samedi 10 décembre 2011

Roberto PLIEGO/ Los inviernos de Ismail KADARÉ



Las novelas del escritor albanés Ismail Kadaré (1936) se han abocado directa o indirectamente a descifrar el enigma de Europa central a partir hechos de la Historia remota, leyendas populares y mitos clásicos. Sin embargo, las obras del autor de El palacio de los sueños , lejos de una pretensión política o histórica constituyen “astutas reinvenciones y remodelaciones del pasado” protagonizadas por personas comunes y no por grandes héroes o tiranos.
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.Los inviernos de Ismail Kadaré
por Roberto PLIEGO
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Las Cumbres Malditas
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No le gusta el trato de escritor político, ni histórico, ni alegórico. Le gusta menos la etiqueta de escritor albanés o balcánico, aunque nació en Albania en 1936 y, desde 1962, el año en que publicó su primera novela, El general del ejército muerto, no ha dejado de pensar en Albania, igual que Joyce en Dublín y Dostoievski en San Petersburgo. A quién le sorprende que la universalidad se comporte la mayoría de las veces con una obediencia geográfica. De Ismail Kadaré puede apuntarse, sólo para empezar, que es autor de más de veinticinco novelas, de una vasta producción poética y de algunos libros de relatos y de ensayos, que fue testigo incómodo de uno de los regímenes comunistas más cruentos y desde 1990 vive en París, donde ha sabido lidiar con los reflectores y la fama.
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Nacido en 1936 en la ciudad pétrea de Gjirokastra, enclavada en el sur montañoso de Albania, su obra suele discurrir en complicidad con un gran acontecimiento: el encuentro de la historia y el mito. Podría decirse también que se empeña en trazar mundos de dimensiones fantasmagóricas, oníricas, y que persigue aquellos momentos legendarios que saben sobreponerse a los embates del olvido. Aunque en la mayoría de las ocasiones su sencillez estilística hace que nos sintamos cómodamente seguros, no es menos cierto que sus viajes constantes al pasado cercano y aun remoto parecen animados, para decir lo menos, por un propósito complejo: traducir a términos modernos el espíritu que actuó a sus anchas en los dramas griegos y en las obras de Cervantes, Shakespeare, Gogol y Chéjov.
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Decimos Albania y a nosotros llegan las palabras del mismo Ismail Kadaré: “un lugar cubierto de bosques, roquedales y nubarrones de cólera”. Albania: tierra de súbditos insumisos desde que en 1389 los ejércitos imperiales turcos ganaron la batalla decisiva en el Kosovo; cuna de bajaes y visires que sembraban de noche las semillas de la rebelión; tumba de reinos y estados asiáticos y europeos que durante más de seiscientos años han intentado poseerla en vano. Decimos Albania y ante nosotros se proyecta la figura de Enver Hoxha, el líder de la guerra de liberación en 1944 y luego el dictador cuyas obras completas abarcan más de setenta volúmenes, que erigió miles de estatuas en honor del “padre Stalin”, mandó construir doscientos mil búnkers para convencer a los demás de la inminencia de una invasión estadounidense o yugoslava, persiguió y aniquiló a la disidencia, ejecutó a sus opositores y a sus colaboradores cercanos, decretó la supresión absoluta de la propiedad privada —incluyendo los automóviles y los animales domésticos— y, al proclamar a Albania el primer país ateo del mundo, clausuró todo contacto con el mundo exterior.
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No por casualidad la obra novelística de Ismail Kadaré pertenece al siglo de las dictaduras y las persecuciones políticas y religiosas. Imaginemos un organismo estatal encargado de vigilar, seleccionar, clasificar e interpretar los sueños de cada uno de los habitantes de un reino. Imaginemos a un faraón al que le ha sido revelada la misión de levantar una pirámide no con el propósito de perpetuar su nombre sino de combatir la libertad y la voluntad de los hombres mediante el trabajo embriagador y extenuante. Imaginemos a un oscuro emisario que tiene la tarea de transportar, desde las fronteras hasta la capital del imperio, las cabezas decapitadas de los rebeldes insumisos. Ahora posemos la mirada en el centro de Europa durante la segunda mitad del siglo XX. ¿No experimentamos la sospecha de que esos fuegos de la imaginación podrían ser una respuesta codificada y filtrada a esa realidad que se dejó llevar por ideas totalitarias y minuciosas pesadillas de control y dominio?
