dimanche 28 octobre 2007

Un especial sobre Horacio QUIROGA



Horacio Quiroga
Por Daniel Nicolás Rodríguez León

Es capaz de oír una historia escabrosa?
Horacio Quiroga, El ocaso.


En la obra del escritor uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937) podemos encontrar innumerables pasajes autobiográficos que nos permiten vislumbrar el carácter y la personalidad de una figura tan importante para la literatura latinoamericana. La enorme facilidad con que las anécdotas históricas pasan al plano de lo argumental en los relatos de este escritor es francamente sorprendente. La literatura de Quiroga se asemeja a su vida y su vida se asemeja a su literatura. No es de extrañar que los textos que hablan de él analicen simultáneamente los dos aspectos: vida y obra se entrelazan para formar un único tejido de riquísimos matices, texturas y tonalidades que encienden el ánimo de los cautivos lectores que se aproximan a su influjo.

La vida de Horacio Quiroga fue un constante blanco para las desdichas y tragedias familiares, lo que lo motivó sin duda a buscar refugio en lugares aislados de la sociedad. Su carácter, de por sí melancólico y pensativo, hacía de él un joven solitario y sumergido en abstracciones filosóficas. Su apego inicial por la literatura modernista no fue más que una consecuencia lógica de un alma sensible como la suya que encontró en la tónica del momento una fuente en la cual abrevar. Cada nuevo acontecimiento trágico se sumó a la larga lista de episodios dolorosos que constituyeron su paso por este mundo, forjando un carácter más bien agreste y pesimista. De hecho, su vida parecería a simple vista un cuento ideado por él mismo, con la acumulación impía de accidentes, infortunios, suicidios y giros macabros del destino. Pero expliquémonos.

Horacio Silvestre Quiroga Corteza nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1878.1 No conoció a su padre, Prudencio Quiroga, puesto que éste murió al disparársele accidentalmente su escopeta al descender de una lancha, cuando Horacio Quiroga era apenas un bebé. Se dice que su madre, Juana Petrona Corteza, que presenció la escena, dejó caer al futuro escritor por el impacto de la visión mortal.2

Por ser el hijo menor, su infancia se desarrolló bajo el afecto indivisible de su madre, pero fue un niño nervioso, padecía de asma y de una tartamudez que intentó disimular detrás de una dicción abrupta y lacónica. Doce años después de la muerte de su padre, su madre (mejor conocida como Pastora) contrajo nupcias con Ascensio Barcos, pero este matrimonio tampoco estaba destinado a tener éxito, ya que, después de cinco años, una hemorragia cerebral dejó paralítico y afásico al padrastro de Horacio. No obstante dicha restricción, poco tiempo después, el señor Barcos utilizó el limitado movimiento de que aún disponía en una de sus piernas para arrastrarse hasta donde guardaba una escopeta, poner el caño en el mentón y accionar el gatillo con el pie. Horacio Quiroga, de diecisiete años de edad, quien se había esmerado en los cuidados de este hombre al que había cobrado grande afecto, fue el primero que acudió al oír el disparo y encontró a su padrastro destrozado y muerto.

Sin duda, este episodio marcó el carácter del salteño. En el cuento Para noche de insomnio, escrito tres años más tarde, "revela sobre todo el horror del espectáculo concreto de la muerte, la experiencia física de lo macabro, la angustia algo histérica que le provoca la sangre derramada, una culpa honda e irracional".3 Rodríguez Monegal cita también una página titulada Sombras, que se conserva en el cuaderno de composiciones juveniles de Horacio:

¡Qué triste es el pesimismo! Yo me enternezco cuando oigo a mi amigo hablar de su porvenir, de la gloria, de las aspiraciones de un alma juvenil y creo que palidezco, porque pienso que también podría ser como él, lleno de fe y alegre, ¡sobre todo alegre! ¡Qué hermoso sería...! Pero no puedo. La tendencia fatal de nuestro siglo me arrastra sin procurar apartarme de la corriente. Siento una especie de placer en mis sufrimientos, en mis tristezas, y aún desearía padecermás, para encontrar en el fondo de mi escepticismo una realidad que se destaque poderosa, con el tinte del dolor que nos sofoca, del gran dolor eterno.4

La "tendencia fatal de nuestro siglo" a que se refiere es, sin duda alguna, la conformada por los autores que leía entonces, es decir, Dickens, Balzac, Zola, Maupassant, Heine, Bécquer, Hugo, Poe, Darío y Baudelaire. A pesar de ese sentimiento de melancolía, tristeza y pesimismo, algunas amistades lo convirtieron en un ser bastante sociable. Por esa época, nos aclara Rodríguez Monegal, aprendió a tocar la guitarra, se entusiasmó con la ópera italiana y practicó la esgrima y el ciclismo con singular dedicación y esfuerzo.

Desde que en 1896 descubrió la Oda a la desnudez, su autor, Leopoldo Lugones, le sirvió de modelo e incentivo, además de que se convirtió en una figura paterna para él. Al año siguiente, sus prosas poéticas comenzaron a aparecer en los diarios locales y luego en el semanario Gil Blas. Poco tiempo después, Horacio Quiroga fundó y editó la Revista del Salto del 11 de septiembre de 1899 al 4 de febrero de 1900. A lo largo de sus veinte números se cuentan más de 30 colaboraciones de Quiroga, entre ellas poemas, prosa poética, páginas narrativas, crítica teatral y literaria, y artículos ensayísticos sobre diversos temas. Fue la primera publicación decadentista y modernista de Uruguay. Lo acompañaron en la empresa José Ma. Delgado, Alberto J. Brignole, José Ma. Fernández Saldaña y Federico Ferrando.

En ese mismo año ganó un segundo premio en el Concurso de Cuentos de La Alborada, y luego hizo un viaje a París con gran ilusión, pero su aventura en el viejo continente resultó un fracaso, ya que le fue imposible adaptarse al tipo de vida de los poetas en la ciudad luz, que le pareció superfluo y falso. Cabe destacar que llegó a Francia con todo el tipo externo de Dandy, pero la euforia inicial derivó en desencanto y, finalmente, después de verse envuelto en penurias económicas, tuvo que recurrir a la embajada de su país para que le costeara un boleto de segunda clase para regresar a América.

A su vuelta de París, en 1901, fundó con sus amigos el primer cenáculo modernista de Uruguay: el Consistorio del Gay Saber. Sus textos de iniciación literaria muestran claramente los ecos de la literatura de Rubén Darío y Leopoldo Lugones. Luego vino la influencia de Edgar Allan Poe y en ella encontró un elemento que sería esencial y constante en sus cuentos: la locura, presente desde los primeros relatos (El crimen del otro) hasta los últimos (El conductor del rápido).

Recogió sus versos, sus poemas en prosa y sus primeros cuentos en Los arrecifes de coral (1901). Dedicado a Leopoldo Lugones, el libro consta de 18 poemas, 30 páginas de prosa lírica y 4 cuentos. El contenido altamente erótico y la mujer semidesnuda de la portada fueron muy mal recibidos por la sociedad y por la crítica montevideana. Los personajes de Los arrecifes de coral muestran neurosis y visos homosexuales, típicamente decadentistas.

Un mismo motivo (la niña que se muere por excesos sexuales secretos) obtiene elaboradas versiones. Otras veces se insinúa el animalismo que reaparecerá en cuentos posteriores. Asoma la prestigiosa contaminación del amor con la muerte y hay atisbos de necrofilia o de locura. También hay fantasmas en la mejor tradición de Poe. Excesos sexuales, flagelación, incipiente necrofilia, demencia, parecen atestiguar una fuerte inclinación morbosa. Hay mucha literatura de segunda mano en estos temas pero hay también la expresión algo obsesiva de un mundo interior torturado e intenso. Por medio de estas perversidades literarias, Quiroga exorciza sus fantasmas.5

El libro atacó sin disimulos y hasta con saña las buenas costumbres y las formalidades y ritos burgueses. La reacción de la crítica fue muy violenta, y Quiroga solamente recibió elogios de su amigo Federico Ferrando y de Raúl Montero Bustamante, mientras que los juicios de Washington Bermúdez Vinagrillo y de Herrera y Reissig fueron lapidarios.

En el curso de 1901 Quiroga perdió a dos de sus hermanos; Pastora y Juan Prudencio, víctimas de una tifoidea. En ese preciso periodo tuvo lugar otro suceso en extremo desafortunado que cambiaría la vida del autor. En Montevideo, a principios de 1902, Guzmán Papini y Zás publicó una Silueta en la que vinculaba a Federico Ferrando con un ladrón, de lo que nació un desafío. Horacio Quiroga, con no más de veinticinco años, llegó de Salto el 5 de marzo de 1902 para ayudar a su amigo enseñándole el uso del arma de fuego. Héctor Ferrando, hermano de Federico, había comprado por encargo de éste una pistola de dos caños. Quiroga tomó el artefacto con la finalidad de explicar el mecanismo a Federico Ferrando, pues entendía algo de armas de fuego, pero en el momento en que quiso detener el gatillo, éste se accionó escapándose una bala que entró por la boca de su mejor amigo, fue a alojarse directamente en el cerebro y lo mató en cuestión de minutos.

Este accidente se sumaba así a la ya triste historia del joven autor. Después de esto, Quiroga tuvo que irse a Buenos Aires para alejarse de tan amargo trago. Ahí se refugió en casa de su hermana María y, pasado un tiempo, se inició como pedagogo. Posteriormente empezó a publicar en revistas porteñas.

En 1903, el Ministerio de Instrucción Pública encargó a Leopoldo Lugones una expedición de estudio a las ruinas jesuíticas de San Ignacio. Lugones invitó a Quiroga en calidad de fotógrafo. Jorge Laforgue dice que Quiroga llegó a Misiones "como señorito distinguido que se apresta a veranear en lujosos hoteles balnearios"6, y que toda su conducta durante la expedición fue "una sola serie de caprichos, extravíos y protestas"7, pero el clima y la naturaleza que lo rodeaban fueron cambiando su aspecto y su modo de pensar. De esta experiencia nació su artículo El sentimiento de la catarata, en el que Quiroga describe la furiosa caída del agua en términos que prefiguran sus mejores cuentos de monte:

En el fondo de la hoya, ahora, todo era un infierno de lluvia, bramidos y viento huracanado. El estruendo del agua, apenas sensible en el plano superior, adquiría allí una intensidad fragorosa que sacudía los cuerpos y hacía entrechocar los dientes. Las rachas de viento y agua despedidas por los saltose retorcían al encontrarse en remolinos que azotaban como látigos (...) Un paisaje de la era primaria, rugiente de agua, huracán y fuerzas desencadenadas era lo que la gran catarata ocultaba al apacible turista del plano superior. Y no estábamos sino al pie de los pequeños saltos.8
.



