dimanche 8 novembre 2009

BERLIN: 09 Noviembre 1989, el día que cambio el mundo

.
REPORTAJE:
El triunfo de la libertad
Por Helmut KOHL

El ex canciller, figura clave en la unificación de Alemania, cuenta en este texto los pasos dados para lograr la unidad de su país, un camino que siempre vio en paralelo al de la unidad europea

El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín. Habían pasado más de cuatro decenios desde del comienzo de la guerra fría y 28 años desde el momento de su construcción.

Durante décadas, el muro de Berlín no sólo desgarró familias, una ciudad y un país en dos partes, lo que ya es bastante malo. También era un símbolo de la guerra fría. Representaba la división de Berlín, de nuestro país, de Europa y del mundo en una parte libre y en una no libre.

Finalmente, el muro cayó de forma completamente pacífica, sin un tiro, sin derramamiento de sangre. Fue como un milagro. La protesta pacífica de las personas de la República Democrática Alemana (RDA) había ido cobrando impulso de forma lenta, pero continuada, a lo largo de los meses; y finalmente, era ya incontenible. El obstinado régimen del Partido Socialista Unificado (SED) de la RDA, que hasta el último momento había rechazado reformas fundamentales, fracasó por la voluntad de libertad de las personas, tal como Konrad Adenauer, el primer canciller de la República Federal de Alemania (RFA), había pronosticado hacía 40 años.

Después de la caída del muro, en noviembre de 1989, no iba a transcurrir ni siquiera un año hasta que alcanzáramos la reunificación en paz y libertad, con la aprobación de nuestros socios y aliados en el mundo. El 3 de octubre de 1990 pudimos celebrar el día de la unidad alemana. Fue un triunfo de la libertad.

Por tanto, el 20º aniversario de la caída del muro es para nosotros, los alemanes, sobre todo un día de gran alegría y gratitud. Al mismo tiempo, también representa para nosotros una fecha importante para tomar conciencia del contexto histórico en el que cayó el muro y en el que posteriormente se produjo la unidad alemana. Porque ni la caída del muro ni la reunificación son acontecimientos inevitables de la historia, que se dieron de ese modo, sin más.

Antes bien, la caída del muro y la reunificación son el resultado de un permanente y difícil acto de equilibrio político que se remontaba a 1945-1949 y que siempre fue extremadamente discutido. Era el constante equilibrio entre el distanciamiento y el acercamiento. Por un lado, se trataba de mantener abierta la cuestión alemana. Por otro, se trataba de construir, en la medida de lo posible y sin renunciar a las propias posiciones fundamentales, unas "relaciones normales" entre la República Federal de Alemania y la RDA, de facilitar la vida a las personas de la parte oriental de nuestro país y de contrarrestar el extrañamiento entre los alemanes del Este y del Oeste.

Yo jamás dudé de que el muro caería en algún momento y de que Alemania volvería a unirse. Pero siempre fue una pregunta abierta cómo y cuándo ocurriría esto. Durante largo tiempo ni siquiera supe si esto sucedería mientras viviera. Siempre estuvo claro que para que eso ocurriera debían concurrir muchas cosas; tal como sucedió durante los años 1989 y 1990. No sólo la voluntad de libertad de las personas de la RDA; no sólo la glásnost y la perestroika; no sólo la política de distensión entre Oriente y Occidente; no sólo el presidente de EE UU, George Bush; no sólo el secretario general soviético, Mijaíl Gorbachov; no sólo el canciller alemán: nadie se habría bastado por sí solo para llevar a cabo la caída del muro y la reunificación. Se requería más bien una feliz -me gustaría decir histórica- constelación de personas y acontecimientos.

También forma parte de la conciencia histórica saber que con la caída del muro aún no se había conquistado la unidad. Al contrario, nada estaba aún decidido el 9 de noviembre de 1989. Es cierto que se había abierto una rendija en una puerta, pero nada estaba decidido todavía en el día en que cayó el muro. La reunificación de nuestro país era más bien una lucha de poder político en torno al statu quo europeo y a los intereses de seguridad en el Este y el Oeste. Hasta el último momento, fue un acto de equilibrio en el campo de tensión de la guerra fría.

Para describir la situación en la que yo me encontraba entonces me gusta citar a Otto von Bismarck, porque no hay una imagen mejor: "Cuando el manto de Dios pasa por la historia, hay que saltar y agarrarse a él".

Para eso tienen que darse tres requisitos: en primer lugar, hay que tener la visión de que se trata del manto de Dios. En segundo lugar, debe sentirse el momento histórico; y en tercer lugar, hay que saltar y (querer) agarrarse a él. Para esto no sólo se requiere valor. Se trata más bien de valor e inteligencia. Porque en la política no se puede actuar como el general Zieten, que decidió batallas a favor de Federico el Grande de Prusia irrumpiendo desde el bosque y arrollando al enemigo en un ataque por sorpresa; eso no es ningún modelo para la política.

La política requiere sentido de lo factible, y también sentido para saber lo que es tolerable para los demás. Esto se aplicaba en especial a la cuestión alemana, y de forma muy singular a la época posterior a la caída del muro. El proceso de unificación política era sensible en extremo, porque nosotros, los alemanes, no estábamos solos en el mundo. En el momento en que la unificación parecía al alcance de la mano, hablar en defensa de la unidad alemana o embarcarse en discursos nacionalistas hubiera sido perjudicial en alto grado para la causa de los alemanes. Interiormente yo estaba, especialmente tras la caída del muro, mucho más adentrado en el camino de la unidad de lo que podía manifestar externamente.

Un ejemplo especialmente pertinente de lo que digo es mi programa de diez puntos, que presenté en solitario -es decir, sin someterlo a consulta alguna en el ámbito de la política nacional o internacional- en el Bundestag dos semanas y media después de la caída del muro, el 28 de noviembre de 1989. Como objetivo, en el punto décimo mencionaba expresamente la recuperación de la unidad estatal de Alemania, pero renunciaba conscientemente a fijar sus plazos. Con la hoja de ruta expuesta en diez puntos tomé la iniciativa en el camino hacia la unidad alemana y marqué inequívocamente la dirección. Esto era entonces lo máximo a lo que podía atreverme. Las reacciones lo volvieron a dejar claro.

(...) Yo siempre había trabajado en el sentido de una reunificación de mi país. Mi más profunda convicción era que teníamos que dejar abierta la cuestión alemana hasta que llegara el momento. A este respecto siempre me he visto en la continuidad de Konrad Adenauer. El primer canciller de la República Federal de Alemania marcó los cambios de aguja decisivos en la cuestión alemana. Desde el principio, Adenauer tenía un rumbo claro. Tras la Segunda Guerra Mundial, quería devolver a Alemania a la comunidad de los pueblos libres, quería una Europa libre y unida con una Alemania libre y unida. Estaba claramente al lado del Occidente libre, no deambulaba entre Occidente y Oriente. Para él, la integración de la República Federal en el Occidente libre y la vinculación a EE UU eran inequívocamente prioritarias a la reunificación alemana, que jamás perdió de vista tampoco.

Así, el 5 de mayo de 1955, día en el que las potencias occidentales declararon la soberanía de la República Federal, en el que la República Federal entró en la Unión Europea Occidental y en el que fue aceptada en la OTAN, Konrad Adenauer proclamó: "Vosotros nos pertenecéis, nosotros os pertenecemos. Siempre podéis confiar en nosotros, porque junto con el mundo libre no tendremos descanso ni pausa hasta que también vosotros hayáis reconquistado los derechos humanos y estéis pacíficamente unidos con nosotros en el mismo Estado".

También defendió obstinadamente que se reservara en exclusiva a la República Federal el derecho de representación de Alemania. Hoy hay a quien esto le parece una obviedad; pero en los inestables años posteriores a la Segunda Guerra Mundial era extremadamente incierto.

(...) La brutal represión del levantamiento popular de la RDA el 17 de junio de 1953 por las tropas soviéticas reafirmó a Konrad Adenauer en la idea de que no había una alternativa responsable a la integración en Occidente. Fue correcto que, en respuesta a la Nota de Stalin de marzo de 1952, los aliados occidentales, de acuerdo con el canciller federal, exigieran elecciones libres en toda Alemania como requisito para dar pasos ulteriores, pues la condición de Stalin era una Alemania neutral. Adenauer partía, con razón, de que una Alemania neutral crearía un vacío de poder en Europa que llenaría la Unión Soviética. El hecho de que durante su periodo de gobierno lograra, a pesar de todo, que en 1955 los últimos prisioneros de guerra alemanes retornaran de la Unión Soviética, subraya que para él la vinculación a Occidente no era un dogma que obstaculizara la salvaguardia de los intereses nacionales en el Este.

Desde mi punto de vista, las convicciones de Adenauer nunca habían perdido actualidad: una reunificación sin una firme integración en las alianzas occidentales hubiera llevado a nuestro país a la neutralidad. La consecuencia hubiera sido en última instancia una Alemania no libre en el ámbito de poder de la Unión Soviética. Por consiguiente, la caída del muro del 9 de noviembre de 1989 y la reunificación alemana del 3 de octubre de 1990 son, no en último término, la impresionante confirmación tardía del consecuente rumbo de Adenauer de vinculación a Occidente con la reserva de la reunificación, rumbo al que nos hemos mantenido firmes a lo largo de los años.

Es también cierto que mantener la firmeza en la cuestión alemana se fue haciendo más y más difícil, porque el espíritu de la época se oponía a ello cada vez con mayor fuerza. Cuanto más duraba la división, mayor era en la República Federal el grupo de quienes, cuando menos, se acomodaban a los dos Estados y querían aceptar la división de Alemania como realidad. Ya en los años setenta, la unidad era asunto primordial sólo para unos pocos en nuestra nación. No la mayoría de la gente, pero sin duda una mayoría de la clase política de nuestro país había renunciado hacía tiempo a la idea de la unidad. Esta postura era común a todos los partidos; la diferencia entre ellos estribaba en dónde estaba la mayoría del partido y dónde sus líderes.

Quien defendiera entonces la unidad era considerado o trasnochado o agitador de la guerra. Aún me acuerdo muy bien de aquella época en la que llegué a Bonn como líder de la oposición, en 1976. Como yo era uno de los pocos que aún creían en la unidad alemana, me gané la fama de ser un halcón. Cuando tomé posesión como canciller en 1982, mis adversarios políticos dentro de Alemania atizaron de inmediato los temores a que conmigo como jefe de Gobierno se iniciaría una supuesta "nueva edad del hielo" entre el Este y el Oeste. Mis adversarios se equivocaron, porque ocurrió lo contrario: bajo mi liderazgo político se fijaron los cambios de agujas esenciales en el camino hacia la unidad. Impulsé el proceso de integración europeo en tándem con el presidente francés, François Mitterrand. Me esforcé en lograr mejoras muy concretas de las condiciones de vida de los habitantes de la RDA, intenté no dar ningún motivo para las tensiones entre el Este y el Oeste, también mostré disposición al diálogo con la Unión Soviética, abrí posibilidades de cooperación y me mantuve firme, sin embargo, en mis posiciones básicas respecto a la política sobre la unificación alemana.

Con mi política seguí la lógica de Adenauer: la unificación europea y la unidad alemana son las dos caras de la misma moneda. Al principio de mi etapa como canciller, el proceso de unificación europea pasaba por una de sus horas más bajas. Muchos habían dejado de creer en la idea de Europa como casa común. (...) Cuando en 1989 la reunificación pasó a la agenda política, quedaban muchas cosas por hacer, pero con mi participación se habían logrado progresos esenciales: en los años ochenta habíamos firmado el Acta Única Europea con la que, entre otras cosas, se completaba el mercado único europeo. Ya desde mediados de los años ochenta, junto con el presidente francés, Mitterrand, habíamos marcado el camino para la introducción de una moneda común europea.

En cuanto a la política sobre la unificación alemana, al acceder a la cancillería dispuse que se ampliara el informe anual sobre el estado de la nación y que al título se le añadiera "en la Alemania dividida". Consideraba que se enviaba así una señal importante, tanto hacia el interior como hacia el exterior. Con el crédito de miles de millones a la RDA, gestionado principalmente por Franz Josef Strauss -con mi cobertu-ra-, retomamos las conversaciones con la RDA y logramos como contraprestación considerables mejoras humanitarias, como el desmantelamiento de las minas antipersona en la frontera entre las dos Alemanias, así como facilidades para la reunificación familiar y los intercambios comerciales mínimos.

La decisión de todas las decisiones en el camino hacia la unidad alemana fue el doble acuerdo de la OTAN [oferta a los países del Pacto de Varsovia de un acuerdo para limitar los misiles de alcance medio, combinada con la amenaza de desplegar armas nucleares de alcance medio en territorio europeo en caso de no llegar a un compromiso] que mi predecesor, Helmut Schmidt, impulsó contra la voluntad de su partido y que yo impuse en nuestro país frente a todas las resistencias. Hoy sigo tan convencido del acierto de esa decisión, como de lo difícil que fue tomarla en su momento. Fue una decisión muy solitaria. Todavía hoy tengo ante los ojos la imagen de los cientos de miles de manifestantes que salieron a la calle contra el doble acuerdo de la OTAN. Todavía me acuerdo del gesto gélido de los socialdemócratas cuando el socialista Mitterrand, en un discurso ante el Bundestag, se puso incondicionalmente de nuestra parte, incluso en contra de sus correligionarios alemanes... que con su rechazo estaban completamente aislados en Europa occidental.

Estoy convencido en lo más hondo de que sin el doble acuerdo de la OTAN el muro no habría caído en 1989 y de que en 1990 no habríamos alcanzado la reunificación. El mundo habría tomado un curso completamente distinto. El riesgo era evidente. Sin el doble acuerdo de la OTAN [el estacionamiento de nuevos misiles nucleares en territorio de la RFA, que fue considerado una señal fuerte de alianza con Occidente], la amenaza era un masivo desplazamiento del poder en Europa a favor de la Unión Soviética. La OTAN, con los estadounidenses, se habría retirado paso a paso de Europa central. La consecuencia habría sido que al menos la República Federal de Alemania, Austria y la RDA, y tal vez los países del Benelux e Italia, se hubieran convertido en las denominadas "zonas libres de armas nucleares y desmilitarizadas", mientras que la Unión Soviética habría extendido su ámbito de influencia y, sobre todo, se habría beneficiado de la potencia económica de la República Federal. (...)

Mi Gobierno también defendió las posiciones fundamentales de nuestra política sobre la unidad de Alemania. Entre ellas se contaba, sobre todo, la cuestión sobre la nacionalidad alemana. Me acuerdo muy bien del encendido debate que se desarrollaba precisamente en la época en la que accedí a la cancillería. El reconocimiento de la nacionalidad de la RDA sería, a lo largo de los años, una de las exigencias más tozudas de Honecker al Gobierno de la RFA. Yo tenía buenas razones para mi rotundo rechazo. Al renunciar a una sola nacionalidad alemana, habríamos renunciado de forma simultánea a la idea de una sola nación alemana, y habríamos disuelto con ello el lazo decisivo de comunidad entre las personas de ambas partes de Alemania y habríamos privado a las personas de la RDA una protección esencialísima y una buena medida de esperanza. Entre las consecuencias prácticas, habría estado que en 1989 Hungría no habría tenido base alguna en el derecho internacional para posibilitar de forma "legal" a nuestros conciudadanos el camino hacia la libertad. Y las personas de la RDA tendrían que haber solicitado asilo entre nosotros, como extranjeros.

Mantuve la invitación de mi predecesor Helmut Schmidt a Erich Honecker cuando accedí a la cancillería. Era necesario mantener el diálogo con la otra parte de Alemania. Cuando el secretario general del SED visitó finalmente Bonn en 1987, ligué la visita a la condición de que nuestros discursos en la zona oficial fueran emitidos en directo en la parte occidental y, sobre todo, en la parte oriental de nuestro país. Millones de personas de la RDA miraron aquella noche a través del telón de acero y pudieron ver en el televisor cómo le dije a Honecker: "La conciencia de la unidad de la nación está tan viva como siempre, y es inquebrantable la voluntad de mantenerla. En lo que respecta al Gobierno federal repito: el preámbulo de nuestra Ley Fundamental no es negociable porque responde a nuestra convicción. Ésta quiere una Europa unida, y llama a todo el pueblo alemán a completar la unidad y libertad de Alemania en libre autodeterminación".

(...) Como la CDU, también los socialdemócratas se sintieron siempre obligados a la cuestión alemana. Sin embargo, la diferencia entre ellos y nosotros consistía en que el SPD tenía una orientación cada vez más acusadamente nacional, y nunca aceptó la prioridad de la integración en Occidente con todas sus consecuencias. Mientras que la CDU, en su acto de equilibrio entre el acercamiento y la distancia, mantuvo siempre un claro distanciamiento, el SPD más bien mantuvo un curso de acercamiento al SED. (...) Naturalmente, también había entre las filas de la CDU, conforme al espíritu de los tiempos, defensores de un mayor acercamiento a la RDA y al régimen del SED, pero fueron marginales, nunca mayoritarios.

(...) Los aliados decisivos en nuestro camino fueron los estadounidenses. Una vez más, mostraron ser más una potencia protectora que una potencia ocupante, y se acreditaron como amigos de los alemanes. Desde el punto de vista del contenido, el discurso más importante de un presidente estadounidense respecto a la relación germano-estadounidense fue el que sostuvo George Bush a finales de mayo de 1989 en Maguncia, pocos meses después de ser elegido presidente de Estados Unidos. Fue una proclamación muy consciente, dirigida también a nuestros socios europeos y a la Unión Soviética, cuando Bush, en el contexto de las transformaciones geopolíticas, llamó a Estados Unidos y Alemania "partners in leadership" [socios en el liderazgo]. Durante la totalidad del proceso de unificación, siempre pude confiar personalmente en mi amigo George Bush, con quien durante todo el tiempo me concerté de forma estrecha. (...)

