dimanche 21 octobre 2007

Nuria AZANCOT/ Héctor ABAD : “Yo me siento como un exiliado de España”



Héctor Abad
“Yo me siento como un exiliado de España”
Por Nuria AZANCOT

En 1987 caía asesinado por los paramilitares colombianos el doctor Héctor Abad García, un desesperado defensor de los Derechos Humanos. Su hijo, el novelista Héctor Abad Faciolince, recuperó su camisa ensangrentada y un soneto de Borges que su padre había copiado la mañana de su muerte. El mismo que ahora da título a El olvido que seremos (Seix Barral), un homenaje al padre muerto “escrito para mi hija y mi hijo, para que ellos supieran de dónde venían mis alegrías y mis rabias”.


–Su padre, Héctor Abad Gómez, fue asesinado en 1987. ¿Por qué ha necesitado veinte años para escribir esta apasionada declaración de amor a alguien que “amaba más que a Dios”?
–Cuando asesinaron a mi padre yo no había escrito todavía ningún libro, pero en secreto soñaba con ser escritor. Sabía que tenía el deber de contar la historia de su vida y la terrible injusticia de su muerte. Con el tiempo, me fueron saliendo otros libros, de muy distinto tipo, desde el primero en 1991. Pero lo cierto es que yo, cada mes de cada año de estos veinte años, intentaba empezar este libro que para mí era el más importante, el único necesario, obligatorio. Me sentaba a hacerlo y no salía: me conmovía demasiado y me salían páginas llenas de lágrimas, y las lágrimas no sirven en literatura. Me salía un dolor sincero, pero sentimental. Tenía que esperar, para hablar de esa herida, a que ya no me doliera tanto la cicatriz. Al fin, hace cuatro años, encontré el tono. Y me di cuenta de que tenía que escribir una novela sin ficción, en un estilo muy sencillo, en un tono de carta familiar, sin cambiar ni un solo nombre propio.

–Guardó durante décadas la camisa ensangrentada que llevaba el doctor Abad cuando lo asesinaron. ¿Es verdad que la quemó al terminar este libro?
–Hace 20 años yo reclamé en la morgue de Medellín todas las pertenencias de mi padre, lo que llevaba consigo el día que lo mataron. Cuando abrí el paquete cayó una bala que se había quedado enredada entre la ropa. La sangre se vuelve oscura; todo olía mal. Entonces resolví quemarlo todo, en su mismo consultorio, que tenía un pequeño patio. Sin embargo la camisa, blanca con rayas, manchada de sangre, con algunos agujeros, la puse al sol y al aire. En el trópico todo se tuesta rápido, y cuando la iba a quemar, ya casi no olía. Resolví entonces doblarla y guardarla. Casi nunca la miraba, pero al ver el paquete yo sabía que era la prueba de una deuda mía. Nunca se la mostré a nadie. Cuando terminé el libro, la quemé también, como había quemado todo lo otro veinte años atrás. No era un objeto bonito y conservarlo era algo macabro; yo la guardaba como un acicate para la memoria y ya no lo necesitaba.

–A pesar de que en su país se recele del afecto excesivo hacia otro hombre por aquello de la hombría, o de que describa Antioquia como "un lugar donde no es blando ni el paisaje", el libro ha tenido un extraordinario éxito en su país... ¿Qué es lo que más le ha sorprendido?
–Mi editor colombiano pensaba que este era un libro muy personal, que en un año vendería, si mucho, tres mil o cuatro mil copias. Yo pensaba lo mismo. En el fondo este libro fue escrito para mi hija y mi hijo, que nunca conocieron a su abuelo, pues para mí era importante que ellos supieran de dónde venían ellos, de dónde venían mis miedos, mis alegrías y mis rabias. Desde que el libro salió, sin embargo, hubo como una explosión de interés. Varios empleados de la editorial tuvieron que suspender sus vacaciones de diciembre para poder imprimir más libros y surtir las librerías. A pesar de que hicieron cuatro ediciones en diciembre, para Navidades nadie pudo encontrar el libro y mucha gente que quería regalarlo de aguinaldo se quedó con las ganas.

