dimanche 28 octobre 2007

Juan Manuel GÓMEZ/Entrevista con Ricardo PIGLIA



La autobiografía, la ficción y la reflexión literaria son algunos de los géneros que atraviesan Prisión perpetua , obra temprana de Ricardo Piglia que en breve hará recircular Anagrama en su versión definitiva. Recibimos este libro adelantando dos capítulos cruciales, acompañados de una entrevista con Juan Manuel Gómez en la que el autor de Plata quemada (2000) revela los secretos de su concepción vitalista de la narrativa.

Una lengua para el silencio
Entrevista con Ricardo Piglia
por Juan Manuel GÓMEZ

La editorial Anagrama pondrá en circulación en estos días Prisión perpetua, un libro viejo del escritor argentino Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1940) que a la luz de su obra posterior se renueva, revelando una firme declaración de principios sobre la “esquizofrenia liberadora” de contar historias en las que se confunde la propia voz, la ficción y la reflexión.


Publicado por vez primera en 1988 por Sudamericana de Argentina, y hace siete años por la editorial española Lengua de Trapo, Prisión perpetua llega a las librerías mexicanas por primera vez, con la frescura de un diario personal. Se reconstruye ahí, como es natural en los diarios, a partir de privilegiar los hechos intrascendentes sobre los decisivos, el encuentro de un muchacho de 17 años con un personaje llamado Steve Ratliff, cuya tragedia y luminosa elocuencia constituye el descubrimiento de una realidad alterna, habitable: la literatura.

El narrador termina diciendo: “He contado lo que no conozco de su historia y la he entreverado con la mía, como debe ser”, y con ello alude a la teoría del iceberg de Hemingway, porque los murmullos que giran en torno a una obsesión ignorada, la incorporación a la vida de un desconocido de una experiencia inexistente que tiene una realidad mayor que cualquier cosa vivida, la “cicatriz en la llanura”, solitaria, que resulta ser el único vestigio de “nada”, es la materia del narrador, y se sintetiza en el epígrafe del libro, una frase del expresionista abstracto Mark Rothko: “En mi pintura, yo no expreso lo que soy. Expreso lo que no soy”.

“Los escritores —abunda al respecto Ricardo Piglia— han dicho eso de muchas maneras, en el sentido de que hay siempre una intención de desplazamiento, donde se encuentran otras voces, alejadas de la propia. Se encuentra algo que podríamos en principio llamar una lengua que no tiene qué ver con uno en el momento de escribir. Siempre recordamos la frase de Rimbaud: ‘Yo soy otro', que remite a ese movimiento mediante el cual el sujeto sufre un desplazamiento, aunque siga siendo el mismo, porque está haciendo algo que tiene que ver con toda su vida.

“Cuando busco un tono para escribir una historia, estoy buscando un tono que no es mi tono personal en el sentido más privado, sino uno que esté afuera. Uno se despersonaliza en una especie de esquizofrenia liberadora, diría yo, en el sentido de construir una voz en la que uno se reconoce aunque parezca venir de otro lado. Es lo que todos han llamado inspiración, pero para mí la inspiración es esa pérdida del yo. El sujeto siente que hay alguien que le dicta... y empiezan a aparecer todo ese tipo de metáforas para describir ese fenómeno.

“El caso de Prisión perpetua es el de un libro que tiene la característica de utilizar mucho la forma autobiográfica. Me interesaba mucho establecer esa distinción, y encontré la cita de Rothko, que parecía escrita para que yo la pusiera”.

En su juventud, Ricardo Piglia fue fotografiado por Gretel Stern. “Nunca había sentido que alguien captara en una fotografía lo que imaginaba que era yo”. En ese momento Piglia no pudo pagar lo que la foto valía. Cuando la volvió a ver, años después, Piglia le recordó la historia a la gran fotógrafa alemana exiliada en Buenos Aires, pero ella ya no tenía la fotografía. Lo que Piglia vio en esa imagen que hoy no existe se ha reforzado con años de “no verla”, y “se relaciona con lo que uno es y no es, o imagina ser, y que desde luego no está ahí e implica la cuestión de la identidad”.

El origen de la subjetividad es el sujeto desarticulado. ¿Quién es, por ejemplo, Emilio Renzi, presencia constante de los libros de Piglia? ¿El narrador del thriller documental Respiración artificial (1980)? ¿El personaje lateral de la novela de ciencia ficción La ciudad ausente (1992)? ¿El centro del esperado diario que contará la historia de amor de la aún inédita Blanco nocturno? O, simplemente, el segundo nombre y el segundo apellido de Ricardo Emilio Piglia Renzi, trastocado por todos los hombres que “no es” el autor de esos textos de “vocación reflexiva” que integran El último lector (2005).


