samedi 10 décembre 2011

Rubem FONSECA/ Ella y otras mujeres


El escritor brasileño Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925), reconocido maestro del thriller , se aplica a fondo en su nuevo libro para desentrañar las múltiples aristas del alma femenina. El erotismo, a un tiempo malicioso e inocente, velado o explícito, se conjuga en los cuentos de Ella y otras mujeres (libro que la editorial Cal y arena pondrá en circulación en breve, y del cual adelantamos cinco relatos) con la tentación del abismo, para poner al lector —como alguna vez señaló Thomas Pynchon apuntando la virtud mayor de Fonseca— en la incertidumbre total del paso siguiente. 


Ella y otras mujeres
por Rubem FONSECA


CARLOTA
.Aún acostada, noté por la ventana que afuera llovía. ¿Cómo le iba a hacer? ¿Ir de casa en casa, con el paraguas abierto, cargando la pesada bolsa de cosméticos, con la esperanza de que hubiera algunas cuarentonas interesadas en cremas y otros productos de belleza, y que pudieran pagar al contado, en efectivo? No más cheques, ni siquiera me atrevo a pasar al banco, sé que los cheques que estúpidamente acepté la semana pasada fueron devueltos.
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Ahora que me doy cuenta, se acabó el café, y ¿cómo voy a poder levantarme de la cama sin tomar una taza grande de café? Necesito ir al médico para ver qué dolor es éste que siento en el abdomen, del lado izquierdo. ¿Qué tiene uno del lado izquierdo de la panza? ¿El estómago? Pero no es el estómago, es más arriba, más hacia un lado. ¿Qué hay aquí encima, de este lado? ¿El hígado? ¿La vesícula?
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Vivo sola. Soy solterona. Mi madre, que sufre de Alzheimer, vive con mi hermana viuda, que tiene recursos para cuidarla y una casa más grande que el cubículo donde vivo. Los domingos voy a visitarla y mi madre ya no me reconoce. Pobre. Pensándolo bien, pobre de mi hermana, que es quien sufre.
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Me levanté de la cama y sin la taza grande de café me sentía como zombi. No me atreví a bañarme. A decir verdad, antes me bañaba todos los días, en ocasiones dos veces al día, al levantarme y por la noche, cuando me iba a acostar. Después pasé a bañarme una sola vez al día, y últimamente me baño un día sí, otro no, y ya me he quedado tres días sin bañarme, lavándome en el bidet y limpiándome los sobacos con una esponja y poniéndome desodorante. No puedo ir apestosa a tocar puertas y decir, ¿señora quiere comprar cremas, perfumes y otros productos de belleza?
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Me costó trabajo arreglar los productos en la maleta. ¿Cómo se me fue a olvidar comprar el maldito café? Revisé los armarios para ver si encontraba un paquete perdido, pero sólo tengo dos armarios y fue fácil ver que no había nada de café en casa.
.Vivo en un departamento que ni cocina tiene, abro una puerta como de armario y ahí está una hornilla, alimentada por un tanquecito de gas, donde tengo que preparar mi café. En el baño hay una regadera eléctrica, la compañía de gas dice que mi departamento no tiene la ventilación adecuada para una instalación de gas. Ya desistí de solicitar el servicio.
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Finalmente logré vestirme. Cargar un paraguas y una maleta pesada llena de tarros y otros envases de varios tamaños no es fácil. Cuando llegué a la calle noté que no había preparado mi itinerario de visitas. Me hacía falta el café, todavía no había despertado completamente. Tuve que volver a casa y quitarme la capa, colocar el paraguas mojado en el baño y sentarme en la cama, abrir mi cuadernito y escribir en una hoja de papel mi itinerario de visitas de aquel día. Después de hacerlo, salí de nuevo.
