dimanche 11 février 2007

Alicia DUJOVNE ORTIZ/ Felisberto HERNÁNDEZ - El purgatorio de un escritor “raro”


El purgatorio de un escritor “raro”
Por Alicia Dujovne Ortiz

Felisberto Hernández nació en Montevideo en 1902 y murió en esa misma ciudad en 1964. Su padre, constructor, se metía en cama cuando tenía algún problema urgente que resolver. La vida del pequeño Felisberto giró alrededor de su madre, apodada Calita, con la que tuvo una relación de intenso cariño, de su hermano Ismael, de su abuela y de una tía querida si bien algo terrible.
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Estudió piano desde chico, primero con la señorita Celina que figura en su cuento "El caballo perdido", después con Clemente Colling, un prodigioso ciego al que retrata en otro de sus relatos. En su juventud se inclinó por su primera vocación: la música. Pero excepción hecha de algunos conciertos montevideanos bastante exitosos, se vio obligado a ganarse la vida como pianista de "mala música" en bares de provincia y polvorientas salas de cine. Sus giras por pueblitos uruguayos y argentinos, su eterna pobreza pegada a sus talones que lo destinaba a vivir en hoteluchos misérrimos le dieron material para varios cuentos.
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Se casó cuatro veces, con María Isabel Guerra, con Amalia Nieto, con "María Luisa" Las Heras y con Reina Reyes. De sus dos primeras esposas tuvo dos hijas de las que no pudo ocuparse. Su relación con la poeta Paulina Medeiros se prolongó a lo largo de varios años. Sus primeras obras publicadas se gruparon bajo un título elocuente: Los libros sin tapas, así llamados porque, en efecto, no las tenían. Más adelante vinieron sus cuentos fundamentales, "Las Hortensias", "Nadie encendía las lámparas", "Menos Julia", "La casa inundada", "El cocodrilo", "Ursula", "Diario del sinvergüenza".
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Era a la vez un solitario excéntrico, un conversador irónico que utilizaba la gracia como escudo para proteger su intimidad, y un muchacho afectuoso rodeado de amigos que lo apoyaban y de personalidades uruguayas, como el maestro José Pedro Bellán y el doctor Carlos Vaz Ferreira, que sostuvieron su obra. El encuentro con Jules Supervielle en 1943 resultó decisivo.
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El poeta franco-uruguayo ya famoso lo "descubrió", le prodigó sus consejos literarios y en 1947 le consiguió una beca de la Embajada francesa, gracias a la que Felisberto vivió en París durante dos años.
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Fue allí donde conoció a Africa Las Heras, agente soviética. Presentado por Supervielle en el Pen Club y en la Sorbona, logró llamar la atención de Roger Caillois, de quien Borges decía: "Soy un invento suyo". Pero aunque Caillois manifestara públicamente que Felisberto Hernández era "el escritor más original de América del Sur", el espaldarazo no bastó para "inventar" definitivamente al uruguayo, que nunca tuvo aptitudes para promocionarse ni dinero para la vida social.
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De regreso en Montevideo y con el paso del tiempo, Felisberto se fue encerrando cada vez más, al principio en su casa, después en un sótano del que se negó a salir. Cuando murió, había engordado tanto que su cuerpo inflado y violeta no entró en el ataúd.
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Aparte de Supervielle y de Roger Caillois, dos grandes escritores han afirmado que Felisberto Hernández es uno de los más notables maestros de la literatura latinoamericana. El primero es Julio Cortazár, que lo comparó con alguien tan fascinante y tan difícil como él: el cubano José Lezama Lima. El segundo es Italo Calvino, que no apreciaba en lo más mínimo a los autores del boom, pero que colocó a Felisberto en un sitio de honor.
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Desaparecido de las librerías porteñas, Felisberto atraviesa en la actualidad por ese momento post mórtem, a veces extenso, durante el cual sabemos lejanamente que un autor no leído tiene importancia. ¿Pero qué significa estar en el Purgatorio de los "raros", sino que el Paraíso está cerca?
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Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 11/02/2007

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