dimanche 28 octobre 2007

José DONOSO/Sobre «Lagartija sin cola»



Mea culpa donosiano
Por Rafael Gumucio

Los jóvenes, entre los cuales tenía la desgracia cronológica de contarme, celebramos en silencio el ajuste de cuentas que Bolaño hizo respecto de Donoso al volver a Chile después de veinte años. Donoso representaba por entonces lo establecido, lo normal, lo normado. Donoso era la figura misma del escritor que nunca fue, ni nunca será joven.

Uno de los primeros gestos de Bolaño al desembarcar en Chile, después de veinte años de ausencia, fue confesar que Donoso le parecía un autor de una "línea de flotación" bastante baja. Los jóvenes, entre los cuales tenía la desgracia cronológica de contarme, celebramos en silencio ese ajuste de cuentas. Donoso representaba por entonces lo establecido, lo normal, lo normado. El escritor que escribe bien y que recibe por ello la paradójica corona envenenada del prestigio literario internacional. Donoso era el boom, pero no tenía nada del aura aventurero y húmedo de un Vargas Llosa, de un Cortázar o un García Márquez. Donoso prefería hablar de Henry James, y sus discípulos más cercanos creerse ingleses o madrileños desangelados adictos a la estructura y alérgicos a la convicción. Donoso era la figura misma del escritor que nunca fue, ni nunca será joven. Se habla hoy con cierto romanticismo del "hombre enfermo de literatura"; Donoso era la expresión más viva de esa enfermedad literaria, una enfermedad que un escritor de veinte años no quería por nada en el mundo contagiarse.
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Ante el sufriente Donoso, adicto a la privación, a la castración, ante el ulceroso que hablaba de la novela como un síntoma de una enfermedad incurable, Bolaño era el retorno al placer, incluido el placer de sentirse desolado y abandonado en el mundo. Bolaño el lírico, pero también el sardónico, el lúcido, pero también el coqueto; era la vuelta a la energía, a las ganas, a una liviandad que sabía sin falsos pudores parecer muchas veces más profunda de lo que realmente era.

A esta desacralización de Donoso le siguió otra más pedestre y vulgar, pero por eso mismo más definitiva. Un periodista buceó en la correspondencia de Donoso para encontrar ahí lo que cualquier observador más o menos perspicaz ya sabía: la bisexualidad del escritor, el silencio y el disimulo con que la escondió detrás del tupido velo, el tupido velo en que tantas de sus novelas penetran. A Donoso, que sacó del clóset tantos de nuestros secretos, se lo condenó por no salir nunca él del armario. Los reporteros detestan la ambivalencia de los escritores, quizás por que la envidian profundamente. El periodismo tiene la impertinencia, y la gracia de las visitas a las que se les permite comentar el sabor de la cena y el color de las cortinas porque se sabe que se irán pronto. El escritor en cambio quema su propia casa. Faulkner vivió siempre como un gran señor sureño, de ese sur que sus novelas decorticaron hasta dejarlo en los huesos. Flaubert vivía, comía, se vestía exactamente como Bouvart y Pecuchet, sus más ridículos personajes.

No era la casa de unos vecinos, no era la familia de unos amigos, contra las que Donoso se rebelaba, sino que era su casa, y era su familia. No tenía, y eso habla de lo genuino que era su sacrificio, ninguna otra casa adonde arrancar, ninguna otra familia a la que pertenecer. La ruina de su mundo, el Chile patio adentro, que describe con lujos de detalles, no lo salva a él de la orfandad esencial que es su herencia. Donoso no se fue nunca de Santiago, ni se movió en lo profundo de los prejuicios y temores de la calle Holanda.

A Donoso el hombre, pero de alguna manera también a Donoso el escritor se le solían colgar para callado las dos palabras más chilenas de todo el vocabulario castellano. La palabra "fome", es decir aburrido, blandengue, y la palabra "siútico", es decir arribista cursilón que quiere representar algo que está destinado a no ser nunca. La fomedad y la siutiquería, la violencia subyacente detrás de esos calificativos, la profundidad metafísica que esos términos azarosos cubren es el tema principal de la obra de Donoso. Quizás esa descripción vivida y profunda de estos dos adjetivos nos duele tanto, que tendemos a atribuirle al escritor mismo los adjetivos. De alguna forma, Donoso podía ser fome, y podía ser siútico, pero logró hasta el final -con la notable Conjetura acerca de las memorias de mi tribu- escandalizar a los bien pensantes, y romper con los lazos del clan.

Frente a un siglo XXI donde la literatura se ha convertido en un comentario de buen gusto tipo Sebald o Claudio Magris, ante la ironía cómoda de los borgeanos de toda laya, Donoso representa el riesgo y la valentía del siglo XX. El siglo de Proust, de Freud, de Stanislavsky, el siglo de la apuesta, del error, del horror, contra el que no hemos logrado más que sobreponer la burla, la pedantería neoestructural, la ironía, la anécdota periodística. Pienso hoy, después de tanta agua bajo el puente, que lo que odiábamos los jóvenes, lo que despreciaba ciegamente Bolaño en Donoso, no era el gran señor conservador que hablaba de Henry James a la hora del té, sino el revolucionario implacable que fue hasta el fondo de sus pesadillas y las nuestras, y volvió casi ileso a contarnos lo que había en el reverso de todas nuestras certezas.


