Entrevista
La pasión de lo desconocido
Por Verónica Chiaravalli
Edgardo Cozarinsky habla de su nueva novela Maniobras nocturnas (Emecé), que narra, en la primera parte, la rutina de un conscripto argentino hacia 1960 y muestra, cuarenta años después, en qué se convirtió el protagonista
A simple vista, la imagen sugiere un momento excepcional en la rutina de un conscripto. El joven de uniforme está sentado a la mesa (mantel impecable, servicio modesto pero esmerado). Todavía no ha comido y posa abiertamente para la cámara. La sonrisa luminosa del soldado, la inesperada botella de champagne convenientemente descorchada y al alcance de su mano subrayan la singularidad de la escena. "El de la foto soy yo -explica Edgardo Cozarinsky, escritor y cineasta-. Está cortada. Lo que se ve es la mitad de una foto en la que estoy con el suboficial que organizaba el tráfico de champagne francés. Fue tomada en el office de la cocina de la embajada de Francia por el mayordomo, como recuerdo. Un detalle está cambiado. En lugar de la botella original (creo que era una Quilmes) Lucía Cornejo, que procesó la imagen, puso una botella de Dom Pérignon, uno de los champagnes más caros que existen. Estábamos allí esperando algo, y creo que comimos."
La foto ilustra la tapa de Maniobras nocturnas , segunda novela de Cozarinsky (la primera fue El rufián moldavo ) que acaba de publicar Emecé, y el tráfico de champagne al que se refiere el autor es una de las tantas transgresiones más bien risueñas que matizan los relatos de un servicio militar cumplido hace casi cincuenta años y evocado amablemente por Cozarinsky en "Arcadias", la primera parte de su nuevo libro. La segunda parte ("Reconocimientos") y la tercera ("Tinieblas") transcurren ya en la Buenos Aires actual y completan el relato, llevado con maestría por una escritura precisa y poderosa.
Durante un viaje en avión desde algún punto de Europa hacia Buenos Aires, el protagonista y narrador de Maniobras nocturnas encuentra al azar en una revista el nombre de Nemesio Loyola, ex compañero de la conscripción. El nombre lo sume en el recuerdo y el recuerdo despierta el deseo de ir en busca del ex camarada. Pero una vez en la ciudad, el narrador posterga el encuentro demorándose en el reconocimiento de los lugares que alguna vez sintió como propios, trabajados ahora por el paso del tiempo. Hay en Maniobras nocturnas un amor que, por no cumplido, por no dicho siquiera, tensa el hilo argumental de la novela desde el principio hasta el final inesperado.
Las tres partes de Maniobras nocturnas están escritas en formas claramente diferenciadas. "Me di cuenta de que la primera parte tenía que estar dedicada al pasado y ser más larga que las otras dos. Ahí me dejé llevar un poco por esa especie de narrador al que le atribuyo tal vez un cincuenta o sesenta por ciento de cosas mías y el resto son cosas totalmente inventadas u oídas, de relatos de compañeros del servicio militar. La tercera parte tenía que ser una especie de inversión de la primera, donde los mismos personajes se encuentran en otro mundo, otra sociedad. Me faltaba la bisagra. Entonces se me ocurrió, para la segunda parte, la forma del diario en que el narrador registra su recorrido por los lugares donde vivió cuarenta años atrás y compara las experiencias que tuvo entonces con las del presente. La construcción cronológica me permitió mencionar a Nemesio en distintos momentos, en un camino que conduce gradualmente a la tercera parte. Allí me pasó algo curioso. Cuando escribía la tercera parte de pronto sentí que se estaba convirtiendo en algo que yo ya había leído. Se me convirtió en lo que en cine sería una remake o un pastiche de El corazón de las tinieblas , de Conrad, sólo que en lugar de navegar en busca de Kurtz el narrador va al encuentro de Nemesio. No creo que lo que yo escriba sea original en el sentido de que no tenga precedentes. Creo que uno siempre escribe a partir de lo que ha leído y, en segundo grado, de lo que ha vivido. Pero es la primera vez que noté tan presente en lo que estaba escribiendo la sombra de algo que había leído. Entonces me dije: vamos a dejarlo así e indicar el parentesco. Por eso puse la frase en inglés que cierra la segunda parte y conduce a la tercera. La cita de Conrad I should be loyal to the nightmare of my choice ("Debo ser fiel a la pesadilla de mi elección"), que dejé en inglés para que se notara que era una cita."
