Bibliografía
Aprendizaje amoroso
Por Soledad Quereilhac
Nacido en la ciudad de Krasnoyarsk, al sur de la Siberia rusa, el escritor Andreï Makine (1957) vive en Francia desde sus treinta años y es allí donde ha desarrollado gran parte de su obra narrativa. Adoptando el francés como lengua para su literatura (lengua "abuelomaterna" tal como él la define, en alusión al legado de su abuela francesa), pero volviendo una y otra vez al territorio ruso como escenario de sus novelas, Makine representa el caso del escritor exiliado, formado híbridamente entre dos culturas y dos idiomas, que ha hecho de ese cruce una instancia productiva y determinante de su narrativa. Con nueve novelas en su haber, publicadas desde 1990, Makine cobró abrupta visibilidad cuando su magnífica obra El testamento francés (1995) obtuvo simultáneamente los dos mayores galardones de las letras francesas, el Premio Goncourt y el Premio Médicis. Con esa novela, Makine lograba expresar narrativamente no sólo una hermosa historia de aprendizaje con tintes autobiográficos, sino sobre todo su justificación vital y su largo recorrido hasta adoptar el francés como liberador registro para su literatura.
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Esta elección, empero, no siempre le deparó un fácil acceso a los lectores franceses. Con sus dos primeras novelas, Makine se vio obligado a tramar un insólito engaño para sortear los prejuicios de los editores sobre su manejo del idioma: inventó un apócrifo traductor francés y presentó sus novelas como traducidas del ruso; sólo así consiguió su inicial publicación.
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La mujer que esperaba , su más reciente novela editada en español, es un nuevo ejemplo de la extrema belleza que alcanza Makine al abordar su evocado mundo ruso con la triple distancia de las palabras, el tiempo y los kilómetros. Durante los inicios del otoño de 1975, un joven universitario de veintiséis años es enviado al norte de Rusia para escribir sobre las tradiciones folklóricas de los pueblos rurales; perteneciente a un grupo de artistas "disidentes", su propósito inicial es aprovechar el viaje para escribir una sátira antisoviética. Sin embargo, en la entrada de Mirnoie, uno de los tantos pueblos del norte de Rusia al que apenas unos bosques separan del mar Blanco, el joven se topa con una imagen que lo sustraerá, casi sin mediación perceptible, de su temporalidad habitual, para trasladarlo a un tiempo fuera de la Historia pero densamente calado en la vida, que suspende a esa Rusia rural profunda. La imagen es la de una mujer veinte años mayor que él que recoge una red de pesca cerca de un lago. Su expresión inefable invita al protagonista a una incesante búsqueda para definir quién es esa mujer y cuál es, en realidad, su verdadero destino.
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Joven aún, Vera, la mujer del lago, posee una particularidad: espera, desde hace treinta años, al hombre que ama, llevado al frente de batalla cerca del fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. El misterio que sostiene semejante espera y la atracción que Vera ejerce sobre el narrador son el acicate para que la novela avance sobre las diferentes tentativas de desciframiento, contemplación y fascinación que el joven va trazando en su libreta sobre ella, al tiempo que, casi en simultáneo, el amor por esa mujer le devuelve una insospechada imagen de sí mismo, lejos ya de su ideario de disidencia y muy cerca, en cambio, de la materialidad y la fatalidad de la vida a secas. Varias son las acciones que pueblan la historia, pero los momentos más intensos, los verdaderos arribos estéticos de cada capítulo son aquellos instantes en los que la profunda vida de Vera parece dejarse aprehender por las palabras.
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En sintonía con ese aprendizaje amoroso, está la penetrante construcción de los espacios, del bosque, del lago brumoso, de las ráfagas heladas del fin del otoño, un cúmulo de elementos que trascienden la pasividad de un paisaje para funcionar en la novela como aquello que da las dimensiones del Tiempo y también de una cautivante belleza, que incluye necesariamente la solitaria existencia de aquel que contempla. La idea de "una vida total", donde todo es "a la par grave y ligero", donde el tiempo es "gravitante", destila con invasiva eficacia de las páginas de la novela.
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Al igual que otras novelas del autor, la herencia de la Segunda Guerra Mundial ingresa como núcleo temático en La mujer que esperaba , en este caso en confrontación con la visión que los jóvenes artistas "disidentes" de la década del setenta tenían del régimen soviético y su versión de la historia nacional. El paulatino distanciamiento del narrador de ese Mayo del 68 tardío y esnob le abre la posibilidad de conocer los aspectos más dramáticos, intrínsecamente "rusos", de la población de su país, especialmente lo relativo a las mutilaciones que la Guerra dejó como herencia tanto en los cuerpos como en los vínculos. Sin derivar hacia el panfleto, Makine logra recortar finamente su zona narrativa y elige centrarse en las dimensiones más subjetivas, acaso existenciales, de la relación del individuo con la Historia.
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Existe un aspecto de difícil caracterización en la prosa de Makine, algo que define su singularidad, aparte de la evidente riqueza, voluptuosidad y elevación estética de su escritura; se trata de cierta empatía hipnótica, casi una ensoñación, a la que el lector es arrastrado, producto de la innegable "fuerza de vida" que trasunta de la relación que el narrador mantiene con su mundo narrado. En La mujer que esperaba , las metáforas, las descripciones, la elección de episodios, todo parece apuntar a captar vivencias efímeras pero totales, el punto donde "llegado cierto grado de agotamiento, la vida deja de ser cosas" y "sólo en ese momento, la necesidad de narrarla en un libro es absoluta". Esa vitalidad profunda, inserta en relación determinante pero aun así oblicua con las fuerzas de la Historia, es sin dudas uno de los aspectos más deslumbrantes de esta nueva novela.
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LA MUJER QUE ESPERABA Por Andreï Makine
-(Tusquets)-Trad.: Javier Albiñana-169 páginas-($ 32)
Articulo: http://www.lanacion.com.ar 10/06/2007
Articulo: http://www.lanacion.com.ar 10/06/2007
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