.Me quedé esperando el camión que me llevaría a la zona de la ciudad que iba a cubrir aquel día. Vivo en un barrio cerca de la favela, el propio barrio poco a poco se está favelizando, pero no puedo pagar una renta más alta y entonces tengo que vivir justo ahí. En mi vecindario sólo hay un bar, sucio y de mala muerte. Evitaba pararme por ahí, pero aquel día o tomaba un café o me caía tiesa al suelo.
.Entré en el bar. Como siempre, había un montón de hombres mal encarados, algunos tomando café con leche, pan y mantequilla, otros tomando cachaza, no sé cómo esos tipos consiguen tomar cachaza tan temprano.
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Pedí una taza grande de café negro. Esperaba que me sirvieran un café medio asqueroso, como esos que dicen que están bautizados con garbanzo para que rindan más, sin embargo el café estaba excelente. Nunca pensé que en un changarro como aquél, en que el mesero usaba un chaleco inmundo, pudieran servir un café tan sabroso. El placer que sentí borró el olor desagradable del recinto y me hizo olvidar la presencia de los borrachines y de los rateros que tomaban café con leche, pan y mantequilla. Me dieron ganas de pedir otra taza, pero me dio miedo de que no fuera tan sabrosa y echara a perder el buen sabor que la primera me había dejado en la boca.
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Pagué el café y tomé el paraguas, pero cuando busqué la maleta, había desaparecido. Le pregunté al mesero por mi maleta. Me respondió que no sabía de qué le hablaba, que yo no había llegado con ninguna maleta. ¿Llegó con una maleta esta muchacha? Los borrachines y bebedores de café con leche, pan y mantequilla dijeron que no había llegado con ninguna maleta.
.Dije que iba a poner una queja en la policía. Hágalo, respondió el mesero, y regresó a servir a los otros clientes. Iba a perder el trabajo y aquello me dio tanto coraje que grité, en este país sólo hay ladrones, alguien me robó mi maleta. Ladrones, grité, ladrones.
.Me dolía el lado izquierdo de la panza. Comencé a llorar. Un tipo que estaba cerca me dijo, con un tufo a cachaza que se me metía por la nariz como si fuera una broca de dentista, calma, señora, no se desespere, para todo hay una solución.
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Asqueada, me aparté del hombre y salí corriendo, subí las escaleras de mi edificio, no hay elevador, y entré, todavía llorando, a mi departamento. Dejé el paraguas mojado en la sala y me senté en el único sillón que tenía.
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Cuando me enjugué los ojos vi que al lado de la puerta, recargada en la pared, estaba mi maleta. Corrí hasta ella, la miré, la abrí. Dentro estaban todos los productos. Pero yo había salido con la maleta, la había dejado en el piso del café, estaba segura. ¿Había sucedido un milagro o me estaba volviendo loca?
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Lo primero que haría al salir sería comprar dos kilos de café.
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ELLA
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En la cama no se habla de filosofía.
.Tomé su mano, la puse sobre mi corazón, dije, mi corazón es tuyo, después la coloqué sobre mi cabeza y dije, mis pensamientos son tuyos, moléculas de mi cuerpo están impregnadas con moléculas del tuyo.
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Después puse su mano en mi verga, que estaba dura, y dije, es tuya esta verga.
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Ella no dijo nada, me la chupó, después le chupé la panocha, se subió encima, cogimos, ella se quedó arrodillada, con la cara en la almohada, la penetré por atrás, cogimos.
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Me quedé acostado y ella, de espaldas a mí, se sentó sobre mi pubis y metió mi verga en su panocha. Yo veía cómo entraba y salía mi verga, veía su culo rosado, que después lamí. Cogimos, cogimos y cogimos. Me vine como un animal agonizante.
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Ella dijo, te amo, vamos a vivir juntos.
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Le pregunté, ¿qué, no estamos muy bien así? Cada quien en su rincón, viéndonos para ir al cine, pasear por el Jardín Botánico, comer ensalada con salmón, leernos poesía uno al otro, ver películas, coger. Despertar todos los días, todos los días, todos los días juntos en la misma cama es mortal.