No por azar el pasado que Cozarinsky se propuso recuperar en la primera parte de Maniobras nocturnas es el de su juventud en el servicio militar. "Creo que es una transición muy importante para la gente de mi edad y de mi origen social, de clase media. Por ejemplo, yo trabajaba pero no me tenía que ganar la vida: era empleado de librería o hacía cosas que me daban dinero de bolsillo. Vivía con mis padres y sabía que no tenía que pagar alquiler y que tenía comida gratis. El servicio militar marcaba el comienzo de la edad adulta. Por otro lado, significaba también asomarse a un mundo desconocido, porque por más que yo haya sido muy atorrante en mi adolescencia, vivía muy protegido. Para mí ser atorrante significaba aventurarme en espacios que no conocía, que podían tener algún peligro, algo de aventura o de novelesco, pero no significaba necesariamente salir de mi medio: al final del día volvía a dormir a casa de mis padres. En cambio, la vida de cuartel era realmente aventurarse en un territorio distinto. Cepillar y ensillar una yegua todas las mañanas a las cinco y media, relacionarme con gente con la que no tenía un vocabulario en común: los suboficiales, mis compañeros, gente con la que había que cuidarse mucho, como estudiante de Letras, de no parecer pedante, pretencioso. No quería causar la impresión de que me consideraba por encima de nadie usando palabras que no estuvieran en el vocabulario común y corriente."
Cozarinsky narra sin resentimiento aquellos meses bajo bandera. "La primera parte debía ser un poco idílica para que contrastara con la tercera. En ´Arcadias la memoria embellece todo lo que había sido desagradable en el momento de vivirlo, porque lo que se recuerda con afecto es la juventud. Por eso elegí los hechos que me podían parecer pintorescos. Yo he tenido una pequeña ventaja en el servicio militar, porque durante el colegio secundario había ido al Tiro Federal, tenía buena vista y buena puntería y eso en seguida me puso bien en el cuartel. Pero también me mandaban a limpiar retretes. Además, para disciplinar a la gente, para hacerle entender que había que obedecer, el método era obligarla a hacer cosas absurdas, arbitrarias. Esos episodios los menciono al paso, no hay mucho de lo más sórdido o desagradable porque no me pareció que fuera interesante de manera narrativa y creo que es lo que se espera de alguien que va a escribir sobre el servicio militar, que lo haga sobre la parte negativa."
El personaje de Nemesio Loyola está inspirado en la realidad. Para el narrador Nemesio es el pasaporte a un mundo fascinante por oscuro y desconocido. "Hay un enamoramiento entre Nemesio y el narrador que no llega a más. Dicen que uno siempre se siente atraído por la gente que no se le parece. Entonces, para un joven nieto de inmigrantes de clase media, estudiante de Letras, conocer a alguien que venía del Norte, que sabía de folklore, de creencias, que por un lado era muy aindiado y por otro tenía una suavidad, una suerte de delicadeza y una belleza que uno asocia con lo femenino, era muy impresionante. El original, como el del relato, se parecía mucho a la actriz Jean Seberg: pómulos muy marcados, tez oscura y el pelo que le caía en mechas sobre la frente cuando de noche se quitaba el planchado para atrás exigido por el Ministerio de Guerra. Para mí era una contradicción viviente. Yo nunca había conocido alguien que fuera tan ignorante de lo que yo sabía y conociera tanto de lo que yo ignoraba. El desarrollo de la relación entre el narrador y Nemesio es totalmente inventado, pero la idea de que uno se asoma a otro mundo cultural y social gracias al ejército, eso es muy fuerte. Muchos años después, cuando volví de Europa a la Argentina, me di cuenta de que lo único valioso que he adquirido es que hoy tengo gran facilidad para moverme en ambientes completamente distintos, y que lo disfruto. Yo voy a las milongas, tengo allí amigos milongueros que no tienen la menor idea de lo que hago en la vida. Cuando filmo, me quedo charlando con la gente del equipo, con los electricistas. Me acuerdo de cómo nos divertimos, cuando filmamos Ronda nocturna , charlando con los travestis de Godoy Cruz. Estoy seguro de que cuando les conté esa experiencia a dos o tres amigos míos, se quedaron un poquito chocados, como aceptando que uno pueda ir a mirar, a ver cómo es ese mundo; incluso que uno pueda trabajar con los travestis, emplearlos en alguna secuencia, mantener una relación profesional, pero ¿quedarse tomando una copa y charlando con ellos?, ¿de qué pueden conversar? Y para mí es divertido charlar con gente con la que no comparto prácticamente nada de la vida. Tengo la sensación de que me enriquece, me aporta mucho. Y la primera vez que sentí eso fue en el servicio militar."
