dimanche 11 février 2007

Jaime SABINES/Poesia amorosa




Jaime Sabines (1926-1999) Poeta mexicano nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; el 25 de marzo de 1926. Hijo de un libanés emigrado. Vivió alternativamente ahí y en la ciudad de México. Estudió medicina, pero abandonó estos estudios, posteriormente estudió letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se licenció en Lengua y Literatura Española. En su juventud participó en programas de radio. Fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal. Fue poeta calificado por el presidente de México, Ernesto Zedillo, como uno de los más importantes del país en el siglo XX, falleció el 19 de marzo de 1999 en México, Distrito Federal, víctima de un cáncer a la edad de 72 años. Sus poemas son viajes al fondo oscuro de las emociones, siempre con fuerza y siempre desgarradores. De su interior sacó poemas toscos y abruptos. A veces acertó y a veces no, pero cuando lo logró, sus poemas, hablan del amor o de la muerte del padre, tienen una fuerza y una tenacidad en donde el ritmo del lenguaje y la potencia de las expresiones dejan sin aliento al lector, seguro de haber tocado una verdad. Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983. Sus libros son Horal (1950), La señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba (1956), Yuria (1967), Maltiempo (1972), Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973) y Uno es el hombre (1990). Su obra está recopilada en Nuevo recuento de poemas (1977).


Los Amorosos
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Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
El más tembloroso, el más insoportable.
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Los amorosos buscan,
Los amorosos son los que abandonan,
Son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
No encuentran, buscan.
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Los amorosos andan como locos
Porque están solos, solos, solos,
Entregándose, dándose a cada rato,
Llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor.
.
Los amorosos
Viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
Siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
No esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
Siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
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Los amorosos son los insaciables,
Los que siempre "¡qué bueno!" han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
También como serpientes para asfixiarlos.
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Los amorosos no pueden dormir
Porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
Y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
Y su cama flota como sobre un lago.
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Los amorosos son locos, sólo locos,
Sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
Temblorosos, hambrientos,
A cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
De las que aman a perpetuidad, verídicamente,
De las que creen en el amor como en una lámpara
De inagotable aceite.
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Los amorosos juegan a coger el agua,
A tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
La muerte les fermenta detrás de los ojos,
Y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
En que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
A mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
A arroyos de agua tierna y a cocinas.
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Los amorosos se ponen a cantar entre labios
Una canción no aprendida
Y se van llorando, llorando
La hermosa vida.
.
..
No es nada de tu cuerpo,
Ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
Ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
Fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca —tu boca
Que es igual que tu sexo—,
Ni la reunión exacta de tus pechos,
Ni tu espalda dulcísima y suave,
Ni tu ombligo, en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
Ni tus rodillas de marfil al fuego,
Ni tus pies diminutos y sangrantes,
Ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada —¿qué es una mirada?—
Triste luz descarriada, paz sin dueño,
Ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
Ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
Flecha de avispas en el aire ciego,
Ni la humedad caliente de tu asfixia
Que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
Ni una brizna, ni un pétalo,
Ni una gota, ni un gramo, ni un momento:
Es sólo este lugar donde estuviste,
Estos mis brazos tercos.
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