El crimen del otro (1904) continuó la tónica de su anterior libro al poner en escena incestos, relaciones sadomasoquistas e insinuaciones de pedofilia y zoofilia. Este segundo libro de Horacio Quiroga recogió seis relatos que ya habían aparecido en revistas, entre 1902 y 1903, y otros seis escritos especialmente para completar la colección.

En El crimen del otro encontramos temáticas muy fuertes para la sociedad de aquella época, aunque para un lector de hoy podrían parecer un tanto ingenuas. La pedofilia es clara en Rea Silvia y en Corto poema de María Angélica. Idilio y El 2° y el 8° número retratan relaciones sádicas. En La justa proporción de las cosas, El crimen del otro y en Los perseguidos explora un tema que lo acompañará hasta sus últimos escritos: la locura. El proceso de evolución de diversas clases de psicopatologías fascinó a Quiroga y se repite a lo largo de toda su obra, quizás porque "la locura, cuando se le estrujan los dedos, hace piruetas increíbles que dan vértigos, y es fuerte como el amor y la muerte".9

En ese año, animado por la aventura en la selva, Quiroga compró un terreno en el Chaco, a donde se fue a vivir unos meses. Quiso sembrar algodón y hacer negocio con él, pero fracasó porque no fue capaz de explotar a los indios que trabajaban para él, costumbre arraigada en los patrones de la zona. La estancia en el Chaco le hizo despojarse de los aspectos más postizos y exteriores del modernismo, además de que le recordó indudablemente su natal Salto, lugar que permitía a sus habitantes un contacto diario con la naturaleza. Sus cuentos comenzarían a reflejar más a menudo el ámbito selvático.

A partir de 1905 empezó a publicar en Caras y Caretas, importante semanario argentino. Allí aprendió la eficacia del estilo conciso, el valor de cada palabra, la estrategia de los adjetivos, el impacto de toda imagen concreta, pues sólo disponía de una página para sus colaboraciones. Después colocó también su producción en El Hogar, Atlántida, Nosotros, Papel y Tinta, publicaciones periódicas rioplatenses.

Algunos críticos ven en la siguiente etapa de Quiroga una mayor influencia de Dostoievski, mientras que Poe ha quedado un poco relegado. Esta influencia del escritor ruso se reflejó también en su vida familiar cuando, años más tarde, Horacio Quiroga llamó 'Eglé' a su primera hija, nombre de la protagonista de Les possédés del novelista ruso. De él seguramente le atrajo su gusto por penetrar en la mente humana, y llegó a afirmar refiriéndose a Dostoievski que era "el hombre que ha visto con más profundidad los subsuelos del alma".10 En este sentido, la producción novelística del escritor salteño, que inicia en 1908 con Historia de un amor turbio, se distinguirá del resto de su obra, pues en ella trata el tema del amor, pero muy a su manera. Si bien es cierto que esta novela es débil en ciertos aspectos, por otra parte es iluminadora y fascinante por sus implicaciones extraliterarias, pues es hasta cierto punto un retrato del Quiroga más íntimo y fatal.

En 1910, el escritor compró un terreno y se instaló con su esposa, Ana María Cires (una de sus alumnas de la Escuela Normal, quince años menor que él), en San Ignacio, provincia de Misiones, lugar que pronto empezó a dominar su narrativa.

San Ignacio no es la selva misma sino uno de sus umbrales. Un paso fuera del pueblo y ya se está en pleno monte, tupido, inhóspito, dócil sólo al machete. (...) Ahora que tiene a su compañera, se arroja a la aventura: la conquista de su verdadero habitat. El viaje por el río es un viaje de retorno en el tiempo. Quiroga asciende décadas, siglos, eras. Quiere probarse definitivamente. Medirse con la única vara que no ha cambiado desde que la vida emergió oscura del seno del mar; medirse con una naturaleza que no premia ni perdona, la naturaleza que él necesita pero que será (como para Vigny) madre implacable.11

Ahí levantó una casa con sus propias manos con incomparable tenacidad y los árboles y las flores del mundo que lo rodeaban se fueron colando de a poco en sus relatos. Desde ahí mandaba sus escritos a diversas revistas de Buenos Aires sin saber con precisión el tipo de recibimiento que obtenían. Esos relatos, nacidos de su experiencia personal en la selva descubrieron un campo inusitado para la literatura latinoamericana que con el tiempo, y gracias a su influjo, explorarían incontables autores. Los mensú y Una bofetada se sitúan cronológicamente en el nacimiento de la literatura americana de realismo social. El auge de la novela de la tierra y del hombre que lucha ardua y vigorosamente contra ella, fatalizado por la geografía y aplastado por el medio y por la explotación colonial de los herederos de España, como Raza de bronce (1919) del boliviano Alcides Arguedas, La Vorágine (1924) del colombiano José Eustasio Rivera, Don Segundo Sombra (1926) del argentino Ricardo Güiraldes y Doña Bárbara (1929) del venezolano Rómulo Gallegos, debe sin duda mucho a la empresa expedicionaria del uruguayo.

En 1911 nació Eglé. Quiroga (en un rapto de locura, pues no se puede entender de otra manera) obligó a su mujer a dar a luz en la choza, sin auxilio médico: "Él mismo oficia de partera".12 En 1912 nació su segundo hijo, Darío, en una clínica de Buenos Aires, pues Ana María se negó rotundamente a repetir la experiencia traumática del primer parto, y, con ayuda de su madre, logró que Quiroga cediera. Sin embargo, la relación de la pareja era cada vez peor y chocaban por la educación de los niños.13

Durante su estancia en Misiones, Quiroga se dedicó a múltiples actividades, entre ellas la fabricación del yateí (dulce de maní y miel) y de macetas especiales para el transplante de la yerba, la invención de un aparato para matar hormigas, la destilación de naranja, la fabricación de maíz quebrado, mosaicos de block y arena ferruginosa, la obtención de resina de incienso por destilación seca, la venta de carbón y de cáscaras abrillantadas de apepí, la obtención de tintura de lapacho precipitada por la potasa, la extracción de caucho y la construcción de secadores y carriles. Todas esas labores fracasaron desde el punto de vista económico, pero Quiroga se sentía pleno en ese ambiente.

Sin embargo, la vida en la selva no era igual de gratificante para su esposa, y ésta, después de un sinfín de desencuentros y discusiones, el 6 de diciembre de 1915, cumplió sus constantes amenazas de suicidio ingiriendo sublimado, sustancia que la acarreó a una agonía de ocho días antes de acabar con su vida. Con el terrible suicidio de su mujer, la culpa que antes lo atormentó por la muerte accidental de su mejor amigo, volvió a caer implacablemente sobre su cabeza y reveló a Quiroga "la existencia de una fatalidad más penetrante que la inteligencia humana, más terrible que la vida misma".14 El escritor se encerró en sí mismo y no habló con nadie del asunto, pero sus personajes registraron el cruel advenimiento de la fatalidad, demanera que los mensú, los explotados o los aventureros que pueblan Misiones reciben igual que él la desgracia incontenible que se cierne sobre sus vidas más allá del pronóstico más pesimista.

Después del suicidio de Ana María, Quiroga regresó a Buenos Aires. Ahí, la aparición de Cuentos de amor de locura y de muerte (1917) comenzó una etapa de publicaciones que daría a nuestro autor el reconocimiento público en su país. En este libro se incluyeron algunos de sus cuentos más famosos hoy día, como La gallina degollada, El almohadón de pluma, A la deriva, El alambre de púa y La miel silvestre, textos que rápidamente cobraron notoriedad en el ámbito literario del Río de la Plata.15

El apoyo de hombres y animales frente a la hostilidad de la enfermedad, la muerte u otros animales, se destaca en Cuentos de la selva (1918), intento pionero en América Latina de literatura infantil, que acrecentó su fama y lo convirtió en una destacadísima figura en Uruguay y Argentina. Desde entonces, los cuentos La abeja haragana, La gama ciega, La tortuga gigante y Las medias de los flamencos aparecen frecuentemente en antologías y libros de texto.

El salvaje (1920) contiene cuentos de monte en los que la dureza del ámbito selvático desafía a los humanos que se internan en él. Tal es el caso de Los cazadores de ratas, Los inmigrantes, La voluntad y El salvaje. Este último descubre la milenaria fragilidad del ser humano y su vulnerabilidad ante los elementos de la naturaleza.16 La segunda parte del libro trata temas relacionados con la locura, la fantasía, el amor y el cine, arte al que dedicó numerosos artículos críticos.

En ese mismo año escribió la obra de teatro Las sacrificadas, que no es otra cosa que la dramatización de su cuento Una estación de amor, y que se estrenó en el Teatro Apolo de Buenos Aires un año después.

Anaconda (1921) presenta temáticas variadas, y está dividido de forma similar a El salvaje. La primera parte está conformada por cuentos en los que la naturaleza se presenta como fuerza contraria a los deseos humanos. Anaconda es el ejemplo más claro, pues en él los animales del monte se unen para impedir el establecimiento de un laboratorio en pleno territorio selvático. Además, El simún, Gloria tropical, El yaciyateré, Los fabricantes de carbón, El monte negro y En la noche, comparten la misma raíz de enfrentamiento entre el hombre y la naturaleza. La segunda parte es de temática variada, al igual que en su volumen de 1920. Después de la aparición de este libro, indica Laforgue, "su prestigio cundió de tal modo que hubo de convertirse en jefe de un grupo, denominado por el mismo título de esta obra".17

El desierto (1924) se divide en tres partes. La primera toca temas de la selva; la segunda, de amor, cine y fantasía; y la tercera presenta cuentos que recuerdan su producción para niños. Sobresalen El desierto, Un peón, El síncope blanco y Juan Darién, historias que hasta la fecha es muy común encontrar en antologías de cuentos.

Emir Rodríguez Monegal divide en cuatro la vida creativa de Horacio Quiroga18 y da por descontado que el tercer periodo es el verdaderamente creador de su obra, el que va de 1918 a 1930. Para este crítico, Los desterrados (1926) es el mejor y más homogéneo libro de Quiroga. Estos relatos, dice, "consisten en profundas inmersiones en la realidad humana, hechas por un hombre que ha aprendido al fin a liberar en sí mismo lo trágico, hasta lo horrible".19 Ya no vive en Misiones, pero su paso por esa tierra ha dejado grabados en él profundos sentimientos que sus cuentos revivirán con precisión.

