dimanche 28 octobre 2007

Diana COHEN AGREST/ El filósofo que inspiró a Freud y anticipó las neurociencias



El filósofo que inspiró a Freud y anticipó las neurociencias
Por Diana Cohen Agrest

En el siglo XVII, el sabio holandés vislumbró que la experiencia de vida deja marcas en el cuerpo humano. Trescientos años después, el padre del psicoanálisis postuló que el cerebro evoluciona guardando las huellas de los hechos vividos


En el artículo "La ciencia se reconcilia con Freud", firmado por Xavier Pellegrini y publicado en adn CULTURA el 15 de septiembre último, Pierre Magistretti y François Ansermet, neurobiólogo el primero y psiquiatra y psicoanalista el segundo, señalaban que los descubrimientos de las neurociencias finalmente confirman la hipótesis de que el cerebro, lejos de ser un órgano estático, evoluciona durante el transcurso de la vida guardando las huellas de las experiencias vividas. Y cuando el psicoanálisis parece trastabillar por los sucesivos embates provenientes de frentes diversos, estos científicos, en un gesto reconciliatorio, nos advierten que esta hipótesis, tradicionalmente conocida como "hipótesis de la plasticidad" y diseñada como tal en los inicios del siglo XX por Freud, hoy es validada por una serie de investigaciones en el campo de las neurociencias, una de las cuales le ha valido el Premio Nobel a Eric Kandel, en 2000.

Pero si se trata de hacer justicia a la historia de la ciencia, deberíamos retroceder aún más en el tiempo. Pues Sigmund Freud, a su vez, fue un lector de Baruj Spinoza tan atento como ingrato. En cierta oportunidad, uno de sus contemporáneos spinozistas con inclinaciones psicoanalíticas instó al maestro a que declarara su deuda nunca suficientemente mencionada con Spinoza. Sincerándose, el médico vienés le respondió: "Admito inmediatamente mi dependencia de la doctrina de Spinoza. No hay razón de por qué debería mencionar expresamente su nombre, puesto que concebí mis hipótesis a partir de la atmósfera creada por él, más que del estudio de su obra. Por lo demás, no procuré una legitimación filosófica" (carta a Lothar Bickel del 28 de junio de 1931). La clave de su omisión se descifra en sus últimas palabras. Al fin y al cabo, el espíritu de la época retrataba a un Spinoza inventor de una sustancia infinita, con un vuelo metafísico del que Freud, en su aspiración a que el psicoanálisis se instaurara como un modelo científico, prefería mantenerse distante. Y algo de razón tenía: en franca oposición a las creencias monoteístas, Spinoza -judío holandés de origen marrano hispanoportugués, que vivió entre 1632 y 1677-, postuló una única Sustancia divina que, en un mismo acto infinito, se produce a sí misma y produce la totalidad de las cosas. Dios ya no es concebido como una especie de Padre que cuida de sus criaturas, sino como un Dios tan necesario e impersonal que se identifica con la totalidad de la Naturaleza. Estas opiniones por demás heterodoxas le valieron a Spinoza no solo ser excomulgado en vida por la comunidad judía de Ámsterdam sino ganarse el estigma de filósofo maldito hasta bien entrado el siglo XIX.

Lo cierto es que este pensador que, para más datos, solía ganarse la vida ejerciendo el oficio de pulidor de lentes magnífica metáfora de su aspiración a observar lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño-, fue una suerte de visionario de los descubrimientos posteriores de la neurobiología y de la teoría freudiana: trescientos años antes que una y otra, Spinoza vislumbró que la experiencia deja sus marcas en el cuerpo, que en ese gesto sella su impronta en el individuo siempre susceptible de transformación y que esa experiencia única, personal e intransferible configura la identidad en su devenir. Esta concepción spinozista , curiosamente, resuena hoy con una fuerza inimaginable en la cultura en que el filósofo la acuñó.

En lo que concierne al ser humano, Spinoza sostuvo que cuerpo y alma son dos aspectos de una única entidad. En el enfoque cartesiano, que sería frontalmente rechazado por Spinoza, mente y cuerpo permanecían como dos reinos separados, sin puente alguno: según Descartes, la mente incorpórea se conoce a través de un acto de introspección, mientras que la naturaleza de los cuerpos se explica por los principios de la física. Este dualismo de espíritu y materia impidió explicar científicamente cómo, cuando deseo alzar la mano, esta aparece en alto, y cómo, si la acerco a una llama, la sensación de ardor provoca que la retire de inmediato; en términos filosóficos, cómo interactúan la mente (o como también la denomina el filósofo, el alma) y el cuerpo, permanece como un enigma insondable. Pero en el siglo XX, con la aparición de la neurobiología, el modelo científico desplazaría las observaciones alcanzadas por introspección y al desplazarlas, el enfoque dualista cartesiano del problema de la relación entre la mente y el cuerpo perdería su atractivo: los fenómenos mentales se revelaron como dependientes de la operación de numerosos sistemas de circuitos cerebrales.

