dimanche 18 février 2007

Colectivo Lingua Quiltra/Emilio VILCHES



Emilio Vilches (El Bosque, Chile, 1984) músico, miembro de Colectivo LINGUA QUILTRA y egresado de Licenciatura en Pedagogía en Castellano, Mención Literatura y Lingüística de la Universidad de Santiago de Chile. Sus relatos han aparecido en distintas revistas de papel y virtuales.


BANG – BANG
por Emilio Vilches

”Cuanto pienso por la torre infinitamente horrible
Por el aire en este suelo su cemento negro de mis alas “
Marcos Arcaya


I
Hacía un buen tiempo los nervios habían comenzado a traicionarlo, pero las últimas semanas estaban transformándose en un verdadero infierno. Las crisis de pánico se sumaban ahora a la jodida depresión y al omnipresente insomnio. Las vitaminas, los somníferos y el RAVOTRIL simplemente dejaron de hacer efecto, y todo se confundía, todo se hundía en un laberinto oscuro lleno de la más fría y viscosa mierda. Cada minuto era peor que el anterior, un día se convertía en una infinita y monótona tortura: el trabajo, la oficina, la contaminación, las cada vez más pronunciadas taquicardias, el jefe nacional socialista, DANGER: posible VIH, don´t touch, la inevitable, confusa y compleja paranoia. Y comenzaba a caer la noche.


II
Y la noche, con su oscuro y silencioso manto, no lograba para nada calmar las cosas. El puto insomnio llevaba lejos la ventaja, y empezaba claramente a ganar la batalla. Cerraba los ojos, trataba de dormir, pamplinas; abrir los ojos, levantarse, del cajón sacar la Taurus calibre catorce, acercarla a la boca, acto seguido retirarla, sobarle el lomo y dejarla reposar nuevamente en su aposento. Caminar, fumar, beber algo de whisky, de ron, cerveza, vino barato... asumir que simplemente no se puede dormir. Las cuatro o´clock marcaban las agujas del reloj viejo y sus glasos abiertos y rojos, inyectados en sangre, eran la mejor prueba de lo que pueden provocar las inexorables horas de desvelo del insomne crónico.

Tenía que amanecer, y amanecía. Y posando el culo en su lúgubre e incómodo pupitre oficinista veía desfilar por su sesera las más drásticas y extravagantes ideas de suicidio. Y no solo suicidio, también imaginaba otras insólitas ideas criminales (su jefe y sus S.S. era el blanco principal de aquellos macabros pensamientos), depravación sexual (compañera oficina falda corta piernas nylon), drogas caseras (plátano seco, nuez, etc), los mejores discursos de renuncia (ok führer, métete tu oficina, tu hombría y tu oficina otra vez, por el culo, no me echas…RENUNCIO); en fin, pensaba de todo menos en el TRA-BA-JO.
-Benavides ¡mueva el culo por el amor de Jesús!- Benavides era el nombre al cual respondía el personaje principal del relato; Jesús es otro cuento.
-Está bien.
-¿Está bien? ¿Está bien? ¿Es la única mierda que sabe decir Benavides? ¿Acaso sus padres lo educaron como una señorita chupapicos? ¡Mueva el culo Benavides! ¡Mueva el culo Benavides!
-Está bien, jefe.
-Benavides ¡hasta tetas le están saliendo! ¡Mueva el culo! ¡Mueva el culo! ¡Mueva el culo mueva el culo mueva el…!

Pero tanta caca tenía su génesis, y ésta estaba hace bastante tiempo, en ligeros sobresaltos en el sueño, cierta brusquedad al despertar. Esto comenzó a hacerse un poco más sostenido y profundo; en medio de los sueños empezaba aquella sensación claustrofóbica, aquel pánico al encierro del sueño y se ahogaba, en cierta medida perdía la movilidad de sus extremidades, se agolpaba bruscamente toda la sangre en la sesera…y entonces despertaba, con aquella extraña sensación de angustia, de miedo, de mareo. Se levantaba bruscamente y medía su pulso, trataba de recobrar la normal respiración y se secaba el sudor de la cara. Y así comenzó a ocurrir cada vez que se iba a la cama, incluso podía ocurrir en varias ocasiones durante una misma noche. Y se hacía más fuerte el agarrotamiento y la inmovibilidad, cada vez más el crobo rojo agolpándose en su cerebro, cada vez menos el aire que sentía llegar a sus pulmones negros de nicotina cancerosa. Y cada vez le era más difícil despertarse cuando esto ocurría, cuando intentaba llevárselo aquel espantoso claustro onírico.

