dimanche 21 octobre 2007

Margarita PEÑA/ Cervantes, rehén de la fortuna, y sus enigmas



Cervantes, rehén de la fortuna, y sus enigmas
por Margarita PEÑA

De acuerdo con los biógrafos —McKendrick, Martín Riquer, Jean Canavaggio— hacia 1570-71 Cervantes forma parte ya de los tercios españoles de Nápoles. Para comprender la transmutación del joven con visos de poeta en soldado, y posteriormente en actor en la batalla de Lepanto, partícipe en las expediciones de La Goleta y de Túnez y, por último, cautivo en Argel, es necesario repasar someramente los engranajes del destino. Continuemos, así, con la cronología. Tras la victoria de Lepanto (7 de octubre de 1571); de la convalecencia en Mesina, participa, durante los años de 1572 a 1574 en batallas diversas contra los turcos en Navarino, Corfú y Túnez. El 26 de septiembre de 1575 (días antes de su cumpleaños), cuando viaja de vuelta a España en la galera Sol, es hecho prisionero, junto con su hermano Rodrigo, por los piratas argelinos y el corsario Arnaute Mamí, frente a las costas de Cataluña, cerca de Cadaqués (de acuerdo con Avalle-Arce, citado por Canavaggio, p. 4).

Mucho se especula respecto a los años de cautiverio, de 1576 y 1579; de ello nos ocuparemos más adelante. En 1580 es finalmente rescatado por los padres trinitarios, gracias a la suma de dinero (muy alta debido a que, por habérsele encontrado, al momento de aprehenderlo, cartas de Don Juan de Austria y del duque de Sessa, los piratas argelinos lo tomaron por personaje de calidad) que habían logrado reunir las mujeres de la familia: su madre y sus hermanas, Andrea y Magdalena. Regresa a España y da principio una nueva forma de peregrinaje: la búsqueda de un puesto que le ocupará los años de 1580 (Portugal, siguiendo a la Corte; misión en Orán); 1582 (Madrid, petición denegada por Felipe II, de un puesto en América y posible inicio de la redacción de La Galatea). En 1583 tiene lugar el nacimiento de Isabel, supuesta hija suya y de Ana Franca, mujer casada con un tabernero madrileño. El 12 de diciembre de 1584, Cervantes contrae matrimonio con Catalina de Palacios Salazar y Vozmediano (de 19 años de edad, Cervantes tenía 37) y se instala con ella en Esquivias (Toledo). La pareja se mantendrá unida hasta 1587, año en que Cervantes consigue el nombramiento de Comisario Real de Abastos en Andalucía para requisar aceite y granos destinados a la futura Armada Invencible. En los dos años inmediatamente anteriores había aparecido La Galatea, se habían representado algunas de sus obras teatrales con cierto éxito y en 1585 había muerto su padre. Se ha especulado que la partida de Cervantes a Andalucía es, en realidad, una suerte de distanciamiento de Catalina. Vale la pena detenerse en este punto, sustancial en la biografía de Cervantes. Al documento que pudiera pasar por convenio de separación, Daniel Eisenberg ha dedicado un interesante trabajo en el que afirma que Miguel “da a su esposa [...] no sólo todo lo que posee, sino todo lo que gane o reciba en el resto de su vida”. Deduce el crítico que “el contenido del documento se entiende mejor tomando en cuenta las relaciones entre Miguel y Catalina [...]. Miguel era un autor que hablaba a menudo de sí mismo: de su vida, su carrera, sus logros, sus proyectos. En todas estas autorrepresentaciones no se refiere ni una sola vez a su mujer...”. Quizás, puede pensarse, lo hace sesgadamente, al tratar el tema del matrimonio, los celos y el adulterio (entremeses El viejo celoso, El juez de los divorcios, El rufián viejo llamado Trampagos, La cueva de Salamanca. Continúa Eisenberg: “...en sus obras el tema que le interesa es el amor, pero los matrimonios felices son aquellos en los que la mujer apenas aparece, como los del Caballero del Verde Gabán y de Antonio Moreno. Los matrimonios más detalladamente descritos, el de Sancho y Teresa Panza y el de Carrizales, el celoso extremeño, son escasamente felices. El matrimonio de Cervantes y Catalina fue estéril. Por último, Cervantes vivió largo tiempo, al parecer años enteros, solo, sin su mujer, viajando continuamente. Cervantes fue también quien estrenó en la literatura española el tema del divorcio”. 1 El crítico continúa: “[los datos que tenemos] sugieren una pareja que se llevaba mal [...]. Era [Miguel] un antiguo soldado, manco, recién vuelto a España tras cinco años de cautiverio en África del Norte, sin empleo que conozcamos, pero también autor de una novela publicada y de comedias representadas. Era un hombre con muchas ideas sobre el amor, quien incluso leyó a los teóricos italianos sobre el tema. El amor fue tema principal de La Galatea [...]. Se casa con una mujer a la que dobla la edad [...]. Catalina sabía firmar pero sin duda leía poco o nada [...]. Miguel y Catalina eran dos personas muy desiguales: la mujer de pueblo y el hombre de mundo, la mujer inculta casada con un pensador, bibliófilo y autor [...]. Para el colmo [sic], se conocieron sólo dos meses antes de casarse para toda la vida. No me parece exagerado calificar todo esto como la receta para un desastre...”. (Eisenberg, pp. 2-3.) Añade: “Con este poder, Miguel se protegía de un cargo de abandono de la mujer”, y concluye: “Miguel reconoció su matrimonio como un fracaso en 1587, a los dos años de casados. No quería vivir más con su mujer (ni posiblemente ella con él). Se ausentó de ella por años enteros. Pero también se descubre en Miguel una persona formal, consciente de sus responsabilidades. No se relaciona con ninguna amante después de casado...” (loc. cit.).

