2 El cuerpo es lo que escribe
Cuando empezamos a platicar, después de ese rato extraño que hemos pasado en el terreno más bien pantanoso de la entrevista, vamos directo al tema de los hijos. Interesantes las maneras, pienso, en que uno siempre regresa al cuerpo. Lo que el cuerpo da. Lo que quita. La naturaleza abarcadora, imperial. Álvaro Mutis coloca a los de carne y hueso y a los de papel en el mismo rubro: todos son sus hijos. "A mis libros", confiesa, "los vivo de la misma manera en que he vivido a mis hijos: ahí están, afuera, en la vida, en su ámbito propio. Que vivan, les digo". A todos ellos los ha dado a luz. Salen de aquí, asegura, señalándose el vientre. No iba a decirlo pero, como estamos platicando y estoy tomando café 100% colombiano y la tos amaina, le digo: "Es una visión bastante femenina del proceso creativo, ¿no le parece?".
Un guiño apenas.
"Aunque no lo parezca", asegura mientras se inclina, aproximándose, "yo soy feminista".
En ese momento no sé quién le hace el guiño a quién.
"Las mujeres lo saben todo ya. Lo que creo sinceramente es que la mujer es la que sabe conducir el destino de los hombres y la que sabe mucho más que los hombres del mundo y de la naturaleza del mundo. La mujer al ser la que prolonga la especie tiene una vinculación con la naturaleza que los hombres no tenemos: nosotros moriremos siendo unos eternos adolescentes. Mucho cuidado con eso. Cuando una mujer me dice: esa persona no me gusta, inmediatamente le hago caso. No le pregunto por qué, no la cuestiono, pero siempre me doy cuenta, a menudo apenas unas horas después, de que tenía razón. Ella vio más que yo porque es mujer. El destino terrible de todas las mujeres es tener que aguantar a los hombres".
Tengo la impresión de que Mutis podría hablar largo rato con Hélène Cixious, y que yo podría escucharlos de cerca, también por mucho rato, descreída. Y me acuerdo, justo entonces, de las palabras que usaba Margaret Atwood para asegurar, en contra del feminismo de la diferencia, que en realidad hombres y mujeres no somos tan distintos. Ni naturalmente virtuosas, ni esencialmente malditas: históricas y culturales como todos, las mujeres. El feminismo de la igualdad. Su política. Supongo que algo en el rostro me delata porque, después de carraspear un poco, Álvaro Mutis continúa: "Además ustedes, ustedes las de ustedes que producen libros, ya lo saben todo y con ventaja. Nos llevan, definitivamente, una gran ventaja".
Guardo silencio. Pienso: acaso. Pienso: ajá. El asunto es, por supuesto, el cuerpo. Eso a lo que uno regresa siempre cuando en realidad empieza a platicar; eso de lo que uno nunca se va. Eso de lo que no se puede escapar. El cuerpo y su relación con la naturaleza y la relación de esa relación, a la vez, con la cultura. "Cuando estoy escribiendo estoy muy consciente de mis manos", dice, enumera, "estoy muy consciente de mis codos, de la posición de mi cuerpo, del estado de mi cuerpo. Estoy ahí, completo, oyendo el ruido de la Smith Corona, tarareando incluso. Se nota en la escritura lo que el cuerpo pasa. Y lo que le pasa. Lo que yo le exijo a lo que escribo es que sea como lo que he hecho antes en términos de ritmo, de verdad, de interioridad. No pienso en rigor ni sabiduría ni en genialidad: pienso en términos de verdad. La verdad mía es ésta: este testimonio, esta confesión".
Se trata de la verdad del cuerpo, no me cabe la menor duda. Se trata de esa sustancia que va de la naturaleza hacia la página a través del pasadizo del músculo y de la cicatriz, del esqueleto y de la memoria. Se trata, en resumidas cuentas, de la vida.