Muy similares eran las cosas con Mijaíl Gorbachov en lo referente a la confianza personal, aunque muy distintas en lo que tocaba a la cuestión alemana. El jefe de Estado de la Unión Soviética en un principio no quería la unidad alemana. (...) Con las palabras glásnost y perestroika abrió el camino a las transformaciones de todo el bloque oriental. Igualmente, y eso he podido constatarlo una y otra vez en mis conversaciones, no quería pensar hasta el final las consecuencias de su rumbo reformista. Quería la apertura del bloque del Este, pero no quería ver o darse cuenta del final que se derivaría necesariamente de él, también para la Unión Soviética. Su gran mérito sigue siendo que amoldó una y otra vez su política a las necesidades. Sobre todo, muestra de esto es que en los agitados días de la caída del muro de Berlín mantuvo los tanques soviéticos en los cuarteles y no hizo reprimir sangrientamente la rebelión. Durante todo el proceso de unificación mantuvo la línea pacífica. Nosotros, los alemanes, jamás podremos estarle lo bastante agradecidos por su valor. Con esto también él se expuso a un gran riesgo personal. En 1989 y 1990, Mijaíl Gorbachov tuvo que vivir bajo el temor constante de ser apartado mediante un golpe de Estado por los enemigos de las reformas en la Unión Soviética. Para nosotros esto habría significado que de la noche al día se volvieran a levantar sobre la frontera el muro y las alambradas, y que la cuestión de la unidad alemana quedara aplazada durante años.

Mijaíl Gorbachov pagó un alto precio por su línea pacífica. Me acuerdo bien de cómo Gorbachov, en su visita de junio de 1989 a Bonn, bajo la impresión de la gorbimanía en la RFA, me dijo que en su visita a la Markplatz de Bonn se había sentido como en la plaza Roja de Moscú. Cuando años más tarde, a finales de los años noventa, después del desmembramiento de la Unión Soviética, crucé con Mijaíl Gorbachov la plaza Roja de Moscú, la gente se apartaba de él.

Nuestros vecinos y socios europeos vivieron la caída del muro y la perspectiva de la reunificación alemana como una conmoción. Muchos contaban con que la unidad alemana llegaría, pero no mientras vivieran, ni desde luego en aquel momento. Por tanto, la caída del muro fue levemente inoportuna para la mayoría de ellos. (...) De entre nuestros aliados europeos, sólo uno estuvo desde el principio firmemente a nuestro lado: el presidente del Gobierno español, Felipe González, que ni un solo minuto permitió que surgiera la duda de dónde estaba su lugar. Margaret Thatcher fue la más franca entre los adversarios de la unidad y afirmó: "Prefiero dos Alemanias a una". También dijo: "¡Hemos derrotado dos veces a los alemanes, y aquí están otra vez!". La jefa del Gobierno británico, que finalmente, comprendiendo la inevitabilidad del proceso, dejó de cerrarse a la reunificación de nuestro país, había apostado equivocadamente por que Gorbachov jamás aceptaría la pertenencia a la OTAN de una Alemania unida. En esto, al menos en un principio, estuvo de acuerdo con François Mitterrand.

También del presidente de la Grande Nation vino alguna palabra poco amistosa antes de que finalmente se decantara por una posición clara y favorable a los alemanes. El cambio de Mitterrand, desde una postura inicialmente crítica hacia la reunificación hasta la aprobación, sin duda se basó de forma fundamental en que una vez más pude convencerle de esto: la unidad alemana y la unidad europea eran para mí las dos caras de la misma moneda.

Este texto es un amplio extracto del prólogo de Helmut Kohl a su libro De la caída del Muro a la reunificación. Mis Memorias, que acaba de publicar Knaur Taschenbuch Verlag. La versión en castellano es responsabilidad de EL PAÍS. Traducción de Jesús Albores.

Articulo:
http://www.elpais.com 08/11/2009

***
REPORTAJE:
Noches de Berlín
Por Luis BASSETS

Del epicentro urbano del convulso siglo XX salió el mundo globalizado y multipolar de hoy


Una noche, la del 12 de agosto de 1961, el telón de acero que había caído sobre Europa en 1945 cerró su último portillo. Cortó Berlín en dos, como si la hubiera pasado por una cizalla. Primero se extendió en forma de cadena de policías y blindados, alambres y obstáculos, y en pocos días con un muro que fue creciendo y fortificándose. La antigua capital alemana venía sufriendo la presión soviética desde junio de 1948, cuando las autoridades de Moscú la mantuvieron durante varios meses bloqueada y sin suministros ni comunicaciones terrestres. Era el punto de fuga por donde millares de alemanes huían de la zona de ocupación soviética y a la vez zona de fricción donde las dos superpotencias enfrentadas en la guerra fría llegaron a situar a sus tanques apuntándose unos a otros. Los momentos más delicados de aquella confrontación, cuando Moscú y Washington estuvieron más cerca de pulsar el botón nuclear, se sitúan entre la construcción del muro berlinés, aquella noche de agosto de 1961 y noviembre de 1962, cuando la Unión Soviética retiró de Cuba los misiles que apuntaban en dirección a Estados Unidos.

Al cabo de 28 años, otra noche, la del 9 de noviembre de 1989, el mismo muro se agrietó, empujado por el vendaval de libertad que se había levantado en todo el bloque comunista, al impulso de la perestroika de Mijaíl Gorbachov. Por aquella brecha se desbordó velozmente el caudal embalsado durante la guerra fría, de forma que en cuestión de meses se unificaron las dos Alemanias, cayeron todos los regímenes comunistas europeos, desapareció la cárcel de pueblos y de ciudadanos en que se había convertido la Unión Soviética y el mundo entero se encontró, de pronto, ante el reto, hoy todavía sin colmar, de construir una arquitectura política internacional totalmente nueva sobre las ruinas de la que acababa de hundirse.

Pocos creían en 1961 que el régimen comunista se atreviera a partir en dos la vieja capital alemana y a dejar encerrados a los berlineses occidentales en una isla comunicada por tres corredores aéreos y el mismo número de autopistas con el resto del mundo occidental. Eran también pocos en el otoño de 1989 quienes imaginaban que la división de Berlín y de Alemania, de Europa y del mundo, tenía las horas contadas. Tanto la construcción del muro como su destrucción aparecieron en sus respectivos inicios como tareas irreales; al igual que, muy poco después, todo el mundo consideraba que habían sido inevitables, y se extrañaban, en 1961, de que no se hubiera erigido antes y, después de 1989, de que la farsa de aquellos regímenes hubiera durado tanto tiempo.

Todo empezó, pues, en la última noche berlinesa. Allí el mundo empezó a salir de la pesadilla de un Apocalipsis provocado por la propia mano del hombre. Allí se clausuró el campo de batalla europeo que había ocupado el centro del mundo durante todo el siglo XX y empezó a desplazarse el eje del poder y de las tensiones hacia el Sur y hacia Oriente. Fue una noche transformadora, que generó un mundo nuevo, primero unipolar, con una única superpotencia, y más tarde, ahora, multipolar. La carrera de armamentos y el equilibrio del terror, sobre los que se había asentado la paz en Europa durante toda la guerra fría, terminaron de pronto. Si hasta entonces todo permanecía congelado en un mapa cuadriculado de fronteras y bloques, a partir de aquel momento empezó un movimiento en dirección contraria, que dio paso a la integración regional, la globalización económica e incluso a la revolución digital, en dos décadas que significaron la desaparición de numerosas fronteras y el desplazamiento de otras.

La primera de todas en esfumarse fue la frontera interalemana, de forma que los alemanes pudieron alcanzar por primera vez en su historia la unidad nacional en libertad. La Unión Europea, concebida inicialmente para evitar el retorno de la guerra en Europa, se convirtió en la máquina de paz, prosperidad y estabilidad con que se fabricó el destino de los países surgidos del comunismo. A excepción de los Balcanes, donde momentáneamente regresó la limpieza étnica y la ideología del nacionalismo dominador. Pero creció a velocidad de vértigo en el resto del continente, primero absorbiendo los países neutrales de la guerra fría: Austria, Finlandia y Suecia. Luego, en dos tacadas, a diez antiguos países comunistas, que situaron las fronteras de la UE en Bielorrusia, Ucrania y Rusia. La frontera polaca sobre los ríos Oder y Neise, reconocida tras la Segunda Guerra Mundial y aborrecida por los alemanes, quedó definitivamente consolidada, cerrando de una vez por todas el irredentismo germánico sobre los antiguos territorios de Pomerania, Prusia Oriental, Alta Silesia y, en paralelo, también de los Sudetes checos. Como resultado de todo ello, Moscú perdió todo el viejo glacis soviético, de forma que la Alianza Atlántica absorbió a la gran mayoría de los antiguos socios del Pacto de Varsovia, a la vez que estallaba el imperio y se desprendía dolorosamente de su propia cuna nacional que es Ucrania.

La huella bélica del siglo XX es profunda y no se borra de un plumazo, sobre todo de las mentes. La guerra fría ha modelado las actuales instituciones europeas y ha dejado además una herencia inquietante. Por una parte, un fabuloso arsenal de armas, capaz de destruir varias veces el planeta entero. Por la otra, unos reflejos geopolíticos, sobre todo en las dos antiguas superpotencias que se habían mantenido en tensión durante 45 años. Con mayor lentitud de la deseada ha ido descendiendo el número de cabezas nucleares almacenadas, desde las 50.000 que se calcula había en 1989 hasta las 25.000 que puede haber en la actualidad en los arsenales de los nueve países de los que se sabe que las poseen.

En las dos últimas décadas han sido muchos los gestos reflejos dictados por la pesadilla de la autodestrucción que atormentó a la humanidad durante la entera guerra fría. Los ha habido, naturalmente, en Moscú, donde cuesta enterrar los instintos imperiales y resurge una y otra vez el viejo despotismo zarista, que anula a los individuos en nombre de la patria sagrada y busca constantemente medirse con Estados Unidos para calibrar la propia grandeza. Están muy vivos en los países que estuvieron bajo la bota soviética y temen un súbito resurgimiento del imperialismo ruso. También los ha habido en Washington, aunque sólo los neocons intentaron, con la presidencia de Bush, la reproducción de un mundo bipolar y el enfrentamiento contra las fuerzas del mal en los campos de batalla de una guerra caliente y convencional, en una especie de revancha -fracasada- por no haber podido librarla contra la Unión Soviética.

Pero a la postre, pocos guerreros fríos han quedado en ejercicio. La mayoría se ha ido convirtiendo en lo contrario, en apóstoles del desarme. En 1999, el Financial Times publicó unas declaraciones del mayor halcón de la guerra fría, Paul Nitze, entonces ya con 92 años, en las que se mostraba partidario de la eliminación absoluta de todo el arsenal nuclear del planeta. Ocho años más tarde, un grupo de figuras políticas también ya retiradas, encabezado por los ex secretarios de Estado republicanos, George Shultz y Henry Kissinger, publicó en The Wall Street Journal su propio alegato a favor de la desaparición de todo el arsenal nuclear.

Entre la noche oscura de 1961 y la noche luminosa de 1989 transcurre la historia alucinante de un muro que dividió Berlín, Europa y el mundo, y cuya desaparición ahora celebramos como agua felizmente pasada. La eliminación del arma nuclear está en el programa presidencial de Obama, y la canciller Merkel cuenta en su contrato de Gobierno con el desmantelamiento de las últimas 20 bombas nucleares americanas que quedan todavía en territorio alemán. El día que se cumplan estos propósitos quedará definitivamente borrado el rastro de aquella ignominia.

Articulo:
http://www.elpais.com 08/11/2009

El Cultural/ Adiós a Francisco AYALA


Adiós a Francisco Ayala, decano de las letras españolas

El Rey, los príncipes, Zapatero y representantes de la cultura despiden al escritor granadino, testigo del siglo XX y intelectual lúcido hasta los últimos días de su vida

El rey Juan Carlos, el príncipe Felipe y la princesa Letizia, el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, así como representantes del mundo de la cultura han dado este miércoles el último adiós al escritor español Francisco Ayala, fallecido el martes en Madrid a los 103 años. El rey acudió por la mañana a la capilla ardiente del autor y dió el pésame a su viuda, la hispanista estadounidense Carolyn Richmond, y a los demás familiares. La reina Sofía ya había hecho lo propio la noche del martes en el domicilio de Ayala en Madrid.

A la capilla ardiente se acercaron también Zapatero, acompañado por la ministra de Cultura, Angeles González-Sinde, y los príncipes de Asturias, así como los dos vicepresidentes del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega y Manuel Chaves. Los restos del autor de El jardín de las delicias, considerado un referente moral e intelectual de España, serán incinerados en un lugar que la familia no ha querido hacer público porque quiere que la ceremonia, cumpliendo la voluntad del escritor, se celebre en la más estricta intimidad.

Semblanza

El viaje literario de Francisco Ayala, de la tradición a la vanguardia, tiene mucho que ver con una necesaria huida de lo real hacia lo ajeno a la realidad. Nacido en Granada en 1906, en 1921 se traslada a Madrid, donde estudiará Filosofía y Letras y Derecho. En 1925, con tan sólo dieciocho años, publica su primera novela, Tragicomedia de un hombre sin espíritu, y al año siguiente aparece la segunda, Historia de un amanecer. En ese mismo año de 1926 comienza a colaborar con La Gaceta Literaria y Revista de Occidente y abandona una primera etapa, más tradicionalista, para dar paso a una segunda de corte vanguardista. En ese momento el afán vanguardista viene dado apenas por una necesidad estética; más tarde, con la llegada de la guerra y el exilio, esa necesidad será también huir de una realidad poco agradable. En 1929 se graduó en Derecho por la Universidad de Madrid, en la que llegaría a ser Catedrático en 1933, tras haber viajado a Alemania en 1930 con una beca para estudiar Filosofía Política y Sociológica. En Alemania conoce a Etelvina Silva, con quien se casará en 1931, año en que ingresa como letrado en el Congreso de los Diputados.

De España a Suramérica, y viceversa

Viaja por diversos países de Suramérica y regresa a España en cuanto estalla la guerra para ocupar diferentes cargos en el lado republicano. Tras exiliarse poco antes de la entrada en Barcelona de las tropas de Franco residió sucesivamente en Argentina, Brasil, Puerto Rico y Estados Unidos, país en el que enseñaría hasta su jubilación en 1976, año en el que regresa a Madrid (había vuelto a España por primera vez en 1960). En Buenos Aires fundó las revistas Realidad y Revista de Ideas. En 1969 varios periódicos españoles habían publicado un documento de Salutación a Francisco Ayala firmado, entre otros, por Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Buero Vallejo, José Luis Cano, Camilo José Cela, Miguel Delibes, Carmen Laforet, Pedro Laín Entralgo, Rafael Lapesa, Francisco Yndurain o Alonso Zamora Vicente. En La cabeza del cordero (1949) Ayala trató el tema del exilio insertándolo en el marco de exilios más remotos, como el de los moriscos. También ha escrito obras humorísticas, como Historia de macacos (1955), así como diversas obras sobre derecho, liberalismo, cine, traducción, sociología política o periodismo, que le convierten en el mejor ejemplo posible de intelectual orgánico.

Intelectualismo, ironía, deshumanización son las claves de su obra. Miembro de la Real Academia Española desde 1983, es Premio Nacional de Literatura (1983) y de las Letras Españolas (1988), Premio Miguel de Cervantes (1991) y Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1998).

Nombrado hijo predilecto de Granada en febrero de 2006, Ayala celebró su centenario con multitud de actos conmemorativos, que recordaron su trayectoria como la de un patriarca de las letras españolas y referente cultural del exilio español tras su paso por Argentina, Puerto Rico y EE.UU.

***
Ayala un caballero cervantino
por Andrés Amorós

En el verano de 1968, hace ya -¡ay!- más de 35 años, mantuve una larga conversación con Francisco Ayala, que se publicó en la “Revista de Occidente” de ese mismo año. En su casa de Madrid, a un paso de la Cibeles, charlamos con calma sobre la literatura, su función en la sociedad de masas, su propia obra... Al preguntarle entonces sobre la conexión entre sus diversas dedicaciones literarias me señaló su profunda unión y cómo elegía, en cada caso, la forma más adecuada para su propósito expresivo. Insistí yo en cuál de los campos le interesaba más y él, sabiamente, alteró un poco la pregunta para darle una respuesta rotunda:
“Si cambiásemos el enunciado de su pregunta y ésta fuera sobre qué manifestación me parece más valiosa, me procura mayor placer y, en fin, me promete cierta perennidad, yo diría que la creación literaria imaginativa, pues sus estructuras son capaces de preservar un sentido esencial y, en alguna manera, desligado de las circunstancias concretas. No vacilo en confesarle que me siento ante todo y sobre todo creador literario, y en ello me he mantenido fiel a mi primera vocación”.

Me ha parecido interesante recordar ahora esta declaración, cuando cumple Ayala cien años. Nunca ha sido él políticamente correcto, siempre se ha opuesto a los lugares comunes sobre el exilio, el compromiso del escritor o las agrupaciones regionales de la literatura.

Bueno sería, así pues, que estas conmemoraciones se centraran en su obra literaria y que las principales intervenciones las desarrollaran los que saben de eso, que los hay y muchos, dentro y fuera de España, y no políticos o figuras que no han publicado nada relevante sobre Francisco Ayala.