La exacta interpretación de un documento notarial —que como muchos de su clase, en su aparente aridez es una rica fuente de información que hay que leer entre líneas— da pie a algunas consideraciones. De la lectura de Eisenberg se desprende que un hombre que cede todo a su cónyuge, a presente y a futuro, tiene prisa por irse; las “autorrepresentaciones” que son los prólogos a El Quijote, al Viaje del parnaso, Novelas ejemplares, Ocho comedias y entremeses..., en efecto, contienen alusiones a sí mismo en lo físico; a los mecenas, a la preeminencia de Lope de Vega en la escena española y a tantas cosas más, pero no a Catalina, a las mujeres de carne y hueso (tampoco, por lo demás, al trío, tan poderoso en su vida, de la madre Leonor y las hermanas Andrea y Magdalena). La esterilidad del matrimonio pareciera imputable más a él —soldado, de vida forzosamente azarosa en Nápoles, Lepanto, Túnez; cautivo en Argel— que a ella, una joven lozana de diecinueve años. Reparemos en un tópico de la época: el soldado que padece “mal francés”. Cervantes lo ha puesto a sudar calenturas en el Hospital de la Caridad de Sevilla, en El coloquio de los perros. Y ese apelativo “mujer de pueblo” para Catalina, que en la lectura de Eisenberg suena un tanto despectivo, se le podría aplicar más bien como sinónimo de sencillez y limpieza. En el renglón de la proyecciones biográficas de Cervantes, aporto lo siguiente: ¿por qué no imaginar que la sobrina de Alonso Quijano en El Quijote —también “mujer de pueblo”, joven “inculta” semejante a Catalina—, que desprecia los libros y participa en el escrutinio y auto de fe libresco, y de quien don Quijote literalmente huye en su segunda salida, fuera el trasunto literario de la joven esposa? Aceptando, claro, que Catalina haya sido, en verdad, una mujer inculta. Se ha sugerido que pudo participar en la redacción de la Segunda Parte de El Quijote, aparecida en 1615 (en gran medida, una respuesta al Quijote apócrifo de Avellaneda). Asimismo, ya fallecido Cervantes, Catalina solicitó la licencia de impresión para Persiles y Segismunda. Es decir, que de alguna manera había dejado la incultura y la inocencia pueblerina a un lado; conocía, por lo menos, el mundo literario al que pertenecía su marido. Algo frecuente en las viudas de los escritores ha sido procurar fama póstuma al esposo, consiguiendo para ellas un poco de notoriedad personal y dinero. Respecto al matrimonio que se celebra en sólo dos meses, podría colegirse que tras haber legalizado la adopción de Isabel —quizás no su hija con esa Ana Franca ya casada por su lado, sino, como se ha dicho, hija de su hermana Magdalena con el aspirante a poeta Fernando Lodeña—; después de salvaguardar la honra de Magdalena mediante esta comprometedora y falsa paternidad, es posible que Miguel estuviera un tanto hastiado, por no decir harto, de los enredos de sus hermanas y buscara tener algo propio: un hogar. Lejos de ellas, en Toledo, en Esquivias, con Catalina. De ser así, no debió pretender a una mujer forzosamente bonita correspondiente a un ideal femenino arcádico —pastoril (como, en otro párrafo, supone Eisenberg)—, sino a una mujer honesta, tranquila y con una economía boyante para, entre otras cosas, sostener a esa hija adoptiva a la que, según el crítico, aceptará años después en su casa como ¡criada! Si el matrimonio no resultó, por diferencias obvias que enumera el crítico, y Cervantes prefirió reemprender la errancia que se iniciara años ha, en 1569, buen cuidado tuvo de no cometer un error, de no arriesgarse a un pleito legal. El poder notarial fue, como piensa el estudioso, una acertada previsión. Esto nos lleva a imaginar el temor que sentiría Cervantes ante la mera posibilidad de ir a prisión, lo mucho que en él pesaba el recuerdo de Argel. Y se puede suponer lo que más tarde, en 1592 y 1597, habrá sufrido por los encarcelamientos en Castro del Río y Sevilla, respectivamente. En cuanto a que “no se relaciona con ninguna amante después de casado”, me parece una afirmación riesgosa. ¿Cómo saberlo? ¿Pudo acaso Cervantes haber vivido totalmente solo desde 1587 —año en que deja a Catalina y como comisario de abastos, se va a correr los caminos de Andalucía— hasta 1602, en que se reúne posiblemente con ella para luego, en 1604, instalarse ambos en Valladolid? Es factible que, amén de relaciones ocasionales, a lo largo de esos años haya encontrado una pareja: mujer, o... Y aquí damos con un asunto por demás delicado, que no es posible soslayar: la posible homosexualidad de Cervantes, sugerida en los últimos años por estudiosos como Rosa Rossi, Ruth El Saffar, el propio Eisenberg y otros. Alude éste a que Rosa Rossi ha reparado en la sorprendente amistad de Cervantes con un homosexual durante el cautiverio de Argel (¿acaso Antonio Veneziano?); asimismo se refiere a la frecuente creación de parejas de amigos en las ficciones cervantinas; a la designación del joven Cervantes como “[caro] y amado discípulo” por el humanista López de Hoyos antes de 1569; al hecho de que su matrimonio sin hijos con Catalina Salazar estaba lejos de ser un matrimonio feliz, y finalmente a la posibilidad de que Cervantes haya sido escritor a sueldo de Cristóbal de Cháves en su Relación de la cárcel de Sevilla, que contiene referencias explícitas al amor homosexual femenino. 2Al hacer una revisión de la crítica cervantina, Alberto Sánchez menciona como obra clave en este tema la de Combet, Cervantes ou les incertitudes du désir, aunque advierte: “Claro está que no todos los biógrafos coinciden con esta línea discrepante. Jean Canavaggio [...] en su reciente y admirable biografía de Cervantes, admite juiciosamente el volumen de misterio que todavía encubre la personalidad del escritor”. 3

