dimanche 11 février 2007

Alberto RUY SÁNCHEZ/Palabras para morder entre Amantes



PALABRAS PARA MORDER ENTRE AMANTES
Por Alberto Ruy Sánchez

Llegó ese momento en que los amantes tienen ya los labios adoloridos de comerse uno al otro. Y hasta el viento que los toca enciende de nuevo sus sensaciones. A esa hora más que a ninguna, las palabras pueden ser bravos detonantes y, en apariencia desde la nada: desde el aire que cabe en sus vocales, pueden avivar una y otra vez el fuego de la sangre. Porque los amantes son frágiles como papel ante el roce ardiente de ciertas palabras. Los amantes se miran con los dedos, pero se dibujan y se tocan con la boca. Los amantes se escuchan incluso a través de sus silencios. Los amantes se describen, se reinventan, acuñan términos que en sus labios lucen nuevos. La palabra de un amante es una cosa, un objeto de aire que de pronto se aviva y late a la temperatura y al ritmo del cuerpo.

Y entonces, de la mesa que pausadamente compartieron antes del primer beso, donde habían desatado su apetito de conversación y dado gusto a lenguas y paladares; de la mesa donde horas atrás llevaron un solo fruto a sus dos bocas, tomaron la palabra azafrán y la convirtieron en un instrumento más para acariciarse.
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Azafrán: un diminuto placer dedicado al paladar y que alguna vez fue indisoluble de la belleza de la Alhambra. Dos dimensiones de una misma cultura de los sentidos, la del antiguo Al-Andalús, donde se pronunciaba Zaffaraán. Porque el azafrán, con sus filamentos curvos, es un arabesco cuyo trazo comienza en una flor y se extiende en la boca.
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Los labios y los dedos se les tiñeron de ese sonido amarillento y rojizo. Y montados en una oleada de besos diminutos los amantes se aplicaron también pequeñísimos pellizcos, tal como habían visto que en el campo tratan a la orgullosa flor morada de la que se arrancan con los dedos tres pistilos cuyo estigma es el verdadero oro rojo: el azafrán. Apenas tres hilos de cada flor. Y como se requieren miles para tener unos cuantos gramos, los amantes se pellizcaron en esa proporción.
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Azafrán era y es el nombre de un tesoro. Pero también un conocido veneno si se le toma con exceso. El más caro y difícil de los venenos. Aunque dicen que también el más placentero: el azafrán se apodera de los sentidos de los amantes y los ilumina como si llevaran un sol adentro. Luego toma la cabeza y muy poco después todo el cuerpo. No los hace alucinar ni los tortura, sólo les da un placer excesivo. Hasta sus miradas tomaron de la palabra azafrán un tono más encendido. Y por donde los ojos, los dedos y los labios pasaban sobre el cuerpo amado y desnudo iban dejando una especie de tatuaje fugaz, de huella amarilla o naranja, visible tan sólo a los amantes por un instante meticulosamente demorado. Comenzaron a sentirse teñidos del deseo ardiente del otro y uno de ellos finalmente lo confesó con todos sus colores: “Tu voz me hace sentirme azafranado”. Estaban trazando, con la palabra elegida, un nuevo mapa amoroso en sus sentidos, una sorpresiva geografía del deseo. Y así siguieron abriendo y explorando “la ruta del azafrán” sobre sus cuerpos.
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De la misma mesa tomaron poco después la palabra aceite. Uno de los amantes, la sonriente Jassiba, la propuso pronunciándola con un desliz que sacaba a flote el conocido origen árabe de esa voz: azzayt. No todo mundo sabe que es una de las miles de palabras que el español tomó del árabe. Se escriben diferente pero en la boca saben igual en las dos lenguas. Y al decirla, Jassiba hacía pensar en una pequeña jarra de pico inclinándose muy lentamente. La palabra se extendió densa y líquida, ligada y suave. De sus sílabas se desprendió un aroma que llenó el aire: envolvía sin ser dulce y atacaba a la lengua sin ser salado. Aceite.