En algún momento, sobre todo a partir de un inteligente estudio de Hugo Rodríguez-Alcalá, se planteó la conexión de Ayala con Quevedo y Valle-Inclán, con la deformación grotesca de la realidad. Como señaló certeramente Pedro Laín, su línea es no es ésa, sino la de Cervantes. Por eso, parecía vocado para el premio Cervantes, que se le otorgó con justicia en 1991.

Si buscamos una palabra para definirlo, muchos coincidiremos, probablemente, en ésta: “lucidez”. Ayala no se hace ilusiones sobre el mundo que le ha tocado vivir. En sus relatos podemos hallar una meditación sobre la España contemporánea, sin duda, pero su punto de vista no es nunca localista ni limitado. Advierte los aspectos atroces de nuestro país, de nuestra tiempo, pero también los de la condición humana, en general.
Por eso ha recordado el lema clásico: “Homo homini lupus”.

Si aceptamos la hermosa tesis de Pedro Salinas de que por debajo de los distintos argumentos, cada gran creador se define por un tema esencial, básico, ¿cuál sería éste, en el caso de Francisco Ayala? Hace años, Marra-López destacó, en su obra, los temas de España, el intelectual en el mundo de hoy y la situación del escritor español en en exilio. Estelle Irizarry, por su parte, apuntó a la autocrítica, la novela “ejemplar”, la temática negativa, el animalismo del ser humano, los juegos de perspectivas...

Muchas veces he señalado yo sus frecuentes referencias a la descomposición moral de nuestro mundo; la crítica implacable del nacionalismo (recuérdese que vivió la Alemania de Hitler y la Argentina de Perón); la gran trascendencia que concede a la novela como respuesta a los grandes problemas humanos, lo que la acerca a la filosofía y la antropología; la preocupación ética, en fin...

En este “mundo en descomposición”, la única salvación que podemos encontrar es “la revolución moral”. Por eso, he insistido siempre en que el gran tema del narrador Francisco Ayala es “la condición humana, hoy”. O, si se prefiere, la moralización por la vía de la tragicomedia, intentando, siempre, llegar hasta el “fondo del vaso”: allí encontraremos, sin duda podredumbre, pero también la posibilidad de una nueva, trémula y débil esperanza.

En El jardín de las delicias, su indudable obra maestra, encontramos, una vez más, la desolada lucidez con que Ayala observa y refleja el Diablo mundo (título de la primera parte) pero también esa luz tornasolada que ilumina, en la segunda, los Días felices, compuesta de ternura, melancolía, clasicismo, precisión, delicadeza y nostalgia. Esta me parece su obra más personal, la que expresa mejor su complejidad humana y literaria.

Cuando apareció el libro, recordaba yo -perdonen la pedantería- una enigmática frase de Shakespeare: “Ripeness is all”, “la madurez lo es todo”. Podría ser un buen resumen del sentido total de la obra literaria de Ayala. En el texto final de El jardín de las delicias, el narrador recoge los trozos de un espejo roto para reconstruir una imagen unitaria: la suya. Ha escrito con el “perverso intento” de “oponerse a la fugacidad de la vida”.

Un lector sensible podrá ver también, en estas páginas, el reflejo cambiante de su propio rostro y el intento, siempre fracasado, de pasar del Infierno al Paraíso... No era la línea de Quevedo la que ha seguido Ayala, sin duda, sino la de Cervantes: la libertad intelectual, sin obedecer nunca a consignas ni banderías; el liberalismo profundo, que rebasa ampliamente una fórmula política concreta; la pluralidad de puntos de vista sobre la realidad; la sabia ironía; la comprensión de las debilidades humanas... Y, todo ello, con una prosa clásica, medida, cuyo tono sosegado no le impide llegar, en sus análisis de la realidad, hasta el mismo fondo del vaso.

En uno de sus últimos relatos, “Un caballero granadino”, prolonga Ayala -un poco a la manera de Azorín- un episodio secundario del Quijote: don Álvaro Tarfe, al que alude el título, regresa a su tierra y les cuenta a sus amigos la historia del falso Don Quijote de Avellaneda y su afortunado encuentro con el don Quijote verdadero:

“Don Álvaro, claro está, compró entonces el libro, y es claro también que no esperaría a la noche para ponerse a leerlo. Con ávida fruición, se lo leería enseguida de cabo a rabo. ¿Será arriesgado pensar que, en llegando a las últimas páginas, allí donde tiene que asistir a la muerte de aquel hombre estrafalario de quien, un día, tiempo atrás, se había despedido con un abrazo al borde del camino, los ojos del caballero granadino se empañaron de lágrimas?”

Ese don Álvaro tarfe granadino, inteligente, sensible y tolerante, no es otro que don Francisco Ayala: “un caballero cervantino”.

***
De toda la vida. Relatos escogidos
Por Santos SANZ VILLANUEVA

Tusquets. Barcelona, 2006. 434 páginas. Miradas sobre el presente: ensayos y sociología. Fundación Santander Central Hispano. Madrid, 2006. 222 páginas, 19 euros

La amplia obra de Francisco Ayala figura en importantes catálogos editoriales, tanto en colecciones de creación y pensamiento como de textos clásicos (Castalia, Cátedra y la escolar Vicens Vives lo acogen). Desde este punto de vista es un escritor actual y accesible. Esta presencia material se acompaña de un reconocimiento público que aureola su figura de prestigio y respeto, incluso entre sus propios colegas, algo bien raro en el estrecho círculo de los literatos.

No es, sin embargo, un escritor popular, en sentido estricto, un imposible para un autor exigente (aunque, y lo señalo con énfasis, no particularmente difícil) en una sociedad que encumbra la trivialización, y nada proclive a interesarse por una escritura reflexiva de corte moral. Así pues, solo parabienes merece la actividad editorial que, siquiera sea con el pretexto del centenario, coloca su nombre en un escaparate.

En realidad, este laudable empeño empezó un tiempo atrás, con la salida en colección de bolsillo, Punto de lectura, de tres interesantes antologías: De mis pasos en la tierra, organizada con textos que retoman el antiguo motivo del viaje como metáfora de la vida humana; La invención del `Quijote´, con trabajos alrededor de una de las pasiones ayalianas, Cervantes y sus criaturas, que ha recreado en estudios y en ficciones, y, en fin, el más atractivo para un lector común, El rapto, una treintena de relatos encabezados por este cuento también cervantino y precedido por uno de los más iluminadores y claros trabajos panorámicos sobre Ayala, una certera introducción de García Montero.

Bajo la perspicaz idea de que toda la escritura de Ayala, cualquiera que sea el género utilizado, refleja un “narrador implicado” en los asuntos, García Montero insiste en algo característico del autor granadino: la profunda unidad de toda su escritura. Cierto es, sin duda, pero de cara al exterior el trabajo de Ayala se bifurca en dos modalidades muy distintas; una, de reflexión intelectual; otra, creativa. A cada una de ellas atienden sendas nuevas antologías, Miradas sobre el presente: ensayos y sociología y De toda la vida. Relatos escogidos, respectivamente, si bien este último saldrá coincidiendo con el centenario. La recopilación selecta de escritos ensayísticos de Ayala tiene una oportunidad grande, por ser el sector de su obra menos conocido al haberlo eclipsado el literato puro. Pero no se trata de una parte secundaria o advenediza, o mera labor profesional derivada de su actividad como profesor de derecho político y de sociología. En verdad, no ha sido pródigo el granadino en trabajos de estricta intención académica e incluso los más cercanos a esas disciplinas, como un conocido tratado de sociología, las desbordan y se abren a una perspectiva superior, o, al menos, más amplia. Esa perspectiva es la que conocemos como ensayo. Decía otro relevante ensayista, Manuel Azaña, que él, cuando había romería, prefería “ir en la procesión a repicar en la torre”. Algo así debe afirmarse de Ayala: que siempre se adentra en la procesión de los problemas de su tiempo, aunque nunca le diera a su inquietud el sesgo práctico que adoptó Azaña.

Ayala pertenece a una promoción de españoles que, en la estela de su maestro Ortega, se implica en la problemática del presente, la somete al torcedor de una reflexión personal e independiente y construye con ello un diagnóstico completo y fundado, libre de dogmatismos, con una evidente intención moral aunque sin explícita voluntad moralizadora. Esa implicación, basada en algo plenamente novecentista, la exigencia de un conocimiento profesional especializado, parte del ejercicio a ultranza de la sinceridad. Desde esta perspectiva han ido apareciendo en sus páginas -muchas, significativamente, en la prensa- todos los grandes y nucleares temas de la situación del hombre en el mundo moderno, aprisionado en la convulsa historia de un siglo que el autor ha recorrido casi entero en su propia trayectoria vital.

De las inquietudes ayalianas múltiples pero conexas da cuenta Miradas sobre el presente, un título que sintetiza la actitud del autor como espectador e intérprete de la sociedad, de alguien alerta sobre el inquietante derrotero del mundo que conduce a los individuos a una situación moral de franco desamparo. Desde los tempranos escritos de Ayala sobre la libertad, el liberalismo y la sociedad de masas, esa vigilancia constituye un hilo conductor de su pensamiento, en cuyo fondo late una reivindicación del papel cada día más postergado del intelectual y una postura cercana al hombre de letras comprometido, aunque sin filiación partidista concreta.

Los méritos de esta clase de escritos de Ayala los subraya bien el preparador de la antología, Alberto J. Ribes, en un amplio prólogo donde relaciona el curso entero de una dilatada aventura intelectual. Lástima que Ribes no se desprenda de rutinas académicas impropias de un prologo y que se cite tantas veces a sí mismo y que aproveche la menor ocasión para remitir a otros trabajos suyos que al lector de un libro como éste le importan menos que nada; lástima estos excesos porque en su documentada presentación queda claro el impulso unitario de Ayala, y destaca como se merecen intuiciones casi proféticas del ensayista granadino sobre la deriva del mundo.

Relaciona, además, Ribes en su explicación el ámbito reflexivo y creativo de Ayala hasta establecer muy pertinentes lazos. Tal vez a veces tiende a hacer tributaria la creación de lo ensayístico, aunque no lo diga así, y conviene restablecer unas fronteras que no deben eliminarse. El fondo de pensamiento será el mismo, como ocurre en todo autor que parta de una visión de la vida auténtica y sincera, pero la actitud es muy diferente a la hora de materializarlo. Y otro tanto ha de apostillarse a propósito de la estimación de los escritos de una etapa final de Ayala como si en ellos el granadino cayera en un relativismo que cortara por el mismo patrón un artículo de periódico, un relato o unas páginas memorialísticas. Que una sensibilidad artística despierta haya producido textos de flexibilidad formal no autoriza a mezclarlos en el postmoderno cajón de la escritura mestiza.

Francisco Ayala es, aunque se le dé vueltas, un escritor de entonación clásica cuya actitud, al afrontar el relato está bien clara y bien lejos del sentido de inmediatez predominante en sus ensayos de actualidad. Aborda Ayala la narración, sobre todo los cuentos, a la búsqueda de presentar el valor intemporal de una experiencia concreta y con el propósito de alcanzar la perennidad. Por ello sus narraciones tienen por lo común un cierto aire abstracto. Comparten, eso sí, el mismo fondo más que unitario, solidario, de los ensayos, lo cual vienen a confirmar las narraciones ensartadas en De toda la vida.

Estos “relatos escogidos” brindan un muestrario suficiente de la prosa narrativa de Ayala. Como toda selección, es opinable. Al seguir la trayectoria en evolución del autor desde sus orígenes, glosada en un epílogo por Carolyn Richmond, se echa en falta su primera prosa más convencional, porque eso hubiera mostrado cómo cambió de registro para encontrar una primera voz personal, aunque provisional, la de la vanguardia. Y dentro de ésta, se nota la ausencia de uno de los más representativos textos de aquella estética, “El boxeador y un ángel”. En cambio, está muy bien poner el cuento “Erika”, porque ahí se vislumbra el clima de pesimismo e incertidumbre que marca la voz personal definitiva.

También discutible es la extensión que se concede a la parte final, nucleada en torno a la autobiografía y nutrida por escritos de corte memorialístico. No tienen, a mi parecer, y sin ser menospreciables, la altura de ideación y la profundidad de sentido de las mejores páginas ayalianas, que son anteriores, y resultarían también coherentes con la línea del libro. Tendrían que estar en el libro todas las “novelas ejemplares” que formaron Los usurpadores, y sin excusa uno de los máximos aciertos de Ayala, “La campana de Huesca”, y, por supuesto, la novelita El rapto.

Estas observaciones menores sólo representan una discrepancia de gusto o de opinión. El libro sí cumple el cometido de recorrer el empeño global del autor al compás de su prosa narrativa, nada más y nada menos que recrear la condición humana en unas circunstancias específicas, las de la crisis mundial (y española, claro, con la decisiva vivencia de la guerra y el exilio) que ha dado al traste con unos valores establecidos sin sustituirlos por otros, al menos por otros que merezcan la pena. Nos acercamos así al ser humano en una indigencia moral grande. Esa situación se denuncia desvelando la prepotencia del poder organizado ejercido sobre el hombre y satirizando sus desviaciones. No todo es, sin embargo, oscuridad total: también hay una postura comprensiva por habitarnos un cierto fondo cálido, sentimental y estético, visible en las páginas más vivenciales.

***
Ayala a los 100
“No he hecho nada de lo que deba arrepentirme”
Por Nuria AZANCOT

Apenas falta nada para que el 16 de marzo Francisco Ayala (1906) cumpla cien años. Los homenajes se suceden en cascada y el escritor lo mismo aparece en la Biblioteca Nacional entre una ministra morena y una rubia, como un Don Hilarión posmoderno, que recibe una medalla o remata las pruebas de sus próximos libros.


A pesar de todo, Ayala procura “estar tranquilo, sobre todo en contraste con mi mujer, que tiene la imposibilidad de tranquilizarse. Entre mi pachorra y su inquietud creamos un cierto equilibrio”. Su mujer es la profesora Carolyn Richmond, Carolina, y es la responsable de la gran novedad narrativa de este centenario, De toda la vida (Tusquets), la primera antología de la ficción completa del escritor. Una mañana de marzo, en casa de Carolyn, cerca de la madrileña plaza de Las Salesas, conversan amistosamente el matrimonio Ayala y Luis García Montero, comisario del centenario, con El Cultural como testigo nada discreto. Además, homenajeamos al escritor de la mano de sus máximos especialistas y amigos como Andrés Amorós, Ricardo Senabre, Darío Villanueva, Gregorio Salvador, Germán Gullón, Rosa Navarro Durán, Manuel ángel Vázquez Medel, Antonio Sánchez Trigueros, Agustín Sánchez Vidal y Alberto Ribes.

“Lo del centenario-explica Ayala- es una cosa que ha sobrevenido, y no es algo que yo apetezca o rechace, sino que acepto con agradecimiento, con alegría, pero que no me vuelve loco. ¡Sólo es cuestión de persistir viviendo!”.

Carolyn Richmond: A mi sí me vuelve loca, pero de otro modo. Es algo bien merecido, y como tenemos un comisario fantástico...
Y replica Ayala, bienhumorado y zumbón: “Nosotros somos los esclavos del comisario, él manda y nosotros obedecemos”.
Lo cierto es que el comisario, Luis García Montero, es más amigo y cómplice que otra cosa. Es, sigue siendo Luisito. Se rompe el fuego preguntando al escritor sobre De toda la vida, la antología de su narrativa completa que sale estos días.
Francisco Ayala: Estoy muy contento porque da una imagen global de mi obra literaria y de mi personalidad, con muestras significativas de cada una de las fases y contiene un epílogo de Carolina espléndido que completa perfectamente el libro. Nadie lo hubiera podido hacerlo mejor que ella, porque ha estado al tanto de todo lo que yo he hecho y conoce muy bien mi obra, no como esa secretaria fiel que se presta a ser, sino como colaboradora extraordinaria.


Mal conocido, peor entendido

C. Richmond: Hay que tener en cuenta que es un escritor de alcance universal, pero sin descubrir por mucha gente, ya que por azares de su vida sólo al comienzo y al final de su trayectoria ha publicado en su propio país. También ha sido un autor muy mal entendido, que primero fue censurado, y al que sólo se leía en España clandestinamente.Y yo creo que esta antología va a ayudar al lector contemporáneo a descubrir en su totalidad a un gran escritor y un prosista excepcional. Es un clásico vivo cuya obra, que cubre casi todo el siglo, está muy vigente. Y como en él persona y obra se complementan...
F. Ayala: ...se funden.

C. Richmond: Eso, se funden. Esta antología es un espejo de su vida, de todas las corrientes de la literatura en español y de Occidente y no hablamos de su pensamiento, siempre en la vanguardia. él se aferra a su individualidad, a su ética. Gracias a Dios, como pensador todavía molesta bastante al público lector porque no dice lo que quieren.


-Sin duda, pero ¿cuál ha sido el cambio más significativo que ha experimentado como narrador?
F. Ayala: Bueno, yo quería ser escritor pero poco a poco entré en la literatura y la literatura se fue apoderando de mí. Ya no era algo que estaba fuera de mí, sino que fue incardinándose de tal manera que los géneros literarios desaparecieron, y dejé de escribir novela propiamente dicha. En la última fase, como se ve perfectamente en la antología, ya la vida inmediata y concreta de esos días está convertida en literatura.

-Pero volvamos al principio. Y en el principio de Ayala (y de su narrativa) están las vanguardias...
F. Ayala: De todas mis épocas guardo un recuerdo positivo, porque no he hecho nada de lo que pueda arrepentirme. En cuanto a la vanguardia, es una época que yo, por motivos circunstanciales, consideré como poco importante, pero que en realidad es fundamental en la historia de mi vida de escritor.

