usted una secretaria. Tal vez podría contratarme", bromea la escritora. Él contesta arqueando las cejas: "No sé si me convence".

Rusinek es quien lidia con los mil compromisos que acechan a la poeta desde el Nobel. "¿Que si el premio me cambió la vida? Y tanto. Para bien y para mal. Para bien, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas". Y socarrona, añade: "Para mal, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas. A las invitaciones para viajar a otros países siempre respondo lo mismo: cuando sea más joven".

Días antes de la cita, Wislawa Szymborska había pedido la lista de temas sobre los que tendría que hablar en Cracovia. Una vez allí aclara el porqué: "Aunque luego hablemos de lo que sea, así al menos puedo pensar y decirle a usted algo coherente. No crea que soy brillante. Hay preguntas para las que no tengo respuesta". No le gustan las fotos, así es que trata de distraer al fotógrafo cuanto puede: "Si hubiera venido hace 30 años... con esa cámara tan aparatosa me sacará todas las arrugas, ¿verdad? ¿No podría retocarlas un poco, como hacen con Sharon Stone?". Al cabo de unos minutos vuelve al ataque: "¿Es usted tan alto porque no fuma? ¿Hizo el servicio militar? Descanse un poco, deje la cámara y tome otro coñac".

Café, coñac, chocolatinas. Parece un buen momento para hablar de la muerte. Sobre la muerte sin exagerar, como dice uno de sus poemas más célebres, escrito con esa mezcla de emoción e ironía -poesía sin lirismos de manual- que sorprendió al mundo cuando su obra fue distinguida por la Academia sueca. En Aquí, Szymborska dice que hay temas sobre los que debe escribir sin demorarse mucho porque "el tiempo apremia".

PREGUNTA. ¿Al escribir este libro pensaba en la muerte?
RESPUESTA. Para mí la vida es una aventura con fecha de caducidad. Cuando estaba en la escuela murió una profesora y tuve conciencia de la muerte como algo natural. Con 86 años pienso igual que con 8.

P. ¿Y eso influye cuando escribe?
R. Yo no escribo sobre la muerte. Es una de las cosas más fáciles de hacer en poesía. Y no es verdad que tenga un poder ilimitado. No consigue todo lo que quiere y cuando quiere. Es cierto que hay poemas buenísimos sobre la muerte, pero en general es fácil porque despierta sentimientos y emociones fáciles, la ternura y todo eso.

P. ¿El amor también es un tema facilón?
R. Ah, ése ya no es tan fácil. Y lo más difícil es el erotismo, que de hecho se ha tocado muy poco en poesía. Nunca he leído un poema que sea capaz de trasladar lo que sucede entre dos personas. Hablo del erotismo puro, no del amor como sentimiento, que sí es más fácil de expresar.

P. Hay más literatura en los amores difíciles.
R. Tal vez, pero yo he tenido la gran suerte de vivir algunos amores, y mis recuerdos son muy felices. Pero no hablemos de mí, que todo eso ya está en los poemas.

P. ¿Hay palabras que trata de evitar especialmente cuando escribe?
R. Las arcaicas y las grandilocuentes. Pero hay palabras que utilizo raramente y con ciertas dudas. Cuando intento describir algo como "bello", por ejemplo. La belleza es una idea relativa, que depende de la tradición y de las costumbres, y sobre todo de los gustos personales, que el lector puede no compartir. Para mí, las catedrales románicas son más bonitas que las góticas, la cerámica más bonita que la más refinada de las porcelanas y la muñeca de trapo con la que en mi infancia podía hablar de cualquier cosa, mil veces más bonita que esa horrorosa Barbie. Porque, a ver, ¿sobre qué se puede hablar con una de esas Barbies? Bueno, a lo mejor de trapitos y esmalte para las uñas.

P. Sus poemas hablan de los grandes temas, pero parecen huir de las abstracciones.
R. Cualquier poema bueno se convierte de alguna manera en algo abstracto. Pero siempre tiene que ver con la realidad, con la vida del poeta o con la vida de otros. Las cosas bellas tienen también algo de metafísicas... No le veo muy de acuerdo.

P. Me refería a que en el poema Metafísica habla usted de los fideos con tocino.
R. Es que todo termina siendo metafísico. Pero más que por los grandes temas, la poesía se salva por los pequeños detalles. Hay poemas antiguos que han pervivido gracias a un solo detalle. Pero me temo que estoy generalizando... sobre los detalles [se ríe].

P. ¿El humor le sirve para escribir sin vergüenza sobre temas más serios?
R. Es mi forma de ser. Desde niña he tenido tendencia a darle vueltas a un asunto y a buscarle la parte cómica. Hay cuestiones, sin embargo, que ni me hacen gracia, ni me han hecho nunca gracia, ni me la harán: el odio, la violencia, la estupidez agresiva.

P. ¿De niña leía poesía?
R. No. En mi casa había sólo dos libros de poemas del siglo XIX. Y tampoco los leía. Siempre quise escribir novelas gordas. Al principio creía que si alguien aspiraba al título de escritor tenía que ser autor de novelas de varios tomos y cientos de páginas. No pasé de relatos mediocres. Un día escribí un poema, horroroso, y se lo pasé a la gente que trabajaba conmigo en el periódico. Me preguntaron: ¿pero tú qué lees? Resultó que no conocía los poetas contemporáneos. Había leído mucha narrativa, a Thomas Mann, a Proust, a Dostoievski, pero de poesía, ni idea. Me tuve que formar un poco.

P. ¿Aprendió algo como poeta escribiendo sus Lecturas no obligatorias?
R. Mis Lecturas no obligatorias no son realmente prosa seria. Son una especie de artículos, a veces serios, a veces divertidos, en ocasiones incluso parecidos a mi poesía. Aunque, como le dije, empecé escribiendo relatos. Pero eso fue justo después de la guerra.

P. ¿Cómo recuerda la guerra?
R. Lo mejor que puedo decir es que sobreviví. Recuerdo el hambre, el frío. Tuve que trabajar haciendo zanjas en la calle. Mi padre fue inteligente: mucha gente huyó de Cracovia y se fue a Lvov, en la actual Ucrania, y pasaron a formar parte de la ocupación soviética. Sobreviví, sí. Pero hubo gente que murió. Mi primó cayó en el levantamiento de Varsovia.

P. ¿Qué función cumple la poesía ante la crueldad del mundo?
R. El mundo es cruel, pero merece también otros calificativos más compasivos. Si únicamente fuera cruel, la gente hace mucho tiempo que no estaría aquí. Habría aquí y allá algunos escombros y crecerían algunas plantas. Plantas anónimas, porque no habría nadie que les diera nombre.

P. ¿Qué piensa de la idea de Adorno de que no se puede escribir poesía después de Auschwitz? Supongo que para una escritora polaca que vive a 70 kilómetros de ese campo de concentración la frase tiene un significado especial.
R. Adorno no tenía razón, y eso lo pudo comprobar personalmente, porque vivió todavía más de veinte años después de terminar la guerra. En ese tiempo hubo poetas nada desdeñables que escribieron poemas nada desdeñables. Si ese trabajo hubiera carecido de sentido, ¿para qué habría servido?

P. ¿Y puede un poeta escribir sobre la historia?
R. Aunque su deseo de no escribir sobre ella fuera muy grande, es imposible evitarlo. Hay poetas para los que la historia es una fuente directa de inspiración. Para mí los mejores en ese aspecto son Cavafis y Zbigniew Herbert. Pero incluso la poesía que carece de cualquier referente histórico se inscribe para siempre en la historia, ya que utiliza un lenguaje que determina de forma exacta dónde y cuándo nace. La poesía supratemporal es una ilusión idiota.

P. ¿La política está destrozando el lenguaje?
R. Siempre lo ha destrozado. El lenguaje de los políticos suele servir para ocultar y no para expresar pensamientos. Pero a algunos políticos no intentaría yo convencerlos de que fueran sinceros: podría darse el caso de que no hubiese nada que ocultar.

P. ¿Recuerda el día en que cayó el muro de Berlín?
R. Estaba en Cracovia y fue un momento maravilloso. Aquéllos fueron unos tiempos inolvidables. La gente de Solidaridad era maravillosa. Luego eso cambió y empezaron a surgir cosas desagradables, pero entonces eran jóvenes y bellos. Estábamos todos eufóricos... Bueno, ahora pregunto yo: ¿Está usted casado? ¿Tiene hijos? ¿De qué parte de España es?

P. ¿Es verdad que estudió español?
R. Claro. Iba a clase con un profesor que tengo la impresión de que se aprendía de memoria lo que iba a decir porque no sabía mucho. En una época en la que entendía algo me empeñaba en leer a Cervantes con diccionario. Ya sólo recuerdo algunas frases: ¡hasta la vista! Me parece una lengua muy bonita. Un latín bellamente estropeado.