–¿Y a qué atribuye este éxito, no hubiera sido más fácil para los colombianos echar tierra hacia otro héroe asesinado más? ¿O tal vez las cosas estén cambiando? Porque en el libro afirma que la muerte de su padre fue inútil…
–En Colombia se han escrito muchos libros sobre personajes negativos, sobre personas malas. O ellos mismos dictan estos libros: paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes, sicarios, matones. Todos justifican su vida criminal con embustes, y periodistas complacientes les redactan sus farsas. Los escritores también prefieren personajes oscuros malévolos. Escribir libros sobre malos es más fácil. La maldad nunca es ridícula. Cuando uno escribe sobre alguien bueno está siempre al borde de la cursilería. Sin embargo, como en Colombia hay muchas más víctimas que verdugos, pienso que mucha gente se sintió retratada, interpretada, cuando vio que al fin se escribía un libro desde el punto de vista del que recibe los disparos, no del que dispara. Puede haber sido esto. O tal vez la necesidad, en un país de padres que abandonan a sus hijos, de leer sobre una familia muy distinta, no sobre un padre que abandona, sino sobre un padre amado y que ama.

–¿Qué es lo que a su padre más le hubiera gustado de esta “Carta a una sombra” [...] “que no leerá nunca”?
–Es difícil saberlo, pero yo creo que le hubiera gustado la sinceridad. No he querido pintar un santo, aunque mi padre fue un hombre muy bueno. Lo pinté tal como yo lo recuerdo, desde mi infancia hasta su último día, con toda la verdad de que fui capaz, sin cambiar uno solo de mis recuerdos. En todo caso, si mi padre estuviera vivo, nunca hubiera tenido que escribir este libro. Y yo, francamente, hubiera preferido no tener que escribirlo.

–¿Es posible que su padre, que se refugiaba en el jardín y en la música clásica ante el dolor, y que jamás le reprochó no acabar ninguno de sus estudios, fuese en secreto un escritor frustrado?
–Lo era, y de hecho publicó algunos cuentos a lo largo de su vida. También publicó libros de medicina y otro de cartas, que escribió cuando vivía en Filipinas, como consultor de Escuelas Médicas allí. A veces me pregunto si los hijos que hemos querido mucho a nuestros padres no llevaremos una especie de vida prestada: tal vez tenemos que hacer y completar lo que nuestros padres no pudieron terminar. A él le parecía que cualquier experiencia era buena para un escritor, y por eso nunca me criticó porque yo abandonara cuatro carreras. Todo le sirve a un escritor para su oficio. Es horroroso, pero un escritor se sirve incluso de la tragedia de su propia vida para escribir.

–¿Y comparte con él también sus exagerados entusiasmos, no muy duraderos?
–Es más común heredar los defectos de nuestros padres que sus virtudes. Él era entusiasta, pero inconstante. Como le interesaban muchas cosas, vivía cambiando de frente. Algo parecido me pasa a mí y de hecho cada libro que he escrito es completamente distinto al anterior: en tema, en tono, incluso en estilo. No heredé, en cambio, su valentía.

–¿No le parece que este libro le desmiente...? Porque llegado el momento de mostrar quién es Héctor Abad Faciolince, no ha sido cobarde al mostrar la historia tal cual fue, al escribir el libro con toda la rabia y toda la pena, y el corazón, y las tripas, y la alegría, y la sangre y la muerte....
–Tal vez yo no escribí un libro. Más bien diría que mi padre escribió una vida y luego yo la copié: él tenía un sentido estético muy desarrollado y quería que también su vida fuera una especie de obra de arte. El vivió como quien escribe un libro: cuidando las acciones y las simetrías. Esas tripas, esa alegría, esa muerte de que usted habla, todo eso no es mío, es de él. Por eso yo siempre repito un verso de Quevedo, para referirme a mí mismo; creo que soy “un cobarde con nombre de valiente”. ¿Habrá habido un hombre más valiente que el Héctor de la Ilíada? Mi padre podía llamarse así, yo no.

–Lo cierto es que Héctor Abad Gómez era desconcertante. Hizo acueductos, vacunó por las selvas, creó la Escuela de Salud Pública de Medellín, enseñó a cientos de médicos que luego le aborrecieron por comunista... Usted lo define como “cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política”... ¿Por eso tanto la Iglesia como izquierdas y derechas le consideraron su enemigo y no lamentaron su asesinato? ¿Alguna vez alguien se disculpó con su familia, alguien, algún obispo, algún exaltado, reconoció el error, el crimen cometido?
–Las balas pudieron haber llegado de la extrema izquierda o de la extrema derecha, pero esta vez llegaron de la extrema derecha. Estamos seguros de que lo mataron los paramilitares, pero ni siquiera ahora que están en un proceso de “justicia y verdad” (todo entre dobles comillas), han querido reconocer su asesinato. En cuanto a los jerarcas de la Iglesia que tanto lo atacaron, tal vez ellos reserven el arrepentimiento para el secreto de la confesión.