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Las ficciones de Kadaré no pueden situarse en un lugar y en una época determinados. La pirámide, por ejemplo, se desarrolla en el antiguo Egipto, mientras miles de obreros y arquitectos trabajan en la construcción de la pirámide de Keops. El palacio de los sueños ocurre en Constantinopla y otras novelas en Moscú, China, el norte de Grecia e incluso en una Troya imaginaria. El puente de los tres arcos y Los tambores de la lluvia tienen lugar en la minúscula Albania, durante el periodo de expansión del imperio otomano. El nicho de la vergüenza, El firmán de la ceguera, El expediente H., Abril quebrado y El año negro transcurren en una Albania legendaria, en un nebuloso siglo XIX o en un joven siglo XX, cuando los intentos de Estambul por imponer el centralismo burocrático se enfrentaron a las reivindicaciones de corte nacionalista. El concierto, Frías flores de marzo, Espíritus y El cortejo nupcial helado en la nieve surgen del horror ante las atrocidades cometidas por Enver Hoxha al cabo de cuatro décadas de rendirle un culto enfermizo a la muerte, tan estrambótico y palpable como la crueldad de los aparatos de seguridad, los miles de ejecutados sin juicio ni defensa, la persecución religiosa, la violencia física y psicológica ejercida contra los opositores políticos, la desinformación, la calumnia, la corrupción y el deseo inconfesable de levantar un muro invisible, aunque efectivo, entre Albania y el resto del mundo. Ante la insomne violencia que parece acompañar el destino de Albania, un destino, por demás, escrito en clave tragicómica, Kadaré quiere convencernos de que la obsesión por la muerte, aunque se halle impresa en todas las expresiones del orden público, no puede nada contra la vida humana, simple y orgullosa, la única pasión capaz de ofrecerle resistencia y combate a la tiranía.
.Siempre fieles a las atmósferas opresivas o aciagas, las novelas de Kadaré casi parecen intemporales por sus atmósferas opresivas, traducen a términos llanos el lenguaje críptico del poder, son a la vez cadenciosas y frenéticas, y tienden a plasmar épocas enteras con unos cuantos trazos. Aunque tiene la mira puesta en algunos pasajes relevantes de la historia albanesa y europea, Kadaré no se pone en actitud doctoral. De la historia le atraen los personajes comunes, lo mismo una partida de asaltantes, un albañil, un campesino, un mensajero, un guardián o un funcionario menor que un espía, un poeta, un actor, un miembro del partido comunista o una pareja de estudiantes enamorados. Podríamos decir que practica “un arte menor” porque le interesa ver el herraje que las dictaduras ha impreso en el alma de los hombres comunes.
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La tragedia, tal como se concibe en nuestros días, alude malamente a la desgracia, los asesinatos, las catástrofes naturales, la caída en las acciones de la bolsa o en los precios del petróleo. Al igual que muchas otras revelaciones, la de la tragedia ha sido vulgarizada y confinada a los diccionarios de sinónimos. La palabra tiene una reputación fantástica para servir de cliché y alude indiscriminadamente a la desdicha o al infortunio. Pero hubo otros tiempos. Tragedia: Antígona preguntando si ha nacido para el odio o para el amor, en el trance justo en el que su libertad debe elegir entre las leyes humanas y las leyes divinas, entre darle sepultura a Polinices, su hermano, que ha traicionado a Tebas, su patria, y ha sido condenado, en contra de los consejos divinos, a quedar insepulto. Tragedia: la práctica de la libertad y sus consecuencias.
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Kadaré, ya lo sabemos, es escritor. Hace que la Historia sea una patraña cuando la despojan del mito, que se vuelva mentirosa cada vez que es contada con afanes científicos, que parezca inocentona en cuanto cumple una tarea documental. Kadaré quiere más: el mundo de los sueños, los prodigios, los espíritus. Sin ellos, la Historia se reviste de una pobreza infame.
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Ni político, ni histórico, ni alegórico. ¿Qué clase de escritor es entonces Ismail Kadaré que, sin ser todo eso, se ocupa de la política, la historia y las imágenes que concentran simbólicamente algunos avatares humanos?
