dimanche 25 février 2007

Román PIÑA/ Mauricio WIESENTHAL - El esnobismo de las golondrinas



El esnobismo de las golondrinas
Por Román PIÑA

Cuando el lector ojea por primera vez un libro de Mauricio Wiesenthal, por ejemplo su anterior y exitosa obra Libro de réquiems, y descubre la exuberancia de su cultura y de sus vivencias, su prosa torrencial y a la vez exquisita, de vuelo lírico, y su cosmopolitismo, no puede sino preguntarse: ¿De dónde ha salido este hombre? ¿Es real?
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Ayuda a explicarnos su portentosa personalidad saber que Wiesenthal nació en Barcelona en 1943, en el seno de una familia que tenía como la mejor de sus fortunas una vieja tradición cultural. Su bisabuelo era músico. Su abuelo, editor, dirigió la Casa Gans, que fue una de las empresas litográficas más importantes de España, a principios del siglo XX, y su padre era catedrático. El pequeño Mauricio se crió escuchando recitar a su padre fragmentos de la Ilíada en griego clásico, una música misteriosa que alumbraba las otras lenguas que se oían en la casa: el alemán del padre, el español de la madre, el inglés, el francés, o el húngaro de la tía Ella. Como otros son hijos de aristócratas, de campesinos, de artesanos o de comerciantes y están orgullosos de su tradición familiar, Wiesenthal celebra no haber heredado dinero, ni títulos, ni tierras; sólo esa tradición cultural que ha querido multiplicar y que es también más fácil de compartir que otras fortunas.
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A pesar de que Wiesenthal, en su juventud, publicó un best-seller, La belle époque del Orient-Express, y ha cultivado la novela, los viajes y la poesía, parecía que su fama de catador de vinos iba a ensombrecer al escritor, hasta que en 2004 Edhasa publicó Libro de réquiems, un monumental y deslumbrante homenaje de setecientas páginas a sus maestros, desde Dostoyevski a Camus, pasando por Shakespeare, Casanova o Wilde entre otros muchos. Aquella obra amalgamaba cuarenta años de pasión por la cultura europea, leída y vivida por un poeta ubicuo. Por eso ahora sorprenderá El esnobismo de las golondrinas, una nueva reelaboración de su legado de más de mil páginas, fruto de medio siglo de memoria. ¿Es que se dejó algo Wiesenthal en su Libro de réquiems?, nos preguntamos. O mejor dicho: ¿Es que se dejó tanto?
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Si Libro de réquiems se articulaba a partir del canto a los dioses del panteón particular de Wiesenthal, si era un libro patriarcal, El esnobismo de las golondrinas se desmarca con la omnipresencia de la mujer. Atenea se transforma en golondrina en La Odisea. En Oriente le enseñaron al viajero que las golondrinas son también símbolo de la separación. Las ciudades, los rincones del mundo que descubríamos vinculados a la biografía de Wiesenthal en Libro de réquiems, eran traídos para acercarnos a los maestros, a Zweig, a Nietzsche, a Morand. En cambio El esnobismo de las golondrinas refunde cinco décadas de apuntes, recuerdos y artículos para hablarnos del autor, como un tapiz de paisajes urdido para meter los viajes en la trama de su vida. Junto a la reivindicación de una vieja Europa, ahora se insiste en reclamar una forma de vida, que es en el caso de Wiesenthal una forma de viaje. Para ello no puede sino recurrir a la explicación y consagración del esnobismo, como paradigma del imperativo estético como motor de la existencia.
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En realidad El esnobismo de las golondrinas tiene mucho de libro de iniciación. Un joven Wiesenthal de 18 años, siguiendo los pasos de Stephan Zweig, se presenta en Viena con una carta de sus padres buscando alojamiento en casa de una vieja dama. Pero va a buscar, como el judío errante, el oro de la vida recorriendo la orilla de los ríos con su flauta, la libertad de los gitanos, la bohemia pura, esculpiendo una mirada viajera que ya para siempre buscará la lámpara de la sabiduría. Entendemos que este libro habla de viajes, pero no es un libro de viajes. Viajar no importa, de lo que se trata es de irse. Con Wiesenthal nos embarcamos en una aventura de mil páginas fascinados por el ingenio de quien declara que quizá este libro no es para gente seria. O con la esperanza de que gracias a este libro “fauve y desordenado”, nos fijaremos en esos Leonardos que nadie mira en el Louvre, o en la casita de los jardines Boboli de Florencia donde Dostoyevski escribió El idiota. Siempre feliz, desenfadado, Wiesenthal nos convence de que “viajar siempre es una forma de desorden”, y de que la mejor patria es la del trotamundos.
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El gran mensaje en el que insiste Mauricio Wiesenthal en todos sus libros es la preocupación por una Europa que se nos va muriendo y apagando entre las fiestas y los fastos de la burocracia que la gobierna. Señala la perversidad del bienestar económico, de los nuevos ricos y del optimismo de las vidas triunfantes, o sea una suplantación de Estados Unidos, para recordarnos que nuestra cultura la crearon Jesús y Diógenes, los judíos y los griegos: “Somos algo gracias a la Antigüedad y me parece que somos menos a medida que nos alejamos de ella”. Desde su inteligencia de esteta, lamenta la vulgaridad del turista en shorts y adivina que los nativos se comían a los conquistadores, a veces, como una forma “espontánea de controlar el turismo”. Con una precoz conciencia de haber llegado por poco a un mundo en el que las luces se apagan, el joven Wiesenthal, aquel mayo del 68 en París prefiere entrar en el Molin Rouge a andar por las calles lanzando piedras. Las muchachas del cabaret le anestesiaban el dolor de ver cómo unos “niños de papá proclamaban la contracultura cuando los últimos maestros europeos se nos estaban muriendo en el silencio”. Aquel joven quería entrevistar a Josephine Baker, espía en España, perseguida por los nazis y McCarthy, que actuaba entonces para afrontar el embargo de su castillo de Milandes y mantener a sus hijos adoptivos. Excéntrico, le interesaba más la vida de un artista en su decadencia que los desfiles triunfales de los políticos. En este libro Wiesenthal da fe de su esnobismo y noticia de sus precursores, ya estudiados por Tackeray: Luis XIV, Sócrates, Empédocles, Cicerón, Balzac, George Sand, Franz Liszt, Richard Wagner, Nietzsche, Oscar Wilde, Valle-Inclán, Jean Cocteau, Máximo Gorki, Tolstoi, Shakespeare, Byron, Hugo, Rimbaud, Proust, Sacha Guitry, Picasso y Misia Sert. Provocadores desclasados, especies de dandis que conquistan la libertad a base de contradicciones y arbitrariedades. Valiente y satírico, Wiesenthal no esquiva el presente, sino que lo fulmina con armas del pasado, y le preocupa por ejemplo que los seres humanos tengan el poder de elegir su rostro, cuando lo que importa no es la anatomía, sino el gesto. No le importa parecer esnob, pero no quiere pasar por alegre, porque busca expresar una pena, un fondo melancólico, un placer triste como un viaje o una separación, que las golondrinas simbolizan. Recordando sus movimientos hasta los límites de su mundo, Marrakech, Estambul o Nueva York, ahora que es tarde para el foie pero pronto para las flores, Wiesenthal, en el fondo un místico, nos invita a mirar esos coches, barcos, hoteles y cafés que se han ido, con la lentitud necesaria para no perder el aroma de esa madre que nunca se va, porque es eterna como Roma y hermosa como La Piedad de Miguel Ángel.
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Cuando el lector ojea por primera vez un libro de Mauricio Wiesenthal, por ejemplo su anterior y exitosa obra Libro de réquiems, y descubre la exuberancia de su cultura y de sus vivencias, su prosa torrencial y a la vez exquisita, de vuelo lírico, y su cosmopolitismo, no puede sino preguntarse: ¿De dónde ha salido este hombre? ¿Es real?