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Decidieron entonces hacer más intensa y rara esa sensación y pensaron inmediatamente en un tipo especial de aceite: el que se obtiene del fruto del argano. Un árbol que crece a la entrada del Sahara. Es relativamente pequeño, casi arbusto, pero de raíces muy profundas. Es una planta muy verde encendida entre los ocres del desierto y que da a las tierras áridas del norte de África uno más de sus misterios. Es pariente lejano del huizache y del mezquite que pueblan a su manera los desiertos del norte de México. Son plantas muy antiguas que los científicos llaman “Voraces” o “Derrochadoras”, porque sus raíces crecen más rápido que sus follajes y pueden ser veinte veces más grandes que sus troncos y sus ramas. Los amantes piensan que así quieren crecer uno dentro del otro, con voracidad veinte veces desmedida. Con sed veloz en sus venas más ocultas y los dos vueltos aceite derrochado al final del día.
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El aceite de argano es un poco más oscuro y amarillo que el del olivo. Huele y sabe a ese tipo de nuez que llaman “del paraíso”, dejando una sensación perfumada que corre veloz dentro de la boca y se aloja inconfundible en la parte de atrás del paladar. En algunas tribus nómadas se considera que este aceite es afrodisiaco. Que instala inmediatamente en quien lo prueba un decidido ánimo de amar. Aceite oásis, aceite paraíso.
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Ya para entonces los amantes sentían que la palabra aceite daba a los labios más que un sabor, una segunda piel casi transparente, casi líquida; una parte ligerísima de la boca que podía quedarse donde se pusiera el beso.
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Aceite bajó con todas sus vocales por la piel del cuello. Montó en los músculos del pecho, rodeó las aureolas granuladas. Suavizó y endureció al mismo tiempo todas esas partes contradictorias y desbocadas que se embriagan con el tacto.
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Aceite hace que las manos naveguen como si llevaran viento. Y hace que la piel se sienta ya tocada hasta por lo que aún no se acerca: aliento, lluvia, presencia. Aceite adormila y hunde. Provoca desde muy adentro. Aceite alborota el hambre más oscura de los cuerpos.
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Desde ese letargo escurridizo, con los labios cada vez más sensibles, Jassiba entreabrió los ojos y lanzó lentamente la mirada más allá de la mesa: voló sobre el plato pequeño de cerámica azul con los hilos de azafrán, sobre la jarrita de aceite y su gota en el pico, sobre los restos de pan y las copas manchadas de vino. Clavó la mirada en la fuente que cantaba en voz muy baja sobre el muro. Y la escuchó atentamente con los ojos. De esa visión húmeda brotó en sus labios, clara y fresca como el agua, la palabra zelije, o azulejo. El nombre de esa laja de cerámica fina y vidriada que recubría todos los muros.
Los amantes se dieron cuenta de que cientos de azulejos los rodeaban dibujando un universo geométrico que los vestía con sus reflejos de colores y a la vez los pintaba desnudos. Era como verse distorsionados en un espejo impresionista. El cuarto, el patio, la fuente, las columnas, eran como un solo cuerpo sensible del cual ellos formaban ahora parte. Un cuerpo hecho de luz y colores: piel de azulejos. Un arreglo armonioso de formas que iba del mundo hacia ellos y de ellos al mundo.
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Hacía mucho calor y esa piel fresca que ahora se descubrían los despertaba a la contemplación de su nueva consistencia. Volvían a enamorarse de la composición maravillosa que, para cada uno de ellos, su persona amada enfrente iba siendo. Zelijes eran sus manos, que sonaban a rasgadura del aire mientras se movían. Azulejos sus ojos reflejando sus sonrisas. Sus uñas, zelijes bravos hincándose en la espalda con un grito.Cada una de las partes de sus cuerpos se convertía en una forma geométrica distinta que encajaba con otras, como las piezas de azulejo sobre el muro de la fuente, y creaban un cuadro abstracto perfecto donde todo invitaba a una búsqueda profunda de uno en el otro: y la mirada así adquirida podía viajar de pronto hacia adentro tocando con avidez la frágil sustancia de lo invisible. La palabra azulejo los transformó en geometría enamorada.
