dimanche 11 février 2007

Giulio GORELLO/ El desafío de ser heréticos


El desafío de ser heréticos
Por Giulio Gorello

Para muchos, el peor enemigo de la verdad es el relativismo. Sin embargo, el hecho de no reconocer nada como una verdad definitivamente adquirida impulsa el conocimiento científico, la libertad y el desarrollo social

La imagen del árbol del conocimiento es antigua y rica en connotaciones, incluso para nuestra época. El resultado de las diversas ciencias, la conquista de cada disciplina y las nuevas metas establecidas por las más diversas tecnologías son como las ramas, mientras los principios fundamentales son el tronco arraigado en lo profundo de la verdad. Y eso tiene correlato en el plano de la ética y de la política, donde existen muchos modos diferentes de articular en la superficie los "irrenunciables" valores fundamentales.
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¿Qué es entonces lo que no funciona de la imagen del árbol? Simplemente, tenía razón el duque de Mantua: el ser humano (y no sólo la mujer, como en Rigoletto ) es móvil, "cambia de acento y de idea". A diferencia de una planta, no sólo está ligado a ésta o aquella raíz... salvo esos moralistas que son un poco como los árboles en los que en una época se ponían los indicadores camineros: rápidos para indicar el camino correcto (éste o aquel valor no negociable), pero incapaces de practicarlo, porque estaban demasiado dedicados a misión de imponernos lo que consideran nuestro bien.
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Desde hace siglos filósofos y científicos discuten qué es lo que caracterizaba al Homo Sapiens, diferenciándolo del resto de los animales. ¿La mayor dimensión de su cerebro? ¿El lenguaje? Cualquiera sea la respuesta, me parece que uno de los rasgos más conspicuos de ese extraño animal que somos es su irresistible tendencia al cambio: ya lo teorizaba Aristóteles pero Ulises lo había experimentado mucho antes, tan deseoso de abrazar a Penélope e inmediatamente de volver a partir tras el afanoso retorno a Italia... Cualquiera podría concluir que no se trata de otra cosa que del sentimiento del tiempo.
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¿Recuerdan el prólogo de La fierecilla domada "Ven, mujer, siéntate a mi lado y que el mundo gire como quiera. Nunca seremos más jóvenes". El tiempo "todo lo da y todo quita", pero este tipo de filosofía, lejos de entristecer, "engrandece el ánimo", al menos si no tenemos miedos de arriesgarnos al "vuelo de Ícaro", movidos por la pasión del conocimiento, por expresarlo como lo hizo un ilustre pero muy desafortunado contemporáneo de Shakespeare, Giordano Bruno. En definitiva, el tiempo pudre las raíces y, tal como rezaba un dicho del Renacimiento, "la verdad es hija del tiempo".
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Es absolutamente erróneo el debate sobre el llamado "relativismo": sus detractores, que son mayoría, lo creen el peor enemigo de la verdad. Dan en el clavo, en cambio, los que acusan al relativismo de no reconocer "nada definitivo", pero eso es exacto porque el relativismo sabe convertir a la verdad en una buena aliada.
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Para empezar, no es cierto que un buen relativista ponga todo en el mismo plano. Habitualmente, es copernicano y no ptolemeico, sostiene que las especies evolucionan por selección natural debida a la presión ambiental y que todo eso no depende de ningún "diseño inteligente" de un Dios tan providencial que sea incomprensible; hace uso de la conciencia pero está dispuesto a admitir, junto con Sigmund Freud, la enorme fuerza del inconsciente; reconoce el poder del intelecto pero no se escandaliza de la idea de que las máquinas puedan desplegar una cierta "inteligencia artificial", etc. Obviamente puede, si lo desea, ponerse en el lugar de los ptolomeicos, practicando sin embargo el tipo de ironía sugerida en su momento por Gottfried Benn, que consistía en experimentar qué significa situarse del otro lado.
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El punto es que la verdad tiene varias caras, y es interesante enfrentarlas, es decir, usar una contra la otra. Resulta casi banal constatar que una dinámica de este género es la que se encuentra tanto en los grandes cambios del pensamiento científico como en la práctica considerada "normal" de los científicos. La oposición de los "escépticos" con frecuencia puede parecer absurda a los ojos de de aquellos que se muestran siempre dispuestos a aceptar las interpretaciones dominantes; así, por ejemplo, las objeciones de Albert Einstein a la concepción "ortodoxa" de la mecánica cuántica fue calificada de obsesión irracional, pero después, la relectura del irlandés John Bell ha desplegado un nuevo campo de investigación.
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No estoy diciendo que, ya que el pluralismo o el desacuerdo -más bien, el disenso- ha demostrado ser un potente estímulo del avance del conocimiento, habría que promover esos valores a la categoría de nuevo absoluto. Sostengo, en cambio, que podemos elegir una actitud favorable a una posibilidad indefinida de progreso, tanto en la ciencia como en la técnica y por lo tanto en todos los ámbitos. Pero la extensión de esa perspectiva a otras esferas de lo humano parece ser la posibilidad que resulta más preocupante. En este punto, conviene decirlo con sinceridad: tal como no queremos ortodoxia en el campo de la ciencia, tampoco la queremos en el campo de la moral o el derecho.
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Muchos podrán objetar que de esa manera se pone en peligro cualquier vínculo comunitario. ¿Y entonces? Me parece absolutamente paradójico que se pretenda constituir "comunidad" o "comunión" para participar de una verdad y tributarle un culto. Pero incluso de esta paradoja podríamos extraer una enseñanza, y podemos expresarla con las palabras de un filósofo solitario como Andrea Emo, que escribió miles de páginas sin publicar una -tan poco le interesaban los "valores comunes"-: "la verdad disuelve comunidad y comunión". En otros términos, en la perspectiva que adoptamos, no son las raíces (griegas, cristianas o incluso iluministas, como podría indicar alguien por puro espíritu de contradicción) lo importante, sino la posibilidad de extirparles el homenaje cada vez que corramos el riesgo de que se conviertan en una exhortación o, peor, en una obligación que induce al conformismo o a la sumisión.
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En resumen: no existe ninguna "comunión" que libere ni ninguna liberación que necesariamente nos brinde "comunión". Obviamente, siempre podemos inventar formas de verdad o de solidaridad. Pero entendamos por verdad un objeto al que no es oportuno tender si queremos lograr algo concreto, Y la solidaridad no es otra cosa que una forma de cooperación en nombre de los intereses de cada uno (atención, no caer en el error de creer que los diferentes intereses individuales son necesariamente egoístas. En muchos casos, tanto la biología como la neurofisiología dicen exactamente lo contrario).
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Si estas condiciones se cumplen, logramos reconocernos como aliados, entre nosotros y con el Tiempo. Es decir, como lo expresa una vieja balada estadounidense: We are a Band of Brothers ("Somos un grupo de hermanos"). Pero no exageremos... la historia humana, en la Biblia, empieza con la lucha entre Caín y Abel...
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Por Giulio Gorello Corriere della Sera
(Traducción: Mirta Rosenberg)
Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 11/02/2007

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