dimanche 21 octobre 2007

Ana CLAVEL/ La violación comienza con la mirada


La violación comienza con la mirada
Por Ana CLAVEL

El suplicio de Tántalo, que moría de sed sumergido en el agua, sirve a Ana Clavel como motivo central de su nuevo libro, Las Violetas son flores del deseo, premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional. Presentamos las páginas iniciales de esta novela —de próxima aparición en Alfaguara— que nos exhibe indefensos ante nuestra propia mirada.

...por mucho menos se muere.

La violación comienza con la mirada. Cualquiera que se haya asomado al pozo de sus deseos, lo sabe. Como contemplar esas fotografías de muñecas torturadas, apretadas cual carne floreciente, aprisionada y dispuesta para la mirada del hombre que acecha desde la sombra. Quiero decir que uno puede asomarse también hacia fuera, y atisbar, por ejemplo, en la fotografía de un cuerpo atado y sin rostro, una señal absoluta de reconocimiento: el señuelo que desata los deseos impensados y desanuda su fuerza de abismo insondable. Porque abrirse al deseo es una condena: tarde o temprano buscaremos saciar la sed —para unos momentos más tarde volver a padecerla.

Ahora que todo ha pasado, que mi vida para mí mismo se extingue como una habitación alguna vez plena de luminosidad que cede al paso inexorable de las sombras —o lo que es lo mismo, a la irrupción de la luz más enceguecedora—, me doy cuenta que todos esos filósofos y pensadores que han buscado ejemplos para explicar el no-sentido de nuestra existencia, han dejado en el olvido una sombra tutelar: Tántalo, el siempre deseante, el condenado a tocar la manzana con la punta de los labios y, sin embargo, no poder devorarla.

Debo confesar que cuando conocí su historia, el adolescente que era se sintió transtornado toda aquella mañana lluviosa de clases ante el relato del profesor de historia, un hombre todavía joven y recatado que de seguro había estudiado en algún seminario. Olvidando que en la sesión anterior nos había prometido continuar el relato de la guerra de Troya, el profesor Anaya narró con voz apenas audible en esa mañana diluviante, presa de quién sabe qué delirio interior, la leyenda de un antiguo rey de Frigia, burlador de los dioses, para quien los del Olimpo habían concebido un castigo singular: sumergido hasta el cuello en un lago junto al que crecían árboles cargados de frutos, Tántalo padecía el tormento de la sed y el hambre en su límite extremo, pues en cuanto quería apurar el agua, ésta retrocedía y se escapaba sin cesar de sus labios, y las ramas de los árboles se elevaban toda vez que su mano estaba a punto de alcanzarlas. Y mientras el profesor relataba la leyenda, los dedos de la mano que mantenía a resguardo en uno de los bolsillos de la gabardina que no se había quitado, frotaban delicada pero perceptiblemente lo que bien podían haber sido unas imaginarias migas de pan. Y su mirada, extendida más allá de las ventanas protegidas con una reja cuadriculada por un alambrado que simulaba cordones de metal, se mantenía fija, atada a un punto que a muchos les resultaba inaccesible. En cambio, a los que nos encontrábamos junto al muro de tabiques y cristal, nos bastaba enderezar un poco la espalda, estirar ligeramente el cuello en la dirección indicada para descubrir el objeto de su atención.

En el extremo opuesto de las canchas de juego, precisamente en el corredor de columnas que unía la bodega y el área de baños, tres muchachas, con sus uniformes guindas de tercer grado, intentaban desalojar el agua que se iba acumulando gracias al mal funcionamiento de una de las coladeras cercanas. La labor era ejecutada más como un pretexto para el juego que por cumplir una tarea a todas luces impuesta como castigo. Así, las chicas se empapaban sonrientes y probablemente tiritaban más de goce que de frío, ante la embestida de una de ellas que con el jalador de agua salpicaba de súbitas oleadas a las otras. Esa chica que mojaba a sus amigas aún conserva un nombre: Susana Garmendia, y su recuerdo en aquella mañana gris y lúbrica permanece en mi memoria unido a dos momentos inmóviles: la mirada sin aliento del profesor de historia que observa la escena del corredor, condenado como Tántalo a verse rodeado de agua y comida, sin poder calmar la sed y el hambre azuzadas; y el instante en que Susana Garmendia, antes de permitir que sus compañeras se desquitaran mojándola cuando por fin lograron entre las dos apropiarse del jalador de agua, se dirigió a una de las gruesas columnas del pasillo y recargándose en ella por el lado descubierto al cielo estrepitoso, se dejó empapar olvidada del mundo de la escuela, sólo de cara a la arremetida de lluvia que la golpeaba buscando traspasarla. Había distancia de por medio, pero aun así era tangible el gesto de entrega de la muchacha, su sonrisa invisible, su éxtasis radiante. Maniatada a la columna sin ataduras evidentes, presa de su propio placer.