La opinión de Rodríguez Monegal en cuanto a la preeminencia de este libro se debe a una razón muy sencilla, la uniformidad temática. Todos los relatos incluidos en Los desterrados son de tema misionero. El regreso de Anaconda, Los desterrados, Van-Houten, Tacuará Mansión, El hombre muerto, El techo de incienso, La cámara oscura y Los destiladores de naranja comparten un nivel artístico parejo y ninguno queda por debajo de los demás.

La publicación de sus libros en el periodo de 1917 a 1926 dio a Quiroga gran reconocimiento literario y cierta estabilidad económica, puesto que siempre tuvo dificultades para administrar bien su dinero y constantemente se lamentaba de no percibir lo suficiente mediante la labor de la escritura. Desafortunadamente, con la aparición de un grupo de escritores que buscaba transformar el campo cultural desde un discurso metafórico, experimental y renovador, la importancia de Quiroga empezó a decaer considerablemente y las miradas del público en general, ávidas de lo novedoso, se dirigieron hacia Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal y Jorge Luis Borges. Esta nueva generación de escritores, por su tendencia a discriminar lo inmediatamente anterior, negó los méritos literarios de Quiroga, lo que repercutió en el ánimo de los lectores rioplatenses. A partir de entonces, la carrera literaria de Quiroga fue en una sola dirección, hacia abajo, pues nunca logró recuperar el sitio que había ocupado entre el público.

Después de esta fecha, Quiroga abandonó paulatinamente la creación y se concentró en artículos y notas en que volcó su experiencia literaria.20 También escribió un gran número de cartas, pues su gusto por el intercambio epistolar se incrementó al final de su vida y contó con tres asiduos corresponsales: Asdrúbal E. Delgado, Ezequiel Martínez Estrada y Julio E. Payró.

En 1927 Quiroga se casó con una amiga de su hija Eglé, llamada María Elena Bravo, de 20 años, es decir, veintinueve años menor que él, situación que con el tiempo desembocó lógicamente en disputas y fricciones. Al año siguiente nació de este matrimonio María Elena, a quien apodaron después Pitoca.

La novela Pasado amor (1929) fue el retorno de Quiroga al género, pero no tuvo éxito comercial. En esta obra describe al amor como emoción total y avasalladora, capaz de ahogar, por su ímpetu irrefrenable, a todos los otros intereses y emociones humanas.
Una larga ilusión vio finalmente la luz en 1931, cuando Quiroga publicó Suelo natal, libro de texto escrito conjuntamente con Leonardo Glusberg, y que había ideado desde mucho tiempo atrás.

En 1933 volvió a San Ignacio y se dedicó a labores manuales: piezas de cerámica de gusto precolombino, dibujos zoomórficos, alfombras rústicas, encuadernación de libros en arpillera, animales embalsamados. Releyó entonces a Axel Munthe, por el amor compartido a la naturaleza, y a los cuentistas norteamericanos Hemingway y Caldwell, por el estilo directo y la cruda verdad de sus relatos. Ese año Quiroga recibió otro fuerte golpe cuando su amigo Baltasar Brum, político uruguayo que le había brindado un importantísimo apoyo económico al conseguirle varios cargos públicos, se suicidó.

Más allá (1935) es el último libro que publicó Horacio Quiroga. En él predominan los cuentos fantásticos y de locura, pero también encontramos uno de sus mejores relatos de ámbito misionero, El hijo (basado en una anécdota del propio autor), en el que un hombre sufre la agonía de no ver regresar a su único hijo a la hora habitual, lo que lo lleva al límite de la desesperación, pues ciertos indicios le hacen pensar que ha muerto.

Para este año, los problemas con su mujer se habían acrecentado y ella lo había abandonado. Luego, una rara enfermedad lo obligó a viajar a Buenos Aires, donde se sometió a diversos análisis por espacio de casi dos años. En ese entonces, seguro de haber escrito lo suficiente, vio la muerte con diferentes ojos, ya no con miedo o rechazo, y escribió en una carta que "el asunto capital es la certeza, la seguridad incontrastable de que hay un talismán para el mucho vivir o el mucho sufrir o la constante desesperanza. Y él es el infinitamente dulce descanso del sueño a que llamamos muerte".21

Él mismo se quitó la vida cuando se enteró de que padecía cáncer. El 18 de febrero de 1937, Horacio Quiroga salió del hospital en el que estaban tratando su enfermedad, visitó a dos o tres amistades y a su hija; en la farmacia compró cianuro y volvió al hospital en la noche. Al día siguiente fue encontrado muerto.22

Horacio Quiroga fue muy prolífico y se estima que haya escrito alrededor de doscientos cuentos, muchos de los cuales nunca fueron recogidos en volumen, sino que aparecieron en revistas y periódicos y, por uno u otro motivo, quedaron fuera de las recopilaciones. Los cuentos Fantasía nerviosa, De caza, En el Yabebiry, La compasión, La vida intensa, El galpón, Los guantes de goma, Los pollitos, Paz, El cóndor, La yararacusú y El regreso a la selva desafortunadamente no son muy conocidos, pero están al parejo de sus mejores creaciones. También escribió dos novelas y seis novelas breves, además de innumerables artículos críticos sobre diversos asuntos. Entre esta enorme producción literaria encontramos las mismas tendencias de contenido y, aunque su valor literario es irregular, todos los textos ejemplifican el genio de un escritor que vivió en constante tensión interior y que buscó, mediante su obra, dar salida a sus obsesiones más hondamente arraigadas.

Notas
1 Antes que él habían nacido del mismo matrimonio Pastora (1870), María (1873) y Juan Prudencio Ladislao (1876).
2 Emir Rodríguez Monegal señala que otra versión sobre la muerte del padre de Quiroga apunta en dirección de que éste se suicidó porque sus negocios andaban mal.
3 Emir Rodríguez Monegal, El desterrado. Vida y obra de Horacio Quiroga, p. 22.
4 Citado por Emir Rodríguez Monegal, Idem, p. 24.
5 Emir Rodríguez Monegal, op. cit., p. 72.
6 Jorge Laforgue, introducción a Los desterrados y otros textos, p. 26.
7 Ibidem.
8 Citado por Emir Rodríguez Monegal, op. cit., p. 81.
9 Horacio Quiroga, Todos los cuentos, p. 876.
10Nota a Horacio Quiroga, Todos los cuentos, p. 883.
11 Emir Rodríguez Monegal, op. cit., p. 136.
12 Idem, p. 156.
13Quiroga era muy duro con ellos y los obligaba a hacer cosas absurdas. Por ejemplo, los llevaba hasta un precipicio y los sentaba al borde, indicándoles que no se movieran hasta que él volviera. Sólo después de varias horas iba por ellos.
14Emir Rodríguez Monegal, "Tensiones existenciales. Trayectoria", en Ángel Flores, Aproximaciones a Horacio Quiroga, p. 18.
15La mayoría habían sido publicados anteriormente en revistas y periódicos, pero su aglomeración en un mismo volumen obtuvo gran éxito comercial.
16Este cuento posee una sorprendente similitud con algunos textos del escritor estadounidense Jack London, específicamente la novela Antes de Adán y el cuento El poderío de los fuertes.
17Jorge Laforgue, op. cit., p. 43.
18Emir Rodríguez Monegal señala cuatro etapas en la obra de Quiroga :a) Iniciación. Hasta El crimen del otro (1904).b) Maduración. Hasta Cuentos de amor de locura y de muerte (1917).c) Plenitud. Hasta Los Desterrados (1926).d) Decadencia. Hasta Más allá (1935).
19Emir Rodríguez Monegal, 'Tensiones existenciales. Trayectoria', en Ángel Flores, Aproximaciones a Horacio Quiroga, p. 21.
20De esta época data su famoso 'Decálogo del perfecto cuentista', publicado en Babel en 1927.
21Citado por Emir Rodríguez Monegal, en Ángel Flores, op. cit., p. 24.
22Pero su fin no terminó con la cadena de muertes. Después habrían de suicidarse sus dos hijos del primer matrimonio, en apariencia destinados inexorablemente a ello. Y por último, dos amigos escritores, Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni, también se quitaron la vida tiempo después.


Articulo:

http://www.correodelmaestro.com/anteriores/2004/junio/artistas97.htm




CUENTO:
La gallina degollada
Por Horacio Quiroga

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí...! ¡sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo...! ¡No faltaba más...! —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
—¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste...?
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma... —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

Julio PINO MIYAR/ El ideal de la Filosofía



Julio Pino
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El ideal de la Filosofía
por Julio Pino Miyar