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Ayuda a explicarnos su portentosa personalidad saber que Wiesenthal nació en Barcelona en 1943, en el seno de una familia que tenía como la mejor de sus fortunas una vieja tradición cultural. Su bisabuelo era músico. Su abuelo, editor, dirigió la Casa Gans, que fue una de las empresas litográficas más importantes de España, a principios del siglo XX, y su padre era catedrático. El pequeño Mauricio se crió escuchando recitar a su padre fragmentos de la Ilíada en griego clásico, una música misteriosa que alumbraba las otras lenguas que se oían en la casa: el alemán del padre, el español de la madre, el inglés, el francés, o el húngaro de la tía Ella. Como otros son hijos de aristócratas, de campesinos, de artesanos o de comerciantes y están orgullosos de su tradición familiar, Wiesenthal celebra no haber heredado dinero, ni títulos, ni tierras; sólo esa tradición cultural que ha querido multiplicar y que es también más fácil de compartir que otras fortunas.
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A pesar de que Wiesenthal, en su juventud, publicó un best-seller, La belle époque del Orient-Express, y ha cultivado la novela, los viajes y la poesía, parecía que su fama de catador de vinos iba a ensombrecer al escritor, hasta que en 2004 Edhasa publicó Libro de réquiems, un monumental y deslumbrante homenaje de setecientas páginas a sus maestros, desde Dostoyevski a Camus, pasando por Shakespeare, Casanova o Wilde entre otros muchos. Aquella obra amalgamaba cuarenta años de pasión por la cultura europea, leída y vivida por un poeta ubicuo. Por eso ahora sorprenderá El esnobismo de las golondrinas, una nueva reelaboración de su legado de más de mil páginas, fruto de medio siglo de memoria. ¿Es que se dejó algo Wiesenthal en su Libro de réquiems?, nos preguntamos. O mejor dicho: ¿Es que se dejó tanto?
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Si Libro de réquiems se articulaba a partir del canto a los dioses del panteón particular de Wiesenthal, si era un libro patriarcal, El esnobismo de las golondrinas se desmarca con la omnipresencia de la mujer. Atenea se transforma en golondrina en La Odisea. En Oriente le enseñaron al viajero que las golondrinas son también símbolo de la separación. Las ciudades, los rincones del mundo que descubríamos vinculados a la biografía de Wiesenthal en Libro de réquiems, eran traídos para acercarnos a los maestros, a Zweig, a Nietzsche, a Morand. En cambio El esnobismo de las golondrinas refunde cinco décadas de apuntes, recuerdos y artículos para hablarnos del autor, como un tapiz de paisajes urdido para meter los viajes en la trama de su vida. Junto a la reivindicación de una vieja Europa, ahora se insiste en reclamar una forma de vida, que es en el caso de Wiesenthal una forma de viaje. Para ello no puede sino recurrir a la explicación y consagración del esnobismo, como paradigma del imperativo estético como motor de la existencia.
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En realidad El esnobismo de las golondrinas tiene mucho de libro de iniciación. Un joven Wiesenthal de 18 años, siguiendo los pasos de Stephan Zweig, se presenta en Viena con una carta de sus padres buscando alojamiento en casa de una vieja dama. Pero va a buscar, como el judío errante, el oro de la vida recorriendo la orilla de los ríos con su flauta, la libertad de los gitanos, la bohemia pura, esculpiendo una mirada viajera que ya para siempre buscará la lámpara de la sabiduría. Entendemos que este libro habla de viajes, pero no es un libro de viajes. Viajar no importa, de lo que se trata es de irse. Con Wiesenthal nos embarcamos en una aventura de mil páginas fascinados por el ingenio de quien declara que quizá este libro no es para gente seria. O con la esperanza de que gracias a este libro “fauve y desordenado”, nos fijaremos en esos Leonardos que nadie mira en el Louvre, o en la casita de los jardines Boboli de Florencia donde Dostoyevski escribió El idiota. Siempre feliz, desenfadado, Wiesenthal nos convence de que “viajar siempre es una forma de desorden”, y de que la mejor patria es la del trotamundos.
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El gran mensaje en el que insiste Mauricio Wiesenthal en todos sus libros es la preocupación por una Europa que se nos va muriendo y apagando entre las fiestas y los fastos de la burocracia que la gobierna. Señala la perversidad del bienestar económico, de los nuevos ricos y del optimismo de las vidas triunfantes, o sea una suplantación de Estados Unidos, para recordarnos que nuestra cultura la crearon Jesús y Diógenes, los judíos y los griegos: “Somos algo gracias a la Antigüedad y me parece que somos menos a medida que nos alejamos de ella”. Desde su inteligencia de esteta, lamenta la vulgaridad del turista en shorts y adivina que los nativos se comían a los conquistadores, a veces, como una forma “espontánea de controlar el turismo”. Con una precoz conciencia de haber llegado por poco a un mundo en el que las luces se apagan, el joven Wiesenthal, aquel mayo del 68 en París prefiere entrar en el Molin Rouge a andar por las calles lanzando piedras. Las muchachas del cabaret le anestesiaban el dolor de ver cómo unos “niños de papá proclamaban la contracultura cuando los últimos maestros europeos se nos estaban muriendo en el silencio”. Aquel joven quería entrevistar a Josephine Baker, espía en España, perseguida por los nazis y McCarthy, que actuaba entonces para afrontar el embargo de su castillo de Milandes y mantener a sus hijos adoptivos. Excéntrico, le interesaba más la vida de un artista en su decadencia que los desfiles triunfales de los políticos. En este libro Wiesenthal da fe de su esnobismo y noticia de sus precursores, ya estudiados por Tackeray: Luis XIV, Sócrates, Empédocles, Cicerón, Balzac, George Sand, Franz Liszt, Richard Wagner, Nietzsche, Oscar Wilde, Valle-Inclán, Jean Cocteau, Máximo Gorki, Tolstoi, Shakespeare, Byron, Hugo, Rimbaud, Proust, Sacha Guitry, Picasso y Misia Sert. Provocadores desclasados, especies de dandis que conquistan la libertad a base de contradicciones y arbitrariedades. Valiente y satírico, Wiesenthal no esquiva el presente, sino que lo fulmina con armas del pasado, y le preocupa por ejemplo que los seres humanos tengan el poder de elegir su rostro, cuando lo que importa no es la anatomía, sino el gesto. No le importa parecer esnob, pero no quiere pasar por alegre, porque busca expresar una pena, un fondo melancólico, un placer triste como un viaje o una separación, que las golondrinas simbolizan. Recordando sus movimientos hasta los límites de su mundo, Marrakech, Estambul o Nueva York, ahora que es tarde para el foie pero pronto para las flores, Wiesenthal, en el fondo un místico, nos invita a mirar esos coches, barcos, hoteles y cafés que se han ido, con la lentitud necesaria para no perder el aroma de esa madre que nunca se va, porque es eterna como Roma y hermosa como La Piedad de Miguel Ángel.


«El esnobismo de las golondrinas» de Mauricio WiesenthalEdhasa. Barcelona, 2007. 1150 páginas, 36 euros


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Leer extracto :
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El vals de las golondrinas
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VIOLINES DESDE EL DANUBIO A VIENA
El gitano y el judío tienen muy desarrollado el sentido de la orientación: emigran como las aves, siguiendo el impulso de sus alas y el estímulo de sus sentimientos. Quizá parece que emigran y sólo huyen.
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Leyendo a Goethe me aficioné a recorrer los ríos. Con una mochila y una flauta anduve, en mi juventud, las orillas de los ríos. Ser europeo es vivir en un pequeño continente que puede recorrerse a pie. Y el pie es, también, una medida de la poesía. Dos mil kilómetros no son nada en América, en África o en Asia. Pero en Europa es todo.
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Recuerdo mis viajes por las orillas del Danubio, cuando caminaba a la buena de Dios. Era mayo y florecían las plantas silvestres, llamando con su olor a las abejas. Llevaba las botas llenas de barro, pero tenía una bufanda azul -mejor sería decir azur- y me sentía ligero como un trovador, tan bien vestido como los lirios del campo.
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Ser joven y viajar a pie, completamente solo, con una alforja a la espalda, es como estar cargado de frutos. Se acostumbra uno a vivir con un horizonte, perspectiva que no conocen los habitantes de las ciudades.
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El sendero olía a hierbas de santidad. Y caminaba, durante horas, buscando el canto de un pájaro o me entretenía viendo las mariposas que volaban cerca de los viñedos. Las hembras parecían vestidas de noche, de gris y azul violáceo.