P. ¿Ahora qué lee?
R. Siempre he leído poca poesía. Nunca he sido capaz de leer un libro de poesía desde el principio hasta el final. Y hablo de los buenos. Lo que hago es leer un poema y dejarlo. Luego retomo el libro, y así. Como se puede imaginar, a veces quedo fatal con gente que me ha mandado sus libros porque tardo un año en contestarles con mi opinión, pero ésa es mi forma de leer.

P. ¿Y escribe?
R. Como tengo poco talento, necesito un silencio de varios días: sin llamadas, sin visitas. Conozco pintores que pueden trabajar mientras llevan una conversación. En poesía eso es absolutamente imposible. Pensé que cuando pasara el Nobel el trajín se reduciría, pero no.

P. ¿Y sus collages?
R. Me inventé esas postales precisamente para que todo el mundo reciba algo personal sin que yo tenga que escribir. ¿Ya hemos terminado?

P. Creo que sí.
R. No se vaya sin terminarse la copa. Por cierto, no me ha preguntado por el feminismo. Es que siempre me preguntan si soy feminista o no.

P. ¿Es usted feminista?
R. Yo me niego a tener ninguna etiqueta, pero en Polonia las feministas tienen muchísima razón y muchas cosas por las que luchar: por los sueldos, por derechos que tienen que ver con su cuerpo, porque todavía hay resortes reaccionarios en la Iglesia... Sueño con el momento en que las feministas no sean necesarias.

P. ¿Ha cambiado Polonia con la entrada en la Unión Europea?
R. Ha pasado hace tan poco que es demasiado pronto para valorarlo. Hay problemas, claro está, porque incluso en países más desarrollados que el nuestro los hay. Aquí tenemos problemas con la Iglesia, precisamente, que ya no sigue el paso del desarrollo de la ciencia y de la democratización de la sociedad. Para mí el día en que Polonia entró en la Unión Europea fue un día feliz. Estaba sola en casa y no tenía con quién brindar por el futuro. Pero me serví una copa de coñac y pasé por delante de todas las fotografías de los seres queridos que tengo en casa, y que no llegaron a ver este día.

Wislawa Szymborska. Aquí. Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano. Bartleby. Madrid, 2009. 72 páginas. 15 euros. Lecturas no obligatorias. Traducción de Manel Bellmunt Serrano. Alfabia. Barcelona, 2009. 254 páginas. 22 euros.

***
Del libro AQUÍ de Wislawa Szymborska (Bartleb y Editores)

ADOLESCENTE

¿Yo, adolescente?
Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,
¿Tendría que saludarla como a una persona próxima,
A pesar de que es para mí extraña y lejana?

¿Soltar una lagrima, besarla en la frente
Por el mero hecho
De que tenemos la misma fecha de nacimiento?

Hay tantas diferencias entre nosotros
Que probablemente solo los huesos son los mismos,
La bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.

Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,
Sus pestañas más largas, su estatua mayor
Y todo el cuerpo recubierto de una piel
Ceñida y tersa, sin defectos.

Nos unen, es cierto, familiares y conocidos
Pero casi todos están vivos en su mundo,
Y en el mío prácticamente nadie
De ese circulo común.

Somos tan diferentes,
Pensamos y decimos cosas tan distintas.
Ella sabe poco,
Pero con una obstinación digna de mejores causas.


IDENTIFICACIÓN

Qué bien que hayas venido –dice.
¿Oíste que el jueves se estrello un avión ?
Aja, pues precisamente por ese asunto
Vinieron a buscarme.
Parece que él estaba en la lista de pasajeros.
Y qué, igual se arrepintió.
Me dieron una pastilla para que no me desmayara.
Todo negro, quemado, menos un brazo.
Un jirón de la camisa, el reloj, la alianza.
Me enfurecí, porque seguro que no era de él.
Nunca me haría eso, tener ese aspecto.
Y de esas camisas están llenas las tiendas.
Y ese reloj es un reloj corriente.
Y nuestros nombres en su alianza
Son nombres muy comunes.
Qué bien que hayas venido. Siéntate aquí a mi lado.
Es cierto, tendría que haber vuelto el jueves.
Pero quedan muchos jueves todavía este año.
Ahora mismo pongo agua para el té.
Me lavo el pelo, y luego, luego qué,
Intentaré despertarme de todo esto.
Qué bien que hayas venido, porque allí hacía frío,
Y él en ese saco de dormir de goma,
Él, quiero decir, ese pobre infeliz.
Ahora mismo pongo agua para el jueves, me lavo el té,
Es que claro, con lo comunes que son nuestros nombres…

***
Íntima, política e irónica
Por Fernando SAVATER
05/12/2009

De vez en cuando, la Academia sueca que concede el Nobel de Literatura nos hace una revelación preciosa a los lectores apasionados pero ignorantes: en mi caso, le debo el descubrimiento de Wislawa Szymborska.

Desde que en 1996 obtuvo el galardón, no dejo de disfrutar cuanto encuentro suyo en las lenguas que soy capaz de leer. Siempre me parece emocionante y divertida, dos calificativos que seguramente algunos censores severos consideran incompatibles entre sí y con la más alta estatura poética. Para mi gusto, en cambio, se complementan y potencian mutuamente. Lo más trágico de la poesía contemporánea no es lo atroz de la vida que deplora o celebra, sino la falta de sentido del humor de los poetas. De esta frecuente maldición escapa, risueña y agónica, Szymborska: ¿cómo podría uno renunciar a ella?

Carece de retórica enfática pero eso no disminuye su expresividad, sino que la hace más intensa por inesperada. Cuando comenzamos a leer uno de sus diáfanos poemas nos ponemos a favor del viento, para recibir la emoción de cara, pero nos llega por la tangente y no para derribarnos sino para mantenernos en pie. Confirma nuestros temores sin pretender desalentarnos: sabe por experiencia que todo puede ser política pero también nos hace experimentar que la política no lo es todo. Se mantiene fiel, aunque con ironía y hasta con sarcasmo, a la pretendida salvación por la palabra y sin embargo nunca pretende decir la última palabra: porque en ese definitivo miramiento estriba lo que nos salva. Nadie ha sabido conmemorar con menos romanticismo y con mayor eficacia el primer amor, cuya lección inolvidable se debe a no ser ya recordado...

Uno de sus poemas narra -sus poemas siempre relatan peripecias compartidas o soñadas- la visita al Himalaya que no llegó a realizar. Cara a cara con el Abominable, le dice: "Yeti, no todas las palabras condenan a muerte". Me lo doy por dicho y seguiré escuchándola.

Articulo : http://cultura.elpais.com 01/02/2012

Ignacio IRIARTE/ Los primeros años de José LEZAMA LIMA


Los primeros años de José Lezama Lima
Por Ignacio Iriarte
Universidad Nacional de Mar del Plata - CONICET (Argentina)

Resumen: Durante la primera mitad del siglo XX, La Habana se encontraba, como el resto de las capitales latinoamericanas, en plena expansión. José Lezama Lima, que nació en 1910, fue un importante testigo del choque entre lo nuevo y lo viejo. Esta articulación tensa de la modernidad se percibe en su literatura. Pero esto no se encuentra en la representación directa de la ciudad, sino más bien en la doble actitud que mantuvo Lezama. 

Por una parte, su poesía es una de las más complejas y radicalmente novedosas y originales de la historia de la literatura en lengua castellana; por la otra, Lezama volvió a algunos temas que por entonces pueden considerarse tradicionales. En lugar de celebrar la urbanización, defendió con una nostalgia militante las viejas costumbres y la vieja arquitectura de La Habana. Otro tanto se puede decir de sus preferencias como lector. No se interesó por las últimas novedades, sino que prefirió la literatura de entre-siglos: Valéry, Mallarmé, Gide, Juan Ramón Jiménez. Por otra parte, en lugar de celebrar la deshumanización y la pérdida del aura, Lezama retomó el cristianismo y se orientó a una recuperación de los núcleos plenamente significativos de la cultura. 

Esta confluencia de novedad y nostalgia se encuentra desde sus primeros textos en verso y en prosa. En ellos se advierte una escritura que tiende a la significación abierta y a la vez a un trabajo con la infancia perdida y los orígenes de la cultura. Este artículo está referido a esos años iniciales de Lezama Lima.