El maestro Ludwing Feuerbach, uno de los filósofos más importantes de la época inmediatamente posterior a Federico Hegel, retirado por décadas en la pequeña y hermosa ciudad alemana de Bruckberg, escribió de sí mismo que era un contemplativo anacoreta, pero no por ello desprovisto de un fuerte sentido práctico.
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Es necesario añadir, que el espíritu práctico y el espíritu contemplativo poseen toda una serie de puntos válidos de contacto. La experiencia puede, sin dudas, revestirse con el ropaje de la reflexión, del mismo modo que la reflexión puede ejercer mejor su soberanía cuando habita en el interior de la práctica. Aunque es cierto que a veces todo se diluye en la práctica, del mismo modo que, en ocasiones, no somos capaces de sobrepasar el horizonte puro de la reflexión. Por eso es bueno no olvidar (arriesgando con esto una definición que no es mía) que el hombre es ese ser lógico, empíricamente perceptible, que posee el concepto de su propia existencia.
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Las deducciones lógicas de los individuos genuinamente contemplativos inciden a menudo en la realidad, trayendo con esto depuradas consecuencias prácticas. Los eventos prácticos se convierten, de esta manera, en situaciones de partida para la reflexión que debe sucederlos. Pensamiento conceptual que aparece, como razón inevitable, como consumación intelectual, distante y sosegada, de una serie de acontecimientos prolongados en el tiempo.
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En sus famosas “Tesis sobre Feuerbach”, Carlos Marx planteó elevar la razón práctica al rango de primacía que hasta ese momento había ocupado la teoría. Pero aunque es cierto que muchos de los problemas expuestos históricamente por la filosofía, no pueden ser resueltos desde el campo propio de la filosofía, sino de la práctica, es también necesario reconocer que no ha sido inútil que el pensamiento especulativo los planteara y se preocupara por buscarles una solución teórica. Aunque con esto se remarcara paradójicamente la insuficiencia de la teoría, abriendo paso a la razón política, que vendría a realizar, en el mundo terrenal, las más genuinas preocupaciones del antiguo mundo de las ideas: su contenido humanista, moral y las grandes inquietudes gnoseológicas del pensamiento clásico.
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La realidad práctica, que contiene las acciones de los hombres, implica además el tema fundamental de la libertad, como cuestión de valor electivo, en la que al hombre le es dado poder asumir una opción en particular, entre un número determinado de opciones. El hombre logra, por tanto, su libertad cuando tiene la capacidad moral de decidir correctamente y para eso necesita ser él mismo. Es decir, recuperar, desde su perceptible concreción, su universalidad moral y su razón política. Pero para eso necesita habitar una Ciudad política, que garantice sus decisiones y en la que florezcan las instituciones públicas y privadas. Si hacemos un seguimiento de las ideas de Federico Hegel, es en la Revolución francesa (1789) donde pudiéramos ubicar los prolegómenos modernos al viejo sueño filosófico de la libertad política y económica, fundada a partir de un ideal moral.
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El Estado, la propiedad, la participación política son, en cuanto tales, estructuras y eventos de una misma totalidad social que, sometida al cambio y la transformación, se vuelve histórica y, por lo cual, es siempre contradictoria. Es como un gran movimiento, para usar un símil, en el que el hombre habita en la cima encrespada de la ola, sólo segundos antes de disolverse en el océano en el que completa su significado vital. Esto es una verdad hegeliana. Pero también es verdad que en ese pequeño microcosmos, que es el individuo humano, habita la verdad del todo, del mismo modo que un pedazo de naranja sabe como toda la naranja. Pues se aprehende en él el rigor de la totalidad empeñada.
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Es desde consideraciones como estas que se deberían repensar filosóficamente las relaciones de los individuos con el Estado, como inmanente a la actividad económica del hombre, al sufragio universal y a las verdades consensuadas.
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No se trata, por tanto, de decretar la muerte de la especulación filosófica, sepultada por el devenir concreto de la actividad política, sino de dotar a la experiencia humana de una racionalidad de índole filosófica, la cual, utilizando los viejos conceptos, se vincule, con nuevas herramientas, al proceso de cambio real que la propia filosofía exige desde milenios del mundo. No es por eso al triste funeral de la filosofía a lo que debemos asistir, es, por el contrario, a una optimista reorientación psicológica del espíritu humano, que resaltando el valor de la idea frente al mundo puramente empírico concreto, hiciera de la experiencia política la nueva tierra de promisión del pensamiento especulativo y se planteara pensar también lo objetivo, adecuando su lógica a la tarea de intelección, participación y transformación del mundo.
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A partir de Federico Hegel (la culminación en él de la Filosofía Clásica Alemana) y sus inmediatos sucesores intelectuales Feuerbach y Marx, se entendió, en parte, la experiencia social y política de los siglos XIX y XX, como una compleja realidad histórica, en la que había encarnado polémicamente el pensamiento ideológico previamente concebido.
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Hoy quizás se le impone como misión a los espíritus especulativos volver a pensar a Hegel después de Marx. O sea, me explico: pensar de nuevo la Filosofía hegeliana después de dos siglos de práctica política, deducida de las consecuencias de ese pensamiento y su heterodoxa y bifurcada continuidad marxista; después del largo proceso social emancipador que dibujó el advenimiento del movimiento obrero (que hasta ese momento sólo había sido la plebe de París) con su líder Bafeus en tiempos de la primera Revolución francesa (1789); de la revolución de julio de 1830 que llevó a una monarquía liberal al poder y entronizó en Francia el mundo de las finanzas; de la revolución de 1848 donde una comisión obrera en el palacio de Luxemburgo elaboró la primera legislación laboral; de la Comuna de París de 1871 que convocó un parlamento obrero; de la Revolución rusa de 1917 y sus avanzadas legislaciones en materia laboral y social...
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Hoy, a la luz de los trascendentales eventos ocurridos en la historia de dos siglos, el pensamiento reflexivo debería intentar nuevo dictamen. Digo, si eso es todavía posible; si la filosofía, y el pensamiento especulativo que la nutre, no han sido finalmente domeñados por los impositivos y triunfalistas dictámenes teóricos de una ciencia manifiestamente empírica, que todo lo mide desde el rasero de su razón práctica, fundamentada en la estricta observación objetiva y en el principio científico de certeza, en la acumulación de datos provenientes de la propia observación; mediante aquellas investigaciones teóricas que han traído, como inobjetable resultado, el desarrollo de las tecnologías y la expansión industrial, de consumo y de mercado que configuran un singular mundo burgués normado por la técnica y el trabajo especializados.
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El pensamiento contemporáneo nos presenta así un mundo cargado de positividad, donde la estructura material (socio económica) ejerce su tiranía sobre los individuos e instituciones civiles y políticas. El viejo sueño del capitalismo liberal de un mundo erigido desde la propiedad privada, la libre concurrencia económica y la democracia representativa, ha tenido que ceder paso a una realidad colmada por la materia mercantil indiferenciada y por el endeudamiento financiero que corroe los cimientos de la propiedad. La propiedad se ha volatilizado del mismo modo que el capital se ha centralizado, mientras que las instituciones políticas agonizan ante el impacto de los grandes intereses creados. Nos enfrentamos, de este modo, a un totalitarismo financiero y a un Estado que es su representación fáctica. El Estado no es ya lo que pedía Hegel que fuera: esa realidad jurídica y administrativa que representara las aspiraciones más generales de la sociedad, dotado de un carácter histórico y misional.
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Es que la conciencia crítica se convierte de hecho en una entidad ajena a las formas más usuales de pensamiento, porque la dialéctica de los acontecimientos, fundados en el carácter negativo y trasformador que ejerce la conciencia del hombre sobre las cosas, ha tenido que dejar paso a una mecánica económica que impone su enorme actividad sobre la más completa pasividad social.
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Cuando esto ocurre la filosofía queda desplazada, a la ideología sucede el funcionalismo pragmático, y los universales del pensamiento especulativo dejan de ser inteligibles.
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Como criterio opuesto a este estado de cosas se puede opinar, que aún el pensamiento que pretende un máximo de realismo objetivo no puede evitar las generalizaciones, a la hora de manifestarse y exponer sus argumentos. El conocimiento humano no sólo tiene su origen en lo empírico sensible, a no ser que reconozcamos la sensibilidad de la intuición, de la percepción mental fundada en la aprehensión de la idea, como idea del mundo pero que lo configura, le da forma y lo hace inteligible.
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Para Hegel la objetividad era materia inerte. Sólo mediante el trabajo creador se puede despejar el camino que conduce a rehabilitar el mundo natural, como parte esencial de la experiencia y el hábitat del espíritu cognoscente. Pues si es realmente cierto que es sólo de los objetos que el hombre extrae sus ideas, es también cierto que es desde la abstracción que el hombre se relaciona con el mundo de las cosas materiales. Luego existe un primado de las ideas a la hora de relacionarnos con el mundo. El valor que le otorgamos a la experiencia práctica solamente es comprensible, si se acepta su inmediata correlación con el mundo de las ideas. No puede ser de otra forma.
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A partir de esto es que se puede plantear una vindicación de la filosofía, como filosofía del mundo y para el mundo. Como premisa que, al interactuar con la materialidad de los eventos, haga descender a la razón teórica de su antiguo cielo especulativo para que devenga en razón práctica. En razón filosófico - práctica y replantee con ello el valor virtual de la ideología.
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El gran universal de la filosofía es el hombre mismo, que es la realización concreta de sus propias postulaciones y de las categorías históricas que, en desarrollo, han aparecido como soporte de su concepción: La libertad; La adecuación moral de la vida; El ideal de igualdad y justicia, etcétera.
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La propia historia aparece entonces como una máxima generalización (un universal) del comportamiento social del hombre, entendido desde la mutación y el cambio en constante devenir. A este universal, que es la historia, se llega, como a todos, no por el camino de la percepción práctico sensible, sino mediante la intuición mental y la reflexión teórica. Y como todos los universales del conocimiento, es un campo primado para la especulación y el contemplativo discernimiento intelectual.
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La historia, su inteligibilidad como fundamento del pensamiento filosófico, tiende a revelar problemas básicos de la condición humana y es la principal forma en que se manifiesta la actividad social, pautada por el desarrollo de las formaciones económicas, las instituciones y concepciones que emergen de su suelo. Hegel concebía la historia como un lento proceso de humanización (hominización) fundado en el trabajo conjunto, el diálogo y las instituciones comunes de cada hombre con el resto de los hombres.
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Es en la historia que todo adquiere su máxima realización. Y es además en la historia que todo cobra un carácter transitivo, relativo, donde todo puede ser ampliado, modificado. Se trata, por tanto, de comprender en la historia el valor positivo de la negatividad, como agente de cambio, de transformación, de liberación del potencial humano, que, al negar, laboriosa y dialécticamente, al mundo, lo afirma a un nivel más alto. De la misma manera que el mundo, en su material negatividad, enajena la actividad humana, derriba sus instituciones, pone en crisis su pensamiento, limita su libertad o la hace imposible, para obligar al hombre a buscar una solución en el terreno de las ideas, la especulación teórica, en la paciente espera subjetiva que el ciclo de la negatividad culmine en una afirmación que lo vuelva a implicar en la trasformación, no sólo política y económica del mundo, sino también moral.
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Parafraseando las palabras de Mefistófeles del “Fausto” de Goethe: “La historia es ese espíritu que siempre niega”. Entre tanto, el propio Fausto deviene en la afirmación que se produce cuando la negación histórica ha sido, a su vez, negada por la consciente actividad teórica – práctica.
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El viejo espíritu judío, expresado bíblicamente en las ideas de El Antiguo y el Nuevo Testamento, implicó, desde sus orígenes, tanto para el poeta Goethe como para los pensadores Hegel y Marx, el sempiterno tema de la salvación como salvación en la historia; como salvación individual y colectiva en el contexto de un proyecto histórico, frente a aquello que el propio Hegel llamara el “Calvario de la historia”. Es decir, concebida como una composición dramática, la cual se renueva, de generación en generación, y donde se escenifican las pasiones y razones de los hombres, y donde nosotros mismos somos, en este momento, sus personajes.
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La idea de un mundo mejor es una de las principales formas de que se reviste la racionalidad histórica. Racionalidad que descansa sobre las ruinas mitológicas del paraíso perdido; la arcadia bucólica; el utopos filosófico. Razón que nos remite a la reminiscencia de una estructura social altamente gratificante, que quizás nunca se produjo como tal en el tiempo de la historia, pero que habita entre nuestros despojos psicológicos, como fundamento originario del pensamiento humano, de su arcano ideal político.
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Hegel pidió, frente a la dispersión histórica que padecía la nación alemana, y como razones de peso de su propio espíritu, que el pueblo fuese hijo de la constitución y del Estado. Para ello se remitió al bello ideal griego: la cosa y la razón públicas y privadas, mas aportando la idea del compromiso con el bienestar general, teniendo en cuenta, para eso, las necesidades individuales y colectivas. Es decir, aceptando el valor socialmente “negativo” de la interioridad psicológica de cada persona y sus específicas opciones (libertades) materiales.
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El planteamiento filosófico de Ludwin Feuerbach de devolver al hombre aquellas nociones transcendentales que le fueron conferidas erróneamente a Dios, trae aparejada la tarea de pensar al hombre esencialmente como individuo, como personaje insustituible del drama histórico. Y es que la tarea principal de la Filosofía, para expresarlo en unas pocas palabras, debería estar dirigida al ideal del mejoramiento progresivo y delicado del ser humano.
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En resumen, la empresa pedagógica de la Filosofía, como la concebían Hegel y sus clásicos griegos, debe quizás partir de presupuestos como estos. Ya que la verdad del ser individual es intransferible, aun reconociendo su constante precariedad; su dolorosa finitud; su frágil relatividad… Tal vez por eso mismo.