1960 es el año en que Cozarinsky hizo el servicio militar y también el año en que murió su padre. La situación está recreada en la primera parte de Maniobras nocturnas . "Mi padre era marino y cuando se murió yo pasaba por una especie de adolescencia prolongada. No estaba muy cerca de él, no tenía con él una relación muy cálida. No es que me llevara mal, pero no me interesaba mucho y recién me empezó a interesar el personaje de mi padre muchísimos años más tarde, cuando ya no estaba para hablar francamente con él de ciertos temas. Sobre todo para preguntarle cosas de su vida. Entonces me quedó siempre esa nostalgia de haber tenido a mi padre y no haberle demostrado afecto. Empecé a sentir afecto por él cuando ya había muerto, y muy a menudo pienso en mi padre, en qué momento decidió hacerse marino, cómo lo vivió, en qué momento decidió que se iba a ir del campo, allá en Entre Ríos, y por qué no eligió como sus hermanos una vida civil."
Cozarinsky no recuerda pero sabe que su padre hizo un largo viaje alrededor del mundo en 1940, un año después de que él nació. "El viaje se interrumpió por la guerra. Creo que habrá estado ausente siete u ocho meses y sé que estuvo en Japón. Mi padre tuvo que aprender a bailar tango para ir a Japón. Les dijeron a los oficiales que el tango era muy popular en ese país y que tendrían que bailarlo en un agasajo, creo que en el puerto de Yokohama. Después estudié un poquito sobre la historia del tango en Japón y me enteré de que había un personaje maravilloso, el barón Megata, nieto de samurai, que del año 20 al 26 había vivido en París y había aprendido a bailar tango en El Garrón, el cabaret argentino al que iban Güiraldes y Vicente Madero, y que, de vuelta en Tokio, en 1926 abrió en Japón la primera escuela de tango, donde se suponía que enseñaba el auténtico tango argentino."
En 1945 o 1947 -el hijo no recuerda con exactitud- Cozarinsky padre pidió su retiro. "Ese es un tema del que tampoco pude hablar con él porque, aunque parezca increíble, lo sabía y no me interesaba. Me interesó después. Mi padre era un ejemplo raro de judío que estaba en la marina de guerra. Había en su época tres oficiales, creo, no más, que eran de origen judío y los tres habían ingresado en la marina de guerra antes de 1930. (Pienso que en la época de Uriburu deben de haberse puesto más severas las cosas y un judío no hubiese sido aceptado, y es muy probable que a un judío tampoco le hubiese interesado estar ahí.) Había entonces una ley no escrita, una especie de acuerdo de caballeros por el cual un oficial judío podía llegar a capitán de navío pero no más alto. Y en las Fuerzas Armadas si cuando te llega el momento de ascender, después de un determinado tiempo, no te ascienden, se considera que hay que renunciar, como una cuestión de honor. Cuando mi padre llegó a lo que sabía que era el tope de su carrera como marino pidió el retiro para no encontrarse en la situación de que no lo ascendieran. Eso para mí fue la gran incógnita. En todo caso, la lealtad de él con la Marina fue fuerte porque cuando supo que iba a morir, pidió que lo enterraran en el panteón naval, que está en la Chacarita, y me pidió por favor: ´No quiero que aparezca ningún rabino (era muy ateo, del estilo de esos ateos del siglo XIX, militantes, positivistas) y tené cuidado de que en el aviso fúnebre no vayan a poner una cruz y la gente crea que me convertí, porque eso sería tratar de disimular ."