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No sé por qué tengo la idea de que los ríos son como los gitanos, músicos nómadas, buhoneros ambulantes, artistas de circo, domadores de osos y, como las bellas gitanas, vendedoras de nardos, niñas de la leyenda negra, marías de la soleá.
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Gitanos y judíos son también los pueblos que mejor conocen Europa porque la han recorrido de parte a parte. Y, si alguien quiere saber qué es la vieja Europa, le pediría que guarde un momento de silencio y escuche el violín de un judío o la canción de un gitano. Recuerdo que Cioran necesitaba escuchar música zíngara antes de ponerse a escribir. ¡Misteriosa Europa!
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En Los bohemios y su música, Franz Liszt intentó demostrar la importancia que han tenido los gitanos en la formación de la cultura europea. Quizá son ellos los que inventaron las volutas del modernismo y los dorados de la Sezession: una mezcla del alma europea con un arabesco oriental. Hay un secreto escondido en la música de los pueblos errantes y no creeré nunca en una Europa que no reconozca, entre sus naciones mágicas, a judíos y gitanos.
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LOS ZAPATOS DEL JUDÍO ERRANTE
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Joseph Strauss escribió un Vals de las Golondrinas. Y siguiendo a las golondrinas recorrí el curso superior del Danubio, desde Ulm -donde anduve buscando los zapatos del judío errante- hasta Viena. Seiscientos cincuenta y nueve kilómetros, exactamente. No tenía amores desgraciados para escribir una novela de desdenes, pero llevaba conmigo un cuaderno en el que la pluma de mi melancolía volaba más ligera que mis pasos. Siempre he sentido la urgencia de escribir mis memorias, como si tuviese que salvar mis páginas de una riada o como si la angustia tormentosa de la vida pudiese venírseme encima en el nubarrón de una muerte prematura.
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Una noche pedí permiso a unos artistas ambulantes para quedarme a dormir al amparo de su campamento. Trabajaban en un pequeño circo y recorrían los pueblos del Danubio con sus camiones y sus carromatos. En su mayoría eran rumanos, huidos del infierno de Ceaucescu, pero había igualmente italianos y franceses que se dedicaban a diferentes especialidades circenses: equilibristas, saltadores, acróbatas, caballistas -estos eran húngaros- y jongleurs que hacían maravillas con una pelota. Había, además, dos muchachas que realizaban un número dificilísimo con diábolos. Nunca en mi vida les olvidaré, porque el circo esconde a los últimos poetas.
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Algunos de ellos habían vendido artesanías por los caminos, antes de poder unirse al circo. Uno de los acróbatas me explicó que el precioso tapiz que colocaba bajo sus espaldas lo había tejido su madre en un campamento gitano. Otros se habían encontrado en el exilio en un destino que parecía escrito por las estrellas.
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Vasile había encontrado a Carmen en París. Ella era entonces una niña delicada y frágil que bailaba mientras su padre tocaba el violín en los túneles del metro. Pero enseguida aprendió a dejarse llevar por los cielos en los brazos de mármol de Vasile. La gente se emocionaba cuando les veía arriesgar la vida mirándose a los ojos, como si hiciesen el amor sobre el vértigo de la muerte. Para recobrarse del cansancio se abrazaban en el trapecio y permanecían así unos segundos: fatigados, transidos, con el aliento entrecortado y agarrados con fuerza, como dos amantes. Cada tarde, cuando les veía volar en el trapecio pensaba que en algún lugar de su carromato habían escondido un verso, como el pájaro deja su canto.
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Me dirigí a un viejo clown italiano que era el jefe de todo el grupo. Sólo me preguntó si tenía coche y le enseñé la bicicleta que había alquilado...
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Aquella tarde estaban instalando el circo y no había función. Entre los coches y caravanas, había un ajetreo enorme de bastidores, lonas, cables de acero, sillas, graderías de madera, perchas, altavoces, y un sinfín de baúles y maletas.
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Tenían dos focas y sólo podían alimentarlas con pescado recién cogido. Y lo mismo ocurría con los caballos, que necesitaban buen pienso, porque cuando comían paja verde y húmeda se les hinchaba el vientre.
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Los caballos de los gitanos son de una raza especial. Recuerdo que eran de poca alzada -bien musculados, blancos con manchas negras- y tenían un temperamento confiado y tranquilo, menos inquieto que el de los caballos andaluces, ingleses o árabes.
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Al anochecer encendieron un fuego y dispusieron unas sillas en círculo. Como se sentía el escalofrío de la humedad me acerqué a la hoguera donde charlaban y cantaban, acompañados por un acordeón y los violines.
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-A la luz del fuego -me dijo una de las muchachas, enseñándome la piel de bronce de sus brazos y sus hombros-, pareces más alemán.
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Se bajó un poco el borde de la camisa para descubrir su espalda morena. Se llamaba Zorika. Conocía su nombre porque aquella misma tarde, mientras leía sentado a la sombra de los árboles, había oído cómo la llamaba su hermana y la había visto enjabonar y golpear la ropa blanca en las piedras del río.
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Estoy seguro de que dejó que el viento le levantara las faldas porque sabía que la miraba. Sus manos atraparon entre sus piernas las rosas de su vestido, justo cuando ella quiso. Y, ahora, jugaba con un diábolo junto a la hoguera, haciendo lazos y figuras dificilísimas. Se volvió, provocándome con un gesto arrogante, arrojó al suelo el diábolo y me pasó la mano por la espalda, invitándome a bailar:
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-Mein Herr Marquis...
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Se echaron a reír. Los artistas del circo formaban un grupo casi familiar, aunque más tarde descubrí que, entre ellos, había jerarquías muy sutiles. Los mejores actuaban en la parte central del espectáculo y los menos importantes tenían que resignarse con el primer número, actuando en frío, cuando el público acaba de ocupar sus localidades. El circo es como el paraíso, porque los últimos son los primeros.
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El circo fue también, para mí, una escuela de Filosofía. Todo Zaratustra estaba allí: el funámbulo, el equilibrio, la ligereza, el espíritu de superación... Comprendía mejor a Nietzsche y a Diógenes cuando el jefe de pista anunciaba: "más difícil todavía".
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Con mis amigos del circo aprendí algunas palabras en lengua romaní. Al camino le llamaban drom, como los antiguos griegos. Y a sus músicos les llamaban l?autari. Me pareció un nombre maravilloso porque laudatori, en latín, significa "cantores de alabanzas", como lo fueron nuestros trovadores.
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Los romalem son hijos de su oficio y de lo que aportan a los demás: músicos, narradores de cuentos, constructores de carromatos... Los aurari se dedican a la orfebrería. Los ursari son domadores de osos y enseñan a bailar a sus animales sobre una plancha caliente. Los lovara comercian con los caballos y los adiestran. Sus tribus históricas son, en realidad, escuelas de oficios y, a menudo, dos grupos diferentes se mezclan o se acogen sólo porque comparten el mismo trabajo.
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Los gitanos saben oficios antiguos: dorar metales, domar caballos, cardar la lana de los colchones, tostar castañas, estañar calderas, o recoger hierbas. Viajan con sus bestias porque las leyes antiguas eximían de impuestos a los buhoneros que entraban en las ciudades con animales amaestrados. "El comerciante que traiga un mono para venderlo en París -decían las ordenanzas del puente del Petit-Châtelet- pagará cuatro dineros de entrada; pero si el mono pertenece a un juglar, y el hombre le hace actuar y danzar, quedará exento de peaje..."
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En las noches de otoño, los gitanos hacen sus niños oscuros que tienen labios de color violeta. Y, cuando llega el verano, ellas -con las faldas bordadas como una corola de flores- cogen en brazos a sus criaturas, mientras que ellos, los hombres, las siguen con sus violines por el camino.
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Han pasado muchos años, pero recuerdo que sabían leer las líneas de la mano, y conocían los talismanes, y lanzaban las suertes con puñados de alubias, o interpretaban el destino con plomo fundido.
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Aquella noche en el Danubio, agarré mi manta y me fui a dormir a orillas del río, donde los puñales de la madrugada fría me pusieron los ojos oscuros y los labios de color violeta. Y creo que ellos, especialmente Zorika, me miraron desde entonces con más respeto.
