dimanche 21 octobre 2007

Pedro Pablo GUERRERO/ Gonzalo Rojas en su laberinto



ENTREVISTA. 90 años del poeta
Gonzalo Rojas en su laberinto
Por Pedro Pablo GUERRERO

El poeta chileno celebra sus 90 años con tres nuevos libros y una serie de homenajes organizados por la Fundación de Estudios Iberoamericanos que lleva su nombre. El encuentro "Nueve décadas de relámpagos y tormenta" se inicia el lunes 22 de octubre, en el Centro Cultural de España. Entre los invitados internacionales se cuentan Tomás Eloy Martínez, Carmen Boullosa y Roberto Fernández Retamar.


De pie, como un roble, al final de su casa-laberinto, Gonzalo Rojas espera los noventa años que cumplirá el 20 de diciembre. Quinientas rosas a punto de estallar hacen guardia en el patio, rodeadas de baldosas cerámicas de los más diversos diseños. Relucen bajo el sol de primavera, igual que las mesas y sillas pintadas a su pinta: verdes, azules, rojas, amarillas. "Los colores los elijo un poco estridentes. Amexicanados los encuentro de repente", comenta el poeta.

Desde el torreón de metal y vidrio que mandó a levantar, se dominan las nuevas alturas de Chillán: el mall y varios edificios en construcción. Todos los años, con la ayuda de Panchito, su chofer, agrega un nuevo detalle a sus dominios: una ampliación, una escultura, algún objeto llamativo, como los letreros de dos licenciosas calles de Nueva Orleans que puso en una esquina. "Son cosas aldeanas si tú quieres, pero simpáticas, rincones míos".

-¿No se aburre viviendo solo en esta casa?
-No. Y hoy en día las máquinas lo comunican a uno. "Como no hay deseos en la casa de la nada, nunca el alma está penada", decía Juan de Yepes.

En un rincón del patio salta a la vista una escalera en espiral que conduce hasta un solitario pájaro de colores. "Cuando me dieron el Premio Altazor, hace tiempo, le dije a Panchito: 'Ponme encima de esa escala el pájaro que me regalaron, y píntalo'. Quedó bien bonito. Todas estas escalas no llevan a ninguna parte".

Los últimos poemas de Gonzalo Rojas transmiten ese mismo desenfado irónico que está viviendo por estos días de "reverdecimiento". A pesar de que pasó un invierno muy duro (tiene fibrosis pulmonar), se le nota más entusiasta y ladino que nunca. En sus dos nuevos libros -Esquizo (Ediciones Universidad del Bío Bío) y Contra la muerte y otros poemas (Ediciones Malvario)- que se publicarán por estos días en Concepción y Buenos Aires, respectivamente, hay un largo poema titulado "Empréstame a tu hermana":
Y ya pasando entonces de la quimera a la era, empréstame a tu hermana,/
¡viva nuestra Suramérica rokhianamente hablando!/
empréstame a tu hermana, a ver, a ver/
si la cosa llega a parto de una vez, y nos juntamos todos....

-¿Dónde escuchó esa expresión?
-En mi pueblo, allá en Lebu. "Oye, cabro, préstame a tu hermana, empréstamela". Cabros malos. Qué bonito. En el poema que escribí ahora se habla de nuestra América, estas pobres patrias despedazadas, como yo digo, que no se han juntado ni se van a juntar nunca. Esas son las hermanas que anda uno queriendo, a lo roto, a lo indio, a lo chorotega, por eso meto toda la cosa mestiza. A la Mistral esto le hubiera encantado, era lo suyo. Sale toda América, el amor descomedido y desmesurado, hijo querido.

-¿Se está volviendo popular su poesía?
-Antes mi poesía tenía varias prolijidades, manejaba el dominio vanguardero, y con un registro amplio, pero ya entonces, en mis días iniciales, también resonaba lo muy oído a escala de pueblo. Eso se ha mantenido, sólo que ahora está más descomedido, uno se atreve, hay temeridad. Pero si paras la oreja, hay un gran respeto por el ritmo. ¿Cuál es para mí la penuria de la poesía que hacen los niños antes de Parra, con Parra, post Parra? La cosa es que no respetan, no quieren ningún vínculo en profundidad con el ritmo, y sucede que el ritmo es respiración: tú respiras, tú amas rítmicamente. Todo es ritmo. La vida, el universo. Por eso me fascina el niño al que le dedico este libro: Stephen Hawking, príncipe de las galaxias.

