dimanche 25 février 2007

Thomas MANN inédito


Thomas Mann inédito
Hermano Hitler [1939] y ¡Atención, Europa! [1935]

Además de uno de los dioses de la novela de todos los tiempos, Thomas Mann fue un pensador acerado y febril que desmenuzó implacable las contradicciones y miserias del siglo XX. Y pocos episodios tan terribles como los vividos en “su” Alemania con la ascensión del nazismo y la cuestión judía. Ahora, GlobalRhythm está a punto de publicar, en edición de Anna Ruchat y traducción de Rosa Sala, un volumen apasionante de ensayos inéditos en España. En ellos, por ejemplo, denuncia en 1936 la carga moral de los campos de concentración que sus compatriotas negaban conocer, o desnuda la impostura hitleriana en 1939.
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Hermano Hitler [1939]
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Sin las terribles víctimas que caen incesantemente por la fatal vida anímica de esta persona, sin las amplísimas devastaciones morales que surgen de ella, resultaría más fácil admitir que uno encuentra fascinante el fenómeno de su vida. Resulta poco menos que inevitable. Nadie se libra de ocuparse de su turbia figura, algo que reside en la naturaleza burdamente efectista y amplificadora de la política, es decir, en el oficio que él resulta que ha escogido, y es bien sabido hasta qué punto se debe sólo a su incapacidad para dedicarse a cualquier otro. Tanto peor para nosotros, y tanto peor para la indefensa Europa de hoy, que él fascine allí donde se le permita desempeñar el papel de todopoderoso hombre del destino y que, gracias a un encadenamiento de circunstancias increíblemente afortunadas –mejor dicho: lamentables–, pues, casualmente, no hay agua que corra sin impulsar sus molinos, salte de una victoria sobre la nada, sobre la más absoluta falta de resistencia, a la próxima.
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El mero hecho de admitir esto, de reconocer las enojosas circunstancias, se aproxima ya a una castración moral. Para hacerlo hace falta una capacidad de autocontrol que, por si fuera poco, encima tiene que tener miedo de resultar inmoral, ya que está atando corto el odio que se le exige aquí a todo aquél que valore mínimamente el destino de la ética. ¿Odio? Estoy en situación de decir, con el corazón en la mano, que de eso no me falta. Le deseo muy sinceramente a este peligro público una caída deshonrosa, y mucho antes de lo que permita presagiarlo su probada cautela. Aun así, siento que mis mejores horas no son ésas en las que odio a esta pobre, pero funesta criatura. Se me antojan más felices y apropiadas aquéllas en las que mi necesidad de libertad y de una contemplación desapegada, en una palabra: de ironía se erige victoriosa sobre el odio. Amor y odio son dos grandes afectos; pero precisamente porque se trata de afectos suele subestimarse esa actitud en la que los dos se unen de la manera más peculiar, a saber: el interés. Y, de este modo, suele subestimarse también su moralidad. [...]