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SE PLANTEA EL DISCURSO DEL MÉTODO
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El Danubio es un río generoso y soñador que, como un viejo patriarca, ha visto ya lo mejor que puede esperarse del mundo. Entra en Austria por las fronteras de Poniente, siguiendo la ruta que llevó a los Habsburgo hasta el trono.
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A orillas del Danubio, en la vieja Ulm, nació Albert Einstein, matemático, físico y violinista nómada que buscaba las llaves del Universo, igual que el judío errante. Se dio cuenta enseguida de que nuestra vista es pequeña para las dimensiones del mundo y de que nuestros movimientos son torpes para las magnitudes del tiempo. Fue él quien descubrió que los vagabundos del espacio somos viajeros del tiempo. O sea, que en el camino de Venecia se encuentra uno a Proust y en un café de Viena puedes citarte con Zweig, y por Sevilla -envuelto en una capa remendada- anda todavía Cristóbal Colón.
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Ulm es una antigua ciudad alemana, como los burgos amurallados que dibujaba Durero. Su catedral es una de las más bellas de Europa. Y en sus calles se escucha todavía la sonería de los relojes que arregla un artesano o el gotear de las fuentes, decoradas con trabajos de miniatura.
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La cultura europea, desde Vermeer, fue la cultura de los interiores. Pero la vida moderna, al desahuciar al europeo de sus viejas habitaciones para hacernos habitar en apartamentos de diseño funcional, nos ha expropiado también nuestra Weltanschauung: nuestra visión particular del mundo.
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Las ciudades medievales fueron reductos del ciudadano libre contra la tiranía del clero y de los monarcas. Y ningún pintor primitivo se resistió a dibujar en el horizonte de sus cuadros la silueta de una ciudad. Las agujas góticas asoman detrás de una adoración de los Reyes, tras el manto de un san Pedro, en el fondo del Gólgota. Las habitaciones, con una vidriera por la que se devanan los rayos de luz, la cuna en la alcoba silenciosa donde vuela una mosca, o ese rincón de la cocina donde una abuela lee una carta, están en los cuadros de Teniers, de Vermeer, de Rembrandt.
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El trabajo de los artesanos en sus talleres, el humo de los pucheros y la rueca de la vida girando bajo los techos de vigas: éste es el interior de la cultura europea. Y, en ese ambiente de fe y de alquimia, los ideales de la Edad Media se transformaron en los deseos del Renacimiento.
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Gracias a la imprenta la gente pudo descubrir que la Biblia no era un objeto de culto, sino una maravillosa enciclopedia. Y hasta la enorme prensa donde Alberto Durero imprimía sus grabados no producía vino, ni aceite, ni manufacturas de primera necesidad, sino estampas decorativas que iban a adornar las paredes de una habitación. Eran en cierta manera un lujo, una cultura; porque arte -lirios y pavos reales- es todo aquello que el hombre práctico no necesita para triunfar en la vida. Quizá por eso, en Ulm hay un museo del pan pero también un barrio de pescadores. No sólo de pan vive el hombre...
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En Ulm nació la leyenda de Fausto, un mago vagabundo que conocía los misterios de la alquimia y de la luna. Era un ser triste y, después de mucho estudiar, sólo pudo llegar a la conclusión de que se condenaría. Diabólico final para una historia de amor: darse cuenta de que la pasión del saber (la libido sciendi) produce un tedio y una frustración como un coitus interruptus.
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Me di cuenta enseguida al llegar a esta orilla del Danubio que el camino estaba lleno de fábulas: castillos en ruinas donde todavía se oye un clamoreo de campanas en la noche de Pascua, lugares sin tiempo donde aparecen estrellas que no se ven en otros lugares del mundo y un monasterio donde me dijeron que encontraría a un sabio que vendía la Eternidad... No quise conocerle, porque sé que los brujos buscan sólo fámulos y yo no quería ser esclavo, sino discípulo de mis maestros. Pero quedé cautivo en estos pueblos inmotos del Danubio, quietos en el cansancio de su historia. Y aprendí en estos lugares a equivocarme un poco, como aconseja Verlaine. Porque todos los místicos saben que la luz se enciende siempre en la oscuridad de un sueño y Dios es una creación de la noche. Por eso dicen que era ciego el primer cantor de Ulises.
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En Ulm tuvo Descartes los misteriosos sueños que le llevaron a convertirse en filósofo. En una pesadilla vio un personaje que le ofrecía un regalo tentador. Habría vendido su alma por aquella fruta, fresca y carnosa como el trasero o los pechos de una mujer. Pero, antes de que pudiera atraparla, soñó que una violenta ráfaga de viento le alejaba y le arrastraba hacia una iglesia.
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Mientras escuchaba el violín de mis amigos gitanos, intentaba interpretar los sueños que habían inspirado a Descartes su Discurso del Método. Pero me daba cuenta de que no había vivido bastante para comprenderlo. Mi sueño no era ser ordenado, ni lógico. Me gustaba más leer a Homero, apasionado y contradictorio. Algo me decía que los que se someten demasiado pronto a la razón se quedan enquistados en sus verdades. Y yo no quería ser un "hombrecito" sensato. Necesitaba aceptar mi confusión para encontrar mi pequeña estrella en el caos.
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Los hermanitos de Zorika se convirtieron pronto en mi familja. La más pequeña era morena, tierna y dulce como las uvas negras de los viñedos de Rumanía. Y me apretaba las manos y se acunaba sobre mis rodillas cuando veía que sus hermanas mayores bailaban en círculo el Djelem Djelem de los gitanos. Era muy nerviosa y se trababa al hablar:
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-¿Tú eres romaní?
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-Yo soy rom... rom -me respondía apretando las manitas para pronunciar la erre.
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Cuando la reñían por alguna travesura, se refugiaba en mis brazos. A veces sus lágrimas de niña me conmovían, porque en sus ojos húmedos y oscuros me parecía ver las penas inciertas que no podemos evitar a nuestros hijos. El Danubio fue mi primera universidad y los poetas alemanes me metieron en el corazón la locura de recorrer los ríos como una Wanderung: un viaje de iniciación. No hay idioma que tenga palabra más adecuada que el alemán para designar la disposición de ánimo que lleva al viajero por el mundo adelante: la Wanderlust, la errabundia diría yo en español.
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LA CAMA DE LAS RELIQUIAS
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Libre, sin compromisos ni preocupaciones, llegué a Viena. Tenía el propósito de asistir a unas clases de Filología Clásica en la universidad. Me parecía que esta ciudad que ha dado tantos y tan buenos helenistas podía enseñarme mucho.
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Todavía me emocionan los sonidos de la lengua griega, porque los encuentro en el fondo mágico de mi infancia, cuando mi padre me hacía leer el canto homérico de la tristeza de Aquiles para enseñarme que la victoria no produce la felicidad, porque en el combate (la aristeia) el triunfo de uno presupone la derrota de otro. El mundo siempre fue igual: los que dan mueren pobres y los que cogen mueren ricos.
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La diferencia entre un europeo y un americano es que nosotros -incluso en la pobreza- estábamos orgullosos de ser unos luchadores, mientras que ellos reservaban los mejores papeles de su epopeya para los ganadores.
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La historia de todos los pueblos tiene tiempos precisos: allegros y andantes, unos melancólicos y otros heroicos. Los siglos de oro van acompañados siempre de una conciencia nacional de la victoria. Y también nosotros tuvimos a Esquilo que estaba tan orgulloso de las glorias de Maratón y Salamina. Pero, ya en la decadencia, oímos la voz aleccionadora de Eurípides, "hijo de la diosa de las legumbres". Nuestro teatro clásico está lleno de héroes espléndidos que luchan, aun sabiéndose condenados al fracaso. Ellos nos enseñaron que no hay vencedores y vencidos. Hay un triunfo en la derrota.
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Y, en la oscura lucha de los seres humanos, todos los muertos merecen la gloria.
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Viena era, además, la cuna de Stefan Zweig, que fue mi primer maestro, porque me hizo descubrir, en el humanismo liberal, mi condición de europeo. Llegué, pues, a Viena con la cabeza llena de dioses.
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Llevaba una carta de presentación para una señora, amiga de mi familia. Ella me hospedó en el elegante caserón donde vivía, ordenado y gélido como un mausoleo. Recuerdo la entrada monumental de aquel palacio, las estatuas del zaguán, los patios blancos y los portones con grandes aldabas que representaban dos guerreros turcos con la cabeza rapada.