Apoyándonos, pues, en hipótesis establecidas por una crítica autorizada y en nuestra propia lectura, ¿por qué no pensar como “compañero” de Cervantes, por ejemplo, en Tomás Gutiérrez, antiguo actor y director de una compañía de teatro que por estos años de 1587-1588 tenía una “amplia y confortable posada” en Sevilla (de acuerdo con Melveena McKendrick), a 90 kilómetros de Écija, adonde Cervantes fue a cumplir su ingrata misión de comisario que le valiera dos excomuniones? De acuerdo con McKendrick, “los gastos de los meses de espera de aquel verano habían corrido a cargo de su amigo y casero Tomás Gutiérrez”. 4 Y lo vuelve a mencionar: “en aquellos momentos, Cervantes era prisionero de las circunstancias. Se había pasado el año anterior agotando el amplio crédito que le habían concedido, luego había estado desempeñando el cargo de comisario y ahora descubría que el pagador general de Sevilla no tenía fondos para retribuirle su sueldo. Necesitaba aquel dinero para pagar sus deudas [...]. Al mismo tiempo tenía que pagar su estancia. No sabemos casi nada de las circunstancias en que vivían su esposa y su familia en aquella época [...] pero si Cervantes esperaba recibir dinero de su hogar, aquella esperanza, lamentablemente, se había desvanecido. Por esta razón tuvo que seguir confiando en la generosidad de su antiguo amigo Tomás Gutiérrez”. 5 En el mes de diciembre de 1588, cansado de vivir en posadas había alquilado una casa en Écija. Más adelante, Gutiérrez será mencionado de nuevo por McKendrick: “a finales del mes de junio [1589], ya estaba en disposición de liquidar sus deudas con Tomás Gutiérrez, compensándole por su infinita generosidad y hospitalidad. De dónde obtuvo el dinero para hacerlo, es un misterio, aunque es posible que lo consiguiera jugando”. 6 Y añade: “En la España de aquella época las cartas hacían furor... Y Cervantes, antiguo soldado, está claro que debía de saber jugar porque además, en sus escritos se deduce que le eran familiares los distintos juegos de cartas. Probar suerte con las cartas debió parecerle una lógica solución a un hombre que se hallaba en la necesidad de pagar sus deudas, especialmente si estaba a punto de abandonar la ciudad”. (loc. cit.) Más adelante, apunta una posible relación de Cervantes con una tal Jerónima de Alarcón: “El mismo día en que arregló sus cuentas con Gutiérrez actuó de garante de una mujer en el alquiler de una casa. Se ha especulado mucho acerca de sus relaciones con esta Jerónima de Alarcón. Es cierto que Cervantes hace constar en la escritura como que vivía en el mismo barrio de Sevilla que ella y no en la posada de Tomás Gutiérrez y también es cierto que no veía a su esposa desde hacía dos años. Pero aunque no nos sorprendería que Cervantes hubiera encontrado un remanso en Sevilla después de los problemas de Écija, las pruebas son tan insuficientes que no nos permiten llegar a ninguna conclusión. Aquella mujer podía ser simplemente su casera”. (loc. cit.). Es sorprendente cómo el puritanismo de algunos críticos “hagiógrafos” de Cervantes como McKendrick (respetable en su trabajo exegético, por lo demás), los lleva a negar, o velar, cualquier hecho o gesto humano que contraríe la moral, la ortodoxia cristiana.