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Y así, demorándose en el peso de cada palabra que les venía a la boca, reconociendo su amplitud con todos los sentidos, haciéndolas durar en sus cuerpos, llegaron a ese momento en el que una de esas palabras invocadas de pronto pareció estar más tatuada que las otras, más llena de significados y de misterios. Y esa palabra creció tanto entre sus manos que se les escapó inevitablemente entre los dedos. Era de agua, de humo, de luz, de tiempo. Era la palabra Mogador.
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Alguna otra idea, no sé exactamente cuál, les hizo pensar en ella y la pronunciaron por azar casi simultáneamente. Por diferentes caminos llegaron ahí como si fuera una parte del cuerpo deseado que los amantes nunca pueden evitar.
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Era el nombre del puerto donde Jassiba nació. Y ella pensó, entre otras cosas, que Mogador era la suma de las palabras que los amantes habían venido nutriendo: aceite, azafrán, azulejo. Palabras sonámbulas si las había.
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Como un fantasma vinieron a sus ojos las murallas de Mogador, teñidas ahora del color del azafrán sobre la cara que da al océano. Como otros fantasmas sonámbulos vinieron los grupos esporádicos de arganos que, más allá de las murallas, como un collar boscoso, son una especie de muralla vegetal que une y separa a Mogador de ese otro mar que es el desierto. Y vinieron finalmente a la mente de Jassiba, también como fantasmas dormidos y detrás de vapores muy calientes, los muros de azulejos del baño público, el hammam, que en Mogador es centro ritual de casi todas las cosas del cuerpo.
Al amante de Jassiba la palabra Mogador le vino de golpe como un enorme misterio. Como nunca había estado ahí no podía entender fácilmente la fascinación de su amada por su ciudad y laberinto. Aunque en sus arranques sonámbulos le había dicho a Jassiba que tenía la sensación de visitar Mogador mientras hacía el amor con ella. Ahora, desnudo entre azafrán, aceite y azulejos, cuando pensó en Mogador se llenó de preguntas y algunas imágenes difusas. ¿Pero de verdad existe Mogador o, como aseguran algunos, es el nombre de una mujer descrita como un puerto? ¿Por qué dicen que ella siempre seduce pero nunca se le posee completamente? ¿Por qué se habla de ella con asombro? ¿Por qué le dicen la ciudad del deseo? ¿Es cierto que allá cuentan de nueve en nueve porque el diez les parece muy antipático?
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Y entonces, esa tarde al borde del mar, mientras el cielo se teñía lentamente de un color púrpura brillante, Jassiba, jardinera mayor de Mogador, comenzó a contarle a su amante, con palabras sonámbulas, las cosas que sabía de su ciudad.
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Aunque no lo mencionó en ese momento, el color del atardecer le recordó el origen remoto de la ciudad, cuando las islas que tiene enfrente se llamaron Purpurinas. Porque las cosas mogadorianas comenzaron a escribirse desde una época muy lejana, varios siglos antes de nuestra era, cuando los fenicios inventaron una escritura, un alfabeto y se establecieron en la isla atlántica de Mogador. Por eso algunos poetas dicen que Mogador tiene la edad de la escritura, que la ciudad con sus murallas es una letra adicional del primer alfabeto, una que se quedó flotando en el horizonte o a la deriva.
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El alfabeto de Fenicia, unificador y práctico, se extendió a todo lo que entonces era su mundo. Y después marcó tanto al alfabeto griego como al latino y al hebreo. Es el puerto fenicio más alejado de Cartago hacia el oeste que los arqueólogos han podido comprobar. Varias piezas bellísimas de cerámica encontradas en excavaciones recientes lo demuestran. Y llevan escrita en su superficie, con caracteres púnicos, es decir fenicios, algunas de las cosas mogadorianas que, asombrosamente, todavía se pueden oír en la Plaza Mayor de Mogador, también conocida como Plaza del Caracol.