–¿Hasta qué punto la muerte de su hermana Marta fue determinante para su padre a la hora de perder completamente el miedo en la defensa de los derechos humanos?
–Yo creo que una tragedia familiar, por ejemplo la muerte de un hijo muy joven, desata un dolor tan hondo que en muchos padres se produce un progresivo desapego a la vida. La vida ya no vale tanto cuando se sufre mucho. Mi padre no era de los que se suicidan; pero si podía invertir lo que le quedaba de vida en un trabajo útil para su país, que fue lo que hizo. La muerte de su hija le dio el desprendimiento necesario para ya no tener miedo de arriesgarse hasta el extremo sacrificio.

–Pero la muerte violenta le aterraba...
–Sí, a él no le gustaba ninguna forma de violencia, y por eso se oponía con todas sus fuerzas a cualquier violencia. Le aterraba la sangre, el dolor, la brutalidad. Pero tal vez pensaba, muy cristianamente, que la muerte de un justo puede conmover más conciencias y crear un repudio más general hacia la muerte violenta. A él le hubiera gustado crear un nuevo tabú: que asesinar a alguien, a cualquiera, nos pareciera tan automáticamente horrendo y absurdo como el incesto o como el canibalismo.

–De todas formas, su padre sí vio antes que nadie el peligro que suponía para Iglesia y Estado el perder contacto con los barrios más humildes de Medellín, que es donde surgieron las hordas de asesinos... ¿Ha cambiado su país algo en ese sentido en estos veinte años? ¿O siguen estando en manos de narcos y paramilitares?
–No, no estamos en manos de ellos. Tienen fuerza, pero tenemos más fuerza y somos más los que nos oponemos a ellos. En Medellín, durante los últimos cuatro años, ha habido un alcalde extraordinario, Sergio Fajardo. Los homicidios en mi ciudad han pasado de 6500 al año a menos de 650. Son muchos todavía, pero ahora tenemos índices de homicidios similares a los de Washington y menores que los de Caracas. Y precisamente lo que ha hecho es gastar la mayor parte del presupuesto municipal en los barrios marginados: en educación, parques, salud y bibliotecas.

–Su padre, a fin de cuentas, confiaba que esta época nuestra fuera menos bárbara, y apostaba por un socialismo a la americana. Pero, ¿qué le hubieran parecido Chávez y Morales, la respuesta o un nuevo problema? Porque para él todo fundamentalismo era pernicioso.
–No puedo saber lo que él pensaría de ellos. Le digo lo que pienso yo. Son fenómenos compresibles, pero tristes. Chávez es hijo de decenios de corrupción en Venezuela, y él mismo no roba, pero está rodeado de corruptos tan abominables como aquellos que reemplazó. Su social-populismo da pasos gigantes hacia la supresión de libertades fundamentales. Y en cuanto a Evo, es conmovedor que al fin los indígenas gobiernen Bolivia, y es justo, porque son la mayoría, pero hay un discurso racista contra los blancos que repite el mismo racismo de los blancos. Nacer indio o blanco es un azar, no un mérito ni una vergüenza.

–Me gustaría que nos detuviésemos en algunos de los amigos que hizo en su etapa mexicana... ¿qué le pasó con Fernando Vallejo, ese amigo "que tuve y que dejé de tener"?
–A mí me encanta su literatura y he escrito ensayos entusiastas sobre sus libros. Pero pasó que escribió dos libros que no me gustaron, sus libros de ciencia (sobre evolución y matemáticas), porque él no tiene la preparación para hablar de biología o para rebatir teoremas de física. Entonces cometí un error. El error no es que no me hayan gustado, el error fue haber publicado reseñas muy duras, muy negativas. Y uno no debe escribir reseñas tan duras sobre los libros de los amigos, aunque tenga razón. Dejó de hablarme, y no me ha perdonado aunque le he escrito cartas de amor. Lo que pasa es que él se permite ser violento verbalmente con el que sea, pero no le perdona a nadie que sea duro con él.