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Ella respondió que Nietzsche dijo que la misma palabra amor significa dos cosas diferentes para el hombre y para la mujer.
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Para la mujer, amor expresa renuncia, dádiva. En cambio, el hombre quiere poseer a la mujer, tomarla, a fin de enriquecerse y reforzar su poder de existir. Le respondí que Nietzsche era un loco.
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Pero aquella conversación fue el principio del fin.
En la cama no se habla de filosofía.
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.FRANCISCA
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No hay mujer que no sueñe con matar a su marido. Yo también tenía esos deliros, pero se volvieron una determinación real.
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Tomábamos el desayuno el día en que le propuse que nos separáramos. Él dijo, bueno, no te vas a llevar ni un quinto, te las vas a ver negras, yo no tengo bienes, este departamento es rentado, todo el dinero está en una cuenta secreta en un paraíso fiscal. ¿Sabes qué es un paraíso fiscal? Claro que no, no tienes ni puta idea de nada, eres una idiota.
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Le respondí que iba a ir a la policía a contar todo y él se atacó de la risa y me contestó, eres realmente una imbécil.
.Me quedé mirando cómo se comía sus huevos con tocino, todos los maridos canallas comen huevos con tocino. Después de que se limpió la boca con la servilleta le pedí humildemente dinero para ir al salón a pintarme el pelo, me estaban saliendo canas por todas partes. Me contestó, hoy no te doy ni un centavo, para que aprendas a no amenazarme.
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Uno no se venga de un marido como éste sacándole dinero de la cartera, inventando gastos falsos del supermercado o consiguiéndose un amante como todas lo hacen. Sólo hay una manera de tomar revancha en esta situación. Un marido así tiene que morir. No en sueños. En la vida real.
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Me fui al espejo a examinarme las raíces del cabello, todas estaban poniéndose blancas, me estaba convirtiendo en una vieja.
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Por la noche me dio un papel y dijo, para ayudarte a hacer la denuncia en Hacienda y no en la policía, estúpida, te quiero dar una relación casi completa de los paraísos fiscales que existen. Hice la lista en orden alfabético, dijo, con una sonrisa cínica, dándome un papel lleno de nombres.
.Antillas Holandesas, Aruba, Bahamas, Bahrein, Barbados, Belice, Bermudas, Campione d'ltalia, Islas del Canal (Alderney, Guemsey Jersey, Sark), Islas Caimán, Chipre, Singapur, Islas Cook, República de Costa Rica, Yibuti, Dominica, Emiratos Árabes, Gibraltar, Granada, Hong Kong, Labuán, Líbano, Liberia, Liechtenstein, Luxemburgo, Macao, Isla de Madeira, Maldivas, Malta, Isla de Man, Islas Marshall, Islas Mauricio, Mónaco, Islas Montserrat, Nauru, Isla Niue, Sultanato de Omán, Panamá, Samoa Americana, Samoa Occidental, San Marino, Santa Lucía, Federación de San Cristóbal y Nevis, San Vicente y las Granadinas, Seychelles, Tonga, Islas Turks y Caicos, Vanuatu, Islas Vírgenes Americanas, Islas Vírgenes Británicas.
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Dios mío, nombres de los que nunca había oído hablar, ¿cómo saber en qué paraíso mi marido había escondido el dinero? ¿Y cómo se mata a un marido? ¿Con veneno? ¿De un tiro? ¿A puñaladas? Puedo conseguir un cuchillo, pero acabaría apenas haciéndole un rasguño en la piel a este perro.
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Entonces fui hasta la terraza a mirar la calle, sentí vértigo por la altura, el barandal era muy bajo, era el onceavo piso, pero tuve una idea y se me pasó el vértigo.
