dimanche 21 octobre 2007

Chantal MAILLARD/ Pintar el poema


CRÍTICA
Pintar el poema
Por Chantal MAILLARD

En ningún caso como en China o Japón han estado tan relacionadas pintura y poesía. Para leer un poema chino deberíamos lograr unificar ambas cosas.

"(...) // Noche pasada ciudad encima / un pie nieve // Alba conducir carbón carreta / rodar helado carril // (...)". ¿Un texto de Samuel Beckett? No, la traducción literal de un fragmento de un poema de Bo Ju-yi. Por supuesto, cuando accedemos a la traducción de poemas chinos, no nos encontramos con una traducción literal, sino con una versión o interpretación de la misma. Tales versiones, como es sabido, vierten y convierten el texto a un formato que no sólo es léxico, sino también cultural. Pero hacen algo más: despojan al poema de esa cualidad por la que Hölderlin podía decir que el poema funda nuestra morada. Si nos detuviésemos por un momento en la contemplación del poema en su presentación ideográfica nos quedaríamos sorprendidos de la manera en que respira, de la manera en que sus elementos expresan un universo de relaciones.



En ningún lugar como en China y Japón han estado tan relacionadas la pintura y la poesía. Si Aristóteles entendía que la palabra poética "pinta" debido a la utilización que hace de la metáfora, ¿qué no habría dicho si hubiese visto aquellas representaciones significativas estilizadas en el papel o en la seda? Pero nosotros no estamos acostumbrados a leer imágenes. Diferenciamos ambos ámbitos hasta el punto de que sean dos funciones las que activamos: "leemos" la escritura y "contemplamos" la pintura. Para "leer" un poema chino deberíamos lograr unificar ambas cosas (algo que Mallarmé intentó decirnos, a su manera). Ésta es la experiencia que nos brinda François Cheng con este trabajo dividido en dos partes: un minucioso estudio de los elementos que intervienen en el poema, y una antología de poemas de la época Tang (siglos VII-IX).



François Cheng es miembro de la Academia Francesa desde 2002, traductor y antólogo de renombre y autor de numerosos ensayos sobre estética y pensamiento chinos. En este libro, su objetivo es aprehender la poesía china en tanto que lenguaje específico y hacernos entender cómo, en el lenguaje poético, los signos liberados de la rigidez sintáctica recuperan su naturaleza polisémica. Cheng analiza con destreza las formas, las prosodias y se detiene a considerar la formación de las imágenes simbólicas y su intervención en la elaboración de una mitología colectiva. Su análisis nos lleva a la comprensión de las elaboradas formas inventadas por los poetas Tang, y su deuda con el pensamiento cosmológico taoísta y pretaoísta: los grandes opuestos, la plenitud del vacío y la idea de un aliento vital del que todos los entes participan.



Detengámonos solamente en dos cosas. En primer lugar, el ritmo. El ritmo es la esencia de las cosas. La esencia es siempre dinámica en las culturas orientales. Por ello ha de captarse mediante el gesto, y su expresión, tanto pictórica como poética, es el trazo. El trazo ha de conseguir reproducir el gesto del aliento primordial, su curso. A ello se debe que los artistas chinos hayan sido los primeros en realizar esas obras a las que denominamos "abstractas" y que son, sencillamente, la expresión esencial, la que todo lenguaje y toda grafía explicita en sus inicios.



En segundo lugar, el vacío. La poética china distingue entre palabras plenas (sustantivos y verbos) y palabras vacías (pronombres, adverbios, preposiciones, conjunciones). De estas últimas, el poeta prescinde para dar lugar al verdadero vacío. Al encontrarnos con un lenguaje que suprime los usuales enlaces y complementos y que atiende a principios de composición en vez de a reglas semánticas, de repente se nos abre un universo de significación, un espacio inmensamente rico en el que, entre signo y signo, respiran las ideas. "Noche pasada ciudad encima / un pie nieve // Alba conducir carbón carreta / rodar helado carril /...". Por supuesto que encontraremos más fácil la lectura si recurrimos a la versión/interpretación: "Esta noche ha nevado en la ciudad, // y desde el alba va con su carreta por el camino helado". Pero si se entiende "bien" es porque reduce, comprime en un hilo delgado y unívoco lo que los ideogramas ensanchan. Entenderlo "bien" es entenderlo tal y como se supone que ha de entenderse, pero no es ésa la función del poema. La función del poema es la de activar la imaginación del lector para la intuición de un significado mucho más complejo.

Articulo:
http://www.elpais.com 20/10/2007