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Kadaré ama las tragedias de Esquilo. En la trilogía de Prometeo, de la cual sólo conservamos la segunda pieza, Esquilo concibe una imagen vertical del cosmos: arriba están los dioses —el orden que detenta el poder—, abajo están los hombres —el orden que crea la civilización—. Arriba los tiranos destronan a otros tiranos, abajo los mortales desarrollan el saber heredado de Prometeo. Las enseñanzas de Esquilo juegan un papel estelar en la visión novelística de Ismail Kadaré. Prometeo encadenado se encarga de recordarle a los dioses y a los poderosos que deben civilizarse si no quieren ver a la rebelión llamando a su puerta. La tiranía puede encadenar y someter a los hombres a suplicios insospechados, pero no podrá silenciarlos ni obligarlos a traicionar sus deseos. Es posible que la escritura no tenga el aire suficiente para conducir a un país entero hacia la emancipación, pero tiene al menos una voz que prestarle a las negaciones íntimas que los individuos protagonizan día a día, mientras el mundo a su alrededor recibe la consigna, bajo intimidaciones y amenazas, de ser feliz. Cada vez que Kadaré intenta establecer una línea de continuidad entre la tragedia clásica y sus propias novelas, tiene el cuidado de mostrar, con toda su comprometedora simetría, cómo se relacionan el poder y el mito. Por los corredores de sus palacios, por los puestos de vigilancia de sus ciudades amuralladas, por las calles de sus ciudades en estado de alerta vagan los espectros que hace dos mil quinientos años habitaron los palacios de los Átridas.
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Ramón Sánchez Lizarralde, a quien le debemos la traducción al español de una parte sustancial de su obra narrativa, ha llamado la atención sobre otro mentor de gran monta de Kadaré: el ciclo épico albanés. Nacidas a la hora en que la media luna otomana se elevó sobre la mitad de Europa, pobladas por monstruos de estirpe proteica, doncellas cautivas en torres de castillos inexpugnables y príncipes a quienes les sonreía la fortuna, estas canciones dirigen sus baterías contra el enemigo eslavo y no, como parecería natural, contra el invasor turco. Hay en ellos, dice Sánchez Lizarralde, el soplo trágico y la sobriedad expresiva necesarios para encantar a la memoria colectiva. Y podemos ir más allá. Kadaré conoce también la tradición oral, un rico acervo de relatos milenarios, leyes y costumbres atávicas, prescripciones morales, rituales civiles y religiosos, fórmulas económicas, canciones amorosas y consejos variopintos que los rapsodas han conservado en las zonas montañosas de Albania, las Cumbres Malditas, donde los pálidos restos de vida siguen replegándose sobre su propio aislamiento. De esta tradición, en la que los mitos griegos reaparecen, vuelven a entrar en acción y son revestidos con los ropajes locales, Kadaré obtiene no únicamente la materia de la que están hechas varias de sus novelas sino la intuición de que en Albania el pasado tiene dimensiones literarias, y no sólo históricas.
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Así pues, ¿qué clase de escritor es Ismail Kadaré? ¿Un guardián e intérprete de la concepción trágica de la vida? ¿Un coleccionista de mitos y leyendas que aún conservan lo necesario para seguir presentándose como metáforas universales? ¿Un indagador del pasado albanés a la caza de aquellos episodios que escrutan, interrogan y ponen contra las cuerdas al presente? ¿Un estudioso de las tiranías, sin importar a qué época o a qué circunstancias respondan? ¿Un hacedor de pesadillas?
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.Noches albanesas
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El 28 de junio de 1389 los ejércitos imperiales turcos derrotaron, en la Plana de Kosovo, a una coalición balcánica formada por serbios, albaneses, búlgaros, bosnios y rumanos. Aquella batalla no sólo fijó los límites occidentales del imperio otomano; se transformó en la piedra mítica-simbólica sobre la cual, cuatro siglos y medio más tarde, la conciencia étnica de cada uno de esos pueblos terminó por moldear una identidad y, más tarde, un proyecto de nación.
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En una de sus novelas más panorámicas, Ismail Kadaré intenta responder a ese hecho original mediante la relaboración del mito según el cual nada nace si no hay un sacrificio de por medio. Estamos leyendo El puente de los tres arcos. Su argumento proviene de la memoria oral que, como sospechamos, asume demasiadas voces. 1377, doce años antes de la batalla decisiva en el Kosovo: el paisaje se tiñe con colores inhóspitos; los grandes señores protegen sus intereses, Europa central está a un escalofrío de vivir una conmoción de largo alcance.