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Como toda mujer casada, vivo tomando un montón de medicinas para aliviar momentáneamente mi insoportable carga de frustraciones: Valium, Dormonid, Lexotán, Rivotril, Rohypnol y muchos más. Todas las noches mi marido se toma una botella de vino tinto durante la cena y soy yo, que hago todo en la casa, quien abre la botella y sirve el vino.
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Mi Dormonid es de quince miligramos, tomé seis comprimidos y los disolví en la botella de vino, que abrí en la cocina. Tomé también una botella de champaña para mí, llevé las dos botellas con vasos a la mesa del comedor y llené nuestras copas.
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No sé por qué a las mujeres y a los maricones les gusta tanto la champaña, esa mierda burbujeante, dijo.
.Llenó su copa nuevamente, bebió, otra vez llenó la copa, dijo, este bordeaux está magnífico. Pronto se acabó la botella. Poco después cayó desmayado.
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Ah, qué trabajal, arrastrar aquel cuerpo enjundioso hasta la terraza. Mi marido era pesado, los huevos con tocino y los quesos franceses, los embutidos, los pays, los patés engordaban hasta a un tísico, incluso a uno de aquellos flacuchos del Nordeste.
.Estaba muerta de cansancio cuando llegué a la terraza, pero todavía tuve fuerzas para recargarlo boca abajo sobre el barandal de la terraza y después agarrar sus piernas, levantarlas y empujar el cuerpo.
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La caída produjo un sonido distante y hueco al golpear sobre la banqueta.
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Después llamé a la policía y dije que mi marido había bebido demasiado y se había caído de la terraza. Agregué que era adicto a los tranquilizantes.
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Regresé a la sala y me bebí otra copa de champaña. Me endulzaba la boca, antes de empezar a vérmelas negras.
.Después, ensayé frente al espejo la historia que le iba a contar a la policía. Licenciado, esto sucedió el mes pasado con el vecino del 1201, que también mezclaba alcohol con tranquilizantes. Era alto y gordo como mi marido y se cayó de la terraza, el barandal es muy bajo.
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A él probablemente también lo empujó su esposa, pero ese final no lo iba a contar.
Hice mi cara de llanto y las lágrimas se me escurrieron. Es fácil llorar cuando estás muy feliz.
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.HELOÍSA
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La iglesia estaba llena. Yo estaba al lado de Heloísa. No la veía desde que se casó. Las iglesias son lugares que frecuentan las mujeres feas, pero aquella era una misa especial, había un montón de mujeres bonitas y elegantes. Heloísa era la más guapa de todas.
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La misa estaba acabando.
.Señor Jesucristo, dijo el padre, que dijiste a tus apóstoles, mi paz os dejo, mi paz os doy, no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos...
.Todos dijeron amén, inclusive Heloísa. Yo, como no conocía el ritual, me quedé callado.
La paz del Señor sea siempre con vosotros, dijo el padre.
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Todos los presentes: Y con tu espíritu.
Padre: Daos fraternalmente la paz.
Extendí la mano hacia Heloísa. Ella tomó mi mano y me besó en el rostro.
Este es el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo, dijo el padre.
Todos los presentes (menos yo, otra vez): Señor yo no soy digno de que vengas a mí, pero una palabra tuya bastará para sanar mi alma.
Los creyentes se formaron en una fila para la comunión.
¿No vas a comulgar?, le pregunté a Heloísa.
Sólo comulga quien no tiene pecados.
Pero es tan fácil no tener pecados. Basta con confesarse y rezar un Padrenuestro, para que la persona sea inmediatamente perdonada, dije.
Pero soy yo misma la que tengo que perdonarme por unas cosas que hice, dijo Heloísa. Y lo dijo mirándome a los ojos.
Como no sabía qué decir, le pregunté si era verdad que las personas no podían tocar la hostia con los dientes.
Eso era antes, respondió.