L. García Montero: Siempre admiraste a Gómez de la Serna como artista, pero como persona no te era simpático...
F. Ayala: Para mí ha sido un caso notable de admiración literaria sin límites y de rechazo de la personalidad, por su falta de mesura y de una serie de cualidades fundamentales de las que carecía, de modo que procuré evitar incluso el contacto personal. Recuerdo que la primera vez que fui a la tertulia de Pombo (y la última, porque no volví nunca más) solía acudir a la tertulia un mendigo al que llamaban Pirandello, y gastaba unas bromas poco piadosas al pobre hombre, que se prestaba a eso a cambio de una limosna. ¡Me pareció tan horrible! Me produjo tanta repulsión interior que la personalidad humana de Ramón no la tragué nunca, nunca. Y luego, como escritor, lo mismo mezclaba la poesía y alta poesía de sus mejores momentos, con patochadas, y no sabía distinguirlas.

C. Richmond: Las cuentos de Ayala de esa época no sólo son piezas imprescindibles para la historia de las vanguardias sino que marcan toda su producción literaria, porque quizá lo más interesante que demuestro en el epílogo del libro es la continuidad asombrosa de Ayala a través del tiempo. Aunque para las vanguardias la literatura era un juego, ya entonces Ayala escribió piezas serias, y la muerte está presente en casi todas. él ha dicho que el creador intuía la tragedia que estaba en el aire, así que incluso en esas primeras piezas está la sombra de la muerte, que nunca le abandonará. En las piezas de tono lírico ya está preparándose esa dicotomía que encontramos en El jardín de las delicias, el tono satírico y lírico, así que hace lo mismo o parecido en tono personal, donde el yo, que es y no es él, entra como personaje esencial. Incluso estamos en esa compenetración entre vida y literatura que anticipa la mezcla del yo personal y del narrador que escritores han tomado después.
F. Ayala: De todas formas, al final de mi vida intelectual he llegado a una cosa que desgraciadamente no he podido desarrollar como hubiera querido, porque ya la edad no me lo permite, y es que la realidad, lo que llaman realidad, es la literatura en el sentido de que las cosas no existen, no adquieren realidad más que a través de la literatura. Un pedazo de tierra no existe hasta que se le nombra, eso ya está en la Bilbia, pero no se le ha sacado punta a todo eso, y habría que darle una forma de un ensayo filosófico.


Posición moral ante la guerra

C. Richmond: Yo creo que sí lo has hecho en los últimos ensayos
F. Ayala: Sí, pero no como hubiera querido, porque hay que insistir mucho, porque vivimos en un tiempo en que hay la dicotomía entre realidad y ficcion, realidad e imaginación. La realidad para mí es la imaginación.

L. García Montero: Quizá por eso, la literatura te sirvió para intentar comprender el drama de la guerra civil en los años 40.
F. Ayala: Frente a la guerra civil yo he tenido una posición en la que se une mi actitud moral con una comprensión intelectual de los acontecimientos que los pone en un plano intemporal. Porque todos hemos sido víctimas de la guerra en un sentido humano dificilmente superable.

C. Richmond: Por eso, en la segunda parte reunimos dos textos que reflejan el dolor de la muerte, la muerte de la madre y la muerte de todas las víctimas, no sólo de su familia, y ya empieza a usar el diáologo, que es una forma clásica, renacentista, y es una especie de llanto. él trata de entender la guerra civil a través de la lucha de los hermanos, remontándose al pecado original y al fraticidio, y es de una actualidad increíble.
L. García Montero: Es muy interesante, a partir de esas narraciones, la preocupación por la responsabilidad individual y la meditación sobre el poder...
F. Ayala: Desde luego, porque uno puede estar sosteniendo lo que cree que es lo justo, lo que conviene históricamente, lo razonable, y sin embargo, estar viendo el sufrimiento de todos. En cuanto al poder, existe, simplemente existe. Hoy día las condiciones del mundo son otras, la gente no se quiere dar cuenta de que estamos viviendo en un contexto histórico distinto donde ocurren las peores barbaridades, pero tienen otro sentido.

-De esa época es “El hechizado”, que para Borges era uno de los mejores cuentos en español...
F. Ayala: Borges era muy arbitrario. No hay que tomar un elogio suyo como un dictamen definitivo, pero la gente lo repite y a mí me encanta, porque yo tengo la mayor estimación hacia la figura y la persona de Borges, y eso que de pocos escritores puedo decir que admiro al hombre. Borges tenía una profunda humanidad, una modestia increíble, que es una forma suprema de la soberbia. Yo he estado muy cerca de él, y sé de su bondad profunda, inteligente. Y es una cosa rara, porque la gente confunde bondad con bobería.

-¿Y cómo es el Ayala de la tercera parte del libro, dedicada a América?
C. Richmond: La mirada es la misma, pero ya entra el humor, ya puede reírse, en vez de rehacer una crítica seria poética, es una mirada a la realidad que es una risa, hay que reírse. Y esa reacción no les gustó a algunos críticos.


Demasiado joven a los 70

L. García Montero: Sí, y también algunos críticos te han acusado de tener una visión muy dura sobre la condición humana.
F. Ayala: ¿La condición humana? Pues sí, pero es la visión que yo he tenido siempre después de todo, porque al mismo tiempo reconozco los destellos de bondad del ser humano, y lo valoro en mi propia vida de un modo... Bueno, no quiero decir lo que parecería una chochez de un marido cariñoso...
L. García Montero: Vosotros os conocisteis en Estados Unidos pero, ¿qué imagen tienes tú de Ayala como profesor?

C. Richmond: Yo era una joven profesora principiante y él era la gran figura. Y aquí estamos, no fue ni una cosa de alumna y profesor, ni un affaire entre dos colegas, fue el colega desconocido...
F. Ayala: en un sentido bíblico...

C. Richmond: ...hasta que el verano en que se jubiló todo cambió... Se ve que estábamos esperando que cumpliera 70 años, porque me parecía demasiado joven...


-Y la conversación se pierde en mil anécdotas hasta retornar al libro. ¿Qué papel debe desempeñar el lector de De toda la vida?
C. Richmond: Esencial, porque para mí son diálogos del autor con el lector y de los lectores con mi interpretación, pero siempre tratando de abrir los textos, sin imponer nada. En fin, la cuarta parte es más temática. él llega a la madurez, tiene cincuenta, y está preguntándose a qué edad es uno un viejo, pero él era un hombre que nació maduro. Estoy segura de que a los 10 años era más maduro que los adultos de la familia, pero a los 50, es fantástico, es clásico, sumamente moderno y muy personal.-Sin embargo, sigue sin estar claro sin fue un maduro precoz o un joven de cien años...

L. García Montero: Yo creo que una de las características de su personalidad es la preocupación por moral civica, por la responsabilidad del ciudadano, por eso parece tan responsable desde tan joven.

C. Richmond: Pero al mismo tiempo parece joven, porque tiene tal interés en el presente....

F. Ayala: Eso es cuestión de suerte, porque observo que la gente se paraliza en una fase de su vida, y así hay quien se queda en los 30 años, o en los 40, o sigue, como yo, hasta el final leyendo, asomando su visión de la vida y del mundo, y eso es una cuestión de suerte, no creo que sea un mérito personal.


-El libro termina con “Autorretrato. Recreaciones en un espejo”. Si hoy fuese el espejo de Ayala vería....
L. García Montero: A un intelectual que no se ha dejado guiar por las modas y que siempre ha respondido desde la propia independencia al presente y a la realidad. Ayala advirtió muy pronto, en los años 40, problemas que hoy forman parte de las preocupaciones más actuales y eso le da mucho vigencia y juventud a su pensamiento.Me refiero, por ejemplo, a los peligros del nacionalismo, a la globalización, la crisis de la vieja cultura ilustrada, todo eso que hoy se debate como globalizacion o posmodernidad. La palabra que define su personalidad es lucidez y esa lucidez tiene que ver con la responsabilidad. Es una persona que por una parte tiene unos principios y una conciencia muy sólida y que por otra parte se relaciona con la realidad sin intentar imponer sus principios sino dialogando con ella, y lo que quiere es interpretarla, y por eso es una persona que más que los dogmas busca los matices.Y en una época de tanto dogmatismo y de tanto fundamentalismo, esa conciencia de la historia define su personalidad literaria. Por eso él define toda su literatura como la búsqueda de ese momento de suprema moralidad donde cada individuo se reúne con su conciencia.

***
Granada, 1906 - Madrid, 2009

1906, 16 de marzo. Francisco Ayala García-Duarte nace en Granada.
1916. Ingresa en el Instituto de Segunda Enseñanza Padre Suarez de Granada para cursar el bachillerato.
1922. Se traslada a Madrid con su familia.
1922-25. Comienza simultáneamente en la Universidad de Madrid los estudios de Filosofía y Letras y de Derecho.
1926. Colabora en “La Gaceta Literaria” y en “Revista de Occidente”.
1929-31. Se traslada a Berlín para ampliar estudios, y allí contrae matrimonio con Etelvina Silva Vargas. A su regreso recibe el grado de Doctor por la Universidad Central.
1931. Tras proclamarse la República, ingresa en el cuerpo de Oficiales Letrados del Congreso de los Diputados, y gana una cátedra de Derecho Político.
1934. El 4 de noviembre nace su hija única, Nina.
1936. El estallido de la guerra civil le sorprende en Suramérica, en una gira de conferencias. Regresa a España.
1936-39. Trabaja como funcionario al servicio de la República, desempeñando, entre otros puestos, el de Secretario-Consejero de la Delegación Española en Praga.
1939-44. Se instala en Buenos Aires con su familia. Colabora en “La Nación” y en la revista “Sur”.
1945. Invitado a dictar un curso en Río de Janeiro, pasa en Brasil todo el año y comienza a redactar su Tratado de sociologia.
1946-49.Regresa la familia a la capital argentina, donde Ayala funda la revista “Realidad”.
1950-56. Se traslada con su familia a Puerto Rico como profesor de aquella universidad, cuya editorial
dirigirá, fundando allí la revista “La Torre”. Profesor visitante de la Princeton University.
1956-60. Profesor de literatura de lengua española en universidades de Estados Unidos como Rutgers University, New York University, Bryn Mawr College.
1960. Regresa a España.
1966. Nace su única nieta, Juliet Catherine Mallory. Se le confiere una cátedra especial en la Universidad de Chicago.
1972. Se le concede el premio de la Crítica por El jardín de las delicias.
1972-76. Profesor del Brooklyn College (City University of New York), donde enseñará literatura hasta su jubilación
1977. La Northwestern University le concede el título honorario de Doctor en Literatura.
1983. Obtiene el premio Nacional de Literatura y es elegido miembro de la Real Academia. Su discurso de ingreso analiza “La retórica del periodismo”.
1988. Recibe el premio Nacional de las Letras Españolas. Doctor “Honoris Causa” por las Universidades Complutense de Madrid, Sevilla y Granada.
1990. Proclamado Hijo Predilecto de Andalucía, recibe el premio de las Letras Andaluzas.
1991. Obtiene el premio Miguel de Cervantes.
1994. Obtiene el premio de investigación Ibn Al-Jatib.
1998. Se le concede el premio Príncipe de Asturias.
1999. Medalla de Oro de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.
2001. Premio Abril Martorell.
2002. Medalla de Oro al Mérito al Trabajo. Medalla de Oro de la Real Academia de Bellas Artes de Granada. Socio de Honor de la Asociación de la Prensa de Madrid.
2003. Socio de Honor de la Asociación de la Prensa de Granada.

***
Perfil de Francisco Ayala
por Ricardo Senabre

Para comprender la figura y la obra de Francisco Ayala es indispensable tener en cuenta dos factores de muy distinto signo. En primer lugar, la floración intelectual que se produjo en la España de entreguerras, cuando, por vez primera en muchos años, las corrientes del pensamiento reciente, las nuevas creaciones de la técnica, así como la literatura y el arte de Europa, penetraron en nuestros confines y ventilaron la Península con aires de modernidad.

Se recogían los frutos tardíos de la Institución Libre de Enseñanza y de la Junta para Ampliación de Estudios creada en 1907, y nacía a la vida pública un grupo de intelectuales que encontraba en Ortega y Gasset y en la “Revista de Occidente” un refugio y un punto de apoyo esencial. El otro factor imprescindible para explicar la trayectoria de Ayala es la catástrofe de la guerra civil y la experiencia del exilio. El escritor primerizo que lanza tempranamente sus primeros ensayos y relatos en los años veinte y que, ya proclamada la República, consigue una cátedra de Derecho Político en Madrid e ingresa en el cuerpo de Letrados del Congreso, continuará siendo escritor durante sus años de trasterrado en América, pero su obra adquirirá tonalidades sombrías y mostrará una visión pesimista, a ratos sarcástica y siempre desengañada y escéptica, de la naturaleza humana. Y, aunque las circunstancias no le permitan dedicarse a la enseñanza del Derecho, publicará un Tratado de Sociología (1947) y desarrollará una variada obra ensayística marcada por una perspectiva sociológica que le permitirá abordar las más diversas cuestiones -literarias, políticas o relativas a minúsculos aspectos de la vida cotidiana- con reflexiones que, como en Ortega, llenan sus páginas de sugerencias y estímulos intelectuales.

Porque el primer rasgo caracterizador de Francisco Ayala es el de un intelectual que, como la mayoría de sus coetáneos, se formó y creció en el fértil terreno sembrado por Ortega y Gasset. Con diecinueve años publica su primera novela, Tragicomedia de un hombre sin espíritu, compuesta sobre el dechado del Baroja de Paradox -como se advierte en el estilo narrativo y hasta en los epígrafes que encabezan los distintos capítulos- y donde incluso juega con el artificio compositivo del “manuscrito encontrado”, que tentó con frecuencia a Baroja. Al año siguiente, Historia de un amanecer se mantendrá todavía dentro de los cánones del relato tradicional.

Pero muy pronto, en 1929, sorprenderemos a Ayala sumergido en las corrientes vanguardistas de la época. Por un lado, el ensayista se incorpora a la modernidad con su trabajo Indagación del cinema, que es una de las primeras y más lúcidas reflexiones aparecidas en España sobre el nuevo arte, precisamente en los años en que surgieron los primeros teóricos e investigadores españoles en este ámbito, como Luis Gómez Mesa, Villegas López o Carlos Fernández Cuenca. Por otro, el narrador se vuelca en relatos como El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930), que son su contribución a la prosa de la época, que, como buena parte de la poesía, exalta lo urbano, incorpora abundantemente artefactos y máquinas y, sobre todo, persigue sin cesar, como objetivo primordial, el hallazgo de metáforas que ofrezcan nuevos y sorprendentes ángulos de visión de la realidad. Es la práctica que Ortega caracterizó como “el álgebra superior de las metáforas” y Domenchina denominó más tarde “epidemia catastrófica”. Y Ayala, como hombre de su tiempo, no se mantuvo inmune a sus particulares virus. Aquí y allá saltan frases como “el corazón --puño de Dios- le golpeaba dura y eficazmente”, “el niquelado cuello de cisne del gramófono comenzó a beber en el disco acentos norteamericanos” o “el cielo cubría de lana sucia el frío de la tierra”.

La aventura del exilio, comenzada en 1939, empujó a Francisco Ayala hacia ámbitos diferentes: vivió primero en Argentina -hasta 1950, luego en Puerto Rico y, desde 1956, en Estados Unidos. Durante todo este tiempo, Ayala simultanea la docencia y la dedicación a tareas culturales -que incluyen la creación de la importantísima revista Realidad- con el ejercicio de la literatura, inevitablemente afectada por las nuevas circunstancias vitales. No habrá ya la más mínima sombra de juego en la obra narrativa del autor, que, además, se nutrirá de las mismas preocupaciones que invaden sus ensayos. Los relatos de Los usurpadores giran en torno al denominador común de que “el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación”, lo que parece emanación lógica de un profesor de Derecho Político desalojado de su país por una guerra fratricida y que, además, reflexiona sobre el motivo del cainismo en autores como Galdós, Unamuno y Antonio Machado. Un Ayala preocupado -como era de esperar en un sociólogo- por el papel del escritor en la sociedad y por la comunicación “entre los intelectuales auténticos [...] y el gran público de masas”, según confiesa en El escritor en su siglo, compone el relato “El colega desconocido” (en Historia de macacos, 1955), donde la función de la literatura y las jerarquías artísticas se convierten, gracias a una mínima anécdota, en materiales narrativos. Los problemas del escritor exiliado Camarasa en Muertes de perro trasponen al orbe de la ficción sentimientos que sin duda Ayala ha compartido, como demuestra el revelador ensayo titulado “Para quién escribimos nosotros”, acerca de la situación del escritor español trasplantado a tierras americanas.

La contribución más importante de Ayala a la literatura narrativa está constituida por las dos novelas complementarias Muertes de perro (1958) y El fondo del vaso (1962), donde la historia del tenebroso dictador Bocanegra está contada con una complejidad de recursos que podría calificarse de cervantina. En Muertes de perro, un primer narrador, el tullido Pinedo, alterna su relato con la inserción de las memorias de Tadeo Requena, o, mejor dicho, de fragmentos seleccionados y a veces resumidos por Pinedo. A estos dos puntos de vista de los hechos se suman otros, procedentes de noticias periodísticas, de la versión de Camarasa, de los informes del Ministro de España, de las cartas entre la abadesa y la viuda del senador o del diario de la adolescente María Elena. Hay en la obra un espesor de voces y perspectivas que se cruzan y complementan, y algo parecido sucederá en la segunda novela. La idea orteguiana de que la realidad es algo inaprensible, porque sólo contamos con perspectivas parciales, adquiere una sólida contextura narrativa en esta historia acerca de la degradación del poder y del envilecimiento a que puede llegar el ser humano.

