dimanche 25 février 2007

Axel PORRAS DE LOS RIOS/El El horrendo día en que Julie Brown conoció el amor


axel porras de los ríos axelporras@hotmail.com


El horrendo día en que Julie Brown conoció el amor

A Julie B. de Bachelard,
viuda de Lacan;
paisana de Zinedinne Zidanne.


Julie Brown atravesó el pescante del aeropuerto nacional lentamente, pese a que, en ella, no existía el cansancio. Caminó de forma pausada mirando a uno y otro lado y aunque sentía el ambiente cargado, lo que más le llamó la atención fue la premura de la gente que las caras asustadas de los cachacos.

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Seguramente tú pensaste, madame Julie, que este país de zonzos podía haber cambiado; pero rápidamente reconociste la cantaleta perenne de siempre: el odio revanchista de los cholos, la ambición facilista de los blancos, el temor anacrónico de los negros y por supuesto el rostro hipócrita, indescifrable, de los chinos y sus ojos jalados; todos ellos enredados en un tira y afloje centenario.
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Antes de abordar el taxi, Julie Brown dio un vistazo panorámico y aunque todo lo veía igual, sintió que algo estaba pasando.
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El taxi avanzó por Faucett, entró por Colón y si no te sentiste sola fue porque el recuerdo de un dolor añejo lo llevabas dentro.
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Cuando el taxista llegó a la plaza Dos de mayo no te detuviste a pensar en los niños y sus bolsas eternas de terocal, ni en los ambulantes desperdigados por el piso, sino que sentiste miedo ante el temblor cercano de los tanques del estado; entonces rebuscaste entre tus ropas y encontraste la tira de papel que te di antes que estiraras tus flacuchentas piernas por tu añorada Francia, y nos dejaras con este dolor del carajo mientras tú te divertías de lo lindo buscando supuestos fiambres de los dioses en medio de un sombrío bosque, con la ayuda privilegiada de tus chanchos.
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Julie Brown estiró la tira de papel y empezó a leer lo ya leído como intentando recordar algún suspiro:
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Cada cifra austera
al cinto
cada nota breve
al canto
todo
gesto tieso
en músculo
y otro poco
de locura
¡Armados!

Toda fibra
enclavada en llanto
cada arma
arropada
en
brazos
la tristeza de
los pobres ¡Fuego!
y la risa de morir
¡Luchando!

Idioto -seguro pensaste-, y un pequeño rubor iluminó tu ser desde la punta de tus blondos cabellos acabando atascado en las simas de tu bajo vientre. Era como si acabaras de hacer el amor. Idioto -pensaste-, y tus pupilas como un túnel en el tiempo parecieran evocar las charlas en la facultad de letras, las juergas franciscanas con licores de a sol, recuerdas las caminatas estoicas a la plaza de los toros, lo injusto, recuerdas los palos, los palos Julie; el vuelva usted mañana, el eterno quizá, pero sobre todo recuerdas la pinta que hicimos en las afueras del congreso, esta pinta que vienes antes que nosotros, primero a buscar.
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El taxista dobló por Abancay y tú, petit Julie, vibras en el asiento para luego desdoblar el arrugado papel y nuevamente leer:

Todo orden
enlodado arriba
cada bala de ternura
abajo
la
sonrisa desta amarga pena
y el tristeza constipada
¡Andando!

Cada pieza
de dolor ¡Afuera!
una pizca
de valor cargando
pues no hay amor más grande
en esta Tierra
que el morir por esta
lucha
¡Hermano!

