dimanche 25 février 2007

Mary Carmen SÁNCHEZ AMBRIZ -José Emilio PACHECO/ Dos poemas de W.H. AUDEN


Hay un enigma que se abre cuando dos poetas escriben el mismo poema en lenguas diferentes, cuando un poeta mayor es traducido por un poeta mayor. En conmemoración del centenario de W.H. Auden (1907-1973), el escritor rebelde del siglo XX, presentamos las versiones (originales, distintas) que José Emilio Pacheco hace de dos poemas escritos en 1939y 1970 por el autor de Gracias, niebla y Carta de Año Nuevo. Además, un ensayo sobre Auden y la idea del artista como artesano.
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Este mes, H.W. Longfellow (1807-1882), el poeta nacional de Estados Unidos, pilar del proyecto cultural del país que imaginaron Samuel Adams y Thomas Jefferson, celebra su bicentenario convertido en mero autor de dos o tres poemas patrióticos que se enseñan en la escuela primaria. Un texto de Juan Manuel Gómez.
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Tras los recientes intentos por minimizar la existencia del holocausto judío por parte del gobierno iraní, y la propuesta de ley que se negocia actualmente a instancias de la ONU en la que se prohíbe terminantemente negar el genocidio, Claudio Magris retoma el caso de Enric Marco para meditar sobre los alcances éticos de un tema que puede considerarse la gran herida del siglo XX.
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La inasible Elena Garro, polémica, contradictoria, genial es retratada aquí, desde su lado más íntimo, por Archibaldo Burns, quien revela algunos de los fuegos en los que se consumió la autora de Los recuerdos del porvenir.La entrevista forma parte de Yo, Elena Garro (Lumen, 2007), conjunto de entrevistas recopiladas por Carlos Landeros a lo largo de tres décadas.
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A propósito de la publicación de El vaquero más auténtico que existió (Ficticia, 2006), Marcial Fernández e Ignacio Trejo Fuentes entablan una conversación literaria, de editor a escritor, de noctívago a noctívago, que oscila alrededor de las obsesiones vitales del autor de Tu párvula boca y Crónicas romanas.
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La adaptación cinematográfica del best seller del escritor alemán Patrick Süskind, revestida de todos los elementos propios de una súper producción hollywoodense, parece ahogarse en sus pretensiones y, de paso, evidenciar las carencias de un libro que no ha envejecido nada bien. Rafael Muñoz Saldaña hace la crítica de El perfume.

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Hay un enigma que se abre cuando dos poetas escriben el mismo poema en lenguas diferentes, cuando un poeta mayor es traducido por un poeta mayor. En conmemoración del centenario de W.H. Auden (1907-1973), el escritor rebelde del siglo XX, presentamos las versiones (originales, distintas) que José Emilio Pacheco hace de dos poemas escritos en 1939 y 1970 por el autor de Gracias, niebla y Carta de Año Nuevo. Además, un ensayo sobre Auden y la idea del artista como artesano.

Dos poemas
por W.H. AUDEN
traducción de JOSÉ EMILIO PACHECO

Musée des Beaux-Arts
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Acerca del dolor jamás se equivocaron
Los Antiguos Maestros.
Y qué bien entendieron
Su función en el mundo.
Cómo llega
Mientras alguno cena o abre la ventana
O nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
El milagroso Nacimiento, habrá siempre
Niños sin mayor interés en lo que ocurre,
Patinando
En el estanque helado a la orilla del bosque.
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No olvidaron jamás
Que el eterno martirio ha de seguir su curso,
Irremediablemente, en sórdidos rincones,
Donde viven los perros su perra vida
Y la yegua del verdugo se rasca
Las inocentes grupas contra un árbol.
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Por ejemplo, en el Icaro de Brueghel:
Con qué serenidad
Todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
El rumor de las aguas y el grito inconsolable.
Pero el fracaso no lo conmovió:
Brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
Al hundirse en las aguas verdes.
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Y la elegante y delicada nave
Debió haber visto lo inaudito:
La caída de un niño que volaba.
Pero el barco tenía un destino
Y siguió navegando en calma.
—1939
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Asilo de ancianos
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Todos poseen un límite: cada uno
Tiene un matiz de daño muy distinto.
La élite
Es capaz de arreglarse por sí misma,
Caminar apoyada en un bastón,
Leer completo un libro, interpretar
Movimientos de fáciles sonatas.
(Pero acaso la libertad carnal
Es el veneno del espíritu:
Conscientes de lo que ha sucedido y el porqué
Abominan su tristeza sin lágrimas.)
