dimanche 25 février 2007

Alvaro MATUS/ Antonio di BENEDETTO - El maestro del absurdo




Cuentos completos de Antonio di Benedetto
El maestro del absurdo
Por Alvaro Matus

La precariedad, angustia y soledad del ser humano atraviesan la obra de este narrador argentino cuya variedad de tonos y estilos resulta impresionante: del texto fantástico pasa al histórico, y del relato sicológico se salta al realismo objetivo. No en vano fue elogiado por Cortázar, Borges, Saer y Bolaño.

Fue una sorpresa. Y una revelación. En una de sus clásicas entrevistas llenas de referencias a escritores extraños, ocultos, míticos, Roberto Bolaño contaba que Luis Antonio Sensini, el protagonista del primer cuento de Llamadas telefónicas, en realidad no se llamaba Luis Antonio Sensini. Con un dejo de tristeza en la voz, Bolaño develaba la verdadera identidad de ese autor argentino que, exiliado en Madrid a comienzos de los 80, competía igual que él en cuanto concurso literario se cruzara por su camino. Se trataba de Antonio di Benedetto, autor de una novela de culto - Zama- y de varios relatos, entre claustrofóbicos y fantásticos, que se habían convertido en lectura frecuente del escritor chileno. El cuento de Bolaño se centraba en la picaresca de los premios literarios de provincia, pero lograba despertar la curiosidad sobre este personaje poco más joven que Cortázar, Bioy y Sabato, que gozó de cierto prestigio en su país pero que luego de ser detenido por la dictadura de Videla, vivía o malvivía gracias a unas pocas colaboraciones periodísticas, vagos trabajos editoriales y, sobre todo, al dinero que obtenía de certámenes literarios de segunda, tercera, cuarta categoría.
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Ahora que la editorial Adriana Hidalgo concluye el rescate de toda su obra con la publicación de Cuentos completos, la figura de Antonio di Benedetto (1922-1986) se vuelve todavía más misteriosa, atrevida, insoslayable. En palabras de Juan José Saer, "sus grandes textos son un archipiélago singular en la geografía a decir verdad bastante banal de la narrativa en lengua castellana. Entre tantos mamotretos demostrativos y tantas agachadas supuestamente vanguardistas, la prosa lacónica de Di Benedetto, construida con una tensión que no cede ni un solo instante, demuestra una vez más, aunque haya que recordarlo a menudo, que el arte del relato nace siempre de una conjunción de rigor, de inteligencia y de gracia".
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Son pocos los escritores que irrumpen con un estilo tan definido y personal como Di Benedetto. Mundo animal fue publicado en 1953 por una pequeña editorial de Mendoza, ciudad natal del autor, e inmediatamente llamó la atención la ausencia de todo costumbrismo, la fuerza de las imágenes y el horror psicológico que transmitían ciertos relatos. Di Benedetto tenía 31 años, hacía tiempo que había abandonado los estudios de leyes y trabajaba a jornada completa como periodista del diario Los Andes. Para él, estos primeros cuentos eran "ordenamientos del sueño", imágenes en las que la distorsión juega con la lógica y que "pasaba a limpio en las horas puras, las del amanecer".
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"Es superable" cuenta la historia de una vaca que después de pasar por el matadero se transforma en un prisionero, en un hombre que no sabe qué falta cometió ni por qué es víctima de un proceso oscuro y tenebroso: "Antes mugía; fui demasiado bovino. Pero existía. Ahora también existo; pero pienso. Y no puedo entender si la angustia me viene de pensar o si es que hace falta angustia para poder pensar", comenta el narrador, antes de que un incendio convierta su jaula en horno, y a él en pan. Convertido en migajas dispersas sobre el asfalto, lo espera posiblemente "otra muerte, alada", que por supuesto el individuo acepta con resignación.