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La anciana dama tenía los cabellos blancos, con un reflejo azulado que ella misma se aplicaba con añil. Cuando me recibió se colocó las gafas sobre la punta de la nariz y leyó la carta de mis padres con una mirada fría, levantando la cabeza de tanto en tanto con una sonrisa enigmática, como si estuviera juzgando a aquellos amigos españoles que no tenían escudo de armas en el membrete de sus cartas.
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Se sorprendió también al ver que yo llevaba un equipaje insignificante (me lo había comprado casi todo aquella misma mañana, incluyendo la pequeña maleta). Y observó con curiosidad el libro que llevaba en las manos: un viejo Baedeker de Austria de 1896.
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Era exactamente lo que más me interesaba: El mundo de ayer. Los bulevares y los teatros principales estaban ya en 1896 donde están hoy; los palacios, la Biblioteca Imperial, los jardines, las iglesias y los museos también. "Los números parten de la plaza de San Esteban con los impares a la izquierda y los pares a la derecha", decía mi Baedeker, todavía útil. Stefan Zweig vivía entonces con sus padres en la Rathaustrasse 17 (hoy es un hotel) y estudiaba en el Wasa-Gimnasium.
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Estábamos sentados en parejas, como galeotes, sobre bajos bancos de madera que nos obligaban a doblar la espina dorsal, y así permanecíamos hasta que nos dolían los huesos -escribe Zweig en El mundo de ayer-. En invierno la luz azulada de las llamas de los picos de gas tremolaba sobre nuestros libros, mientras que en verano se bajaban los estores de las ventanas para evitar que las miradas soñadoras sucumbiesen al disfrute de contemplar el pequeño rectángulo de cielo azul.
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La señora hizo sonar un timbre para llamar a su doncella y me ofreció, más cariñosamente, un trozo de pastel de manzana y una copa de vino dorado y dulce del Burgenland. A la muchacha le habló en húngaro y lo primero que me llamó la atención de ella es que mezclaba los idiomas, pasando de uno a otro con extraordinaria facilidad.
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En las antiguas familias vienesas -nacidas en el imperio centroeuropeo-, era habitual mezclar varios idiomas. Y esa "pentecostés" de las lenguas, había sido también una constante en mi educación. Mi padre hablaba alemán con sus hermanos, educados como él en Hamburgo; pero igualmente consideraba "lengua materna" el español que hablaba con mi madre, o el francés que utilizaba a veces conmigo y con mi hermano. Manejaba habitualmente el inglés en sus negocios y era capaz de hablar algunas palabras en ruso con su hermana. Recuerdo que, en las reuniones familiares, se pasaba de un idioma a otro con naturalidad. Y, a veces, para completar la orquesta le pedíamos a mi tía Ella que hablase húngaro, lengua que no comprendíamos pero que despertaba en nosotros la maravillosa curiosidad de "hacer el oído" a un idioma desconocido.
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La vieja dama de la Herrengasse me dio una habitación enorme para mí solo, con un soberbio escritorio de estilo Biedermeier donde nunca pude escribir una línea, un altarcito con una imagen terrible del Niño Jesús -un pupazzo que parecía sostener una bomba en la mano- y una cama con un baldaquín de terciopelo rosa que tenía bordadas en oro las armas de sus antepasados. Me acostaba en las mismas sábanas de lino y encaje que habían usado los príncipes de la familia. Pero al ver aquel lecho -siniestro y rosa- me acordaba de la noche de bodas del príncipe de Ligne, cuando sus parientes le metieron debajo del colchón tantas reliquias y huesos de santos que, con la agitación propia de la fiesta nupcial, el recreo se convirtió en una pesadilla.
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"Me gusta ser extranjero en todas partes", comentaba Carlos-José, príncipe de Ligne. Algunos dicen que, después de Casanova, fue el hombre más encantador del siglo XVIII. La suerte le hizo vivir los años finales de la aristocracia europea, iluminándolo con las luces del crepúsculo, que son las únicas que dan valor a las sombras. Utilizaba para sus vestidos el color rosa, que era el esmalte de su escudo de familia. Sus hombres se distinguían en el combate porque llevaban también cintas y galones de este color. Y fue, desde luego, el mejor ejemplar de aristócrata que dio Europa: elegante, culto, disoluto, simpático y seductor.
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Su padre, Claude-Lamoral II, era un buen caudillo militar, un genio construyendo palacios y un déspota que tiranizaba a su mujer y a sus hijos. No podía esperarse otra cosa de un individuo que se llamaba "la moral". Especialmente le tenía inquina a Carlos-José, quizá porque era el mimado de su mujer. Además, no podía soportar la idea de tener un hijo guapo. Prefería a su hija María Cristina, tan histérica y tan fea que la llamaban "El Gran Diablo". Con ella mantenía unas disputas homéricas que acababan siempre con violencia y gritos. Pero la muchacha tenía carácter. Un día que su padre la arrastró por los pelos, ella se revolvió airada y le dijo: "Eres un desastre de padre, pero como cochero eres aún peor"... No es raro que esta jovencita acabase siendo abadesa de Remiremont, maravilloso reducto del feminismo en el seno de la iglesia católica.
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Las canonesas de Remiremont alternaban la vida religiosa con los bailes, habitaban magníficos palacios, no profesaban votos y llevaban elegantes sombreros. Les Chanoinesses de Remiremont... ¡qué nombre para una canción de Jacques Brel o para una línea de diligencias!
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Parece mentira que un ambiente conflictivo como el hogar de los príncipes de Ligne diese un hombre tan refinado y galante como Carlos-José, que llegaría a ser amigo de Catalina de Rusia, de Federico de Prusia, de Talleyrand y de María Antonieta; además de amante de Madame Du Barry y otras bellezas de su tiempo.
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Como en aquella casa nadie podía rechistar al padre, Carlos-José recibió con resignación la orden de trasladarse a Viena para contraer matrimonio. El tirano le hizo ver enseguida que "los hijos se casan con quien decide su padre".
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Y eligieron para él una niña de quince años: la princesa Marie-France-Xavière de Liechtenstein.
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El 6 de agosto de 1771 se celebró el solemne matrimonio en el impresionante palacio Liechtenstein, en Viena. Los Liechtenstein eran muy religiosos, conocidos por su piedad católica. Y, siguiendo una costumbre familiar, las mujeres prepararon el lecho nupcial, introduciendo disimuladamente entre las sábanas un montón de reliquias, para dar vigor al marido y fecundidad a la novia.
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El tirano Claude-Lamoral era además avaro y, por no gastar dinero, le hizo endosar a su hijo un viejo camisón que él se ponía en casa: rojo con unos loros bordados en oro, como un biombo indio.
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Vestido de esta guisa, el joven príncipe de Ligne esperó a su novia en la cama. Luego, con toda ceremonia, cerraron las cortinas, apagaron las luces... y comenzó el movimiento, mientras -en el bulle bulle de las sábanas- iban saliendo a flote los huesos de san Juan, un dedo de san Gall, los pelos de la barba de san José, además de infinitas estampas y relicarios...
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Molido y destrozado, con el cuerpo lleno de rasguños, el príncipe de Ligne saltó finalmente de la cama. Pero entonces aparecieron las matronas de la familia a recoger el camisón de la novia con la sangre del himen, no fuese a caer en manos de brujos.
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Cada época tiene sus costumbres. Y, si hemos venido al mundo, demos gracias a que nuestros padres fueron jóvenes, se amaban y no habían descubierto otras técnicas...
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Cuando me asomaba a la ventana de mi dormitorio, veía el claustro de un convento por donde paseaban las monjas, con sus tocas blancas y almidonadas, tan finas como el hojaldre que hacía nuestra cocinera. Las veía entrar y salir en aquel jardín sagrado, al toque de las campanas. Allí anidaban como vestales y -recordando los días de mi primer amor en Ronda, que ya evoqué en Libro de réquiems- me parecía que cada una de ellas ocultaba en su pecho una paloma y que hasta mí llegaba el arrullo de sus corazones.