Observé que los más viejos mantenían la boca con el gesto de quien sostiene la hostia con la lengua en el paladar. Tuve la impresión de que los jóvenes la masticaban.
¿Quieres un aventón?, le pregunté a Heloísa a la salida.
Aceptó.
Vamos a algún lugar, dijo, no quiero ir a mi casa.
La llevé a mi departamento.
Me gustó aquel beso que me diste en la iglesia, dije.
Me besó en la boca. ¿Éste es mejor?
Fuimos a mi cuarto. Cuando acabamos de coger dijo, ésta no es una de las cosas por las cuales tengo que perdonarme, ¿eh?
Heloísa se acurrucó en mis brazos, la cabeza en mi hombro, una pierna sobre mi pubis. Levantó la cara y me miró. El cariño en su mirada me conmovió.
Heloísa se durmió. Decidí dejarla dormir una media hora. Me quedé mirando al techo pensando, ¿qué habrá hecho Heloísa que sólo podría ser perdonado por ella misma?
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.JULIE LACROIX
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Mi nombre es Julie Lacroix, digo, mi seudónimo.
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¿Salete Silva? Ese nombre no vende, dijo el editor cuando decidió publicar mi primer libro. E inventó a Julie Lacroix.
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Tengo más de sesenta años, pero, como todas las mujeres y principalmente las mujeres escritoras, oculto mi verdadera edad. Es más, los editores que siempre ponen en la solapa del libro la fecha del nacimiento del autor de sexo masculino, nunca hacen lo mismo cuando el autor es mujer.
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Tengo una amiga que se llama Célia. Llegó a mi casa excitada diciendo que había visitado a una astróloga llamada Mônica y se había quedado impresionada con las cosas que le había revelado.
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¿Una astróloga? Es un engaño, dije. Astrología, cartomancia, quiromancia, lectura de tarot, caracoles, todo es la misma tomadura de pelo.
.Pero ella no es sólo astróloga, dijo Célia, platica contigo, te dice cosas sobre tu vida que nadie sabe, es una persona muy seria.
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Célia, además de creer en esas babosadas —astrología, psicoanálisis, platillos voladores—, era hipocondriaca, bastaba que alguien le hablara de una enfermedad para que sintiera inmediatamente una montón de síntomas extraños. Cuando supo que una conocida sufría de Alzheimer, Célia comenzó a tener olvidos y creyó que su mente estaba deteriorándose irremediablemente; un día creyó que tenía cáncer de colon, y en cierta ocasión tuvo la certeza de que padecía lupus eritematoso. En realidad, su salud era razonablemente buena, su corazón funcionaba bien, pero, como sufría de una leve arritmia, se medía constantemente el ritmo cardiaco con uno de los tres medidores digitales que tenía en casa. El hígado no le daba problemas, a pesar de que bebía un poco más de la cuenta. Le gustaba embriagarse, pero ¿a quién no le gusta, más si es con champaña? ¿Y qué deleite puede darnos la vida a nuestra edad?
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Se me olvidó decir que Célia y yo éramos de la misma edad y nos gustaba beber juntas, lo único que aún me daba algún placer. Escribir se había vuelto una actividad cada vez más tediosa y desagradable. Leer me había proporcionado mucho placer antes de que me volviera una escritora profesional, ahora no sentía el menor deseo de leer, nada, best-sellers, premios Nobel, nada. ¿Sexo? Sólo pagando, y yo no quería hacer eso, y ni sabía dónde encontrar a los prostitutos. Me masturbaba de vez en cuando, pero faltaba algo en el placer que la masturbación proporciona. Comer también era bueno, pero beber y quedarse levemente embriagado era lo mejor.
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Un día fui a comer con Célia. En una mesa cercana, vi a una mujer que leía un libro grueso. Hacía mucho que no veía por ningún lado gente leyendo, y mucho menos en un restaurante. Era una mujer de unos cuarenta años, vestida con elegante sobriedad.