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Independiente de la atmósfera onírica que tiñe los relatos de Mundo animal, aquí ya están presentes los temas que obsesionarían al autor a lo largo de toda su vida: la necesidad de recuperar un pasado idealizado, el pecado y la culpa, la soledad, el desgaste existencial de sus personajes, quienes se ven continuamente enfrentados a situaciones intolerables y absurdas. La aparente ingenuidad de ciertos cuentos no hace más que acentuar la crueldad del destino. En "Mariposas de Koch", por ejemplo, el narrador nos informa: "Dicen que escupo sangre, y que pronto moriré. ¡No! ¡No! Son mariposas, mariposas rojas. Veréis". La explicación viene inmediatamente: primero comió una mariposa blanca, después vino la segunda, la tercera, la cuarta... Ya en su interior, los insectos se desplazaron desde el estómago al corazón, "más reducido, quizás, pero con las comodidades de un hogar moderno, por lo que está dividido en cuatro departamentos o habitaciones". La sensación de extrañeza aumenta cuando el protagonista cuenta que las mariposas se han organizado como familia, que tuvieron hijas, que éstas crecieron y, claro, que desearon volar más allá de su cuerpo. "Así es como han empezado a aparecer estas mariposas teñidas en lo hondo de mi corazón, que vosotros, equivocadamente, llamáis escupitajos de sangre. Como véis, no lo son, siendo, puramente, mariposas rojas de mi roja sangre. Si, en vez de volar, como debieran hacerlo por ser mariposas, caen pesadamente al suelo, como los cuajarones que decís que son, es sólo porque nacieron y se desarrollaron en la oscuridad y, por consiguiente, son ciegas, las pobrecitas".
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La década del 50 fue especialmente fructífera para Di Benedetto. Dos años después de Mundo animal publica El pentágono, novela por la que se lo tildaría de experimental, y Zama, la obra que lo consagra definitivamente. Calificada como la gran novela de la espera, Di Benedetto narra aquí la decadencia física y moral de Don Diego de Zama, funcionario de la corona española en Asunción del Paraguay que aguarda a ser trasladado a Buenos Aires a fines del siglo XVIII. "Di Benedetto - subrayó Cortázar- pertenece a ese infrecuente tipo de escritor que no busca la reconstrucción ideológica del pasado, sino que está en ese pasado y, precisamente por eso, nos acerca a vivencias y comportamientos que guardan toda su insensatez, en vez de llegarnos como vocación". El escritor la escribió en un mes, durante un período de licencia en que se encerró en una casa vacía junto a manuales de hidrografía, fauna, pueblos indígenas y planos de la ciudad. No conocía Paraguay, pero logró imaginarse la decadencia de los burócratas y ese calor sofocante que tuerce las buenas intenciones del protagonista.
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A pesar del reconocimiento de Zama, en más de una ocasión Di Benedetto expresó su deseo de escribir una novela inmensa tanto por su forma como por su contendido: que aturdiera al lector como un mazazo y que lo acompañara por largo tiempo. Medio lamentándose, decía que aspiraba a construir una catedral, pero que el destino le tenía reservado sólo capillas. "Para mí el cuento es mi hobby de novelista, y a veces me apesadumbra la incertidumbre de que la novela pueda ser mi hobby de cuentista", señaló el escritor.
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INFLUENCIA CINEMATOGRÁFICA
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La primera visita del escritor a Buenos Aires se produjo recién en 1958. Ya tenía cinco libros publicados, había ganado importantes premios y además se lo consideraba un afilado crítico de cine, actividad que lo llevó a cubrir los festivales de Cannes, San Sebastián, Berlín y Mar del Plata. Di Benedetto sentía, además del rechazo natural del provinciano hacia el porteño, que si estaban sus libros no hacía falta que hablara él. "Prefiero la noche. Prefiero el silencio", escribió en una autobiografía escrita por encargo, cuando Zama se publicó en Alemania. Pero quien motivó este viaje fue el propio Borges, cuando lo invitó a dictar una conferencia sobre literatura fantástica. En la oportunidad, Di Benedetto subrayó que esa corriente le permitía conjugar en forma deliberada la fe, el miedo y los deseos. "Lo fantástico se halla en el embrión de todas las literaturas, porque se engendra en la mente del hombre que no consigue explicarse las cosas extrañas que suceden en su entorno", agregaba el autor.