Palabras clave: Lezama Lima, modernidad, barroco, infancia

Según recuerda su hermana Eloísa, José María Andrés Fernando Lezama Lima nació en La Habana, en el campamento militar de Columbia, el 19 de diciembre de 1910. El padre, José María Lezama Rodda, era ingeniero, arquitecto y coronel del ejército. La madre, Rosa Lima Rosado, “una mujer fina con la cultura típica de una criolla de su época” (E. Lezama Lima 1979: 13). Por la profesión del padre, él y Rosa, la hermana mayor, pasaron su infancia en campamentos militares. Pero el 19 de enero de 1919, en una misión militar en Pensacola, el padre murió de una simple influenza. El futuro escritor quedó marcado por esta muerte prematura. En 1968, le comentó a Eloy Martínez en una entrevista para la revista argentina Primera Plana:

Tenía mi padre al morir treinta y tres años. Él estaba en el centro de mi vida y su muerte me dio el sentido de lo que yo más tarde llamaría el latido de la ausencia. El sitio que mi padre ocupaba en la mesa quedó vacío, pero como en los mitos pitagóricos, acudía siempre a conversar con nosotros a la hora de la comida […] Mi madre guardó siempre el culto del coronel Lezama: una tarde, cuando jugábamos con ella a los yaquis (payana de Cuba cuya gracia consiste en levantar pequeñas crucetas del suelo, al compás de un movimiento de pelota), advertimos, en el círculo que iban formando las piezas, una figura que se parecía al rostro de nuestro padre. Lloramos todos, pero aquella imagen patriarcal nos dio una unidad suprema e instaló en Mamá la idea de que mi destino era contar la historia de la familia [1].

La joven viuda, con sus tres hijos, se mudó a la casa de su madre, en Prado 9, La Habana. Según los recuerdos de Eloísa, la calle Prado era una de las avenidas de las clases alta y media alta. Pero diez años después, en 1929, la situación económica obligó a la familia a trasladarse a Trocadero 162, donde Lezama vivió hasta su muerte, el 9 de agosto de 1976. Los futuros apuros de Lezama dan pruebas de que se trataba de una familia que, luego de haber pasado un tiempo con cierta holgura, se había tenido que acomodar a una obligada austeridad. Según los recuerdos de Fina García Marruz, que lo conoció a principios de los años ’40, la casa de Trocadero era modesta. Por otra parte, era muy húmeda, característica nociva para Lezama, que era asmático y que paliaba los ataques con unos polvos franceses, pasando largas horas de la noche sin poder dormir. Lo más interesante de su recuerdo son los muebles, indicio de un perdido pasado de bienestar: “Los muebles -recuerda García Marruz-, demasiado grandes para lo reducido de la sala, llena de objetos y estatuillas, daban idea de haber pertenecido a una casa mayor, de ser los restos de algún bienestar familiar, desde hacía mucho perdido” (1986: 59). Al principio, como se refleja en la educación de Lezama, la familia continuó conservando las apariencias. A los nueve años, el chico ingresó en el Colegio Mimó, que Eloísa recuerda como un colegio prestigioso de la época, donde también se había educado el padre. Terminó el bachillerato en el Instituto de La Habana. Ingresó después a la Escuela de Leyes de la Universidad. Tras una carrera accidentada por la tambaleante situación política, Lezama logró el título de abogado, del cual viviría hasta el triunfo de la Revolución.

La muerte del padre y las posibles nostalgias por un bienestar perdido se conjugan con la fisonomía que por entonces había comenzado a cobrar La Habana. Como todas las capitales latinoamericanas, durante la infancia y adolescencia de Lezama la capital de Cuba se encontraba en pleno crecimiento. Aunque nunca alcanzó la magnitud de Buenos Aires o México, su población se multiplicó. En 1910, La Habana contaba con unos 250.000 habitantes; para la década del ’50, la población ya había alcanzado el millón y medio de personas. Esta expansión exigió nuevas viviendas y una reestructuración de los servicios, así como también impulsó una modernización de calles, monumentos y edificios públicos. Si Lezama vivió en una casa en donde se recordaban la presencia del padre y los muebles mostraban un pasado más holgado, en igual sentido su temperamento más bien conservador y su vida en La Habana Vieja lo inclinaron a elegir, en el choque entre lo viejo y lo nuevo, el pasado que exhibía su barrio y las acendradas costumbres de los viejos habaneros.

Las Sucesiva o las coordenadas habaneras, serie de notas que publicó en el Diario de la Marina entre 1949 y 1950, son un excelente ejemplo de los cambios de la ciudad y de la valoración que sobre esos cambios tuvo Lezama. Con el talante del costumbrista, el escritor ofreció un conjunto de cuadros sobre el clima, las fiestas religiosas, las celebraciones patrióticas y en general sobre aquellos asuntos que compartía con cualquiera de las personas que caminaba por la calle. En una nota encara por ejemplo los apuros económicos del estudiante universitario, que ha aprobado una materia y decide vender los libros para la fiesta de la noche. El librero “hojea la pieza con silencioso recorrido, comprueba su foliación, la edición, la blancura indetenible frente a la destrucción de todos los días”; pero es un librero de viejo, y como cualquier librero de viejo le “Dice solemne, como un sacerdote del culto egipcio, sólo puedo darle dos pesos” (1977: 608). Con el mismo tono costumbrista Lezama levantó la mirada para ofrecer panorámicas sobre la ciudad. Como señaló Prieto, fue optimista: aunque La Habana había cambiado mucho a causa del aluvión migratorio, no era demasiado tarde (1985: 14-19). Las distancias eran cortas, las personas eran personas, no una masa anónima y compacta, y el consumismo se mantenía a raya, al menos en ciertas esferas de la vida, como el arte y la religión. En una de las notas, Lezama defiende esta armónica dimensión que todavía conservaba su capital:
A veces, el que transcurre en pequeña ciudad, complejo inesencial de muchos habaneros, cree que todos los signos le son hostiles, y que es esa misma pequeñez la causa de males e imposibilidades. Pero […] es el momento cultural de las pequeñas ciudades, es necesaria la vuelta al estado-ciudad, sólo de las pequeñas ciudades (Atenas, Florencia, Weimar) puede surgir el tipo de cultura que tenga la medida del hombre (622).

Con esta defensa de La Habana, Lezama rechazó casi todos los cambios de la capital. En una de las notas habla por ejemplo de la comida y, con una indignación proporcional a su famoso apetito, denuncia lo siguiente: “El habanero ha ido perdiendo gusto y gracia por la comida. Que el domingo no se come, que los planes, que el contrato con cocineros que solo hacen el almuerzo, que las latas de conserva, todo ello ha contribuido a un olvido forzoso del buen yantar” (613). Este tipo de olvidos corren en paralelo con los cambios arquitectónicos de la ciudad. Mientras describe un negocio de La Habana Vieja, aparece un comprador, “lleno de arcilla y lunares de cal” (618), seguramente un albañil que trabajaba por los alrededores. La aparición del cliente no lo sorprende, pero esto lo vuelve más significativo: los albañiles son tan habituales que se han vuelto invisibles, habitantes cotidianos de una ciudad en pleno auge de la construcción. La Habana todavía podía salvarse; pero lo nuevo se filtraba por las grietas de los viejos edificios coloniales. A unas cuadras de su casa, estaban demoliendo el Mercado de los Polvorines, importante edificio neoclásico, para levantar en su lugar el Palacio de Bellas Artes. El hecho le despertó el siguiente repudio: “nuestros edificios, legados por la colonia, enteros sobre su base, [son] destruidos por la impiedad de una cuartería que ha instalado allí su jauría” (604). Para ir a la librería, Lezama tenía que cruzar el Paseo del Prado. Una década atrás, el gran urbanista Forestier lo había transformado por completo, convirtiéndolo en un moderno y opulento pulmón para la nueva capital. En una de las notas, Lezama sentencia estas novedades: los paseos pueden funcionar en cualquier ciudad, pero en La Habana no; en La Habana no encajan, porque la gente hace lo contrario de lo que debería hacer: en lugar de “marchar, desaparecer, trocarse en corriente que fluye, aumenta y se extingue”, las personas no caminan, se sientan, quedan mudas en los bancos, lo que presagia un futuro digno de una novela de Dostoievski: “Comenzarán a resentirse, a vivir una doble vida, a esperar encapuchados la aparición de su siniestra oportunidad” (597) [2].

Lezama vivió en medio de estas contradicciones. Habitó en una casa en la cual se recordaba el pasado del padre y el bienestar familiar y en un barrio que resistía la modernización y la pérdida de las costumbres. Esto no significa que con su obra se refugiara unívocamente en la nostalgia y lo tradicional. Por el contrario, Lezama asumió la contradicción de la modernidad. Los recuerdos que nos quedan son reveladores en ese sentido. El poeta Eliseo Diego, que lo conoció en 1939 o 1940, convertido más tarde en uno de sus más importantes colaboradores, señala que “Lezama constituye el último destello de nuestro siglo XIX, no en cuanto a su obra -no puede ser ésta más moderna y renovadora-, sino a su figura y su personalidad de criollo” (1986: 90). Esta extraña combinación se acentuó aún más tras la revolución. Moreno Fraginals recuerda que, tras el caso Padilla, en cuya autocrítica éste lo denunció públicamente como un contrarrevolucionario, Lezama se encerró en su casa de Trocadero 162, envolviéndose de fantasmas del pasado. Escribe el historiador:
Esta vida inmóvil, estas amistades poco gratas que lo visitaron y este asilamiento respecto al mundo exterior, crearon en él un clima de confusión e inseguridad. Perdió así el contacto con la obra de la Revolución y empezó a refugiarse en el pasado. Su visión se detuvo en los años cincuenta o en los comienzos de los sesenta. Más que de contactos físicos, vivió de recuerdos, de vivencias (1986: 106).