¿Porqué Jerónima de Alarcón “podía ser simplemente su casera” y no la amante del escritor? O quizás, adentrándonos en conjeturas, una especie de pantalla para ocultar la relación con Gutiérrez, dado el énfasis que Cervantes pone en que conste en un documento oficial que vive en el mismo barrio que ella y no “en la posada de Tomás Gutiérrez” y que actúe de garante (fiador) de la mujer el mismo día en que liquida su deuda con Gutiérrez, como si quisiera dejar claro que ya no tiene nada que ver con él, haciendo entrever que le ayuda a Jerónima a poner casa. Resulta extraño, por lo demás, que en un momento acuciante para todos por desastres políticos y caos económico, alguien exhibiera tan incondicional generosidad como Gutiérrez (perteneciente a la desprestigiada casta de actores y gente de teatro), según hace constar McKendrick.

La fortuna, a Miguel, fácilmente solía volvérsele adversa. Convertirse, sin querer, en víctima, en rehén de ella. Por ejemplo, en 1575, las cartas de recomendación de dos “príncipes”: don Juan de Austria y el Duque de Sessa, halladas entre sus pertenencias por los piratas argelinos, no hicieron sino subir el monto de su rescate. Y lo que en 1592 hubiera podido parecer un empleo estable se le convierte en fuente de problemas al ser encarcelado en Castro del Río, por venta ilegal de trigo […]. En medio de sus problemas con el gobierno, con el Tribunal de Cuentas, Cervantes reside en Sevilla (con algunas interrupciones) hasta 1600 y McKendrick especula sobre las posibles causas, señalando que fuera una relación (amorosa) la que allí lo retenía. Este periodo, a partir de 1592, o un poco antes incluso, señala quizás sus años más fecundos como escritor. De hecho, se supone que hacia 1590 escribió el fragmento de la historia del Cautivo, que abarca varios capítulos de la Primera Parte de El Quijote. Es evidente que aunque la publicación de sus obras (salvo La Galatea, de 1584 y Los trabajos de Persiles y Segismunda, que aparece póstumamente, en 1617) tuvo lugar entre 1605 y 1616, aquéllas se incubaron en los polvorientos caminos de Andalucía, entre 1587 —fecha en que deja Esquivias— y 1604, en que se traslada de Madrid a Valladolid […].