Articulo:
http://diario.elmercurio.com 28/10/2007

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Página abierta
El suicidio como forma de vida
Por Camilo Marks

En "Lagartija sin cola", un manuscrito encontrado hace un par de años, José Donoso demuestra que sigue tan vivo como hace 34 años, cuando comenzó este notable texto.

Hay escritores (y músicos, diseñadores, artistas) cuyas creaciones póstumas deben continuar encerradas bajo siete llaves, pues su descubrimiento aporta poco a la apreciación del conjunto de su corpus. Pero hay otros que, años después de su muerte, logran deslumbrar, causar admiración e incluso descolocar al lector, quien creía, con o sin motivos, que el canon del novelista se encontraba en un estado similar al de la rigidez estatuaria. Para gloria de nuestras letras, José Donoso pertenece a esta última categoría. El Mocho, publicada después de su fallecimiento, nos devolvió al narrador siniestro, esperpéntico, sombrío que concibió Coronación, El lugar sin límites o El obsceno pájaro de la noche. Y ahora, en Lagartija sin cola, un manuscrito encontrado hace un par de años, el prosista chileno nos demuestra, una vez más, que él sigue más vivo que hace 34 años, cuando comenzó este notable texto que, si no fuera inconcluso, sería, sin duda alguna, una obra maestra.

Lagartija... es muy diferente a lo que Donoso generó a lo largo de una existencia dedicada íntegramente a la literatura. Por una parte, podría ser uno de sus títulos más políticos, más vehementes y más desesperados al constituir una denuncia abierta, clara, desembozada a la mercantilización de la cultura, a la prostitución de un país entero -España- con el justificativo de la "modernidad" o la "modernización" y a los efectos devastadores del turismo en una de las civilizaciones más antiguas del mundo. Sin embargo, el relato posee tanta furia, tanta melancolía y tanto humor que, a la postre y de modo paradójico, resulta, hasta cierto punto, una de las ficciones más optimistas de este radical del escepticismo y la desesperanza.

La pregunta obvia que uno se hace, desde el inicio mismo de Lagartija..., es casi pueril: ¿por qué Donoso decidió abandonar un proyecto imaginativo de tanta envergadura como Casa de campo? La respuesta, desde luego, nunca la sabremos. Con todo, sin arriesgarse demasiado, podrían aventurarse un par de hipótesis: Donoso siempre fue ferozmente riguroso, poco dado a las manifestaciones explícitas, y, como trabajador infatigable de las letras, muy inseguro, muy vulnerable frente al juicio crítico. Tal vez le pareció que Lagartija... presentaba un tono muy declamatorio, tal vez creyó que esta desgarradora e irónica historia sobre el fracaso estético lo exponía demasiado o bien pudo haber pensado que esta formidable pieza en bruto exhibía muchos rasgos autobiográficos y, ya lo sabemos, las revelaciones íntimas o, de frentón, el exhibicionismo impúdico no eran su fuerte. A lo largo de su extensa carrera las pocas crónicas de ese tipo que nos legó están bastante alejadas de sus cimas novelísticas.

El héroe de Lagartija... es el pintor informalista catalán Armando Muñoz-Roa, quien, de un día para otro, tras haber obtenido un éxito clamoroso, expone a los cuatro vientos la escandalosa superchería del movimiento, afirma que él mismo es incapaz de efectuar un retrato o dibujar una manzana y resuelve recluirse en el remoto pueblo de Dors, solicitando el dinero para comprarle una casa ahí a su ex mujer Diana. En la empresa lo acompaña Luisa, su prima, amante y amiga; ella libra una batalla contra el cáncer y está asediada por el terror de que Lidia, su hija, cometa un segundo intento de suicidio. En verdad, Muñoz-Roa es el único personaje que ha elegido la autoinmolación como forma de vivir: hostigado, acorralado y fustigado por todos cuantos fueron sus amigos, opta por enclaustrarse en ese rincón remoto de Cataluña, donde nadie lo molestará ni deberá rendir cuentas ante ningún tribunal. Es imposible dejar de asociar la localidad de Dors con la aldea de Calaceite, donde Donoso vivió aislado por mucho tiempo y pudo, con toda la calma y la paz que allí consiguió, elaborar sus mejores libros.

Los paralelos entre Muñoz-Roa y nuestro autor pueden estirarse, aunque la cuerda se rompe luego. Por cierto, Donoso estuvo muy lejos de escoger la defunción civil y, como es sabido, eligió volver a Chile en plena dictadura, cuando pudo haberse quedado en la España democrática; además, escribió hasta poco antes de morir y fue uno de los artífices de la renovación literaria que viviría nuestro país tras su retorno.

Es injusto juzgar Lagartija... según moldes convencionales y es por completo inadecuado exigir la perfección a un volumen sin corregirse, con anglicismos surtidos -obliterar, exhilarante, platitudes-, inacabado en forma voluntaria. Así y todo, se trata de un fascinante paseo por las obsesiones y desvelos más profundos de José Donoso: la arquitectura, la armonía orquestal y la fragilidad de la cultura del presente. Y a pesar de ser un friso incompleto, es un regalo, un tanto tardío, de este gran prosista nacional.
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"Lagartija sin cola", de José Donoso, será presentado por Ricardo Lagos Escobar, Delfina Guzmán y Julio Ortega, el martes 30 de octubre, a las 19.30 horas, en la sala de las Artes.


LAGARTIJA SIN COLA - José Donoso - Edición de Julio Ortega, Alfaguara, Santiago, 2007, 232 páginas, $10.900. NOVELA

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 28/10/2007

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