"Los personajes traen la vida que han vivido consigo y me la van pasando de acuerdo con su edad y sus impresiones y su visión del mundo en ese momento. Traen lo que son. No hay lección. No hay mensaje. No hay teoría. Respecto a la poesía, ahí todo es distinto. Yo escribí poesía, únicamente poesía, por 40 años. Las novelas las he escrito a partir de los 45. La poesía, por cierto, es una prueba más intensa que la narrativa porque la poesía es la confesión de nuestro más profundo ser y un continuo testimonio del mundo, de la vida y también de la muerte puesto que en el instante de nacer, empezamos a morir. La muerte nos acompaña siempre y por eso no hay que autocompadecerse ni crear ninguna clase de fantasmas ni tragedias".
Maqroll lo decía igual pero de otra manera. Decía: "La caravana agota su significado en su mismo desplazamiento. Lo saben las bestias que la componen, lo ignoran los caravaneros. Siempre será así".
"No, un momento, Álvaro, no te hagas", esto se lo dice él a él mismo. Recapitulando: "Uno ya lo sabe dentro: en la parte más secreta, en la más profunda. Al convertirlo en palabra escrita, adquiere de pronto una verdad, una presencia que a veces lo sorprende a uno. Ah, claro, qué tonto soy, me digo a veces. ¿Cómo es que no me di cuenta? Entonces queda uno satisfecho y continúa. Esto tiene su ritmo que es el mismo ritmo de la vida. Uno va escribiendo como una parte de su vida, y va pasando su vida tal cual a las páginas. De pronto hay lagos, hay ausencias, hay cosas que hubiera podido elaborar mucho más, pero bueno, no tiene remedio. Está bien. Uno continúa y ya".
3 la más íntima palpitación
Transcribo ahora lo que le oigo decir a Álvaro Mutis sobre el proceso de la escritura: "Escribir y crear es estar en medio del mundo que se está creando, en medio de los personajes, siendo más nosotros que nadie y más nosotros que nunca. La escritura es el máximo testimonio que tenemos de nosotros mismos, de nuestro ser. Es la comprobación de que somos humanos. No le doy a eso, sin embargo, ningún destino de fatalidad: está bien. Yo nunca escribo ni en prosa ni en poesía para dejar una especie de teoría o visión del mundo y del hombre: yo paso lo mío, mi interior, mi más íntima palpitación con la vida y ahí queda. No le doy ninguna trascendencia más. Ninguna significación ni ningún mensaje ni ninguna doctrina. Nunca jamás. Cuando escribo, fluyo. Cuando escribo, estoy ahí".
Transcribo ahora lo que le oigo decir a Álvaro Mutis sobre el proceso de la reescritura: "Pero corregir, ése es un infierno. La novela Amirbar, por ejemplo, la tuve que escribir completa cuatro veces. La misma novela, por supuesto, pero con distintos rumbos, momentos de los personajes. Y en la poesía: ¡la cantidad de poemas que he quemado! Reescribir es una tortura como todo lo que hay en la vida y que tiene que ver con la existencia y el paso del tiempo en nosotros. ¿Quiere que le diga algo? Es pura mecánica de la narrativa: que no quede rueda sin usar en el aparato de la narrativa, de eso se trata reescribir".
"Mirado desde dentro", le digo entre un par de estornudos, "no hay nada glamouroso en el oficio, ¿verdad?". Y él dice, a carcajada batiente, que suscribe eso. "Puede decirlo exactamente así: que lo suscribo todo: sí, en efecto, no hay nada de glamour en el oficio". Le advierto que lo trascribiré tal cual y ahora lo cumplo. "Estás dando la esencia misma de tu ser. Ahí no se puede hacer trampas porque el lector lo nota. Algunas características impostadas del personaje o ciertas insistencias que no son auténticas sino más bien pasajeras. Todo eso se nota".
Y ahí, justo detrás de mí, está la Smith Corona 2200 Cronomatic para atestiguar lo dicho. Lo acompaña desde hace 40 años y no tiene ningún deseo ni interés de cambiarla, mucho menos por computadora. "Ni viviré ese mundo para nada", asegura, vehemente. "En lo más mínimo. Lo rechazo por completo. A ese mundo electrónico y mecánico, por lo demás, nos lo estamos acabando. ¿Sabía que está desapareciendo el libro?".