Idioto -habías pensado-, pero al detenerte frente a la pinta que hicimos en el congreso, algo que creías perdido, lo encontraste allí, entonces el rubor entre tu vientre, como un rayo se vuelca entre tus sienes; merde -insulsa seguro mascullaste -.
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Julie Brown camina como perdida, casi como con cansancio, aunque en realidad tan sólo está confundida; repara en la calle y mira al vendedor de mallas para sacar el tizne que nunca deja de tiznar y lo compara con la gentuza del congreso. Recuerdas la cantaleta eterna, el ditirambo retórico, la ausencia, el blablablá demagogo, el nervio, los cabellos, el llanto arropado en codos, el cansancio, merde -seguro hablaste-, entonces evocas la primera reunión literario-política, la discusión, el desgano, el silencio... “los países se merecen los presidentes que tienen”; recordaste tus palabras y luego el resumen histórico de Eduardo sobre nuestros últimos gobernantes... “ése nos metió el dedo a la boca y le creímos, el otro nos metió el dedo al poto y nada dijimos; ahora nos lo sacan del fundillo, nos lo meten en la boca y hasta nos parece rico”.
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Idioto -reíste- y te estás fijando en las bandadas de gente gritando, en los caballos, en los soldados; pero ya te estás haciendo la muy gringa para salvarte de los palos; tú que atravesaste medio planeta para aprender a hablar este idioma y acabaste gritando como todos la impotencia y el desengaño, el desengaño triste Julie, el desengaño.
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Julie Brown corre decidida por Junín y pese a los balazos y la gente que te rodea, decides aminorar el paso, porque sientes dar vueltas tras tus pasos. Entonces aceleras tu andar y regresas con la mucha fuerza que llevas por dentro a la pinta que hicimos en las paredes del congreso; recuerdas la foto que nos tomó con ella Gonzalito, uno de los tantos niños que enseñaste a leer y hasta hablar; aunque nunca le quitaste la maña de andar escamoteando celulares, relojes, joyas y demás que el resto de chiquillos asustados con los que vivíamos en Barrios Altos andaban robando.
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Merde -habías mascullado-, y la impotencia cual hombre se forma en tu garganta y te sientes rara de sentir en tu delgado cuello una fea manzana; así, recuerdas las lecturas literarias, las ideas de luchas constantes; el querer, el tratar, el soñar, el mañana agresivo, el tal vez, el mañana quizá. Evocas nuestro viaje a Ayacucho, los cuerpos desperdigados por el piso; cuando un vahído te mueve desde tus bases y ¿qué es Julie, coléreux Julie, es un vahído o son los tanques, los gritos serán? Miras las zanjas abiertas frente al congreso levantadas con el barajo de remodelaciones planeadas hace años, miras los tanques del gobierno y los confundes con los rebeldes porque sabes que son los mismos; haces la finta de tomar fotos con tu cámara, pero ya estás mirando la foto que nos tomamos el día de la pinta frente tuyo y la comparas tan realista con el momento; mas ya un nuevo vahído te está doblegando y no sabes si es el pasado porque otra vez estás mirando las fosas con gente asesinada, pero son las zanjas hechas por el gobierno para frenar los tanques, las zanjas y no las horrendas fosas Julie. Ahora estás riendo porque uno de los tirapalos de la guardia montada a caído en una zanja con todo y caballo y grita resbalándose con su sangre, chapaleando en ella asustado; la sangre Julie, ésa que sorprendidos miramos y como Tomás no creímos que allí estuviese, pese al tiempo, hasta tocarla. La sangre en la casona de Barrios Altos, “el cuartel”, como le llamábamos, y ya vas a sacarle una foto al tirapalos que como un niño está llorando, cuando un disparo cercano a tus botas de alpinista en el tiempo te ha frenado y del vahído has despertado.