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Con un caracol que crece en sus costas comenzó a escribirse en el mundo la fortuna de esta ciudad. El Caracol Púrpura secreta un líquido que, antes de la invención de los tintes artificiales, se usaba para teñir las telas más valiosas del mundo. Así, además de la belleza del lugar, los fenicios encontraron en esa y otras isla vecinas, que llamaron también Purpurinas, un tinte natural que era en ese tiempo veinte veces más valioso que el oro, según testimonio de Aristóteles. Durante muchos siglos sólo los emperadores podían vestir túnicas color púrpura. Dicen que una inmensa bandera de ese color ondeaba en la más antigua muralla del puerto y que era un lujo extravagante y desmesurado.Varios siglos después los romanos hicieron circular en su imperio un libro cuyas escasas copias eran tan usadas y pasaron por tantas manos que desgraciadamente no se conserva ninguna. Lo llamaron De Mogadoriana, que quiere decir justamente De las cosas de Mogador. Se supone que ese libro, también conocido alguna vez como Tratado del asombro, fue una influencia fundamental en la obra de Lucius Apuleius, ese romano del norte de África que viajó sin parar y que significativamente se estableció en Cartago. Es el autor de dos libros muy mogadorianos: Discurso de la magia y sobre todo las Metamorfosis o El asno de Oro. Historia que a su vez se considera una de las influencias que más de mil años después tuvieron tanto Cervantes como Bocaccio. Podemos decir entonces que hay un ligero polvo de Mogador en la imaginación de ambos autores.
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Jassiba, que de esos polvos llevaba en el cuerpo una buena duna, conocía como nadie el trayecto púrpura de su ciudad ya que de niña había ordeñado a los caracoles purpurinos de sus costas. Mientras veía sus manos teñidas de nuevo, esta vez por la luz del atardecer, comenzó a hilvanar para su amante las cuentas de su historia. El collar de las cosas mogadorianas que llevaba a flor de piel. Son cosas de aire, le dijo: ideas, creencias rápidas, repetidas en voz alta a lo largo de los días y repetidas luego en sueños a lo largo de las noches. Cosas que adquieren mejor consistencia en ese momento intermedio cuando ni se duerme ni se despierta. Cosas que son como luz demorada sobre piel oscura: música en los pliegues del cuerpo. Cosas que tarde o temprano se vuelven canciones, mitos, imprecisiones obstinadas, leyendas, poemas del asombro, cuentos que se contradicen o se complementan. Y uno que otro intento de hipótesis científica, igualmente discutible, por supuesto. Cosas que alguna vez formaron un libro. Pero de tanto o tan poco que le atribuyen a estas cosas se olvida que son lo que cada quien va haciendo de ellas: son como piedras en el río pulidas por el agua de nuestras manos.
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Los nueve temas de estas cosas se han impuesto entre los mogadorianos de afuera y adentro de las murallas: De la aparición de Mogador no dejan de decirse cosas muy distintas y contradictorias. Todas probables o probadas, pero muy sanamente dudables o ya dudadas. Cosas como las que se dicen de la enigmática e indescriptible forma anatómica, supuestamente invisible pero omnipresente, que adquiere el sexo en esa caprichosa ciudad nueve veces amurallada. Lentas o rápidas maneras de vivir el tiempo dentro del tiempo dentro del tiempo; de escribir la historia con las nubes; de convertir el viento en luz; de escuchar con los ojos y con las manos y mirar con los oídos, los obstinados dictados de la piel. Cosas que corren indomables y desbocadas dentro de los libros en las bibliotecas como en una pradera. Son cosas que van de boca en boca pero siempre retomando la forma espiral de las calles del puerto.