Esta obra narrativa -a la que habría que añadir los relatos de El jardín de las delicias o la recreación cervantina llevada a cabo en la novela corta El rapto- se desarrolla al mismo tiempo que una dilatada obra ensayística a la que ningún hecho contemporáneo es ajeno. Literatura, medios de comunicación, cine, traducción, política y un sinfín de cuestiones actuales suscitan el interés de este intelectual siempre alerta que ya en 1958 bosquejaba cuál debía ser la misión del “hombre de letras” en la sociedad: “Escrutar con toda libertad el mundo [...], tratar de descubrir [...] el sentido de todo lo existente y ofrecer sus intuiciones plasmadas en obra a la consideración de sus semejantes con objeto de despertar en ellos intuiciones o percepciones análogas”.

***
8 amigos, 8 décadas

Ayala a los 100

Los ojos centenarios de Ayala han contemplado los estragos de dos guerras mundiales y la civil española, han recorrido el Berlín prehitleriano y los Estados Unidos asolados por la caza de brujas, y el Madrid de Baroja, y el de la movida, y la Argentina de Perón, y Oriente en 1956... Por eso, para evitar que por las rendijas del tiempo se desvanezcan personajes y aventuras, máximos especialistas en su obra recorren las décadas de una vida cumplida: Darío Villanueva, Gregorio Salvador, Germán Gullón, Rosa Navarro Durán, Manuel Ángel Vázquez Medel, Antonio Sánchez Trigueros, Agustín Sánchez Vidal y Alberto Ribes.

Años 20
Las vanguardias y el cine
Por Agustín Sánchez Vidal

Como el propio Francisco Ayala ha recordado en Indagación del cinema (1929) la suya no fue una generación cuyos primeros deslumbramientos o desenfrenos procedieran del teatro o el circo, sino del cine. Y entre el asombroso arsenal de este nuevo medio de expresión supieron encontrar algunos de los mejores recursos para desentumecer su prosa y acceder a la modernidad.
Así, el cine funciona como una bisectriz que decanta la evolución de su obra narrativa desde el arranque más tradicional de Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925) o Historia de un amanecer (1926) hasta el experimental de El boxeador y un ángel (1929) o Cazador en el alba (1930).
Este es el Ayala que mejor representa su específico momento generacional, el de la renovación vanguardista, a la que contribuyó desde Revista de Occidente y La Gaceta Literaria con sus diagnósticos sobre el séptimo arte.
Al igual que sus compañeros de viaje, la frecuentación de las salas oscuras supuso para él un auténtico bautismo por inmersión, convirtiéndose en la primera generación de nuestra literatura que abrazó la causa sin reticencias ni deserciones. Sus nuevas Circes, musas y estrellas polares pasaron a ser las stars, de Pola Negri a Greta Garbo. Y durante algunos años apenas hay libro en el que no pueda espigarse un copioso florilegio de metáforas o greguerías fílmicas, collages, perspectivas astilladas, ralentís, encuadres, sobreimpresiones y todo tipo de dictámenes que aún conservan intacta la plasticidad de lo recolectado a pie de pantalla.
Pero en Ayala tales incursiones no se quedan ahí, mero rasgo de época. Se incorporan de lleno a su bagaje literario. Lo estructuran, modulan y dotan de una inconfundible versatilidad para indagar las complejas realidades que estaban por venir. De las que tampoco se desentendió en relación con el cine, sino que fue evolucionando con ellas, creciendo hasta desembocar en su volumen recopilatorio El escritor y el cine. En él se añadiría un interludio en 1949, una tercera parte en 1987 y una cuarta que llegaba a 1995. Con la misma lucidez de siempre, se despedía reseñando la adaptación de la novela de Chordelos de Laclos llevada a cabo por Stephen Frears con el título de Las amistades peligrosas. Y concluyendo que así venían a ser las relaciones entre cine y literatura: peligrosas, pero muy estimulantes.

Años 30
Recuerdos y olvidos republicanos
Por Manuel Ángel Vázquez Medel

El año 1931 fue fundamental en la vida de Ayala. Acababa de concluir su estancia formativa en Berlín, que inició en otoño de 1929 -tras la obtención de su Licenciatura en Leyes- y finalizó el verano de 1930. Un año crucial en su trayectoria, tanto para su formación intelectual como por sus implicaciones personales: especialmente el encuentro con la que habría de ser su esposa, la chilena Etelvina Silva. En enero de 1931 Ayala regresa a Berlín para contraer matrimonio y posteriormente trasladarse a Madrid: “Durante ese período -afirma Ayala en Recuerdos y olvidos- mi mujer me ayudó en los trabajos de traducción y compartió mis amistades […] Los acontecimientos políticos de España eran esperados con un sentimiento de confiada seguridad. [...] El advenimiento de la República era aguardado en la misma actitud con que las familias esperan un parto...”.

Recordemos que Ayala había publicado ya, en su juventud, sus primeras novelas Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925) e Historia de un amanecer (1926), así como sus vanguardistas conjuntos de relatos El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930) y el librito Indagación del cinema (1929). Sin embargo, los años que nos ocupan (de 1931 a 1939) serán de paréntesis en su actividad literaria, que se reanudaría con el impresionante texto “Diálogo de los muertos” (1939) escrito camino del exilio: “en los años que van desde mi regreso de Alemania hasta el exilio en Buenos Aires, mi actividad literaria como autor de obras de imaginación quedó en suspenso”. Sin embargo, su pluma permaneció activa en el campo del ensayo, del estudio filosófico-político, y de la traducción.

Así cuenta Ayala la proclamación de la República: “Se produjo el 14 de abril; y cuando nosotros oímos por la radio la noticia de lo que estaba ocurriendo salimos a reunirnos en el café de la Granja El Henar con los amigos que allí solían hacer tertulia a diario. La concurrencia era mayor que de costumbre, y la excitación de la gente, muy grande”. Contertulio del Café La Granja era Azaña, quien habría de tener, a decir de Ayala, “destino de héroe shakespeariano”. Durante esos años primeros de la República Ayala era ya profesor auxiliar de Derecho político y secretario de la Facultad. En 1931 se doctora y gana una plaza del Cuerpo de Oficiales Letrados del Congreso, ante un tribunal presidido por Besteiro. Además, sigue participando de la tertulia de la Revista de Occidente, y Ortega le encarga los editoriales o artículos de fondo de El Sol. En 1932 publica El derecho social en la constitución de la República y en 1933 gana la Cátedra de Derecho Político de la Universidad de La Laguna, aunque pide la excedencia para seguir en la de Madrid. El 4 de noviembre de 1934, en plena “revolución de Asturias” nace su única hija, Nina: “los quejidos de la parturienta [...] se mezclaban con los disparos de fusilería en la calle”. Pocos meses después moría su madre y daba, sin saberlo, en el funeral, el último abrazo a su padre…

En mayo del 36 Ayala sale de España para ofrecer una gira de conferencias por América del Sur. Durante su visita a Argentina, Paraguay y Chile en compañía de su mujer y su hija les sorprende el comienzo de la Guerra Civil. Ayala regresa a España para ponerse a disposición del Gobierno de la República, como funcionario del Ministerio de Estado. Será Secretario-Consejero de la Legación de Praga. Ayala sigue el periplo del Gobierno de la República: Madrid, Valencia, Barcelona… poco antes de la entrada de las tropas de Franco en la Ciudad Condal, emprende el camino del exilio, vía Francia, hacia Argentina: “Sabía que había salido de España para muchísimo tiempo, quizá para siempre…”. Afortunadamente no fue así, y se abría, en los años de Argentina, Brasil, Puerto Rico y EE.UU., el período más fecundo de su escritura, desde Los usurpadores a El jardín de las delicias.

Años 40
Exilio y experiencia literaria
Por Darío Villanueva

A propósito de Muertes de perro, obra escrita en los Estados Unidos luego de sus exilios anteriores en Argentina, Brasil y Puerto Rico, Ayala cuenta una anécdota reveladora. El novelista ubicó esta sátira de la dictadura en una imaginaria república centroamericana para poder así, liberado de cualquier referente histórico concreto, integrar datos procedentes de distintos modelos reales, en la tradición hispánica de Valle-Inclán y Miguel ángel Asturias. Al final de una conferencia suya pronunciada en Nueva York se le acercó un periodista de Nicaragua, donde Ayala nunca había estado, para sorprenderle diciendo: “Pero ¡qué bien conoce usted mi país! Yo puedo ponerle su nombre real, sin equivocación, a cada uno de los personajes de su novela”. De ese periodo (1939-1955) del destierro iberoamericano Ayala obtuvo, a lo que se ve, inspiración suficiente como para erigirse en narrador de las miserias políticas padecidas tanto por las repúblicas en las que vivió como por otras a las que ni siquiera había visitado. Y con la anécdota nicaragöense mencionada bien pudo justificar el afianzamiento de una de las nociones fundamentales de su teoría literaria: el papel determinante del lector.

Hay unas páginas del máximo interés a este respecto, donde se percibe la vocación sociológica de Ayala que daría lugar a la publicación, en 1945, de su Tratado de Sociología. Me refiero a su ensayo tres años posterior “Para quién escribimos nosotros”, nacido de una circunstancia dramática tan especial como la diáspora española del 39. A Ayala la vivencia histórica de escritor exiliado le sirve para formular una ley fenomenológica y por ello antiidealista: la de que “el ejercicio literario se desenvuelve dentro de un juego de convenciones gobernadas en gran parte por al entidad del destinatario; según quién éste sea, así se configurará el mensaje”. Poco después, en 1952, vuelve sobre lo mismo en “El escritor de lengua española”: “Se escribe para alguien, siempre. El escribir implica la existencia de destinatario”. Si por aquellos años Blanchot propalaba una aserción que fue tomada como boutade, la de que un libro que no se lee es algo que aún no ha sido escrito, ideas no muy alejadas de las suyas cobraban en nuestro Ayala toda la fuerza de lo vivido. La autenticidad de la experiencia literaria.

Años 50
Profesor en Estados Unidos
Por Germán Gullón

Recuerdo a Ayala dictando una conferencia sobre Galdós en la Universidad de Texas en Austin, corría el año 1970. Los estudiantes graduados de español conocían su obra crítica, habían estudiado sus novelas, Muertes de perro, y leído los cuentos. La fuerza de su presencia era la de un gran maestro, y la experiencia nueva. Un intelectual español hablaba de aspectos de su cultura como si nunca hubiera ocurrido un desgarro civil. Los nombres de los escritores exiliados, Juan Ramón, Machado, todos ellos aparecían en su discurso con total normalidad, y bien podían venir acompañados por los de quienes se habían quedado en la península, como Aranguren. Sabíamos que don Paco era un auténtico maestro de la crítica. No un filólogo, como Joaquín Casalduero o José F. Montesinos, ni un historiador de las ideas como Américo Castro, otros venerados profesores del exilio español en EE.UU., sino un crítico moderno. Sus lecciones, recogidas en La estructura narrativa, un manualito sencillo, escrito por aquel entonces, suponía una extraordinaria condensación de la teoría crítica más al día. Ningún estudiante desconocía tampoco su estudio sobre el realismo, lecturas obligatorias de los programas graduados de español. Son páginas insuperables, por su agudeza. En ellas se encuentra la famosa idea de cómo vamos a definir el realismo si desconocemos qué es la realidad.

Sus estudiantes de Bryn Mawr College o de la Universidad de Chicago, por citar dos de las instituciones donde impartió clases desde los años 50, pudieron también acercarse a la persona, conversar con él, y descubrir otra faceta crucial de su personalidad, la del hispanófilo. Gracias a que pasó el inicio del exilio en Argentina, su perfil literario no era sólo ibérico, sus conocimientos incluían también extensas lecturas de literatura hispanoamericana, poco frecuentes por entonces. Los compañeros y amigos en Nueva York, Vicente Llorens, ángel del Río, sin duda se aprovecharon de esos saberes que Ayala aportaba en sus charlas y escritos.

Por otro lado, cuantos lo han leído concuerdan en que una de sus potentes armas intelectuales reside en el uso de la ironía, lo que en su caso supone el despliegue de una inmensa capacidad para relativizar las faltas humanas, propias y ajenas. Su magisterio en Estados Unidos fue el de un sabio conocedor del arte, de las letras españolas y del ser humano.

Años 60
Retornos de un exiliado
Por Alberto Ribes

La España que encontró Francisco Ayala cuando regresó en los años 60 nada tenía que ver con aquella otra que dejó justo al finalizar la guerra civil, ni con la de su juventud y adolescencia. A los países, las sociedades y las personas les cambia el tiempo, como bien sabía Ayala teóricamente, pues había dedicado enormes esfuerzos a reivindicar la historicidad de los Estados-nación; tratando así de desmontar la obsesiva búsqueda de “lo español eterno” que venían haciendo algunos intelectuales desde la generación del 98. Ahora, en los años 60, Ayala podía ver con sus propios ojos el cambio; se encuentra con una nueva sociedad que, pese a la persistencia política del franquismo, empezaba a respirar nuevos aires. Había un riesgo fundamental que se cernía sobre todos los exiliados que regresaban: la posible instrumentalización de su figura. Algún amigo de Ayala regresó y fue recibido en Barajas, no por la policía como él temía, sino por coches oficiales, fotografías y apretones de mano. El regreso de los exiliados podía servir al franquismo para mejorar su imagen, pero Ayala era bien consciente de este riesgo. Y lo evitó. Regresó pausadamente, sin hacer ruido, con la habitual sutileza y modestia que le caracterizan. Venía a pasar cortas temporadas -acaso un verano-, mientras seguía siendo profesor en Estados Unidos. Regresó, entonces, muchas veces, poco a poco, y se compró el piso madrileño que no se convertiría en su hogar hasta que se jubiló y España estaba ya en plena transición; el mismo piso en el que reside, un siglo después de su nacimiento, lúcido, atento, curioso, divertido.

El regreso de sus obras fue algo más problemático. Los libros de Ayala estuvieron, en general, prohibidos por el franquismo desde 1939 hasta 1955. Tampoco se permitió ver la luz pública en España a Muertes de Perro (1958), El fondo del vaso (1962) o El as de bastos (1962). Sin embargo, Ayala fue regresando en los años 60 tanto personal como intelectualmente, y sus escritos fueron apareciendo en España, reeditándose, y su nombre fue alcanzando prestigio, aunque no acabaría de reintegrarse plenamente hasta que la democracia fue reinstaurada. Y a partir de entonces vinieron los reconocimientos, nombramientos y premios. Regresó el maestro, con su estilo, a su manera.

Años 70
Novelista redescubierto
Por Rosa Navarro Durán

La recuperación de Ayala para la vida cultural española significa un acontecimiento que nos complacemos en destacar ante la opinión pública”: así comenzaba la “Salutación a Francisco Ayala” que en “Insula” de julio-agosto de 1970 firmaba un grupo de intelectuales (lo iniciaba, alfabéticamente, Aleixandre, y lo cerraba Zamora Vicente). Nunca una bienvenida tuvo tanta razón de ser; bajo una apariencia de fórmula (podríamos aplicarle los versos de Salinas: “que se crean que es la carta, / la fórmula, como siempre…”), se estaba diciendo: “Léanlo, ¡es extraordinario!”.

Aunque había vuelto en 1960 “silenciosamente”, será en 1977, en su Granada natal, cuando hace su reaparición pública con un ensayo espléndido: Regreso a Granada. En 1971 había publicado una de sus obras capitales: El jardín de las delicias. Siete años después Carolyn Richmond lo editaría junto a El tiempo y yo, en donde quedaba incluido el “Regreso”. En sus páginas leemos lo que habían oído los granadinos: “Entiendo que dar razón de mi obra literaria equivale a dar razón de mi vida”. Así es; lo había dicho ya en sus geniales pasos vanguardistas en la tierra: “Uno escribe siempre su propia vida, sólo que por pudor la escribe en jeroglífico”. Hoy, en su centenario, brindamos con inmensa alegría por su vida; su obra es ya nuestra: forma parte del patrimonio cultural de este país, lo enriquece con la belleza y tersura de su prosa, con la inteligencia y perspicacia de sus juicios, con el lirismo de algunas de sus páginas, con la sátira de otras, con la condición de modelo de todas.

Los estudiosos ayalianos sabemos bien que no podemos rivalizar con él; que una de sus frases concisas, inteligentes suplen nuestros esforzados análisis. Por ello, acudo de nuevo a palabras de su Regreso para trazar su retrato -su autorretrato-: “Nunca, en mi obra escrita, me he plegado a consideraciones pragmáticas [...], que nunca han sido suficientes conmigo para falsear lo que pienso y opino,”. Sin grandes gestos Ayala ha aceptado con serenidad las fortunas y adversidades que le han tocado. Navegando por esas aguas, ha reflexionado sobre la condición humana; su teoría sobre la usurpación, el ejercicio del poder del hombre sobre el hombre, encierra más verdad que infinidad de sesudos tratados.

Quisiera que este entusiasta brindis por su cumpleaños fuera acompañado de una invitación al lector. Abra otra vez las páginas del Jardín de las delicias, y en cada uno de los fragmentos de ese originalísimo espejo roto verá la imagen de Ayala; pero también la imaginación, la belleza, la inteligencia, la sátira y la ternura…
Un puro gozo. ¡Por muchos años!

Años 80
Ayala en la Academia
Por Gregorio Salvador

Cuando yo ingresé en la Academia, hace 19 años, Paco Ayala llevaba en ella poco más de dos, pues había entrado muy tarde, tantos años exiliado, enseñando por esos mundos lo que nos habría podido enseñar aquí. Yo lo había conocido algún tiempo antes en los cursos veraniegos de la UIMP, pero nuestro trato había sido meramente incidental. Conocía y gustaba de su literatura, pero fue en la Academia donde aprendí a valorarlo como persona, alcancé su amistad y se afianzó en el cariño que le tengo, en la admiración que le profeso y en las notables coincidencias que nos unen.

