dimanche 28 octobre 2007

Edgar FERREÑÁN YAPAPASCA/ La sombra - Metáfora nº 04


NARRATIVA
La sombra
Por Edgar Ferreñán Yapapasca

De pronto vio al gato, estaba pequeñito y empapado por el rocío de la noche anterior y maullaba con tristeza, sin ganas, al verla pasar. Me recogerá-pensó-entornando sus ojitos verdes a la desconocida. Entonces lo tomé entre mis manos, como a un hijo, y percibí algo de olvido en su olor felino y rezagos del tiempo en su pelambre anochecido. Jamás había tenido una mascota y aquello fue para mí una alegría inusitada. Al llevarlo a casa hubo alboroto, gritos en contra, súplicas a favor pero al fin lo aceptaron. Lo llamaré « negro»- dije entusiasmada- «negro» y cogí una caja vacía para hacerle una cama.

La mujer se perdió en una curva arrullando al minino y el camino volvió a quedar solitario. A un lado, entre pajas amarillas, arribó un perro oscuro, furioso y aspiró el ambiente como buscando una presa, luego viró a la derecha y, acezante, con la lengua enrojecida y los ojos desorbitados acabó de alejarse.

Menos mal que tuvo compasión de mí, ahora tengo leche tibia y mantequilla engomada en mis patas delanteras; no hay peligro alguno ni ruidos extraños. «Miau» y además puedo maullar todo lo que pueda. Sólo en ocasiones asoma una rata miedosa en las tejas y en los rinconcitos apartados; los humanos no las comen, no les gusta su sabor, más bien les repugna su presencia y el chillido molestoso cuando conversan. Lo único malo, incongruente, es el abuelo canoso, se levanta con los gallos a subir y bajar las escaleras según él para guardar el físico.

Las personas-dijo el gato adormecido por el sueño-no se dan cuenta de su vida sino cuando ya están viejos.

La mujer frisaba los diecinueve años, su existencia era tranquila, cerrada por los límites del monte y el eterno mutismo de los campesinos. A veces le gustaba contar historias maravillosas, y era como si escapara al tiempo, en las noches de luna y colocar postales de regiones exóticas en las paredes cansadas de ser paredes de su habitación reducida. Recordó haber amado y le encantaba
exactamente eso: recordar. Quería verlo en la loma justo como lo vio partir; agitando la mano y bajar despacito como si temiera dejar parte de sí en el campo. Ella había ido a despedirse y lo encontró cabizbajo con las maletas en el umbral, apesumbrado

-Vine a decirte adiós-hablo la mujer.
-Lo sé-contestó apenas-lo presentía.

Él no logró soportar más por que anhelaba llorar allí y lo hizo delante de ella.

-No llores- le dijo conteniéndose- ya habrá ocasión pero no es hoy.

El hombre moreno la abrazó de improviso y estrujó su cabello como si quisiera llevarse su fragancia en el equipaje. Ella lo besó con ternura tomándole de la mano, jugando con los dedos.

Juan-articuló-guarda este beso, escuchaste, tendrás que devolvérmelo… y descendió a toda carrera sintiendo la presión de un dolor gigantesco, de otra atmósfera pesada, se escondió en una peña y lloró al fin, por todo aquello que nunca había llorado, después oteó el espacio abierto y lo descubrió en la cuesta.

Mañana-exclamó resignada- no seré la misma. Al principio el gato dormía en su caja gris cerca de la cama. Lo arropaba con una toalla gruesa y le cantaba una melodía de cuna. Sin embargo al amanecer estaba en mi cabecera, cerca de la almohada, peludo, sombrío y maullando como la primera vez en que lo vi. Empezó a crecer junto conmigo y me encapriché con él; no había un mejor confidente, era tan tierno que no podíamos estar separados ni comer en lugares diferentes. Misteriosamente una alborada desperté alarmada con una mancha morada en el cuello…

Aquel día el gato había salido a explorar los contornos, hacía mucho tiempo que no olfateaba los matorrales próximos y sintió curiosidad. Caminaba sediento bajo un sol horno despiadado; hizo un alto forzoso en el tronco arrugado de un algarrobo y siguió el recorrido.

Más adelante no supo que hacer, sabia, en el fondo, que no se hallaba solo. Giró su cabecita en todas las direcciones hasta que alcanzó a divisarlo. Era enorme, horrible, de unos colmillos afilados: un perro diabólico que estremecía el suelo y «negro» supo de que se trataba. Lo miró un momento, tratando de descifrar un enigma vago en el fulgor sangriento de las pupilas, y empezó a huir. Corrió aplicando las fuerzas posibles y, a intervalos, volvía la mirada para cerciorarse de alargar la distancia.