8 de octubre del 007
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Ilustracion: David Levine - http://www.nybooks.com/gallery/

José DONOSO/Sobre «Lagartija sin cola»



Mea culpa donosiano
Por Rafael Gumucio

Los jóvenes, entre los cuales tenía la desgracia cronológica de contarme, celebramos en silencio el ajuste de cuentas que Bolaño hizo respecto de Donoso al volver a Chile después de veinte años. Donoso representaba por entonces lo establecido, lo normal, lo normado. Donoso era la figura misma del escritor que nunca fue, ni nunca será joven.

Uno de los primeros gestos de Bolaño al desembarcar en Chile, después de veinte años de ausencia, fue confesar que Donoso le parecía un autor de una "línea de flotación" bastante baja. Los jóvenes, entre los cuales tenía la desgracia cronológica de contarme, celebramos en silencio ese ajuste de cuentas. Donoso representaba por entonces lo establecido, lo normal, lo normado. El escritor que escribe bien y que recibe por ello la paradójica corona envenenada del prestigio literario internacional. Donoso era el boom, pero no tenía nada del aura aventurero y húmedo de un Vargas Llosa, de un Cortázar o un García Márquez. Donoso prefería hablar de Henry James, y sus discípulos más cercanos creerse ingleses o madrileños desangelados adictos a la estructura y alérgicos a la convicción. Donoso era la figura misma del escritor que nunca fue, ni nunca será joven. Se habla hoy con cierto romanticismo del "hombre enfermo de literatura"; Donoso era la expresión más viva de esa enfermedad literaria, una enfermedad que un escritor de veinte años no quería por nada en el mundo contagiarse.
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Ante el sufriente Donoso, adicto a la privación, a la castración, ante el ulceroso que hablaba de la novela como un síntoma de una enfermedad incurable, Bolaño era el retorno al placer, incluido el placer de sentirse desolado y abandonado en el mundo. Bolaño el lírico, pero también el sardónico, el lúcido, pero también el coqueto; era la vuelta a la energía, a las ganas, a una liviandad que sabía sin falsos pudores parecer muchas veces más profunda de lo que realmente era.

A esta desacralización de Donoso le siguió otra más pedestre y vulgar, pero por eso mismo más definitiva. Un periodista buceó en la correspondencia de Donoso para encontrar ahí lo que cualquier observador más o menos perspicaz ya sabía: la bisexualidad del escritor, el silencio y el disimulo con que la escondió detrás del tupido velo, el tupido velo en que tantas de sus novelas penetran. A Donoso, que sacó del clóset tantos de nuestros secretos, se lo condenó por no salir nunca él del armario. Los reporteros detestan la ambivalencia de los escritores, quizás por que la envidian profundamente. El periodismo tiene la impertinencia, y la gracia de las visitas a las que se les permite comentar el sabor de la cena y el color de las cortinas porque se sabe que se irán pronto. El escritor en cambio quema su propia casa. Faulkner vivió siempre como un gran señor sureño, de ese sur que sus novelas decorticaron hasta dejarlo en los huesos. Flaubert vivía, comía, se vestía exactamente como Bouvart y Pecuchet, sus más ridículos personajes.

No era la casa de unos vecinos, no era la familia de unos amigos, contra las que Donoso se rebelaba, sino que era su casa, y era su familia. No tenía, y eso habla de lo genuino que era su sacrificio, ninguna otra casa adonde arrancar, ninguna otra familia a la que pertenecer. La ruina de su mundo, el Chile patio adentro, que describe con lujos de detalles, no lo salva a él de la orfandad esencial que es su herencia. Donoso no se fue nunca de Santiago, ni se movió en lo profundo de los prejuicios y temores de la calle Holanda.

A Donoso el hombre, pero de alguna manera también a Donoso el escritor se le solían colgar para callado las dos palabras más chilenas de todo el vocabulario castellano. La palabra "fome", es decir aburrido, blandengue, y la palabra "siútico", es decir arribista cursilón que quiere representar algo que está destinado a no ser nunca. La fomedad y la siutiquería, la violencia subyacente detrás de esos calificativos, la profundidad metafísica que esos términos azarosos cubren es el tema principal de la obra de Donoso. Quizás esa descripción vivida y profunda de estos dos adjetivos nos duele tanto, que tendemos a atribuirle al escritor mismo los adjetivos. De alguna forma, Donoso podía ser fome, y podía ser siútico, pero logró hasta el final -con la notable Conjetura acerca de las memorias de mi tribu- escandalizar a los bien pensantes, y romper con los lazos del clan.

Frente a un siglo XXI donde la literatura se ha convertido en un comentario de buen gusto tipo Sebald o Claudio Magris, ante la ironía cómoda de los borgeanos de toda laya, Donoso representa el riesgo y la valentía del siglo XX. El siglo de Proust, de Freud, de Stanislavsky, el siglo de la apuesta, del error, del horror, contra el que no hemos logrado más que sobreponer la burla, la pedantería neoestructural, la ironía, la anécdota periodística. Pienso hoy, después de tanta agua bajo el puente, que lo que odiábamos los jóvenes, lo que despreciaba ciegamente Bolaño en Donoso, no era el gran señor conservador que hablaba de Henry James a la hora del té, sino el revolucionario implacable que fue hasta el fondo de sus pesadillas y las nuestras, y volvió casi ileso a contarnos lo que había en el reverso de todas nuestras certezas.


Articulo:
http://diario.elmercurio.com 28/10/2007

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Página abierta
El suicidio como forma de vida
Por Camilo Marks

En "Lagartija sin cola", un manuscrito encontrado hace un par de años, José Donoso demuestra que sigue tan vivo como hace 34 años, cuando comenzó este notable texto.

Hay escritores (y músicos, diseñadores, artistas) cuyas creaciones póstumas deben continuar encerradas bajo siete llaves, pues su descubrimiento aporta poco a la apreciación del conjunto de su corpus. Pero hay otros que, años después de su muerte, logran deslumbrar, causar admiración e incluso descolocar al lector, quien creía, con o sin motivos, que el canon del novelista se encontraba en un estado similar al de la rigidez estatuaria. Para gloria de nuestras letras, José Donoso pertenece a esta última categoría. El Mocho, publicada después de su fallecimiento, nos devolvió al narrador siniestro, esperpéntico, sombrío que concibió Coronación, El lugar sin límites o El obsceno pájaro de la noche. Y ahora, en Lagartija sin cola, un manuscrito encontrado hace un par de años, el prosista chileno nos demuestra, una vez más, que él sigue más vivo que hace 34 años, cuando comenzó este notable texto que, si no fuera inconcluso, sería, sin duda alguna, una obra maestra.

Lagartija... es muy diferente a lo que Donoso generó a lo largo de una existencia dedicada íntegramente a la literatura. Por una parte, podría ser uno de sus títulos más políticos, más vehementes y más desesperados al constituir una denuncia abierta, clara, desembozada a la mercantilización de la cultura, a la prostitución de un país entero -España- con el justificativo de la "modernidad" o la "modernización" y a los efectos devastadores del turismo en una de las civilizaciones más antiguas del mundo. Sin embargo, el relato posee tanta furia, tanta melancolía y tanto humor que, a la postre y de modo paradójico, resulta, hasta cierto punto, una de las ficciones más optimistas de este radical del escepticismo y la desesperanza.

La pregunta obvia que uno se hace, desde el inicio mismo de Lagartija..., es casi pueril: ¿por qué Donoso decidió abandonar un proyecto imaginativo de tanta envergadura como Casa de campo? La respuesta, desde luego, nunca la sabremos. Con todo, sin arriesgarse demasiado, podrían aventurarse un par de hipótesis: Donoso siempre fue ferozmente riguroso, poco dado a las manifestaciones explícitas, y, como trabajador infatigable de las letras, muy inseguro, muy vulnerable frente al juicio crítico. Tal vez le pareció que Lagartija... presentaba un tono muy declamatorio, tal vez creyó que esta desgarradora e irónica historia sobre el fracaso estético lo exponía demasiado o bien pudo haber pensado que esta formidable pieza en bruto exhibía muchos rasgos autobiográficos y, ya lo sabemos, las revelaciones íntimas o, de frentón, el exhibicionismo impúdico no eran su fuerte. A lo largo de su extensa carrera las pocas crónicas de ese tipo que nos legó están bastante alejadas de sus cimas novelísticas.

El héroe de Lagartija... es el pintor informalista catalán Armando Muñoz-Roa, quien, de un día para otro, tras haber obtenido un éxito clamoroso, expone a los cuatro vientos la escandalosa superchería del movimiento, afirma que él mismo es incapaz de efectuar un retrato o dibujar una manzana y resuelve recluirse en el remoto pueblo de Dors, solicitando el dinero para comprarle una casa ahí a su ex mujer Diana. En la empresa lo acompaña Luisa, su prima, amante y amiga; ella libra una batalla contra el cáncer y está asediada por el terror de que Lidia, su hija, cometa un segundo intento de suicidio. En verdad, Muñoz-Roa es el único personaje que ha elegido la autoinmolación como forma de vivir: hostigado, acorralado y fustigado por todos cuantos fueron sus amigos, opta por enclaustrarse en ese rincón remoto de Cataluña, donde nadie lo molestará ni deberá rendir cuentas ante ningún tribunal. Es imposible dejar de asociar la localidad de Dors con la aldea de Calaceite, donde Donoso vivió aislado por mucho tiempo y pudo, con toda la calma y la paz que allí consiguió, elaborar sus mejores libros.