El había sido al cuarto académico granadino, en aquel entonces, tras Luis Rosales, Alfonso García-Valdecasas y José López Rubio, y yo venía a ser el quinto. O el séptimo, si contábamos a dos que eran oficialmente hijos adoptivos de Granada: Emilio García Gómez y Manuel Alvar. Pero no ha sido tanto el paisanaje lo que nos ha unido como nuestra compartida estimación de la realidad. Soy un fanático del sentido común y Ayala lo manifiesta a tope siempre que es menester. Ha sido, en todo este tiempo un académico activo, que sumaba, a fines del curso pasado, mil doscientas siete asistencias a plenos académicos y las que haya que añadirle del actual, que pocos jueves nos ha faltado. Su voz potente y bien timbrada ha venido muchas veces, que yo recuerde, a cerrar debates, a poner las cosas en su sitio. Un regalo de la providencia contar con Ayala el mismo año de su centenario, con su presencia alentadora, con sus opiniones certeras, con sus provechosos consejos. Y no por viejo sino por sabio.

Prolonga la serie de los académicos centenarios, que fueron cuatro en el siglo veinte: don Juan de la Pezuela, Conde de Cheste, que era su director al comenzar el siglo, don Ramón Menéndez Pidal, que murió en su año cien, don Manuel Gómez Moreno y don Vicente García de Diego. Un buen augurio y una cierta esperanza para todos nosotros. Por lo pronto, una hermosa evidencia: Paco Ayala, que va a cumplir cien años el día 16, sigue siendo ejemplo, norte y guía para todos nosotros.

Años 90
La España Republicana
Por Antonio Sánchez Trigueros

A los que hemos estado muy cerca de Ayala en esta década, siempre nos ha sorprendido la energía que ha desplegado en las actividades que voy a resumir, a las que siempre ha asistido con el ánimo y el interés muy despiertos y con su aguda mirada presidiendo los actos. Ha sido una década cargada de reconocimientos: se abría con la concesión del premio Cervantes (1991) y se cerraba con el premio Príncipe de Asturias (1998); y en medio toda una cadena de homenajes: doctorados universitarios (Sevilla, Granada, UNED, Toulouse), Medallas de Oro (UIMP, Círculo de Bellas Artes) y una nueva propuesta: la candidatura al premio Nobel apoyada por instituciones académicas del ámbito hispánico.

Además de los homenajes de “Anthropos” e “Insula”, quizá una de las iniciativas más interesantes ha sido la creación de un eje académico ayaliano Sevilla-Granada, que ha organizado en sus universidades múltiples actividades que han dado un impulso importante al conocimiento de la obra de Ayala entre los más jóvenes: tres congresos, dos seminarios, ciclos de conferencias, exposiciones bibliográficas, etc., que han hecho crecer de una forma sustantiva la investigación sobre el Ayala novelista y crítico, con más de 70 trabajos recogidos en varios volúmenes, muchos de ellos de jóvenes investigadores. Pero sin duda el proyecto más trascendente del eje ha sido la creación de la Fundación Francisco Ayala, que, con sede en Granada, tratará de mantener el interés hacia su obra en el presente y en el futuro.

Por otra parte la obra de Ayala seguía muy viva en librerías: reediciones y ediciones críticas de sus obras narrativas, traducción al francés de Muertes de perro, al inglés de Los usurpadores, reedición de sus escritos cinematográficos y recopilaciones de artículos y ensayos. Aunque a estas alturas Ayala había practicamente decidido dejar de escribir, aún siente “el impulso interno y creativo” y produce en estos años tres textos breves, dos narrativos y uno lírico, que se añaden al número de joyas literarias de que abunda su obra: Un caballero granadino, sobre el personaje de álvaro Tarfe, El filósofo y un pirata, exploración del mundo de la razón, y Lloraste en el Generalife, fruto de una visita a la Alhambra.

Articulo:
http://www.elcultural.es 07/11/2009

Borja HERMOSO/ La 'cantante calva' llora a papá


REPORTAJE
La 'cantante calva' llora a papá
Por Borja HERMOSO

Francia celebra el centenario de Ionesco, creador del 'teatro del absurdo' - Una exposición recoge el legado de uno de los grandes dramaturgos del siglo XX

Jacques Derrida deconstruía el concepto, Ferran Adriá la tortilla de patatas y Eugène Ionesco, el lenguaje, "instrumento de exclusión y alienación". En cualquiera de los casos -el sein und zeit heideggeriano, la manduca de diseño o el teatro del absurdo-, el lema parecía ser algo así como "por la desmembración, hacia la esencia", que no es lo mismo que desmembrar impunemente la esencia, ejercicio muy del gusto de algunos políticos de hoy.

Así que, ateniéndose a esa profesión de fe, Ionesco parió hace 59 años a la cantante calva, que no era ni calva ni cantante, de hecho no había cantante calva alguna, pero igual da, ya que le sirvió al dramaturgo para establecer su verdad de las cosas: usar el blah-blah-blah del mundo moderno para, desde el cruce de caminos donde se dan la mano la angustia, el humor y el sinsentido, contar el meollo: la soledad del hombre y la insignificancia de su existencia. Había nacido, sobre las planchas del Théâtre des Noctambules de París -11 de mayo de 1950- el teatro del absurdo o, mejor dicho (el término nunca gustó a Ionesco), el teatro de la burla.

Tantas cosas después, Francia celebra no sólo la partida de nacimiento de un género teatral denostado y admirado por el que también pulularon Beckett y Adamov -Arrabal, en menor medida-, sino también y sobre todo el centenario del autor de obras como La cantante calva, El rey se muere, Rinocerontes o Las sillas. "Antiobras teatrales", como le gustaba decir al interesado, Eugène Ionesco (Slatina, Rumania, 26 de noviembre de 1909-París, 28 de marzo de 1994).

El guateque conmemorativo está a la altura de la propia dimensión de quien fuera uno de los autores dramáticos más representados en todo el mundo y de quien sigue siendo campeón mundial del teatro en número de representaciones para una misma obra (la propia cantante calva y La lección, puestas en pie cada noche desde hace 52 años en el diminuto Théâtre de la Huchette del Barrio Latino, cerca ya de las 17.000 funciones).

Sobre todo, los fastos del centenario Ionesco quedan resumidos en la fascinante exposición que la Biblioteca Nacional de Francia dedica al escritor hasta enero del año próximo. No es para menos: el material que se abre a los ojos del visitante sintetiza a la perfección el catálogo de honores y de disgustos: entre los primeros, haber sido el único autor inmortalizado en vida por el sanctasantórum de la biblioteca de La Pléiade gloria de las letras francesas, haber podido codearse con lo más granado de la gravedad literaria en la Academia Francesa, o haber logrado el pasaporte para su nombramiento como Gran Sátrapa del Colegio de la Patafísica. Entre los segundos, haberse granjeado la enemistad sincera de los grandes paladines del teatro ideológico y comprometidogama Bertolt Brecht Roland Barthes y los teóricos de la revista Théâtre populaire, el mismísimo Sartre o JeanJacques Gautier, el temible crítico de Le Figaro, que le crucificaron por escapismo y ausencia de mensaje.

El valor máximo de la exposición de la BNF (comisariada por Noëlle Giret sobre una insólita escenografía de cajas de cartón reciclado y soporte audiovisual y vertebrada en "ocho obsesiones ionesquianas", a saber, el lenguaje, Dios, la muerte, la acumulación, el compromiso, la crítica, la iluminación y la pintura) se refiere a la procedencia de su contenido. Manuscritos, correspondencia personal, dibujos, croquis preparatorios de obras como los de El rey se muere, guiones cinematográficos, fotografías, pinturas del propio Ionesco o de amigos como Miró, Giacometti, Vieira da Silva, Alechinsky o el propio Arrabal, objetos personales como el librito del método Assimil para aprendizaje rápido del inglés, germen de La cantante calva... En resumen, un pequeño tesoro procedente de los propios archivos personales de Ionesco: unos archivos que, en teoría, no existían pero que acabaron saliendo a la luz. Expliquémonos.

Víctima confesa de un profundo horror a la celebridad y a la posteridad ("no es absurdo el mundo, pero sí la posición del hombre en el mundo"), Eugène Ionesco nunca quiso oír hablar de atesorar los recuerdos. Romper, destruir, quemar. Pero traicionera y afortunadamente, su fiel esposa Rodica, fallecida en 2004, fue haciendo caso omiso a su voluntad y guardando viejas cajas de zapatos, carpetas olvidadas, vanos de escritorio el legado de aquel electrón libre.

El conjunto, recién donado a la Biblioteca Nacional por MarieFrance Ionesco, hija del escritor, permite asomarse al anticomunista feroz y al feroz antifascista, al depresivo, al metafísico, al agnóstico que quería creer ("para mi padre, que quiso ser monje pero le faltó fe, el arte era un sustitutivo de la religión", explica MarieFrance Ionesco confortablemente sentada en el saloncito del 96, Boulevard de Montparnasse, donde vivieron los Ionesco desde 1964), al tipo que colocó el individualismo innegociable en la cima de las opciones morales.

Allí, en el interminable apartamento, sigue incólume el minúsculo gabinete donde el autor de La búsqueda intermitente dictaba a una secretaria lo que escribía en sus cuadernos cuadriculados de colegial. Allí están, colgados de las paredes como mirando de reojo al visitante, los folios viejos, los iconos rusos, los aguafuertes de Chagall, el rancio butacón donde Ionesco se sentaba para descolgar el teléfono y llamar al intendente del teatro de turno: "¿Qué, cuánto hemos recaudado esta noche?".

Articulo:
http://www.elpais.com 08/11/2009

Revista El Boomerang/Orhan PAMUK: 'El museo de la inocencia'


'El museo de la inocencia'
Por Orhan Pamuk
EDITORIAL MONDADORI

«Quería relacionar el tema del amor con la palabra "museo" porque el tema está relacionado con la conservación de las cosas. ¿Por qué las pertenencias son tan importantes para nosotros? ¿Por qué queremos conservarlas y dejarlas a las siguientes generaciones? ¿No es esto también una prueba de amor?» ORHAN PAMUK

El autor ha recorrido rastros, bazares y museos de todo el mundo en busca de todo tipo de objetos de la vida cotidiana que pudieran dar una idea sobre la personalidad de sus antiguos propietarios y le inspiraran para sus personajes. Ahora los ha reunido en una colección que formará parte de un museo auténtico, el Museo de la Inocencia, que abrirá sus puertas en la ciudad de Estambul y cuya exposición se inaugurará en 2010.


1 - EL MOMENTO MÁS FELIZ DE MI VIDA

Fue el momento más feliz de mi vida y no lo sabía. De haberlo sabido, ¿habría podido proteger dicha felicidad? ¿Habría sucedido todo de otra manera? Sí, de haber comprendido que aquel era el momento más feliz de mi vida, nunca lo habría dejado escapar.

Ese momento dorado en que una profunda paz espiritual envolvió todo mi ser quizá durara solo unos segundos, pero me pareció que la felicidad lo convertía en horas, años. El 26 de mayo de 1975, lunes, hubo un instante, hacia las tres menos cuarto, en el que pareció que, de la misma forma que nos liberamos de nuestras culpas, pecados, penas y remordimientos, también nos liberamos de las leyes de la gravedad y el tiempo en el mundo. Besé el hombro de Füsun, sudoroso por el calor y el sexo, la abracé lentamente, entré en ella y le mordí ligeramente la oreja izquierda, cuando de súbito el pendiente que llevaba pareció quedarse detenido en el aire durante largo rato y luego cayó por su propio peso. Éramos tan felices que fue como si no percibiéramos aquel pendiente, en cuya forma no me había fijado ese día, y seguimos besándonos. Fuera lucía ese cielo resplandeciente tan característico de Estambul en los días de primavera. En las calles el calor hacía sudar a los estambulíes, que aún no se habían librado de los hábitos del invierno, pero en el interior de las casas, en las tiendas y a la sombra de los tilos y los castaños seguía haciendo fresco. Notábamos una frescura similar procedente del colchón que apestaba a rancio sobre el que hacíamos el amor olvidados de todo como niños felices. A través del balcón abierto sopló una brisa primaveral con perfume a mar y a tilos que levantó los visillos, los dejó caer a cámara lenta sobre nuestras espaldas y provocó un escalofrío en nuestros cuerpos desnudos. Desde aquella habitación de atrás del segundo piso, desde la cama en la que estábamos, veíamos en el jardín a unos niños que jugaban vehementemente al fútbol insultándose, y al darnos cuenta de que las palabrotas que se decían correspondían exactamente a lo que estábamos haciendo, nos detuvimos por un instante, nos miramos a los ojos y nos sonreímos. Pero nuestra felicidad era tan profunda e inmensa que enseguida olvidamos el chiste que la vida nos ofrecía en el jardín de atrás del mismo modo que nos habíamos olvidado del pendiente.

Cuando nos vimos al día siguiente, Füsun me dijo que lo había perdido. En realidad, después de que se fuera yo había visto entre las sábanas azules aquel pendiente en cuyo extremo teníala inicial de su nombre, y en lugar de guardarlo, impulsado por un extraño instinto, me lo metí en el bolsillo de la chaqueta para que no se perdiera.
–Aquí está, cariño –le dije. Metí la mano en el bolsillo derecho de la chaqueta, colgada del respaldo de la silla–. ¡Vaya! Pues no está. –Por un instante me pareció percibir el presagio de un desastre, de algo nefasto, pero al notar el calor de la mañana recordé de inmediato que me había puesto otra chaqueta–. Ha debido de quedarse en el bolsillo de la otra chaqueta.
–Por favor, tráemelo mañana, no lo olvides –dijo Füsun abriendo enormemente los ojos–. Tiene mucha importancia para mí.
–Muy bien.

Füsun era una pariente lejana y pobre de dieciocho años cuya existencia prácticamente había olvidado hasta un mes antes. Yo tenía treinta años y estaba a punto de prometerme y casarme
con Sibel, de quien todo el mundo decía que parecía perfecta para mí.


2 - LA BOUTIQUE CHAMPS ÉLYSÉES

Los sucesos y coincidencias que habrían de cambiar mi vida entera habían comenzado hacía un mes, o sea, el 27 de abril de 1975, cuando Sibel y yo vimos en un escaparate un bolso de la famosa marca Jenny Colon. Sibel, con quien pronto me comprometería, y yo caminábamos por la calle Valikona˘gı disfrutando de la fresca noche de primavera ligeramente borrachos y muy felices.

Durante la cena en Vestíbulo, el elegante restaurante abierto poco antes en Ni¸ santa¸ sı, habíamos estado hablando largamente a mis padres de los preparativos de la ceremonia de nuestro compromiso: lo celebraríamos a mediados de junio para que Nurcihan, la compañera de Sibel de Notre Dame de Sion y de sus años en dicha ciudad, pudiera venir desde París. Sibel había encargado hacía tiempo su vestido para la ocasión a ˙Ipek ˙Ismet, la modista favorita por entonces en Estambul, y la más cara. Esa noche mi madre y Sibel hablaron por primera vez sobre cómo habrían de bordarse en el vestido las perlas que iba a darle. Mi futuro suegro quería celebrar una petición de mano tan fastuosa como una boda para su única hija, y eso agradaba a mi madre. También mi padre estaba contento de tener una nuera como Sibel, que había estudiado en la Sorbona, aunque por aquel entonces la burguesía de Estambul siempre decía de todas las jóvenes que habían estudiado cualquier cosa en París que lo habían hecho «en la Sorbona».

Acompañaba a Sibel a su casa después de la cena con el brazo echado amorosamente sobre su firme hombro pensando en lo feliz y lo afortunado que era cuando de repente dijo: «¡Ah, qué bolso más bonito!». A pesar de que mi cabeza estaba bastante aturdida por el vino, de inmediato tomé nota del bolso del escaparate y de la tienda y al mediodía siguiente fui a comprarlo.

En realidad, no era de esos hombres detallistas, atentos y galantes de nacimiento que buscan la menor excusa para hacer regalos y enviar flores a las mujeres; puede que quisiera serlo. Por aquel entonces las amas de casa ricas y occidentalizadas de ciertos barrios de Estambul, como ¸Si¸sli, Ni¸santa¸sı y Bebek, cuando se aburrían no abrían galerías de arte, sino boutiques, e intentaban venderles a otras amas de casa tan ricas como ellas a unos precios absurdamente altos ropa que mandaban cortar copiándola de revistas de importación como Elle o Vogue, vestidos que traían en maletones de París y Milán y baratijas y bisutería de contrabando. ¸Senay Hanım, la propietaria de la boutique Champs Élysées, me recordó, cuando la encontré años más tarde, que éramos parientes lejanos por parte de madre, como me ocurría con Füsun. El hecho de que mucho después ¸Senay Hanım me entregara todo lo que todavía conservaba de la boutique Champs Élysées, incluido el letrero de la puerta, sin preguntarme por los motivos del exagerado interés que mostraba por cualquier cosa que tuviera que ver con la tienda y Füsun, produjo en mí la sensación de que la historia que habíamos vivido, incluidos algunos extraños momentos, era conocida no solo por ella, sino también por una multitud mucho más amplia de lo que habría creído.