–¿Y con García Márquez?
–Con García Márquez fue exactamente al revés. Nos hicimos amigos a raíz de una reseña muy dura que yo escribí contra Noticia de un secuestro. Recuerdo que se llamaba “La paja en el libro ajeno”, y allí señalaba muchos errores, incluso de ortografía, que había en su libro. También hablaba de la "paja" en el sentido colombiano de esta palabra: la palabrería, las inexactitudes. Poco después nos vimos en La Habana y él, irónico y sagaz, me dijo una frase genial: “Lo malo es que en Colombia no hay críticos, sino correctores de pruebas.” Desde eso me trata con mucho cariño y yo, cada vez que estoy con él, siento que tengo la fortuna de estar conversando con Homero, porque Cien años de soledad es como la Odisea latinoamericana.

–Fueron muchos los intelectuales que firmaron una carta renunciando a visitar España mientras se exigiese una visa para que los colombianos pudieran entrar... casi todos ya han vuelto por aquí... ¿Por qué mantiene usted su postura y sigue sin venir?
–Si un escritor no tiene palabra, ¿qué le queda? En eso Vallejo, que no ha vuelto, le ha ganado a García Márquez, que volvió después de firmar. De todos los colombianos que firmamos, Vallejo y yo somos los únicos que mantenemos la palabra empeñada, aunque nos duela. Yo me siento como un exiliado de España. Antes, cuando venía, no me sentía extraño, me sentía en mi casa. Ahora sé que ya nunca volveré y el motivo es muy simple: para ir, para conceder la visa, lo único que exigen, en el fondo, es que uno demuestre que es rico. En 1987, cuando yo me escapé de Colombia y me refugié en España porque me podían matar, yo no tenía fondos en el banco. Mis amigos más queridos salvaron sus vidas porque no había visas, así como muchos españoles de la Guerra Civil se refugiaron en Colombia, en Chile, en México, gracias a que no había visas.

–¿No tiene curiosidad por conocer este Madrid de 2007, tan distinto al que conoció de paso en 1987?
–La conozco a través de los ojos de mis amigos, que me la cuentan. Y la llevo en mi memoria. Vivía felizmente en Lavapiés y en mi boca siguen el cocido, la morcilla, los pimientos del padrón, el Rioja, la música de las palabras de los españoles, las tostadas del desayuno, el jamón serrano de la tarde. Yo no voy a España, pero España vive dentro de mí.

–Vivió muchos años en Italia... ¿qué le hizo regresar a Medellín?
–Nunca me ha gustado ser extranjero. Cuando me fui de Colombia huyendo encontré trabajo en Italia, enseñando español, y quise volverme italiano. Lo intenté durante muchos años, pero uno es irremediablemente del sitio donde pasó su infancia y su juventud. Y uno es también de los sitios donde se habla su propia lengua. Volví a Medellín porque aquí me siento cómodo, cómodo como cuando uno se pone los zapatos viejos. Vivir en una nación y en una lengua que no son las tuyas es como estar estrenando zapatos incómodos todos los días.

–Por cierto, me comentan que su vida como escritor quizá hubiese sido más fácil de vivir en Bogotá... ¿se equivocan?
–Las capitales tienen más fuerza, claro, y casi todo pasa por las capitales; es una tradición de América Latina. Sin embargo en Medellín yo puedo vivir más solo, más refugiado en mí mismo, sin la vida social de la Corte (toda capital es una Corte). Y para un escritor no hay mayor bendición que la soledad y el tiempo largo en que uno puede hablar solo, solo y consigo mismo.

–Y qué se le perdió (no sé si sigue allí) en Berlín?
–Viví en Berlín el último año, hasta hace un mes, envuelto en esa niebla densa que es el alemán. Tuve suerte pues allí todavía se usa el mecenazgo de los tiempos de Goethe. Hay una beca para escritores donde le dan a uno una casa grande amoblada y luminosa, una mensualidad para vivir como un príncipe, y ningún compromiso de producir un libro. Fue una experiencia exaltante en la capital europea más juvenil, menos cara y más creativa de hoy.