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Juntas, estas nueve por nueve cosas inciertas que se dicen de Mogador (y algunas otras) nos muestran, tal vez, un tipo de verdad: explican cómo y cuánto ha crecido en los sueños y en la vigilia de quienes la conocen o la intuyen, esa realidad sonámbula, conocida como “la ciudad del deseo”, sólidamente afincada ya en más de un cuerpo. Mientras las lees o las escuchas (porque tal parece que muchas de ellas han sido contadas o son cantadas en la Plaza Mayor del puerto) permite que algunas crezcan y palpiten en tu cuerpo. Que estas cosas en ti se multipliquen como lo hacen en el cuerpo de Mogador. Porque son como semillas inquietas: Frutos desconocidos que embrujan los paladares, raíces obstinadas, rizomas rebeldes, piedras sedientas de un río seco, peces dormidos a contracorriente pero que siguen avanzando, aves que anidan y vuelan muy cerca de las olas, son brillo viajero de astros desaparecidos, ecos muy graves de sonidos muy agudos, profundos quejidos de amantes, antiguas y nuevas avalanchas, huellas en la arena que el viento pisa y pisa hasta desvanecerlas, imágenes contadas por testigos apasionados pero sabiamente llenos de dudas, son los ruidos del sexo de las cosas que crecen hasta ser murmullos y se van articulando hasta convertirse en rumores: son palabras, estas palabras.

I. DE LA APARICIÓN DE MOGADOR
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1. Dicen que la ciudad de Mogador no existe, que la llevamos dentro.
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2. Pero otros dicen que sí existe y que, justamente, la llevamos dentro.
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3. Otros, con apariencia de saber mucho más, lo cual siempre crea cierta desconfianza, afirman que Mogador existe también sobre la costa Atlántica del norte de África, disfrazada sólo desde hace algunas décadas bajo un nombre árabe al que algunos atribuyen poderes mágicos: Essaouira. Que se debe pronunciar muy rápido, como si las vocales casi no existieran en esta palabra que siempre suena sorpresiva: “SsueiRA”. Nombre veloz y silbante al que se dan tres significados: la bien trazada, la de las murallas pequeñas, la ciudad del deseo.
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4. Sobre el primer significado de Mogador-Essaouira, “la bien trazada”, se dice que el laberinto caligráfico que dibujan sus calles es otra palabra mágica, perfecta en su dibujo geométrico pero impronunciable por boca humana. Una palabra divina que sólo desde las alturas del cielo se lee y se entiende. Desde la tierra sólo se obedece, como al destino, como a la atracción de los planetas o a los llamados de la carne.
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5. Sobre el segundo significado de la palabra Essaouira, “la de las murallas pequeñas”, me parece indispensable contradecirlo para señalar claramente que sus murallas no son tan pequeñas. Desde el desierto o desde el mar se ven como gigantes desafiando a las olas. Pero abrazan y aprietan con tanta firmeza y dulzura protectora a su ciudad que reducen y alivian las preocupaciones exageradas o las angustias de sus habitantes. Facilitan, por tanto, el goce en sus calles, en sus casas. De ahí esta otra explicación escuchada con frecuencia: cuando se dice que sus murallas son pequeñas no se habla de su tamaño sino del cariño que se les tiene. Se está usando un diminutivo afectuoso para nombrarlas.
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6. Por muchas razones y sinrazones le dicen también “la ciudad del deseo”. Se piensa que fue inventada por marinos deseosos de un puerto que los acogiera con calma. O que la crearon los que navegan el otro mar de Mogador, el de arena: los caravaneros que cruzan el Sahara anhelando también lugar de arribo y temporal recogimiento. Así, de ambos modos estuvo dentro de la cabeza y todo el cuerpo de navegantes de sal y arena mucho antes de estar donde la vemos actualmente. Incluso ahora, cada vez que alguien va hacia ella, en su larga travesía de agua o de dunas, siempre la reinventa.