La luz de Flaubert

Una entrada del diario personal que lleva el narrador de Prisión perpetua: “La novela moderna es una novela carcelaria. Narra el fin de la experiencia. Y cuando no hay experiencias el relato avanza hacia la perfección paranoica. El vacío se cubre con el tejido persecutorio de las conexiones perfectas, la estructura cenada, le mot juste. Flaubert define ese camino, decía Steve. Un hombre encerrado días enteros en su celda de trabajo, aislado de la vida, que construye a altísima presión la forma pura de la novela. La luz laboriosa de su cuarto que permanecía encendida toda la noche servía de faro a los barcos que cruzaban el río. Esos marineros por supuesto, dijo Steve, eran mejores narradores que Flaubert. Construían el fluir manso del relato en el río de la experiencia”.

Enseguida, la explicación de Piglia a esa crítica que su personaje hace de la novela esmerada en la forma con la que Flaubert inaugura la narrativa moderna: “Steve está hablando como un escritor norteamericano que confía mucho en la experiencia vivida y que sería como el anti Flaubert. Steve sería una especie de Kerouac o de Bukowski, que piensa que hay que vivir y no leer, y que los que se ponen a leer mucho y son intelectuales hacen novelas que están muy encerradas. Ese párrafo describe al propio personaje, a Steve, que para mí condensa la literatura norteamericana, para decírtelo rápido. Alrededor de él yo construyo mi relación, que es muy apasionada, con la literatura norteamericana, y que está llena de escritores fracasados. Como decía Scott Fitzgerald: ‘Los escritores norteamericanos no tenemos segundo acto'”.

Otra cita del diario que, intercalado en la historia de Steve Ratliff, da forma a Prisión perpetua: “La situación actual de la literatura se sintetizaba, según Steve, en una opinión de Roman Jakobson. Cuando consultaron para darle un puesto de profesor en Harvard a Vladimir Nabokov, dijo: ‘Señores, respeto el talento literario del señor Nabokov, ¿pero a quién se le ocurre invitar a un elefante a dictar clases de zoología?'”.
¿Suscribe Piglia, el escritor, que los escritores no tienen por qué hablar de literatura?

“No. Justamente ahí pongo el ejemplo de Nabokov porque sus lecciones de literatura están más presentes hoy que la crítica de Jakobson, quien era central en la época del estructuralismo, un gran crítico, que todos admiramos. Me parece que las lecciones de literatura de Nabokov van a persistir y esto prueba que un escritor puede hablar muy bien de literatura.

“Yo respeto mucho a los escritores como Onetti o Rulfo, que deciden no escribir de sus lecturas. La distinción que hay que hacer es que un escritor no debe hablar de su propia literatura. Eso sí. Pero puede hablar, a través de su práctica, de la literatura que hacen los demás. El escritor, sin embargo, no puede decir nada de lo que él hace, porque ahí uno se siente diciendo de más o no pudiendo alcanzar a decir lo que ya está escrito. Las cosas que uno dice sobre sus propios textos son muy contingentes y poco fiables. Quiero decir, lo que cualquier escritor dice de su obra a menudo vale menos de lo que dice cualquier lector que lee ahí una cosa que puede contradecir la intención del escritor pero ser más verdadera”.

Ese abismo que separa las concepciones literarias de personaje y autor, se angosta en un punto. En una premisa sí están de acuerdo Steve Ratliff y Ricardo Piglia: “Habría que imaginar, dijo Steve, a Madame Bovary como Raskolnikov para que las cosas mejoraran”.

“Me hubiera gustado —abunda Piglia— que ella hubiera matado a alguien en lugar de matarse a sí misma. La idea de que las mujeres infieles se suicidan es una fantasía masculina, porque lo mismo hace Tolstoi con Ana Karenina... Se las castiga, digamos, como si hubieran cometido un delito. Me gusta más la idea de Madame Bovary como una criminal, que de pronto, cuando está muy acorralada por sus deudas, busca a un viejo prestamista, lo seduce y luego lo mata. Se me haría una heroína más interesante. Desde luego admiramos y queremos a la pobre Madame Bovary...