No escribe a mano. Nunca lo ha hecho. Cuenta que la primera vez que Gabo vio su letra exclamó "¡pero si escribe usted como Drácula!". Algunas frases, sí, algunos momentos de los poemas, sí, pero tiene, dice, muy mala letra. Observo el temblor de las manos y él me observa, observándolo: es, en efecto, un temblor en las manos, algo de familia, explica. Por eso le queda la letra así.
4 El niño que todavía mira el mar
"Lo que hay que hacer es tratar de rescatar esos momentos de la niñez, integrándolos a este presente, a esta otra persona que ha perdido cierta ligereza, cierta rapidez, cierto automatismo para pescar al mundo y a las llamadas de ese mundo", eso es lo que me dice Álvaro Mutis cuando le pregunto por su presente y sus vínculos con el pasado. Cuando le pregunto, con verdadera curiosidad, "¿en realidad se aprende algo?". En las palabras que le son dirigidas al lector de Ilona llega con la lluvia antes de que propiamente inicie el relato es posible leer esto: "No paraba en mientes lo que pudiera depararle el futuro por trasgresiones que olvidaba con facilidad; ni las que hubiese cometido en el pasado gravitaban para nada en su conciencia. Pasado y futuro no eran, dicho sea de paso, nociones que pesaran mucho en el ánimo de nuestro hombre. Siempre daba la impresión de que su exclusivo y absorbente propósito era enriquecer el presente con todo lo que se le iba presentando en el camino". Mutis no va a la infancia, pero la trae, toda entera, con sus palabras. Sus ecos. "Yo no considero que estoy yendo hacia atrás o hacia delante", asegura. "Soy yo. Ésa es mi vida. Mi vida es un bloque. No hay antes ni después. Todo está presente en todo momento". Otra manera de decir lo mismo a la manera de Gertrude Stein sería decir que de lo que se trata, tanto en la vida como en la escritura, es de volverlo a todo contemporáneo. De traer, como se dice, todo a casa. "Sumar esas experiencias fundamentales de la niñez, ahí es donde se hacen las visiones del mundo y de la gente que son de una verdad enorme". Se trata, lo entiendo así, de rescatar las visiones fundamentales de la infancia, y todo en la infancia lo es, y de sumarlo a las visiones actuales, al ritmo de nuestra vida. No es una superación o una añadidura, sino una verdadera incorporación.
Le pido, por supuesto, ejemplos. "En la niñez entendí que jamás iba a tener ningún interés o fe en la política, en la mecánica de la política. Todo eso es una gran mentira del hombre en donde están escondidas sólo ambiciones. Desde el comienzo había algo ahí que me molestaba, sin definirlo exactamente, pero sintiéndolo igual. Por eso la política no existe para mí. Existe, bien, como historia: en la Revolución Francesa, en la Edad Media". Pero lo que yo quiero son escenas, le digo eso. La necesidad de la narradora. Un contexto. Algo que pasa ahí.
"Me acuerdo una vez que iba con mi padre y mi madre en barco desde Bruselas a Colombia -de ahí mi afición al mar y a los barcos-, estaba viendo el agua y me quedé literalmente lelo. Se me acercó mi padre y me preguntó: '¿Qué ves en el mar?'. Sólo atiné a contestarle: 'Que es muy grande. Eso veo'. Fue entonces que él me dijo: 'El mar es infinito'. Esa palabra se me quedó. Infinito. En ese momento. Poco a poco me fue trabajando. La palabra. Y claro, esa extensión del mar que termina allá en el cielo, donde se cruza con el cielo. ¡Ésa es una definición del infinito maravillosa! Esa frase de mi padre me entregó el mar. Me lo regaló. Por eso lo menciono tanto en mis libros".
5 No pasarse de listo con el mundo
Le cuento, con absoluta sinceridad, que no sé lo que busca la gente cuando va a oír a un escritor, cuando lee sus entrevistas. No hay nada, en sentido estricto, que no esté en los libros. No hay nada, y esto también lo creo, que el escritor pueda aclarar o añadir a esos libros. Pero también le cuento, mi afán por la contradicción es legendario, que, hace apenas un par de días, justo unas horas antes de caer enferma, asistí a un gran recinto lleno de gente sólo para tener la oportunidad de escuchar a uno de mis escritores favoritos. "No sé lo que buscaba ahí", le confieso. "Pero estar ahí, escuchar las palabras que he leído, me provocó algo que todavía no puedo nombrar pero que me cimbra".