Los paralelos entre Muñoz-Roa y nuestro autor pueden estirarse, aunque la cuerda se rompe luego. Por cierto, Donoso estuvo muy lejos de escoger la defunción civil y, como es sabido, eligió volver a Chile en plena dictadura, cuando pudo haberse quedado en la España democrática; además, escribió hasta poco antes de morir y fue uno de los artífices de la renovación literaria que viviría nuestro país tras su retorno.

Es injusto juzgar Lagartija... según moldes convencionales y es por completo inadecuado exigir la perfección a un volumen sin corregirse, con anglicismos surtidos -obliterar, exhilarante, platitudes-, inacabado en forma voluntaria. Así y todo, se trata de un fascinante paseo por las obsesiones y desvelos más profundos de José Donoso: la arquitectura, la armonía orquestal y la fragilidad de la cultura del presente. Y a pesar de ser un friso incompleto, es un regalo, un tanto tardío, de este gran prosista nacional.
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"Lagartija sin cola", de José Donoso, será presentado por Ricardo Lagos Escobar, Delfina Guzmán y Julio Ortega, el martes 30 de octubre, a las 19.30 horas, en la sala de las Artes.


LAGARTIJA SIN COLA - José Donoso - Edición de Julio Ortega, Alfaguara, Santiago, 2007, 232 páginas, $10.900. NOVELA

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 28/10/2007

Fidel ALCÁNTARA LÉVANO/Cuento: La Herencia de Magia Andina



Fidel ALCÁNTARA LÉVANO (1951,Chincha – Ica) Escritor y Poeta, Comunicador Social, Autor y Compositor Musical.

E-mail:
monte-moria@hotmail.com
Sitio: www.ujcm.edu.pe/mariateguino
Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Fidel+ALC%C3%81NTARA+L%C3%89VANO+

OBRAS PUBLICADAS COMO ESCRITOR Y POETA:
1996 “TIERRA DE ENSUEÑO” (Décimas)
1997 “TIERRA DE MIL BONDADES”(Décimas, verso libre, canciones y reportajes)
1998 “BAJO LOS RAYOS DEL SOL CAUTIVO”(Décimas)
2002 “VERSOS DEL ALMA Y UNA FLOR”(Décimas y Verso Libre)
2003 “BELLO CIELO SIN FRONTERAS”(Décimas)
2004 “CHARANGO DE ORO”( Primera edición - Sarawjas y Décimas
2007 “CHARANGO DE ORO (Segunda edición – Sarawjas y décimas)
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Cuento:
LA HERENCIA DE MAGIA ANDINA
Por Fidel Alcántara Lévano

En el Barrio “La Esperanza”, bucólico paraje moqueguano, tutelado por pétreas atalayas, SILVIA, pasaba sus días soportando el peso de la responsabilidad de cómo enfrentar el mañana sin más atributos que un entusiasmo indoblegable. Con sus hijos a cuestas, surgió la idea de realizar lo que menos se hace cuando se quiere triunfar: el estudio.

Con la incomodidad de múltiples necesidades y un oscuro panorama para echar a rodar una ilusión, no le quedaba otra salida que vencer las críticas y las miradas de asombro contra quien estudia en la madurez de su vida en pos de una superación para bien de la numerosa descendencia.

Con la incomodidad de múltiples necesidades y un oscuro panorama para echar a rodar una ilusión, no le quedaba otra salida que vencer las críticas y las miradas de asombro contra quien estudia en la madurez de su vida en pos de una superación para bien de la numerosa descendencia. No vivía inmersa en el mundo de los sueños porque era como vivir en un desierto y querer beber el agua fresca de la noria de la fantasía. Entre las añoranzas de su callado suelo y el vaivén ensordecedor de la ciudad, se tejían los augurios de felicidad. Subsistía la desesperación del que nada tiene y todo le faltaba y era cuando el aliento de DIOS cobraba vida en los instantes de desesperación y angustias. Estaba con las manos atadas ante el ataque del infortunio y era para ella igual que morir a pausas y estar a la espera de la fosa común. La existencia divina está llena de sorpresas y el sentimiento se despierta en medio de eternidades cristalinas y se divisa por la grieta del tiempo, un cúmulo de esperanzas que aparecen reconfortantes de vida. Los deseos de nuevas mañanas, no vienen cuando la noche se despide, empieza cuando se aclara el panorama con una sonrisa y el horizonte se ilumina con los rayos de esperanzas que brotan del alma pura de remembranzas increíbles. El amor de ayer no muere cuando fue verdadero. El amor de hoy se acaba si es pasajero.

No se puede amar al rayo fugaz de emociones que embriaga al ser. A veces el amor prohibido es más dulce porque todo lo secreto tiene un encanto embriagador y sutil. Entre el deseo de trascender en medio del desierto de motivos ajenos y la duda de no aprender por ser un poco tarde, por fin fue llegando el primer día de clases en un abril castigado por los rayos, otoñales del tiempo.

Era la mayor de todos los alumnos y desde un inicio que conoció al profesor Claudio, surgió una rara pero hermosa y espiritual atracción entre ambos. La ternura, simpatía y carisma del educador, abrió una brecha en su corazón que le fue imposible de olvidar, por la que las clases se convirtieron en un eterno recreo en vista de los lazos inesperados que los había unido desde el primer instante. Siempre conversaban de sus cosas por largas horas. Se volvieron confidentes de sus sueños no realizados. La afinidad los juntaba en las horas de soledad y alegrías. Las clases transcurrían de la mejor forma, los meses iban pasando hasta que ya iba a culminar el año escolar. Por eso el profesor les dio a todos los alumnos, la tarea de hacer un trabajo manual. Silvia se decidió a confeccionar una ropa típica de la parte alta que se le conoce con el nombre de Larama( todo de color negro con montera plateada y se usa en la parte altoandina de Moquegua) y la que iba a lucirla decidió que fuera una graciosa muñeca. La hizo con tanta dedicación y esmero que al final fue calificada como el mejor trabajo y logró impresionar a todos empezando por el profesor.

Ambos decidieron llamarla con el sugestivo nombre de “Magia Andina” y le vaticinó que con la destreza que tenía, muy bien iba a ganar cualquier concurso e inclusive con el trabajo, por su originalidad y realismo; podría obtener un préstamo de alguna entidad bancaria con la cual se dedicaría a fabricar en serie la ropa y de esta manera aseguraba su futuro. Sus palabra fueron proféticas porque al acabar las enseñanzas, se hizo realidad y al lograr un préstamo empezó a producir en cantidad, como para negocio lo que le fue un éxito porque hasta tuvo que poner sucursales en otras lugares por la gran acogida que tuvo.

En las continuas reuniones se cimentó más la amistad y en un arranque inexplicable y misterioso, en memoria al afecto que los unía; se hicieron un extraño juramento de honor y que solamente lo sabrían los dos y que tenían que cumplir mutuamente al que la muerte le llegase primero.Sucede que por cosas del destino y en vista que DIOS es el que dispone. El bueno de Claudio fue llamado inesperadamente a los brazos del Señor, lo que causó profunda consternación en Silvia, por tan irreparable pérdida. Como todo fue de un momento a otro porque los accidentes nunca avisan, Silvia hizo lo imposible para conseguir la tela aparente y trabajando día y noche se confeccionó un Larama y luego a duras penas consiguió un ramos de rosas rojas. A última hora tuvo todo a la mano. Justamente a las 3 de la tarde cuando ya se lo iban a llevar al camposanto; se hizo presente de un momento a otro en el lugar donde estaban velando los restos del tempranamente desaparecido Claudio. Había una multitud impresionante de acompañantes, representantes de instituciones públicas, sus familiares, amigos íntimos. Cuando de pronto hizo su ingreso Silvia, toda majestuosa e imponente y distinguida. Al ver la vestimenta de colores sugestivos donde sobresalían las polleras de color negro, la blusa azul, un hermosa montera plateada, que llevaba puesta; todos se quedaron atónitos y fijaron directamente sus ojos en ella porque les causó asombro y admiración por ser la única mujer vestida de esa manera en pleno sepelio. Se acercó al féretro lentamente con su ramo de rosas entre los brazos y al verlo sin vida, ante su tétrica palidez; las lágrimas asomaron irremediablemente por sus mejillas y no pudo contener el llanto. Se abrazó del féretro entre sollozos abrumadores y le demostró en menos de un segundo que le parecieron siglos; lo mucho que lo quería y que lo iba a extrañar por todos los días de vida que le quedaba por vivir.

Así de esta manera Silvia cumplió fielmente con el juramento que en una tarde romántica se hicieron en vida del cual solamente ellos no más sabían. Si Claudio moría primero, Silvia se iba a vestir con la ropa de Larama y si le tocaba a Silvia, él iba arrojar un clavel rojo sobre su féretro al momento que entraba a la fosa eterna.

Silvia hoy sigue luchando por la vida pero conserva la nostalgia, que no habrá nadie quien le arroje un clavel rojo cuando le llegue el último adiós.
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Ilustracion: Carlos Alberto Leon Cruz

Carson McCULLERS/ Así



Relato inédito
Así
Por Carson McCullers

Con motivo de la publicación de Cuentos completos (Seix Barral), de Carson McCullers (1917-1967), una d elas cuentistas más destacadas de los Estados Unidos, anticipamos un cuento inédito en español, que muestra su profunda comprensión de la mentalidad adolescente y su agudo sentido del humor


Aunque Marian, mi hermana, tiene dieciocho años y es cinco mayor que yo, estábamos más unidas y nos divertíamos más juntas que la mayoría de las hermanas. Y, más o menos, lo mismo sucedía con Dan, nuestro hermano. En verano íbamos los tres juntos a nadar. De noche, en invierno, era frecuente que jugáramos al bridge de tres o al Michigan, con cinco o diez centavos de apuesta. Los tres nos divertíamos solos más que ninguna de las familias que conozco. Así era siempre hasta que ha pasado esto.

Y tampoco era que Marian se mostrase condescendiente conmigo. Es una chica muy lista y ha leído más libros que nadie entre la gente que yo conozco, profesores incluidos. Pero en el instituto nunca le daba por coquetear, ni por ir en coche con otras chicas y recoger a muchachos ni por aparcar en la heladería y todo ese tipo de cosas. Cuando no estaba leyendo, le gustaba jugar conmigo y con Dan. No era tan mayor como para despreocuparse de las tabletas de chocolate en el frigorífico ni para dormir tranquilamente la noche de Navidad, digamos, como hacen los adultos.