–¿En qué sentido En busca del tiempo perdido fue la lectura fundamental de su vida?
–El siglo XX nos dio dos modelos de escritor: Joyce y Proust. Al uno le interesa sobre todo el lenguaje, la experimentación; al otro, las historias, la memoria, la complejidad de la psicología humana. A mí me interesa y me apasiona mucho más Proust que Joyce.

–¿Qué otras lecturas le influyeron?
–Nada es más importante para alguien que escribe en español que los maestros de su propia lengua: desde la Celestina, la Picaresca y todo el Siglo de Oro (Lope, Cervantes y Quevedo por sobre todas las cosas). Nosotros en América no hacemos otra cosa que defender ese mismo legado de una lengua y de una manera de ver el mundo, que combina la belleza de las palabras, la sensualidad, la picardía, el humor, y el asombro ante la fugacidad de la existencia y la inminencia de la muerte.

–¿Lee a los novelistas espñaoles actuales? ¿quiénes le interesan más?
–Los leo, claro, muchísimo, y con gran felicidad. Mi lista podría parecerse a la guía telefónica, pero lo reduzco a un puñado en orden alfabético: Cercas, Goytisolo, Marías, Montero, Muñoz Molina, Rivas, Trapiello, Vila-Matas.

–Después de esta suerte de "Coplas a la muerte de su padre", ¿qué le espera ahora como escritor, es una cuenta definitivamente saldada...?
–Hay un cabo que quedó suelto en mi libro: mi padre llevaba un poema en el bolsillo, un soneto copiado de su puño y letra pero firmado por las iniciales J.L.B., que son las mismas de Borges. Pasé todo el año en Berlín tratando de averiguar si ese soneto es de Borges o no, pues no sale ni en su Obra Poética ni en sus Obras Completas. Ha sido una investigación fascinante que me ha llevado de Bogotá a París a Mendoza, a Alberta en Canadá. Ya tengo la punta de la madeja, y voy a contar la historia de ese poema olvidado sobre el olvido. Voy a escribir una novela policíaca no sobre quién es el asesino, sino sobre quién es el autor de un poema.

–¿Qué les ha parecido el libro a su madre y a sus hermanas?
–Ellas fueron las primeras en leerlo, las primeras en llorarlo y las primeras en aprobar que se publicara tal como está. No era fácil; había detalles que no eran fáciles. Era poner al desnudo toda una familia y toda una vida. Pero lo hemos vivido con alegría y tranquilidad. Y así creo que hemos postergado por unos cuantos años más el olvido que también mi padre será. Hay una frase muy buena de Trapiello sobre las palabras. Él dice que las palabras son como el agua que se pone a las flores: no las vuelve eternas, pero aplaza su final.


****
El olvido que seremos
Por Héctor Abad

Un niño de la mano de su madre

1

En la casa vivían diez mujeres, un niño y un señor. Las mujeres eran Tatá, que había sido la niñera de mi abuela, tenía casi cien años, y estaba medio sorda y medio ciega; dos muchachas del servicio -Emma y Teresa-; mis cinco hermanas -Maryluz, Clara, Eva, Marta, Sol-; mi mamá y una monja. El niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo amaba más que a Dios. Un día tuve que escoger entre Dios y mi papá, y escogí a mi papá. Fue la primera discusión teológica de mi vida y la tuve con la hermanita Josefa, la monja que nos cuidaba a Sol y a mí, los hermanos menores. Si cierro los ojos puedo oír su voz recia, gruesa, enfrentada a mi voz infantil. Era una mañana luminosa y estábamos en el patio, al sol, mirando los colibríes que venían a hacer el recorrido de las flores. De un momento a otro la hermanita me dijo:-Su papá se va a ir para el Infierno.

-¿Por qué? -le pregunté yo.
-Porque no va a misa.
-¿Y yo?
- Usted va a irse para el Cielo, porque reza todas las noches conmigo.

Por las noches, mientras ella se cambiaba detrás del biombo de los unicornios, rezábamos padrenuestros y avemarías. Al final, antes de dormirnos, rezábamos el credo: «Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible y lo invisible[...]» Ella se quitaba el hábito detrás del biombo para que no le viéramos el pelo; nos había advertido que verle el pelo a una monja era pecado mortal. Yo, que entiendo las cosas bien, pero despacio, había estado imaginándome todo el día en el Cielo sin mi papá (me asomaba desde una ventana del Paraíso y lo veía a él allá abajo, pidiendo auxilio mientras se quemaba en las llamas del Infierno), y esa noche, cuando ella empezó a entonar las oraciones detrás del biombo de los unicornios, le dije:
-No voy a volver a rezar.
-¿Ah, no? -me retó ella.
-No. Yo ya no me quiero ir para el Cielo. A mí no me gusta el Cielo sin mi papá.