-¿Por qué el título "Esquizo"?
-Parece fuerte, ¿pero quién no es esquizo? A ver, volvamos sobre algunos pensamientos. Cuando Rimbaud dice "Je est un autre", yo soy otro, y lo dice bien. Cuando el niño de aquí del lado, el argentino grande, dice "Borges y yo", no es que uno sea un esquizofrénico, pero es un esquizo el poeta, que mira para allá, mira para acá, juega al dos, pero es el uno; de tanto uno llega a dos. Se lo pregunté a mis hijos, que son médicos. "Está bonito eso", me dijeron. Además es un zumbido tan lindo: es-qui-zo. Yo una vez escribí un esquizotexto, pero era un poquito relamido, un jueguito con la lujuria verbal de la poesía hermética.

-Hermetismo que le han reprochado más de una vez.
-Mucha gente cree que para leer a Gonzalo Rojas hay que ser tan letrado.
Haber leído a Rimbaud, por ejemplo, para entender lo de "realidad rugosa". ¡No, señor! Si quiere lo lee, si no, no. Pero sucede que en mí el intrajuego de lo culto o cultivé, con lo otro se da como necesario. El mayor tormento de mi exilio era no poder oír hablar a la gente en el mercado. Eso no quita que siempre me haya interesado la poesía de la ambigüedad contra la poesía clara y lata. Me gustó Neruda cuando no lo entendí todo. El primer poema de Residencia en la tierra: "Como cenizas, como mares poblándose,/en la sumergida lentitud,/en lo informe..." (recita de memoria). Qué belleza. Yo soy poeta de la inconclusión. No alcanzo a decir.

-Tengo entendido que además viene un tercer libro en camino.
-Sí, Del agua, con plata de los españoles, que son los que me quieren a mí. Qué culpa tengo yo. Las imágenes son del agua en el mundo, en América, en Chile y en los barrios míos. Esa agua que cae a torrentes en la cordillera: el río Renegado, que es donde teníamos con la Hilda, mi mujer, nuestra casita, y la tenemos todavía, aunque ahora ya no voy para ese lado. Son tan ladronazos. El Renegado es un riacho que pasa por mi casa y se tira 40 kilómetros más abajo, encima del Diguillín y el Diguillín encima del Vergara y el Vergara encima del Biobío y el Biobío encima del mar. Una belleza las aguas.

-¿Todos estos libros mezclan textos ya publicados con inéditos?
-Tú sabes el procedimiento, que iluminó con tanta gracia la Hilda [May] en su libro, cuando habla en qué consiste la operación mía: nunca lineal de libro tras libro, sino pedir el tiempo circular, ya que no se cree para nada en la innovación. Yo no soy novedoso, no creo en lo nuevo, no sé lo que es nuevo, sé y no sé. Le nouveau es un dicho precioso que se impuso, ya se sabe, en los días de las vanguardias iniciales, especialmente con un hombre grande como Apollinaire. Lo nuevo está bien, es un proyecto, ¿pero qué es nuevo? Hay algunos particularismos que la gente cree que son singularidades, que van a dar por ejemplo al humor, como si el humor no se hubiera dado ya en Calímaco, o algún otro poeta grande de los días hermosos, griegos, romanos. O la ironía romántica, que es una categoría enlazada con el humor surrealista, y los surrealistas nunca dijeron que fueran innovadores totales. El más fino, el que más sabía de ese plazo, me parece a mí, con mis respetos a los manifestes de Breton, fue un protosurrealista que se llamó Tzara. Ese fue valiente, temerario y escribió con gracia.

Los premios

Cosechador, en la madurez, de las más importantes distinciones a las que puede aspirar un escritor en lengua española (Premios Reina Sofía, Cervantes, Octavio Paz), Rojas manifiesta en un poema reciente ("Féretro y más féretro") un inesperado escepticismo: "(...) Me acuso/ de vanidad por la celebridad y unos premios/ a la podredumbre del ingenio que no da para imaginación".

-¿Qué siente cada año cuando se aproxima la fecha del Nobel?
-Lata. Qué tanto el Nobel. Unos pocos lo han ganado con dignidad. Joseph Brodsky, por ejemplo. Él sí le pegaba, era narrador, poeta y lúcido como crítico. Pensante. Entre los últimos premios hay unos medianos no más. ¿Además, qué es eso de sacar la cuenta, señores de la Academia? "A ver, este año le toca a Abisinia". Leseras.

-¿Ha seguido la polémica del Maletín Literario?
-No mucho, fíjate, no estoy tan informado. ¿Pusieron algunos de esos magos del XIX? ¿Vicente Pérez Rosales y sus Recuerdos del pasado?

