mardi 27 février 2007

Ketty Alejandrina LIZ /Oscar PORTELA: una mirada sobre su poética


Oscar PORTELA: una mirada sobre su poética
por Ketty Alejandrina Liz
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Como bien se sabe, nadie que pretenda escribir poesía puede dejarse llevar por los caminos lineales de los sentimientos. Pero sin sentimientos no se puede escribir poesía. Sentimientos que, en palabras de Oscar Portela, son verdaderos demonios interiores, implacables demonios que desgarran antes que la piel, el alma, y donde libera cada una de sus caídas con la energía indomable de su talento. De sólida formación literaria, no se observan en nuestro poeta demasiadas diferencias entre los enfoques que desarrolla en sus ensayos y el personal lirismo de su poesía, en los cuales, detrás de cada aparente negación de toda religiosidad (de re-ligare, volver a unir a Dios) muestra justamente una religiosidad tan desgarrada como conmovedora. Una atenta lectura de sus poemas nos ofrecen verdaderas plegarias que emergen ‹oponiéndose a la inocencia aparentemente perdida‹, de la furia que todo ser humano sensible siente ante las atrocidades que suceden en el mundo que nos toca transitar. Veamos:
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PATER
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Padre mío, clemencia a la que me he negado,
desesperado está mi corazón.
Clausurado el último refugio y apagados los trinos
que afanosamente buscó mi boca.
En tu fe, innumerables fueron las pruebas,
los días recorridos y aquello en
que se prodigó mi anhelo nunca colmado.
Y ahora, sólo cenizas dejas sobre mi ojos,
llenos de sombra y viento y furia y llanto.
Aposento sin ventanas vida, mar sin costa,
la palabra que dicta el incierto camino,
inseguros los pasos, mientras debes volver.
En ninguna parte está el origen,
en todo lugar brilla el olvido,
el sórdido complot del desamor.
Tú dices, abandona la posesión,
el sueño infausto, de las bodas de las aguas y el fuego,
pacificadas están las madrugadas, es terrible el desierto
y aún más grande el temor de no ver ya abras disipándose
o asfixiando el poema, perfumes
que el amor hizo suyo en el desnudo
y frío lecho de la soledad.
Madre, ven a mí como ayer,
protégeme del Caos y el viento de la locura.
Todo retorno es peligroso
y adentro mío no hay sino piedras,
negras e inclementes aves que esperan el día en
que hable el cruel y vasto idioma del origen.

De «La memoria de Láquesis»
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Y es en este contexto, donde el oxímoron se da la mano con algunos saltos de un decir directo y claro, cuando la poesía porteliana levanta mayor vuelo:
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ÁNGULOS
A Alfredo Mariano García
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Después de la faena agotadora, la fatiga,
el cansancio, la abrumadora soledad
sintiéndose a sí misma en la cruz,
los ángulos iguales, el vacío
que llena el centro de la nada
y la imagen de un rostro que no se ve.
Atrás quedan las siestas.
Ardor insoportable de ser
y saberse vencido por la implacable sed.
Lejos quedan imágenes sostenidas en claves
y misteriosos vínculos de azul, y el azar,
la sal y las rapiñas de cuerpos devorándose
en la magnificencia de una noche absoluta.
¿También las hubo? Después de las jornadas de dolor,
el porqué y las alas que vuelven
o en círculos vigilan sobre un dolido corazón.
El que habla, el que escribe para callar,
muda para pensarse sosteniéndose
en el abismo de un enigma, florecido
como una boca pura en mi ingle,
es sólo un muerto, un virginal deseo que se durmió a tus pies.
Después de la fatiga, la soledad diciéndose a sí misma,
reenviándose dudas, actas de nacimiento,
diarios de viaje, atormentados pésames
y una paloma con el ala quebrada.
Ceremonias de lo que resta del día,
desoladoras imágenes, risas en el vacío
y la muerte furtiva tras el medroso olfato de la razón,
inquiriendo las formas y los perfumes de tu piel,
soñándose, atormentándose en sahumerios,
que buscan un sepulcro donde durar en sombras
y en vacilantes ecos.
Sólo un Dios puede salvarnos ya.
Ni en los celestes coros ni en los ciegos abismos,
alguien guarda respuestas para ti.
Después de lo que resta del día, de la espera dolida,
sería suficiente, piadosamente desaparecer de las memorias,
los espejos, los nombres y clamores
que abren y dan consuelo al tiempo.
No un viaje más, no una jornada,
sino la ardiente víspera de adiós hacia la noche austera
donde tus bellos ojos yacen velándose en el vacío del vacío.