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Pues es verdad, el muchacho es una catástrofe; pero eso no es razón para no encontrarle interesante como carácter y como destino. La manera en que las circunstancias han permitido que el insondable resentimiento, el profundo y lacerante afán de venganza del inútil, del imposible, del diez veces fracasado, del extremadamente vago, del asilado a perpetuidad , del incapaz de trabajo alguno y del artista rechazado de medio pelo, en definitiva: del total y absolutamente malogrado, se vincula a los sentimientos de inferioridad (mucho menos justificados) de un pueblo derrotado que no acierta a sacarle partido alguno a su derrota y que sólo aspira a recomponer su “honor”; la manera en la que él, que no ha aprendido nada, que debido a una arrogancia obcecada se ha negado a aprender nunca nada, que tampoco entiende ni un ápice de esas cosas técnicas o físicas que normalmente saben hacer los hombres, como montar a caballo, conducir un automóvil, ni siquiera engendrar un niño, desarrolla precisamente eso que hace falta para establecer esa vinculación: una elocuencia de pésima calaña, pero efectista para las masas; una herramienta toscamente histérica propia de comediante, con la que hurga en la herida de su pueblo, lo conmueve al anunciarle su grandeza ofendida, lo aturde con promesas y convierte la enfermedad anímica de la nación en el vehículo de su grandeza, de su ascenso a unas alturas de ensueño, a un poder ilimitado, a unas satisfacciones excesivas y monstruosas: a una gloria y a una espantosa santidad de tal dimensión, que todo aquel que haya pecado alguna vez contra su bajeza, su insignificancia o su falta de reconocimiento, pasa a convertirse inmediatamente en un candidato a la muerte y, a poder ser, a una muerte terrible y humillante, un candidato al infierno... La manera en que pasa de la medida nacional a la europea, en que aprende a practicar en un marco más amplio las mismas ficciones, las mismas mentiras histéricas y paralizantes impactos anímicos que le ayudaron a crecer localmente; la manera en que demuestra su maestría en la explotación de la desidia y de los temores de una parte del planeta, en que emplea su miedo a la guerra para hacerles chantaje, en que provoca seductoramente a los pueblos pasando por encima de las cabezas de sus gobernantes, ganando a muchos para sí; la manera en que la fortuna se le somete y deja que los muros vayan cayendo silenciosamente a su paso, y la manera en que esa nulidad mohína que había sido antaño, sólo porque, supuestamente por amor a la patria, tuvo la ocurrencia de aprender política y ahora parece estar a punto de someter Europa o, sabe Dios, quizá el mundo entero: sin duda, todo eso es único, y novedoso, y de una escala impresionante; resulta inevitable sentir una cierta admiración asqueada. [...]
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Arte... Yo hablaba de la castración moral, pero, tanto si nos gusta como si no, ¿no debemos reconocer en este fenómeno una manifestación del arte? Aunque resulte un poco embarazoso, todo está ahí: la “dificultad”, la vagancia y la miserable falta de definición de los primeros años, el no saber dónde se encaja, el ¿qué-quieres-tú-realmente?, el pulular vegetando en un estado de semiestulticia por la más honda Bohemia social y anímica, esa negativa a cualquier actividad sensata y respetable, una negativa que, en el fondo, es soberbia, surge de considerarse a sí mismo como demasiado bueno, pero, ¿en base a qué? En base a la vaga intuición de que se está reservado para algo totalmente indefinible, que sólo de nombrarse, si eso fuera posible, provocaría de inmediato las carcajadas de todos. A todo esto hay que añadir la mala conciencia, el sentimiento de culpa, la ira contra el mundo, el instinto revolucionario, la acumulación inconsciente de explosivos deseos de compensación, la obcecada necesidad de justificarse, de demostrarse algo a sí mismo, el impulso de impresionar a los demás, de someterles, el sueño de ver un mundo que se deshace en miedo, amor, admiración y vergüenza tendido a los pies a quien antaño fuera despreciado... [...] Pero también tenemos la insaciabilidad del impulso de compensación y de autoglorificación, el empeño incansable, el no sentirse nunca satisfecho, el olvidar los éxitos enseguida, el rápido desgaste por el bien del concepto que se tiene de uno mismo, el vacío y el aburrimiento, la sensación de nulidad en cuanto no se encuentra ningún proyecto susceptible de dejar el mundo sin aliento, el afán insomne de tener que reafirmarse una y otra vez...
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Un hermano... Un hermano un poco desagradable y bochornoso. Lo saca a uno de quicio. Sin duda, un pariente bastante embarazoso. Aun así, no quiero cerrar los ojos ante la realidad de su existencia, pues, lo repito: mejor, más honesto, más alegre y más productivo que el odio es el reconocerse a sí mismo, la predisposición a fundirse con lo aborrecible, por mucho que eso pueda conllevar el riesgo moral de olvidar el “no”. Eso no me preocupa; por lo demás, la moral, en la medida en que afecta la espontaneidad y la inocencia de la vida, no es necesariamente cosa de artistas. No resulta únicamente enojoso, sino también tranquilizador constatar que, aun con todo nuestro saber, ilustración y capacidad de análisis, y aun con todos nuestros progresos en el conocimiento del ser humano, dentro del ámbito de la influencia, de los acontecimientos y de la impactante proyección del inconsciente sobre la realidad todo seguirá siendo siempre posible en esta Tierra, a lo que, ciertamente, el saber y el querer, la dolosa afrenta contra el espíritu y el nivel que éste ha conseguido alcanzar, constituye una severa objeción contra ese supuesto primitivismo. [...]