La permanencia en la cárcel de Sevilla fue más larga de lo que se ha supuesto. Algunos críticos hablan de siete meses […]. El 28 de abril de 1598, de acuerdo con su biógrafa, Cervantes firma los papeles que lo declaran libre. A no ser porque el gobierno mismo lo puso en libertad con el fin de que se dirigiera a Madrid a finiquitar el asunto de las cuentas que lo habían llevado a la prisión de Castro del Río en 1592, hubiera quizás permanecido mucho más tiempo en la cárcel. Sin embargo, se quedó junto al Betis, amparándose en el anonimato sevillano, sobreviviendo humildemente, comiendo de prestado, haciendo pequeños negocios, “trapicheando en lo que se pudiera”, según McKendrick. Considera ésta que durante aquella época escribió mucho y que de entonces data la versión retocada de Rinconete y Cortadillo […]. En mayo de 1598 se había promulgado un decreto según el cual durante un tiempo no se podrían representar en España obras dramáticas (los teatros habían cerrado en 1597, a la muerte de Catalina Micaela, Duquesa de Saboya e hija de Felipe II) […]. En 1598 fallece Felipe II y Cervantes escribirá el soneto “Voto a Dios que me espanta esa grandeza” —que rezuma ironía y al que en el prólogo al Viaje del Parnaso Cervantes considera su creación más elevada— a la vista del túmulo funerario del soberano en la catedral de Sevilla; los teatros se reabrirán hasta 1599-1600 […]. Con el ascenso al trono de Felipe III, la realidad sombría de España —que se anunciaba desde 1588 en los augurios de astrólogos y políticos y se confirmó en la derrota de la Armada Invencible— emerge desde el pozo de las mentiras utópicas. En lo tocante a Cervantes, en 1598 muere Ana Franca, o Villafranca, la presunta madre de Isabel, su hija natural; esto, junto con una citación del Tribunal de Cuentas al que no había acudido, y el que la peste estuviera a las puertas de Sevilla, lo obliga a desplazarse a Madrid […]. El 24 de octubre de 1599, Felipe III y su esposa, la archiduquesa Margarita de Austria, hacen su entrada en la ciudad, ella, “enjoyada y sentada en un trono de oro rodeada de cincuenta damas de compañía en sillas de plata”. (McKendrick, p. 130.) El contraste entre el lujo real y su propia miseria debió serle insoportable. Cervantes no esperó más y regresó a Sevilla.

Peña. Catedrática de la UNAM. Entre sus investigaciones recientes destaca la edición de Flores de baria poesía. Cancionero novohispano del siglo XVI (FCE, 2004).

Notas
1 Daniel Eisenberg, El convenio de separación de Cervantes y su mujer, Catalina.
http://www.cervantesvirtual.com.servlet/SirveObras/02/12/2005, p. 2.
2 Y añade a lo anterior: “there has not been a homosexual reading of Don Quixote. Don Quixote and Sancho love each other, although the love is not sexual. Young men are quite deliberately kept out of the work. Sancho is a replacemente for don Quixote's young companion (mozo), who appears fleetingly in the first chapter. There are many anal images in the work and references to Sancho's ‘fat buttocks'. There are also examples of cross-dressing by both sexes”. Daniel Eisenberg, Research Topics in Gay and lesbian Studies. Part I. [MLA] Lesbian and Gay studies newsletter. 18.2 (July, 1991) 1, p.p. 5-7.
3 Alberto Sánchez, “Revisión del cautiverio cervantino en Argel”, en Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America. XVII (1997) 1, p. 5
4 Melveena McKendrick, Cervantes. Pról. de Alonso Zamora Vicente, Salvat Eds. Barcelona, 1986, pp. 89, 90 (Biblioteca Salvat de Grandes Biografías).
5 McKendrick, p. 95. El subrayado es mío.


Articulo:
http://www.eluniversal.com.mx - Confabulario 20/09/2007