dimanche 28 octobre 2007

Julio PINO MIYAR/ El ideal de la Filosofía



Julio Pino
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El ideal de la Filosofía
por Julio Pino Miyar

El maestro Ludwing Feuerbach, uno de los filósofos más importantes de la época inmediatamente posterior a Federico Hegel, retirado por décadas en la pequeña y hermosa ciudad alemana de Bruckberg, escribió de sí mismo que era un contemplativo anacoreta, pero no por ello desprovisto de un fuerte sentido práctico.
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Es necesario añadir, que el espíritu práctico y el espíritu contemplativo poseen toda una serie de puntos válidos de contacto. La experiencia puede, sin dudas, revestirse con el ropaje de la reflexión, del mismo modo que la reflexión puede ejercer mejor su soberanía cuando habita en el interior de la práctica. Aunque es cierto que a veces todo se diluye en la práctica, del mismo modo que, en ocasiones, no somos capaces de sobrepasar el horizonte puro de la reflexión. Por eso es bueno no olvidar (arriesgando con esto una definición que no es mía) que el hombre es ese ser lógico, empíricamente perceptible, que posee el concepto de su propia existencia.
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Las deducciones lógicas de los individuos genuinamente contemplativos inciden a menudo en la realidad, trayendo con esto depuradas consecuencias prácticas. Los eventos prácticos se convierten, de esta manera, en situaciones de partida para la reflexión que debe sucederlos. Pensamiento conceptual que aparece, como razón inevitable, como consumación intelectual, distante y sosegada, de una serie de acontecimientos prolongados en el tiempo.
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En sus famosas “Tesis sobre Feuerbach”, Carlos Marx planteó elevar la razón práctica al rango de primacía que hasta ese momento había ocupado la teoría. Pero aunque es cierto que muchos de los problemas expuestos históricamente por la filosofía, no pueden ser resueltos desde el campo propio de la filosofía, sino de la práctica, es también necesario reconocer que no ha sido inútil que el pensamiento especulativo los planteara y se preocupara por buscarles una solución teórica. Aunque con esto se remarcara paradójicamente la insuficiencia de la teoría, abriendo paso a la razón política, que vendría a realizar, en el mundo terrenal, las más genuinas preocupaciones del antiguo mundo de las ideas: su contenido humanista, moral y las grandes inquietudes gnoseológicas del pensamiento clásico.
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La realidad práctica, que contiene las acciones de los hombres, implica además el tema fundamental de la libertad, como cuestión de valor electivo, en la que al hombre le es dado poder asumir una opción en particular, entre un número determinado de opciones. El hombre logra, por tanto, su libertad cuando tiene la capacidad moral de decidir correctamente y para eso necesita ser él mismo. Es decir, recuperar, desde su perceptible concreción, su universalidad moral y su razón política. Pero para eso necesita habitar una Ciudad política, que garantice sus decisiones y en la que florezcan las instituciones públicas y privadas. Si hacemos un seguimiento de las ideas de Federico Hegel, es en la Revolución francesa (1789) donde pudiéramos ubicar los prolegómenos modernos al viejo sueño filosófico de la libertad política y económica, fundada a partir de un ideal moral.
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El Estado, la propiedad, la participación política son, en cuanto tales, estructuras y eventos de una misma totalidad social que, sometida al cambio y la transformación, se vuelve histórica y, por lo cual, es siempre contradictoria. Es como un gran movimiento, para usar un símil, en el que el hombre habita en la cima encrespada de la ola, sólo segundos antes de disolverse en el océano en el que completa su significado vital. Esto es una verdad hegeliana. Pero también es verdad que en ese pequeño microcosmos, que es el individuo humano, habita la verdad del todo, del mismo modo que un pedazo de naranja sabe como toda la naranja. Pues se aprehende en él el rigor de la totalidad empeñada.
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Es desde consideraciones como estas que se deberían repensar filosóficamente las relaciones de los individuos con el Estado, como inmanente a la actividad económica del hombre, al sufragio universal y a las verdades consensuadas.
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No se trata, por tanto, de decretar la muerte de la especulación filosófica, sepultada por el devenir concreto de la actividad política, sino de dotar a la experiencia humana de una racionalidad de índole filosófica, la cual, utilizando los viejos conceptos, se vincule, con nuevas herramientas, al proceso de cambio real que la propia filosofía exige desde milenios del mundo. No es por eso al triste funeral de la filosofía a lo que debemos asistir, es, por el contrario, a una optimista reorientación psicológica del espíritu humano, que resaltando el valor de la idea frente al mundo puramente empírico concreto, hiciera de la experiencia política la nueva tierra de promisión del pensamiento especulativo y se planteara pensar también lo objetivo, adecuando su lógica a la tarea de intelección, participación y transformación del mundo.