Pero, en el fondo, la distancia entre las ideas de “lo literario” de uno y otro, los vuelve a situar en extremos opuestos. Porque el ideal de Piglia radica en pulsiones desencadenadas por la imaginación lectora, por la lectura como disparador vital:

“Por otro lado —continúa Piglia—, Raskolnikov hace lo que hace porque ha leído las memorias de Napoleón, porque también él es un lector. Lo que nos interesa en Madame Bovary es la fantasía de un lector, que lee una novela y quiere vivirla. Es la lectora perfecta, porque ella leía esas novelas y ahí encontraba un modelo para vivir. Los novelistas esperamos que los lectores sufran una transformación en su vida después de leer nuestros libros, parecida a la que sufrió Madame Bovary. Aunque a Madame Bovary desde luego no le hubiera gustado Madame Bovary.

“Ése es un gran problema de la literatura contemporánea. Por ejemplo Puig ha tratado de escribir novelas que le gustaran a Madame Bovary. Experimentales pero que le gustaran a esa señora triste de provincia que está por ahí. Porque ella se hubiera aburrido con Madame Bovary...

“El otro ejemplo es el de Raskolnikov, que no es visto de esa manera, pero él hace lo que hace porque ha leído las Memorias de Santa Helena de Napoleón, y gracias a eso puede imaginar que es posible vivir una vida tan heroica como la de Napoleón, y eso le conduce a esa hipótesis de la cual Nietzsche desprendió toda la teoría del superhombre, de que hay hombres que no responden a la moral habitual, y que tienen derecho a matar. De modo que también Raskolnikov es un lector...

“A mí me gustan mucho las novelas, como Los hermanos Karamazov o Rojo y negro (en la que también Julien Sorel es un lector), donde de pronto el aprendizaje de la vida está ligado también a la experiencia de la lectura”.

Para Steve, “Moby Dick es una novela sobre la cocaína. Una metáfora fantástica de los efectos de la adicción”. Para Ricardo Piglia, en cambio, la adicción radica en el acto de leer y, al mismo tiempo, de narrar, lo que ocurre en la mente fantástica de los lectores.

“Si en algún momento dado —afirma Piglia— me viera obligado a definir la novela, cosa que es imposible, diría que uno de los rasgos que me interesan es que el héroe busca el sentido, es decir, trata de que la vida no sea solamente una serie de acontecimientos triviales en los que el sentido parece no existir y donde todo resulta repetitivo y poco interesante. Persigue la ilusión de unos valores y un sentido que siente que no están en la realidad inmediata. El Quijote sería el primer ejemplo, que cree que ese sentido está en el mundo de la caballería. Pero también Ahab es eso, porque Ahab está construyendo el sentido a partir de la ballena blanca, porque el sentido no es el sentido general, es el sentido de la vida de ese personaje... no estamos hablando de filósofos, sino de hombres.

“Es importante tomar en cuenta la relación entre experiencia y sentido, que me parece uno de los temas centrales de la novela. Para Madame Bovary el sentido está en lo que lee, en vivir una vida apasionada como los personajes de la novela. Para Ahab el sentido es perseguir a la ballena blanca, y todo héroe novelístico persigue su ballena blanca. Me parece que eso nos conecta con las novelas, porque todos tenemos la sensación de que el sentido se nos escapa. Pero no estoy hablando del sentido en relación a la gran tradición filosófica. Me refiero a las vidas privadas de los sujetos que siempre nos estamos preguntando si lo que hacemos sirve, si la vida cotidiana no tendría que tener otra dimensión. En fin, me parece que las novelas se remiten a eso y por eso las leemos.
“Vivir no es solamente la repetición automática de actos sino la construcción de algo que le dé una significación a esos actos. Por eso es tan trágica la situación contemporánea de que el sentido parezca ser solamente externo al individuo, mera información, y no narración”.


Gómez. Autor de El libro de las ballenas (Práctica mortal, 2004) y 3 cuadernos de navegación (Molinos de viento, 1996).