Fue entonces cuando comenzó el insomnio. Y cómo no, si aquella extravagante patología le estaba causando un inmenso terror a dormir. Llegaba la noche y se iba a la cama, ponía la cabeza sobre la dura almohada, sentía relajarse los músculos de su cuerpo, se dejaba atrapar lentamente por el sueño. De pronto lo peor: despertar bruscamente, la asfixia, la sangre a la cabeza, la angustia, la inmovilidad. Y levantarse y el pulso y el sudor, y servirse un trago y tratar de dormir, y vuelta a la derecha, vuelta a la izquierda, boca abajo, boca arriba como los muertos y la paranoia y la taquicardia y la vocecita del S.S. “mueve el culo Benavides mueve el culo Benavides mueve el…” y ya eran las tres de la mañana y volaba una mosca y lisa y llanamente no se podía dormir. Morfeo no quería nada contigo, pobre amigo nuestro, nada de nada.

La oficina no hedía, pero tampoco olía a rosas, y aunque esto nunca molestó a Benavides sí comenzó a hacerlo su propia y exótica fragancia de insomne alcohólico, un tanto alejado de aquella vieja costumbre llamada “higiene”, y el jefe seguramente debía notarlo pues cada día eran más fuertes los regaños y las imprecaciones “¡SOLO TE FALTA SACARTE LAS CEJAS SEÑORITA! ¡TRABAJA! ¡TRABAJA! ¡TRA-BA-JA! ¡TRABAJA TRABAJA TRAB…!


III
Luego comenzó la sangre. La sangre en la nariz en las mañanas, la sangre en las encías cada vez que se cepillaba la dentadura, la sangre cada vez que cagaba caca roja de sangre, amarilla de cerveza, caca negra de vino. Los granos en la cara, la piel seca y llena de manchas rojas, la estrepitosa caída del pelo, la sangre omnipresente reventando por todos lados. Se levantaba, se quitaba el sudor y la sal, se quitaba el crobo rojo de sus irritadas fosas nasales, acariciaba la Taurus calibre catorce mientras se sentía atrapar por las más siniestras ideas de suicidio, homicidio, y toda clase de actos donde una pistola es capaz de eliminar la vida de un indefenso ser humano. Encendía otro cigarro y dejaba inundar sus pulmones por el negro humo del alquitrán barato, y el hígado y su cabeza por el whisky por agua y el vino en caja, para ver si la jodida noche
se hace un poco más soportable.

Por primera vez consideró seriamente la posibilidad de estar volviéndose loco, y esto lo llevó a tomar algunas medidas. Como recurso poco confiable, pero re-cur-so al fin, decidió consultar a los matasanos, pero éstos al tener una figura más o menos así $ dibujada en la cara, decían monotemáticamente con su lengua infecciosa “PSICOLÓGICO, RAVOTRIL, UN CUARTO EN LA MAÑANA, UN CUARTO EN LA TARDE, MEDIA ANTES DE DORMIR” y ese cuarto de tableta derivó misteriosamente a cuatro en un proceso de dislexia y enfermedad, y esas cuatro a cinco y a seis pastillas y fueron dosis diarias de once ravotril y los químicos provocaban la caída del pelo y las manchas en la piel y los granos en el cuero; la sangre nunca logró explicársela. Así que descartados lo$ médico$ decidió averiguar por su propia cuenta en libros viejos y vía web en enciclopedias “on line” (yeah, motherfucker!) y de ésta manera logró llegar a la conclusión de que lo suyo era algo similar a las “alucinaciones PRE-R.E.M.”, algo así como alucinaciones previas al sueño profundo provocadas por desarreglos nerviosos y emocionales. Sin embargo ocurre que lo suyo iba más allá: lo suyo era físico, se ahogaba, se agarrotaba…sangraba. Comenzó a sentirse peor, enfermo, sucio, loco. Se autodiagnosticó “severo caso de paranoia y soledad” y se autorecetó elevadas dosis de vino nocturno, y cuando cantaba Gardel bienvenido era el whisky. Y así pasaban las noches, la Taurus, la botella, la ventana que daba a la city de las 5 a.m., mientras fumando esperaba a que el sol volviera a iluminar su cada vez más oscura existencia.