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A partir de Federico Hegel (la culminación en él de la Filosofía Clásica Alemana) y sus inmediatos sucesores intelectuales Feuerbach y Marx, se entendió, en parte, la experiencia social y política de los siglos XIX y XX, como una compleja realidad histórica, en la que había encarnado polémicamente el pensamiento ideológico previamente concebido.
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Hoy quizás se le impone como misión a los espíritus especulativos volver a pensar a Hegel después de Marx. O sea, me explico: pensar de nuevo la Filosofía hegeliana después de dos siglos de práctica política, deducida de las consecuencias de ese pensamiento y su heterodoxa y bifurcada continuidad marxista; después del largo proceso social emancipador que dibujó el advenimiento del movimiento obrero (que hasta ese momento sólo había sido la plebe de París) con su líder Bafeus en tiempos de la primera Revolución francesa (1789); de la revolución de julio de 1830 que llevó a una monarquía liberal al poder y entronizó en Francia el mundo de las finanzas; de la revolución de 1848 donde una comisión obrera en el palacio de Luxemburgo elaboró la primera legislación laboral; de la Comuna de París de 1871 que convocó un parlamento obrero; de la Revolución rusa de 1917 y sus avanzadas legislaciones en materia laboral y social...
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Hoy, a la luz de los trascendentales eventos ocurridos en la historia de dos siglos, el pensamiento reflexivo debería intentar nuevo dictamen. Digo, si eso es todavía posible; si la filosofía, y el pensamiento especulativo que la nutre, no han sido finalmente domeñados por los impositivos y triunfalistas dictámenes teóricos de una ciencia manifiestamente empírica, que todo lo mide desde el rasero de su razón práctica, fundamentada en la estricta observación objetiva y en el principio científico de certeza, en la acumulación de datos provenientes de la propia observación; mediante aquellas investigaciones teóricas que han traído, como inobjetable resultado, el desarrollo de las tecnologías y la expansión industrial, de consumo y de mercado que configuran un singular mundo burgués normado por la técnica y el trabajo especializados.
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El pensamiento contemporáneo nos presenta así un mundo cargado de positividad, donde la estructura material (socio económica) ejerce su tiranía sobre los individuos e instituciones civiles y políticas. El viejo sueño del capitalismo liberal de un mundo erigido desde la propiedad privada, la libre concurrencia económica y la democracia representativa, ha tenido que ceder paso a una realidad colmada por la materia mercantil indiferenciada y por el endeudamiento financiero que corroe los cimientos de la propiedad. La propiedad se ha volatilizado del mismo modo que el capital se ha centralizado, mientras que las instituciones políticas agonizan ante el impacto de los grandes intereses creados. Nos enfrentamos, de este modo, a un totalitarismo financiero y a un Estado que es su representación fáctica. El Estado no es ya lo que pedía Hegel que fuera: esa realidad jurídica y administrativa que representara las aspiraciones más generales de la sociedad, dotado de un carácter histórico y misional.
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Es que la conciencia crítica se convierte de hecho en una entidad ajena a las formas más usuales de pensamiento, porque la dialéctica de los acontecimientos, fundados en el carácter negativo y trasformador que ejerce la conciencia del hombre sobre las cosas, ha tenido que dejar paso a una mecánica económica que impone su enorme actividad sobre la más completa pasividad social.
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Cuando esto ocurre la filosofía queda desplazada, a la ideología sucede el funcionalismo pragmático, y los universales del pensamiento especulativo dejan de ser inteligibles.
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Como criterio opuesto a este estado de cosas se puede opinar, que aún el pensamiento que pretende un máximo de realismo objetivo no puede evitar las generalizaciones, a la hora de manifestarse y exponer sus argumentos. El conocimiento humano no sólo tiene su origen en lo empírico sensible, a no ser que reconozcamos la sensibilidad de la intuición, de la percepción mental fundada en la aprehensión de la idea, como idea del mundo pero que lo configura, le da forma y lo hace inteligible.
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Para Hegel la objetividad era materia inerte. Sólo mediante el trabajo creador se puede despejar el camino que conduce a rehabilitar el mundo natural, como parte esencial de la experiencia y el hábitat del espíritu cognoscente. Pues si es realmente cierto que es sólo de los objetos que el hombre extrae sus ideas, es también cierto que es desde la abstracción que el hombre se relaciona con el mundo de las cosas materiales. Luego existe un primado de las ideas a la hora de relacionarnos con el mundo. El valor que le otorgamos a la experiencia práctica solamente es comprensible, si se acepta su inmediata correlación con el mundo de las ideas. No puede ser de otra forma.
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A partir de esto es que se puede plantear una vindicación de la filosofía, como filosofía del mundo y para el mundo. Como premisa que, al interactuar con la materialidad de los eventos, haga descender a la razón teórica de su antiguo cielo especulativo para que devenga en razón práctica. En razón filosófico - práctica y replantee con ello el valor virtual de la ideología.