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La novela se pone en camino al momento en que unos desconocidos negocian, proyectan e inician la construcción de un puente sobre el río Ujana e Keqe. Pasarán algunos meses antes de que prospere la certeza de que los trabajos hechos durante el día son malogrados durante la noche. Lo que se levanta no amanece. ¿Qué pasa?: el espíritu del agua no quiere cooperar. La materia con la que Kadaré ausculta al pasado dice que para concluir el puente hace falta derramar sangre inocente. Así leemos con temblor que la conclusión feliz de tal empresa depende de que un hombre común sea emparedado bajo el segundo arco del puente. “Entre nosotros y él”, escribe el narrador, “había penetrado el mortero de la leyenda”. El puente, el sacrificio, servirá para que las tropas otomanas invadan y sellen el destino de Albania: dos sangres distintas, la de Oriente y la de Occidente, se mezclarán a la mitad del río.
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Si en El puente de los tres arcos Kadaré vuelve a urdir la trama del mito, en Los tambores de la lluvia rescata la forma y la autoridad histórica de la epopeya. Suerte de versión albanesa de la Ilíada, esta novela proclama su deuda canónica con Homero desde el momento en que concentra toda la acción en el campamento del ejército turco que le ha puesto sitio a la ciudadela de Kruja, capital política y militar de la Albania ocupada. Kadaré ofrece una perspectiva parcial: la de los jefes y los soldados turcos emplazados al pie de las murallas y consagrados a la tarea única de combatir y someter. Tienen, al parecer, a la tecnología y a los astros de su lado. Son poderosos, son arrogantes y representan “a Asia con todo su espíritu místico y su barbarie”.
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No es casual que Kadaré haya elegido el sitio a la ciudadela de Kruja —que podemos fechar al promediar el siglo XV y que duró tres décadas y media— como parábola del temple heroico del “hombre albanés”. Una y otra vez el ejército turco volvió a Estambul derrotado, sin ánimo siquiera para traer de vuelta los miles de cuerpos de sus soldados muertos al pie de las murallas. En esta Ilíada albanesa los troyanos se alzan victoriosos y los Agamenones se preguntan si una picadura de pulga tiene consecuencias más mortíferas que los cañones de Sarudja mientras el cielo se oscurece y la vergüenza los golpea en mitad de la frente. No son los Ulises quienes permanecen después de las murallas sino las murallas las que permanecen a pesar de los hombres. Como dice el anónimo cronista de esa Troya que es Kruja: “El tiempo nos ha situado en la encrucijada de los caminos; por un lado la vía fácil de la sumisión, por el otro, la ardua vía del combate. Hubiéramos podido optar por la primera si sólo hubiésemos pensado en nosotros. Habríamos podido terminar nuestros días en paz, junto a nuestros arados y a la sombra de nuestros olivos; pero una paz semejante hubiera equivalido a la muerte”.
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Una paz que impone la sumisión: esa es la noche que cae sobre El nicho de la vergüenza, Abril quebrado y El palacio de los sueños. Escritas entre 1974 y 1981, son variaciones acerca de la monstruosidad del poder e imaginan un mundo consumido por la obsesión de la muerte. Dice Kadaré que una aproximación tentativa a la crónica de una tiranía, a su prensa, a su arte, a sus archivos, a su propaganda demostrará con evidencias que esa obsesión domina por encima de cualquier otra. La sensación de rompimiento con el mundo real, de inmersión en un universo poblado de voces inhumanas y susurros tenebrosos; el éxtasis y la embriaguez que iluminan las mentes de los mensajeros y los ejecutores de los edictos de muerte; la nada que congela las palabras de los viejos documentos oficiales tienen tal presencia que uno llega a considerarlos hasta naturales.
