dimanche 2 septembre 2007

Héctor ORESTES AGUILAR/ Leo Perutz, el recuerdo y la sombra


A pesar de que Leo Perutz (1882-1957) obtuvo en vida el reconocimiento de sus contemporáneos, los libros que escribió no trascendieron al gran público. El siguiente esbozo biográfico realizado por Héctor Orestes Aguilar recoge los misterios del eminente matemático que encontró, en los cafés vieneses, en una Europa convulsa, ocasión de escribir algunas de las obras más seductoras de su tiempo, como De noche, bajo el puente de piedra.

Leo Perutz, el recuerdo y la sombra
por Héctor ORESTES AGUILAR

En su departamento del número 37 de la Porzelangasse, una de las principales arterias de Alsergrund, el noveno distrito de Viena, Leopold Perutz Österreicher tenía un gabinete de trabajo que solía estar envuelto en una atmósfera extraña, enrarecida lo mismo por los impenetrables arreboles del humo de tabaco y hachís que por los diversos objetos, recuerdos y “trofeos” allí expuestos. En las ventanas, por ejemplo, había colgado muñequitas de Java con algún significado enigmático. En una pared, cerca de su escritorio, mantenía enmarcado y protegido con vidrio un vetusto documento redactado en español antiguo en el que se daba fe del origen toledano de la familia Perutz, alguna vez llamada Pérez, emigrada de la península ibérica hacia el centro del continente durante la segunda expulsión de los judíos en el siglo XVII. No era extraño que sus amigos o admiradores le dijeran “der Spaniole”, como alguna vez le escribió con afecto el novelista Ernst Weiss.

No obstante, al nacer en Praga en noviembre de 1882, Leo Perutz vino al mundo en una familia secularizada y moderna que poco o nada se vinculaba con las tradiciones de raíces sefarditas; de hecho, es posible identificar a sus padres, Benedikt y Emilie, como prototípicos “4-Tage-Juden” occidentales que ponían un pie en el templo sólo las cuatro ocasiones absolutamente imprescindibles. En sus propias palabras, Perutz supo que “era un judío sobre todo porque los niños católicos me insultaban, espetándome ‘saujud' [cerdo judío], o porque los jóvenes checos me gritaban ‘¡zide!' en la calle. En casa aprendí algunas ceremonias religiosas de manera muy superficial. Como muchos judíos de Europa occidental, mis padres no observaban las leyes del Talmud ni seguían la tradición judía, aunque a veces iban a la sinagoga en los días principales de observancia religiosa”.

Los judíos asimilados que iban a convertirse en escritores a fines del siglo XX en el imperio austrohúngaro tuvieron como única patria verdadera la lengua alemana. Fue un milagro y fue una tragedia. El año del nacimiento de Perutz, las confrontaciones entre los grupos nacionalistas de Bohemia y Moravia se agudizaron a un grado desconocido. La división social que había venido gestándose desde mediados del siglo XIX cubrió todos los niveles de la vida pública, se expresó como abierta lucha entre grupos nacionales y procreó organizaciones académicas, sociales, deportivas y paramilitares. Incluso la universidad tuvo que crear dos secciones distintas, una para los estudiantes y académicos eslavos y otra correspondiente a los alemanes. La creciente beligerancia de los periódicos, publicaciones y editoriales nacionalistas de ambos bandos hacía prever un conflicto civil de mayores proporciones. Entre 1893 y 1895 Praga vivió un Ausnahm (estado de excepción) bajo la vigilancia de la policía imperial.

En 1897, el conde Kasimir Badeni, ministro presidente austriaco, lanzó una iniciativa para promover el checo como lengua oficial en las instituciones públicas de Bohemia. Los funcionarios de las diversas entidades administrativas debían usar la lengua en que habían sido formados y además dominar al menos otro más de los idiomas de uso local. Para los eslavos esto era un gran triunfo; para los alemanes un motivo de tan duras críticas al gobierno de Viena que Badeni tuvo que dar marcha atrás con su iniciativa para evitar mayores problemas. Poco después de haber cumplido quince años, Perutz pudo presenciar virulentas batallas campales que los estudiantes checos y alemanes libraron en las calles de Praga durante una semana entera. La cuestión crucial para muchachos como él era tener que escoger entre identificarse con los alemanes o con los checos. En la medida en que las tres cuartas partes de los judíos de Praga tenían como lengua de uso cotidiano al alemán y que 90% de ellos inscribían a sus hijos en colegios alemanes, los checos medían a judíos y alemanes con el mismo rasero. Ambos —cuenta el editor y memorialista Willy Haas— eran discriminados y odiados por igual.