Luego vienen los de silla de ruedas, el promedio
Que soporta la tele
Y guiado por amables terapeutas
Canta en comunidad.
Después los solitarios que musitan
Palabras en el limbo, y al final
Los que ya son del todo incompetentes
Y como una parodia de las plantas
(Ellas pueden sudar sin ensuciarse).
No obstante, hay algo que los une:
Todos aparecieron cuando el mundo,
A pesar de sus males,
Era más habitable y más vistoso
Y los viejos tenían auditorio
Y un lugar en la tierra.
(El niño reprendido por su madre
Podía refugiarse con la abuela para ser consolado
Y escuchar algún cuento.)
Hoy ya todos sabemos qué esperar,
Mas su generación es la primera
Que se ha desvanecido de este modo:
No en casa sino asignada a un pabellón, arrojada
Como se arrumban fardos indeseables.
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Mientras voy en el Metro para estar
Media hora con una del asilo,
Recuerdo quién fue ella en su esplendor.
Entonces visitarla era un orgullo
Y no una caridad.
¿Seré tan frío como para esperar
Un somnífero rápido, indoloro;
O bien para rogar, como ella ruega,
Que Dios o la naturaleza precipiten
Su función terrenal?
—1970
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La poética en rebeldía
por MARY CARMEN SÁNCHEZ AMBRIZ
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Cuando alguien le preguntaba a W.H. Auden cuál era su profesión, él de inmediato daba una respuesta que la mayoría de las veces congelaba la conversación de su interlocutor. “Soy historiador medieval”, decía. Y su argumento era que si se definía como poeta, recibiría miradas que querían decir: “Sí, pero de qué vives”. Por eso se mostraba orgulloso de que su pasaporte exhibiera a la vista de todos: “Profesión: gentilhombre”. Se consideraba un individuo feliz, afortunado porque desde la infancia fue testigo de cómo el arte y la ciencia se pueden conciliar.
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En La mano del teñidor (The Dyer’s Hand, 1948) confiesa que comenzó a escribir poesía porque una tarde de verano un amigo se lo sugirió. “La idea nunca me había pasado por la cabeza. Conocía escasos poemas (The English Hymnal, los Salmos, Struwwelpeter de Hoffman y las rimas mnemotécnicas del Manual abreviado Kennedy para el aprendizaje del latín son los únicos que recuerdo) y me interesaba poco por la llamada Literatura de Imaginación”. En ese entonces, a los 15 años de edad, sus libros de cabecera eran los cuentos de George MacDonald y Andersen, los relatos policiales con Sherlock Holmes, las novelas de Julio Verne, Lewis Carroll, Las minas del rey Salomón, de Haggard, y textos relacionados con el estudio de la geología. Así como Goethe se fascinaba por los distintos tipos de minerales —por sus aportaciones a esta ciencia la goethita lleva su nombre—, Auden dedicaba horas a documentarse sobre lo que consideraba “objetos sagrados”, como las piritas y un sinnúmero de minerales. Entre los 6 y los 12 años creció con la idea de que iba a convertirse en ingeniero de minas o geólogo. Se entretenía construyendo un mundo propio, sumamente elaborado, alimentado del paisaje calcáreo de la cuenca minera y de la industria de la explotación del plomo. “Más tarde me di cuenta de que en ese mundo habitado sólo por mí, ya estaba empezando a aprender cómo se escribe la poesía. La decisión final, en su momento, me pareció fortuita. Mirando atrás me doy cuenta de que el terreno ya estaba preparado”, describe el poeta en la que fue su última entrevista, publicada por Michael Newman en Paris Review.
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Auden es, en ocasiones, un poeta claro, y en otras hermético. Intentó trazar una poética de la razón; esto es, un poema, que sin perder la singularidad de la palabra lírica, se nutra de pensamiento y no se circunscriba a una simple descripción de hechos. Así es como deambula tanto en las disertaciones líricas como en el ensayo, en ambos casos predomina el sentido crítico, el humor socarrón, la indignación, el desasosiego y la incertidumbre ante el futuro de la conciencia humana.