-No.

Qué lástima. Porque creen seguramente la engañifa de que lo nostálgico es venenoso. No es cierto, y eso no es nostálgico, es preséntico. De hoy. ¿A Joaquín Edwards Bello lo pusieron?
-Tampoco.-¡Pero ese niño es bueno, pues, hombre! No es necesario recurrir a sus narraciones largas, que latean. No La chica del Crillón, pero sí Cap Polonio, esa mirada que tiene un viejecillo cuando viaja a bordo de una nave en los tiempos en que no había aviones para ir a Europa y había que tomar un barco en Buenos Aires. Yo creo que es errata no haber puesto a Vicente Pérez Rosales ni a Joaquín Edwards.

-¿Le gustan los cronistas de hoy?
-Rafael Gumucio. Tiene gracia ese cabrito. Me gusta a mí. Ahí hay talento. ¿Qué relación tiene con don Rafael Gumucio viejo?

-Bisnieto.
-Rafael Luis Gumucio fue una estrella, hombre, en los años de mi niñez, cuando leíamos sus papeles en el Diario Ilustrado, que era un diario muy curioso, derechoso, aburridillo, pero por otro lado tan vivo. Piensa tú que en ese "Ilustrado" la misma Mistral escribió. Había muy buenos escritores en esos tiempos, peleadores, sí, pero buenos escritores.

-Usted conoció a uno de los más belicosos: Vicente Huidobro.
-Sí, lo quise tanto, aunque no fui de su capilla ni andaba detrás de él como otros paisanos de mi tiempo. La gracia de Vicente es que respetaba el lado científico. No es que tuviera dominio matemático ni físico, pero le interesaba aquello. Nosotros íbamos a su casa y oíamos con frecuencia hablar a algunos de sus invitados. Me acuerdo del doctor Nicolai, por ejemplo. Vicente querido. Una vez en París me invitó a una cena el señor Breton. Estaba Benjamin Péret, que hablaba muy buen español, porque se había casado con Remedios Varo, una española que se había ido a México. Cuando terminó la fiestoca salimos a vagar por las calles de París. Él tomaba Pernod y yo mis vinos. Entonces le pregunté: "¿Cómo era el Vicente en los días que tú lo viste allá por el 18, cuando terminó la Guerra?". "Era un señorito de segunda", me dijo. Lo desdeñó y eso no me gustó nada a mí. Péret era el pituco parisino que a nosotros, los sudamericanos, nos decía "los de abajo". Me dolió tanto, pero no le dije nada. Total estaba curado.

-¿Y qué opinaba Huidobro de los poetas chilenos que lo visitaban?
-Al único poeta de nosotros que Vicente respetaba en grande era a Anguita. Yo lo conocí en su casa. Él tuvo un gesto hermoso conmigo. Cuando el 48 saqué La miseria del hombre todos se burlaron, empezando por Alone. Incluso Teófilo Cid me trató pésimo, pero recibí un par de cartas muy finas. Una de Humberto Díaz-Casanueva, otra de Gabriela Mistral. La tercera fue de Anguita. Yo con él tuve más o menos el mismo diálogo que sostuve muchos años después con Enrique Lihn, otro paisano que es de la cuerda de Anguita, pienso yo. Como poeta, Lihn es bastante Anguita. Hay una prosapia, sin duda; estas amarras hay que estudiarlas.

-¿Cómo reaccionó usted cuando Alone dijo eso de "al paso que van, las letras chilenas no prometen nada bueno"?
-No me disgustó para nada. Me encantó, porque me hizo bajar del caballo de la arrogancia, una arrogancia que va mucho con el escritor en su primer día. Cuando es mozo uno cree que va a cambiar la Tierra, el idioma, el juego. Fue saludable para mí, y sigo pensando que es buena la contención frente a esta desmesura sin fin, a este arrebato de farándula que estamos viviendo.

-¿También está harto con la farándula?
-Me fastidia tanto. Pero no es sólo de Chile, es del planeta. ¿Tú crees que en España no es igual? Hasta en la bella Alemania, pero no tanto, nunca. Y para qué hablar del pajonal norteamericano. Yo digo en alguna parte que ya no nos queda hado, lo que nos queda es farándula. El hado, esa fuerza irresistible, fatal, misteriosa, muy del modernismo. A veces imagino que viene Darío y me pregunta cómo está el hado en estos días, y yo le digo "ya no nos queda, nos queda farándula de hado".