Cozarinsky creció fuera de la tradición judía. "La mayoría de mis compañeros de escuela eran católicos, y yo veía que tenían esa cantidad de ceremonias (primera comunión, misas). Todo eso me parecía genial y yo no lo tenía. Cuando unos parientes se casaron por el rito religioso, tuve que ir a una sinagoga. El lugar me pareció vacío, sin interés. En uno de los textos breves de Vudú urbano cuento que una tía abuela de mi madre invitaba siempre a una comida para el año nuevo judío. Yo nunca me enteré de que eso tenía un sentido religioso. De chico, a los 12 o 13 años, yo pensaba que la tía estaba un poco gagá, porque decía que el año nuevo era en octubre, y yo sabía que se celebraba la noche del 31 de diciembre. Pensaba que todo eso, la comida que allí se comía, distinta de lo que se comía en mi casa y en el restaurante donde me llevaban mis padres, eran cosas de mi tía. Yo no sé qué edad tendría cuando una vez, hablando con mi padre, me dijo que éramos judíos, pero que no había que hacerle caso a la religión. ´Ya vas a ver si te interesa la religión cuando seas más grande , me dijo."
En 1994, en París, Cozarinsky elaboró una sucinta cronología biográfica para el catálogo de una muestra retrospectiva de sus films. Una de las pocas fechas que señaló como decisivas en su vida fue el 22 de agosto de 1944, cuando sus padres lo llevaron a la Plaza Francia para celebrar la liberación de París del régimen nazi. ¿Qué sentido podía tener ese acto en la ciudad capital de un país neutral, a miles de kilómetros de la Europa en guerra, para un niño de apenas cinco años que ignoraba lo que significaba ser judío?
"No lo sé, pero me acuerdo muchísimo de aquel día. Yo no entendía qué pasaba. Lo entiendo ahora, pero en aquella época no entendía la cuestión del antisemitismo. En la Argentina había una cantidad muy grande de gente que simpatizaba con el Tercer Reich. El golpe de 1943 había sido hecho por militares pro eje, y un triunfo internacional de Alemania en la guerra hubiera significado que esa gente llegara al poder en la Argentina. Eso representaba un peligro para la familia, para muchos de nosotros. De aquel día recuerdo la alegría de mi padre. Me acuerdo de que llegó a casa más temprano que de costumbre y dijo: ´París ha sido liberada, esto es el principio del fin, podemos respirar tranquilos . Esa frase, podemos respirar tranquilos , me quedó, porque yo no entendía por qué la decía. Nos fuimos a Plaza Francia, donde la gente cantaba en un idioma que yo no entendía: cantaba la Marsellesa. Mi padre me compró una banderita francesa y otra inglesa. La francesa, por la liberación de París, y la inglesa porque, al menos para la clase media judía (y no sólo judía, creo), la oposición al nazismo estaba encarnada por Inglaterra."
En la segunda parte de Maniobras nocturnas Cozarinsky introduce la figura del escritor chileno filonazi Miguel Serrano, como postrer anfitrión de un excéntrico oficial argentino admirador de Hitler y de su esoterismo ad hoc . "Lo descubrí en París, hablando con amigos chilenos, y me quedé fascinado. Es como un viejo loco (que no está tan loco porque razona mucho todo) que, dicen, tiene el retrato de Hitler en su escritorio pero que es muy culto. Creo que cada año en Chile lo proponen para el premio nacional de literatura (aunque a último momento lo bochan) porque parece que es muy buen poeta y, aparte del delirio nazi, que es una característica del personaje, dicen que tiene ensayos muy buenos. No lo he leído todavía porque temí entusiasmarme y verme obligado a cambiar el modo en que lo presentaba, pero lo leeré."
Como ocurrió con la figura literaria de su padre, con los años y de a poco, Cozarinsky comenzó a interesarse por el tango. Hoy es una de sus pasiones. A las madrugadas de baile, al romance de una noche con una mujer muy joven conquistada en la milonga, el autor dedica algunos párrafos de la segunda parte de Maniobras nocturnas . "En noviembre de 1983 vi en París el espectáculo Tango Argentino y me fascinó. Empecé a escuchar tango de una manera diferente. Después, cuando en 1999 estuve internado en un hospital de París, a punto de quedarme paralítico por una infección en un disco que por suerte no pasó a la columna vertebral, tuve que dejar de ir al gimnasio, engordé y cuando me quejé de eso en Buenos Aires, mi amiga Ana María Stekelman me aconsejó que bailara tango. El mundo del tango me atrae mucho. Es el mundo de la imaginación, porque durante los tres minutos y medio que dura la pieza, el hombre mayor, pelado, panzón es el gran seductor que siempre soñó ser y nunca fue, y la mujer a lo mejor igualmente poco interesante, es la mujer irresistible que tiene a un hombre en sus brazos. En Radiografía de la pampa Martínez Estrada dice: ´Quizá ninguna música se preste como el tango a la ensoñación. Entra y se posesiona de todo el ser como un narcótico. Es posible, a su compás, detener el pensamiento y dejar flotar el alma en el cuerpo...".