Como Max Brod, Egon Erwin Kisch, Fritz Mauthner y el propio Haas, Leo Perutz fue inscrito en la escuela de los padres piaristas, que tenía fama de ser la más exclusiva de la ciudad y a donde eran enviados miembros de las élites de origen étnico diverso pero que estaban unidos por antecedentes económicos similares. Aquellos niños de la alta clase media praguense tenían como profesores a los propios sacerdotes piaristas; sin embargo, los alumnos judíos asistían a clases de religión impartidas por un rabino, en cuyo marco se enseñaban también rudimentos del hebreo. A Perutz esto no le sirvió de mucho, como habría de corroborar mucho después durante sus años de exilio en Palestina. De acuerdo a sus registros escolares conservados en el archivo del exilio alemán en Frankfurt, no era un alumno especialmente distinguido ni empeñoso. “El Perutz Leopold —rememora el hoy olvidado escritor Richard A. Bermann—, un chico descomunalmente desaseado, se sentaba junto a mí en la escuela de los padres piaristas de Praga. Mi primer recuerdo evoca su mano sangrienta y sucia: envidiable poseedor de una maravillosa navaja, se había cortado a escondidas los pulgares, pero no por accidente, sino a propósito, ‘¡Para espantar al profesor!', me susurró, y extendió las manos sobre el pupitre. El efecto fue impresionante”.

En 1893, Perutz se inscribió en el K.K. Gymnasium de lengua alemana de la Ciudad Nueva, la escuela de educación media ubicada en el Graben praguense. Allí tomaba clases de religión, latín, griego, alemán, geografía e historia, matemáticas e historia natural. En las clases adelantadas bien pudo aprender además física e introducción a la filosofía. Leo estudió, por uno o dos años y como opcionales, materias que más tarde en verdad le iban a servir de mucho, como caligrafía, estenografía Gabelsberg, francés y esgrima. Respectivamente, las dos primeras lo instruyeron en el tipo de escritura que iba a conservar prácticamente toda la vida y en el que redactó sus primeros libros, los cuadernos de apuntes y las notas en los calendarios de bolsillo que a lo largo de su vida oficiaron como diarios. El francés le sirvió para darse a entender durante sus no pocos viajes, para enamorarse de la cultura bretona, en especial de su canción popular, y para traducir a Víctor Hugo (Bug-Jargal, por ejemplo); y el esgrima para salir airoso de más de un duelo. Una cicatriz en su mejilla izquierda permaneció como el imborrable testimonio de la perutziana afición juvenil a los desafíos con arma blanca.

La calle es la verdadera y mejor escuela para alguien que ha nacido en Praga y tiene un destino literario. Vale decir, es la ciudad misma, sobrecargada de Historia e historias, la que se ofrece como un libro abierto para quien sea capaz de descifrar su alfabeto y cursar sus páginas. Desde que era niño, Leo solía emprender prolongadas correrías por la Ciudad Vieja praguense. Como a Egon Erwin Kisch, le gustaban especialmente las privadas y las calles de tránsito, los pasadizos y los traspatios, en especial porque estaba prohibido a los transeúntes ordinarios pasear por esos rincones. Se cuenta que, antes de que fueran demolidas, Perutz se dio a la tarea de localizar las calles interiores de la Ciudad Vieja que permanecían ignoradas por las cartografías oficiales y que llegó a encontrar una que tenía seis diferentes salidas hacia vialidades públicas. De sus últimos años como flâneur y descubridor de pasajes incógnitos dejó un hermoso testimonio en el epílogo a su única novela de tema praguense, De noche, bajo el puente de piedra: “La última visita que hice al barrio judío se me quedó grabada en la memoria con más nitidez aun que las anteriores. Faltaban pocos días para las largas vacaciones de verano. Iba caminando con mis cuadernos, que llevaba unidos por una correa, por el antiguo gueto, cuya demolición acababa de iniciarse. Y para mi asombro, en la calle de Joachim y en el callejón del Oro tropecé con dos grandes brechas abiertas a pico, a través de las cuales pude ver calles y callejuelas que hasta entonces desconocía. Y tuve que abrirme camino entre montañas de escombros, de ladrillos rotos, tejas y ripias, caños torcidos, tablas y vigas podridas, enseres destrozados y todo tipo de objetos inservibles”.