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Con todo, podría decirse que por aquella época Di Benedetto abandona ciertos elementos característicos de la literatura fantástica, como la metamorfosis de seres humanos en animales, el poder del sueño y el viaje mental desbocado, para adherir a una estética realista, donde describe paso a paso - o cuadro a cuadro- una serie de acontecimientos objetivos. Julio Premat sugiere en el prólogo de Cuentos completos que esta segunda vertiente responde a la influencia que el cine ejerció sobre Di Benedetto: "En vez de un narrador o un reflector el punto de vista aparece transformado en una máquina que registra y enmarca la realidad, sin comprenderla, simplemente reproduciendo los estímulos que ésta le propone".
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La búsqueda formal iniciada en Cuentos claros (1957) y llevada al extremo en Declinación y ángel (1958) y El cariño de los tontos (1961) le permitió al narrador mendocino ahondar en sus temas favoritos. Así, el lector es testigo de cataclismos interiores narrados con una prosa seca y distante, con la cual aumenta todavía más sensación de incomodidad radical que afecta a sus personajes. Como una suerte de Madame Bovary en clave rural, "El cariño de los tontos" es la historia de una aburrida dueña de casa que, después de que su marido le quemara todas las novelas, busca en los diarios la imagen de atletas musculosos y jóvenes. El tedio provinciano se rompe una vez a la semana, cuando Amaya va a la ciudad a regocijarse en los halagos masculinos porque "está desesperada y la desesperación le da, después de la primera caída, una fuerza que pone vibrante su cuerpo, elástico, más joven". La mujer no demora en ser infiel con el veterinario, pero cuando su hija se pierde, ella promete a Dios que si encuentran a la pequeña no volverá a pecar. La niña aparece, pero hay nuevos engaños de parte de Amaya, escenas de violencia con su marido y también hay nuevos males que quizá caen sobre Amaya porque rompió su promesa. En otros cuentos, como "Declinación y ángel", la desgracia se cierne sobre un hombre que desea a su vecina, mientras en "As" lo hace sobre toda una familia que ha tratado de vivir de la extraordinaria suerte de su hija en el póker.
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La sobriedad estilística y la discreción le dan una engañosa transparencia a estos relatos que nos recuerdan las palabras de Hofmannsthal: "La profundidad se esconde. ¿Dónde? En la superficie". El cuento "Falta de vocación" es quizá uno de los más sugerentes, porque se trata de la relación entre Don Pascual y su inquilino, un periodista que cubre policiales. Al poco andar, el dueño de casa le pasa un relato al joven, para que le dé su opinión. "Esto es literatura ingenua y fantástica", le dice el periodista después de leer la historia de una solterona que le pide a su mejor amiga que le preste la voz para conseguir marido en una fiesta. A medida que el periodista le pide más historias para incluirlas en el periódico, Don Pascual comienza a sufrir alteraciones, una mezcla de excitación, delirio e inseguridad. Tiene pesadillas, pierde el control ante el vuelo de una mosca, se queda ausente con el cuaderno de notas en el regazo. La literatura es dura, ya se sabe. Finalmente Don Pascual da sus razones para no escribir más historias: "Tarde me equivoqué, tarde lo supe. De viejo me agarraron con ganas las ilusiones de ponerme a escribir. Qué me iba a imaginar lo que cuesta ser escritor; todo lo que hay que pensar y el tormento que es inventar para que, al final, uno descubra que la imaginación se le ha puesto tan fácil que trabaja sola y empieza a soltar monstruos. Demasiado peligroso. Digo yo".
