dimanche 11 février 2007

Carlos RENGIFO/El escritor peruano no está en su salsa


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Carlos Rengifo Lima, 1964 Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad San Martín de Porres. Ha participado en diversos eventos literarios en Lima, como el 2do y 3er Encuentro de Escritores Jóvenes convocado por la Asociación Peruana de Promotores y Animadores Culturales, (APPAC); la Bienal Arte de los Noventa, realizada en la Biblioteca Nacional del Perú; y el Primer Encuentro de Nuevos Narradores Ernest Hemingway, organizado por la Universidad Federico Villarreal. Es autor de los libros de cuentos El puente de las libélulas, Criaturas de la sombra y de la novela La morada del hastío. Ha ejercido el periodismo y colaborado activamente en revistas literarias peruanas, como Imaginario del arte, Sieteculebras, Arteidea y El Ornitorrinco.

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Ser escritor en el Perú es un reto, una osadía, es apostar por un horizonte incierto, por una vocación que algunas veces puede traer efímeras recompensas, pero que exige —más que otras disciplinas, oficios o profesiones— una entrega absoluta, un sacrificio en descuido de otros quehaceres, una fidelidad a prueba de balas. En una sociedad donde el nivel de lectura es ínfimo, donde los sueldos mayoritarios apenas si alcanzan para la canasta familiar (y, por lo tanto, ni para gastar en la compra de libros), donde el índice de pobreza y desempleo registra cifras desalentadoras, ¿a quién se le ocurriría ser escritor? Solo a los locos, a los despistados, a los románticos. Ser escritor en el Perú es un pequeño lujo que uno se da a sí mismo, un íntimo harakiri visto con extrañeza por los demás, puesto que aquí en el Perú ser escritor es una excentricidad, un capricho, una rebeldía contra los oficios «de verdad», un desliz, una pérdida de tiempo.
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Cuando a alguien se le ve leyendo (fuera de los libros que exige el colegio, la universidad o el trabajo), es común decir que está «holgazaneando»; cuando alguien evita el televisor o la radio y prefiere salir a la terraza con un libro en la mano, el gesto común de los que se entretienen «de forma normal» es del índice sobre la sien en un movimiento de tornillo. ¿Y qué decir de los que todo el día están pegados al teclado? ¡Esos sí que son unos tremendos vagazos! Un amigo me contaba que, en una ocasión, hablando con un taxista (los taxistas en el Perú son los más cultos y preparados, pues son ingenieros, arquitectos, médicos, abogados sin ejercer, cachueleando), este le preguntó a qué se dedicaba y cuando mi amigo le dijo que era escritor, una sonrisa irónica cruzó la faz del profesional desempleado, antes de replicar: «No, pues, señor, ¿en qué trabaja?».
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He tenido dificultades a veces en decir lo que hago, sobre todo en ambientes donde la frivolidad es la marca que separa a unos de otros; pero de todas maneras no cae nada mal este supuesto «hobby» que sirve de «distracción» a los que paran en las nubes y no saben hacer otra cosa. Sin embargo, escribir es lo más difícil del mundo, es lo que convierte al hombre no solo en un fabulador sino en un ser pensante, es expresar la voz y la esencia de lo humano. Quien se dedica a esta profesión (porque es una profesión, déjense de vainas, aunque estemos en el Perú) carga sobre sus hombros una responsabilidad de importancia: ser las antenas, los ojos, la mente de la sociedad. Y si bien es cierto que nadie «nos paga» por escribir, que simplemente escribimos por un impulso natural, por una necesidad de expresión, de decir algo, también es verdad que esa «no remuneración» hace tambalear la vocación de muchos, algunos de los cuales terminan por claudicar.
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Es que son muchos los que toman esto no con la seriedad que deberían hacerlo, sino como un reinado de belleza; es decir, anhelan la corona del reconocimiento, de las entrevistas, de salir en las páginas culturosas, y todo el tiempo están enfocados en eso, no hacen más que soñar con eso, vivir para eso. Ese es su fin, esa su meta, y no el de dejar un legado escrito, una obra seria y consciente. De modo que si, pasado un tiempo, no llegan a conseguirlo, se derrumban cual castillo de naipes, como si aquello fuera el objetivo de la literatura. Los periódicos y las revistas, tarde o temprano, terminan en los baños, en los almacenes de desperdicios, en los camales, en las pescaderías para envolver pescado. Es verdad que la nota coyuntural levanta el ego, hace sacar pecho a quien es ocasionalmente atendido; pero eso no lo es todo. La auténtica vocación está por encima de halagos, y aunque estos te ayudan a seguir adelante, te animan y te motivan, son solo empujones que hasta uno mismo se puede dar.
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Lo primordial es asumirse como escritor, la terquedad de continuar en la brega, aunque estemos en un país que pone cabe a sus creadores. «Nadie que tome en serio la literatura en el Perú se sentirá jamás en su salsa», decía Vargas Llosa hace años, y su alocución podría servir muy bien ahora, «porque la sociedad lo obligará a vivir en una especie de perpetua cuarentena». Es menester entonces no desalentarse tan fácilmente, crear su propio espacio, confiar en lo que se hace, con la única convicción de ser consecuentes consigo mismos, por más que el ambiente sea el menos propicio para un escritor. En una reciente entrevista, Mario Bellatin contaba su deseo de irse del país cuando vivía aquí. «En el año 86 me fui a vivir a Cuba, y solo entonces pude decidir ser escritor», dice. «Aquí en el Perú no podía tomar esa decisión, siempre era escribir en paralelo a otras cuarenta actividades y a los problemas económicos; aunque debo aclarar que no solo eran razones económicas las que me impedían ser un escritor en el Perú; había algo más, algo inmaterial, una esencia que apartaba al escritor del seno de la sociedad peruana. Eso era lo que me hacía mucho daño». Luego regresó en el año 90 y estuvo cuatro años en Lima «y después de eso me fui definitivamente para no volver más. Yo vine al Perú desde muy niño, pero siempre quise volver a México. Era mi tabla de salvación. Cada vez que pasaba algo terrible me decía: ´Algún día voy a volver a México´». Y el pobre finalmente se fue, y es probable que ahora se sienta mucho mejor.
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Entretanto, aquí quedan los fajadores para enfrentarse a la realidad, y en el fondo hasta resulta entretenido tener que sortear obstáculos y gollerías, ver cómo el cotarro literario se folcloriza con especimenes advenedizos, ser testigos de discusiones bizantinas, leer pachotadas en las páginas culturales de los diarios, estar de acuerdo o no con un flamante gremio de escritores… Como se puede ver, el aburrimiento no es parte de nuestra comunidad literaria; pero por debajo de todo eso hay que encontrarle un sentido, un orden, una razón, al hecho de ser escritor, y más exactamente un escritor peruano viviendo en el Perú, cuya situación no me van a decir que es igual a la de sus pares europeos o norteamericanos. En suma, lo que se quiere, es lo que encontró Bellatin en Cuba en el 86, sin que sea necesario ir al extranjero, ni ser Bellatin: un espacio social para alguien que quiere ser escritor, un poco de sensibilidad y, sobre todo, un poco de respeto, ante el individuo que, como apuntaba Sebastián Romero-Buj refiriéndose al escritor latinoamericano, «es él frente a los otros, entre los otros, en lucha por su definición y en una búsqueda de su aceptación».

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