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7. Dicen que antes de verla desde el mar, con sus murallas resplandecientes, picoteadas del brillo de la sal, uno la reconoce inmediatamente a flor de piel porque es una ciudad que nos toca. A veces lo hace con cierta brusquedad; casi siempre con una presencia firme y delicada sobre todos los sentidos. El golpe de asombro nos pega luego tanto en los ojos como en todo el resto del cuerpo. No más y no menos fuerte por dentro que por fuera.
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8. Dicen que al mirarla uno no puede evitar apasionarse por ella y, de paso, enamorarse con terrible fijeza de quien se tenga cerca. Que las parejas surgidas así nunca pelean ni pueden separarse ni saben lo que es un desencuentro amoroso. Descubrir a Mogador es un ritual compenetrante.
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9. Pero otros dicen que sólo pueden verla, y muy a lo lejos, quienes ya estén terriblemente enamorados o al menos sientan que la urgencia de un deseo los desborda, los quema. Dicen que en una lengua muy antigua del desierto la palabra Mogador significa “lugar donde aparece el destino”: donde se hace visible de pronto el sentido de la vida porque toma el cuerpo de un deseo ardiente por una persona. Una caligrafía más o menos indescifrable, que las mujeres de Mogador se hacen sobre el pubis, dicen, da cuenta de este pequeño incendio que ha consumido o transformado algunas vidas amorosas. Así aparece Mogador, detrás de la llama.
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II. DE LA ESPIRAL Y SUS CONSECUENCIAS
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10. Tal vez quien lee esto contando los pasos de su mirada ya se habrá dado cuenta. Pero tal vez lo sabía de antemano: en Mogador nadie cuenta de diez en diez sino de nueve en nueve. Y aunque conocen el cero no lo ejercen con prisa, lo dejan pasar por delante en silencio. Les gusta el círculo incompleto, el que comienza de nuevo hacia adentro antes de cerrarse: la espiral, que es el dibujo original del tan arábigo nueve.
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11. Dicen que la línea de la vida y el deseo crecen y avanzan aquí con más naturalidad en forma de espiral: esa línea interminable, lenta, indecisa, siempre comenzando de nuevo. Y no se piensa de ninguna manera que la vida sea esa cima escalable con la cual se le representa con frecuencia en otras ciudades y culturas. La cúspide única de poder y riqueza, el clímax, el éxito ascendente, la fama mayor, no gozan de ningún prestigio en Mogador. Todo lo contrario: de quien vive el espejismo de haber ascendido se dice que “se cayó hacia arriba”.
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12. Dicen que cuando la gente de Mogador habla, también lo hace en forma de espiral y de esa manera se acerca o se aleja de lo que quiere decir: muy lentamente y dándole la vuelta. Que de la misma manera avanzan los mogadorianos hacia las cosas y por eso han trazado sus calles reproduciendo ese recorrido espiral que ya está en su naturaleza.
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13. Que al centro de la espiral está la Plaza del Caracol, donde se entretejen y anudan definitivamente todas las historias, todos los destinos, todas las religiones, todas las virtudes y todos los defectos, todos los amores y todos los deseos. Todos esos hilos de vida viajan invisibles en el viento hacia la Plaza. Y a cada uno de nosotros corresponde, poco a poco y a pesar de todas las dificultades, irlos descifrando o por lo menos ir reconociendo los que nos marcan y orientan.
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14. Y como prueba de la existencia enroscada de lo invisible en la Plaza del Caracol, corazón palpitante de Mogador, de pronto, a ciertas horas reinan en ella los remolinos. Hasta el viento tiene en la espiral una forma de esplendor demorado.
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15. Dicen que hasta en los procedimientos del comercio los habitantes de Mogador siguen esta regla concéntrica, no escrita, que todo lo vuelve lenta espiral. Y lo hacen también en la política, aparentemente indirecta y esquiva. Y hasta en las tácticas militares defensivas y ofensivas cuyo principio es aquí el de los castillos concéntricos que devoran con hambre al enemigo.