Prefiero irme para el Infierno con él.

-La hermanita Josefa asomó la cabeza (fue la única vez que la vimos sin velo, es decir, la única vez que cometimos el pecado de verle sus mechas sin encanto) y gritó: «¡Chito!». Después se dio la bendición.

Yo quería a mi papá con un amor que nunca volví a sentir hasta que nacieron mis hijos. Cuando los tuve a ellos lo reconocí, porque es un amor igual en intensidad, aunque distinto, y en cierto sentido opuesto. Yo sentía que a mí nada me podía pasar si estaba con mi papá. Y siento que a mis hijos no les puede pasar nada si están conmigo. Es decir, yo sé que antes me haría matar, sin dudarlo un instante, por defender a mis hijos. Y sé que mi papá se habría hecho matar sin dudarlo un instante por defenderme a mí. La idea más insoportable de mi infancia era imaginar que mi papá se pudiera morir, y por eso yo había resuelto tirarme al río Medellín si él llegaba a morirse. Y también sé que hay algo que sería mucho peor que mi muerte: la muerte de un hijo mío. Todo esto es una cosa muy primitiva, ancestral, que se siente en lo más hondo de la conciencia, en un sitio anterior al pensamiento. Es algo que no se piensa, sino que sencillamente es así, sin atenuantes, pues uno no lo sabe con la cabeza sino con las tripas.

Yo amaba a mi papá con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor, sobre la cama, cuando se iba de viaje, y yo les rogaba a las muchachas y a mi mamá que no cambiaran las sábanas ni la funda de la almohada.

Me gustaba su voz, me gustaban sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo. Cuando me daba miedo, por la noche, me pasaba para su cama y siempre me abría un campo a su lado para que yo me acostara. Nunca dijo que no. Mi mamá protestaba, decía que me estaba malcriando, pero mi papá se corría hasta el borde del colchón y me dejaba quedar. Yo sentía por mi papá lo mismo que mis amigos decían que sentían por la mamá. Yo olía a mi papá, le ponía un brazo encima, me metía el dedo pulgar en la boca, y me dormía profundo hasta que el ruido de los cascos de los caballos y las campanadas del carro de la leche anunciaban el amanecer.


2

Mi papá me dejaba hacer todo lo que yo quisiera. Decir todo es una exageración. No podía hacer porquerías como hurgarme la nariz o comer tierra; no podía pegarle a mi hermana menor ni-con-el-pétalo-de-una-rosa; no podía salir sin avisar que iba a salir, ni cruzar la calle sin mirar a los dos lados; tenía que ser más respetuoso con Emma y Teresa -o con cualquiera de las otras empleadas que tuvimos en aquellos años: Mariela, Rosa, Margarita- que con cualquier visita o pariente; tenía que bañarme todos los días, lavarme las manos antes y los dientes después de comer, y mantener las uñas limpias… Pero como yo era de una índole mansa, esas cosas elementales las aprendí muy rápido. A lo que me refiero con todo, por ejemplo, es a que yo podía coger sus libros o sus discos, sin restricciones, y tocar todas sus cosas (la brocha de afeitar, los pañuelos, el frasco de agua de colonia, el tocadiscos, la máquina de escribir, el bolígrafo) sin pedir permiso. Tampoco tenía que pedirle plata. Él me lo había explicado así:

-Todo lo mío es tuyo. Ahí está mi cartera, coge lo que necesites.

Y ahí estaba, siempre, en el bolsillo de atrás de los pantalones. Yo cogía la billetera de mi papá y contaba la plata que tenía. Nunca sabía si coger un peso, dos pesos o cinco pesos. Lo pensaba un momento y resolvía no coger nada. Mi mamá nos había advertido muchas veces:

-¡Niñas!

Mi mamá decía siempre «niñas» porque las niñas eran más y entonces esa regla gramatical (un hombre entre mil mujeres convierte todo al género masculino) para ella no contaba.