Pero este encuentro entre tradicionalismo y modernidad no fue consecuencia del encierro, sino más bien de una personalidad y unos intereses que ya habían asomado desde tiempo atrás. Portuondo cuenta una anécdota también interesante en este sentido. Vale recordar que, desde el triunfo de la revolución y hasta el caso Padilla, Lezama pasó años de una intensa vida intelectual. Esto se debe a los trabajos que obtuvo en las instituciones culturales. En 1959 pasó a dirigir el Departamento de Literatura y Publicaciones del Consejo Nacional de Cultura y luego, en 1961, fue nombrado vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). En 1970 se editaron el libro de ensayos La cantidad hechizada y la Poesía completa, aparte de que Casa de las Américas le dedicó uno de los volúmenes de Valoración múltiple. Pero estos trabajos no lo llevaron a abandonar su raro temperamento. Portuondo recuerda la siguiente anécdota, de la época de su trabajo en el Instituto:
En una ocasión vino al Instituto un compañero de la CTC, para discutir sobre algunos problemas de asistencia y de aquellos trabajadores que estaban siempre pendientes del reloj, algo que entonces se conocía como “relojismo”. Cuando terminó de hablar el visitante, Lezama pidió la palabra y dijo: “Yo quisiera que el compañero precisara un poco este concepto de relojismo. Porque cuando Napoleón Bonaparte llegó a Postdam se robó un reloj que perteneció a Federico el Grande, pues se trataba del mismo que éste había usado en todas las batallas en las que salió victorioso. Pero resultó que la batalla siguiente Napoleón la perdió, porque no sabía que el reloj de Federico tenía quince minutos de atraso” (1986: 21).

Lezama asumió esta mezcla de tradicionalismo y modernidad. Este choque, esta articulación tensa, se puede percibir en su propia literatura. Por una parte, su poesía es una de las más complejas y radicalmente novedosas y originales de la historia de la literatura en lengua castellana; por la otra, Lezama volvió a algunos temas que por entonces pueden considerarse tradicionales. En lugar de celebrar la urbanización, defendió con una nostalgia militante las viejas costumbres y la vieja arquitectura de La Habana. Otro tanto se puede decir de sus preferencias como lector. No se interesó por las últimas novedades, sino que prefirió la literatura de entre-siglos: Valéry, Mallarmé, Gide, Juan Ramón Jiménez. Por otra parte, en lugar de celebrar la deshumanización y la pérdida del aura, Lezama retomó el cristianismo y se orientó a una recuperación de los núcleos plenamente significativos de la cultura.

Esta confluencia de novedad y nostalgia se encuentra desde sus primeros textos en verso y en prosa. En ellos se advierte una escritura que tiende a la significación abierta y a la vez a un trabajo con la infancia perdida y los orígenes de la cultura. A continuación me referiré a esos años iniciales.


Los paraísos perdidos

A principios de los años ’80, mientras revisaba la papelería que había dejado Lezama Lima tras su muerte en 1976, Emilio de Armas encontró un cuaderno que, entre otros inéditos, contenía el manuscrito de Inicio y escape. Se trata de un libro de poemas fechados entre 1927 y 1931, es decir, escritos presumiblemente entre los dieciséis y los veinte o veintiún años de edad. El volumen, el registro más temprano de su escritura, está terminado. El joven escritor había encabezado el manuscrito con una portada en la que figura el título, un epígrafe de Juan Ramón Jiménez (el poema número XXIV de Estío) y el nombre del autor (José Lezama, sin el Lima materno); luego de los poemas, al pie de los cuales anotó la fecha de composición, se encuentra un índice completo. Todo esto sugiere que el joven escritor seleccionó sus mejores poemas para llevarlos a la imprenta. Por alguna razón que desconocemos, no lo hizo.

Como es de esperar, la crítica situó Inicio y escape como uno de los principios de Lezama Lima. Emilio de Armas identificó en el texto un “testimonio inapreciable de la formación literaria del escritor” (1985: 611), y Enrique Saínz especificó que el poemario “nos descubre a un Lezama muy joven […] influido por la poesía pura, Juan Ramón Jiménez, Lorca, si bien ya encaminándose por la senda que lo conduciría a Muerte de Narciso” (1985: 27). Lo mismo afirmaba hace poco Remedios Mataix: “La lectura de esos textos nos ofrece un Lezama en pleno proceso de búsqueda de esa voz propia” que recién encontrará con sus primeras publicaciones (2000: 59). En efecto, y las fechas al pie de cada poema así lo sugieren, el manuscrito es una suerte de registro de la evolución estilística del joven escritor. Los versos de 1927 son sencillos, frescos, mientras que los de 1931 ya anuncian el hermético estilo simbólico que lo caracterizaría en su madurez.

Aparte de su valor documental, Inicio y escape plasma la estructura básica de su literatura. Podemos acercarnos a ella a partir de “La poesía de José Lezama Lima y el intento de una teleología insular” (1970), un trabajo en el que Cintio Vitier se refirió a la obra de madurez. En una de sus páginas, describe “El arco invisible de viñales”, incluido en La fijeza (1949), el tercer poemario del escritor. La lectura puede extrapolarse al conjunto de la obra de Lezama. Vitier sostiene que en general el método de composición del escritor tiene lo que podríamos identificar como tres momentos. En principio, Lezama toma algún elemento de la realidad (algún rasgo del paisaje, alguna mención directa a algo o a alguien); en un segundo momento, se evade a un plano irreal a partir de sugerencias, metáforas y asociaciones; por último, vuelve, como si el poeta girara en espiral alrededor del objeto, cargándolo de significaciones nuevas. Por supuesto, no siempre es posible discernir estos tres tiempos. Pero sí se puede afirmar que la poesía de Lezama propone un intercambio entre el plano real y el irreal. A su vez, y de acuerdo con la religiosidad de su obra, estos dos campos pueden comprenderse a partir de lo profano y lo sagrado. En este sentido, podemos caracterizar el procedimiento a partir de la siguiente observación de Mircea Eliade:
El occidental moderno -observa Eliade en Lo sagrado y lo profano- experimenta cierto malestar ante ciertas formas de manifestación de lo sagrado: le cuesta trabajo aceptar que, para determinados seres humanos, lo sagrado pueda manifestarse en las piedras o en los árboles. Pues, como se verá enseguida, no se trata de la veneración de una piedra o de un árbol por sí mismos. La piedra sagrada, el árbol sagrado no son adorados en cuanto tales; lo son precisamente por el hecho de ser hierofanías, por el hecho de “mostrar” algo que ya no es ni piedra ni árbol, sino lo sagrado, lo ganz Andere (1981: 19).

La poesía de Lezama Lima puede definirse a partir de esta elaboración de una hierofanía a través de los giros que da alrededor de un objeto del mundo. El manuscrito Inicio y escape constituye la primera realización de esta perspectiva. En los primeros textos del manuscrito, los que están fechados en 1927 y 1928, el eje se centra en la infancia como plenitud. La infancia es una de las constataciones más directas, más presentes en cada persona, de lo que es el paraíso perdido. Esto, por supuesto, debe relativizarse en función de la clase social y de la historia. La indigencia, la obligación de que el chico viva una vida de adulto, que trabaje y tenga obligaciones materiales, es una prueba, un recuerdo de que no todos viven la infancia como un paraíso. Pero al mismo tiempo, nosotros los occidentales consideramos que se trata de un derecho universal. La Declaración universal de los derechos del niño no sólo busca preservar a los chicos del trabajo y la explotación infantil, sino que además construye la idea de que la infancia es una etapa paradisíaca que toda persona debe vivir. Esta concepción tiene por supuesto una raigambre histórica concreta. Podemos recordar el principio del Emilio, en el que Rousseau sostiene que “Todo es perfecto al salir de manos del hacedor de todas las cosas; todo degenera entre las manos del hombre” (2010: 179). Incluso cuando Freud instala en la infancia los orígenes de la vida sexual adulta, no deja de plantear que se trata de una referencia paradisíaca que va a acompañar a las personas a lo largo de toda su vida. Así lo expone, por ejemplo, en “El poeta y los sueños diurnos”. Freud sostiene en ese texto que, ante un deseo insatisfecho, una persona puede regresar a un suceso pleno de su vida infantil para crear una fantasía en donde cumple sus anhelos (1981: 1343-1348). Son los sueños del que imagina qué haría si ganara la lotería, fantasía en la que se ve con una despótica abundancia, cuyo modelo es el estado pletórico de la niñez. El paraíso de la infancia, aunque con otro sentido, también se encuentra en Simone de Beauvoir. EnLa vejez, hace la siguiente comparación:
La diferencia radical entre la óptica del viejo y la del niño o el adolescente es que el primero ha descubierto su finitud, mientras que al comienzo de su vida la ignoraba; entonces veía por delante posibilidades tan múltiples y tan vagas que le parecían ilimitadas; el futuro en que las proyectaba se dilataba al infinito para acogerlas (1970: 452).