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16. Y por supuesto, en el amor de todo tipo reina la espiral. Por ejemplo, nadie busca el orgasmo, esa otra desprestigiada cima, y por eso se le encuentra varias veces en cada viaje: cuando los amantes se embarcan uno en el otro hacia un centro siempre lejano y, paradójicamente, siempre presente, alcanzado. Dicen que los mogadorianos hacen el amor pensando que recorren las calles de su ciudad. Así se tardan más y siempre juegan a que se extravían. La palabra que se usa para describir a alguien que “camina a la deriva”, con el tiempo se ha vuelto sinónimo de “hacer el amor”. Y dicen que nunca es igual un paseo concéntrico: siempre algo inusitado sorprende a los amantes. El asombro amoroso está en la naturaleza de la espiral y del deseo.
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17. Dicen que este procedimiento espiral incluye el amor a sus dioses. A los que se llega penetrando moradas que encierran nuevas moradas. Hacia las cuales nunca se debe avanzar en línea recta: es inútil. Y que, a los dioses y a los amantes de Mogador se llega de manera similar: consumiéndose lentamente en los anillos de su fuego.
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18. Dicen que los pescadores de este puerto lanzan sus redes en forma de espiral creando con ellas un laberinto submarino donde los peces se extravían y deambulan desorientados hasta que, más enredados en sus sueños que en los hilos tejidos, llegan a desear ser atrapados. En Mogador se tiene la certeza de que los peces deseantes tienen mejor sabor que los peces acorralados. Cuando han sido sacados del mar de manera ortodoxa, las mujeres detectan en los pescados un extravío en los ojos y un sabor que llaman “de pez angustiado”. Paradójicamente, o tal vez por la redondez de la tierra girando, los mogadorianos son reconocidos como muy buenos, incluso notables navegantes. Saben que en este mundo, lleno de agua y aire y fuego, la línea más directa entre dos puntos sobre la tierra nunca es una recta.
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III. DEL TIEMPO EN MOGADOR
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19. Dicen que según los cálculos de los más antiguos astrónomos africanos, el sol desacelera su paso cuando está sobre Mogador permaneciendo unos instantes más que en cualquier otro lugar del planeta. Por eso aquí el tiempo se mide de una manera demorada, y las cosas parecen diferentes, puestas con cierta dolorosa intensidad en el mundo.
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20. Que el tiempo en Mogador, por correr distinto bajo el sol que a la sombra, y aún con mayor diferencia de día o de noche, nos permite encontrar ancianos muy infantiles y bebés muy sabios; amantes minuciosos que logran acariciar profunda y efectivamente a cuerpos enteros en un parpadeo y besos que duran toda la vida de los enamorados.
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21. Que aquí hasta dentro de los relojes la arena cae de otra manera. A veces muy rápida y otras obviamente contenida. Se cree que los relojes de arena llevan un viento interno que ordena el movimiento de sus pequeñas dunas. Y que los amantes sabiamente demorados adquieren y desarrollan por dentro un viento similar que guía todos los desplazamientos de su cuerpo. Pero que muy especialmente da ritmo a su precipitación sobre el cuerpo amado.
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22. En Mogador se considera que el corazón es el reloj más preciso o por lo menos el más respetado. Y no sólo por su constancia sino por su sensibilidad tan capaz de distinguir la diferencia profunda de cada momento: es un reloj que se enamora, que se asusta, que se conmueve. Sus sobresaltos se vuelven fechas de la vida compartida por más de dos y algunas veces por todos. La historia de esta ciudad es medida por corazones alterados. El ritmo de la sangre en las venas, lo que un poeta llamó “la música del cuerpo”, es algo así como el himno nacional de los mogadorianos. Y haciendo el amor con el corazón muy alterado es como mejor se le interpreta y se le canta. Tanto así que, en los actos oficiales, los extranjeros se asustan al oír a los más patriotas mogadorianos casi gemir su himno distintivo con un entusiasmo más amoroso que guerrero.
