dimanche 11 février 2007

Pedro Pablo GUERRERO/ LOVECRAFT, la herencia de un misántropo

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70 ANIVERSARIO DE SU MUERTE
Lovecraft, la herencia de un misántropo
Por Pedro Pablo Guerrero

En marzo se cumple un nuevo aniversario de su muerte. Las conmemoraciones sorprenden a los fanáticos del autor norteamericano con el reconocimiento de su obra por escritores "serios", como Houellebecq, y una nueva camada de narradores chilenos.


Alguien, tal vez Balzac, definió la gloria como el sol de los muertos. Un astro negro, de luz inútil. Para Lovecraft, que padecía de una curiosa hipersensibilidad al frío (dicen que no soportaba temperaturas inferiores a los 20 grados), este fue el único sol que calentó sus huesos. Póstumos le llegaron la popularidad y el reconocimiento literario, e incluso este último ha tenido sus altos y bajos. Borges, como es sabido, expresó sentimientos encontrados. No pudo menos que dedicarle un homenaje a través del cuento "There are more things", incluido en El libro de arena (1975), y escrito, según el epígrafe, "A la memoria de Howard P. Lovecraft". Sin embargo, en el epílogo del mismo volumen califica al autor como un "parodista involuntario de Poe".
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Hay en este juicio alusiones que van más allá de la literatura. Como Poe, Lovecraft fue de una incorrección política escandalosa, comenzando por su conocido racismo. Si el autor virginiano despreciaba a los negros, el conservador habitante de Providence, Rhode Island, veía con horror cómo los inmigrantes italianos, judíos y asiáticos prosperaban en Nueva York mientras él se arruinaba consumiendo los últimos recursos de su familia aristocrática venida a menos, cuyos orígenes se podían remontar, a bordo del Mayflower, hasta Inglaterra. Es en este contexto que Richard A. Lupoff, un escritor que pasó décadas investigando cartas, prensa y documentación de la época, sitúa El libro de Lovecraft (1985), novela ambientada en los años veinte, en la que imagina al autor tentado por el controvertido literato proalemán George Sylvester Viereck para escribir una especie de Mein Kamp americana, a cambio de publicar un volumen que reuniera sus cuentos de terror.
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Pero será Houellebecq, en el ensayo H.P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida (1991), el autor que desate una nueva oleada de interés por el universo lovecraftiano, al llamar la atención de la crítica sobre el absoluto desencanto que manifiesta el autor de Providence hacia el género humano, merecedor de la venganza que descargará sobre él una raza de dioses antiquísimos, que sólo aguarda el momento para regresar desde las profundidades de la Tierra. Lovecraft no es racista, sino misántropo: odia a toda la especie.
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Insistentemente se relaciona el mundo de Lovecraft con las fuentes célticas de Lord Dunsany y el paganismo de Arthur Machen. Igual de estudiados han sido sus nexos con la teosofía y las sociedades ocultistas. Mucho menos, sin embargo, se han investigado aspectos nada esotéricos, empezando por el lenguaje de su prosa, tan pródiga en adjetivos como "abominable", "aberrante", "innombrable", "monstruoso" y otras palabras que abundaban en los exaltados sermones calvinistas de los siglos XVIII y XIX. Para sus ministros el ser humano era una criatura despreciable y corrompida por el pecado, a la que sólo la fe podía redimir. No es casual que en el cuento escrito por Borges a la manera de Lovecraft, la casa que llega a ocupar un nefando forastero hubiera sido construida por un arquitecto escocés presbiteriano.
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Nada hay más paralizante que el horror al vacío. A falta de la historia, no está mal la mitología. Lovecraft no celebra el terror, sino que lo conjura. A través de sus relatos fantásticos, dota a Norteamérica de un pasado que no tiene. Construye en los cimientos de sus rascacielos modernistas, subterráneos de piedra que los conectan con los castillos góticos del Viejo Mundo.
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JORGE BARADIT:
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El horror está dentro
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¿Qué aprendí de Lovecraft? Aprendí que el idioma fracasa cuando quiere describir el horror y que se debe recurrir a la poesía, a la sugerencia, al fuera de cuadro, a las sombras veloces que se mueven oscuras por el rabillo de la palabra, para vislumbrar apenas algo de la inmensidad de las cosas. Que más que arrojar horror sobre la cara del lector hay que hundir anzuelos en su mente para tocar y reflotar los temores propios de cada inconsciente, como un experto psicólogo sádico atormentando a su paciente. Que el horror está adentro de cada espíritu, que es en realidad el centro monstruoso del universo también. Que las cosas a las que tememos están "allá afuera", "detrás", "por debajo", "dentro", esperando casi sin respirar, enormes, modelando un momento de inminencia que se hace más y más pesado a ritmo y cadencia de prosa amenazante. Que las cosas no han cambiado nada en cuatro millones de años y que el hombre se sigue recogiendo de miedo frente al abismo que se cierne, oscuro, cada noche sobre su mundo. Que el hombre es un ser diminuto, indefenso y prescindible, incapaz siquiera de imaginar la horrorosa y desaforada ópera de espanto que gira desatada más allá de su alcance, como un ciego frente a un atardecer.
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Lovecraft más que nadie supo ver que cada persona lleva en su interior un cosmos insondable y lleno de animales extraños, personalidades abisales e imágenes insoportables.
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Lovecraft me enseñó que el peor horror es mostrarle al lector, con una sonrisa en el rostro, la puerta completamente abierta a su propio sótano, oscuro y húmedo, lleno de murmullos amenazantes. Eso me enseñó Lovecraft, que un libro abierto debe ser la puerta abierta a la propia monstruosidad de cada ser.
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FRANCISCO ORTEGA:
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Cinco razones de mi amor por lovecraft