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Si acaso una palabra define la obra de W.H. Auden, es rebeldía. De ahí pueden desprenderse una serie de epítetos que, invariablemente, se dirigirán hacia la forma anticonvencional que el poeta, ensayista y dramaturgo tenía de acercarse a cualquier manifestación artística. Virginia Woolf en uno de sus últimos ensayos, “La torre inclinada” (incluido en el volumen The Moment and Other Essays, 1947), lanza una crítica mordaz a los jóvenes escritores ingleses posteriores al grupo que ella pertenecía —encabeza la lista W.H. Auden, y le siguen Cecil Day Lewis, Rex Warner, William Empson y Stephen Spender, incluidos en la antología New Signatures (1933)—. Según Woolf, todos ellos tienen conciencia de estar en la cima de una torre, conscientes de su nacimiento burgués, de su costosa educación. ¡Y qué extraña resulta la vista desde lo alto de la misma; no justamente invertida sino oblicua! “De ahí la violencia de sus ataques contra la sociedad burguesa y al mismo tiempo su modo de no comprometerse a fondo: aprovechan de una sociedad que insultan. Y sin embargo se sienten obligados a predicar, si no con su vida, con sus escritos, la creación de una sociedad en la que todos son iguales y libres. Lo cual explica el tono pedagógico, didáctico, que domina en su poesía.” Mario Praz aplaude la visión de Woolf, y en La literatura inglesa. Del romanticismo al siglo XX (La letteratura inglese dai romantici al novecento, 1967) califica de “feliz metáfora” lo anteriormente descrito; no obstante, al fijar la mirada en el líder de aquella generación, intenta evitar el tono moralizante: “La brillante imaginación de Auden, humor satírico y apasionado, trascendían su identificación con una determinada posición política. Se convirtió en el portavoz de la conciencia turbada, ansiosa y desdeñosa de toda una época. Sus flechas apuntan contra la hipocresía de las emociones, la sentimentalidad y la pseudofilantropía burguesas”.
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De la indignación a la nostalgia
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Auden vivó en Berlín entre 1928 y 1929; también realizó viajes a China, Islandia y España. Sus poemarios Cartas de Islandia (Letters from Iceland, 1937), Viaje a una guerra (Journey to a War, 1939), “Spain” y Carta de Año Nuevo (New Year Letter, 1941), consignan su preocupación sobre la beligerancia y la inestabilidad política. Decidió irse de Europa antes de que iniciara la Segunda Guerra Mundial, y Nueva York se convirtió en su nuevo lugar de residencia; tal hecho fue interpretado como una traición a los ideales políticos que compartía con los escritores de su generación. De este modo, 1939 fue un año decisivo para Auden, quien nunca imaginó que su estancia en Nueva York, en compañía de su amigo Christopher Isherwood, iba a ser tan benéfica para su escritura.
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Consternado por la situación que se vivía en Londres, por estar lejos de su patria, la noche del 31 de diciembre de 1939 W.H. Auden comenzó a escribir su Carta de Año Nuevo, un largo poema que consta de 1,707 versos. Demuestra su pesar porque el discurso político ha fracasado y hace un llamado a la conciencia para evitar la catástrofe. La visión crítica impera en su disertación, así como la ironía, el desparpajo para abordar temas y hacerlos coincidir con frases clave que sustentan la arquitectura del poema. Entre los asuntos que aborda se encuentran el exilio, la guerra, la muerte, la incertidumbre y el destino de la civilización. Toma el modelo dantesco para hablar del infierno, el paraíso y el cielo.Así da la bienvenida el poeta a 1939: “Sometidos al peso sin clemencia/ del invierno, el Estado y la conciencia,/ en formación variable, compartiendo/ amor, lenguaje, soledad o miedo,/ hacia los hábitos del año entrante/ la guerra va fluyendo por las calles/ cantando o suspirando mientras pasa”. Dado que el amor ha quedado destruido, para Auden sólo queda odiar al odio mismo. Escribe: “El hombre más común de los comunes/ se vuelve el Leviatán que nos destruye;/ nuestro millón de actos personales,/ omisiones, creencias, vanidades”. Las referencias a Hobbes, Kierkegaard y Pope son una constante en el pensamiento de Auden.
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La traducción de Gabriel Insausti a la Carta de Año Nuevo (Pre-Textos. Madrid, 2006) se presenta como la más apegada a la propuesta lírica del autor. Insausti eligió transformar el octosílabo en endecasílabo, preferentemente sáfico o melódico. La Carta concluye con un decasílabo que quedó convertido en alejandrino. En el resto del poema se privilegia al verso libre.En esta Carta, Auden convoca de nueva cuenta a ese tono irónico que lo ha acompañado otras veces. La esencia del poemario resulta ser el desasosiego, la indignación ante el Holocausto; es un llamado a la conciencia del ser humano para indagar qué tan válidos son los argumentos que remiten a la destrucción. Auden terminó de escribir la Carta de Año Nuevo en abril de 1940. El libro está dedicado a su amiga Elizabeth Mayer, una refugiada alemana que residía con su familia en Long Island, con quien el poeta inglés se sentía identificado por tres motivos: el interés por la psicología, la música y por el parecido de Mayer con su madre. Auden la llama cariñosamente “mi más querida y más buena entre las hadas madrinas”. Fue una figura protectora en tiempos de incertidumbre.