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Pero la verdad es que yo pasaba poco tiempo en casa. No le pedía a la vida otra cosa que la libertad y el disfrute de poder leer a mis maestros. Había aprendido en los griegos y en los cuentos de los gitanos que sólo los centauros pueden enseñar a un joven, porque poseen a la vez cabeza de hombre y cuerpo de animal. Por eso necesitaba buscar mi energía al aire libre y asimilarla luego en el estudio, como un potrillo necesita, a la vez, la libertad y la doma.
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A menudo pasaba dos o tres días fuera de Viena, cogía mi bicicleta alquilada y me iba a ver a mis amigos gitanos. Una vez le llevé a la hermanita de Zorika una cítara de juguete que aprendió a tocar enseguida con sus pequeñas manitas.
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Y a ella le regalé unos pendientes de plata que me parecieron gitanos, porque tenían forma de rueda...
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A veces llegaba calado a un pueblo, bajo la lluvia de primavera, y me calentaba junto al fuego que habían encendido unos albañiles que arreglaban la iglesia o esperaba que escampase, refugiado en la casita del guardián de un castillo. Las calles olían a puchero de carne y a leña quemada, volaban ya las golondrinas sobre el Danubio y me sentía lleno de alegría. ¡Qué silencio!
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Los años errantes -Wanderjahre, los llamaba Goethe; Tzigeunerjahre, años gitanos, los llamaría yo- son la escuela de la vida. Y la felicidad es como el calor que sube por nuestras piernas cuando nos secamos los pies mojados en la hoguera, o como una golondrina que hace su nido en nuestro corazón. Por eso, a veces, emigra.
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Nuestra Europa estuvo siempre llena de músicos ambulantes, actores, funámbulos, feriantes y gentes de circo. Y alguien les llamó "bohemios", dándoles el nombre de las tribus centroeuropeas que seguían a los ejércitos de Carlomagno.
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Los gitanos de Bohemia dejaron una huella imborrable en la tradición cultural europea, porque eran casi todos artistas. "Saltimbanquis", llamaba la emperatriz María Teresa a los Mozart. No podía comprender que una familia tuviese a sus hijos viajando de un lado a otro como gitanos. Y ése fue el caso de tantos artistas europeos que eligieron ese sistema de vida -tan poco burgués- para salvar su libertad creadora. Por eso se llamaron bohemios.Los gitanos nunca se llamaron a sí mismos "bohemios", sino Romá. Los nazis acabaron con la mayoría de los gitanos de Bohemia en sus campos de exterminio y los europeos no sólo perdimos a estos hermanos, sino también su lengua -un dialecto romaní- y su cultura.
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Andando por las orillas de los ríos aprendí que lo mejor es salir de viaje, asomarse con ilusión a la ruleta del mundo y sentirse -como el enamorado- con fuerzas para jugarlo todo a las cartas del deseo. Quizá por esto los pobres del cine neorrealista vivían en las estaciones, junto a las vías del tren.
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-¿Se va usted de viaje? ¡Qué suerte! ¡Siempre viajando!
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Cualquiera diría que los pobres de las estaciones no paran de viajar, mientras que los ricos de las ciudades parecen siempre cansados.
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UN OLOR A MIÉRCOLES DE CENIZA
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Viena fue, antes de que las últimas guerras destruyeran Europa, el santuario de nuestra cultura. Aún ahora, pasados los años, conserva un aire de dama elegante, reina romántica en un medallón. En mi memoria se parece siempre a la anciana señora que me hospedaba en su frío palacio de la Herrengasse. Cierro los ojos y la veo andar con su porte altivo y estirado sobre las alfombras oscuras, entre las estatuas y los libros de aquel caserón melancólico y triste. Recuerdo las puertas y ventanas cubiertas de dorados y tallas, los enormes espejos con marcos de plata, las mesas japonesas y los sillones tapizados con damasco italiano. En todas las habitaciones había grandes lámparas de cristal de roca, pero no encendía más que la mitad de las bombillas, para ahorrar luz. Guardaba muchos retratos de la monarquía a la que habían servido sus antepasados y odiaba a los rusos porque habían destruido los archivos de su familia en 1945. En mi habitación había una litografía coloreada de Francisco José y Sissi que celebraba el romántico matrimonio imperial. Y cuando hablaba de Francisco José se refería a él -medio siglo después de su muerte- como Unser Kaiser und Herr (nuestro emperador y señor).
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Yo era demasiado joven para entender muchas cosas, aunque me fascinaba que la condesa viviese rodeada de cuadros y fotografías de mujeres bellísimas, buen gusto que compartía con su idolatrada Sissi. Tocaba la flauta como una diosa y, a veces, la oía interpretar en su dormitorio la Danza de los Espíritus de Glück, pero nunca quiso tocar conmigo.
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-Oh, no -me dijo cuando se lo propuse-, no hay nada más horrible que una abuela haciendo muecas.
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Se sentaba sin embargo al piano para acompañarme, porque le gustaba que tocásemos juntos el maravilloso andantino del Concierto para flauta y arpa de Mozart. Bueno, digamos que ella interpretaba y yo estaba allí. La casa estaba llena de timbres para llamar al servicio y cada uno tenía un sonido diferente, o así me lo figuraba yo: discreto el del dormitorio, con una perilla que representaba un angelito de bronce; autoritario el del salón (ringgg) y perentorio e histérico (ring, riing, riiing) el del comedor, que me hacía añorar, harto de tanta ceremonia, mis pensiones de estudiante en España, cuando llamábamos a gritos a la camarera: ¡Maríaa...!
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Un día llegué con un ojo morado porque me había pegado unos golpes con un estafador que quiso venderme una bicicleta robada. Y creo que eso acabó con la poca paciencia que le quedaba a mi aristocrática patrona (pues yo la llamaba así, entre mis amigos).
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Me amenazó con escribirle a mi padre, explicándole que no me aplicaba en mis estudios, que me pasaba el día vagabundeando y que no atendía a razones. Pero yo sólo había venido a Viena para encontrar a los últimos maestros de la cultura europea. Y aunque mi padre quería que siguiese su carrera académica en la enseñanza, yo sabía que mi camino estaba en los libros y en los cafés, en las pinturas de Sezession, en la música de los merenderos, en la estatua de Palas Atenea que hay frente al Parlamento, en los puestos de fruta del Naschmarkt y en la línea del tranvía 38 que lleva desde la Schottentor a los vinos nuevos de Grinzing.
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Era difícil discutir estas cosas con la familia y aún más complicado esconder en el patio de la vieja dama, entre las estatuas clásicas, al gatito que recogí un día de invierno en el Augarten. Debo decir que nunca me faltó la complicidad de la cocinera que cuidaba de que no le faltase leche. Cuando helaba lo subía a mi habitación y se quedaba dormido en mi almohada, con su cabecita apoyada en las armas de la familia. Yo dormía también mejor sin la horrible almohada rosa.
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Menos mal que la condesa no era mi madre, porque me habría contagiado su politesse hipócrita, que no le iba nada a mi carácter espontáneo pero que formaba parte de la perversa educación burguesa de aquellos tiempos. Y, cuando leo a mi maestro Stefan Zweig, todavía creo sentir en sus recuerdos de El mundo de ayer, para mí tan venerados, ese ambiguo perfume de conciencia -es un olor de Miércoles de Ceniza- que llevó a tantos vieneses a la consulta de Freud o a la muerte desesperada.
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Creo que hay una parte de la personalidad de Viena que no puede comprenderse sin el teatro. En el escenario se expresan la alegría de vivir, la simpatía de la gente del pueblo, la indolencia ingenua, la romántica melancolía y el humor de los vieneses. Entre bambalinas nace también la opereta y, a veces, alguna cosa más seria, como La flauta mágica. Pero, cuando acaba la función, uno se da cuenta de que hay otra Viena trascendente y dramática que se oculta detrás de su antifaz y su abanico, como una princesa en un vals popular.
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La dama vienesa, que se había empeñado en convertirme en un principito rabioso, era también un personaje para el Hoftheater. Hablaba el francés con una afectación académica y teatral, como si hubiese aprendido sus maneras en el escenario, interpretando su papel de condesa, y, cuando te ofrecía la mano, la dejaba suspendida en el aire hasta que se oía llamar, en alemán, gnädige Frau.