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LA LUZ DEL CREPÚSCULO
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En los 60 Di Benedetto contaba con un sólido prestigio tanto en Argentina como en el extranjero. Viajó a Estados Unidos, Francia, Israel, Italia, Marruecos, Suiza, Alemania, Grecia. Publicó dos novelas más, El silenciero (1964) y Los suicidas (1969), cerrando así la trilogía iniciada con Zama. El último tomo, donde Di Bendetto plantea las razones que pueden legitimar el suicidio, recibió el premio de Editorial Sudamericana con un jurado compuesto por García Márquez, Roa Bastos y Marechal. Llegó a dirigir, también, el diario Los Andes de Mendoza. En una de sus últimas entrevistas, confirmaba un dato que muchos pensaban inventado: en uno de los cajones de su escritorio guardaba una botella de alcohol para lavarse las manos después de saludar a quienes iban a verlo. "El alcohol lo usaba cuando una persona me parecía repelente en lo moral. No se olvide que el despacho de un director de un diario suele ser un depósito de acusaciones, de maldades y tormentos, y si a uno lo contaminan, a lo mejor lo siente en las manos", confesaba Di Benedetto.
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Esa misma obsesión por la rectitud lo llevó a negarse a publicar la información dada por los militares, la misma noche del Golpe de Estado de 1976. En la cárcel sufrió cuatro simulacros de fusilamientos, y nunca quedó del todo claro de qué se lo acusaba. Para Saer, "el elemento absurdo del mundo, que fecunda cada uno de sus textos, terminó por alcanzarlo". Al año salió en libertad gracias a las gestiones de Sabato y a la solicitud que el Premio Nobel Heinrich Bll envío a Videla. A su llegada a España publica Absurdos (1978) y luego Cuentos del exilio (1983), donde el narrador recupera su vertiente fantástica para dar cuenta del agobio que afecta a sus personajes. "Aballay", uno de sus relatos más celebrados, es la historia de un gaucho que, a modo de penitencia por haber matado un hombre, decide no bajarse más del caballo. Toma la decisión después de escuchar la prédica del sacerdote sobre los estilitas, esos hombres que en la antigüedad se subían a las columnas de los templos para acercarse al cielo. Cuando el hijo del hombre que mató lo desafía, Aballay baja del caballo y, en ese preciso instante, es atravesado por el cuchillo de su enemigo. ¿Murió porque puso fin a la penitencia o estaba condenado a pagar con su vida por haber matado? Como siempre, Di Benedetto plantea un dilema moral, pero se cuida de dar una respuesta.
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Otros textos, como "Volver", "Bueno como el pan", "Visión" y "Espejismos", ligan a Di Benedetto con esa familia excéntrica formada por Felisberto Hernández, Silvina Ocampo o, más acá en el tiempo, el uruguayo Mario Levrero. Para el narrador y crítico Elvio Gandolfo, las 700 páginas de estos Cuentos completos obligan a pensar en Di Benedetto como un gran cuentista de esa tierra de grandes cuentistas que es Argentina. "Desde siempre había leído sus cuentos con gran admiración por la extrema variedad de tonos, y el uso muy particular que hace del lenguaje. En algunos casos ha escrito algunos de los relatos más duros y crueles, de un voltaje parecido a los cuentos más bravos de Horacio Quiroga. Por desgracia, creo que seguirá siendo un nombre un poco oculto, a pesar de los homenajes: su originalidad extrema, que en otros tiempos sería una ventaja, hoy es una dificultad agregada". Filosófico, lírico, inconformista, inagotable. Son las múltiples caras que Di Benedetto deja entrever en estos Cuentos completos, sin duda el mejor testimonio de una obra viva, que respira, se mueve y te transforma. Impregnada de soledad hasta los huesos, ha sabido ir en busca de sus lectores.
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DIÁLOGO CON BORGES
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"Aballay", la historia de un gaucho que después de matar a un hombre decide, como penitencia, no bajarse más del caballo, es una de las más celebradas del autor. Concitó el elogio de Cortázar, Mujica Láinez y del propio Borges, quien envió el siguiente mensaje a Di Benedetto:
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"Querido amigo: María Kodama me leyó su cuento en Madrid. Usted no se ha limitado a evitar victoriosamente los riesgos arqueológicos de una ficción que ocurre en otro tiempo. Usted ha escrito páginas esenciales que me han emocionado y que siguen emocionándome. Espero reanudar, aquí o en Europa, nuestro diálogo.


Articulo:
http://diario.elmercurio.com 25/02/2007

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