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Célia notó mi interés. Apuntando con la nariz a la mujer que leía, susurró, ¿sabes quién es? Es Mônica, la astróloga, mira el libro que está leyendo, Separación. Está leyendo tu novela.
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No sé si fue el intenso interés que Mônica demostraba en la lectura de mi libro o un cierto encanto que transmitía, lo cierto es que decidí visitarla. El domingo anterior hice algo parecido. Como agnóstica, tengo por la existencia de Dios el mismo interés que tengo por la existencia de extraterrestres, pero, aquel domingo, fui a misa y la ceremonia me pareció interesante, aunque un poco tediosa. Probablemente con la astróloga sucedería lo mismo, pero podría hacer que nuestro encuentro fuera más corto que la misa. Le llamé por teléfono, le di los datos que me pidió y nos pusimos de acuerdo para una cita en su casa.
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En casa de Mônica, la astróloga, no había bolas de cristal ni penumbras fantasmagóricas. Era una casa ventilada, llena de luz. Mônica me recibió amablemente y me invitó a sentarme. Ella se sentó en otro sillón, frente al mío.
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—Eres escritora, ¿verdad?
—Sí.
—¿Te gusta escribir?
—No.
—¿Entonces por qué escribes?, si me permites la pregunta.
—Por dinero. Comencé a escribir porque me parecía chic ser escritora, y me sentí muy feliz cuando me publicaron. Dediqué mi primer libro a mis queridos padres, consideré mi dedicatoria una bella ofrenda, una oblación consagradora. Me ponía ansiosa con lo que los críticos decían, me llenaba de vanidad cuando me elogiaban y me deprimía cuando hablaban mal. Pero después de un tiempo todo eso se acabó, no hice más ofrendas, quiero que todos los críticos se vayan a la mierda, lo que me interesa es vender el libro.
—Interesante —dijo Mônica.
Noté entonces que sacó una lap-top que tenía a su lado, en el sillón, y se la puso sobre las piernas.
—Aquí tengo los datos sobre el día, el año, el lugar y la hora de tu nacimiento —dijo Mônica.
En seguida, usando los diez dedos, sin retirar los ojos del monitor, tecleó algo en la computadora. Se quedó pensativa un rato, mirándome.
—Vas a morir en la cama —dijo.
—¿No es donde todo mundo muere? —pregunté, sin disfrazar un dejo de sarcasmo en mi voz.
—No, se muere en la calle, en el carro, en el avión, en el barco, en el restaurante, en la mecedora. Roncas, ¿no?
Aquello me dejó tan sorprendida que, por unos instantes, no supe qué decir.
—Sí —respondí finalmente—, debe ser porque duermo boca arriba.
—El ronquido —dijo Mônica— puede ser algo grave, una señal de alerta, un factor de riesgo, un indicador de un estado neuromuscular peligroso. A veces te despiertas durante la noche con falta de aire, ¿no?
—Sí.
—Esa apnea obstructora del sueño puede volverse una causa predominante e importante de disturbios con consecuencias desastrosas, como la depresión, por ejemplo.
—No estoy deprimida, nunca lo he estado.
—¿Ni cuando tus padres murieron en un accidente automovilístico?
—¿Cómo lo sabes? Célia te lo dijo, seguro.
Pero luego que dije eso, recordé que jamás le había comentado a Célia la muerte de mis padres. Y realmente me había deprimido muchísimo en aquella ocasión. Evitaba hablar del asunto.
—Célia no me dijo nada —dijo Mônica—. Regresemos al tema original. Hay casos de personas que murieron debido a una crisis de apnea.
—¿Crees que eso me puede pasar?
—¿Puedo ver tu boca? Ábrela bien, por favor.
Abrí la boca.
—Hmmm, paladar pequeño en forma de ojiva, dijo Mônica. Sí, puedes tener una grave crisis de apnea. Eres una mujer obesa, tienes ese tipo de paladar, factores anatómicos que facilitan la eclosión de estas crisis. ¿Duermes sola?