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Ella pertenecía a la Viena del Ancien Régime, que había admirado más a Kotzebue que a Goethe, bastante más a Salieri que a Mozart, mucho más al virtuoso Liszt que al bueno de Schubert, a quien no perdonaban que, en un escalofrío, hubiese compuesto el genial Viaje de invierno.
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El mundo de la vieja dama se reducía al té con sus amigas, las funciones del Burgtheater, sus solitarios y sus partidas de canasta, sus conciertos y la costurera con la que pasaba largos ratos hablando de su pobre hijo, muerto en la Segunda Guerra. Había viajado mucho en su juventud, porque esta aristocracia vienesa tenía castillos y posesiones en todas las provincias del imperio. Su marido la llevaba cada año a Venecia, aunque a él no le importaban nada las iglesias, las góndolas, los canales ni los cuadros de la Academia. Este viaje era una concesión que hacía a su mujer y duraba sólo hasta que comenzaba la brama del ciervo, porque la temporada de caza era para él sagrada.
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-Mi Venecia -decía ella con un gesto melancólico- se acababa como la temporada de los vestidos blancos. Luego ya regresábamos a nuestra finca en Bohemia, comenzaba la caza y todo se volvía verde musgo.
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Me contaba sus viajes en los blancos paquebotes del Lloyd austríaco, las fiestas del Excelsior, las casetas del Lido -tener una caseta en el Lido era pertenecer al club de los happy few- y las tardes en Piazza San Marco escuchando valses de Strauss.
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De su marido no hablaba nunca y comprendí por qué el día que encontré en la biblioteca, escondido entre los libros, un cuaderno con las armas del difunto conde y un título escrito a mano: Album d'amour. Nunca había visto una cosa igual. Era el catálogo de todas las bellezas de su tiempo -entre 1920 y 1930- a las que había amado aquel golfo, que llevaba una contabilidad de sus conquistas porque les pedía a todas una foto dedicada. Había muchachas de la alta sociedad, jugadoras de tenis, cantantes de ópera, bailarinas, vedettes, lozanas taberneras de pueblo -con sus uniformes negros y sus delantales blancos- y una belleza exótica que me impresionó y que, me parece recordar, se llamaba Martha Hawai. Desde aquel día comprendí que no debía hablar del conde y que debía mirar su máscara mortuoria que estaba en la vitrina como un objeto de venganza ritual. La condesa no pronunciaba su nombre y, cuando se veía obligada a referirse a él, señalaba la macabra reliquia y murmuraba con un gesto enigmático que tenía algo de regodeo: Memento Moris...
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Cada vez que miraba aquella máscara de cera (tenía pelos en las pestañas), me acordaba de los trofeos de muerte que colgaban en sus templos los aztecas.
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En la vieja aristocracia vienesa mandaban las mujeres, a diferencia de la pequeña burguesía y del pueblo, que se educaban bajo la autoridad patriarcal. Por eso la Viena de los Habsburgo tiene tantas referencias de signo femenino. Y por eso las luchas entre las hijas y sus madres, las nueras y las suegras, podían ser tan amargas como la que enfrentó a la archiduquesa Sofía con la joven Sissi. Todavía la cultura austríaca es capaz de hacer literatura con este conflicto: novelas tan desgarradas y verdaderas como La pianista de Elfriede Jelinek.
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En contraste con su severidad, la gnädige Frau trataba al servicio con esa camaradería que es habitual en la aristocracia. Tuteaba a sus criados, jugaba a las cartas con su doncella -que se dejaba ganar- y, cuando hablaba con el servicio, utilizaba expresiones castizas, imitando el acento del pueblo. Aunque era muy puritana, me recordaba a la marquesa de Châtelet, que se bañaba alegremente delante de sus criados, hasta que el estreno de El barbero de Sevilla le hizo ver que ellos eran hombres y ella estaba desnuda. Ésa había sido también la aristocracia vienesa del siglo XVIII, y Beethoven -quizá dolido por el fracaso de Fidelio- ya se había quejado de aquella gente frívola que "sólo tenía sentimiento para los caballos y las bailarinas". También él formaba parte de este escenario y andaba por las calles como un león gris, moviendo el cuerpo como si llevara dentro una orquesta y asustando con sus gruñidos a los chiquillos que le veían subir cada tarde las rampas del Mölker Bastei. Escribía cartas melancólicas y fugas, sinfonías y cánticos de acción de gracias que hacen llorar.
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Buscaba bosques y ríos por las calles desiertas y, de vez en cuando, se llevaba las manos a las orejas porque creía oír el canto de un cuco. Luego, al ver la nieve de invierno recién caída, bajaba la cabeza y seguía su camino. Entraba en un café y pedía todos los periódicos en todos los idiomas, porque soñaba leer que había estallado la revolución mundial, así a golpe de timbales, como en una sinfonía los coros anuncian la alegre fraternidad después del largo ensueño en re menor de los violonchelos. Era un delirio que le duraba veintiséis minutos: el tiempo de un café. Y luego, cuando se apagaban las luces de Viena, se encerraba en las sombras de sus últimos Quatuors sin esperar ya respuesta. "Escribo únicamente para mí. Y si tuviera salud nada me importaría".
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El teatro era el espectáculo preferido de los vieneses.
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Y hasta el general Gyulay, el vencedor de Magenta, cuidaba tanto sus desfiles que obligaba a llevar grandes bigotes a sus soldados. Los jovencitos lampiños debían pintárselos con un corcho ahumado. "Aquí no gusta lo serio", decía Schumann.
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La máxima ilusión de mi gnädige Frau era que yo me vistiese elegantemente para acompañarla a las soirées de gala del Burgtheater, donde tenía un abono. Y me obligaba a hacer el recorrido del foyer en el entreacto, en medio de las miradas crueles con que se fulminaban, entre sonrisas, algunas de sus amigas. Había una dama que me subyugaba, porque era como la diosa de la maledicencia. Hablando un día de una sobrina suya un poco llenita con la que yo había salido a pasear un par de veces comentó: "tiene una piel sonrosada y preciosa, como el punto justo de un rosbif"... Quizá nos había sorprendido despidiéndonos en la puerta de su casa. Pero cuando intenté ser galante con la muchacha y con sus encantos, me cortó:
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-Para apreciar la belleza no debe uno acercarse demasiado. Todo necesita su perspectiva.
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La condesa tenía sus razones para desconfiar de los hombres. Pero esta bruja era peor, porque pertenecía a ese género de mujeres que comienzan a odiar a los hombres en cuanto dejan de devorarlos.
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Hay dos Vienas: una mozartiana y encantadora, que yo encontraba en los merenderos del Prater, y otra, afectada y distante, que se encarnaba en aquella vieja dama. Pero había también dos Prater y me gustaba el más sencillo y barato, con sus fuegos de artificio, sus orquestas de zíngaros, las fotografías rápidas, las barracas de feria y sus comidas calientes. Cuando cobraba las traducciones que hacía para una editorial me iba enseguida a un restaurante húngaro y me hacía servir un festín, comenzando por una sopa húngara con sus csipecktes (trocitos de patatas), siguiendo por un hojaldre de queso fresco y acabando con un goulasch. Era maravilloso porque allí las parejas bebían, cantaban, lloraban sus penas o se metían mano bajo las mesas hasta que se agitaban las copas y derramaban el vino sobre los manteles, dejándolos manchados como un pañuelo lleno de besos. Aquel era otro mundo, donde la buena gente sencilla calmaba el hambre de sus pecados y no se oían esas voces chismosas que hablan siempre juzgando a los demás.
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La alegría de Viena es sencilla como el humor ligero del teatro popular vienés. La gente del pueblo no es arrogante y en todo momento uno puede dirigirse a alguien para charlar, aunque sea en la cola del tranvía o del pan. Siempre hay un amigo dispuesto a compartir la tertulia en un merendero, mientras se come y se bebe bien. Un día, cuando regresaba a casa, el conductor del tranvía me preguntó si el voluminoso libro que llevaba en la mano -Paideia de Werner Jaeger- me parecía interesante para que lo leyese él.