Y las mañana eran siempre iguales, el jefe reventando los tímpanos, la compañera de oficina de las piernas de nylon, el ordenador atiborrado de información, las ideas siniestras desfilando por su cada vez menos ordenada sesera. Y el reloj que pasaba tan lento, tanto que parecían años. Y la vocecita del führer ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES MUEVA EL CULO BENAVIDES MUEVA EL CULO BENAVIDES MUEVA EL…! Y el culo de Benavides sudaba, y Benavides sentía náuseas, veía borroso, nublado, se le secaba la garganta y se le acalambraban los brazos y piernas, activos, pasivos, ctrl.+Alt+Supr, curvas de intereses, etc etc etc etc etc ETC…


IV
¿Y las crisis de pánico? Bueno, resumiendo el cuento: crisis de pánico = me voy a morir. ¿Así de simple? No, pero no viene al caso explicar tanto. Sin embargo hay algo que es aun más complejo y delicado, algo a lo que Benavides terminó por llamar drásticamente “la locura”. Y "la locura" consistía básicamente en lo siguiente: mientras dormía (aquellas benditas veces en que lo lograba) ingresaba en sueños, pero no sueños cualquiera; era como si realmente estuviera despierto, como si no durmiera y la vida siguiera su curso. Se veía en su cuarto fumando un cigarro, tomando algo de vino, mirando el techo con indiferencia, pero de pronto se sentía mal, comenzaba la angustia, el pánico, comenzaban los calambres, la sangre a la cabeza…y entonces despertaba. Se secaba el sudor, se tocaba la nariz para comprobar la presencia o no de sangre, se tomaba el pulso y trataba de relajarse, de respirar bien, se levantaba y se servía otra copa; pero los nervios podían más que él, lo agarrotaban, lo perturbaban, comenzaban a hacerle perder el sentido, y entonces volvía a despertar. Era un sueño dentro del otro, una realidad dentro de otra y no podía escapar. Y era tan real todo, su cuarto, el vino, los calambres, el baño sucio, la ropa tirada en el piso en medio de latas vacías de cerveza. Todo era real, o al menos así lo creía hasta que despertaba una vez más.

La realidad de Benavides comenzó a hacerse incierta, se mezclaba de una manera bizarra con los sueños, se confundían, ya no estaba seguro de estar dormido o despierto. A veces estaba en su oficina de empleado mirando como siempre las piernas de nylon de la morena o pensando en siniestras matanzas cuando venían ¿las crisis y comenzaba a sudar y el corazón latía más rápido y los mareos y la sangre subiendo y los calambres y despertaba. Sí, despertaba, otra vez en su cuarto hediondo a caca, a humo y a vino. Se levantaba al baño, se mojaba la cara, se servía algún alcohol, se sentía mal y volvía a salir del sueño (o creía salir). ¿Se entiende ahora por qué nuestro amigo Benavides la bautizó “la locura”? si esto no lo volvía loco no lo haría ni Freddy Krueger.

Una mañana despertó (o creyó despertar) y tuvo un extraño presentimiento. No era algo normal, era como una ansiedad en el pecho, un ahogo distinto al que estaba acostumbrado a sentir. Caminó al baño (o creyó caminar), meó y cagó, se limpió el culo y se puso el uniforme de oficina. No se molestó ni de lavarse los dientes y partió rumbo al laburo diario, pero esta vez no iba sólo: la Taurus lo acompañaba en el bolsillo de su chaqueta. También iban con él aquel presentimiento extraño y una vocecita dentro de sus tímpanos, una vocecita con acento alemán que repetía y repetía “MUEVA EL CULO BENAVIDES, MUEVA EL CULO BENAVIDES, MUEVA EL CULO BENAVIDES, MUEVA EL…”

Llegó a la oficina (o creyó llegar) y se sentía extraño, se sentía eufórico, capaz de todo. La pistola en su chaqueta le daba una sensación de poder, de control, le hacía de alguna forma sentirse “VIVO”. Pasó por el puesto de la morena de las piernas de nylon, se detuvo y se acercó a su oído y, con el mejor tono de latin lover que pudo, le dijo “he soñado tantas veces con tus piernas, he soñado con tu cuerpo desnudo sobre mis sábanas y yo ahí mordiendo tu carne como un perro hambriento de ti”. Y eso fue todo: ella hizo un gesto de asco y se paró corriendo al baño, balanceando sus perfectas nalgas envueltas en aquella ajustada falda negra. Benavides la miró alejarse y siguió su camino, se sentó frente al maldito ordenador, pero no alcanzaba a acomodar el culo cuando escucha al nacional socialista decir con tono seco “A MI OFICINA BENAVIDES”. Se paró del pupitre, metió la mano a su bolsillo para acariciar el lomo de la Taurus y entró al despacho de su “jefecito”.

