dimanche 14 octobre 2007

Doris LESSING, Premio Nobel de Literatura 2007


Ofrecemos al lector fragmentos de una entrevista realizada en 1988 por Robert Gottlieb, editor a la sazón de Doris Lessing (1919), la escritora recientemente galardonada con el Nobel de Literatura. Hay algo en el origen de esta autora que habla de su destino literario: nació en Persia (Irán), creció en Rodhesia (hoy Zimbabwe) y luego vivió en Inglaterra. Su prolífica obra se ha estructurado en torno a la política, la psicología femenina y el retrato conflictivo de jóvenes y viejos. Desde Canta la hierba (1950) hasta The Good Terrorist (1985), la obra de Lessing fluye a través del realismo y la fantasía, la vocación social y la exploración intimista.
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Entrevista con Doris Lessing

“Si los jóvenes supieran, si los viejos pudieran”
Por ROBERT GOTTLIEB


-Pienso que es usted una escritora extremadamente intuitiva y que, probablemente, no planea mucho las cosas sino que más bien las descubre. ¿Es este el caso?
-Sí tengo un plan general, pero esto no quiere decir que no puedan surgir uno o dos personajes extraños conforme avanzo. Sabía lo que quería hacer con The Good Terrorist. El bombardeo de la tienda departamental Harrod's era el comienzo de todo. Pensé que sería interesante escribir una historia sobre un grupo que se involucraba en el bombardeo, que era incompetente y amateur. El personaje central surgió porque conozco a varias personas como Alice —esta mezcla de persona muy maternal, preocupada por las ballenas, las focas y el medio ambiente, pero que al mismo tiempo piensa, “no puedes hacer un omelet sin romper los huevos”, y que puede considerar matar a cientos de personas sin perturbarse. Mientras más pienso en eso, más interesante se vuelve. Quería personas de todo tipo, de modo que inventé a una pareja de lesbianas. Pero luego lo que me interesó fueron los personajes que surgieron y que yo no planeé, como Faye. Y luego Faye se convirtió en una persona destruida, lo cual me sorprendió. El tal Phillip apareció así: en ese entonces estaba oyendo algo sobre un joven muy frágil, de veintiún o veintidós años, que no tenía trabajo, pero al que siempre le ofrecían empleo las autoridades. De hecho, cargando pesados rollos de papel en camiones. ¡Pensarías que estaban locos! Así que siempre lo despedían a los tres días. Pienso que The Good Terrorist es un libro muy divertido.


-¿En serio?
-En cierta forma es cómico. Siempre hablamos de cosas como si sucedieran del modo en que se supone que suceden y todo es muy eficiente. En la realidad, la única experiencia que podemos recoger sobre cualquier cosa es que todo está hecho un lío. ¡Todo! ¿Por qué entonces habría de ser esto diferente? No creo en esos terroristas cien por ciento eficientes.


-¿Trabaja usted en más de una obra de ficción a la vez?
-No, algunas veces ordeno un borrador de algo anterior mientras escribo algo más. Pero por lo general me gusta hacer una cosa después de otra.


-Me imagino, entonces, que usted trabaja de principio a fin, más que improvisar…
Así es. Nunca lo he hecho de otra manera. Si escribes a pedazos, pierdes una muy valiosa continuidad en la forma. Es una continuidad interior invisible. Algunas veces simplemente la descubres al tratar de cambiar algo.


-¿Piensa usted que ha evolucionado en cada uno de los géneros que ha empleado? Por ejemplo, creo que la perspectiva realista en The Good Terrorist, e incluso algunas veces en los libros de Jane Somers, está menos presente que en su realismo anterior.
-Probablemente se deba a mi avanzada edad. Nos despreocupamos. Veo cada libro como un problema que hay que resolver. Eso es lo que dicta la forma que uso. No es que diga; “Quiero escribir un libro de ciencia ficción”. Comienzas por el otro extremo y lo que tienes que decir te dicta la forma.


-¿Produce muy continuamente? ¿Toma un descanso entre libro y libro?
Sí. No he escrito en un buen rato. Algunas veces hay lapsos muy largos. Siempre hay algo qué hacer, un artículo que tienes que escribir, quieras o no. Ahora estoy escribiendo cuentos. Es interesante, porque son muy cortos. Mi editor, Bob Gottlieb, me contó, al azar, que nadie le manda cuentos muy breves y que eso le parecía interesante. Pensé: “Dios mío, no he escrito un cuento muy breve en años”. Así que los estoy escribiendo de unas mil quinientas palabras, y es una buena disciplina. Lo estoy disfrutando. He escrito varios, y creo que voy a llamarlos London Sketches, porque todos tratan de Londres.


-¿Entonces no son parábolas, o algo exótico?
No, para nada. Son totalmente realistas. Suelo pasear mucho por Londres. Y cualquier ciudad es un teatro, ¿no es así?