* * *
Prisión perpetua
por RICARDO PIGLIA
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Steve apareció en la ciudad una tarde, en los comienzos del verano del 56. Empezó a frecuentar el Club Náutico, a contar una historia confusa sobre su vida. Morán, que se hizo amigo de Ratliff antes que todos nosotros, decía que la primera semana Steve anduvo dando vueltas y buscando un chalet en La Loma del que sabía la ubicación precisa. Desde allí se podía ver con sólo asomarse a la ventana un gran caserón que había sido del presidente Alvear, del otro lado de la bahía que se forma a la altura de los espigones largos, cerca de la base naval, un poco antes de llegar al puerto. Sin salir de su casa podía ver los jardines iluminados de la casa de sus vecinos, las fiestas que duraban toda la noche. Morán, que envejeció atendiendo el estudio de abogado que había sido de su padre y que su padre había heredado de su abuelo, que fue un protegido de los ingleses en la época en que se instalaron los ferrocarriles en el sur de la provincia. Morán, esa tarde, varias veces trató de explicarme el tipo particular de ambición que arruina la vida de tipos como Ratliff usando el ejemplo del chalet que había alquilado pagando una fortuna con la única intención, según parece, de estar cerca de una mujer que vivía en esa casa que había sido de Alvear. Se jugó todo a la carta equivocada, dijo Morán. Ni siquiera a la carta equivocada. Se jugó la vida a una carta que nadie había visto nunca en la baraja. Resultado, ya no se pudo ir a la ciudad. Entonces buscó cualquier trabajo que le permitiera sobrevivir mientras esperaba lo que tenía que esperar. El amigo de un amigo lo ubicó en una compañía inglesa de pesca y exportaciones. Todo lo que sé sobre el arte de la pesca lo aprendí leyendo a Melville, había dicho Steve, no creo que las cosas hayan cambiado mucho desde entonces.

Hablaba de esa manera, como un hombre que ha elegido sus desventuras. Cuando nos conocimos yo tenía diecisiete años y Steve casi cuarenta pero siempre tuve la sensación de que le parecía natural que yo lo ayudara en todo lo que necesitaba. Al mismo tiempo tenía la convicción de ser, en el fondo, tan poco importante para él como cualquiera de los tipos que se le acercaban y lo rodeaban y buscaban su amistad. Uno de los rasgos más característicos de Ratliff era la mágica ilusión de intimidad que sabía crear en los que estaban con él. Uno parecía contar con su atención más íntima y sin embargo, en realidad, le daba lo mismo cualquiera. Tenía un modo extraño de usar a la gente, le hacía sentir que era imprescindible para ellos hacer lo que Steve necesitaba. Parecía natural caer en su órbita, ayudarlo, darle plata, ser su cómplice. A cambio de eso no podía esperarse nada. Nadie podía esperar nada, salvo la sensación de intimidad que él sabía crear. La sensación inolvidable de que uno despertaba su interés. Practicaba la amistad como explotación pero nadie podía ofenderse. He visto a Morán pasar semanas sin aparecer por el bar, narrar a solas, con rencor, las traiciones de Steve y encontrarlos juntos, la noche siguiente, en el Ambos Mundos, conversando y tomando ginebra como si no hubiera pasado nada. Bastaba que Steve se acercara, con las manos en los bolsillos de su impermeable, con su aire de alegría y de secreta complicidad, y en el acto el ofendido había olvidado las razones del rencor. Nunca estaba solo, siempre había una mujer con él. Y cuando no había una mujer se aferraba al que estuviera cerca para no quedarse solo si cerraba el bar y empezaba a amanecer. Las mujeres establecían con Steve una complicidad instantánea. Trataba a las recién llegadas como si fueran amigas de toda la vida. Tenía la virtud, dijo una vez Morán, de hacer sentir a todos más inteligentes de lo que eran. Y esa sensación, aunque dure un instante, no se paga con nada. Las mujeres lo querían por eso; las trataba como si fueran mejores y las usaba para su beneficio privado. Nunca voy a olvidar la sorpresa que me llevé cuando supe que Susana, una compañera de colegio a la que yo cortejaba, se acostaba desde hacía meses con Steve. Daba la sensación de ser un hombre que sufría una desgracia tan honda, de la que nunca hablaba, que era imposible no tratar de ayudarlo.

Se empeñó en que yo aprendiera inglés porque necesitaba al menos un lector en el que probar su novela mientras escribía. A veces pienso que me hizo leer los libros que hacían falta y me preparó para que yo pudiera comprender con claridad qué era lo que estaba buscando, sin perder, de todos modos, esa ingenuidad que Steve consideraba imprescindible en un lector de ficciones.

Me hablaba de la novela y me leía lo que iba escribiendo y me mostraba las versiones y las variantes y discutía conmigo las alternativas de la trama y yo era una especie de lector privado que estaba ahí, en la mesa del Ambos Mundos sobre la ventana de la calle Rivadavia, esperando la continuación de la historia.