“NO LE DARÉ EXPLICACIONES, ACÁ TIENE SU CHEQUE Y V+AYASE. TAMBIEN LE RECOMIENDO UNA DUCHA O AL MENOS QUE SE CEPILLE LOS DIENTES. HASTA NUNCA BENAVIDES”


V
BANG - BANG. Dos tiros. Uno desviado que dio en una ventana y quebró el vidrio, el otro en plena cara del obeso alemán. No se molestó en ver la sangre del gordo, nada más disparó y salió corriendo, bajó los dos pisos por las escaleras, tomó un taxi y se metió lo más rápido que pudo a su cuarto y a su infierno personal. Estaba agitado, nervioso, en cualquier momento caería la policía por ahí y no podría negar nada, sabía perfectamente lo que había hecho y aunque parezca extraño e incomprensible…se sentía bien. Se tiró en la cama a esperar a que el ruido de las sirenas acabara con su felicidad.


VI
No recordaba bien cómo ni cuándo se había dormido, pero despertó sobre sus sábanas en la misma posición en la que se había tumbado. Se levantó y estiró su acalambrado esqueleto y se asomó por la ventana: nada.

Seguramente la policía aún lo buscaba, pues había mentido en su currículo acerca de su domicilio. Pensó en la posibilidad de que todo hubiera sido un sueño, pero ahí estaba su camisa salpicada de sangre, la Taurus con dos balas menos, aquella sensación de dureza que sólo conocen quienes han quitado la vida a otro ser humano.

Caminó al baño, lo notó más sucio de lo habitual, pero esto le importó una mierda. Se miró en el espejo y sintió algo extraño: era una sensación fría que le recorría todo el cuerpo, y era él, su rostro demacrado el que la provocaba. Era un estremecimiento helado, miraba su barba de tres días, sus ojeras moradas y llenas de diminutas venas, sus ojos rojos a punto de reventar en sangre “Benavides, éste no puedes ser tú” se dijo a sí mismo en voz baja. Se cepilló los dientes, y al votar aquella mezcla de pasta, agua y sangre, no pudo evitar recordar las últimas palabras del S.S.

Empezó a sentirse mal, no lo soportaba, el reflejo de su rostro en el espejo le acobardaba, se sentía un criminal y no sólo por lo del obeso teutón, sino también de sí mismo y de lo que alguna vez soñó ser… se tuvo miedo. Se tapó la cara con las manos y reprimió el vómito, corrió a la cama, se tiró sobre ella boca abajo y sintió cómo una angustia horrorosa lo consumía por completo, era una opresión en el pecho, en la garganta, y las lágrimas comenzaron a brotar solas, como si tuvieran vida propia. Comenzó a llorar, a llorar como un bebé, minutos, horas, sentía como vaciaba algo muy arraigado dentro de sí, vomitar kilos de mierda fétida, exorcizar al peor de los demonios, llorar, llorar, sentir las lágrimas limpiando los ojos y el espíritu, no pensar en nada, sólo dejarse llevar por el llanto, las lágrimas, el agua.

Lo que sonó no fueron sirenas, sino el teléfono. Se secó el sudor, midió su pulso y contestó. No se sorprendió cuando al otro lado de la línea había una voz grave y fuerte que exclamaba: “BENAVIDES, ¡SON LAS DIEZ DE LA MAÑANA!, ¡HASTA CUANDO CON SUS ATRASOS!, ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES! ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES! ¡MUEVA EL CULO BENAVIDES! ¡MUEVA EL CULO…!” Benavides se levantó de la cama, caminó hacia el baño y se cepilló los dientes. Luego movió el culo rumbo a la misma oficina de siempre (o creyó hacerlo).

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