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Carta de Año Nuevo es la antítesis de Gracias, niebla (Thank you, Fog, 1974). La primera es una reflexión de lo que acontece en Europa, un repaso de sus creencias y obsesiones. La segunda puede verse como un regreso a sus orígenes, un repaso de sus aprendizajes por la filosofía, la poesía y la narrativa; la niebla es la nostalgia por el paisaje invernal de Londres, el regreso a su país natal. “Finalmente, las escalofriantes cosas/ que hacían Hitler y Stalin/, me obligan a pensar en Dios.” Gracias, niebla se publicó un año después de su muerte. Auden ya había escrito el título, y la dedicatoria para Michael y Marny Yates con las siguientes líneas: “Ninguno de nosotros es tan joven/ como antes. ¿Y qué?/ La amistad no envejece”. Pero el poeta no alcanzó a terminarlo.
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“Los poemas de Auden pueden ser artefactos fascinantes o cachivaches estrafalarios, según el día. Pueden ser abstrusos o diáfanos. Pueden perderse por los laberintos del galimatías o seguir el camino recto de la evidencia reveladora”, escribe Felipe Fernández Reyes en el prólogo a la versión en castellano de ese libro póstumo.
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La fiesta del té
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Los ensayos de Auden abarcan diversos temas, desde la manera en que asimila el legado de autores como D.H. Lawrence, Marianne Moore, C.P. Cavafis, los entresijos de la novela policiaca, hasta la literatura griega, la cocina y la música. El ensayo en la literatura inglesa posee una antigua tradición que abarca desde Bacon, Dryden, Addison, Johnson, Coleridge, Lamb, Ruskin y autores más cercanos a Auden como Wilde, Chesterton y Stevenson. El interés del poeta inglés al frecuentar este género literario no radica en impartir conocimientos, tampoco en corregir las ideas de otros. El volumen La mano del teñidor no es el tratado de tufo académico en donde un literato se obstina en reforzar su imagen de buen lector. En “Hacer, conocer, juzgar”, parece que Auden lleva al hombro un carcaj lleno de flechas, y va soltando cada una en el momento preciso: es insistente, didáctico, claro y se muestra iracundo por la manera en que la crítica aborda a la poesía. Con dedicatoria para los poetas y, en especial a los críticos literarios, Auden plantea cuatro puntos básicos para que pueda confiar en el criterio de otra persona sobre cualquier asunto literario: “Quiero saber si le gustan —quiero decir si realmente le gustan, no si le parecen bien en principio— las siguientes cosas:
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1) Un largo listado de nombres propios como los que aparecen en las genealogías del Antiguo Testamento o en el catálogo de naves de la Ilíada.
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2) Los acertijos y otras formas de no llamar a las cosas por su nombre.
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3) Formas poéticas complicadas y con grandes dificultades técnicas, como las englyns, drott-kvaetts y sextinas, aun si su contenido es trivial.
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4) La deliberada exageración dramática, escenas barrocas como la bienvenida de Dryden a la Duquesa de Ormond”.
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Se puede abrevar de las recomendaciones, de forma pausada y así el lector hallará a un hombre preocupado por la función del poeta, por la manera en que se habla y se entiende la poesía. En homenaje a Lewis Carroll toma la imagen de la mesa de la fiesta de té del Sombrerero Loco, y así mira Auden lo que sucede en torno a la “república de las letras” inglesas que le tocó vivir: “La mesa se ha alargado, y ahora incluye miles de rostros nuevos, algunos encantadores, otros horribles. En un extremo están algunos que antes eran muy entretenidos y se convirtieron en embajadores del tedio o se quedaron dormidos; triste cambio que sufre todo invitado después de unos cuantos años. El tedio no necesariamente implica desaprobación; sigo pensando que Rilke es un gran poeta, pero ya no lo puedo leer”.