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Julie Brown había volteado, mirando con odio al francotirador que desde una azotea le está apuntando, cuelga la cámara de su delgado hombro, y cuando dispone avanzar, una ráfaga caliente le demarca el camino, entonces siente que en estas tierras todo está delineado, nada cambia, todo está pensado; camina a cortos pasos, pese a que, en ella, no existe el cansancio, mas luego de unas cuadras, un olor nauseabundo la despierta de sus pesares, y así, recuerda al taxista... sí señorita, hace unos diítas nomás una tira de guanacos vino a gritonear con todo y sus animales, y sus ollas, y se plantaron junto a los serranos que estaban tirando sus frutas malogradas, las papas heladas que no crecen jamás, los tomates arrugados como pasas, las cebollas agrias. Tooodo señorita, y se chantaron tres días a fregar la pita y dejaron todo sucio y apestando la muy tira de serranos... Entonces recuerdas la imagen de la campesina apretando una fruta podrida entre sus manos, llorando de impotencia en la pantalla de tu televisor mágico; porque a partir de esa imagen decidiste volver para ayudarnos.
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Ah solidary Julie, nuevamente corres pese a que te han amenazado y otra vez estás frente a la pinta que hicimos ese día en el congreso, mirándolo desde tu gran altura como una gran plasta oficial y si no te amilanas ante la nueva ráfaga amenazante, es porque quieres ver las moscas, las miles de moscas Julie, la podredumbre en los recovecos, en las esquinas; recuerdas un cuento mío donde el pueblo acaba bañado por las aguas residuales de una planta de tratamiento volada a bombazos, las moscas Julie, y la mierda, sí, en todo lado; y tu impotencia, y la de Bryan Yactayo, el hombre niñín que quiso ser famoso cuando ideó hacer la pinta en el congreso, you owe it to me, ok, de nada, su idea, sus ojos en llama viva, pero ya una última ráfaga estás sintiendo que te advierte o adrede a fallado; y si no sales de ese muladar corriendo es porque en medio de tus ropas algo estás buscando, y te sientes colérica; y te sientes triste, porque entre tus manos tienes un pedazo del muro de Berlín que con rabia ya has lanzado.
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LAS BOMBAS LACRIMÓGENAS CAEN COMO GOTAS DE LLUVIA, LOS RELINCHOS SE CONFUNDEN CON LA GRITERÍA DE LA GENTE, LOS DISPAROS REBELDES SE ENTREMEZCLAN CON EL SONIDO DE MONEDAS QUE ALGUIEN ESTÁ GANANDO EN UN CASINO CERCANO, EL TAXISTA QUE TRAJO A JULIE TRANQUILO VE LA MATANZA POR LA TV. MIENTRAS AL LADO DE SU MUJER ESTÁ ALMORZANDO; ALGUIEN LLORA A SU MUERTO DE FORMA APURADA, UNA SEÑORA CAE TOCADA POR LA GRACIA DEL GOBIERNO, EL CASCO DE UN CABALLO SE ATASCA EN EL TÓRAX DE QUIEN YA NO ES, UN TANQUE REBELDE REVIENTA EL CRÁNEO DE UN JOVEN MUERTO, EN EL CONGRESO LAS REINAS DE BELLEZA VAN Y VIENEN CON BIZCOTELAS Y TAZAS DE NEGRO CAFÉ, COMO EN UNA ALEGRE PASARELA, SOLVENTADAS POR EL CURRÍCULUN OFICIAL DE SUS FESTONEADAS MINIFALDAS, ALGUIEN MALDICE y tú Julie Brown sólo piensas en él, en encontrarlo a él y su cálido amor, te abrazas a ti misma mientras te diriges “al cuartel” para encontrarnos, entonces apuras el paso y confundida crees reconocerlo por sus ropas entre los jóvenes encapuchados que los cachacos del gobierno llevan amarrados y temes por nosotros, por Rita y Claudia, por Bryan, pero sobre todo por él y sus ojos angustiados, su alegría al sabernos parte de la lista negra de enemigos del estado; mas, cuando mejor le evocas, un fogonazo aterrador te desconcentra y al voltear ves cómo una de las paredes del congreso se está derrumbando, entonces los miras salir con sus trajes de funeraria, el tropel de asistentes de todo y para todo tras ellos; observas cómo se caen, pelean, y hasta ves algunos morir en medio del cambalache de los escombros, porque como locos se desviven por atrapar los billetes y billetes de dólares camuflados entre las paredes del gran símbolo del estado.
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Julie Brown mira desconsolada los berrinches de los congresistas ante su premura por capturar los dólares empolvados y si no sentiste cólera fue porque estabas segura que ya nos habían arrestado, entonces decides apurar el paso pues por todo lado las tropas de asalto interceptan personas para llevarlas a un futuro paseíto por los hornos oficiales del estado, cotejándolas con una lista de premiados entre las manos.
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Seguramente tú pensaste que estábamos refundidos en alguna prisión, gritando frente a la pinta que hicimos en el congreso o planeando la forma de alentar la revolución; es por ello que te diriges “al cuartel” en Barrios Altos, y piensas que si no nos encuentras en breve, volverías tras tus pasos a buscarnos a la bendita pinta que hicimos en las afueras del congreso como si se tratase de un vulgar estadio.