Se escabulló en un agujero estrecho de lechuza enteramente cansado, tenía erizados los pelos de su cuerpo y oía, en el silencio, el latir acelerado de su corazón. Su ingenio gatuno le hizo aguzar los oídos y quedarse quieto, petrificado, con los ojitos verdes matizados por una pintura invisible que él conocía desde siempre: el miedo. Espero. No se percibía ningún rumor, no obstante el aroma inconfundible de la muerte permanecía en el ambiente, era un olor extraño, sulfurado, una fragancia a soledad, a podridez casi como el olor de las pesadillas. Sin proponérselo pensó en ella que debería estar buscándolo en la sala. Creyó escuchar una voz que lo llamaba, «Negro» sí era ella, estaba salvado; no dilucidó que, a esa hora, la mujer hilaba en el balconcito. Maldición-dijo al ser visto por el perro-me mató la muerte.

Lo vi arrojando una espuma verdosa por su boquita, estaba rígido y frío como si hubiera salido de una nevera, corriendo lo deposité en su caja. Su personalidad cambió bruscamente. Se le notaba en el color de su mirada, en sus gritos adoloridos y en la pasta fétida que emanaba cuando veía el cuadro de Jesucristo. Nadie más lo entendía, se tornó huraño y hasta destrozó una Biblia entera. Desaparecía en las mañanas sin dejar rastro como si nunca hubiera existido, llevándose su espacio y su tiempo. Retornaba en la tarde, al caer el sol, y se hacía una bolita, mirándome sin apartar la vista como si quisiera decirme algo. En una ocasión soñé con el gato y una semana después observé esta manchita lívida, redonda, ordinaria que se dibujaba en mi cuello.

La mujer fue secándose poco a poco, a pedacitos, pareciendo que se difuminaba y que un día ya no quedaría nada de ella sino la sombra, una seña y un recuerdo. En casa no conseguían explicarse el motivo del mal, mas bien la dejaron reposar imaginando que su enfermedad era producto del cansancio. No dio resultado. Alguien sugirió que trajeran a un médico para que la revisara; el doctor vino, es cierto, pero se marchó desconcertado sin que decir, sólo opinó: son los nervios, y escribió una receta breve, más parecida a un compromiso, y se marchó intrigante. El lunes ella no pudo caminar; su madre se alarmó y prorrumpió en llantos y jeremiadas. Lentamente sus palabras se hicieron toscas y enredadas y sus ojos, sus hermosos ojos, adquirieron una tonalidad cenicienta y acabaron por hundirse, como si viviera perdida en el pasado. El gato ingresaba al dormitorio desprotegido y la poseía. La mujer le tenía pánico pero era demasiado tarde. Al mes siguiente ella pidió que llamaran a Juan, que no se moriría sin volverlo a ver. Aguantó con entereza; los galenos renunciaban al caso o se hacían los desentendidos, otros ponían de pretexto la falta de tiempo.

Juan llegó asustado. Ella antes había dicho: hoy vendrá, y le preguntaron cómo sabía y ella había respondido: lo sé porque hoy no siento mi cuerpo. Cuando él entró al cuarto no la reconoció. La mujer despachó al resto de la gente y le dijo:

-Han transcurrido tantos meses… Ho soy la misma.
-¿Qué te ha ocurrido?
-Pájaros, centellas, infierno, arriba cayó el lucero hijo de la mañana; alfa y omega…no importa.

La mujer le pidió la caricia endeudada y él la besó despacio, con terror, presa de un pánico espiritual. «Tienes el beso de la muerte» habló él y recordó esa remota mañana «guarda este beso, escuchaste, tendrás que devolvérmelo».

No lo digas- dijo la mujer- no es necesario. Allí vomitó unas mezclas asquerosamente verduscas y él le tuvo pena. La puerta se cerró con fuerza junto con la ventana. Afuera los perros de los vecinos aullaban sin detenerse.
-Cree en Dios- fue lo último que dijo-y no cargues al gato.

Pasó todo. La enterraron en una colina y la lloraron con sinceridad. Juan permaneció hasta el término de los funerales y cuando lo despidieron creyó haber visto un perro negro merodeando la casa.

Atravesaba el camino pensando en la mujer, sabía que no volvería a esas tierras y repasaba el paisaje asolado, baldío y lleno de arbustos secos, como si deseara guardarlo en la mochila para tenerlo consigo. Entonces vio al gato, estaba triste. Olvidó las augúrales palabras de ella y, cargándolo, se perdió en una curva en el fragor predestinado de las seis de la tarde…