En su madurez, Lezama Lima se refirió de múltiples maneras a la imagen y la posibilidad infinita. Inicio y escape establece el comienzo de esas ideas, al centrarse en la recuperación de la infancia como paraíso perdido. Así, en los primeros poemas del manuscrito, que son los más tempranos, el joven escritor se coloca ante lo cotidiano y hace descripciones en las que parece buscar el retorno de la percepción de la niñez. Tal vez el más representativo de ellos sea “Al silencio del agua”, texto en el que Lezama se enternece con un poco de agua que se evapora en una roca tras la bajamar:
Apoderóse el hilo de tus colores 
De los surcos del agua. 
Luce tendida el agua 
En el hilo; se va secando
Al sol. En esto el agua

Tiene algo de pañuelo 
O de media de algún pequeñuelo (621).

El tema mismo del agua es de una notable candidez. Pero también lo es el tratamiento. El joven Lezama repone el mundo infantil, que tiene pocas palabras y recursos escasos y sencillos, pero que a la vez están cargados de significación y ternura. Compara el agua con una media o un pañuelo, o la personifica con diminutivos, como en un verso en el que dice que “Calladita se va desperezando” (621). El poema adquiere lirismo en el contraste entre este tratamiento infantil y el hecho de que el agua se seca al sol para morir. Dice en otra estrofa: “Se siente uno como/ agua colgada del hilo/ de tres colores para morir” (621). Para tomar las reflexiones de Simone de Beauvoir, hay un choque entre la percepción del adulto, que tiene conciencia de la finitud de la vida y de las cosas, y la atmósfera infantil, que vive en la eternidad. Pero la tensión se resuelve en el poema. El agua se disuelve para resucitar en la escritura, del mismo modo que el adulto recupera el paraíso de la infancia para encontrar eternidad.

Los primeros textos de Inicio y escape producen dos cosas en relación con el paraíso perdido. En primer lugar, el joven Lezama demuestra que la infancia es una búsqueda estética y no su disposición natural ante la escritura. Esto quiere decir que, en el poemario, demuestra la distancia que lo separa de ella. En segundo término, logra salir de la expresión personal, a la que siempre es proclive la evocación de la infancia, para transformar el paraíso perdido individual en un espacio colectivo. Estos dos aspectos se cruzan en “Pido sencillez”, un arte poético fechado, como “Al silencio del agua”, en 1928. Escribe Lezama luego de los primeros versos:

Sobre el río teñido de colores opacos 
-ojo de altamar-, vuela y gira 
Una lluvia de ceniza subjetiva, toda robada 
Al último engaño íntimo, escape de intimidades (622).


Estos versos entrecortados, que debido al asma que padeció el escritor serán una de sus marcas estilísticas luego de que tan bien las caracterizara Cortázar en “Para llegar a Lezama” (1967), son una crítica indirecta al poema como expresión subjetiva. Ese tipo de poesía no ofrece colores brillantes, es un robo, un engaño, una lluvia de ceniza, como si el verdadero sentido fuera un fuego y el intimismo un combustible accesorio. Unos versos después, esta crítica se vuelve directa y se ancla alrededor del paisaje:
En la vuelta de una visión cinegética, 
Llevado ¿a cuántos Km por hora? Hacia tu dulzura; 
Tengo ¿por suerte o por dolor? Que escapar 
Al paisaje -falso y brilloso, por romántico; 
Que como dádiva tú brindas al incauto: cielo mar, nube (622).

La poesía es una visión cinegética, un arte de la caza, que busca la dulzura del paisaje. Pero enseguida rechaza el tratamiento subjetivo, la pintura romántica del cielo, el mar y la nube, la hipálage, que traslada al clima los sentimientos personales. Lezama busca, en cambio, la sencillez del “hilito de agua fresca”:
Telegramática sencillez 
De poeta ultra. No pido girasoles, 
Sólo deseo la sencillez máxima del hilito de agua fresca (622).

La gran diferencia que existe entre los manchones de témpera de un chico y la pintura de Miró es que en Miró existe una clara intención de recuperar para el arte la percepción única y perdida de la infancia; de igual modo, la búsqueda conciente del hilito de agua fresca separa a Lezama para convertir los versos cándidos de “Al silencio del agua” en signos de la plenitud infantil. A la vez, al rechazar lo subjetivo, la recuperación de la infancia no es una enumeración de recuerdos, sino un acceso al tipo de percepción de la niñez, mediante el cual la escritura puede dar cuenta de una plenitud significativa tras la realidad colectiva.

En Inicio y escape, este uso se concentra en el paisaje cubano. Ciertamente, el joven Lezama utiliza en varios poemas del manuscrito una zoología bucólica, sobrecargada de tradición literaria, que por momentos hace pasar de lo local a lo universal. Pero aún en muchos de ellos se sugiere constantemente el agua, el agua que va y viene, que rodea el manuscrito, como el mar a la Isla de Cuba. Este interés por el paisaje dista mucho de ser representativo. Hay, indudablemente, referentes concretos, como el agua secándose en la roca; pero a la vez esos referentes son raíces a partir de las cuales se despliega orgánicamente el poema, afincado en el suelo cubano. A la vez, según la búsqueda del paraíso perdido, esos objetos mínimos son puertas a lo sagrado, hierofanías, cosas que se convierten en símbolos de lo trascendental. Un ejemplo notorio es el primer poema, “La estrella”, que comienza de este modo:
La estrella 
Se está mojando en el río, punta por punta; 
Se van juntando sus puntas, se van fundiendo sus oros. 
En su hondor 
La sombra que se diluye en la esponja submarina, 
Tiene un recogido clamor (618).

Enseguida el viento es un pañuelo que recoge una hoja del otoño, y la hoja la materialización del aire que bosteza el sol, cambios que producen un sonido profundo, un clamor que surge de la sombra que se diluye en la esponja y luego un silencio que es un “gran vocerío de realidades”. La poesía descubre lo sagrado a través de las cosas del paisaje. Pero a la vez esas cosas afincan el poema en el suelo cubano. En “La estrella”, podemos percibirlo comparándolo con una canción de Silvio Rodríguez, quien, desde las antípodas de la poesía de Lezama, utiliza la esponja y la estrella para cantar sobre la tierra natal:
Hoy no quiero estar lejos 
de la casa y el árbol 
hoy quisiera estrechar 
mi ciudad sumergida 
boca de los corales 
alma de las esponjas 
dureza de las piedras 
que se encuentran a veces 
ojos de las estrellas de mar y los peces [3].

Silvio Rodríguez ubica la isla en el mundo y da por descontado que existen otros lugares. Pero esa tierra se diferencia porque es ahí donde se reconoce y donde la palabra tiene un vínculo sentimental con el paisaje. En “La estrella”, en cambio, la unión con la tierra se realiza a través de un contacto místico:
El viento recogió la brizna 
Y se perdió el clamor 
El alma se hinchó de silencio 
Y se fundió en el Alma (618).

En Silvio Rodríguez, la pertenencia cubana está marcada por el sentimiento humano de la nostalgia, mientras que en Lezama existe una corriente religiosa, una cadena cuyos eslabones son el mundo, el poema y el observador: “el silencio hecho cadena/ se eslabonó con el infinito abierto” (619). Silvio Rodríguez expresa su sentimiento hacia Cuba cuando nombra objetos que constituyen parte de su interioridad, como si en su infancia sus pies hubieran sufrido la dureza de las piedras y se hubiera asombrado con los colores de las esponjas; en cambio, los textos de Lezama se colocan en una percepción originaria (la de la infancia, la del misticismo).

En Inicio y escape, Lezama ancla la poesía en el paisaje cubano. El tratamiento consiste en revelar lo sagrado detrás de la realidad visible y cotidiana. Para esto, establece dos direcciones. Por un lado, en “Al silencio del agua”, recupera la percepción asombrada de la infancia, paraíso perdido que retorna por la poesía; por el otro, en “La estrella”, hace un trabajo místico con el paisaje. La obra de Lezama es un desarrollo de este comienzo sencillo. Si bienm con el tiempo, los conceptos se complican y la retórica se vuelve cada vez más oscura, no abandona nunca estos principios de su poesía.