-¿Tiene hábitos regulares de trabajo?
Eso no importa, sólo son hábitos. Cuando estaba criando a uno de mis hijos aprendí a escribir en momentos muy concentrados. Si tenía un fin de semana, o una semana, producía muchísimo. Ahora resulta que esos hábitos están arraigados. En realidad, lo haría mucho mejor si pudiera ir un poco más lentamente, pero es un hábito. He notado que la mayoría de las mujeres escriben así, mientras que Graham Greene, por lo que sé, escribe doscientas palabras perfectas ¡cada día! Eso me han dicho. Pienso que escribo mucho mejor si la cosa fluye. Comienzas algo y al principio es un tanto intermitente, torpe, pero luego llega un punto en que hay un clic y repentinamente te vuelves muy fluido. Es entonces cuando pienso que escribo bien. No escribo bien cuando estoy ahí sentada, sudando con cada frase.


-¿Qué clase de lectora es usted? ¿Lee narrativa contemporánea?
-Leo mucho. Soy muy rápida, gracias a Dios, porque nunca pude hacerlo de otro modo. A los escritores les envían un montón de libros las editoriales. Recibo ocho o nueve libros a la semana, lo que es una carga porque yo soy muy meticulosa. Suelo darme una idea de qué tan bueno es el libro en el primer o segundo capítulos. Y si me gusta, sigo leyendo. Es injusto, porque a veces puedo estar de mal humor, o demasiado absorta en mi propia obra. También hay escritores a los que admiro y siempre leo sus libros más recientes. Por supuesto hay muchas cosas que la gente me dice que debo leer, de modo que siempre estoy leyendo.


-¿Puede contarnos sobre cómo fue el engaño de los Jane Somers al establishment cultural? Antes que nada, me parece un gesto increíblemente generoso poner un seudónimo a dos largas novelas para intentar demostrar de qué modo se trata a las novelistas jóvenes.
-Para empezar, no iban a ser dos. Iba a ser sólo una. Lo que sucedió fue que escribí el primer libro y le dije al agente que quería venderla como una primera novela escrita por una periodista en Londres. Quería tener una identidad paralela a la mía, no diferente. Así que mi agente sabía, y la mandó. Mis dos editores ingleses la rechazaron. Vi los dictámenes, eran muy condescendientes. Sorprendentemente condescendientes. La tercera editorial, Michael Joseph (que editó mi primer libro), la dirigía una mujer muy inteligente llamada Phillipa Harrison, que le dijo a mi agente, “Me recuerda a la primera Doris Lessing”. Nos entró el pánico porque no queríamos que anduviera diciendo eso por ahí. Así que la invitamos a comer y le dije, “Soy yo, ¿podrás manejarlo? Al principio se molestó, pero luego lo disfrutó. Bob Gottlieb, que era entonces mi editor en Knopf en Estados Unidos, lo adivinó, y entonces ya eran tres personas. Luego el editor francés me llamó y me dijo, “acabo de comprar un libro de una escritora inglesa, y me pregunto si no le has estado ayudando un poco”. Así que le conté. De modo que, en total, cuatro o cinco personas lo sabían. Todos esperábamos que cuando saliera el libro, todos adivinarían. Bueno, pues antes de la publicación se le envió a todos los estudiosos de mi obra, y ninguno lo descubrió. Todos los escritores se sienten terriblemente enjaulados por estos expertos —los escritores se vuelven su propiedad. De modo que fue maravilloso. Fue lo mejor que pudo suceder. Cuatro editoriales en Europa lo compraron sin saber que era yo. Eso fue bueno. Luego salió el libro y tuvo las reseñas que tiene una primera novela, pequeñas reseñas, en general escritas por periodistas mujeres, que pensaban que yo compartía su oficio. Luego Jane Somers tuvo un montón de cartas de admiradores, en su mayoría fuera del círculo literario, de gente que atendía ancianos y se estaba volviendo loca. Y muchos trabajadores sociales, en acuerdo o en desacuerdo, pero diciendo que les gustaba que lo hubiera escrito. Así que pensé, bueno, voy a escribir otro. Para entonces me sentía fascinada con Jane Somers. Cuando escribes en primera persona, no puedes desviarte demasiado de lo que es apropiado para esa persona. Jane Somers es clase media. No asistió a la universidad. Comenzó a trabajar muy joven, siempre directo a la oficina. Su vida era la oficina. Tuvo un matrimonio que no era un matrimonio. No tenía hijos. No le gustaba viajar. Cuando salía de viaje con su marido, o por motivos de su oficina y su empresa, anhelaba regresar a casa. Su experiencia era lo más estrecha que pueda haber. Así que al escribir el libro tuve que eliminar todas las cosas que llegaban a mi pluma. ¡Fuera! ¡Fuera! Ella es una mujer común y corriente. Es muy definida en sus ideas de lo que está bien y lo que está mal.

Jane Somers está hecha de varias personas. Tengo una amiga que vive desesperada por lo que debe vestir. No le deseo a nadie las agonías que padece para lograr esa perfección. Otro modelo fue mi madre. Me imaginé cómo hubiera sido si fuera ahora una joven londinense. Una tercera persona es una persona que conocí y que solía decir: “Tuve una infancia totalmente feliz. Adoré a mis padres. Me encantaba mi hermano. Teníamos mucho dinero. Me encantaba ir a la escuela. Me casé joven, adoré a mi marido” —cosas así. Pero luego, su esposo murió repentinamente. Y de ser una encantadora niña-mujer, se convirtió en una persona. Así que usé todas estas cosas para formar un solo personaje. Es sorprendente lo que descubres sobre ti misma cuando escribes en la primera persona sobe alguien muy diferente a ti.