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1. Por su idea de que el "horror" venía del cielo. Sin darnos cuenta vivimos pendientes de lo que nos puede caer encima. Las potestades bíblicas del Antiguo Testamento, los ovnis, las bombas atómicas de la guerra fría, el clima en esta época de calentamiento global... Lovecraft hizo de ese miedo una receta, un merengue en forma de dioses arquetípicos, miedos primordiales y antiguos con sed de sangre humana. Lovecraft le dio poesía a la política del miedo celestial y mató en tres relatos aquello de "Padre Nuestro que estás en los cielos...".
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2. Por sus deliciosos lugares comunes. Da lo mismo que los bosques cercanos a Arkham sean "todos" oscuros, con criaturas acechando desde las sombras. Da lo mismo que "todas" las esculturas que se repiten en sus relatos hayan sido pensadas por mentes abominables. Da lo mismo que "todas" sus criaturas no puedan ser descritas por ojos humanos. Da lo mismo que el 80 por ciento de sus cuentos sean iguales. El helado de chocolate es "siempre" delicioso, aunque lo hayamos comido un millón de veces.
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3. Porque sin Lovecraft no habría ni rock pesado, ni películas de John Carpenter, ni libros de Stephen King, ni terror barato de serie B, ni historietas de papel amarillo, ni cineastas como Tarantino, ni personajes como Conan el Bárbaro, ni monstruos como Alien y todos sus hijos. Sin Lovecraft no existiría ni la mitad de la llamada cultura basura, esa educada en relatos baratos, rumores, cómics de dudosa reputación, escritores malos pero con alma y horrores sobrenaturales que acechan desde los umbrales del tiempo. Lovecraft es la ciudad capital, la Meca fundacional de todo lo B.
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4. Porque sin Lovecraft no se habría dado ese delicioso mito urbano del Necronomicón. Todos hemos conocido a alguien que dice conocer a un tipo que leyó el dichoso libro. Que no exista es un detalle, el Necronomicón es a un nivel pop, tan real, concreto e importante como El Canto General de Neruda.
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5. Por En la cripta, Las Montañas de la Locura, El color que cayó del cielo, La llamada de Cthulhu, El horror de Dunwich, El clérigo malvado, El caso de Charles Dexter Ward, La sombra sobre Insmouth, El que susurra en la oscuridad, En la noche de los tiempos, Los sueños de la casa de la bruja, etcétera., etcétera...
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PATRICIO JARA:
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El monje loco
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Los dos primeros libros que tuve en mi vida; es decir, los que compré con mi propio pero escaso dinero fueron los cuentos de Dagón y los ensayos de El horror en la literatura en unas feas ediciones de Alianza. Era 1991, estaba en cuarto medio y tenía varios cuentos "de misterio" escritos al final de los cuadernos de religión y matemáticas. Todos eran muy Lovecraft: entes de ultratumba, formas provenientes del espacio y personajes muertos de la peor manera. No recuerdo haber sido más feliz leyendo y escribiendo que en esos años. Entonces tenía un respeto reverencial por los libros como objeto y jamás se me habría ocurrido subrayarlos. Por eso memorizaba algunas frases. Dieciséis años después, sólo recuerdo una, bastante manida pero cierta: "La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos, es el miedo a lo desconocido".
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En cada cosa que escribo hay algún pequeño tributo a HPL, un nombre, un dato. Hoy lo sigo leyendo, especialmente sus ensayos y biografías tributo. Leer a Lovecraft cuando habla de Edgar Allan Poe o a Houellebecq cuando habla de Lovecraft es como ir al Monsters of Rock.
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Sé que en los últimos años su obra ha caído en desgracia; algunos de pronto se dieron cuenta de que ya no era tan fantástico; que no escribía mal, sino pésimo; que su racismo y solapadas actitudes fascistoides eran cosa habitual y no una lectura mal intencionada de su ficción; además, como si no bastara, nuevas fotos rescatadas del olvido confirman que era feo como demonio. Pero nada de aquello podrá mermar las imágenes que albergan sus mejores páginas. Lovecraft seguirá allí, hablándonos del horror sin forma que no es sino metáfora de la soledad y de los colores que ciertas noches caen del cielo.
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FRANCISCA SOLAR:
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Referente Ícono de la literatura sombría
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No tenía más de ocho años cuando descubrí, casi al mismo tiempo, a Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft entre las lecturas "prohibidas" para niños de mi edad. Luego de varias novelas de Agatha Christie en el cuerpo, había comenzado a añorar historias más oscuras, con cadáveres y sangre derramada, que tuvieran más sentido que sólo atrapar al asesino de moda. En otras palabras, quería leer horror de verdad. Mi fascinación hacia lo paranormal apenas afloraba, por lo que El Necronomicón - devorado a escondidas- significó un salto sustantivo en mi manera de concebir el tema dentro de las complicadas redes de la literatura. Así como hoy es imposible hablar de extraterrestres sin evocar de inmediato la canción principal de "Los archivos secretos X", buena parte de las grandes pesadillas de la imaginación contemporánea - llámense Norman Bates ('Psicosis'), Patrick Bateman ('American Psycho') o, mi ídolo personal, Hannibal Lecter- me remiten siempre, en mayor o menor medida, al legado ineludible de Lovecraft y sus numerosos relatos de antesala a los populares "Cuentos de la cripta". Nadie como él supo traducir la podredumbre en elogio de masas, la locura en negocio rentable, así como la muerte y su miseria en renglones adictivos de elegías eternas. Junto con Poe, son por seguro los referentes icono de la literatura sombría, comparación odiosa pero irrefutable para todos los que quisieron, y aún quieren, continuar los pasos de su herencia.

A consultar:
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Articulo:
http://diario.elmercurio.com 11/02/2007
Ilustracion: Paul CARRICK

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