Los principios de la cultura cubana

Si Inicio y escape funda la estructura poética de Lezama Lima, también constituye un modelo en micro del desarrollo orgánico de su literatura. El título es revelador en este sentido. El manuscrito es inicio mediante el cual el joven Lezama afinca la palabra en el suelo cubano y despliega su recuperación de los orígenes de la cultura; pero a la vez es el primer poemario que escapa, en tanto le imprime un crecimiento orgánico a los poemas, de manera tal que en cada uno la búsqueda de los mismos principios se complejiza más y más. Este desarrollo puede simbolizarse a partir de la esponja, que aparece en “La estrella”, el primer texto de Inicio y escape. Como la esponja, el poema se aferra al suelo cubano. El animal no es un vegetal, hay una frontera delgada que lo separa de las plantas; del mismo modo, el poema no es la naturaleza, pero entronca con ella a partir de esos enclaves mínimos que son las pocas palabras referenciales que utiliza. También son comparables en cuanto a su crecimiento. La esponja filtra el agua para alimentarse de los microorganismos. En este sentido, desde cierto punto de vista puede decirse que el animal es la cristalización del agua en colores azules y amarillos. El poema también se instala en el ambiente y transforma la atmósfera cubana en literatura. Como lo hará en su madurez, el joven Lezama piensa el poema como el relevo cultural de la naturaleza [4].

Las fechas al pie de los textos son un excelente registro de este desarrollo poético. Por supuesto, no son un indicio fiable a la hora de distinguir los cambios de un año al otro. Esto se debe a que Lezama armó el manuscrito como si fuera un libro y lo corrigió con lápiz, lo cual sugiere que lo pensó como un todo y no fue una mera recopilación de textos a medida que los escribía. Pero mirado el poemario de manera global, los cambios entre los primeros y los últimos poemas son notorios. En textos como “La estrella” y “Al silencio del agua” se reconocen con claridad un sujeto poético y la dimensión sagrada detrás del mundo visible. Pero a medida que pasan los años, Lezama comienza a buscar una dimensión más básica. No se queda con la pureza del hombre y un mundo virginal, sino que baja a los primeros principios, aquellos que constituyen a los sujetos y los objetos. Al final de Inicio y escape define así una de las líneas más visibles de su obra, esa poesía de significación abierta que parte del caos lingüístico para ir creando desde una masa casi amorfa algunas figuras reconocibles que luego vuelven a hundirse en el magma original. El propio Lezama definió esta derivación en una carta a José Rodríguez Feo del 21 de agosto de 1947, en la cual se refiere a los ocho poemas que publicó en la antología La poesía cubana en 1936, separándolos de sus obras de madurez:
Me alegra que te hayas encontrado con viejos poemas y expreses tu agrado. Sé que no regalas tus elogios, y cuando dices tu agrado es que se ha verificado el saboreo y el agrado es triple. Son versos míos cuando tenía veintitrés o veinticuatro años y ya ahora empiezo a verlos de nuevo con la amistad de la adolescencia. Entonces me preocupaba partir de una pureza para llegar al cristal, a la transparencia suma para después hacerla girar y buscar lentitudes y contrastes. Ahora quizá mi procedimiento sea inverso: parto de una impureza, de palabra o sensación, y después veo como si fuese un monstruo que se limpia de algas y anémonas, cómo la propia música nos deja su peso en el tiempo o se disuelve en otra impureza (1991: 89).

Es curioso que Lezama haya pensado en los textos de la antología preparada por Juan Ramón Jiménez. En realidad, la segunda manera se encuentra ya en los últimos poemas de Inicio y escape. Uno de los mejores ejemplos en este sentido es el soneto irregular “Polar”. El título que eligió el joven Lezama es significativo. Tiene un inequívoco anclaje topográfico, extraño por otra parte para un caribeño; pero, al ser un adjetivo, su referencialidad se disuelve en una apertura absoluta, ya que puede referirse a una infinidad de cosas disímiles, como la nieve, los osos, la vegetación, los habitantes, las expediciones o bien la estrella polar. El soneto arranca con el siguiente cuarteto:
Punta de largo guante y largo yelo 
Detienen miras en recurva alerta 
Y puntas de ínfimas estrías gris de cielo, 
Donde mar vegetal sus fríos vierta (628).

El paisaje es de un cubismo abstracto. Las puntas dominan las dos partes del cuarteto, pero apenas consiguen separar, con su contorno quebrado, el hielo del cielo, que vuelven a fundirse en la rima (yelo/cielo). Sin embargo, a pesar de la clara localización topográfica, el poema menciona elementos tan simples y compartidos por todas las cosas del polo que la referencia se torna dudosa y no es posible definirla con claridad. La frialdad, el hielo, el color gris, las miradas y el largo guante no sirven para nada en concreto o sirven para hablar de todo lo polar: la estrella, los picos, la nieve, los osos, las expediciones, los perros y los carros arrastrados por los perros; del mismo modo, el hielo evoca la insistencia modernista y simbolista de que la belleza se encuentra sólo en la palidez cautivante de la nieve.

Sin embargo, de este caos originario va surgiendo un mundo menos incierto. En principio, incluso con la absoluta ambigüedad del primer cuarteto, el joven Lezama se ocupa de algo absolutamente extraño para un cubano. Para un habitante del Caribe, el polo está lejos: habita una tierra donde la nieve es una nostalgia, como dirá Lezama en el poema de madurez “Pensamientos en La Habana”. La nieve, el hielo y el polo son cosas a las que se puede acceder en un viaje. De ese choque emerge en el soneto un vocabulario de navegación que le da perfiles más definidos. Así, en el segundo cuarteto nos habla de la brújula y las olas:
Ríos de corcho sin presión de alas niego, 
Brújula de olas con corbata lenta; 
Prisión dorada para el niño ciego, 
Burlando esquinas nauta de la menta (628).

Las metáforas son casi imposibles. Pero la brújula es el objeto que señala el polo y a la vez un pez marino que, como una aguja, surca las olas al lado del barco y parece orientarlo en su camino. Por otra parte, en el manuscrito Lezama escribió “para el niño ciego”, tachando en su lugar “de delfín ya”. En los dos tercetos el perfil náutico se define como pesca, hasta el último verso, en el que la claridad coloquial gana terreno, expresión de un marino que tiene una novia en cada puerto:
Arponeado, cejijunto, muerto, 
-puñal de agua con su risa y pluma- 
Vaso de nieve de color abierto,
Que, doble risa suma grave abierto, 
Por lo alto, hendido, tenue más luna. 
¡No te pongas brava, novia de cada puerto! (628).

Los versos parecen izar un pez. El arpón, “puñal de agua con su risa y pluma”, dio en el blanco. Sugiere enseguida la abertura de la herida: un “vaso de nieve de color abierto” y luego la “doble risa”, tal vez la de la boca y la del corte de la cuchilla. El mundo de lo polar, eminentemente vertical con sus picos quebrados del principio, se transforma en un mundo humano. Algo, tal vez el pez arponeado, se levanta por lo alto. Y luego de que el mundo adopta contornos más firmes, aparece finalmente el hombre, que le pide a la novia de todos los puertos que no se ponga brava. Lezama baja a los principios cosmológicos para crear de nuevo el paisaje y la cultura.

En la segunda parte de Inicio y escape, este tipo de poemas son recurrentes. El joven Lezama abandona el misticismo y el paraíso recuperado de la infancia para colocar como horizonte la sustancia, el substrato, la materia originaria. Con esto se acerca a Tales, Anaximandro, Anaxímenes y Heráclito, filósofos que propusieron que el origen del universo se encuentra en una materia dinámica y fluyente: el agua, el aire, el fuego, lo ilimitado (Mondolfo 1942: II, 276). O bien, debido a la insistencia de estos textos en lo material, el joven Lezama se coloca del lado de los estoicos. La sustancia, el sustrato de lo polar, tiene las cimientes de todos los seres, como si Lezama buscara en la masa amorfa de la nieve la potencialidad del barco y el marinero, los picos helados y las ballenas y los delfines. Escribe Armstrong sobre los estoicos:
Los principios formativos de las cosas individuales son partes, en el sentido más literal, del principio universal, trozos de Dios, pero no separados o seccionados de la totalidad. Cuando consideraban el crecimiento y desarrollo de las cosas vivientes particulares, los estoicos hablaban de “logos seminales”, semillas del Fuego divino insertas en ellas en sus orígenes, que causaban su crecimiento y desarrollo hasta llegar a la plenitud de sus respectivas formas (1983: 204).