-¿Habla con Rubén Darío?
-Hay que acostumbrarse a hablar con los que no están. Yo hablo con gente desaparecida. Hablar solo no hace daño, y yo que vivo tan solo en estos cuartos, tengo perfecto derecho. No hasta el punto de perder la chaveta, pero sí hablar por diversión, por gracia, por chispa.

A Gonzalo Rojas le gusta contar un diálogo que sostuvo con Panchito, su chofer, una especie de escudero de voz aguda, campesino y zumbón como Sancho, un día que lo llevaba al aeropuerto de Concepción:

"¿Qué es la poesía, don Gonzalo?"
"Ésa es la parte que no sé".
"Bueno, cuando lo sepa me informa".

Rojas todavía no lo sabe, pero al menos intuye de dónde puede venir.

-A uno se la dan los dioses. Y no es porque yo sea de estirpe romántica, como tantos poetas del mundo, pero es así. A uno le regalan esa opción, y si es capaz de asumirla, lo hace; si no, se distorsiona, se corrompe, se neurotiza, se cretiniza. Este juego de desafío, creo, nos viene a esta zona de América desde el Descubrimiento y la Conquista, que en mí resuenan de modo distinto a como suelen presentarse en los programas escolares. Tú sientes los caballos de los españoles en los charcos, metiéndose por la selva, yendo y viniendo, entrando en barquichuelos inmundos, apostando la vida a cada rato.

-Y sin certeza de nada.
-Esa incerteza preciosa, esa temeridad tan sana. Tal vez suene un poquito rokhero algo de lo que escribo en Esquizo, pero es el aporte de Pablo de Rokha: el desenfado fresco y la desmesura y un grado de terribilitÀ, como decía Nietzsche; el primer escalón de lo terrible, lo llamó Rilke después.

-Usted que siempre ha escrito pensando en la muerte. ¿Cómo la ve ahora, a punto de cumplir 90 años?
-Es una niña que anduvo tanto con uno por todas las costas del planeta, y fue tan fresca, tan odiosa, pero tan de uno, genuinamente pegada, tan amarrada a la criatura que uno cree que es. Nunca la muerte me fue insoportable. Es una figura viva, necesaria, ella es no más. Además no hay muerte, ¿qué es muerte?, ¿qué será eso?, ¿a qué hora? Yo he enterrado a cuánta gente, les he echado la tierra encima a hermanos, a hermanas mías, gente que fue parida como yo y parece que hubiera tenido el mismo peso de construcción, de armazón, para verla luego deshaciéndose o desapareciendo, eso no lo sé bien. No me aflige, no me atormenta. Ahí funciona "lo sido", ese neutro que tal vez oí en mis días de niño en Lebu, o más abajo, porque los indios decían "lo" sol, "lo" mar, "lo" lágrima. Ellos neutralizan. Y en realidad para qué van a ponerle masculinidad o hembraje a las palabras si son neutras, y ahí vuelvo otra vez con mi idea del esquizo: neuter, neutra, neutrum, en latín, quieren decir ni lo uno ni lo otro.

Nuevo libro

Esquizo será publicado en los próximos días por la Universidad del Bío-Bío. La edición, que supera las 500 páginas, estuvo a cargo de Ninón Jegó y Fidel Torres. El volumen reúne algunas de las más conocidas creaciones de Gonzalo Rojas con sus poemas más recientes, incluidos "Empréstame a tu hermana", "Féretro y más féretro" y "A Gonzalo Millán que le apostó la hombría al escorpión azul", en memoria del poeta que fue alumno suyo en la Universidad de Concepción. En un rasgo infrecuente, contiene además varias prosas que Rojas ha escrito a través de su vida.

En Chillán entregó a Revista de Libros unas breves líneas sobre su nuevo libro:

"Preferible callar. D'accord. Total, ¿cuántos serán los ejercicios de uno que durarán un plazo largo? El agusanamiento de la figuración lo carcome todo. Gottfried Benn decía que, todo lo más, quedarán 5 o 6 poemas de uno.

En cuanto a ese título Esquizo, no se vea como una apuesta psiquiátrica. Borges y yo (una página), ahí tienen un esquizo. Y Rimbaud: "Yo es otro". ¿A qué insistir? Y Breton: el poeta es uno que se asoma por la ventana: ¡partido en dos!Ni esquizoide, ni esquizofrénico, no me da. Esquizo y mortal, sí: un inconcluso como usted, mi lector. Hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère".

Articulo :
http://diario.elmercurio.com 14/10/2007

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