Una concepción del mundo llamada Café Central

Ni las disputas nacionales ni la opulenta cultura de Praga fueron el estímulo terminal para decretar el oficio de Perutz. Fue en los cafés vieneses donde se decidió su vocación literaria. Al mudarse con su familia a la capital del imperio en 1901, probablemente a causa de la mala situación de la rama textil que imperaba en Bohemia durante el cambio de siglo y que afectó directamente los negocios paternos, Leo comenzaba a vivir seis años axiales. Su bautizo en la sociedad literaria tuvo lugar cuando entró a formar parte del grupo Freilicht, conformado por plumíferos que apenas comenzaban a ejercitarse copiando poemas de Rilke y tragedias de Strindberg, que acumulaban en cada página de sus relatos los hallazgos de Knut Hamsun y que no se cansaban de imitar a Thomas Mann en sus novelas. Los miembros de Freilicht, entre quienes contaban los ya mencionados Richard A. Bermann (alias Arnold Höllriegel) y Ernst Weiss, Berthold Viertel y otros cuyas señas han sido borradas por el tiempo, estaban interesados lo mismo en literatura que en pintura, en arquitectura y música, psicoanálisis y filosofía. Tenían la enorme ventaja de convivir cotidianamente con los capitanes de las vanguardias vienesas, que no sólo eran nombres de mármol canonizados en vida sino contemporáneos a los que podían aproximárseles ocasionalmente. La influencia conjunta de Mahler, Schönberg, Freud y Klimt fue para aquellos principiantes —la tercera generación del cambio de siglo— un estímulo permanente. Perutz, como tantos otros, nunca se cansó de asistir a las conferencias de los primeros psicoanalistas, entabló amistad con Oskar Kokoschka (a quien le encargó el diseño de su ex libris), se acercó al escritor Richard Beer-Hofmann, quien le ayudaría a publicar su primer texto de corte histórico-narrativo, y, al igual que buena parte de los más bisoños creadores austriacos, fue seducido por el aguerrido Karl Kraus y su revista Die Fackel (La antorcha). Bermann contaba que para los miembros de su grupo, “los ensayos de La antorcha estaban escritos en el alemán más brillante, centelleaban de ingenio, y nosotros los jóvenes escondíamos esos cuadernos rojos bajo nuestras bancas del colegio y los leíamos durante las clases”. Kraus pronto correspondió a la fidelidad y a las simpatías de Perutz obsequiándole un retrato propio, autografiado el 10 de septiembre de 1901. Más tarde, Kraus incluso retomaría el artículo “Un reclutamiento para la horca” —publicado anónimamente por Perutz en 1918— para incluirlo en su palimpsesto teatral Los últimos días de la humanidad.

Al disolverse oficialmente la tertulia de Freilicht en 1906, Perutz estaba bajo una disyuntiva insólita: tomar en serio la carrera de actuario que de manera titubeante e irregular había comenzado en varias escuelas de comercio y en la Universidad de Viena o dedicarse a escribir. No era una decisión sencilla, sobre todo porque los negocios paternos lo obligaban, de cierta manera, a perfilarse como un administrador profesional. Además tenía un especial talento para el calculo, la estadística y la probabilidad que iba a quedar demostrado con varios ensayos, conferencias, artículos e investigaciones que dedicó a esos temas. De hecho, hasta bien entrado el decenio de 1910, en ciertos círculos Leo era conocido sólo como matemático, pues sus aportaciones al cálculo de riesgos, a la prognosis de las curvas de mortalidad y otras cuestiones parecidas que son esenciales para las compañías aseguradoras, le habían dado una estimable reputación. De su investigación matemática más relevante, “Las bases teóricas de la compensación mecánica”, se desprendió incluso una “fórmula perutziana” que estuvo en boga hasta los años veinte.