En consonancia con este tipo de cosmologías, en la segunda parte de Inicio y escape Lezama concibe el poema como la búsqueda de la materia originaria en la cual se encuentra la cimiente de todas las cosas. El poema, con un estilo que violenta la sintaxis y la semántica, busca anclarse en esos principios formativos para remontar poéticamente el camino de la creación. Otro ejemplo, muy cercano a “Polar”, es “Llega la definición”, fechado en 1931. Los primeros versos son reveladores en este sentido:
Que nieve, tizne y cisne, sus lágrimas de pura alba 
Brota de los almendros enguantados de fina luna, 
Para los enamorados. 
Hay estrellas; pero la plata ahoga, cotidiana, altísima. 
Detrás, por un río sin escamas, veinte manos de plata (632).

El poema alcanza una dimensión más básica que “Polar”. Si en ese texto el origen es la nieve y los picos de hielo, en “Llega la definición” el sustrato es la blancura. Los cinco versos intentan capturarla, pero fracasan. El blanco es la nieve que, con un poco de gris, crea al cisne y luego esas lágrimas de “pura alba”, que son las almendras que nacen de los árboles bañados por la luz de la luna. La plata relumbra a la noche y el blanco es un río homogéneo por el que pasan veinte manos, que bien pueden ser veinte peces de color plateado. Al hablar de los enamorados, el joven Lezama parece recordar el locus amoenus. Tenemos el río, el árbol, la luna y las estrellas. Pero Lezama desciende al blanco que lo crea y establece una suerte de corriente que va conformando las figuras del tópico literario. Sólo que la pureza del blanco aparece por los efectos, nunca se presenta en su inmutable esplendor. Entonces, en los últimos versos emerge el sujeto poético. Trata de apresar eso que genera el rumor creacionista, pero no lo consigue:

¡Qué dimensiones tan tibias sobre la espalda mía! 
Mientras parte el rumor, cerraba las manos. 
Lo dejé partir a malograr el verano. 
En un túmulo de liras flautas: la Definición (632).

En los primeros poemas de Inicio y escape, Lezama se pregunta por el mundo y establece un espacio sagrado a través del paraíso perdido de la infancia y los enlaces místicos entre la realidad y lo religioso. En “Polar” y “Llega la definición” redobla esa pregunta otorgándole mayor complejidad. En ellos establece un sustrato originario. En “Polar” es el hielo y en “Llega la definición” lo blanco. Al final de Inicio y escape, Lezama desciende entonces a esos principios y busca reconstruir con el lenguaje el camino de la creación.


El temprano barroco de Lezama Lima

En Lezama Lima, las primeras ideas sobre el barroco pertenecen a esta época temprana. Si bien no se conocen manuscritos de ensayos que sean contemporáneos a la redacción de Inicio y escape, las reflexiones sobre el siglo XVII ocupan un lugar destacado entre sus primeras publicaciones. Cabe destacar, entre esos trabajos, las reseñas “Soledades habitadas por Luis Cernuda”, en la que pone en relación a este último con Góngora, y “Un poeta mexicano del siglo XVII”, ambas publicadas en Grafos, en agosto de 1936 y abril de 1937 respectivamente. Puestas una al lado de la otra, desde fecha tan temprana Lezama aborda las diferencias que mucho más tarde va a establecer entre el barroco de indias y el peninsular. En América, el escritor percibe un disfrute de la vida, mientras que en España encuentra la vida atravesada por las severidades de la decadencia y el paisaje rocoso peninsular. Esto mismo se encuentra en La expresión americana (1957). En ese ensayo, Lezama recuerda las esculturas del Aleijadinho, enfermo de lepra, que trabaja de noche para esconder sus estigmas en la oscuridad; describe la virgen inca de la catedral del Potosí, el mobiliario y el gusto por los banquetes, el espléndido ideal de vida de Sigüenza y Góngora, que contrasta con los apuros económicos, la malograda suerte de su famoso tío cordobés. Sin utilizar el concepto, para Lezama el barroco de indias es el arte vital de la transculturación, mientras que el peninsular demuestra las amargas notas de los tiempos finales. Esta lectura se encuentra ya en las dos reseñas de la década del ’30.

En la reseña sobre el mexicano Luis de Sandoval y Zapata se ocupa del disfrute de la vida y la presencia de la diversidad cultural, una plenitud que en Inicio y escape busca a través de la percepción de la infancia y el descenso a los orígenes universales:
se llevaría una grata novela con la vida de este gongorino que se va evaporando entre los aromas del café y el laberinto de su paladar voltario, contemplando con desgano cómo los indios salidos de las fábricas trabajosas, descansan martillando la plata, afilando plumas o se tiñen los senos con delicadas tinturas (1981: 149).

“Soledades habitadas por Luis Cernuda” es una reseña de La realidad y el deseo, un pequeño volumen, aparecido ese año en la editorial española Cruz y Raya, que reúne los seis libros de poesía que Cernuda había publicado hasta ese momento. El texto, en el que Lezama aprovecha la situación para reflexionar sobre el barroco de Góngora y la actualización contemporánea que propusieron los escritores de la generación del ’27, exhibe ya algunas de las marcas estilísticas de los ensayos posteriores del escritor. Las reflexiones que le suscita el volumen comentado parecen un extenso monólogo interior, totalmente despreocupado en lo que respecta al mantenimiento de la comunicación con su lector. Por este motivo, recién hacia la mitad del texto el lector puede enterarse del asunto del que se ocupa. Por otra parte, Lezama tiende a la glosa, sin avisar que está glosando, y únicamente cita versos aislados. Pero más allá de estos rasgos estilísticos, lo que interesa destacar es que con el ensayo Lezama extrae de la lectura de La realidad y el deseo una imagen propia de lo que es el barroco de Góngora y propone algunos de los parámetros generales que debe asumir en la actualidad.

El punto de partida de Lezama es una evaluación de las posibilidades literarias que tenía España tras la muerte del poeta cordobés. El escritor se coloca en las antípodas de lo que dice sobre Luis de Sandoval y Zapata. Mientras en México el barroco es un esplendor vital, en España el barroco es la expresión del agotamiento de la cultura. En “Soledades habitadas por Luis Cernuda”, Lezama lo plantea estableciendo una oposición entre Paul Cézanne y Góngora. Según sostiene, el pintor francés podía decir lo siguiente: “he descubierto un camino, con respecto a cuyas posibilidades últimas, puedo considerarme un primitivo” (1936: 138). Cézanne expresa el nacimiento de una forma de la pintura. En cambio, Góngora demuestra todo lo contrario. No sólo fue un poeta extraordinario. Además llevó el verso y la metáfora a sus últimas consecuencias. Por consiguiente, su esplendor es una clausura. Si Cézanne y Luis de Sandoval se colocan en el principio de los tiempos, Góngora se sitúa al final. Por eso, Lezama entiende que la poesía de Cernuda se ubica en una pregunta angustiante: “¿Dónde huir?” (138). Pero si bien los americanos cuentan con el pasado colonial, también ellos están situados en ese interrogante difícil de responder. Todos los poetas contemporáneos en lengua castellana tienen la necesidad de responder sobre las posibilidades actuales del verso luego del cordobés.

En la reseña, Lezama cartografía cuatro posibles caminos: 1) pasar a una poesía de la barbarie instintiva; 2) “Poblar la argentería de Góngora por la novela de una sensibilidad de nervios increíbles” (138); 3) “levar la palabra, ascendiendo a mero son, hasta su delicia absoluta, hasta su desaparición auditiva o representativa” (138); 4) abrir la poesía a la dimensión irreal de los sueños y los deseos. Lezama descarta las tres primeras soluciones. El primer camino es una salida fácil y poco eficaz, el segundo supone una sensibilidad hipertrofiada y el tercero conduce a la indeseable deshumanización de Ortega y Gasset. El cuarto es el único que le parece verdaderamente enriquecedor. Ése es el camino de Luis Cernuda.

La lectura de Lezama se centra en la inflexión surrealista del escritor español. Según sostiene, la poesía de Góngora es una poesía de la superficie. El poeta describe con un verso asombrosamente preciso la luz que emana de las cosas. Lezama simboliza esta actitud a partir de una torre rodeada de agua. Góngora está parado en esa torre y describe las figuras que se reflejan en la superficie. Para Lezama, la innovación de Cernuda se encuentra en que el poeta se lanza de la torre y se hunde en la profundidad o en el reverso de las cosas. Escribe sobre Un río, un amor (1929), uno de los libros que integran La realidad y el deseo:
Se verifica la primera fuga en la persecución de la palabra hilada, quedando ahora desangrada, exhausta, rebelada. Vamos a saltar de la torre gongorina al agua neblinosa que le rodea y que acabará por negarla, pero dejando la seguridad de una penetración en el delirio o de una contentiva grafía espacial, mientras el agua despedazada arrostra los gritos de los prisioneros en pena (1936: 139).