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El gran universal de la filosofía es el hombre mismo, que es la realización concreta de sus propias postulaciones y de las categorías históricas que, en desarrollo, han aparecido como soporte de su concepción: La libertad; La adecuación moral de la vida; El ideal de igualdad y justicia, etcétera.
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La propia historia aparece entonces como una máxima generalización (un universal) del comportamiento social del hombre, entendido desde la mutación y el cambio en constante devenir. A este universal, que es la historia, se llega, como a todos, no por el camino de la percepción práctico sensible, sino mediante la intuición mental y la reflexión teórica. Y como todos los universales del conocimiento, es un campo primado para la especulación y el contemplativo discernimiento intelectual.
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La historia, su inteligibilidad como fundamento del pensamiento filosófico, tiende a revelar problemas básicos de la condición humana y es la principal forma en que se manifiesta la actividad social, pautada por el desarrollo de las formaciones económicas, las instituciones y concepciones que emergen de su suelo. Hegel concebía la historia como un lento proceso de humanización (hominización) fundado en el trabajo conjunto, el diálogo y las instituciones comunes de cada hombre con el resto de los hombres.
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Es en la historia que todo adquiere su máxima realización. Y es además en la historia que todo cobra un carácter transitivo, relativo, donde todo puede ser ampliado, modificado. Se trata, por tanto, de comprender en la historia el valor positivo de la negatividad, como agente de cambio, de transformación, de liberación del potencial humano, que, al negar, laboriosa y dialécticamente, al mundo, lo afirma a un nivel más alto. De la misma manera que el mundo, en su material negatividad, enajena la actividad humana, derriba sus instituciones, pone en crisis su pensamiento, limita su libertad o la hace imposible, para obligar al hombre a buscar una solución en el terreno de las ideas, la especulación teórica, en la paciente espera subjetiva que el ciclo de la negatividad culmine en una afirmación que lo vuelva a implicar en la trasformación, no sólo política y económica del mundo, sino también moral.
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Parafraseando las palabras de Mefistófeles del “Fausto” de Goethe: “La historia es ese espíritu que siempre niega”. Entre tanto, el propio Fausto deviene en la afirmación que se produce cuando la negación histórica ha sido, a su vez, negada por la consciente actividad teórica – práctica.
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El viejo espíritu judío, expresado bíblicamente en las ideas de El Antiguo y el Nuevo Testamento, implicó, desde sus orígenes, tanto para el poeta Goethe como para los pensadores Hegel y Marx, el sempiterno tema de la salvación como salvación en la historia; como salvación individual y colectiva en el contexto de un proyecto histórico, frente a aquello que el propio Hegel llamara el “Calvario de la historia”. Es decir, concebida como una composición dramática, la cual se renueva, de generación en generación, y donde se escenifican las pasiones y razones de los hombres, y donde nosotros mismos somos, en este momento, sus personajes.
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La idea de un mundo mejor es una de las principales formas de que se reviste la racionalidad histórica. Racionalidad que descansa sobre las ruinas mitológicas del paraíso perdido; la arcadia bucólica; el utopos filosófico. Razón que nos remite a la reminiscencia de una estructura social altamente gratificante, que quizás nunca se produjo como tal en el tiempo de la historia, pero que habita entre nuestros despojos psicológicos, como fundamento originario del pensamiento humano, de su arcano ideal político.
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Hegel pidió, frente a la dispersión histórica que padecía la nación alemana, y como razones de peso de su propio espíritu, que el pueblo fuese hijo de la constitución y del Estado. Para ello se remitió al bello ideal griego: la cosa y la razón públicas y privadas, mas aportando la idea del compromiso con el bienestar general, teniendo en cuenta, para eso, las necesidades individuales y colectivas. Es decir, aceptando el valor socialmente “negativo” de la interioridad psicológica de cada persona y sus específicas opciones (libertades) materiales.
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El planteamiento filosófico de Ludwin Feuerbach de devolver al hombre aquellas nociones transcendentales que le fueron conferidas erróneamente a Dios, trae aparejada la tarea de pensar al hombre esencialmente como individuo, como personaje insustituible del drama histórico. Y es que la tarea principal de la Filosofía, para expresarlo en unas pocas palabras, debería estar dirigida al ideal del mejoramiento progresivo y delicado del ser humano.
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En resumen, la empresa pedagógica de la Filosofía, como la concebían Hegel y sus clásicos griegos, debe quizás partir de presupuestos como estos. Ya que la verdad del ser individual es intransferible, aun reconociendo su constante precariedad; su dolorosa finitud; su frágil relatividad… Tal vez por eso mismo.


8 de octubre del 007
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Ilustracion: David Levine - http://www.nybooks.com/gallery/