En algunas cosas era como si yo misma tuviera más años que ella. Incluso cuando Tuck empezó a venir por casa el verano pasado, fui yo quien le decía a veces que no llevara calcetines cortos porque quizá fueran al centro o quien le insistía para que se depilara el entrecejo como las otras chicas.

Dentro de un año, en junio, Tuck se graduará en la universidad. Es un chico larguirucho, de mirada ávida, y tan inteligente que se paga los estudios gracias a una beca. Empezó a salir con Marian el verano pasado, con el coche familiar cuando se lo dejaban, y se ponía trajes blancos de lino muy bien planchados. Vino mucho en esa época, pero este verano lo ha hecho todavía con más frecuencia: antes de marcharse aparecía todas las noches a ver a mi hermana. No tengo nada contra él.

Las cosas empezaron a cambiar entre nosotras dos hace algún tiempo, aunque no me di cuenta por entonces. solo este verano, después de cierta noche, se me ocurrió por primera vez que quizá podríamos llegar adonde estamos ahora.

Aquella noche era ya tarde cuando me desperté. Al abrir los ojos pensé por un momento que faltaba poco para el amanecer y me asusté al ver que Marian no estaba en su lado de la cama. Pero se trataba solo de la luz de la luna, que brillaba fría y blanca al otro lado de la ventana y hacía que las hojas de roble que bajaban hacia el jardín por delante de la casa parecieran tan negras como la pez y bien separadas unas de otras.

Todavía estábamos a principios de septiembre, pero no sentí ningún calor mirando la luz de la luna. Me tapé con la sábana y recorrí con los ojos las formas oscuras de los muebles en nuestro dormitorio. Ese verano me había despertado muchas veces de noche. El caso es que Marian y yo siempre hemos compartido la habitación y cuando ella llegaba y encendía la luz para coger el camisón o lo que fuera, me despertaba.

A mí me gustaba. Durante las vacaciones de verano no tenía que levantarme pronto para ir al instituto. A veces hablábamos durante mucho tiempo tumbadas en la cama. Me gustaba que me describiera los sitios donde Tuck y ella habían estado o reírme con ella de diferentes cosas. Muchas veces antes de aquella noche Marian me había hablado de Tuck como si yo fuese de su edad, preguntándome si me parecía que debía de haber dicho esto o aquello cuando él venía a casa y a veces me daba un abrazo después. Marian estaba de verdad loca por Tuck. Una vez me dijo: "Es tan encantador... Nunca pensé que pudiera conocer a nadie como él...".

También hablábamos de nuestro hermano. Dan tiene diecisiete años y su idea era empezar el preparatorio para la Politécnica en otoño. Dan se había hecho mayor ese verano. Una noche no apareció hasta las cuatro de la madrugada y con unas copas de más. Papá estuvo de uñas con él la semana siguiente. De manera que se fue de excursión y estuvo acampando con otros chicos unos cuantos días. Solía hablar con Marian y conmigo de motores diesel y de irse a América del Sur y cosas por el estilo, pero ese verano estaba ya muy callado y apenas nos decía nada a ninguno de la familia.

Dan es muy alto y tan flaco como un palillo. Ahora tiene bultos en la cara y es torpe y no muy guapo. Sé que a veces pasea solo de noche y que quizá llega hasta los pinares más allá de los límites de nuestro pueblo.

Estaba en la cama pensando en cosas así y preguntándome qué hora era y cuándo aparecería Marian. Aquella noche, después de que mis hermanos se marcharon, me había reunido en la esquina con algunos chicos del barrio para tirar piedras a los faroles y tratar de matar algún murciélago. Al principio me daban escalofríos porque me imaginaba que eran vampiros pequeños como los de Drácula. Pero cuando vi que no eran mucho más grandes que una mariposa nocturna me dio igual que los mataran o no. Estaba sentada en la acera, dibujando con un palo en la calle polvorienta, cuando Marian y Tuck pasaron muy despacio en coche. Mi hermana estaba pegada a él. No hablaban ni sonreían: solo iban muy despacio calle adelante, muy juntos, la mirada al frente. Cuando pasaron y vi quiénes eran, grité:

-¡Marian! El automóvil siguió adelante muy despacio y nadie me respondió.

Así que me quedé en mitad de la calle sintiéndome un poco estúpida, con todos los otros críos a mi alrededor.
Bubber, un niño odioso que vive en otra manzana de nuestra misma calle, se me acercó.

-¿Era tu hermana? -quiso saber.

Le dije que sí.

-Sí que iba pegada a ese chico -comentó.

Me enfadé muchísimo, como me sucede a veces. Me dejé llevar por la indignación y le tiré todas las piedras que tenía en la mano derecha. Bubber es tres años menor que yo y no estuvo bien, pero en primer lugar nunca lo he soportado y además a él le pareció que estaba diciendo una cosa muy divertida sobre Marian. Empezó a agarrarse el cuello y a berrear, y yo los dejé plantados, me volví a casa y me preparé para acostarme.

Cuando me desperté, empecé también a pensar en aquello al cabo de un rato y tenía aún presente al pobre Bubber Davis cuando oí el ruido de un coche que se acercaba a la manzana donde vivimos. Nuestra habitación da a la calle y el jardín que hay en medio es muy estrecho. Se ve y se oye todo lo que pasa en la acera y en la calle. El automóvil pasó con mucha lentitud por delante de la puerta principal y la luz de los faros se deslizó muy blanca y como a cámara lenta por las paredes de nuestro cuarto. Se detuvo en el escritorio de Marian, mostró con toda claridad los libros que estaban allí y medio paquete de chicles. Luego todo quedó de nuevo a oscuras y fuera solo brillaba la luna.

No se abrió la portezuela del coche pero yo los oía hablar. Lo oía a él, quiero decir. Pero como lo hacía en voz muy baja, no captaba el significado, tan solo que parecía explicarle algo a mi hermana una y otra vez. A Marian no la oí pronunciar ni una palabra.

Aún estaba despierta cuando oí que alguien se apeaba del coche. Marian dijo:
"No te bajes". Y luego un portazo y el ruido de los tacones de mi hermana por el caminito hasta la puerta, rápido y ligero, como si corriera.

Mamá la estaba esperando en el pasillo delante de nuestra habitación. Había oído cerrarse la puerta de la calle. Siempre está atenta a cuando llegan Marian y Dan y nunca se duerme hasta que vuelven. A veces me pregunto cómo puede estar tumbada a oscuras durante horas sin dormirse.

-Es la una y media, Marian -dijo-. Tendrías que haber vuelto antes.

Mi hermana no dijo nada.

-¿Lo has pasado bien?

Mamá es así. Me la imagino en el pasillo con el camisón hinchándosele alrededor y dejando ver sus piernas con un blancor de muerto y venas azules marcadas, bastante desarreglada. Mamá queda mejor cuando se viste para salir. -Sí, lo hemos pasado estupendamente -dijo Marian. Su voz sonaba curiosa, como el piano en el gimnasio del instituto, demasiado alto y agudo. Curiosa, ya digo. Mamá le estaba haciendo más preguntas. ¿Adónde habían ido? ¿Se habían encontrado con algún conocido? Todas esas cosas. Mamá es así.

-Buenas noches -dijo Marian con aquella voz desafinada.

Abrió muy deprisa la puerta de nuestro cuarto y entró. Me dispuse a hacerle saber que no dormía, pero me callé. Su respiración era agitada y fuerte en la oscuridad y estuvo un buen rato sin moverse. Al cabo de unos minutos buscó a tientas su camisón en el armario y se metió en la cama. Entonces la oí llorar.

-¿Te has peleado con Tuck? -le pregunté.
-No -me respondió. Luego cambió de idea-. Sí, nos hemos peleado.

Si hay una cosa que siempre me da escalofríos es oír llorar a alguien.

-Yo que tú no me preocuparía. Seguro que hacéis las paces mañana.

La luz de la luna entraba por la ventana y vi que Marian movía la mandíbula de un lado a otro y miraba al techo. La estuve mirando durante mucho tiempo. La luz de la luna lo enfriaba todo y había una brisa también fresca que entraba por la ventana. Me acerqué como hago a veces para abrazarla, pensando que quizá dejara de mover la mandíbula de aquella manera y también de llorar.

Marian temblaba de pies a cabeza. Cuando la toqué saltó como si la hubiera pellizcado, me apartó muy deprisa y me dio patadas en las piernas.

-No -dijo-. Hazme el favor.

Quizás había enloquecido de repente, se me ocurrió. Lloraba más despacio pero con más sentimiento. Me asusté un poco, me levanté y fui un minuto al cuarto de baño. Mientras estaba allí miré por la ventana hacia la esquina de la calle donde está el farol. Entonces vi algo que tuve la seguridad de que a Marian le interesaría.

-¿Sabes? -le dije cuando volví a la cama.

Estaba lo más cerca del borde que podía ponerse, completamente rígida. No me contestó.

-El coche de Tuck está aparcado junto al farol de la esquina. Pegado a la acera. Lo sé por el maletero y los dos neumáticos de atrás. Lo he visto por la ventana del cuarto de baño.

Ni siquiera se movió.

-Debe de estar allí sentado. ¿Qué es lo que os pasa?

No dijo nada.

-No lo he visto, pero probablemente está sentado dentro del coche bajo el farol. Sin hacer nada.

Era como si no le importase o lo hubiera sabido todo el tiempo. Estaba lo más al borde de la cama que podía, las piernas extendidas y rígidas, las manos bien agarradas al borde del colchón y la cabeza sobre un brazo.

Siempre solía dormir despatarrada en mi lado de la cama, de manera que tenía que empujarla cuando hacía calor y a veces encender la luz y trazar una línea en el centro y hacerle ver que de verdad invadía mi lado. Aquella noche no iba a necesitar ninguna raya, pensé. Me sentía mal. Estuve contemplando mucho tiempo la luz de la luna antes de dormirme.

Al día siguiente era domingo y mamá y papá fueron a la iglesia por la mañana porque se cumplían años de la muerte de mi tía. Marian dijo que no se encontraba bien y no se levantó. Dan había salido y me quedé sola, de manera que, como es lógico, fui a nuestra habitación, con Marian. Estaba tan blanca como la almohada y tenía unas ojeras muy grandes. En un lado de la cara le saltaba un músculo como si estuviera masticando. No se había peinado y el pelo le caía sobre la almohada, rojo brillante y desordenado, pero bonito. El libro que leía se lo acercaba mucho a la cara. No movió los ojos cuando entré. Me pareció que tampoco los movía por la página.

El calor era espantoso aquella mañana. El sol hacía que todo centellease, de manera que mirar fuera hacía que te dolieran los ojos. En nuestro cuarto el calor era tan intenso que casi se podía tocar el aire con los dedos. Pero Marian se tapaba incluso los hombros con la sábana.