—Sí.
—Lo ideal sería que durmieras acompañada. Para que, cuando empezaras a roncar, la otra persona cambiara tu postura en la cama, haciendo cesar el ronquido.
Pagué la consulta y regresé a casa perturbada por la entrevista que había tenido con la astróloga. ¿Voy a morir en la cama de una crisis de apnea? Era una estupidez, si no me había muerto hasta aquel día, ¿por qué tenía que morir ahora? ¿Iba a caer en las habladurías de una astróloga?
Pero la preocupación continuaba. ¿Cómo sabía la astróloga que yo roncaba? Probablemente les decía eso a todas las mujeres gordas que iban a consultarla. ¿Pero cómo sabía la manera en que mis padres habían muerto?
Célia me llamó para saber cómo me había ido en la consulta con la astróloga.
—Me dijo que voy a morir en la cama —respondí.
—Ya, en serio —dijo Célia—, ¿qué te dijo?
—Sólo ese tipo de tonterías. Célia, quería pedirte un favor, no me siento bien, ¿conoces una buena cuidadora? Sólo por un tiempo.
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Célia conocía a una, con experiencia, llamada Anamaria.
Era una mujer gorda y simpática. Le expliqué lo que quería de ella y Anamaria me garantizó que pasaría toda la noche despierta, atenta al menor indicio, que estaba acostumbrada a pasar las noches en blanco, en realidad sólo lograba dormir durante el día. Un simple ronquido y movería mi cuerpo, adecuadamente.
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Le expliqué a Anamaria que tomaba todas las noches una medicina muy fuerte, si me diera una crisis de apnea moriría sin despertar.
.No se preocupe, dijo Anamaria, me encanta pasar la noche leyendo, y me mostró un grueso libro que tenía en las manos.
.Me fui a dormir tranquila. Soñé que oía un fuerte ronquido a distancia, aquello casi me despertó, pero la píldora que había tomado era realmente muy fuerte y continué durmiendo.
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Por la mañana al despertar constaté, impactada, que el ronquido que había escuchado durante la noche no había sido un sueño.
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Anamaria, con una mueca fea, el grueso libro sobre el pecho, la luz de la cabecera aún encendida, estaba muerta en la cama a mi lado. Quien había roncado estrepitosamente había sido ella, que había tenido una apnea violentísima que le había causado la muerte.
Días después, Célia me visitó.
—Qué cosa, ésa de tu cuidadora, ¿no? ¿Quieres que te recomiende otra? —preguntó.
—No es necesario —respondí.
Célia entró a mi cuarto, le gustaba usar el baño de la suite. Cuando salió del baño, vio el sillón que había comprado.
—Qué bonito sillón —dijo —¿me puedo sentar?
—Claro —dije—. Tiene un montón de aditamentos, si empujas esa especie de palanca se inclina para atrás al mismo tiempo que proyecta un soporte para los pies.
—Magnífico —dijo Célia.
—Es excelente para ver la tele —le dije.
—¿Y tu cama dónde está? —preguntó Célia.
—¿Nos tomamos una copita? —le pregunté.
Sabía que Célia me iba a decir que sí, iba a salir corriendo a la sala, donde estaban las botellas y las copas, y se le iba a olvidar hacer preguntas sobre mi ahora inexistente cama.
No le dije a Célia que ahora dormía en el sillón. En el sillón no roncaba.
Me había desecho de la cama. ¿Qué iba a hacer en ella? ¿Masturbarme? Eso podía hacerlo en el sofá, y de mejor manera.
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Fonseca. Autor de, entre otras obras, El enfermo Molière , Diario de un libertino , Mandrake, la Biblia y el bastón .
Traducción de Rodolfo Mata y Regina Crespo .

Articulo:
http://www.eluniversal.com.mx – Confabulario – 31/03/2007
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