dimanche 25 février 2007

Ricardo Loebell/ La primera generación X



Los Diez: La primera generación X
Por Ricardo Loebell

En la segunda década del siglo veinte, un grupo de artistas trajo nuevos aires a la cultura nacional. Con humor, talento y afán lúdico, intentaron renovar la concepción de la literatura y las artes en general, superando el costumbrismo, la pintura de paisajes y la poesía sentimental. Pedro prado y julio bertrand tuvieron un rol clave en el origen y evolución de este movimiento.

Al mismo tiempo que Huidobro sentaba las bases del Creacionismo y mucho antes que los experimentos de las vanguardias históricas europeas aterrizaran en Chile de la mano de Juan Emar y los poetas de la Mandrágora, un grupo de intelectuales chilenos formó una cofradía que se llamó a sí misma Los Diez. Pintores, escultores, escritores, músicos, arquitectos y otros profesionales se integraron como "décimos", a partir de su afinidad en el intento de "cruzar" y complementar las disciplinas artísticas. En la lista de sus integrantes, muchos más que diez, figuraban Pedro Prado (arquitecto y escritor); Armando Donoso (crítico literario y periodista); Manuel Magallanes Moure (escritor y pintor); Juan Francisco González (pintor); Alfonso Leng (músico); Acario Cotapos (músico); Eduardo Barrios (escritor y dramaturgo); Julio Ortiz de Zárate (pintor); Augusto Thomson (d'Halmar) (escritor y crítico de arte); Alberto Ried (escritor y escultor); Alberto García Guerrero (músico); Ernesto A. Guzmán (escritor) y Julio Bertrand Vidal (arquitecto y pintor).
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Sus actos colectivos se desarrollaron en conferencias, libros, revistas y exposiciones, la primera de las cuales se inauguró en el Salón de El Mercurio, el 19 de junio de 1916.
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La cifra "X" se vincula con el cruce interdisciplinario y alude también a la incógnita aceptada por sus integrantes, al perfilarse la agrupación en una atmósfera de humor enigmático, poético, que incluyó, borgeanamente, la edición de libros apócrifos, como Fragmentos (1921), 'traducción directa del persa' del imaginario poeta afgano Karez-I-Roshan, cuya foto correspondía, en realidad, a la de un viejo que vendía pollos.
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Pedro Prado inauguró el grupo el 2 de julio de 1916, con un trabajo-manifiesto que leyó en la Biblioteca Nacional, en la Primera Velada de Los Diez. Se titulaba "Somera iniciación al Jelsé", y en esa ocasión expresó que "no era ni secta, ni institución, ni sociedad lo que ellos formaban. Carecían de disposiciones establecidas y no pretendían otra cosa que cultivar el arte con una libertad natural".
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Teóricamente, el "Hermano Mayor" debía ser su jefe, pero jamás se lo designó, y todos podían creerse que lo eran. Esta actitud irónica que siempre mantuvieron parodiaba la estructura de poder y la forma en que estaba organizada la sociedad de la época. No hay que olvidar que en el telón de fondo combatían las potencias mundiales en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuyos efectos se reflejaban en el enfoque económico de la explotación salitrera y la dramática transformación de la ciudad de Santiago.
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Su ideario estético, que se desprende del libro oculto 'Jelsé' (palabra que, como Dadá, no significa nada), dispensaba de cualquier reivindicación trascendente, aunque algunos de sus miembros sí las sostuvieran. Según Prado, era requisito imprescindible para pertenecer a Los Diez estar convencidos de que ellos no encarnaban la esperanza del mundo, pero, al mismo tiempo, debían estar alerta a todo aquel que tuviera esa esperanza, para poder gozar juntos, con gran pesadumbre, de los continuos engaños.
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Los hermanos fundadores
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Fue, precisamente, el caso de uno de los impulsores del grupo, Julio Bertrand Vidal (Iquique, 1888), quien recibió su formación en la Ecole Spéciale d'Architecture de París, titulándose de arquitecto en 1910. Bertrand recorre Italia, Suiza, Alemania y Austria - donde se detiene ante el movimiento de Secesión, iniciado en Viena- y plasma con mucha sensibilidad escenas de las ciudades cuyas imágenes se aprecian en el material fotográfico que - junto a los cuadernos de apuntes, bocetos y dibujos- , trajo a su regreso a Chile en 1911, editado por Ezio Mosciatti (2004) en La mirada recobrada. Fotografías, 1905-1918. En ellas se percibe la forma como organiza su mirada, desde muy temprana edad, a través del lente de la cámara, en referencia a la noción estética de la arquitectura que luego plantearía Pedro Prado en su capital "Ensayo sobre la arquitectura y la poesía", escrito en 1912. Allí la arquitectura viene siendo "compendio minúsculo del mundo hecho por ojos humanos. Así considerada, en las ruinas se puede leer, como en los libros, las vidas de los pueblos desaparecidos. En la arquitectura hay expresión humana con aire de eternidad". Como verdadero artista y auténtico poeta, Prado sabe que cualquier arista o insignificante esquirla nos hablan del universo inabarcable, porque en la diminuta presencia habita la gran noticia de lo viviente.