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¡Atención, Europa! [1935]
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No es sino una manifestación de honestidad anticipar que el autor de estas líneas acaba de estrenar la séptima década de su existencia. A estas alturas, la irritación senil contra la época podría constituir una manifestación tan natural, que la circunstancia de tener sesenta y tantos años podría desvalorizar un poco las opiniones que un hombre pueda tener sobre “lo nuevo”, el estado del mundo en el que le ha sido impuesto continuar su existencia. Aun así, no espero encontrar muchas protestas si afirmo que no es preciso haber cumplido los sesenta para considerar espantosa la constitución actual de Europa. Ante constatación como ésta, uno también tiene a la gente más joven de su parte, quizá incluso a todos los que estén en situación de distanciarse críticamente de su época y de sus coetáneos, en lugar de limitarse estúpida y alegremente a ser lo que ya son todos los demás. Todo aquel al que le haya sido concedido este don –sin duda cuestionable desde el punto de vista del eudemonismo–, no sólo estará autorizado, sino incluso obligado a hacer uso de él mientras viva: la vida misma, que no es un accidente, asume toda la responsabilidad por esa facultad que sólo la muerte puede arrebatarnos. Resulta más que curioso ver lo poco que somos capaces de imaginarnos la opinión que habría tenido un difunto sobre los acontecimientos que tuvieran lugar después de su existencia. [...] A su alejamiento del tiempo se debe ese aire distinguido que tienen los muertos y que un día inspiró a un poeta las palabras: “Un mendigo muerto es más respetable que un rey vivo.” Pero también la vida tiene su dignidad, pues es un poder que elige, y el hecho mismo de que nos mantenga en una época y un mundo de transformaciones, implica tanto una vocación natural como una autorización biológica para meter baza en los asuntos mundanos: nuestro juicio es una instancia competente en esta temporalidad, y el hecho de que “ya no entendamos nada” resulta tan absurdo en cuanto prohibición para hablar como lo tendría una abdicación voluntaria.
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Así, nadie con ojos para ver y capacidad para inquietarse se ha inhibido nunca de emitir los juicios más severos sobre los jóvenes de su tiempo por el mero hecho de ser viejo. Al fin y al cabo, sus juicios podrían ser acertados a pesar de todo. La confesión del Goethe anciano de que amaba a la juventud de todo corazón, y que también se había amado mucho más a sí mismo de joven que ahora, figura rodeada de otras muchas declaraciones que no ocultan su impaciencia con la nueva generación ni su falta de confianza en ella. “Cuando uno ve", escribe en 1812, “de qué modo el mundo en general, y especialmente los jóvenes, no sólo se entrega a sus deseos y pasiones, sino, sobre todo, de qué modo lo más elevado y lo mejor que tienen acaba siendo desplazado y caricaturizado por las necedades aparentemente serias de su tiempo, de tal modo que todo lo que debería llevarles a la dicha acaba siendo su condenación, por no hablar de la indecible presión exterior a la que están sometidos, a uno ya no le sorprenden los hechos atroces con los que el hombre hace estragos contra sí mismo y contra los demás.” Todo esto ya lo conocemos: tanto la caricaturización de lo más elevado y de lo mejor que tienen los jóvenes, como la indecible presión exterior o los hechos atroces. Así pues, la contención propia de la vejez no debería impedirnos llamar a las cosas por su nombre.
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El mismo sexuagenario dijo en otra ocasión: “La gente joven ya no escucha. Aunque es verdad que para escuchar hace falta una cultura especial.” ¡Cultura! Las carcajadas jocosas de una generación entera replican hoy a eso. Y se dirigen, obviamente, contra este término favorito de la burguesía liberal, como si la cultura propiamente dicha no fuera más que eso: liberalismo y burguesía. Como si no representara el contrario de la brutalidad y de la miseria humana y, además, lo contrario de la pereza, de una miserable flojedad que seguirá siendo miserable y floja por muy robusta que se muestre; en definitiva: ¡como si la cultura como forma, como deseo de libertad y de verdad, como vida vivida a conciencia, como esfuerzo infinito, no constituyera la educación moral en sí misma!
