mardi 6 février 2007

Pedro B. REY/ Zadie SMITH, la hija rebelde de Dickens



La hija rebelde de Dickens
Por Pedro B. Rey

En esta entrevista, una de las más recientes revelaciones de la literatura anglosajona, la escritora inglesa de madre jamaiquina Zadie Smith, habla de su obra y en especial de su novela Sobre la belleza (Salamandra), que aparecerá en estos días en la Argentina


En los años que siguieron a la publicación de Hijos de la medianoche (1981), de Salman Ruhsdie, la crítica inglesa comenzó a subrayar una tendencia irreversible. Tras la senda abierta por V. S. Naipaul (mucho después, en 2001, el triniteño obtendría el Premio Nobel de Literatura), las obras más originales de la narrativa británica del momento eran producidas por autores provenientes de las viejas colonias o de otras culturas. El vocablo "poscolonialismo" no figuraba aún en los diccionarios, pero los dos escritores nombrados más arriba, más Hanif Kureishi (hijo de paquistaníes), Timothy Mo (nacido en Timor oriental) o Kazuo Ishiguro (nacido en Japón, pero llegado a los cinco años a la isla), por citar unos pocos, se dedicaban a inocular en esa frondosa literatura de siglos, algo anémica para entonces, un imaginario y una lengua novedosos.
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Un cuarto de siglo más tarde, lo que podía haber de rareza o exotismo en aquellos autores es hoy una segunda naturaleza. Kureishi o Ishiguro, pero también Ben Okri (nigeriano) o Vikram Seth (indio), también afincados en Inglaterra, forman parte de ese variopinto y dúctil mosaico literario, en pie de igualdad con los Ian McEwan, los Martin Amis o los Graham Swift.
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Cuando a la mucho más joven Zadie Smith (Londres, 1975), hija de padre inglés y madre jamaiquina, se le pregunta cuál es la distancia entre aquella generación precursora y la suya, novísima, responde a la altura de su fama de enfant terrible de las letras: "La primera diferencia -dice, y lo dice en serio- es que Rushdie, por ejemplo, es inmigrante, mientras que yo nací en Londres; vale decir, soy inglesa. Pero ni siquiera me siento familiar con tal o cual escritor por razones de nacionalidad. Lo que trabajan los escritores de la década del ochenta y lo que hago yo es inevitablemente distinto porque somos de otra generación, no tenemos ni el mismo estilo ni los mismos intereses. Muchos de los narradores que considero más próximos, de hecho, son norteamericanos o franceses".
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Espigada, locuaz, de pocas pulgas, a Smith le incomoda soberanamente que se la señale (es su karma fuera, pero también dentro de las fronteras de Gran Bretaña) como representante privilegiada de una supuesta literatura multicultural. Lo repite más de una vez en el bar del elegante hotel de Barcelona al que la trajo la gira de presentación de Sobre la belleza , su última novela, recién editada en castellano por Salamandra: no hizo más que criarse, asegura, en Willesden, barrio londinense en que conviven muchas comunidades ("El área tiene cierta fama porque, se supone, es donde se habla mayor cantidad de lenguas"). A sus 31 años todavía vive ahí, aunque ahora la acompañe su esposo, el crítico y poeta Nick Laird. Y sus novelas (tres hasta la fecha: Dientes blancos , 1999; El cazador de autógrafos , 2002; y Sobre la belleza , 2005, finalista ese año del premio Booker y ganadora luego del premio Orange) son un reflejo de su experiencia vital, del cosmopolitismo de una gran capital como Londres. "En un país como Argentina, supongo, saben bien de esas mezclas, ¿no?", pregunta, clausurando así los caminos que llevan al tema.
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Londres ha cambiado. La literatura inglesa ha cambiado. También podría señalarse que, al menos en el primer mundo, ha cambiado el mercado de la industria editorial. La breve carrera de Zadie Smith es un caso testigo. Hace poco menos de una década, su nombre fue una paradójica moneda de cambio: comenzó a ser reconocida antes de editar ningún libro. Después de leer un texto publicado en una revista universitaria, la agente literaria más influyente del mundo anglosajón la tanteó para ver si no tenía una novela entre manos. La tenía, no escrita, pero sí esbozada. La agente no dudó en darle un importante adelanto a la joven de 22 años para que la llevara a buen puerto. Así vio la luz Dientes blancos , una colorida historia de clara estirpe dickensiana, situada en un barrio de inmigrantes, que gira alrededor de las familias de dos ex combatientes de la Segunda Guerra Mundial. La novela de 500 páginas, un fresco que desborda buen humor (rasgo distintivo, también, en los dos libros que vendrían después), le valió el ingreso inmediato en esas deportivas listas anuales de mejores escritores jóvenes por las que el periodismo británico tiene predilección.
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Esa entrada rampante en la literatura creó también algunos malentendidos, dejó algunas secuelas. Zadie Smith otorga la menor cantidad posible de entrevistas en su país ("Como Philip Roth, que no da notas en Estados Unidos", acota) porque algunas de sus declaraciones, sacadas de contexto, la han hecho pasar más de un mal trago. Por lo general, suelen destacarle cada frase en que Inglaterra sale mal parada.