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Ah romantique Julie, ya estás nuevamente pensando en él e imaginas la reacción que tendría cuando te viera, y recuerdas mi acusadora pregunta, tu valor al romper la prohibición de relacionarnos entre nosotros “lo que pasa es que me propuso un amor realista sin tantas martingalas” -evocas tu respuesta-; y hasta sufres un tanto pues él te dijo que primero estaba su patria, su lucha; y pese a esto le amaste y pese a todo aún lo amas.
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Julie Brown está a una cuadra de la casona en Barrios Altos, y piensa en los miles de poemas, pinturas, pancartas ingeniosas y reportajes acusadores que la gente de nuestro grupo seguramente a creado; suspira de emoción y sientes que las balas están cerca y estás o te haces la muy seria con tu cámara colgante y tu vestimenta de reportera; entonces calculas el peso del grupo lleno de futuros escritores, pintores, poetas, grandes soñadores. Tan sólo en ese momento te das cuenta que Eduardo es el único inculto, pero sabes de su fuerza, de sus cabellos hirsutos, de su olor, mas siempre de su fuerza. Evocas las discusiones sobre su acartonada figura con la madre; el intercambio de recetas retóricas ante la cantaleta de la cocinadera; que le picas una cebollita, unos ajitos, le picas unas papitas en cuadraditos, lo mezclas todo con ají coloradito, un poco de pimientita, una pizquita de cominito... y toda la vaina melifluuela de las doñas de estás tierras que cuando hablan de cualquier chanfaina cocinera se enternecen con la misma porque saben del sufrir para conseguir servirla decentemente en una mesa. Mientras tú te esforzabas en decirle que nuestras comidas eran de locos y primates, pues nos comíamos lo que para ti eran simples mascotas, de puro hambre Julie, pese a que en tu tierra se divierten culinariamente de lo lindo lastrándose de hongos variopintos, y engullendo gusarapos babosientos y arrastrados que bien recuerdan la pelotera de este gobierno bendito.
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Idioto -habrías pues pensado-, y si no te saturaste con los cañonazos de guerra o las bombas plañideras, sí lo hiciste al tener en cuenta las camándulas de gente corriendo desde Barrios Altos con sus bacinicas de plástico como cascos de soldados.
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Julie Brown caminó despacio, pese a que, en ella, no existía el cansancio, un nuevo taxi deja atrás, entonces corre ya cercana a la casona que es como un templo al dolor y agitada dispone continuar, cuando petrificada en medio del salón de la matanza, que no se mantenía a oscuras jamás, distingue cientos de ojos temblorosos que la observaban.
Ah la vida Julie, traumatisé Julie, la jodida vida y sus vainas; no sentiste sin duda temor, más bien un dolor humano se atravesó como espina entre tu vientre, entonces no sólo viste a todos los que educaste, sino a los que nunca se llegaron a educar, los niños, los miles de niños y niñas de estas tierras: Arnulfo, el niño que murió de un machetazo a los setenta abriles; Cándida, la niña que murió por aguaitar a ver quién carajos estaba disparando afuera, matando a sus padres, sus tíos, sus primos, sus vecinos, y hasta a los jodidos de sus padrinos. Luego viste a toda la marabunta de niños de la Sierra llevando entre sus manos las balas que les quitaron su niñez, las putas balas Julie, cargando de a cuatro o de a cinco las bombas; la única gran diferencia que en ellos descubrías eran los ojos teñidos del verde abusivo de la lacra del maldito ejército o los ojos rojos del dolor, de los jijunas del m.r.t.a. y sendero. Ahí mismo les viste a todos y si no te desmayaste ante este nuevo vahído fue porque en medio de las cortinas en tus ojos descubriste que no eran mil o un millón, sino los seis chiquillos que madrugaban a corretear los buses de transporte para dar la lata a gente de piedra, con la cantaleta eterna de señores pasajeros, damas y caballeros el niño que aquí les habla es un niño huérfano.