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Bertrand comienza en Santiago a trabajar con su primo Emilio Jequier, cuyo prestigio viene de grandes proyectos, como la Estación Mapocho y el Museo Nacional de Bellas Artes. En 1914 se asocia con Pedro Prado. Dice éste que en aquella época, en momentos que pasaba por una aguda crisis económica, comenzó a trabajar con Bertrand, sin dejar por ello de escribir. Bertrand lo ve, a la vez que urgido económicamente, tan lleno de ardor y tan alegre, que le pregunta si existen en Santiago otras personas que posean una idiosincrasia semejante. Prado sonríe y trata de hacer un recuento. "Quizás buscando, habría otras diez personas más", le dice. Bertrand afirma que le gustaría conocerlas. En su oficina de arquitectura se realizan las primeras reuniones de Los Diez. Él traza los planos para una de las torres que Pedro Prado impulsa en un terreno costero de Las Cruces, pero la edificación queda sólo en proyecto. Dentro de las obras construidas, destaca el Palacio Bruna, diseñado originalmente por Bertrand y terminado por Prado en 1921. Bertrand también dejó su impronta en los nueve capiteles de las columnas románicas del patio principal que hay en la antigua casa de Los Diez, ubicada en Santa Rosa con Tarapacá, único vestigio material que persiste de aquel grupo.
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Revistas que hicieron época
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Los Diez iniciaron su trabajo como editores en 1916. La intención era publicar una serie de doce volúmenes al año, dedicados, alternativamente, cinco a una revista, cuatro a una biblioteca de obras literarias, dos a pintores chilenos y uno a la música, escultura y arquitectura. El grupo se propuso con su revista "ser un refugio contra el rudo mercantilismo de nuestra prensa diaria y de nuestras revistas semanales, de las cuales se habían visto obligados a excluirse nuestros mejores artistas, e intentaron - según el prospecto que circuló en una de sus veladas- reproducir las mejores obras del arte chileno, con un riguroso espíritu de selección". Desde la aparición de la revista, en septiembre de 1916, con un tiraje de 1.350 ejemplares, estos principios se extienden desde una muestra de la producción artística nacional a un panorama cultural de artistas hispanoamericanos y europeos. En la primera edición, Armando Donoso aborda la corriente lírica alemana contemporánea, situada entre el naturalismo y el modernismo. El aporte de Los Diez se caracterizaba por su espíritu filosófico y una visión penetrante y personal que debía abarcar todos los conceptos del mundo. Se manifestaba también en la admiración por la belleza, la preocupación por lo chileno, americano y universal, y en el deseo de remontarse a las fuentes puras de las humanidades.
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Pese a la recepción altamente favorable de la revista, sólo alcanzaron a publicarse cuatro números, con un total de 362 páginas, junto a varias láminas dedicadas a reproducciones de partituras musicales, grabados, cuadros y esculturas. Aparte de las creaciones de sus integrantes, la revista publicó textos de autores como Carlos Mondaca, José Domingo Gómez Rojas, Ángel Cruchaga Santa María, Daniel de la Vega, Amanda Labarca, Amado Nervo, Gabriela Mistral, Manuel Rojas y Juan Guzmán Cruchaga. Además se editaron ocho libros (ver recuadro).
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En agosto de 1917 se anuncia la conclusión del proyecto. Inmediatamente nace la Revista de Artes y Letras - "sucesora de Los Diez", como rezaba el subtítulo- , dirigida por Fernando Santiván y Miguel Luis Rocuant. Desgraciadamente, corrió la misma suerte de su antecesora: duró apenas un año, desapareciendo en agosto de 1918.
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Con su final y la muerte de Bertrand, en noviembre de 1918, el grupo comienza a disolverse. Los números que se conservan de ambas revistas son el mejor testimonio de las tendencias intelectuales y estéticas de una época fundamental de la cultura chilena. Los Diez como proyecto histórico-cultural dejaron un legado patrimonial en la arquitectura, la literatura y las artes que, a juicio de muchos, recién empieza a valorarse en su justa dimensión.
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EDICIONES DE LOS DIEZ
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N.o 1 Septiembre 1916 I de la Revista
N.o 2 Octubre 1916. "Venidos a menos", de Rafael Maluenda.
N.o 3 Noviembre 1916 II de la Revista
N.o 4 Diciembre 1916. "La hechizada", de Fernando Santiván.
N.o 5 Enero 1917 III de la Revista
N.o 6 Febrero 1917. "Días de campo", de Federico Gana.
N.o 7 Marzo 1917. "Pequeña antología de poetas chilenos contemporáneos"
N.o 8 Abril 1917 IV de la Revista
N.o 9 Mayo 1917. "Músicos chilenos"
N.o 10 Junio 1917. "Motivos de Proteo" (selección y homenaje), de José Enrique Rodó.
N.o 11 Julio 1917. "Cuentos de autores chilenos contemporáneos"
N.o 12 agosto 1917. "Pobrecitas", de Armando Moock.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 25/02/2007

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