-¡Niñas! A los profesores aquí les pagan muy mal, no ganan casi nada. No abusen de su papá que él es bobo y les da lo que le pidan, sin poder.Yo pensaba que toda la plata que había en la billetera la podía coger. A veces, cuando estaba más llena, a principios del mes, cogía un billete de veinte pesos, mientras mi papá hacía la siesta, y me lo llevaba para el cuarto. Jugaba un rato con él, sabiendo que era mío, e iba comprando cosas en la imaginación (una bicicleta, un balón de fútbol, una pista de carritos eléctrica, un microscopio, un telescopio, un caballo) como si me hubiera ganado la lotería. Pero después iba y lo volvía a poner en su sitio. Casi nunca había muchos billetes, y a finales de mes, a veces, no había ni uno, ya que no éramos ricos, aunque lo pareciera porque teníamos finca, carro, muchachas del servicio y hasta monja de compañía. Cuando nosotros le preguntábamos a mi mamá si éramos ricos o pobres, ella siempre contestaba lo mismo: «Niñas: ni lo uno ni lo otro; somos acomodados.» Muchas veces mi papá me daba plata sin que se la pidiera, y entonces yo no tenía ningún reparo en recibirla.

Según mi mamá, y tenía razón, mi papá era incapaz de entender la economía doméstica. Ella se había puesto a trabajar en una oficinita por el centro -contra el parecer de su marido- en vista de que la plata del profesor nunca alcanzaba para llegar a fin de mes y no se podía recurrir a ninguna reserva puesto que mi papá nunca tuvo ninguna noción del ahorro. Cuando llegaban las cuentas de servicios, o cuando mi mamá le decía que era necesario pagarle al albañil que había cogido unas goteras en el techo, o al electricista que había arreglado un cortocircuito, mi papá se ponía de mal genio y se encerraba en la biblioteca a leer y a oír música clásica a todo volumen, para calmarse. Él mismo había contratado al albañil, pero siempre se le olvidaba preguntar, antes, cuánto iban a cobrar por el trabajo, así que al final cobraban lo que les daba la gana. Si mi mamá hacía el contrato, en cambio, pedía dos presupuestos, regateaba, y nunca había sorpresas al final.

Mi papá nunca tenía dinero suficiente porque siempre le daba o le prestaba plata a cualquiera que se la pidiera, parientes, conocidos, extraños, mendigos. Los estudiantes en la universidad se aprovechaban de él. Y también abusaba el mayordomo de la finca, don Dionisio, un yugoeslavo descarado que hacía que mi papá le diera anticipos por la ilusión de unas manzanas, unas peras y unos higos mediterráneos que jamás llegaron a darse en la huerta de la finca. Al fin logró que pelecharan las fresas y las hortalizas, montó un negocio aparte, en una tierra que compró con los anticipos que mi papá le daba, y progresó bastante. Entonces mi papá contrató de mayordomos a don Feliciano y a doña Rosa, los papás de Teresa, la muchacha, que se estaban muriendo de hambre en un pueblo del nordeste, Amalfi. Sólo que don Feliciano tenía casi ochenta años, estaba enfermo de artritis, y no podía trabajar la huerta, por lo que las verduras y las fresas de don Dionisio se perdieron y la finca, a los seis meses, estaba hecha un rastrojo. Pero no íbamos a dejar morir de hambre a doña Rosa y a don Feliciano, porque eso habría sido peor. Había que esperar a que se murieran de viejos para contratar a otros mayordomos, y así fue. Después vinieron Edilso y Belén, que allá siguen, treinta años después, con un contrato muy raro que se inventó mi papá: nosotros ponemos la tierra, pero las vacas y la leche son de ellos.

Yo sabía que los estudiantes le pedían plata prestada porque muchas veces lo acompañaba a la Universidad y su oficina parecía un sitio de peregrinación. Los estudiantes hacían fila afuera; algunos, sí, para consultarle asuntos académicos o personales, pero la mayoría para pedirle plata prestada. Siempre que yo fui, varias veces mi papá sacaba la cartera y les entregaba a los estudiantes billetes que jamás le devolvían, y por eso alrededor de él había siempre un enjambre de pedigüeños.

-Pobres muchachos -decía-, ni siquiera tienen para el almuerzo; y con hambre es imposible estudiar.


Articulos:
http://www.elcultural.es 21/10/2007