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Como novelas que intentan desmontar los mecanismos del culto estatal a la necrología, despliegan una gran imaginación y están narradas con lívida belleza, llena de temblor y angustia. El nicho de la vergüenza, por ejemplo, avanza, a caballo entre el género de terror y el relato fantástico, al ritmo del carruaje que lleva a Tunxh Hata desde los confines hasta el corazón secular del imperio, transportando un cargamento macabro cuya existencia revela por sí sola el lado demencial del poder: las cabezas de los visires rebeldes, o de los funcionarios caídos en desgracia, que luego ocuparán un sitio en la plaza central de Estambul, expuestas a las miradas de los turistas y del público en general. Tunxh Hata es el brazo dócil del destino y también la encarnación de lo que no tiene trato alguno con la vida, a quien la muerte planeando a su alrededor le inspira un mórbido sentimiento de libertad. Lo seguimos en sus viajes por las tierras convulsas de Albania y nos volvemos testigos helados de sus esfuerzos por evitar que la descomposición haga su trabajo. La fantasía alcanza simas vertiginosas y termina por establecer, de manera más que paradójica, el linaje democrático de ese destino que corta, conserva y expone a todas las cabezas por igual.
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Es evidente que Abril quebrado sigue esta misma línea, aunque, en términos formales, nos remite a un Kadaré casi realista, cercano a las antiguas tradiciones albanesas. La novela se ocupa de la sangre derramada, de la institucionalización de la venganza y de los avatares de un antiguo canon que rige las vidas y las muertes de los habitantes del Rrafsh, una región montañosa de Albania cuyo paisaje inhóspito y pétreo parece no tener fin. Han pasado más de cuatrocientos años desde que una familia influyente y de oscuro linaje ha impuesto una regla de justicia tan arraigada como implacable, que otorga el derecho de cobrarse la muerte violenta de un miembro de la familia con la sangre del homicida. La sangre sólo se lava con sangre. La venganza es exponencial y carece de remordimientos: es un deber social. Las leyes de la muerte imperan sobre las leyes de la vida. Y ocurre de esa manera porque el homicida está obligado a pagar un impuesto de sangre. Cada venganza significa una bolsa de monedas que ingresa a los libros de contabilidad de la familia que ejerce su control sobre el Rrafsh.
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La mitad de las páginas de Abril quebrado parecen extraídas de un código judicial. Leemos y nos sentimos presas de la violencia convertida en sustento moral: el homicida está obligado a plantarse cara a cara ante su víctima, nunca por la espalda, a presentarse en el funeral y el banquete que ofrece la familia en duelo, a solicitar un periodo de gracia de treinta días, luego de los cuales pierde toda inmunidad para convertirse en presa de la deuda de sangre. El canon contempla también la existencia de zonas restringidas a la venganza, de reglas de excepción, de rituales que deben cumplirse al pie de la letra; sus redactores han procedido sin olvidar ningún detalle.
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Llegamos así, por la vía del mito, la leyenda y la tradición, a El palacio de los sueños. Pertenece, por méritos propios, a ese grupo selecto de novelas o poemas narrativos que se han dejado tentar por la seducción del subsuelo, desde la Eneida hasta El proceso, pasando por San Agustín, la Comedia y El sepulcro de los vivos. “Hacía tiempo que me seducía el proyecto de un infierno”, anotó Kadaré en Invitación al estudio del escritor. Mientras avanzaba en la escritura de El palacio de los sueños, Kadaré veía cómo el plano onírico de la realidad iba pareciéndose cada vez más a la imagen del reino de la muerte que había presentido.
.Ciertamente, es imposible leer esta novela sin tener la sospecha de que estamos ante una pesadilla inédita de Kafka. También en ella aguardan la punzante sensación de extrañamiento, la ansiedad consciente de su propia perversidad, la esperanza inútil de alcanzar la puerta de salida. Como Kafka, igual de mordaz, Kadaré tiene mucho qué decirnos acerca de los mecanismos ampulosos del poder y de las preocupaciones de la conciencia cuando se encuentra a merced de la gradación administrativa. Pero la estructura escalonada de El palacio de los sueños casa mejor con el diseño del infierno dantesco. Por lo que hace al ordenamiento del mundo, no existe otra manera de concebirlo que no sea mediante las jerarquías. Hay niveles, y cada uno de nosotros tiene su lugar reservado.