Cuenta Cozarinsky que la cita de Martínez Estrada será el epígrafe de su nuevo libro sobre tango, que Edhasa publicará en noviembre. "La primera parte tiene textos muy personales acerca de las distintas milongas, lo que se siente en ellas, lo que inspira la música. La segunda es una serie de apuntes históricos, por ejemplo, sobre lo que ocurrió en 1913, el año en que la moda del tango arrasó en Europa, desde San Petersburgo hasta París."
La historia como sustrato de la ficción; la mirada que explora con curiosidad y asombro los pliegues de una ciudad conocida y a la vez extraña; la presencia de los muertos en el mundo de los vivos; el curso secreto del deseo imprevistamente revelado son elementos característicos en la literatura de Cozarinsky, desde sus libros de relatos ( Vudú urbano , La novia de Odessa , Tres fronteras ) hasta sus ensayos ( El laberinto de la apariencia , Borges y el cine , El pase del testigo , Museo del chisme , Palacios plebeyos ). Maniobras nocturnas suma a ese mundo otra criatura habitual en la obra de Cozarinsky: el narrador solitario, cuya vitalidad y cuya capacidad para relacionarse con la gente no le impiden preservar una zona de intimidad inaccesible aun para sus amigos. "Esa es una soledad que reivindico como mía, pero no es una soledad triste. Tal vez sea una soledad buscada para no comprometerme con una amistad apasionada ni con una relación conyugal o de pareja."
Cada vez con más frecuencia Cozarinsky encuentra escenarios para sus historias en la Argentina, país que empezó a recuperar hace pocos años, después de haber vivido en Francia desde comienzos de la década del 70, donde desarrolló la mayor parte de su labor como cineasta ( Los aprendices de brujos , La guerra de un hombre solo , entre otros títulos). "Nunca me he integrado en Europa. Tengo un pasaporte francés porque viviendo en Francia es más útil tener la nacionalidad francesa que seguir como residente extranjero, pero nunca me he inscripto para votar en Francia, jamás he votado allí. En cambio, voy al consulado argentino a votar en las elecciones argentinas."
En la tercera parte de Maniobras nocturnas ocurre un acto irreversible. Un hecho que es mejor no develar pero que podría interpretarse de manera simbólica como el crimen primordial de la literatura. "Me he dado cuenta de que en dos películas mías, Fantasmas de Tánger y Altamar (un film que tengo clausurado porque me parece que salió mal), los personajes principales hacen una especie de crimen gratuito. No estaban obligados a hacerlo, y por haberlo hecho, se transforman en otros. Publicar un libro es el crimen primordial que a uno lo transforma en otro, en escritor, en una identidad que a lo mejor uno la tenía para sí mismo pero que a partir de la publicación la tiene para la sociedad. Yo empecé a escribir en serio en 1999, cuando me descubrieron un cáncer. Tenía 60 años. Mi padre murió a los 60 años, mi abuelo también y no llegué a conocerlo. Me dije que la historia no iba a repetirse."
Que Cozarinsky haya comenzado a escribir "en serio" significa, entre otras cosas, que decidió que no había tiempo ni historias que perder, como quedaron tal vez perdidas, seguramente silenciadas, las historias de su padre y de su abuelo. "Hasta ese momento yo había publicado poco y, fuera de Vudú urbano , lo que había publicado no me interesa, son cosas que fueron escritas sin gran compromiso personal. Desde aquel momento, en cambio, no he parado de escribir. A veces hay gente que me pregunta de dónde saco tantas cosas. No las saco. Están. Además, yo no soy un escritor de vanguardia ni un experimentador del lenguaje. Yo, más bien, escribo historias. Y las historias están allí, almacenadas. En algún momento voy a abrir la canilla y no va a salir nada. Mientras siga saliendo, escribo."
Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 28/07/2007