Antecesor de estos desarrollos de la neurobiología, Spinoza ilumina una miríada de conceptos apenas explorados por la ciencia contemporánea. Por empezar, inaugura una teoría unificada donde ya se esboza un abordaje del cuerpo humano considerado como objeto teórico que es experimentado vivencialmente. No se trata de que simplemente existimos como un cuerpo: somos un cuerpo. Pero además, somos un cuerpo que hace de mediador entre la subjetividad y la objetividad a la que testimonia, tal como se expresa en la Segunda Parte de su ...tica demostrada según el orden geométrico , en particular en la Proposición 16, donde Spinoza declara que "las ideas que tenemos de los cuerpos exteriores indican más la constitución de nuestro cuerpo que la naturaleza de los cuerpos exteriores". Si se atiende a esta descripción, aquello que se conoce no es la causa, sino el efecto de los cuerpos exteriores sobre el cuerpo humano propio (en un día estival, siento el efecto del sol sobre mí, su calor que actúa sobre mi cuerpo, pero de la constitución de ese cuerpo, de la constitución de mi propio cuerpo y de la relación causal que ejerce el sol sobre mi cuerpo, de todo eso, si me remito a mi experiencia personal, subjetiva e ingenua de las cosas, no sé nada). A fin de cuentas, nuestro acceso al mundo es un acto indisociable de nuestra corporalidad y limitado por ella, y nuestro conocimiento inmediato es, por así decirlo, egocéntrico.

Por añadidura, según una teoría de corte mecanicista, cuando vemos, oímos, palpamos, gustamos u olemos otros cuerpos -desde la visión de una rosa hasta la percepción multisensorial de otra piel en la intimidad amorosa-, tanto la flor como ese cuerpo sellan sus impresiones en nuestro cerebro.Spinoza declara que estas impresiones sensoriales dan lugar a la formación de ciertos registros inconscientes de los acontecimientos que la ciencia posterior caracterizaría como huellas mnémicas. Y, anticipando íntegramente la hipótesis freudiana-neurobiológica de la plasticidad, Spinoza observa que, idénticamente a como se conservan las huellas mnémicas en el cerebro, se conservan para siempre las asociaciones mentales que se han formado en ocasión de encuentros pasados del propio cuerpo con otros cuerpos. Esta ausencia de caducidad da lugar a que dichas asociaciones persistan aun cuando hayamos perdido todo contacto con el cuerpo que selló su impronta en el nuestro. Y dada esta persistencia, una vez que las impresiones originales se han tornado huellas inscriptas por las cosas que cierta vez afectaron el cuerpo, la mente es capaz de reactivar dichas huellas, aun cuando estas no nos indiquen el verdadero ser de las cosas sino las condiciones vividas imaginaria y subjetivamente en las cuales el cuerpo propio ha estado en relación con ellas. Esta capacidad salva a la conciencia de perderse en el flujo donde todo se olvida: en cada encuentro, el yo, valiéndose de esas huellas, puede reproducir una y otra vez las mismas asociaciones mentales.

Así pues, aquello que va configurando nuestra identidad es la capacidad de proyectarnos a partir de la interrelación de nuestros cuerpos con otros cuerpos. Esa capacidad expresa nuestra irreductible singularidad. Testimonio de la presencia del mundo, el cuerpo revela en sus huellas la historia de esos encuentros y desencuentros, que no es sino su propia historia. En ese itinerario, sostiene Spinoza, todo buen encuentro se expresa en una mayor energía y capacidad de obrar, todo desencuentro es una merma de dicha energía.

En ese mismo itinerario, pasado, presente y futuro no son sino dimensiones del tiempo en las que nos revelamos como un núcleo existencial de todos los acontecimientos vividos retenidos en el cuerpo. Basta con reactivar esas huellas para retornar una y otra vez a nuestros recuerdos. Pero también nos reconocemos como una existencia desplazándose hacia el futuro. Ese movimiento nos permite resignificar el pasado en cada presente. Pues ese pasado, aunque irreversible en su carácter de acontecimiento, puede ser transformado operando sobre el recuerdo. En el marco de una ética que opera al servicio de esa potencia vital que es el yo, recordar y olvidar, a través de un mecanismo de disociación y nueva asociación con otros contenidos, permite transformar aquello que fue. Ya no está en juego aquel vuelo metafísico del que Freud prefirió mantenerse distante, pues estos mecanismos psíquicos anticipados por Spinoza son hoy confirmados por un novedoso campo de la neurobiología conocido como "neuroética". Según este modelo científico, nuestro cerebro es una especie de máquina que se beneficia con cierto estado de equilibrio entre la actividad de excitación y la de inhibición. En busca de ese equilibrio, tanto los buenos como los malos recuerdos contribuyen a la formación de nuestra identidad. Los propulsores de este modelo han extendido las investigaciones sobre la memoria -en un principio limitadas a la consolidación, retención y recuperación de los recuerdos- hasta incorporar el estudio de las disociaciones entre los recuerdos y las emociones. Tan lejos se ha llegado que ya se vislumbra la posibilidad del olvido voluntario y selectivo: borrar, como si se tratara de un delete del teclado de una PC, todo recuerdo que todavía nos lastima. De manera en algún aspecto semejante al sugerido por el modelo spinoziano , a veces inhibimos la reaparición de ciertos recuerdos y otras tantas borramos de nuestra memoria ciertos acontecimientos que preferimos olvidar.

Así pues, la neurobiología y, más recientemente, la neuroética se consagran, sin saberlo, a confirmar esas ¿geniales? intuiciones de Spinoza, quien nos enseña que si somos diferentes de los demás, lo somos porque poseemos una historia, porque llevamos, para siempre, las marcas que los otros han sellado en nuestro cuerpo, las mismas marcas que, latentes, pueden ser resignificadas para dotar a cada instante de un sentido renovado y, por qué no, finalmente liberador.

Articulo:
http://adncultura.lanacion.com.ar 27/10/2007