Está claro que me había elegido para eso. Me usó a mí como podía haber usado a cualquier otro. Quizá me eligió porque yo era el más joven y el más arrogante y el más desesperado. También yo era un recién llegado a la ciudad, también yo, como él, vivía en dos mundos. Las noches luminosas en el bar, las conversaciones infinitas hasta el amanecer, y la realidad amenazada de mi casa donde todo se venía abajo, los esfuerzos desesperados de mi padre por hacer andar las cosas.

Tengo aún viva la impresión de pureza que me producía el relato de Steve. Recuerdo la escena, en el atardecer, en una estación de ómnibus, en un pueblo perdido de Nuevo México, como si yo mismo la hubiera vivido. La novela de Steve ha terminado por formar parte de mi propio pasado. Cuando escribo tengo siempre la impresión de estar contando su historia, como si todos los relatos fueran versiones de ese relato interminable.


* * *
Había un secreto en la vida de Steve Ratliff pero tardé mucho en descubrirlo y cuando lo descubrí ya era tarde. Steve cultivaba el misterio porque sabía que una buena intriga necesita de un mecanismo oculto. No se trata en realidad de un enigma, decía, sino de una historia que no ha llegado el momento de contar.

Me enteré del asunto por casualidad en junio del 60. Me lo contó Morán una vez que viajamos juntos a Buenos Aires y se descompuso el auto y tuvimos que esperar como seis horas en un pueblo de la ruta hasta que nos arreglaron el radiador. Sentados en el bar del hotel que estaba frente a la plaza principal, Morán empezó a hablar de Steve y de golpe me contó toda la historia.

Nunca me pude sacar de encima la sensación de que todo era inmoral en una conversación y de que el solo hecho de escuchar su historia me convertía en cómplice.
En ese tiempo yo estudiaba en La Plata y publicaba mis primeros relatos y repetía, como si fueran mías, todas las opiniones de Steve Ratliff. También yo era un traidor y estaba a la altura de las confidencias de Morán.

Siempre me voy a acordar de ese viaje, el tedio de la espera en ese pueblo ridículo, los dos sentados a la mesa del bar, en el hotel donde paraban los inspectores de escuelas y los rematadores de vacas, levantando la cortina de tela cruda para ver los caminos de granza colorada de la plaza y el monumento a algún asesino vestido de uniforme.

Habíamos salido a las siete de la mañana con la esperanza de llegar antes de mediodía pero el auto empezó a recalentar y tuvimos que salir de la ruta y meternos por un camino lateral para entrar en Hoyos, un pueblo que está a menos de cien kilómetros de Mar del Plata.

Localizamos un taller mecánico que atendía un tipo al que le decían El Uruguayo y que tardó un rato en salir y antes de revisar el auto hizo un comentario sobre la situación política. Parece que renuncia Vitolo, dijo, como si hubiéramos ido a verlo para buscar esa información. Después le pidió a Morán que pusiera el motor en marcha y se inclinó a escuchar el ruido y sin tocar el auto ni revisarlo dijo que necesitaba por lo menos cuatro horas de trabajo para dejarlo listo.

Salimos a caminar por el pueblo que era igual a todos los pueblos de la provincia, con caminos que se pierden entre los yuyos y casitas bajas con portón de fierro. Casi al final de la calle principal, en pleno campo, encontramos el Museo. Una construcción circular con dos miradores al frente y techo abovedado. Ahí había vivido Alfred von Riheler, el ingeniero alemán que dirigió el proyecto de la zanja de Alsina. En realidad Von Riheler había convencido a Alsina, que en ese entonces era gobernador de la provincia, de que ése era el mejor modo de terminar con el problema de los indios. Se trataba de cavar una zanja circular de mil 200 kilómetros que sirviera para contener a los malones. El ingeniero era un aventurero que había estado en Venezuela metido en el negocio de los ferrocarriles y llegó a Buenos Aires con una recomendación de Miguel Cané, al que había conocido en Caracas. La excavación tenía tres metros de hondo por tres de ancho, salía del lugar donde estábamos y cruzaba media provincia. Nos fuimos enterando de los detalles mientras recorríamos la casa. El guía era un paisano bajito y rubio, que hablaba con mucha precisión, en un tono metálico con un acento que parecía paraguayo. En las vitrinas se veían planos y diagramas de la obra y del complejo sistema hidráulico de desagüe. Varias cartas y notas explicando detalles del proyecto, escritas en un español casi sin verbos, se podían leer bajo el vidrio de aumento de los paneles. La idea era cavar una especie de Muralla China subterránea para aislar a las estancias de los caciques alzados. Una serie de puentes levadizos controlados por pequeños destacamentos del ejército de línea permitía mantener la comunicación. Se llegaron a cavar más de quinientos kilómetros cuando las cosas empezaron a andar mal. Los sistemas de drenaje no funcionaban y los pozos se llenaban de agua; la gran inundación de julio de 1873 destruyó parte de los terraplenes; los indios adiestraron a sus caballos y volaban sobre el hoyo como fantasmas. Von Riheler viajaba a Buenos Aires y defendía su proyecto y exigía que lo dejaran terminar antes de evaluar los resultados. Pero Alsina murió en medio de las disputas y Roca sepultó el asunto y usó los recién importados Remington de repetición para resolver cristianamente el conflicto con los indios.