De La memoria de Láquesis
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«Claroscuro», su último libro, no se aparta del adentramiento en sí mismo, donde sus demonios interiores continúan imponiéndosele con despiadada presencia aunque, paradójicamente, Oscar Portela sabe dar paso a la inocencia que, a pesar de su admiración por Nietzsche, jamás perdió. Una inocencia que sabe enojarse, una inocencia que sabe decidir cuándo y a quien amar, una inocencia que le permite levantarse tantas veces como ha caído. Que aúna la palabra poética con la humana necesidad de trascendencia.
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Prevalecerán las aguas
A Ricardo Mosquera Eastman
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Las aves van a migrar en qué corazón
y de que flores libarán las aves
que ahora me abandonan en el desierto de los años muerto de sed,
y de visiones o espejismos acerca de aquello
que se fue y de lo que no vendrá,
ahora que desando el camino de los muertos
que hicieron de mi alma un nido,
y sus plumajes se muestran mientras los años pasan y nada adviene,
como no ser la barca de Caronte,
arrastrándome hacia el mito del ave
que yo temo en mis sueños, y que golpea a mi puerta
¿por qué señor? cuando congelado está todo,
cuando el cierzo va a caer sobre mí,
y las llamas van a consumir mi cuerpo, solitario, por qué señor;
negras las alas y el blanco plumaje
que cubre su graciosa silueta de garza
que espera el alba de los cielos, los huracanes y las lluvias,
los colores que no diría nadie,
todo-todo, letal como el volcán que en mis sueños
me insta a jamás despertar.
Quédate entre los muertos alma,
que muerta estás, muertas las alas
que levantó el deseo y entregó por instantes al veneno de Apolo,
quédate entre los muertos, me dices,
y en la ventana, negra-blanca,
como otro vampiro, el ave fabulosa que ha resistido los tiempos,
ella, esperando lo que quizá jamás sea sino el teatro de sombras
del cual estamos hechos, nosotros, marionetas,
que con la pasión del absoluto jugamos a desecar el mar,
cuando prevalecerán las aguas.
Cuando yo estuve aquí
Yo estuve aquí: esta fue mi alma,
mi altura, mi verdad, el vendaval, la tempestad en la
que zozobraron mis ansias,
¡ay! y el tumulto, las volcánicas lavas
que arrasaron todo lo vivo: el oro que sepultó tras sí todo lo índigo,
las ardorosas manos y los cielos caídos
como píos de la rama más alta, yo Calibos, yo Ariel, yo el Mago,
también estuve aquí, pero fue el otro, el otro,
que despertaba minuto tras minuto tras de las marejadas
que las auroras dejan tras de sí.
Yo el otro de mismo, el que ahora se vuelve sobre sí,
(paso de danza que no alcanza el presente, ni la sonrisa del querube),
pasado que retorna o círculo vicioso
que la visión perturba y torna todo púrpura,
la pasión ya agotada, pero viva en la muerte.
Ah niño mío, señor de los vientos del espíritu
y el aire que aún usurpas el no lugar (el no ha lugar),
de un pasado sometido al olvido
y sin embargo, pura visión angélica tras mis pasos que vuelven,
como la aparición o el sueño de encarnados espectros y dibuja,
en mis cansados labios, en el alma del alma, la sonrisa olvidada
entre cipreses y aguas más cálidas
y turbulentas que la muerte.
¿Seré hoy un espectro?
¿Será el adviento que un pasado sin torna,
prometido en los sueños?
Di tú, pequeño astro que turbas el ansia
que aún impulsan los signos que me traes y el idioma del muerto.

De Claroscuro
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Oscar Portela, a contramano de su angustia existencial, tiene el privilegio de poseer, en palabras de Yeats, una dulzura tal fluyendo del pecho que nos reímos de todo y todo lo que miramos está bendito Editora de Poéticas http://www.poeticas.com.ar/
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Ilustración : Siegfried Woldhek http://www.woldhek.nl/
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