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Es precisamente en esta fiesta de “no cumpleaños” que el Sombrerero y la liebre se empeñan en celebrar, donde Auden contempla lo que podría llamarse la construcción del “no poema”. Como dice Auden, “no hay nada peor que un mal poema cuya intención sea ser grande”. Sin necesidad de recurrir a zigzagueos de la palabra para lanzar la flecha al sitio que quiere apuntar, diserta sobre la estrecha formación que percibe en los poetas, algunos de ellos invitados a tomar el té: “Atendiendo a su formación limitada, el poeta debe ser cauto y limitarse, al hablar de poesía, a temas generales donde una apreciación correcta pueda extrapolarse a varios casos y aplicarse a todos, o a algún tema específico que sólo demande la lectura intensiva de unas pocas obras. Puede aportar algo al hablar sobre bosques, inclusive al hablar sobre hojas, pero nunca cuando opina sobre árboles”. Fue Auden quien llamó a Tennyson “el más estúpido de los poetas ingleses”.
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¿Qué entiende Auden por poesía y qué le interesa descubrir? Primero, desea ver si en el poema hay una técnica y de qué manera funciona. Segundo, intenta responder a cinco preguntas: “¿Qué clase de persona habita en este poema?, ¿cuál es su idea de una buena vida o de un buen lugar?, ¿y su noción del Demonio?, ¿qué le oculta al lector? y ¿qué se oculta incluso a sí mismo?”. Un artista —para Auden—, alguien que merezca ese título, debe pensarse a sí mismo como un artesano, un hacedor, no como un genio inspirado.
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El pozo de Narciso
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Al margen de la moda y sus vaivenes, el poeta no lee para nadie, sólo para sí mismo. Auden intenta formarse una idea acerca del arte de escribir, de tener una opinión de un personaje o de escudriñar el clima espiritual de una época. Aquí se apela al ensayo concebido por Montaigne y, en cierto sentido, parafraseando al padre del ensayo, el autor podría exclamar: “Yo soy la materia de mi libro”.
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Respecto al empleo del Yo en el ensayo, Auden marca una línea —muy en su costumbre— y recuerda una frase de Pascal: “El Yo es siempre odioso.” En cierta forma, la mirada previsora de Auden alerta ante el uso indiscriminado de la primera persona, recurso que si no se emplea con cautela y de manera equilibrada, se corre el riesgo de caer en lo que precisamente critica Auden, la pedantería. Así lo advierte en el ensayo “El pozo de Narciso”: “El Yo que recuerda la condición anterior de un Sí Mismo ahora alterado, no puede creer que también él haya cambiado. Al Yo le gusta imaginarse como Zeus, quien podría asumir una apariencia corporal tras otra como cisne o toro sin dejar de ser Zeus”. Desde el punto de vista de Auden, en toda autobiografía hay dos personajes: un don Quijote —el Yo— y un Sancho Panza —el Sí Mismo—. Reconoce: “Es difícil encontrar un autorretrato honesto, ya que el hombre que ha alcanzado la autoconciencia implícita en el deseo de pintar su propio retrato, casi siempre desarrolla también una conciencia del Yo que lo pinta pintándose, e introduce luces y sombras dramáticas”.
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Entre monstruos
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Auden fue un profundo conocedor de música. En colaboración con Chester Kallman —su compañero sentimental de toda la vida— escribió el libreto para la ópera The Rake’s Progress, de Stravinsky. Es autor de una breve y notable biografía de Wagner, a quien entiende como “el más grande de los monstruos”, y también reconoce que hay un Wagner desconocido que fue modelo de orden, razón y civilización. “Soy consciente de hasta qué punto escuchar música me enseñó a organizar un poema, a lograr variedad y contraste gracias a los cambios de tono, de tiempo y de ritmo; pero no podría decir de qué manera”, señala.
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En contra de la voluntad de Verdi —quien había afirmado “jamás publicaré mis memorias. Está bien ya con que el mundo haya tenido que oír mi música. No, jamás los condenaré a leer mi prosa”—, Auden junto con Charles Osborne, publicó las cartas del músico. Éstas, sin embargo, no contienen ningún documento embarazoso —tal vez porque Verdi no escribió misivas de ese tipo—, o quizás porque Auden y Osborne resolvieron omitirlas. En el prólogo a la correspondencia, Auden comenta: “Al igual que como compositor, como ser humano Verdi mereció su buena suerte. En el caso de muchos grandes hombres, me parece suficiente el deleitarme con sus trabajos. Pocos me hacen desear el haberlos conocido; Verdi es uno de ellos”. Luego de leer su poesía y su poética, acaso podría decirse lo mismo respecto al propio Auden.
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Sánchez Ambriz. Periodista y ensayista. Su libro más reciente es Entre la pluma y la brújula (UAM, 2006).
Articulo:
http://www.eluniversal.com.mx 22/02/2007 – Confabulario
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Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...