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Yo adoro un poema de senectud de Goethe que empieza con las palabras: ¿Dónde hay quien se atormente/ con el peso que hemos llevado?
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Sí, ¿dónde hay quien se atormente? Los hijos del nuevo mundo afirman tener las cosas más difíciles de lo que nunca las tuvimos nosotros, porque a ellos les toca vivir la aventura, la necesidad, la inseguridad más absoluta, mientras que a nosotros nos ha sido dado crecer en el refugio económico de la era burguesa. Pero sobrevaloran el significado de las circunstancias externas, a cuya transformación desde una saciada indolencia hasta la fealdad heroica nosotros, los hijos de un tiempo pasado, todavía tenemos que acostumbrarnos a nuestros años. Lo que verdaderamente importa es que ya no entienden nada de “cultura” en un sentido superior y más profundo, en el sentido del perfeccionamiento de uno mismo, de la responsabilidad individual y del esfuerzo y, a cambio, se acomodan en la colectividad.
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Comparada con lo individual, la colectividad es una esfera cómoda, cómoda hasta la negligencia; lo que una generación colectivizada desea para sí, se permite y se autoriza, son las vacaciones continuas del yo. Lo que quiere, lo que le gusta, es la embriaguez; y ante esta palabra, cuyo contenido elevado y sagrado sin duda resulta irrenunciable cuando se trata de reafirmar y sublimar religiosamente la existencia, se pone de manifiesto enseguida hasta qué punto la moda vitalista y colectiva de hoy es sólo un ejemplo de la popular desvirtuación que han sufrido las grandes y respetables intuiciones europeas en el desgaste y consumo masivo de la modernidad. “¡Ser uno con todo lo vivo!”, exclama Hölderlin en el Hiperión. “Con estas palabras la virtud se despoja de su furioso arnés, el espíritu de los hombres aparta el cetro y la muerte desaparece de la alianza de las criaturas, y un vínculo inseparable y la eterna juventud animan y embellecen el mundo.” La vivencia dionisíaca que anuncian estas palabras la encontramos de nuevo, humillada, en la ebriedad colectiva, en la búsqueda puramente egoísta de placer, en el deseo del joven. Esta juventud ama la disolución en la masa por sí misma, una disolución que la aleje de la seriedad de la vida, y no se preocupa demasiado por las metas que pueda tener ese desfile. Cuando se la invita a que concrete un poco más en qué consiste la felicidad que experimenta de ese modo, no suele hacer gala precisamente de una gran simpatía por los logros y las realizaciones concretas. La ebriedad de la masa, que libera del yo y de su carga, es un fin en sí mismo; en mayor o menor medida, las ideologías a ella vinculadas, como “Estado”, “socialismo” o “grandeza de la patria”, están meramente supeditadas, son secundarias y, en realidad, superfluas: el único fin que se persigue es la ebriedad, la liberación del yo o del pensamiento; pensándolo bien, la liberación de la ética y de la razón en general; también del miedo, naturalmente, del miedo vital que impulsa al amontonamiento colectivo, a sentir el calor humano y a poder cantar a voz en grito: de todas las facetas de este asunto, ésta es la más apropiada para suscitar nuestra fantasía y nuestra benevolente comprensión.
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La sensación de felicidad que proporciona la dispensa del yo, la superación de toda responsabilidad personal, forma parte de la guerra. Y supongo que estaremos de acuerdo en que, cuando hablo del hombre moderno o contemporáneo, entiendo como tal al europeo de posguerra, a esa tipología que, o bien ha vivido la contienda, o bien ha nacido en el mundo que ésta ha dejado atrás. Nos sentimos inclinados a concebir el estado actual del mundo, tanto en el sentido económico como en el espiritual y moral, como el resultado de la guerra... y puede que eso sea ir un poco demasiado lejos. La tremenda devastación interior y exterior que la guerra ha causado están más allá de toda duda; pero no es ella la que ha creado nuestro mundo, sino que sólo ha aclarado, ha reforzado y ha llevado al extremo lo que ya había antes en él. La inverosímil pérdida de cultura y el atraso moral frente al siglo XIX que, en honor a la verdad, tenemos que constatar, no es el resultado de la guerra, por mucho que ésta haya podido promoverlos, sino que ya se encontraban en plena acción antes de que estallara. Se trata de una manifestación secular, condicionada en primera instancia por el ascenso y la subida al poder del hombre-masa, tal como lo ha descrito brillantemente José Ortega y Gasset en su libro La rebelión de las masas.