Al día siguiente, cuando entré en la boutique Champs Élysées poco antes de mediodía, los cencerritos de camello de bronce de doble badajo que colgaban de la puerta cascabelearon con un sonido que todavía hoy acelera mi corazón. Estábamos en primavera, pero el interior de la tienda estaba oscuro y fresco a pesar del calor de mediodía. En un primer momento creí que no había nadie. Luego vi a Füsun. Mis ojos todavía estaban intentando acostumbrarse a la penumbra después del sol de mediodía, pero, por algún extraño motivo, el corazón se me vino a la boca, hinchado como una gigantesca ola que está a punto de romper contra la orilla.
–Quiero comprar el bolso del maniquí del escaparate –dije. «Muy bonita –pensé–, muy atractiva.» –¿El bolso Jenny Colon color crema?

Al cruzarse nuestras miradas recordé de inmediato quién era.
–El que lleva la maniquí del escaparate –susurré como en un sueño.
–Ya sé cuál –dijo, y echó a andar hacia el escaparate.

De un golpe se quitó el zapato amarillo de tacón alto del pie izquierdo y puso el pie desnudo, de uñas cuidadosamente pintadas de rojo, en el suelo del escaparate y se estiró hacia el maniquí. Primero miré el zapato vacío y luego sus largas y muy hermosas piernas. Estaban ya morenas por el sol, antes de mayo. Su falda amarilla con encajes y estampada de flores le quedaba más corta de lo que debería a causa de lo largas que tenía las piernas. Tomó el bolso, pasó detrás del mostrador, abrió con sus largos y hábiles dedos la parte cerrada con cremallera del bolso (de su interior salieron unas bolas de papel cebolla color crema), dos pequeños compartimentos (vacíos) y un bolsillo secreto del que surgieron un papel en el que ponía «Jenny Colon» y unas instrucciones de mantenimiento, y me lo mostró todo con un gesto misterioso y extremadamente serio, como si me enseñara algo sumamente íntimo.

Nuestras miradas se cruzaron por un instante.
–Hola, Füsun. Cuánto has crecido. Parece que no me has reconocido.
–Claro que sí, Kemal, le he reconocido al momento, pero como parecía no acordarse de mí no quise molestarle.

Se produjo un silencio. Miré lo que poco antes me señalaba en el bolso. Su belleza, la falda excesivamente corta para aquellos tiempos, o cualquier otra cosa, me habían puesto nervioso y era incapaz de comportarme con naturalidad.
–¿Y qué haces?
–Estoy preparando el examen para la universidad. Y vengo aquí todos los días. En la tienda conozco a gente nueva.
–Qué bien. ¿Y cuánto cuesta este bolso?
–Mil quinientas liras –dijo leyendo con el ceño fruncido la pequeña etiqueta escrita a mano en la base del bolso. (Era una cantidad que correspondía al sueldo de seis meses de un funcionario joven por aquel entonces)–. Pero estoy segura de que ¸Senay Hanım podrá hacer algo por usted. Ha ido a su casa a almorzar. Estará durmiendo y no puedo llamarla para preguntarle. Pero si se pasa esta tarde…
–No tiene importancia –respondí y con el mismo gesto que Füsun tantas veces imitaría, exagerándolo, en el sitio de nuestras citas secretas, me saqué la cartera del bolsillo de atrás y conté los húmedos billetes.

Füsun envolvió con cuidado pero de forma inexperta el bolso con un papel y lo puso en una bolsa de plástico. Sabía que en medio de aquel silencio yo estaba contemplando sus largos brazos color miel y sus rápidos y elegantes movimientos. Le di las gracias cuando me entregó amablemente el paquete.
–Recuerdos a la tía Nesibe y a tu padre –dije (en aquel momento no se me vino a la cabeza el nombre de Tarık Bey). Dudé por un instante: mi espíritu se había desprendido de mi cuerpo y abrazaba y besaba a Füsun en un rincón paradisíaco. Me encaminé hacia la puerta a toda velocidad. Era una fantasía estúpida, y además en realidad Füsun tampoco era tan bonita. Sonaron los cencerrillos de la puerta y oí que un canario empezaba a trinar. Salí a la calle y el calor me agradó. Estaba satisfecho de mi regalo y quería mucho a Sibel. Decidí olvidar la tienda y a Füsun.


3 - PARIENTES LEJANOS

No obstante, saqué el tema a relucir cenando con mi madre y le conté que me había encontrado con Füsun, nuestra pariente lejana, mientras le compraba un bolso a Sibel.
–Ah, sí, la hija de Nesibe trabaja en la tienda de ¸Senay, ¡pobre!–dijo mi madre–. Ya no vienen a vernos ni en las fiestas.
Mala cosa aquel concurso de belleza. Paso todos los días por delante de la tienda y ni me apetece ni se me ocurre entrar a saludar a la pobre muchacha. Y, sin embargo, le tenía mucho cariño cuando era niña. A veces acompañaba a Nesibe cuando venía a coser. Sacaba vuestros juguetes del armario y se los daba y ella jugaba calladita mientras su madre cosía. La difunta madre de Nesibe, vuestra tía Mihriver, también era una mujer muy agradable.
–¿Qué tienen que ver exactamente con nosotros? Como mi padre, que veía la televisión, no nos estaba atendiendo, mi madre me contó muy orgullosa cómo su padre (o sea, mi abuelo Ethem Kemal), que había nacido el mismo año que Atatürk y que, como puede verse en la primera de las fotografías de aquí, que encontré años después, hizo los estudios primarios en la Escuela ¸Semsi Efendi, la misma a la que acudió el fundador de la República, años antes de casarse con mi abuela, y sin haber cumplido los veintitrés siquiera, había tenido una primera esposa con la que había contraído matrimonio precipitadamente.
Se decía que aquella pobre muchacha de origen bosnio (o sea, la bisabuela de Füsun) había muerto en la evacuación de Edirne durante la guerra balcánica. La desdichada mujer no tuvo hijos de mi abuelo Ethem Kemal pero antes se había casado, según mi madre «siendo una niña», con un jeque menesteroso de quien había tenido una hija llamada Mihriver. Mi madre decía desde siempre que la tía Mihriver (la abuela de Füsun), que se había criado con una gente muy rara, y su hija Nesibe (la madre de Füsun) no eran familia directa nuestra, sino parientes como mucho, pero por alguna extraña razón insistía en que llamáramos «tías» a aquellas mujeres de una lejanísima rama de la familia. Mi madre (se llama Vecihe) había ofendido a aquellas «parientes» empobrecidas que vivían en una de las calles de atrás de Te¸svikiye comportándose de manera fría y en extremo distante durante las visitas de los días de fiesta de los últimos años.
Se había enfadado mucho con ellas porque hacía dos años la tía Nesibe no había dicho ni pío a que Füsun, por entonces de dieciséis años y estudiando todavía en el Instituto Femenino de Bachillerato de Ni¸santa¸sı, participara en un concurso de belleza, e incluso, según supimos luego, la había animado a hacerlo, y como dedujo por los rumores posteriores que la tía Nesibe, a quien tanto había querido y protegido, estaba muy orgullosa de tan vergonzoso asunto, les dio la espalda. Con todo, la tía Nesibe quería mucho y tenía en gran consideración a mi madre, veinte años mayor que ella. Sin duda, se debía en gran parte a que mi madre la había apoyado mucho en su juventud, cuando la tía Nesibe se dedicaba a recorrer los barrios
elegantes cosiendo casa por casa.
–Eran muy, muy pobres –dijo mi madre. Y temiendo haber exagerado, añadió–: Pero no solo ellas, hijo, por entonces toda Turquía era pobre.

En aquellos tiempos mi madre recomendaba la tía Nesibe a sus amigas diciéndoles que era «muy buena persona, muy buena costurera» y una vez al año (a veces dos) la llamaba a casa para que le cosiera un vestido para una recepción o una boda. La mayor parte de las veces yo no la veía cuando venía a coser porque estaba en el colegio. A finales del verano de 1956, a mi madre le hizo falta a toda prisa un vestido para una boda y llamó a Nesibe a la casa veraniega de Suadiye. En la pequeña habitación del segundo piso desde la que entre las hojas de las palmeras se veían barcas, motoras y niños que se divertían saltando al mar desde el muelle, y entre las tijeras, alfileres, cintas métricas, dedales, retales y tiras bordadas que salían del costurero de Nesibe, con un paisaje de Estambul en la tapa, ambas cosían hasta la medianoche con la Singer de mi madre quejándose del calor, de los mosquitos y de que no les daría tiempo, pero al mismo tiempo charlando y bromeando como dos hermanas que se quisieran mucho. Recuerdo que el cocinero Bekri llevaba vasos y vasos de limonada a aquella pequeña habitación que olía a calor y a terciopelo porque Nesibe, con veinte años y embarazada, tenía tantos antojos que cuando almorzábamos todos juntos mi madre le decía al cocinero medio en broma, medio en serio«De le a la embarazada lo que más le apetezca o el niño le saldrá feo», y que yo observaba muy interesado el vientre ligeramente hinchado de Nesibe. Creo que fue la primera vez que percibí la existencia de Füsun, pero nadie sabía todavía si sería niño o niña.
–Nesibe metió a su hija en el concurso diciendo que era mayor de lo que realmente era y sin que lo supiera su marido –dijo mi madre aún más enfadada al recordar el asunto–. Gracias a Dios, no ganó y se libraron de hacer el ridículo. Si se llegan a enterar la habrían expulsado del instituto… Ahora ha terminado el bachillerato, pero no creo que estudie nada como es debido. Como ya no vienen a visitarnos en las fiestas, no sé lo que hacen… Todo el mundo sabe qué tipo de muchachas, qué tipo de mujeres se presentan en este país a los concursos de belleza. ¿Cómo te ha tratado? Mi madre estaba insinuando que Füsun había empezado a acostarse con hombres.Yo mismo había oído un rumor semejante a mis amigos mujeriegos de Ni¸santa¸sı cuando el diario Milliyet publicó una fotografía de Füsun con las otras chicas que habían pasado la selección previa y no quise parecer interesado por una cuestión tan humillante. Como entre nosotros se produjo un silencio, mi madre sacudió misteriosamente el dedo en el aire y dijo:
–¡Ten cuidado! ¡Estás a punto de prometerte con una joven muy especial, muy agradable y muy guapa! Enséñame el bolso que le has comprado. ¡Mümtaz! –Así se llamaba mi padre–. ¡Mira, Kemal le ha comprado un bolso a Sibel!
–¿De verdad? –dijo mi padre.

En su rostro apareció una sincera expresión de alegría, como si hubiera visto el bolso, le hubiera gustado y fuera feliz con la alegría de su hijo y su amada, pero ni siquiera había apartado la mirada del televisor.

Ficha técnica
Título: El museo de la inocencia Autor: ORHAN PAMUK Traductor: Rafael Carpintero Colección: Literatura Mondadori PVP: 23,90 € Páginas: 670 Publicación: octubre de 2009


Articulo:
http://www.elboomeran.com 08/11/2009

José Antonio RDEDONDO/Vuelven los grandes pensadores: WITTENGSTEIN & NIETZSCHE


Vuelven los grandes pensadores
La editorial comienza con Wittgenstein y Nietzsche su valiosa Biblioteca de grandes pensadores
Por José Antonio Redondo
Hotel Kafka

Gredos inicia su gran proyecto: una biblioteca dedicada al canon del pensamiento de casi 40.000 páginas. Una biblioteca que reúne las obras selectas o completas de, entre otros, Voltaire, Hume, Kant, Séneca, Cicerón, San Agustín, Santo Tomás, Schopenhauer, Spinoza, Kierkegaard, Aristóteles, Ortega y Gasset, Hobbes y Descartes.

En unos tiempos en que abundan los libros de autoayuda, los ensayos dedicados a la actualidad política y económica más rabiosa y la avalancha de información de los medios de Internet era necesario reforzar la oferta de libros en castellano que fomentaran el razonamiento crítico y mostraran las reflexiones de los grandes pensadores. Personas que buscaron las verdaderas causas y el valor de las cosas y librepensadores que abrieron el camino de las ideas, de la ética y en definitiva de nuevas formas de mirar al mundo: los filósofos (desde Platón a Wittgenstein)

"Se trata de un proyecto que pretende extenderse con más autores. Nuestra idea es repetir el modelo de la Biblioteca Clásica de Gredos, que con 384 libros y 30 años de antigüedad es hoy un referente tanto académico como popular", indica José Manuel Martos, que es el director editorial del proyecto junto a Margarita Medina.

La colección arrancará con la comercialización de los tomos dedicados a Nietzsche y Wittgenstein. Luis Fernando Moreno Claros explica la elección de estos dos nombres: "El primero es el pensador más leído en España desde siempre. Y el segundo es el que mejor representa el arquetipo de genio loco; un hombre que quiso hacer de sí mismo un ideal ético y que, emulando a Tolstoi, regaló toda su fortuna y se emboscó en tierras noruegas para dedicarse en exclusiva a la filosofía".

Con prologuistas de la categoría de Fernando Sabater y Javier Gomá, el proyecto, que contiene por el momento 35 tomos que se irán publicando a un ritmo de 6 por año, tiene cuando menos, unas buenas dosis de arrojo.

Un proyecto editorial serio y valioso al que Ámbito Cultural de El Corte Inglés da la bienvenida.

Articulo :
http://www.ambitocultural.es 07/11/2009

María Teresa CARDENAS/El superagente Guillermo SCHAVELZON


Entrevista De visita en Chile
El superagente Guillermo Schavelzon
Por María Teresa Cárdenas

El reconocido agente literario argentino participará este viernes en la Feria del Libro de Santiago. A la espera de esa conversación pública adelanta algunas visiones sobre su oficio, la literatura y las transformaciones de la industria editorial.

Puede criticar a gobiernos o instituciones, pero cuando se trata de los escritores, "sus" escritores, es reservado y cauteloso. ¿Cuáles son los más difíciles de manejar? "Los latinoamericanos", generaliza. ¿Podrías explicar por qué? "Preferiría no hacerlo", responde a lo Bartleby, y pasa a otro tema. Con más de una década como agente literario, después de treinta años de editor, Guillermo -"Willie"- Schavelzon es para muchos de sus representados algo así como un jefe, un padre y un hermano. Una buena síntesis, con la que se dedica a conseguir los mejores contratos para sus clientes y a intermediar en el pago de sus derechos de publicación, traducción, adaptación.

Después de Argentina, donde concentra su acción representando a más de 40 autores -Ricardo Piglia, Ernesto Sabato, Federico Andahazi, Andrés Neuman, entre los vivos; Manuel Puig y Juan José Saer, ya muertos-, Chile comparte el segundo lugar con España en número de escritores -13- que pertenecen a su agencia. Una poderosa razón para volver, después de cuatro años. "Pese a ser un país chico en población, Chile es un mercado editorial cada vez más interesante, y un país de economía seria y estable. Un escritor chileno de éxito puede vender más de 30 mil ejemplares en Chile; en España, detrás de los libros que venden más de 3 millones (Stieg Larsson, Ildefonso Falcones, Dan Brown), los que venden 30 mil se cuentan con los dedos de las manos", explica quien estuvo detrás de los jugosos contratos de Roberto Ampuero y Pablo Simonetti, ambos con Norma.


Interlocutor estable y duradero

Radicado en Barcelona -"no se puede ser una agencia internacional desde un país 'excéntrico' (según el término acuñado por Pascal Casanova)"-, Schavelzon participará en la Feria del Libro de Santiago justamente cuando su país es el invitado de honor. "Represento a muchos escritores argentinos, y eso no sólo habla de mi origen, sino de afinidades y afectos importantes. Sin embargo, no podría considerarme lo que se llama 'un argentino típico' -aclara-. Tampoco lo era cuando vivía allí. He vivido en México muchos años, en Madrid, y desde hace ocho en Barcelona. Ahora más que nunca trato de no perder mi acento, para intentar ser de algún lado".

Más de cien nombres integran su lista de representados, entre los que dominan los latinoamericanos. "Autores que escriben en inglés sólo tengo dos -explica-, y a ambos los represento por antiguas afinidades, más que por estrategia". Se refiere a Paul Auster y a Alberto Manguel.

-¿Qué características buscas en un escritor para representarlo?
-Ante todo, que sea un buen escritor, que ofrezca algo original: temática, voz, estructura, algo que lo diferencie, o que me permita creer que lo diferenciará. Pese a esto, mis posibilidades de representar más escritores es cada vez más limitada, soy un agente que lee lo que ofrece, eso pone un límite muy claro: mi capacidad de lectura y la de mis colaboradores.

-¿Cuál dirías que es el sello de tu agencia?
-Es una agencia proactiva, que lee todo lo que escriben sus autores, que elige al editor y trata de convencerlo de lo que le ofrece, que mantiene una relación personalizada con cada autor, y que, en el caso de la lengua española, entiende que no es España quien la representa, sino un mundo mucho más amplio, Latinoamérica, fundamentalmente. Además, la mía es una de las pocas agencias literarias que se dedica exclusivamente a representar a escritores, no a editoriales ni agencias extranjeras. Es decir, dejé de lado el mejor negocio.

-Acabas de estar en la Feria de Frankfurt, ¿cómo le va al libro en español en ese escenario?
-Le va bien, respetando la magnitud de cada mercado. El español es la lengua que tiene más países de uso, pero no hay todavía la suficiente coordinación ni estrategia global.

-¿Cuáles fueron tus principales referentes al instalarte como agente literario?, ¿qué significó Carmen Balcells en ese sentido?
-Mis referentes no estaban en el mundo de las agencias, sino en el de los escritores y en el de los editores. Llevaba 30 años dentro de ese mundo, con una visión absolutamente internacional, que mantengo con dedicación y esfuerzo. Carmen Balcells es la decana, la primera, una mujer brillante, lúcida, que dominó el siglo XX. Ella es un verdadero ícono. En mi práctica, aprendí más de colegas generosas como Mercedes Casanovas, Silvia Bastos, Antonia Kerrigan.

