dimanche 21 octobre 2007

Ignacio VALENTE/ KOSZTOLÁNYI, rey de los húngaros



RESCATE. Un novelista que crece con el tiempo
Kosztolányi, rey de los húngaros
Por Ignacio Valente

Dentro de la novela húngara del siglo XX, el crítico postula la superioridad de Dezsö Kosztolányi sobre el popular y más leído Sándor Márai, y también sobre el Premio Nobel Imre Kertész, y analiza la excelencia de sus principales obras.

A Chile acaba de llegar "Kornél Esti. Un héroe de su tiempo", y otros de sus títulos también se encuentran disponibles en librerías.


Nos ha invadido en los últimos años una oleada de novelas húngaras de primera calidad, escritas hace ya varias décadas, pero casi desconocidas para nosotros. Este retraso se debe a factores múltiples: políticos -campaña del silencio orquestada por el comunismo en su día-, razones editoriales, y -por desgracia- también literarias: corta vista de los escritores y críticos occidentales, que han venido a descubrirlos a la hora undécima. Imre Kertész recibió el Premio Nobel en 2002, pero, a pesar de su galardón, me parece menos interesante que sus predecesores. Tal vez no lo premiaron sólo por su obra, sino también por solidaridad póstuma con aquellos connacionales suyos que murieron -Gyula Krúdy en 1933, Kosztolányi en 1936 y Márai en 1989- sin ningún reconocimiento mundial, por no decir en el olvido.
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Márai ha sido, con mucho, el más publicado y leído de los cuatro, hasta el punto de hablarse hoy de "el fenómeno Márai". Su éxito se comprende bien, y lo ha obtenido tanto por sus virtudes como por sus defectos. Sus historias -de amor: frustrado pero amor- y cierta dimensión "fácil" de su escritura le ganan la preferencia del público. Pero a ratos se hace difícil pasar por alto su latitud o falta de síntesis, y una repetitiva obsesión por su clase social, la burguesía húngara de la primera mitad del siglo XX, odiada y amada, casi inmóvil entre la nobleza y el proletariado. También Kosztolányi comparte ese estamento medio, sólo que en su obra aparece, por fortuna, de modo más atmosférico y menos temático y prolijo.
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Es visible el contraste de los temas: e1 autor de Alondra y Anna la dulce desdeña profundamente las historias de amor y la cuestión social, amén de otras grandezas. ¿Sobre qué escribe entonces? Sobre asuntos nimios y domésticos, sobre casi nada, sobre vidas mínimas y peripecias intrascendentes: sobre las relaciones de una dueña de casa con su criada, sobre el viaje de una muchacha gris a la granja de su tío... He aquí su marca registrada como novelista: su doctorado en cotidianidad. Es una proeza destilar, de lo que parece más anodino, una calidez del corazón o bien una mezquindad humana considerables; conseguir tanta concentración de significado en el lenguaje y tanto interés humano a partir de historias triviales.
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¿Por qué es tan interesante que Alondra cocine sin pimentón ni pimienta, o que Anna no pueda dormir la primera noche en casa de los Vizy? Porque los hechos están muy bien escritos, sin duda (no se piense en extensas exploraciones subliminales a lo Proust, sino más bien en toques fugaces a lo Chéjov). Pues lo bien escrito, a su vez, casi no se nota: su lenguaje es también parco y mínimo. La profundidad está en la superficie: esta casi definición de todo arte encuentra una ilustración privilegiada en Kosztolányi.
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Alondra y Anna
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Alondra -título de la novela y nombre de la muchacha- cuenta sobre un matrimonio de ancianos de provincia apocados, venidos a menos, ensimismados, cuya hija -la niña de sus ojos- soltera fea, inocentona, conmovedora por lo desamparada y doméstica, se ausenta por una semana de vacaciones en el campo. Su padre se da por esos días un imprevisible baño de mundanidad, comidas pesadas, alcohol, naipes, pero antes de volver a la rutina del hogar, y en estado de embriaguez, confiesa a su mujer que no ama sino que odia a su hija. El escritor Mihály Dés, sacando de quicio ese momento -bien dramático, por lo demás-, concluye que Alondra es una obra maestra de ironía y amargura. Pero no hay tal. La nota dominante, en los padres y en la hija, es una conmovedora ternura, un gran amor mutuo, una delicada humanidad, que trasmiten un aire encantador a los nimios sucesos de la historia. Ese talento nos hace recordar la metáfora de Blake acerca de la poesía: "ver un mundo en un grano de arena...".