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Smith, como creadora de mundos de ficción, tiene, además del ya aludido humor, otro rasgo distintivo. Dientes blancos es una saga familiar ("Yo escribía desde mucho antes, ya sabía que sería escritora", asegura cuando se le pregunta por las particulares condiciones, cómodas o incómodas según se vea, de su ejecución) protagonizada por bengalíes y una jamaiquina. En El cazador de autógrafos , el tema familiar también está presente. Pero Sobre la belleza es la apoteosis. La obra tiene como eje la historia de un par de familias, una mixta y "progresista" (formada por Howard Besley, blanco él, su mujer Kiki y su prole), y otra negra, conservadora y religiosa (constituida por Monty Kipps, su esposa Carlene y sus dos hijos). La novela sigue de cerca, en su estructura y avatares, a Regreso a Howards End , una ficción de E.M. Forster (18979-1970), uno de esos autores tan ingleses como el té por los que Smith siente declarada devoción.
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Este eterno retorno a ámbitos familiares puede parecer una obsesión, pero Zadie Smith lo vincula de manera directa con los orígenes de la escritura. Nietszche decía no entender, en uno de sus últimos libros, por qué debía pensarse hijo de sus padres cuando podía considerarse a sí mismo hijo de Alejandro Magno. Smith opta por un ejemplo menos solemne: "Siempre pienso en algo que decía Bob Dylan, un simple chico judío nacido en medio de la nada. ´Lo primero que me pregunté -dice en algún lugar- es: ¿es ésta mi familia? . Sentía que venía de otro planeta, y cuando era niña yo tenía la misma impresión. No es que no quisiera a los míos [la voluminosa Kiki, de hecho, es un homenaje a su madre jamaquina], pero tenía una sensación de extrañamiento. Y supongo que de ese extrañamiento es de donde surge todo lo demás. Escribir tiene que ver con la posibilidad de ser otro. Yo soy apenas una novelista, pero me imagino que, de manera mucho más fuerte, es eso lo que debe de sucederle a la gente que de verdad tiene genio. Debe de ser extraordinario despertarse a la mañana y descubrir que uno es Emmanuel Kant, ¿no?"
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En Sobre la belleza , sin embargo, las familias son también un molde para la narración, el laboratorio en que se producen las chispas para que, a medida que la trama avanza, vayan desgranándose una multitud de temas y matices: las relaciones generales entre los individuos, claro está, pero también los vínculos matrimoniales, la rivalidad, los falsos dilemas de la identidad, el valor del arte (de Mozart al hip hop ), el mundo universitario, la ridiculez de la sobreintelectualización. La obra entronca también con un género establecido de la narrativa anglosajona, la "novela de campus". Los hijos de las dos familias son todos estudiantes y tanto Belsey como Kipps, catedráticos universitarios de historia del arte. Rivales a muerte, ambos se especializan en Rembrandt. Belsey es el intelectual de avanzada que busca diseccionar las pinturas para demostrar que un artista, como en el caso del artista holandés, es producto de muchas interpretaciones, una construcción ideológica; Kipps, soberbio y arrogante, es su exacta contraparte, un historiador conservador que desprecia las teorías sofisticadas y se opone, entre tantas cosas, a la discriminación positiva (el sistema que, en los Estados Unidos, donde transcurre gran parte de la acción, favorece en los estudios el cupo para las minorías). En medio de los muchos avatares intrafamiliares que conforman esta comedia de enredos (Jerome, hijo de Belsey y Kiki, se enamora de la bellísima hija de Kipps, Vee, y se interesa por la religión; Howard le es infiel a la resistente y gordísima Kiki; Zora, la hija de los Besley, se encandila con un joven rapper callejero), surge una vitriólica y entretenida sátira sobre el mundo contemporáneo. En particular, contra la manía de interpretarlo todo.
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"No es un argumento antiintelectual -sostiene Zadie, aunque por momentos lo parece-. Siempre habrá cosas para decir, pero también algo indecible. Eso es lo que hace el arte. Yo tuve la experiencia de estar en lágrimas frente a un Rembrandt [en Sobre la belleza , las reflexiones sobre ciertos cuadros del pintor están a la orden del día]. Por eso me parece patético tratar de explicar todo, como intenta hacer Howard."
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Smith enseñó un breve período de tiempo en Harvard, pero asegura que la imaginaria universidad en que se desarrollan los hechos no está inspirada en ningún modelo en particular. La persistente sorna contra la French Theory (nombre bajo el cual suele agruparse en lengua inglesa a un ramillete de pensadores como Jacques Derrida, Gilles Deleuze o Michel Foucault) tampoco alude a Yale, donde esos autores son una contraseña. Debe su conocimiento de esos teóricos a un profesor de Cambridge, que la obligó a leerlos a los 18 años. Su marido, que estudió en Oxford, dice, nunca los escuchó nombrar en su college .