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Julie Brown se acercó temblorosa a cada uno de ellos y los abraza con su gran amor y fatalista premura, porque dentro de su pecho siente que algo malo está o ha pasado. Pregunta por sus compinches de cientos de luchas entre griterías, palos y pancartas desafiantes, pero los niños no conocen nada más que el susto acalambrado por generaciones entre sus cuerpos flacos.
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Ah méditatif Julie, seguro tú pensaste que al atravesar esa puerta nos verías planeando la gran vaina revolucionaria, nos verías escribiendo demoledoras proclamas, discursos desafiantes, motivadores poemas; pero sólo viste una tira de borrachos agobiados por sus tufaradas de alcohol barato, navegando en el cieno de sus ensueños vagos, rodeados por tres ridículas pancartas y papelería mentecata con seudo-poemas delirantes llenos de signos atrofiados, todos ellos inacabados.
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Ah Julie, petrified Julie, si no te desmayaste ante este nuevo vahído fue porque sentiste dentro de tu alma la matraca ecuménica de esta patria al desbande; entonces despotricaste en cachetadones a diestra y siniestra, mas sólo obtuviste borbotones de palabrotas cocinadas en la adelantada y vespertina juerga desbocada.
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Julie Brown miró de soslayo e imaginó los gritos, hurras, los vivas delirantes de la víspera fantasiosa y los identificó con el recuerdo que tenía de los miembros del grupo. Así, descubrió que tenía razón, que se había dejado llevar por una bola de mensos soñadores que nunca llegaban a soñar en realidad, y cuando se disponía absorta a llorar largo y tendido, sintió un feroz ronquido que llegaba desde el baño. Entonces caminaste apurada, esquivando los cuerpos apestosos regados por los suelos y los comparaste con los cuerpos inertes que vimos en Ayacucho, para rápidamente darte cuenta que éstos estaban mil veces más muertos que los que en verdad estaban muertos.
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Seguro tú pensaste, méchant Julie, que Eduardo se encontraba al lado de una morena brava en medio de una gran modorra encandilada y con afanes de faquir, enroscados en el apretado baño. Con todo, una flaca alegría mantenía en vilo tu enamorada alma. Y sí, no era él, él no podía; volviste la mirada para el oloroso cuarto y te percataste que allí, en ese estanco, él no estaba.
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Nuevamente Julie Brown se haya corriendo en pos de la pinta que en las afueras del congreso, un día hicimos, y corre o camina apurada, porque, en ella, el cansancio no existe o ha existido; LOS TANQUES AVANZAN DEJANDO UN REGUERO DE DOLOR TRAS SUS PASOS DE DINOSAURIO AMABLE, JÓVENES REBELDES SE VUELCAN A LAS CALLES CON SUS PANCARTAS, ALGUIEN SUSPIRA ENAMORADO PORQUE ACABA DE TENER RELACIONES CON SU AMANTE, UNA BALA DE TRISTEZA CAE EN LA PIERNA DE UN MENDIGO QUE PASABA POR AHÍ A VER SI ERA VERDAD ESO DE QUE EN EL CONGRESO LLOVÍAN BILLETES, EL CONGRESISTA QUE LE VIO COGIENDO UN DÓLAR HUYE DE LA ESCENA CON SU PISTOLA TODAVÍA HUMEANTE Y EL BILLETE ENTRE LAS MANOS, EN PALACIO DE GOBIERNO LA FAMILIA PRESIDENCIAL A PUNTA DE TELEFONAZOS INTENTA CERRAR SUBREPTICIAS LICITACIONES EN TANTO ESPERAN AL PRESIDENTE PORQUE QUIEREN OÍR SU VOZ SONORA, CUANDO LO QUE TODO EL MUNDO QUIERE ES QUE LLEGUE A LA HORA; EL DISPARO DEL ÚLTIMO TANQUE REBELDE ATRAVIESA LA TARDE COMO UNA ESTRELLA FUGAZ, Y AL VERLA, NUESTRO PRESIDENTE PIDE QUE LE CREAN LA PROMESA UTÓPICA DE DINEROS QUE NO SE VERÁN JAMÁS, UN CANDIDATO AMBICIOSO ENTRECRUZA LOS DEDOS PORQUE LE TRANSMITAN EN UN CANAL SU ORATORIA EMBAUCADORA, EN TANTO TROTA DESBOCADO EN UN OSCURO Y ENGOMADO CUARTO, EN ORIENTE UN ANCIANO HEREJE SE SOLAZA EN EL DOLOR AJENO PORQUE SE SABE LEJOS Y NO ENTIENDE CÓMO TANTO DESTROZO PUEDE SALIR TAN BIEN HECHO SIN HABER MOVIDO UN DEDO, EN UN CASERÓN RESGUARDADO TRES MUJERES DE NARICES RESPINGADAS OPINAN SOBRE UNA PINTURA SIN SABER DE QUÉ TRATA, MIENTRAS, SUS MARIDOS DESCONECTAN SUS TELÉFONOS PARA CONECTARLOS LUEGO LUEGO CUANDO SE ENTEREN QUIÉN ES EL NUEVO MANDA MÁS EN EL GOBIERNO. Y tú, Eduardo, tú sólo piensas en esta tu lucha; y no piensas en nosotros, ni en Julie con su preciosa carga, entonces arremetes con fuerza y atraviesas el cordón policial con tu palo y sus trapos de colores agitados como bandera, mientras aprietas entre la mano derecha una resbalosa piedra.