-¿Su idea original con los libros de Jane Somers fue poner a prueba al establishment literario?
-Sí. Llevo muchos años cerca de la maquinaria de las letras. Conozco lo bueno y lo malo de ella. No es a los editores que he tenido, sino a los reseñistas y los críticos a los que encuentro extraordinariamente predecibles. Yo sabía todo lo que iba a suceder con ese libro. Justo antes de destaparme me hicieron una entrevista en la televisión canadiense. Me preguntaron, “¿qué piensa usted que va a suceder?” y les respondí, “los críticos ingleses van a decir que el libro no sirve”. Y fue lo que sucedió. Aparecieron todas esas pequeñas reseñas amargas y desagradables. Mientras tanto al libro le fue muy bien en otros países.


-En su prólogo a Shikasta escribió que la gente no sabe lo extraordinaria que es esta época en términos de poder disponer de todo tipo de libros. ¿Cree usted que en efecto vamos a abandonar la cultura del libro? ¿Qué precaria situación preveé?

- Recuerdo que durante la Segunda Guerra Mundial había muy pocos libros, muy poco papel. Para mí entrar en una tienda o ver una lista y encontrar todo lo que quiero, o casi todo, es una especie de milagro. En tiempos difíciles, nadie sabe si vamos a tener ese lujo o no.


-¿Siente algún tipo de responsabilidad en presentar estas profecías además de contar una buena historia?
-Sé que hay personas que dicen cosas como “más bien la considero como una profeta”. Pero no hay nada de lo que haya dicho que no haya estado, por ejemplo, en el New Scientist durante los últimos veinte años. Nada ¿Así que por qué me llaman a mí profeta y no a ellos?


-Porque usted escribe mejor.
-Bueno, yo iba a decir que porque yo lo presento de una manera más interesante. Creo que algunas veces doy con una especie de longitud de onda —aunque sé que muchos escritores hacen lo mismo— en la que me anticipo a los acontecimientos. Pero no creo que sea tanto. Pienso que el trabajo de un escritor es provocar preguntas. Me gusta pensar que si alguien lee un libro mío, obtienen el equivalente literario de un regaderazo. Algo que los haga comenzar a pensar de un modo un poco diferente. Creo que para eso son los escritores. Este es nuestro papel. Pasamos todo nuestro tiempo pensando en cómo funcionan las cosas, por qué suceden las cosas, lo que significa que somos más sensibles.


-También ha escrito usted no ficción
-Sólo he escrito un libro, un libro breve, sobre la situación en Afganistán. Estuve allí y vi los campos de refugiados. El libro se llama The Wind Blows Away Our Words, que es una cita de uno de los combatientes que dijo: “Te gritamos pidiendo ayuda pero el viento se lleva nuestras palabras”.


-¿Alguna vez le preocupó qué clase de autoridad podría tener en esa enorme historia, siendo una forastera que sólo estaba de paso?
-¿A los periodistas les preocupa la autoridad con la que hablan, visitando países por tan poco tiempo? En cuanto a mí, más que la mayoría de los periodistas, iba muy instruida para el viaje, había estudiado este asunto durante varios años, conocido afganos y paquistaníes (como dejé claro en el libro) y había estado con gente que sabía farsi —beneficio que no comparte la mayoría de los periodistas.


-Sus métodos de reportaje en ese libro han sido el blanco de algunos críticos estadounidenses que la acusan de que su viaje a Afganistán fue patrocinado por una organización pro-afgana. ¿Cómo responde a esto?
Esta es el estereotipo de la crítica de izquierda, de gente que no creo que espere que la tome en serio, pues en el libro dejé claro que el viaje no lo organizó una organización política. Fui por algo llamado Afghan Relief, ideado por unos amigos, entre ellos yo misma, que ayudó a muchas personas a visitar Pakistán, pero no con dinero. Yo pagué mis propios gastos, como las otras personas que viajaron conmigo. El asunto sobre Afghan Relief es que tenía lazos cercanos con los afganos, tanto los exiliados como los que combatían internamente, e incluía a afganos que vivían en Londres como consejeros. Afghan Relief hasta ahora no ha gastado un centavo en administración; todo el trabajo para reunir fondos, aquí y en Pakistán, se hizo voluntariamente.


-Partiendo de la frase que usó para el libro de Jane Somers: “Si los jóvenes supieran / Si los viejos pudieran…”. ¿Hay cosas que hubiera hecho de otra manera, tiene algún consejo que dar?
-No me gusta dar consejos. La cosa es que uno no piensa que va a envejecer. La gente no se da cuenta de lo rápido que va a envejecer. El tiempo pasa muy rápido.


Gottlieb. Ha sido editor de Knopf, Simon & Schuster y The New Yorker.
Tomado de: The Paris Review, 1988.

Articulo :
http://eluniversal.com.mx – Confabulario 13/10/2007

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