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"Hay mucha mala teoría dando vuelta, pero lo que en realidad me molesta no son esos pensadores, sino muchos de los que los siguieron. Barthes, por ejemplo, es un escritor fantástico, Foucault es un genio, pero no estoy tan segura de que Paul de Man lo sea. Aplicarle a una obra de arte, un cuadro o una novela, un instrumento ajeno, para destruirlos, como sucede tantas veces, no tiene sentido. Aplicar las teorías de Austin a una novela es como darle a un huevo con un martillo."
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En realidad muchos docentes, considera Smith, y en ese sentido Sobre la belleza es la defensa de un género, creen que las novelas son un estorbo, quieren humillarlas porque no significan lo que quieren que signifiquen. Y aunque sus libros hasta la fecha (a pesar del leve uso posmoderno que Sobre la belleza hace de una ficción clásica) puedan ser calificados como tradicionales, ella niega que ésa sea una petición de principio. Le interesa tanto o más, asegura, la novela experimental de autores como Thomas Bernhard o de norteamericanos flamantes como Jonathan Letham o David Foster Wallace.
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¿Modelos? Mejor hablar de gustos: Dickens o Kafka, Anthony Burgess o Vladimir Nabokov. Adolescente, Zadie leyó con verdadera devoción al autor de Lolita . Lo considera acaso el mejor de todos, pero no recomienda que un aspirante a novelista se entregue a una lectura incondicional. "Es tan bueno que por momentos resulta opresivo, puede hacer que uno deje de escribir". Su libro preferido del ruso-norteamericano no es Pálido fuego (el único libro de él que no tolera), sino Pnin , una novela de campus justamente, que por momentos planea en espíritu sobre las mejores páginas de Sobre la belleza . Zadie lo reconoce. "Contra lo que se suele considerar, creo que es el libro más emocional y personal de Nabokov. Ojalá hubiera podido escribir algo así. Pero Pnin es mucho más que una ´novela de campus , es un libro muy profundo. A ese profesor ruso, que parece tan cómico, le pasaron cosas terribles, como a Nabokov que, casado con una judía, huyó de Europa y que, aunque nunca hablaba al respecto, perdió hermanos en el Holocausto. Es el mejor resumen de la pesadilla de la historia rusa."
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La historia es una pesadilla de la que uno intenta despertar, al decir de Stephan Dedalus, pero Smith se crió en tiempos que sostenían que aquella había llegado a su fin. No tiene en alta estima a los británicos años noventa ("Una época espantosa. Basta decir que la película de mi generación es Cuatro bodas y un funeral ") pero, aunque sostiene que está lejos de ser una reaccionaria, admite que la demoledora sátira de su última novela, en que el progresista Howard sale tan mal parado, apunta a una incómoda certeza: "Hay un instinto humano que tiende hacia el conservadurismo. Es una fuerza necesaria porque responde a algo genuino y humano. La mayoría de la gente, incluso la gente de color, se resiste al cambio, desea que las cosas continúen iguales".
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Tal vez por eso algunos de los cabos, de las ideas más interesantes presentadas en la novela, son atenuadas por Smith: no por la escritora (el libro es elocuente), sino por la entrevistada. Contra la interpretación, podría ser su consigna. Cuando se inquiere si no habría que buscar entre los cultores del rap -entre los que se cuenta Carl, uno de los personajes- a los poetas malditos de hoy, refuta: "Ese es el argumento que usan los diarios dominicales para significar que el rap es aceptable. Pero el rap no está bien porque sea poesía; está bien porque es lo que es. Ocurre igual con las novelas gráficas: son novelas gráficas y no novelas narrativas". Y cuando se le señala que tal vez ese espejismo (si lo es) se relaciona con la poca incidencia que en el mundo actual parecen tener los versos escritos, Smith, mujer de un poeta, extrae de la manga un nuevo as de no-no-nos. "Hace poco estuve en Polonia -ejemplifica- y escuché el recital que W. Zymborska, la Premio Nobel, dio en una plaza. Debe de tener 80 años y había unas 3000 personas escuchándola , gritando, con los hijos sobre los hombros. ¡Y era poesía!"
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La impalpable, escurridiza, indefinible "belleza" parece ser la respuesta a todo. Y ante la falta de definiciones que vayan más allá del mero impacto emocional por el que aboga Smith, el concepto tal vez pueda ejemplificarse con un matrimonio feliz y -por el momento- sin hijos en el horizonte. Que ciertas magníficas líneas de Sobre la belleza no le pertenezcan a ella vale más que muchas declaraciones. El poema homónimo de la novela, un pantoum (forma poética malaya que fue adaptada en Francia y pasó a Inglaterra), que aparece en la página 172 atribuido a Claire Malcolm, la amante de Howard, fue escrito y dado en préstamo por Nick Laird, el marido: "No, no podríamos hacer la lista/ de los pecados que ellos no pueden perdonarnos./ Los bellos no están exentos de la herida./ Siempre está comenzando a nevar", se inicia el primer cuarteto. Sea lo que sea hay, allí belleza y tal vez, como quería William Empson, toda la belleza resida en la ambigüedad.
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Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 04/02/2007 Barcelona, 2007
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