Todavía se ve en la llanura la cicatriz de la zanja. Desde el mirador de la casa parecía el espinazo de un animal prehistórico. Se extendía kilómetros y kilómetros hasta donde llegaba la vista. Ojalá se hubiera terminado la obra, dijo el guía, así no se habría tenido que matar a tanta gente. Los indios eran bravos. Una vez se metieron en la iglesia del pueblo, de a caballo, porque ahí adentro habían escondido la plata los estancieros. Eran infieles, no sabían que estaban haciendo una herejía, pero también es una herejía usar la casa santa como si fuera el Banco de la Nación. Nos mostró un cabestro trenzado con piel humana que había pertenecido al general Rauch. Nos mostró una foto del ingeniero Von Riheler vestido de paisano, con bombachas y alpargatas y pañuelo al cuello, al pie de la excavación. Lo rodean varios hombres con cara de polacos o de centroeuropeos, en patas, con el pecho desnudo, sucios de barro, apoyados en el mango de la pala de punta. Grandes montones de tierra se levantan en los bordes; al fondo se ven las carpas donde vivían los zanjeadores; el campamento avanzaba lentamente por la provincia a medida que se extendía la excavación. En un charré, a un costado de la fotografía, hay una mujer bellísima, con una sombrilla en la mano. Según el guía ésa era Ingrid, la esposa del ingeniero, que se volvió a Alemania a las dos semanas de conocer las bellezas del campo argentino.

Nos llevamos un folleto con el diagrama de la obra y la transcripción de la carta donde el ingeniero le explicaba por primera vez su proyecto a Adolfo Alsina.

Dimos algunas vueltas y volvimos al taller del Uruguayo pero todavía faltaban más de dos horas para que el auto quedara listo, de modo que nos metimos en el bar del hotel frente a la plaza principal y empezamos a tomar ginebra. Y al rato, sin que nada lo hiciera esperar, Morán me contó lo que sabía de Steve. No me dijo cómo se había enterado, sencillamente me empezó a contar los hechos y su interpretación. La historia era tan extraña que le creí de inmediato. Morán alzaba la voz y contaba varias veces los mismos episodios y todo estaba cruzado de sospechas y sarcasmos.

Me acuerdo que al día siguiente, en La Plata, fui a la Biblioteca de la Universidad en la plaza Rocha, y conseguí los diarios de marzo del 57 donde estaba la noticia. La mujer se llamaba Pauline O'Connor y estaba casada con Tom Bruchnam, un ingeniero que manejaba una fábrica de aparatos de óptica en Camet en las afueras de Mar del Plata. La mujer había matado al marido y se había entregado a la policía. Tenía que cumplir una condena de diez años de cárcel. El nombre de Ratliff aparecía una sola vez. Se insinuaba que Pauline era su amante pero en ningún momento se le vinculaba directamente con el crimen.

Habían vivido juntos, un verano, en 1956, metidos en la bohemia del Village, pero la mujer lo abandonó para casarse con Bruchnam, que la trajo a la Argentina. Por ella, dijo Morán, Steve había venido a Mar del Plata y se alquiló un chalet en La Loma y por ella seguía aquí. Está esperando que salga, la visita los domingos en la cárcel de Dolores, como si le estuviera pagando una deuda con su vida.


Fragmentos de Prisión perpetua (Anagrama, 2007), reproducidos con autorización de los editores.

Articulo:
http://www.eluniversal.com.mx – Confabulario 25/10/2007

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