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23. Otro reloj muy respetado en Mogador es el mar con su conmovedora insistencia. Las olas van y vienen sobre las murallas sembrando en la ciudad una terca sensación de ritmo constante que todo lo toca. La humedad de la piel, de la ropa, de los rincones, de los libros y hasta del aire es aquí una clara medida del tiempo. En Mogador el tiempo es líquido. Afirman que calma la sed y ayuda a los amantes en sus penetraciones. “Al amor, dale tiempo”, es algo que se oye con frecuencia mientras se hace el gesto de untarse algo. Y se acompaña todo eso con una lenta sonrisa.
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24. Los péndulos del ancho reloj del mar son entonces las olas y las mareas. Los amantes en Mogador reconocen que su ciudad crece dentro de ese amplio reloj de sal y tratan de acariciar los vientres y las espaldas deseados como acariciaría un oleaje. Y entran unos en otros como mareas obedeciendo a la luna, plegándose con entusiasmo al tiempo magnético de los astros. Amar es aquí medir el tiempo. “Déjame tocar tu tiempo con las manos”, es una frase común, aunque algo desesperada, que se usa para pedir la intimidad que tanto se anhela. Pero si alguien aquí le dice con brusquedad a su amante “dame tiempo”, se considera que ejerce abiertamente la pornografía. Es insulto para algunos mientras que para otros es muy excitante. El tiempo en Mogador a nadie deja indiferente.
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25. Otra manera de medir el tiempo en Mogador es cantando y bailando. El corazón es un tambor profundo o, si se prefiere, unas castañuelas muy escondidas bajo la piel. Es una especie de guitarra ritual: gambri de cuerdas como arterias. El tiempo baila en las venas de los amantes y aumenta su volumen cuando la sangre incontenible llena a oleadas sus órganos sexuales. Y late y late reinventando el ritmo de la clave (un, dos, tres/un-dos). Se baila para medir el tiempo disperso, para encontrarlo en el cuerpo de los otros como en un espejo roto. Y, si todo se hace con cierta gracia y con destreza, se llega a ese momento en el que el tiempo de uno está dentro del tiempo del otro. Y se dice que un reloj está dentro de otro reloj cuando los amantes están unidos y suenan juntos y persiguen sus latidos, como bailando. Pero cuidado: cuando coinciden con precisión absoluta ocupando el mismo trozo de tiempo, no es bueno. El tiempo entonces se detiene, como en las crisis severas de taquicardia.
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26. En las plazas de Mogador se cuenta cada día la historia de una pareja clandestina que comenzó a hacer el amor de una manera excesivamente precipitada abajo de una vieja escalera del mercado, a la sombra de un muro efímero de sacos de harina. Y cuando, con prisa y desgano de separarse, la pareja terminó su “rapidito” habían pasado más de veintisiete años. Sus respectivos esposos se habían vuelto a casar. Sus hijos habían emigrado. La harina que los protegía se había vuelto panes sin que ellos se dieran cuenta y sin que fueran descubiertos. “Sucedió lo evidente —dice el contador de historias de la Plaza del Caracol— y no es la primera vez que en Mogador acontece: la excesiva impaciencia de los que se desean incendia la superficie del tiempo, que como todos saben es de seda, y los amantes caen en uno de los abismos del calendario. El mismo tipo de abismo del tiempo que nos hace sentir siempre, mientras hacemos el amor, que sólo nuestro amor es eterno”.
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27. Dicen, con rítmica insistencia, que el tiempo en Mogador es otra entrada al cuerpo: un sexo abierto y profundo, una noche larga y buena, un apetecible misterio. Una aparición.
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Ruy Sánchez. Otros libros sobre Mogador son: Los labios del agua y Los jardines secretos de Mogador, ambos publicados por Alfaguara.

Articulo:
www.eluniversal.mx.com – Confabulario.
Ilustracion: Claude FAUVILLE

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