dimanche 11 février 2007

Jorge PEÑA VIAL/Aprender a querer


Aprender a querer
Por Jorge Peña Vial

Las ideas que se tienen del amor son también un componente real del sentimiento. No tiene la misma textura el sentimiento de quien cree que el amor es efímero, que el de quien piensa que puede durar para siempre. Se interpreta de distinta manera cada experiencia. Si se cree que el amor acaba por aburrimiento o por la carcoma de la rutina, se interpretará cualquier momento de tedio como síntoma de la esperada evaporación del amor. Para muchos el amor no dura, o al menos dice creerlo, a pesar de lo cual cada fracaso amoroso, en vez de vivirse como una corroboración de esa creencia, se siente como decepción. Y es que el enamoramiento, al ser un sentimiento tan poderoso, tan vibrante, tan pleno, incluye como rasgo constitutivo suyo la presunción de que no puede ser efímero. Pero si bien el enamoramiento es el desencadenante del amor, su fase primera, ardorosa y positiva, no agota la esencia del amor. Necesita purificarse, desprenderse de egoísmo y búsqueda de sí mismo, despojarse de elementos accesorios, de alianzas y comercios extraños al amor propiamente dicho. Requiere de tiempo para madurar, crecer y realizar en el tiempo lo que se anticipó imaginativamente por encima del tiempo. Al término de ese camino, el amor ya no depende de los estímulos amorosos que fueron el viático de sus primeros pasos. Los diversos avatares de la vida, pruebas y sacrificios, cribaron esas alianzas impuras que lo alimentaban en los momentos iniciales y lo condujeron finalmente no a la muerte, sino a la plenitud. Pero se tiende a ignorar cuán vulnerable es el amor, la ley de sus etapas, el ritmo de su desarrollo, la necesidad de renovarlo, de cultivarlo, de hacerlo nuevo todos los días. Se debe vencer la prueba del tiempo con la idea-fuerza de que es para siempre, para así encontrar en la última edad de la vida un amor tan incandescente -y con la densidad de lo real- como en su origen. Para ello hace falta promover una nueva cultura de la indisolubilidad del matrimonio que permita acceder a una vivencia más verdadera de lo que es el amor. No en vano "en el ocaso del día, se nos juzgará en el amor". Benedicto XVI decía en Verona: "Una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy se consideran un vínculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en toda su belleza; por consiguiente, para dar consistencia y significado a nuestra libertad".
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La gran distinción es entre amores perezosos y amores diligentes. Es perezoso el amor que considera que ya está todo dado al experimentar el sentimiento espontáneo, intenso y apasionado: se considera el amor como goce y no como tarea a realizar en el tiempo. Si bien se han casado "por" amor, el matrimonio es la gran escuela "para" amar. Es amor diligente la decisión voluntaria y reflexiva no sólo de querer, sino querer-querer, buscando con inventiva e ingenio las ocasiones para cultivar ese amor, sorprender y agradar. Por eso Rilke le escribe al joven poeta, que el amor a una persona es quizá lo más difícil que se nos impone, lo extremo, la última prueba y examen, el trabajo para el cual todo trabajo es sólo preparación: "Los jóvenes, que son principiantes en todo, no pueden todavía amar, deben aprenderlo. Con toda su naturaleza, con todas sus fuerzas, concentrados en torno de su corazón solitario, temeroso, palpitante hacia lo alto, deben aprender a amar (...) Así pues quien ama debe intentar comportarse como si tuviera un gran trabajo".


Articulo:
www.diario.elmercurio.com
Ilustración: DESSON
http://www.webstergalleries.com/chiasson.htm

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