-¿Ha cambiado mucho el papel del editor desde que dejaste de serlo?
-Radicalmente. Hasta los años 70, un editor se ocupaba de tres o cuatro autores y una docena de obras al año. Con la concentración de la edición en grandes grupos mediáticos, donde la rentabilidad es lo que el accionista prioriza, se ha ido debilitando el área editorial y fortaleciendo la comercial y de marketing. Hoy existen editores que responden por 80 o más libros al año. No pueden, aunque quieran, ocuparse de cada libro y de cada autor como era antes. También se inició una tendencia impensable hace 20 años: la rotación de los editores(as) de una casa a otra. El autor se queda, y cuando pierde a su editor, se da cuenta de que no tenía un contrato con él, sino con una sociedad anónima.

-Y el agente, entonces, va ganando espacio.
-El agente tiene un rol más activo en relación al autor, es su interlocutor más estable y duradero, y los editores, agobiados de trabajo, prefieren en la mayoría de los casos, y en especial en los grandes mercados, tratar con el agente más que con el autor.

-¿Son muy distintos tus representados en cuanto a expectativas y exigencias? ¿Hay un patrón que distinga a hombres de mujeres, por ejemplo?
-Las mujeres tienen sus ideas bastante más claras que los hombres. Son más racionales en sus deseos, y mucho más formales en sus compromisos. Como en todo, hay excepciones en ambos lados.

-¿Cuánto aconsejas a tus representados?
-Más que aconsejar, mantengo el diálogo; el nivel y la intensidad de los mismos es el que cada escritor decide.

-Como su agente, ¿crees que fue acertada la actitud de Federico Andahazi de suspender su visita como reacción a los dichos del embajador?
-Yo hubiera preferido que Andahazi pensara en los lectores chilenos y asistiera a la feria, pero también entiendo su bronca ante el ninguneo del embajador. El embajador, que en este caso es alguien con fama de buen lector y culto, no ha hecho más que sostener la línea del gobierno al que representa, que para el año 2010, cuando la feria de Frankfurt estará dedicada a Argentina, eligió como íconos más representativos a Maradona, Gardel, Eva Perón y el Che Guevara. No digo que no sean icónicos, pero cuando se trata del mundo literario...

-¿A quiénes habrías elegido tú como íconos?
-A Borges, Cortázar, Marechal, y entre los vivos sin duda a Héctor Tizón, uno de los mejores escritores argentinos; luego a Ricardo Piglia, César Aira, Guillermo Martínez, Leopoldo Brizuela, Federico Andahazi, Pablo de Santis, Rodrigo Fresán, Andrés Neuman, y me olvido de varios. Además de los escritores de no ficción, los periodistas, historiadores, Jorge Lanata, Pacho O'Donnell, Felipe Pigna, y si tenemos que ir hacia atrás, a Sarmiento.

-¿Qué escritores deberían haber venido a Chile?
-Muchos más, por supuesto.

-¿Cuál ha sido el mayor conflicto o polémica que te ha tocado enfrentar como agente?
-La situación más conflictiva la viví como editor, no como agente, fue hace más de diez años, cuando fui secretario del jurado de un premio Planeta Argentina cuyos jurados eran Tomás Eloy Martínez, Mario Benedetti, Augusto Roa Bastos y María Esther de Miguel. Se premió por unanimidad a Plata Quemada , de Ricardo Piglia. Una revista sensacionalista montó una campaña contra Piglia que, me enteré dos años después, fue una venganza política de la época de Alfonsín. Eso fue aprovechado por un par de oportunistas para hacer juicios, escándalos, y la verdad es que fue muy desagradable. Esa revista, y el oscuro periodista cómplice, inauguraron con ese acto la farandulización de la cultura, algo muy afín al período de Menem.

-¿Cómo manejas el tema de los premios? ¿A todos tus autores les recomiendas presentarse a ellos?
-Hay premios de todo tipo, no tenemos que confundir los premios que se dan a una obra publicada, los que otorgan países o instituciones y los premios destinados a promover y vender más libros. Siempre recomiendo presentarse cuando las posibilidades de estar entre los finalistas que llegarán al jurado son altas. La picaresca respecto de los premios es tan rica y variada que no necesito comentarla. Hay de todo, y conviene no prejuzgar.

-Con todos los cambios tecnológicos y de propiedad de las editoriales, ¿cómo ves la situación del escritor?
-Difícil. Mi objetivo es que un escritor se profesionalice; es decir, que pueda vivir de lo que escribe, eso lleva tiempo, varios años, sacrificios y esfuerzos. Y el éxito no está garantizado.

-¿Crees que son incompatibles calidad y ventas?
-Calidad literaria y número de lectores, es decir, literatura y mercado, son cosas que tienen muy poco que ver; en realidad, son conceptos muchas veces irreconciliables . Yo navego entre uno y otro tratando de mantener el mejor equilibrio posible.

-¿De qué vive un escritor hoy en día, si no es superventas, por supuesto?
-Depende del país. En Francia, por ejemplo, sólo el 6 por ciento de los escritores viven de sus libros. El asunto es que "libros" quiere decir muchas cosas, diferentes tipos de edición, diferentes canales comerciales, el cine, traducciones, todo lo que llamamos "derechos subsidiarios" que llegan a ser más importantes, en remuneración, que los derechos de autor de la edición de librerías.

-En tu experiencia, ¿se puede fabricar el éxito de un libro o de un escritor?
-Estoy convencido de que no se puede fabricar un éxito. La mejor prueba es que en 2008, de los diez libros más vendidos en Estados Unidos y en Francia, seis han sido best sellers imprevistos. Quiero decir libros contratados con anticipos muy bajos, y muchas veces publicados en primeras ediciones de cuatro o cinco mil ejemplares. Si los éxitos fueran previsibles, las grandes editoriales publicarían seis libros al año, no cuatrocientos. El marketing es una herramienta muy interesante y útil, siempre que esté en función del libro, no al revés. El mundo del libro vive de los grandes éxitos. Que no sean previsibles. ¡es una de las pocas ventajas que nos quedan desde el punto de vista literario y cultural!


En la Feria

"El malestar del escritor"

Guillermo Schavelzon conversa con Andrea Viu y María Teresa Cárdenas. Viernes 6, 20:00 horas. Libro electrónico: más que papel escaneado

-¿Qué impacto ha tenido en la industria editorial la irrupción del libro electrónico?
-Lo que ha impactado no es el libro electrónico, sino el manejo mediático, bastante confuso, que se ha hecho sobre el tema. A lo que asistimos no es a la irrupción del libro electrónico, sino a una lucha brutal entre corporaciones gigantescas por cuál será la que logre imponer el dispositivo de lectura. El negocio para ellos es vender "aparatitos", no contenidos. No tenemos que confundir libro electrónico (un contenido) con dispositivo de lectura (un hardware ).

-¿Has notado en el mundo editorial español una toma de conciencia respecto del papel que jugará el libro electrónico?
-Sí, todos están muy preocupados, dedicando los mejores recursos a analizar el tema. La principal preocupación es cómo sostener el libro de papel y su cadena comercial, conscientes de que por muchos años más, autores, editores, agentes, libreros, viviremos del libro de papel, no del electrónico.

-¿Qué tipo de obras o de autores crees que deben ser comercializados a través del formato electrónico? ¿En qué casos te opones?
-Mis recomendaciones no tienen mucho valor, ya que ésta es una pelea entre corporaciones gigantescas de enorme poder económico, y, por lo tanto, político. Quienes más se verán afectados a corto plazo son los libros de enseñanza.

-¿Has dicho que para el futuro del libro electrónico "la tecnología es imprescindible pero no suficiente". ¿Cuál es la tarea de autores y editores en ese sentid o?
-Un libro electrónico no puede ser el libro de papel escaneado, tiene que ser una oferta que utilice a fondo todos los recursos de la tecnología, libros (por llamarlos de algún modo) activos, con referencias intertextuales ricas y originales. Ese trabajo requiere de editores, no sólo de informáticos, los editores se han preparado durante décadas para saber hacer esto, serán imprescindibles cuando el dispositivo se haya impuesto.

-¿Crees que están asumiendo este desafio, o al menos entendiéndolo?
-Creo que no todavía. Las cosas importantes no se pueden cambiar de golpe, lleva por lo menos una generación.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 01/11/2009

Marta BLANCO/Rescata a la ballena Mocha


Entrevista Nuevo libro:
Marta Blanco rescata a la ballena Mocha

Desde "una suerte de improvisación memoriosa, desde la libertad de la imaginación para desbaratar la planicie esteparia de la vida", la escritora chilena da vida a esta Memoria de ballenas , en la que convergen materiales disímiles y caóticos, "la majamama".

No se anda con chicas, Marta Blanco (Viña del Mar, 1938). Ocho años después de la publicación de La emperrada, vuelve a la novela con Memoria de ballenas (Uqbar). La memoria, el mar y la ballena Mocha son sus protagonistas. Inmensos, inabarcables, misteriosos y atemorizantes. Por si eso fuera poco, instala en el centro de su relato al lenguaje. Con él juega, lucha, se divierte, lo desafía y le saca brillo. Lo rescata. Tal como a la ballena Mocha. Tal como a la memoria. Esa memoria que guardan las abuelas de un pueblo que parece extinguido, pero que Marta Blanco se las arregla para ir a buscar en una caleta de pescadores. La caleta de Zapallar. "Cada historia es una abuela -escribe-, nunca la misma, y una es todas las abuelas cuando entra en la memoria y va contando". Así, para atrás para adelante, la memoria permite aunar las voces de abuelas centenarias y recientes, quienes cuentan la vida de los suyos y de paso van dando luces sobre la historia y los mitos de la nación.

-¿Por qué te interesó recuperar el habla popular?
-Me interesó lo coloquial, le da un tono natural a la invención (que nunca es tanta), una veracidad que muchas veces escapa de la narrativa contemporánea. Soy novelista y me ha costado mucho desenterrar las que llamo voces verdaderas, los ritmos y las palabras, sin caer en el criollismo, que ya cumplió de sobra su etapa contadora. El pueblo no es la ciudad. El pueblo no es acultural o bárbaro. Más bárbaros son los que dialogan con la complejidad que les han impuesto Freud, el cine o la televisión doblada. Eso asesinó la naturalidad. Hoy leo a cada rato textos y conversaciones que parecen traducidas. Es el quintral de la palabra, un mal que se pega y vive del lenguaje, lo deteriora y distorsiona. Y tampoco es tan claro: se me metió un ritmo, me entró la voz desposeída de su propia importancia, una voz que es a la vez un mutismo y un tono austeros y vivos. El pueblo vive en el lenguaje. Hablan como tejen. Hombres y mujeres, en las caletas, tejen. Unos, redes, otras, chalecos, pantuflas, chales. Yo tejo historias. Me acomodó contar esta novela olvidando las noticias, el imperio de la moda, las horribles palabras contemporáneas entre las que destaco "noticiero" (yo no veo noticies, veo noticias), términos como "flujo vehicular", que suena a enfermedad contagiosa, o "evento" por un hoyo en la calzada. Si se atreven a hacer esto, ¿qué de malo puede tener la majamama?

-¿En qué momento la ballena Mocha inundó tu relato?
-La Mocha entró cuando descubrí el origen del nombre de Moby Dick. Y me sentí estafada, expropiada. Es una ballena mitológica de los antiguos mapuches llamada Trempulcawe, cuya misión era llevarse a los muertos sobre el lomo a la isla Mocha. Se le pagaba con llancas, unas piedras semejantes a la turquesa que pagaban el transporte. Costaba más si llevabas a tu perro, pero era mucho más caro llevar a tu caballo. La Mocha no inundó mi relato. Ella es la inmensa depositaria de nuestra Antigüedad, la que se manifiesta aún en muchas mitologías chilenas. El mito es anterior a la historia, y aquí hay desconocimiento cabal de la historia. El mito es el Chupacabras y el Trauco, el Caleuche, la Pincoya. Agrego a doña Mocha porque siempre debió estar ahí.

-¿Compartes con el crítico Javier Edwards el calificativo de "revolucionario" para tu acto de nacionalizar la ballena Mocha y "expropiársela" a Melville?
-No sé si lo comparto. Nunca lo dije. Pero es una manera de decir que renové, espero, nuestra noción de las notables ballenas que surcaron el Pacífico desde tiempos inmemoriales. Cuenta Bouganville que en su viaje en el Astrolabio, habiendo ya cruzado el Estrecho, los rodeaban muchísimas ballenas. Casi las exterminaron los balleneros. Las estamos recuperando. Yo pienso que si recuperé a la Mocha no deja de ser revolucionario, y si la nacionalicé, mejor aún. Fue mi intención, supongo. La conté, la encontré maravillosa y, sí, pertenece a lo real maravilloso, eso que vio Carpentier en la América Hispana. Quien mire bien este continente tan mirado en menos descubrirá estas cosas. Comala y la Mocha, Macondo y la ciudad de los Césares, Caucauvilú y la Tirana...

-¿La literatura chilena estaba en deuda con la ballena blanca?
-No creo en las deudas históricas. Creo en la invención, la búsqueda de fuentes de energía renovables. Y la Mocha estaba escondida, olvidada, aunque no perdida. Fue un rescate inesperado, y me dio esa energía de lo nuevo, lo desconocido, lo improbable. Contar no es retratar. La invención es anterior a la palabra, y el lenguaje -qué invento, el lenguaje- nos da la posibilidad de contar para saber (y saber para contar).

-¿Siempre son las mujeres, las abuelas en este caso, las depositarias de la memoria?
-No soy sociólogo, no soy psicoanalista, soy novelista. Cuento desde una suerte de improvisación memoriosa, desde la libertad de la imaginación para desbaratar la planicie esteparia de la vida, para desordenar los conceptos tradicionales del amor, el desamor, el trabajo y la vida. La vida y la muerte. Con suerte, la resurrección. En la memoria hay un substituto de lo obvio, del día a día, nada mejor para curar del aburrimiento a un aburrido que agarrarlo con la imaginación y revolcarlo en esa ola de imposibles posibles. Esto no es una característica femenina. Los grandes contadores han sido hombres. La mujer, ¡ay!, tiene que luchar mucho para contar y para ser. Eso de la costilla es muy fregado. Pero, claro, las abuelas cuentan. Las abuelas tienen más cosas embutidas en la memoria y han vivido más vida. Los hombres le huyen al recuerdo. No me refiero a los escritores, naturalmente. Somos algo así como el bote salvavidas de una sociedad concreta, buena para los negocios, práctica y cotidiana. Los novelistas no son cotidianos, no andamos en línea recta. Creo.

-Dices que la ballena Mocha es asesina desde que un arponero mató a su ballenato frente a su ojo que no olvida. ¿Fue una manera de humanizar a la ballena darle memoria para guardar el dolor?
-No quise humanizar a la ballena ni ballenizar a los humanos. Hablo de la venganza, asunto inevitable entre los vivos. En cuanto al ballenato, yo creo que esa es la historia de la Gran Mocha. Así se me dio. No puedo contradecir a un personaje que se me planta delante con tanta firmeza.

-"El secreto para guardar en la memoria las vidas antiguas es hablar con el yo". ¿Ha sido también el secreto de tu literatura?
-Citas una frase que dice una abuela. Era, probablemente, analfabeta. Como escritor, la primera voz es más potente y recurrir a ella es casi inevitable si queremos contar hoy día. El pasado y el presente se funden en el tiempo y el espacio. Demos gracias a Einstein y hagamos uso de un tiempo que va y viene. Todos vivos a la vez, ¡qué gran licencia narrativa!

-En la novela hay mitos, historia con mayúscula, historias privadas, crónicas, imaginación... ¿Cómo organizaste toda esta "majamama"?
-Con mucho trabajo posterior a la escritura. Con la licencia narrativa que me obliga a la libertad. Con Rabelais y su Pantagruel, con Homero. La majamama es un término que de puro familiar es muy claro. Todos sabemos en qué consiste. Desconozco su origen y por lo tanto es mía, tuya, nuestra. Se ordena sola. Uno la estudia, mira esa recolección de frutos raros, piensa en por qué están ahí, de dónde vinieron, los acomoda, los redistribuye, los desentraña. Cuestión de ponerle el ojo encima y olvidarse del discurso de la razón. Los cinco sentidos ayudan.


Nueva revista literaria infantil

En el contexto de la Feria del Libro de Santiago, y con el título de "Había una vez" -el clásico comienzo de los cuentos infantiles-, se dará a conocer esta revista literaria orientada a niños y jóvenes, pero también a los padres, profesores, bibliotecarios y a todos los adultos interesados en incentivar la lectura entre los más jóvenes. Iniciativa única en su género dentro de Chile y segunda en Latinoamérica, la revista es fruto del arduo trabajo de un grupo de promotoras de la lectura lideradas por Rebeca Domínguez, quienes se iniciaron hace algunos años con una librería del mismo nombre.

Atractivas secciones le dan vida a esta publicación, en la que es posible encontrar "Datos Lectores", con noticias relacionadas con el tema, como la pronta realización en Chile del Primer Congreso Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil; o "Novedades", con breves reseñas de libros.

Asimismo, destacan en este primer número una entrevista a Antonio Skármeta en la cual el escritor chileno reflexiona acerca de la vertiente infantil dentro de su obra, y una ponencia de Ana María Machado (novelista brasileña) respecto de la literatura juvenil y sus desafíos en la actualidad. También se incluyen columnas del crítico literario Javier Edwards y de la psicóloga Mónica Larraín, así como "Recomendados", un apartado con títulos sugeridos por académicos y escritores.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 01/11/2009