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Disfrutaba comprando fruta en los mercados, charlaba con las vendedoras y me comía luego las fresas o las manzanas en la calle. Pero, más allá de este decorado ligero de la vida vienesa, comenzaba a vislumbrar que este pueblo del sur tiene una cultura germánica y, en esa especie de contradicción, radica el morbo de su personalidad. En un día loco uno puede irse a beber el vino nuevo a las alegres tabernas de Grinzing, entre guitarras, acordeones y cantos; pero al día siguiente uno sabe que regresará al café con el alma llena de filosofía.
No es fácil entender esta opereta que parece escrita por el doctor Freud, que empieza en un vals y puede acabar en la tragedia de Mayerling. Pero incluso en lo serio el vienés ama el teatro. Dejar un buen "difunto" (a scheene Leich) es una aspiración muy popular en esta ciudad tan dada a los desfiles. Hay un museo dedicado a los detallitos finales, donde no faltan ataúdes provistos de una campanilla que eran muy cotizados en los tiempos heroicos en que los muertos se reponían... "Si no le gusta, sólo tiene que tocar la campanilla."
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Hay una Viena alegre como una opereta y otra que tiene la divina melancolía de nuestra alma europea: atormentada y oscura, romántica y desesperada como una pasión oculta en los laberintos de la conciencia.
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Era yo entonces demasiado ingenuo para comprender el sentido morboso de aquella moral ambigua que Zweig encontró en La calleja del Claro de Luna. Tardé tiempo en descubrir el papel que las süsse Mädel (dulces muchachitas) habían desempeñado en el eros matutinus de aquellos jóvenes y en conocer la historia de las pobres muñecas que formaban parte del "mundo oculto" de la burguesía. Porque aquella burocracia imperial y católica permitía a las niñas de catorce años ejercer la prostitución, a cambio de un control sanitario, sólo para asegurarse de que no propagaban el mal de las musas maltrechas.
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Pero esa era la Viena de Zweig y de Rilke, de Joseph Roth y de Hofmannsthal. Y, perdido entre aquellos maestros inquietantes, yo intentaba buscar mi Viena -luminosa y poética- en el Prater, invitando a bailar y a beber caldo caliente a todas las muchachas alegres que ellos pudieron haber encontrado, en una mala noche, en las esquinas oscuras del palacio Liechtenstein o de la Pramgasse.
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Menos mal que Viena respondió siempre a mis sueños. En los parques del Belvedere y de Schönbrunn las fuentes se transforman en cascadas, los pobres parecen estatuas, los cocheros archiduques, las niñeras porcelanas y, en los jardines de Viena, todos los gitanos -cuando no se trata del propio Liszt- se confunden con Johann Strauss. La gente habla un dialecto dulce y musical que se ha ido haciendo en la tertulia y en la convivencia, un idioma que tiene siempre palabras para una opereta y en el que se pronuncian, con acento francés, "Gloriette" y "Garten-Pavillon". Hasta los muebles de la vieja burguesía vienesa tienen un estilo ingenuo y de conveniencia, sólido y sobrio -el Biedermeier- concebido para el burgués hogareño que fuma su pipa con aire feliz y conformista, calculando el spleen en media hora de siesta y reduciendo los paraísos artificiales a una taza de café.
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La emperatriz María Teresa intentó convertir el corazón de los austríacos en un objeto hogareño. A su propia hija María Antonieta la educó como una muñeca, entre curas y peluqueros, llenándole la cabeza de fórmulas piadosas y frivolidades. María Teresa no podía soportar la idea de que los jóvenes hicieran el amor libremente en algún lugar de su inmenso imperio y obligaba a sus súbditos a contraer "matrimonio legítimo". Cuando enviudó se pasaba el día en su Schwarzen Kabinett (gabinete negro), entre los retratos de sus antepasados. Los tenía dibujados con sus camisones en sus lechos de muerte y allí, en aquella habitación tapizada de negro, rezaba delante del retrato de su difunto marido.
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El libertino Giacomo Casanova nos ha dejado buena memoria del reinado del terror que los espías de la emperatriz establecieron en Viena para mantener las buenas costumbres.
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Yo prefería escuchar a mis amigas de Viena, consejeras prudentes de mi atolondrada inocencia.
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-¡Ay! -me dijo una de ellas-. Más inmoral que un marido de más, es tener uno sólo y de sobra.
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Prefería imaginarme a Mozart comiendo pollo asado en las barracas del Prater -era una de sus aficiones- y me entretenía leyendo, a la luz barata del atardecer, a los autores de la generación amarga del Weltschmerz, locos que acabaron su vida en los cafés, hartos del Biedermeier, y que saltaban por las ventanas, como Lenau, gritando: "¡Vamos en busca de la libertad!".
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RIMBAUD EN UNA ORQUESTA DE SWING
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En el Danubio comprendí mejor a Lenau, divino poeta de la soledad, músico de las palabras, lazarillo de los vagabundos. Y en los libros de Adalbert Stifter aprendí ese ensueño tan austríaco que es volar detrás de los ángeles: un delirio que a él le llevó a la muerte solitaria, consentida y desesperada. "Un viejo que no tiene descendencia -solía decir- sólo deja una ruina y un cuerpo muerto." Su hija se había ahogado en el Danubio. Y quizá por eso, porque hablaba para la "posteridad", Nietzsche le consideró uno de los autores más grandes en lengua alemana.
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Por aquí anduvo en 1877 Rimbaud, vendiendo recuerdos kitsch: cordones de zapatos, llaveros y cositas prácticas para gente muy Biedermeier. Pero no tenía otro remedio porque, nada más llegar a Viena, un cochero le había robado la cartera. Y no podía recurrir como otras veces a su madre, porque estaba muy enfadado con ella y se había largado de casa gritando: "Merde à la daromphe, je pars pour Vienne!". La llamaba con este apodo, que era una deformación de daronne, la patrona, igual que el absomphe era el ajenjo. Verlaine hizo un dibujo en el que se ve a Rimbaud desnudo, en el momento en que el sinvergüenza del cochero escapa fustigando a los caballos. Si yo le hubiese conocido le habría recomendado que viajase con una cartera falsa, especial para los ladrones, con cheques de un banco inventado -La Banque National de Parmerde- y con retratos de la novia de otro. Pero su historia acabó muy mal, porque le detuvieron por pelearse con un policía, le expulsaron del país por indeseable y tuvo que regresar a pie hasta Francia.
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Rimbaud era el Count Basie de la orquesta de swing de mis sueños, el loco que nunca comenzaba ni acababa de la misma manera. Tocaba el piano con dos dedos y, cuando se detenía súbitamente, dejaba al mundo sumido en el silencio. Pero Rimbaud llegaba más lejos: cuando daba por acabado el concierto, quemaba todos sus manuscritos.
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A escondidas, sin que la vieja dama me viese, leía a Rimbaud cuando me sentía atrapado en el pantano de Viena y necesitaba prendre le large: huir para no perder la loca juventud de mi alma. No se puede vivir sentado ante una taza de té cuando uno tiene sueños de escritor esnob y maldito. Y, menos aún, cuando uno no quiere hacer segundas ediciones de Gide, sino una poesía ingenua, torpe, verdadera y dolorida, como la que yo escribía entonces.
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Para llegar a Rilke tenía que pasar por Rimbaud. Pero nunca acabé de escribir aquel libro, silvestre y amargo, que fui dejando a trozos en las servilletas y en las facturas de los cafés. Además de su título, La santa leyenda negra, recuerdo unos malos versos que querían ser una canción modernista para el abanico de Sissi:
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Silente silfo,
fugaz silueta,
quetzal sin nido,
serpiente negra.
En tu abanico
vuelan tormentas:
quebrando lirios,
frunciendo telas,
silbando silbos,
ondeando sendas.
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-Disculpe, señor -me dijo un día la camarera-, pero no sé por qué rompe usted cada día estos poemas.
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Y, como me ocurre tantas veces con las personas que me ofrecen su ternura o su afecto, me sentí indigno. Pero el pueblo vienés es así, capaz de guardar los versos que rompe un desconocido en el café. Creo que no hay cultura más auténtica que esa manifestación popular de "culto" que va unida a la delicadeza de los sentimientos.
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Y, ahora, al cabo de los años, no sé si aquella muchacha conservará su mirada pura de luz de luna y aquellas servilletas rotas de La santa leyenda negra que es lo único que puede quedar de unos versos que, felizmente, olvidé.
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Articulo:
http://www.elcultural.es 22/02/2007

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...