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¿Qué es el Palacio de los Sueños, o Tabir Saray? Es el organismo encargado del dormir y el soñar. Dormimos y una parte de nosotros abandona este lado. ¿Qué pasa mientras tanto del otro lado? Es claro que nada bueno puesto que andamos a nuestras anchas. ¿No es ahí donde se gestan las mayores libertades y, por supuesto, los mayores peligros? “Porque en el continente nocturno del sueño se encuentran tanto la luz como las tinieblas de la humanidad, su miel y su veneno, su grandeza y su miseria. Todo lo que se muestra turbio y amenazador, o lo que pueda llegar a serlo al cabo de los siglos, manifiesta su proyecto primero en los sueños de los hombres”. La iniciativa práctica de semejantes temores haría palidecer de envidia a muchos camaradas: ningún sueño, por inocente que parezca, por lejos que provenga, debe escapar a su vigilancia. Una característica adicional: en la naturaleza del Tabir Saray está el aislamiento, el rechazo a cualquier influencia del mundo exterior.
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Penetramos al Palacio de los Sueños de la mano de Mark-Alem, un joven proveniente de un poderoso clan de origen albanés, y lo hacemos embrujados, inseguros y torpes frente a los rituales que intensifican el secreto y la penumbra. Descender es ascender. A medida que Mark-Alem sube de escalafón, más profundos son los terrenos que pisa. Ya que la tarea suprema del Palacio consiste en identificar y descifrar —dentro de ese magma onírico que se debate sin descanso— el Sueño Maestro, arrojado por Alá “con idéntico descuido” con que lanza una estrella o un rayo, “una chispa extraviada en el cerebro de una entre los millones de personas dormidas”, el sigilo se vuelve mayor en la medida en que sus funcionarios se encuentran más cerca de él. De ese mensaje en clave depende la desgracia o la prosperidad, la paz o la guerra, la salud o la enfermedad del imperio. La suerte del protagonista está sellada por las conexiones que el próximo Sueño Maestro guarda con los miembros sobresalientes de su clan. Una vez dentro, Mark-Alem se esfuerza por obtener algunos trozos de verdad. Muy pronto deja de oponer resistencia, víctima del ascendiente de ese laberinto colosal. El Tabir Saray hechiza a sus moradores; los convence de que el atractivo de la vida es pobre en comparación con los encantos narcotizantes del sueño.
.Un argumento de tal naturaleza no podía escapar al celo vigilante de la nomenklatura albanesa. La novela fue prohibida a la hora en que vio su aparición, en 1981. Kadaré se convirtió en blanco de amenazas e intimidaciones públicas. En plena campaña de endurecimiento y de culto a la personalidad del dirigente máximo, el primer ministro Ramiz Alia le lanzó una advertencia flamígera: así como el pueblo y el partido lo habían elevado al Olimpo, el pueblo y el partido podrían orillarlo al abismo. Hacía ya once años que Kadaré gozaba de la admiración de los lectores franceses. De modo que Ramiz Alia la pensó dos veces antes de abrirle la puerta a los perros negros de la Sigurimi, la policía política sobre la cual pendían miles de asesinatos y desapariciones. Fueron tiempos difíciles, bajo el signo de la ciclotimia persecutoria y la propaganda embrutecedora. “Nunca me he considerado un héroe o un disidente”, declaró Kadaré alguna vez. “Siempre he sostenido que la mejor resistencia que un autor puede oponerle a una dictadura, en otras palabras, a una situación anormal, es escribiendo literatura normal”. Así, pues, Kadaré se mantuvo firme, y vivo, y siguió publicando novelas “normales”.
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Gracias a su combinación de saber clásico, leyendas populares, mitos y curiosidad histórica, a sus astutas reinvenciones y remodelaciones del pasado, a su mezcla de pasmosa sinceridad y riesgo precautorio, las novelas de Kadaré son árboles que crecen a pesar de los paisajes de piedra. La inteligencia, el plan evidente del autor, mece sus ramas. Como actitud ética, como visión de mundo, parece andar por sí misma, pero se trata de una prenda en honor y en deuda con los demás. Por descontado, Kadaré es un hacedor de ficciones. “No creo que haya más política en mi trabajo que en los dramas griegos”. Es una buena manera de decir que no es un escritor ni político, ni histórico, ni alegórico. Bien, ¿qué clase de escritor es Ismail Kadaré?
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Pliego. Su libro más reciente: Corazón Chiva (Planeta, 2006).
Articulo:
http://www.eluniversal.com.mx – Confabulario 14/07/2007
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