Un empleo obtenido en octubre de 1907 en las Assicurazioni Generali de Trieste le permitió a Perutz una estancia en aquel puerto durante poco más de un año. (Curiosamente, Franz Kafka comenzó a trabajar el mismo mes y para la misma compañía, sólo que en la sucursal praguense de la aseguradora.) En todo caso, Trieste fue una estación intermedia que le permitió abstraerse de la “vidita” literaria vienesa —nunca tuvo contacto con sus estrictos contemporáneos italianos, como Umberto Saba, Ítalo Svevo o Scipio Slataper, que vivían en la ciudad en esa época—, y poder dedicarse a la lectura, sobre todo de la nueva novela histórica, uno de los géneros que serían decisivos para la formación de su estilo.

Al regresar a Viena contratado por la aseguradora Anker, Leo Perutz comenzó su verdadera vida adulta como habitual de los cafés, aspirante a escritor y colaborador circunstancial de periódicos y suplementos literarios. Para 1912, cuenta el actor Rudolph Forster, ya podía considerársele como parte del inventario perpetuo del Café Central, donde se hizo legendaria su presencia. Aquel café, definido ante todo como “una concepción del mundo”, fue la segunda y a veces hasta la primera casa para el futuro narrador. Una página de La tía Jolesch o El anecdotario de la decadencia de Occidente, libro imprescindible de Friedrich Torberg, lo ilustra a la perfección: un día, Perutz entra ufano en el Central y va hasta su mesa acostumbrada. Sabe que no tiene que pronunciar palabra par ser atendido con la diligencia y exactitud que se merece un habitual como él, pero pasan diez minutos, y al darse cuenta de que hay un nuevo mozo que ignora olímpicamente su presencia y familiaridad, llama con un movimiento de cejas al pikkolo, el niño instruido para llevar el agua hasta las mesas, y da una instrucción que se cumple en el acto: “Ve hasta la esquina, al Café Griensteidl, y me traes lo de siempre”.


Hernán Cortés y Libertad Lamarque

Perutz no era, de ninguna manera, un adelantado como Hugo von Hofmannsthal, quien desde los 16 o los 17 años se había ganado el respeto de la sociedad literaria austriaca. Sin embargo, es un hecho irrefutable que fueron los colegas vieneses y sus amigos literarios praguenses avecindados en la capital danubiana quienes lo dieron a conocer como escritor, más allá de las interminables y estériles sesiones de café. Un texto titulado extrañamente “Armes Kasperl!” es el primer relato publicado de Perutz del que se guarda memoria y apareció en la revista Der Weg (El camino), un semanario político-cultural de Viena, el 24 de febrero de 1906.

En cualquier caso, algunos investigadores han rastreado en los lejanos poemas juveniles de Perutz algunas de las ideas que nutrieron a su primera novela, uno de los libros de ficción más seductores que se hayan escrito acerca de la conquista de México:

La tercera bala. Se cuenta que el praguense comenzó a trazar algunos de los pasajes centrales de esta obra desde 1908, al componer el poema “El martirio de Isaac”, que luego incluye en La tercera bala como una balada fársica que los conquistadores entonan mientras celebran, entre cornamusas y mosquetes, los días de carnaval. Se sabe que Perutz terminó este libro en 1915, luego de cuatro años de trabajo, y que para encabezarlo había probado títulos desafortunados (sobre todo en nuestra lengua) como La balada de las tres balas y La balada del Rhingrave. El manuscrito original fue vertido en 23 cuadernos escolares con una caligrafía refinada, hoy muy difícil de paleografiar.

Desde 1910, en cartas y en pasajes de sus diarios, Perutz discutía con sus corresponsales acerca de la novela histórica, sobre todo lo que se refiere a los recursos que el narrador debe emplear para dar verosimilitud literaria a sus escritos por medio de documentos del pasado. En una de tantas cartas, Richard A. Bermann sugirió a Perutz que dejara de usar artimañas retóricas y ortográficas para darle “pátina” a sus relatos y que, por encima de todo, “[había que] construir casas modernas con verdadero material antiguo”. La tercera bala sigue ambas recomendaciones y desliza una anécdota insólita al interior de la crónica de la llegada de Hernán Cortés y sus tropas a Tenochtitlán: cierto día, el Rhingrave Franz Grumbach se percata de que ha perdido la memoria y de que no sabe qué demonios está haciendo en Alemania al servicio de la corte de Carlos V.