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Es una conclusión trágica que la munificencia del siglo XIX, esta época de tremenda productividad, bajo cuyos favores científicos y sociales pudo triplicarse la población europea, que la descomunal benevolencia de este siglo tenga la culpa de toda la desorientación de nuestro presente; que esta crisis que amenaza con devolvernos a la barbarie tenga sus raíces en su miope generosidad. Ortega describe de forma excelente la irrupción de las nuevas masas en una civilización de la que se servían como si se tratara de la naturaleza, sin conocer sus premisas extraordinariamente complejas ni, por tanto, sentir el menor respeto por ellas. Un ejemplo del modo que tienen de comportarse con las mismas circunstancias a las que deben su existencia es el hecho de que pisoteen la democracia liberal o, para ser más exactos, que la utilicen para destrozarla.
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Es muy fácil que, aun con todo el amor pueril y primitivo que sienten por la técnica, acaben por provocar también su decadencia, porque no intuyen que la técnica es sólo el producto funcional surgido de una investigación que se ejerce de forma libre y desinteresada en favor del conocimiento, y porque desprecian el idealismo y todo lo que tenga que ver con él, es decir, la libertad y la verdad.
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Resulta muy apropiado hablar aquí de primitivismo. Basta con poner a un público actual (si es que resulta apropiada aquí la palabra “público”, que aún sugiere excesivamente la idea de elite, cuando se está hablando de la masa moderna) ante una obra como El pato salvaje de Ibsen para comprobar que en el transcurso de sólo 35 años esta obra se ha vuelto incomprensible. La gente la toma por una farsa y se ríe en los momentos más inapropiados. En el siglo XIX hubo una sociedad que era capaz de comprender la ironía y la ambigüedad europeas, la amargura idealista y el refinamiento moral de una obra semejante. Eso es algo que se ha perdido. Y precisamente la constatación de que esa pérdida era posible, el fenómeno de una disminución casi súbita de nivel, la reducción y la primitivización frente a todo matiz, no sólo hasta el embotamiento, sino hasta el odio salvaje por él; todas estas manifestaciones, que el siglo XIX no habría estimado posible porque creía en la perdurabilidad, resultan tan temibles precisamente porque abren posibilidades que van aún mucho más lejos, porque muestran que los grandes logros obtenidos puede volver a perderse y caer en el olvido y que ni la mismísima civilización está segura frente a un destino semejante. [...]
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¡Fuera con los campos de concentración! [1936]
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La persistencia de los campos de concentración constituye una de las cargas morales más pesadas del gobierno alemán actual. Debería darse cuenta de que a los ojos del mundo podría atenuar considerablemente otras cargas equiparables de las que ya no está en su mano liberarse si se decidiera a suspender estos centros de sufrimiento que para muchos millones de personas constituyen una expresión del más bajo afán de venganza y de un desprecio total por la ley, devolviéndoles por fin la libertad a los mártires de sus propias opiniones que siguen encerrados en ellos. No soy ningún amigo de los gobernantes alemanes y tengo pocos motivos para darles buenos consejos; pero su mismo principio de que “es justo lo que es útil” debería inducirles a dar este paso, y si yo fuera Hitler –una perspectiva poco estimulante– extraería la lección del homenaje universal que se le acaba de conceder a una víctima de su grandeza y, junto con los campos de concentración, eliminaría la piedra del escándalo que quizá obstaculice más que cualquier otra cosa la fe de Europa en la veracidad de su adhesión a la justicia y a la paz.


Articulo:
http://www.elcultural.es 22/02/2007

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