Pero no se puede dejar de notar que de este modo Lezama violenta el libro de Cernuda. El escritor podría haber tomado como referencia a Lorca, Alberti o Diego, quienes hicieron rescates explícitos del poeta cordobés. En cambio, en Cernuda no parece haber una influencia tan marcada de Góngora. Por otra parte, los vínculos entre el salto de Cernuda y la torre poética de Góngora resultan insuficientes cuando Lezama los mira con mayor detenimiento. Únicamente desde una perspectiva general se puede decir que los dos escritores tienen retóricas comparables. Si Góngora es dueño de un dispositivo metafórico asombrosamente preciso para describir el mundo, Cernuda sólo se le acerca en tanto también posee una capacidad retórica refinada para capturar imágenes de los sueños o de los deseos prohibidos, casi militantemente homosexuales.

Lezama mismo reconoce que la relación es tenue. Así, en la reseña comenta que la presencia de Góngora le ha servido a Cernuda únicamente para encarnar sensualmente las imágenes poéticas, o bien, con sus palabras, “para simultanear, en la unidad de su poesía, figuraciones concretas, representaciones desligadas o desvaídas, donde las más duraderas referencias se convierten en alusiones tan voluptuosas como mantenidas” (140). Incluso en Un río, un amor, el poemario que, de los que se ocupó Lezama, parece el más cercano en este sentido, lo que pone en juego Cernuda es la discrepancia entre la realidad y el deseo y la promesa de reencontrar una unidad en el inconciente o en el sueño, unidad nunca alcanzada. Escribe, por ejemplo, en “Desdicha”:
Un día comprendió cómo sus brazos eran 
Solamente de nubes; 
Imposible con nubes estrechar hasta el fondo 
Un cuerpo, una fortuna (1936: 74).

O bien, hablando del reencuentro prometido del amante en los sueños, escribe Cernuda en los versos finales de “No sé qué nombre darle en mis sueños”:
Si mis ojos se cierran es para hallarte en sueños 
Detrás de la cabeza, 
Detrás del mundo esclavizado, 
En ese país perdido 
Que un día abandonamos sin saberlo (1936: 83).

Pero esta lectura violenta sobre versos no tan cercanos a los de Góngora le permitió a Lezama plantear su propia versión del barroco. En esto, la reseña es central. Al leer a Góngora a través de Cernuda, Lezama rechaza la perspectiva deshumanizada del barroco para plantear la idea de que, en la contemporaneidad, debe convertirse en un lenguaje mediante el cual los brillos retóricos sirvan para expresar las sustancias inexpresables de la cultura. Para el escritor, el barroco es una retórica adecuada para encontrar el paraíso perdido de la infancia, el reverso onírico de la vida y el origen cosmogónico de esa segunda naturaleza que habita el hombre y que se llama cultura. Si bien Lezama tardó años en hablar del disfrute del barroco de indias, esta última cuestión está anunciada en la reseña “Un poeta mexicano del siglo XVII”. Inicialmente, el paraíso es la percepción de la infancia; sin embargo, con los años cada vez más claramente va a ser el tipo de vitalismo que une a Luis de Sandoval con el México de su época. En otras palabras, el barroco es el relevamiento literario del paraíso cubano.


Infancia, paisaje y sueños

Para concluir, quisiera referirme al modo mediante el cual se articulan estas primeras lecturas del barroco con la búsqueda de la plenitud significativa que se encuentra en Inicio y escape. Las dos perspectivas operan en “Fugados”, el primero de los cinco relatos que Lezama publicó, aparecido también en Grafos en 1936. El argumento es sencillo. Una tarde de lluvia, Luis Keeler y Armando Sotomayor se encuentran antes de entrar al colegio y deciden fugarse para ir a la playa a ver las olas del mar. Poco después, aparece Carlos y le recuerda a Sotomayor que habían quedado en ir al cine. Los chicos se separan y Keeler se adormece. Cuando se despierta, es de noche, las luces están encendidas y la gente saliendo de los cines. Keeler siente ganas de gritar.

El sencillo argumento parece una reescritura libre de las Soledades de Góngora. Para el joven Lezama también la historia es sólo una excusa para trazar plásticas impresiones sobre el paisaje. Pero, atento a la perspectiva que planteó a partir de Cernuda, no se ocupó de la superficie de las cosas, sino que buscó la mirada del chico, para lograr abrirse al mundo y captar la plenitud recóndita de sus significaciones. Sin duda, esto recuerda lejanamente la edad dorada que había quedado en la casa materna tras la muerte del padre. Pero, en todo caso, está profundamente ligado a los primeros poemas de Inicio y escape. En un pasaje, mientras marcha para la escuela, Keeler se detiene a mirar el juego de las gotas sobre un escudo:
Hubo una pausa que fue aprovechada por Luis Keeler, para dirigirse a la escuela apresurando el paso, no obstante se detuvo para contemplar cómo el agua lentísima recorriendo las letras de un escudo que anunciaba una joyería había recurvado hacia la última letra, pareciendo que allí se estancaba, adquiría después una tonalidad verde cansado, sin querer bordear el contorno del escudo (1936: 9).

El reverso de Góngora que Lezama le atribuyó a Cernuda se encuentra en esta mirada infantil que descubre la plenitud significativa del mundo. En este aspecto, retoma el tipo de perspectiva que había plasmado Rilke a través del concepto de lo abierto. Escribe el poeta, en la Octava elegía:
Ven con todos sus ojos las criaturas 
Lo Abierto. Sin embargo, nuestros ojos 
Están como al revés y colocados 
Alrededor de su salida libre 
Como trampas. Así, lo que está fuera 
Sólo a través del animal nos llega (1970: 36).

Pero, incluso en un chico como Keeler, esta apertura al mundo se da con el ritmo de la pulsación. Va y viene, como van y vienen las olas del mar. Cuando llega al malecón con Sotomayor, los dos se dan cuenta de que eso no era lo que buscaban. No se trata del mar, ni de ningún objeto del paisaje. Sino más bien de la posibilidad de que esos objetos se transformen en hierofanías. En un pasaje, esto se produce cuando ambos están mirando las olas, y entonces el ritmo del mar coincide armónicamente con el ritmo de los gestos:
Habían perdido una tarde de colegio, ahora dejaban caer las manos, ladeaban un poco la cabeza, todos corrían y Luis se dejaba mojar los zapatos sin levantar la mirada de la próxima ola. Comprendía que el día era gris, que se habían fugado de la escuela, que Armando estaba a su lado ocupando un espacio maravilloso, doblemente cerrado, espacio rítmico, pues de vez en cuando se llevaba la mano a los cabellos como para obligarlos a mantener una postura irreal, movediza (13).

Cuando Sotomayor se va con Carlos, Keeler queda mirando un alga flotando en el mar. El sueño le cierra los ojos: “Cuando el alga rebotó por última vez contra la piedra ablandada, Luis Keeler se fue hundiendo en el sueño. Un sueño blando, rodeado de algas, algodones, de manos que tocan blandamente un saco de arena y de puntillas” (18). El sueño se convierte en el paraíso central que lo funde con el paisaje:
En el paraíso el agua corría de nuevo y se fabrica el cielo. La línea del paredón se alargaba, y él fue también estirando, adelgazando. Sintió que el pensamiento se le escapaba como había sentido los pasos de la codorniz, para ocupar el centro de aquella alga nombrada, diferente, que podía ostentar su orgullo y sus voluntarios paseos. El tacto insatisfecho ya no podía prolongarse en la mirada o en aquel último fragmento de sus labios. Espeso sueño como de quien pudiese hablar con la boca llena de agua (18-19).

Keeler se disuelve en la irrealidad del sueño a través de esa hierofanía en la que se convierte el alga flotando en el mar. Pero no se trata del enfoque individual que puede proponerse a partir del inconsciente. Como se desprende deInicio y escape, el sueño en el caso de Lezama aparece como un espacio en el cual el yo se disuelve en un paraíso universal. Con esto, el escritor inaugura el barroco contemporáneo hispanoamericano. Como vimos en las reseñas sobre Cernuda y Luis de Sandoval, para Lezama la poética es inicialmente una búsqueda del tipo de percepción de la infancia para descubrir la plenitud significativa y paradisíaca que se encuentra detrás del paisaje cubano.


Notas
[1] Se cita de la recopilación de entrevistas “Interrogando a Lezama Lima”, en Simón (1970: 12).
[2] Para las reformas urbanas de la primera mitad del siglo XX, cf. Segre (1993).
[3] Silvio Rodríguez (1978), “Hoy no quiero estar lejos de la casa y el árbol”, del disco Mujeres.
[4] En “Introducción a un sistema poético” (1954), el escritor establece una comparación similar al identificar el crecimiento del poema con la incorporación del mundo por parte del caracol.

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© Ignacio Iriarte 2011
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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