Al escuchar la historia de las peripecias de un misterioso caballero español que unos soldados cuentan alrededor de una fogata, los fragmentos de su pasado se le revelan. Entre alucinaciones regresa al México de 1519 y él, luterano, exiliado por haberse opuesto al poder de los sacerdotes católicos, se contempla luchando al lado de los aztecas para oponerse a la conquista española. Grumbach decide su destino y sabe que la única manera de detener la barbarie es atentando contra Cortés.

La tercera bala fue reseñada con entusiasmo por Paul Frank y Kurt Tucholsky. En cinco meses agotó su primera edición. Aunque Perutz no tenía la intención de pasar por experto en historia mexicana antigua, se aprecia que consultó cuidadosamente algunas de las fuentes cortesianas, en especial la bella edición alemana de 601 páginas con mapas e ilustraciones de las Cartas de Relación, editada por Ernst Schultze, aparecida bajo el sello de la editorial Gutenberg en 1906. Como iba a suceder prácticamente con todos los libros de Perutz, La tercera bala no fue leída necesariamente como novela histórica, sino como relato fantástico o incluso como una pieza de literatura de esparcimiento, tan denostada por la crítica “seria” de su época. Así y todo, fue el texto que abrió las puertas al mundo editorial y mediático para su autor, pues, como también sucedió con otros títulos del corpus perutziano, compañías cinematográficas como la firma vienesa Atlantis se interesaron en hacer una versión fílmica de las aventuras de Grumbach.

A La tercera bala siguieron otros trece volúmenes, entre novelas, colecciones de relatos y los dos títulos escritos en colaboración con Paul Frank (El milagro del árbol de mango y El cosaco y el ruiseñor, inéditos en castellano), publicados entre 1916 y 1953. Los años veinte fueron la etapa de mayor éxito para Perutz, y fue en ese periodo cuando se convirtió en un autor elegido por el mercado. El éxito de obras como Mientras dan las nueve (Zwischen neun und neun, aparecida originalmente en 1918) hizo que una gran productora como la Metro Goldwin Mayer adquiriera los derechos de adaptación de manera exclusiva y sin caducidad restringida en 1929, pese a lo cual la película no fue producida nunca. Lectores de primera línea como Eric Ambler, Friedrich W. Murnau y Alfred Hitchcock fueron atraídos por la novela, que ha sido plagiada en incontables ocasiones.

Sería precisamente a través de la venta de derechos cinematográficos que Leo Perutz llegó por fin a ser traducido al castellano. Gracias a la perseverancia del abogado Hugo Lifciz y su esposa Annie Reney, fundadores de la agencia literaria International Editors en Buenos Aires a principios de los 1940, el director argentino Luis Saslavsky adquirió los derechos de la obra teatral Mañana es feriado, una pieza menor dentro del catálogo perutziano, convertida en gran éxito de público al ser llevada al cine en 1941. Tres años más tarde, Carlos Borcosque, otro director argentino, filmó la costosa producción Una vez en la vida, que adapta muy libremente la trama de Mientras dan las nueve llevando a Libertad Lamarque y a Luis Aldas en los papeles principales y que se mantuvo durante muchos meses en cartelera, incluso en Estados Unidos. Ni siquiera el hecho de que Jorge Luis Borges recomendara la inclusión de El maestro del juicio final en la colección El Séptimo Círculo de novela policiaca le habría de ganar tantos incondicionales al escritor austriaco. Maestro de la ironía histórica, Perutz jamás pudo imaginarse que parte del culto que se le rinde en lengua hispana no se lo debe a Hernán Cortés, sino a la gran Libertad.


Aguilar. Su libro más reciente es El asesino de la palabra vacía (UV, 2007).

Articuo: http://www.eluniversal.com.mx – Confabulario 25/08/2007

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