A decir verdad, creo que nunca vi de cerca a Susana Garmendia. Su fama de adolescente problemática que la prefecta de tercer grado había hecho correr con reportes y suspensiones, aunada al hecho de que perteneciera a la generación de los mayores de la secundaria, rodeada siempre por sus amigas y los varones que buscaban su cercanía y la asediaban, apenas si dejaban espacio para que su imagen se definiera más allá de la vaguedad: flequillo lacio color de miel sobre una piel tostada, el suéter atado a la cintura como un torso con brazos que se aferrara al nacimiento de su cadera, las calcetas perfectamente blancas en unas pantorrillas que habían dejado de ser infantiles pero que conservaban su nostalgia.

Sin duda alguna era la fruta más apetecida del huerto. Aun por quienes, ni parados sobre las puntas de los pies, alcanzábamos a vislumbrar más que el follaje de la rama. Aun por aquellos otros que, apartados desde la atalaya de su autoridad escolar, podían apreciarla en toda su jugosa morbidez. Alguien, sin embargo, pudo estirar la mano y coger la fruta. He olvidado su nombre porque a final de cuentas no era importante. Y no lo era porque su labor de hortelano no hubiera sido posible sin el consentimiento previo de Susana Garmendia. El oscuro y silencioso Sí con que aceptó verlo en la bodega que estaba próxima al baño de mujeres mientras sus dos eternas amigas vigilaban la entrada en distintas posiciones: una en el comienzo del corredor de columnas, la otra bajo el arco que daba acceso al patio de los grupos de tercero. No se supo con precisión lo que había sucedido, si la prefecta sospechaba algo y presionó a la amiga que estaba en el acceso de tercero para ponerla nerviosa y así conseguir una delación equívoca e involuntaria, o si la amiga la buscó por su propio pie para vengarse de algún desplante de Susana, el caso fue que la prefecta había acudido a la bodega y encontrado a Susana y a un muchacho del turno vespertino cometiendo indecencias sin nombre.

Tántalo se burló de los dioses en tres ocasiones: la primera, cuando reveló a los cuatro vientos el sitio donde Zeus escondía a su amante en turno; la segunda, cuando consiguió robar de la mesa del Olimpo el néctar y la ambrosía para convidarles a sus parientes y amigos; la tercera, cuando quiso poner a prueba los poderes de los dioses y los invitó a un banquete cuyo plato principal estaba confeccionado a base de los trozos de su propio hijo, a quien había degollado durante el alba como un ternero más de sus establos. A la brutalidad de Tántalo opusieron los dioses el refinamiento del suplicio. Como para decirle que con los dioses no se juega. Susana Garmendia fue expulsada sin contemplaciones. Pocos la vimos salir con sus cosas, flanqueada por sus padres, bajo la mirada atenazante de la prefecta, la sociedad de padres de familia y el director de la escuela. Arrancándole a pedazos la dignidad que aún conservaba y luego arrojándolos con desprecio como trozos sanguinolentos y demasiado vivos. La escuela tardó en acallar los rumores y retomar su curso bovino de materias y formaciones cívicas, pero la cercanía de los exámenes semestrales terminó por dispersar los últimos ecos que aún aserraban la piel y la carne de la memoria de una Susana caída en desgracia como un cuerpo supliciado. El profesor Anaya permaneció hasta el fin del año escolar y después pidió su traslado a un plantel de la zona poniente.

Por supuesto, nunca conversé con él sobre el asunto. Sólo en el trabajo final en el que nos pidió redactar una composición sobre algún personaje o suceso del curso a manera de tema libre, decidí escribir sobre Tántalo. Era una redacción de varias páginas, vehemente en exceso como las fiebres de la adolescencia, cuyo principal valor, me parece ahora, radicaba en haber atisbado desde aquella temprana edad el verdadero suplicio del que desea. Más que la calificación de excelencia, fue la mirada del profesor Anaya —ese instante de gloria de quien se siente reconocido— mi mayor presea. No vi entonces, o no quise enterarme, del destello turbio de esa mirada, el desaliento del que sabe lo que vendrá: que la sed no ha de ser nunca saciada.

En aquella redacción de casi cuatro páginas, en un estilo que ahora al releer reconozco torpe y pretencioso, alcanzo a atisbar la sombra tenue del adolescente que, sin saberlo ni proponérselo, se asomaba al pozo de sí mismo: “…después de probar e intentar miles de veces, Tántalo, por fin consciente de la inutilidad de sus esfuerzos, debió de quedarse inmóvil a pesar del hambre y de la sed, sin mover los labios para apresar un trago de agua, o sin estirar la mano para alcanzar la codiciada fruta que, cual joya preciosa, pendía de la copa del árbol más cercano. Casi derrotado, alzó la mirada hacia los cielos. Tal vez, arrepentido, iba a clamar perdón a los dioses. Pero entonces descubrió en la punta de la rama una nueva fruta temblorosa, apetecible, que crecía suculenta pero imposible para él. Y debió de maldecir e injuriar a los dioses cuando comprendió que con el simple acto de mirar el tormento se reavivaba ferozmente en su entraña”.

Innumerables consecuencias se derivan del acto de mirar. Ahora puedo afirmarlo con certeza: todo empieza con la mirada. Por supuesto, la violación, la que se padece en carne propia cuando un ser o un cuerpo se prodigan con criminal inocencia.


Clavel. Entre sus libros destacan Cuerpo náufrago y Los deseos y su sombra.
Articulo:
http://www.eluniversal.com.mx - Confabulario 20/10/2007

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