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Julie Brown se apega agitada a una pared cercana al congreso y pese al constante polvo se detiene a respirar; retoma la carrera entre convulsiones cortas y en medio de las pancartas de colegiales sangrantes y en medio del jaleo y las balas abundantes, te detienes en seco, pues estás segura de haberlo visto. Sin duda alguna es él, él con su pantalón raído, una especie de bandera y blandiendo entre sus toscas manos una amenazante piedra. Ah Julie, suffoqué Julie, seguramente tú creíste que te escucharía en medio de tanta jarana, pero no pensaste en las balas, en las bombas, en los muertos Julie. Un nuevo vahído mayor que los anteriores te ha derribado y desde el suelo ves gente vestida de rojo ataviada con sombrerotes como en el recuerdo de algún viejo circo que se acercan y ya te está cargando.
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Julie Brown lucha desesperada por hacerse escuchar y en el primer descuido de los bomberos se arranca la mascarilla para bien respirar, porque un rugido salido desde sus entrañas le impulsa a gritar con acalorada euforia. Sin duda tú pensaste désespéré Julie, que alguien mirándote en tu estado, entendería que el hombre adorado estaba a media cuadra exponiendo su vida, y que debían dejarte correr hasta su lado para hacerle ver el regalo de tu vientre cual divisa a cuidar, en el derrotero del destino de ambos; empero, los forcejeos nuevos en que te encuentras han dado frutos y ya te sientes cerca de su sudor arrebatado y sus labios resecos pero bien amados. Julie Brown camina a pequeños pasos, cargando su barriga pese a que, en ella, no existe el cansancio, y, cuando más cerca se encuentra de Eduardo, una horrenda bomba se interpone entre sus pasos; entonces lo ve caer, y aunque está sangrando, le miras avanzar apurado, embravecido por sus bravatas de justiciero enamorado; mas, ya te encuentras gritando e imploras ayuda por su hijo que llevas dentro, porque ves la impotencia del sufrir ajeno, UNA MADRE ENCUENTRA A SU HIJA, INCRÉDULA DE VERLE CON SU TRAJE DE COLEGIALA GRITANDO Y EN MEDIO DE SU ABRAZO PROTECTOR SE VE LEJOS DE ESA ESCENA CAMINANDO, RODEADA DE MILES DE PERSONAS; ENTONCES VOLTEA PARA VERSE BAJO UNA PARED EN DOS QUEBRADA BAÑADA EN POLVO Y LLANTO... ALGUIEN GRITA LA IMPOTENCIA JULIE, ALGUIEN GRITA EL HARTAZGO, EL TEDIO, EL ASCO, ALGUIEN LLORA DESCONSOLADO Y NO ENTIENDE QUE LOS OTROS NO ENTIENDEN QUE NOS ESTAMOS CANSANDO, y tú Julie, tú le ves a lo lejos, cayendo tras un arbitrario balazo; estiras tus manos sangrantes, desesperada porque en medio de tus gritos sientes que tu cuerpo en unas aguas diáfanas, tibias, está flotando; así, clamas junto con él tu dolor a lo lejos y gritas y maldices para que sí, qué se pare, qué no se rinda; pues él nunca se rendía; pero tristemente le ves caer nuevamente derrotado mientras de enardecida cólera está llorando.
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Tú también lloras courageux Julie, mas en medio de tu dolor, una sombra extraña, cristalina, alegre, se asoma por tu alma y nuevamente ves a esa gente de rojo que está limpiándote el polvo y sudor, pues acabas de traer al mundo un enjuto niño, que con presteza ya han puesto entre tus endebles brazos. Le miras con ternura y reprimes el llanto de tristeza al verle bañado en sangre como su padre, en tanto éste entreabre desesperado los ojos, porque cree escuchar tu voz, para luego agradecer al cielo por brindarle un recuerdo parecido al de una mujer que un buen día lo amó, pues está seguro que no se trata de ella; voltea y lee la pinta que hicimos ese día en las afueras del congreso: “las putas al poder, sus hijos fallaron”; Julie Brown en tanto se retuerce de dolor por los suelos, mientras escucha la voz de una joven bombero diciéndole que no se rinda, que sea fuerte, que luche por su hijo; y cuando dispone dejarse vencer por la tristeza, un grito agigantado la remueve desde sus entrañas porque reconoce la voz de Eduardo, su último suspiro embadurnado en rabia y dolor, y con toda la fuerza de su alma se incorpora para caminar un tanto acongojada, aunque sólo un tanto, pues sabe que nunca estará cansada, ya que en este horrendo día, conoció el amor.
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