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Algo análogo ocurre con Anna la dulce, sólo que en sentido emocionalmente inverso. Un matrimonio de burgueses de Budapest, los Vizy, sufre el drama indecible y permanente de la criada: todas las que han tenido -muchas, porque duran poco- son perezosas, ladronas, trasnochadoras, insolentes, hasta que llega Anna, la criada perfecta, cumplidora, callada, laboriosa, obediente, que produce en la señora Vizy -un alma en pena, histérica, llena de autocompasión- una especie de trance místico como dueña de casa, un alivio existencial, lo que no obsta para que la trate como una máquina de trabajo, creyendo ser muy generosa con ella. (Es curioso que ni Anna ni Alondra sean los verdaderos protagonistas de estas novelas: lo son más bien, respectivamente, sus empleadores y sus padres.)
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Junto con las peripecias funcionarias del señor Vizy, tratadas con una exquisita ironía, este drama de la señora y la criada es el asunto central de la novela, que lleva a la perfección de lo verosímil la tragedia doméstica. Tragedia, porque esa rutina insignificante conduce a los abismos del crimen: a un acto que parece gratuito y que esconde raíces profundas, pero que el autor -por fortuna- no explica ni psicologiza: posee el don superior de la sugerencia. No hay aquí una denuncia de la burguesía, porque Kosztolányi es demasiado objetivo -a la vez frío y humano- para tal cosa. Pero la nota dominante no es aquí tierna, como en Alondra, sino irónica y cruda.
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El estilo y el hombre
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"Todo lo que Kosztolányi escribía era invariablemente perfecto". Aunque ponderativa, esta sentencia de Márai da razón de la capacidad de nuestro autor para convertir lo cotidiano en odisea y dar a lo doméstico una categoría metafísica. La perfección más perceptible de su estilo es un gran poder de síntesis, a la manera de ciertos anglosajones. Su lenguaje cumple con el clásico "nada sobra, nada falta": escribe lo justo, con esa justeza que es la justicia literaria. Simple, conciso, claro, límpido, austero, necesita un mínimo de pinceladas para crear una atmósfera o un carácter. Casi resultaría demasiado parco si no fuera por la gran riqueza de sus diálogos, hechos de parlamentos breves y certeros.
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Kosztolányi escribe como los clásicos. Alguna vez dijo de sí: "Yo soy poeta latino", y la atribución es acertada: en lo verbal por la austeridad, y también en lo biográfico, donde Séneca sería un punto de referencia posible. La perfección de su prosa se debe en buena parte a su condición de poeta, pero no en el sentido convencional de introducir en el relato metáforas brillantes (que suelen contaminar la narración), sino en el sentido opuesto: por la palabra exacta; por aquello de "era un poeta y amaba la precisión". Extraño híbrido de dandy y estoico sobre un trasfondo cristiano, nuestro autor abarcó un amplio espectro formal, que iba del modernismo y esteticismo post-romántico a lo que sería más tarde el nouveau roman (por su desnuda objetividad narrativa). Otro dato importante detrás de su narrativa es su condición de gran traductor: por ejemplo, de Shakespeare y Wilde, de Goethe y Rilke, de Baudelaire y Maupassant, de Unamuno y Machado, todos ellos presentes en su maestría.
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Hacía el final de su vida, Kosztolányi escribió una novela muy distinta de las anteriores: Kornél Esti. Un héroe de su tiempo. De partida nos sorprende lo de héroe -¿edificante?-, hasta que entendemos la irónica ambigüedad de la expresión. Se trata de un antihéroe por excelencia. Kornél es un disidente nato, un bromista irreverente, un escritor frustrado, que hace pacto con un escritor de éxito: éste, que carece de una vida interesante y sólo sabe escribir, recibirá de aquél la información de una vida aventurera, para narrarla entre los dos. La novela se presenta como el producto de esta cooperación; no tiene línea argumental ni unidad, sino que está hecha de fragmentos discontinuos de la vida de Kornél, algunos de los cuales parecen reflejar episodios biográficos de Kosztolányi. No cabe hablar aquí de estilo conciso y apretado. Hay pasajes memorables, pero el resultado es desigual; está por debajo de la calidad de Anna la dulce y de Alondra, que es excepcional.
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Porque estas dos novelas, que no han ganado ni al parecer ganarán ya la popularidad de las obras de Márai, contienen más belleza, más arte, más sustancia y un más sutil secreto humano. Confío en que no les faltarán lectores, menos abundantes pero capaces de un gozo más intenso y puro.
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«Kornél Esti. Un héroe de su tiempo», Bruguera, 319 páginas, $10.000. Alondra
Byblos, 208 páginas, $4.000.
Anna la dulce - Ediciones B, 274 páginas, $10.000.

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 21/10/2007

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