-¿Va a venir Tuck hoy? -le pregunté. Trataba de decir algo que la hiciera alegrarse un poco.
-¡Dios santo! ¿Es que no se puede tener un poco de paz en esta casa?

Nunca solía decir cosas hirientes como aquella sin provocación previa.
Cosas hirientes, quizá, pero no malhumoradas.

-Claro -respondí-. No te preocupes, nadie se va a fijar en ti.

Me senté y fingí leer. Cuando se oían pasos por la calle, Marian apretaba el libro con más fuerza y me di cuenta de que escuchaba con toda su alma. Yo distingo con facilidad unos pasos de otros. Sé incluso sin mirar si la persona que pasa es de color o no. En su mayor parte la gente de color hace ruido como de arrastrar los pies. Cuando los pasos se alejaban ya, Marian aflojaba el libro y se mordía los labios. Lo mismo con los coches.
Me daba pena. Decidí allí y entonces que nunca permitiría que una pelea con un chico hiciera que me sintiera tan mal ni que tuviera un aspecto tan horrible como el de ella. Pero quería que mi hermana y yo volviéramos a ser las de antes. Los domingos por la mañana son ya bastante malos de por sí sin necesidad de añadirles otros problemas.

-Tú y yo nos peleamos mucho menos que la mayoría de las hermanas -dije-. Y cuando lo hacemos, se nos pasa en seguida, ¿no es cierto?

Murmuró algo y siguió con la mirada fija en el mismo lugar del libro.

-Eso está bien -dije.

Marian movía ligeramente la cabeza de lado a lado, una y otra vez, pero su expresión no cambiaba.

-Nunca estamos peleadas mucho tiempo como les pasa a las dos hermanas de Bubber Davis...
-No. -Respondió como si estuviera pensando en lo que le acababa de decir.
-Nunca nos hemos peleado tanto, que yo recuerde.

Al cabo de un minuto alzó la vista del libro por primera vez.

-Yo sí recuerdo una pelea así -dijo de repente.
-¿Cuándo? Sus ojos parecían verdes sobre la negrura de las ojeras y como si se estuvieran clavando en lo que veían.
-Tuviste que quedarte en casa todas las tardes durante una semana. Fue hace mucho tiempo.

De pronto me acordé. No había pensado en ello durante mucho tiempo. Me negaba a recordarlo. Cuando Marian lo dijo se me vino todo a la memoria.

Hacía de verdad muchísimo tiempo: Marian tenía unos trece años. Si recuerdo bien, yo era mala e incluso más dura que ahora. A la tía a la que quería más que a todas las demás juntas le nació un hijo muerto y ella se murió. Después del funeral mamá nos explicó a Marian y a mí lo que había pasado. Las cosas nuevas que no me gustan me enfurecen siempre cuando me entero; me enfurecen muchísimo y me asustan.

No era eso de lo que hablaba Marian, sin embargo. Unos cuantos días después de aquello, mi hermana empezó con lo que a las chicas mayores les pasa todos los meses y por supuesto me enteré y me llevé un susto de muerte. Mamá me lo explicó, así como lo que Marian tenía que llevar. Sentí lo que había sentido por la muerte de mi tía, solo que diez veces peor. También vi a Marian de otra manera, y estaba tan enfadada que quería arremeter contra la gente y golpearla.

No lo olvidaré nunca. Marian estaba en nuestro cuarto, delante del espejo del tocador. Cuando me acordé de su cara de entonces me di cuenta de que estaba tan blanca como ahora sobre la almohada, con las mismas ojeras y con el pelo, lustroso, cayéndole por los hombros, aunque más joven.

Yo estaba en la cama, mordiéndome una rodilla con fuerza.

-Se te nota -dije-. ¡Ya lo creo que sí!

Llevaba un suéter y una falda azul plisada y estaba tan flaca toda ella que se le notaba un poco.

-Cualquiera se dará cuenta. Sin hacer ningún esfuerzo. Basta con mirarte y cualquiera se dará cuenta.

En el espejo estaba muy pálida y no se movió.

-Resulta horrible. Yo no seré nunca así. Se nota mucho y todo eso.

Marian se echó a llorar y se lo dijo a nuestra madre y añadió que no iba a ir al instituto ni nada parecido. Estuvo llorando mucho tiempo. Así de mala y de dura era yo entonces y aún lo soy a veces. Por eso tuve que quedarme en casa todas las tardes durante una semana hace mucho tiempo...

Tuck se presentó con su coche aquel domingo antes de la hora del almuerzo. Marian se levantó, se vistió a toda velocidad, y ni siquiera se pintó los labios. Dijo que comía fuera de casa. Casi todos los domingos pasábamos el día en familia, de manera que aquello era un poco extraño.

No regresaron a casa hasta muy avanzada la tarde. Cuando el coche reapareció los demás estábamos en el porche delantero tomando té helado a causa del calor. Después de que se apearon, papá, que había estado de muy buen humor durante todo el día, insistió en que Tuck se quedara a tomar un vaso de té helado. Tuck se sentó en el columpio de jardín con Marian, pero no se recostó ni apoyó los talones en el suelo, como si estuviera dispuesto a volver a levantarse en cualquier momento. Se cambiaba el vaso de mano una y otra vez y no paró de iniciar nuevas conversaciones. Marian y él no se miraron excepto de reojo y cuando lo hicieron no era como si estuvieran locos el uno por el otro. Era una mirada extraña. Casi como si tuvieran miedo de algo. Tuck se marchó en seguida. -Ven a sentarte junto a tu papá, Gatita -dijo nuestro padre. Gatita es como llama cariñosamente a Marian cuando está de muy buen humor. Todavía le gusta mimarnos.

Marian fue a sentarse en el brazo de su sillón. Tan rígida como se había sentado Tuck, apartándose un poco, de manera que el brazo de papá no conseguía rodearle la cintura. Nuestro padre fumaba uno de sus puros y miraba hacia el jardín y los árboles, que empezaban a fundirse en la oscuridad del crepúsculo.

-¿Qué tal le van las cosas a mi chica grande en estos días? -A papá todavía le gusta abrazarnos cuando está contento y tratarnos, también a Marian, como a niñas pequeñas.
-Bien -respondió ella. Se retorció un poco, como si quisiera levantarse y no supiera cómo hacerlo sin herir sus sentimientos.
-Tuck y tú os lo habéis pasado muy bien este verano, ¿no es cierto, Gatita?
-Sí -dijo ella. Había empezado a mover la mandíbula de un lado para otro. Yo quería decir algo pero no se me ocurría nada.

Papá dijo:

-Tendrá que volver a la Politécnica más o menos por estas fechas, ¿no es así? ¿Cuánto tiempo le queda?
-Menos de una semana -respondió Marian. Se levantó tan deprisa que le tiró a papá el cigarro que sostenía entre los dedos. Ni siquiera se detuvo a recogerlo, sino que entró muy decidida en casa por la puerta principal. La oí llegar casi corriendo hasta nuestra habitación y el ruido que hizo al encerrarse dentro. Sabía que iba a echarse a llorar.

Hacía más calor que nunca. El jardín empezaba a quedarse a oscuras y el zumbido de las cigarras era tan agudo y continuo que no te dabas cuenta de que lo oías como no pensaras en ello. El cielo tenía un color gris azulado y los árboles en el solar al otro lado de la calle eran sombras oscuras. Me quedé en el porche con papá y mamá y oí cómo hablaban en voz baja aunque sin escuchar lo que decían. Quería ir a nuestro cuarto y hacer compañía a Marian, pero no me atrevía. Quería preguntarle cuál era el problema en realidad. ¿Lo terrible de la pelea con Tuck o que estaba tan loca por él que la entristecía su marcha? Durante un minuto pensé que no era ninguna de las dos cosas. Quería saberlo pero me daba miedo preguntar. De manera que seguí en el porche con las personas mayores.

Nunca me he sentido tan sola como aquella noche. Si alguna vez pienso en estar triste, solo tengo que recordar cómo me sentí entonces:allí sentada, mirando las largas sombras azuladas del jardín y sintiendo que era la única hija que le quedaba a la familia y que Marian y Dan estaban muertos o se habían ido para siempre.

Ahora ya es octubre, el sol brilla mucho pero el día es fresco y el cielo tiene el color de mi sortija de turquesas. Dan se ha ido a estudiar a la Politécnica. Tuck también. Pero no es en absoluto como el otoño último.

Vuelvo del instituto (ahora voy allí) y Marian quizá está sentada junto a la ventana y lee o escribe a Tuck o mira a la calle sin hacer nada. Está más delgada y a veces su cara me parece la de una persona mayor. O como si algo, de repente, le hubiera sentado mal. Ya no hacemos las cosas que solíamos. El tiempo es estupendo para preparar dulce de leche y tantas otras cosas. Pero Marian se limita a no hacer nada o a dar largos paseos a última hora de la tarde cuando refresca, ella sola. En ocasiones sonríe de una manera que desanima a cualquiera: como si yo fuera una niña ignorante y todo eso. Y más de una vez tengo ganas de llorar o de darle un puñetazo.

Pero soy tan dura como la que más. Me las puedo arreglar sin nadie si es eso lo que quiere Marian o cualquier otra persona. Me alegro de tener trece años, de llevar calcetines y de hacer lo que me apetece. No quiero crecer más si es para convertirme en otra Marian. Pero no sucederá.

Nunca me va a gustar nadie tanto como a Marian le gusta Tuck. Nunca permitiré que ningún chico ni ninguna cosa me hagan comportarme como se comporta ella. Y no voy a perder el tiempo tratando de conseguir que mi hermana vuelva a ser como antes. Me siento sola -es cierto-, pero no me importa. Sé que no hay manera de quedarme en los trece años toda la vida, pero sé que nunca dejaré que nada me cambie en absoluto, sea lo que sea.

Patino y monto en bicicleta y los viernes voy a los partidos de fútbol americano del instituto. Pero cuando una tarde todo el mundo se sentó en el gimnasio del sótano y empezaron a hablar de ciertas cosas -casarse y todo eso- me levanté en seguida para no oírlo y subí y me puse a jugar al baloncesto. Y cuando algunas de las chicas empezaron a decir que se iban a pintar los labios y a ponerse medias dije que yo no lo haría ni por mil dólares. Ya ven que no seré nunca como Marian ahora. Por supuesto que no. Cualquiera que me conozca se dará cuenta. Sencillamente no, eso es todo.

No quiero crecer si es para acabar así.


[Traducción de José Luis López Muñoz]
Articulo:
http://adncultura.lanacion.com.ar 27/10/2007