Álvaro Mutis suelta una carcajada que atraviesa el tiempo: podríamos estar en la corte de Felipe II o en ese futuro que él avizora sin libro alguno. Podría, en una de ésas, tratarse de ahora mismo. Dice: "En el momento en que se entra en contacto físico, verbal, directo, con un escritor, todo lo que viene de sus libros empieza a tener una firmeza y una continuidad. Recuerdo, por ejemplo, una conversación que tuve con Saramago. Terminamos hablándonos a gritos, no con violencia, sino al contrario, con gran pasión. Y, de pronto, pensaba, estoy discutiendo con José Saramago. ¡Estoy dándome de gritos con José Saramago! Eso es una continuación de la vida, una confirmación de la continuación de la vida en el sentido, Cristina, en que todo continúa".
Tengo la impresión de que Álvaro Mutis siempre ha sido así. Y de que ese "siempre haber sido así" es a lo que se refería García Márquez cuando lo describió como "fabulosamente simpático". En el presente por entero, en franca actitud de bienvenida, es fácil imaginárselo con los brazos abiertos. Mutis muta en Álvaro. Hay, en todo caso, una aceptación del mundo tal cual es, tal como se presenta, con sus ritmos y sus quiebres, con sus desgracias y sus sombras, con sus amabilidades, sus honduras, con sus Lecumberris, que me parece francamente escandalosa. Algo radical. Álvaro no hace mutis.
"No hay que pasarse de listo con el mundo", advierte. "El que es listo es el mundo, eso nunca hay que olvidarlo". Asiento y recuerdo lo que le oí decir a la poeta María Negroni hace tiempo, un verano: "La escritura es siempre más inteligente que nosotros".
Entonces, ¿hay que aceptarlo todo?, le pregunto, insistente, deseosa de creer.
"Acéptelo o no, el mundo ya es una lección. No hay que aceptarla o rechazarla. Hay que irla asimilando, integrando a tu ser, conociendo mejor para que forme parte de tu pensamiento".
Se ha vuelto a ver algo por la ventana y, cuando me ve otra vez, sé que viene de regreso de la selva. "Esto", me dice con una alegría que parece tan infinita como el mar que nunca ha dejado de observar, lelo, "esto te va a quitar la gripe".
"Los días pasan como han pasado todos los días de la vida. La escritura no rige la vida. La escritura es un fenómeno natural. Cumple con funciones naturales: si tienes que ir al baño, vas. Y ya. Le das agua al canario. Hace cinco años que no. Da la sensación de que quedan unos años en vacío, pero no es así. Estás conociendo gente, viendo crecer a tus nietos. Tengo un hijo que es escritor (bastante mejor que yo, por cierto). Ahí está la vida de todos los días. El escribir no es ser. El ser, el otro ser, es estar con y en el mundo. Entonces no te preocupes nunca del tiempo que uno le dedica a la escritura y del tiempo que, sin escribir, uno se dedica a vivir: las dos cosas son lo mismo. Escribes, vives, no escribes, escribes después, vives igual. Recuerda: no es un deber. Cuando lees a los grandes clásicos te das cuenta de que escribieron cuando pudieron y, sobre todo, cuando se les dio la gana. La historia de Cervantes es un gran ejemplo. ¡Pobre hombre! Con tantos problemas de orden práctico y también de orden espiritual uno se pregunta ¿y a qué horas escribió el Quijote? Él lo escribió y escribió algo que no admiro más pero que sí disfruto más que el Quijote: hablo, por supuesto, de las Novelas ejemplares, que son perfectas. Ah, este pobre escribiendo esto, esta maravilla, mientras espera si llega un dinero para poder comer".
Escribo esto un par de días después, sin tos ni fiebre ni estornudos, frente a un iBookG4 y frente al mundo. Escribo como quien ha encontrado lo que no sabía que buscaba: es una ley de la vida. Hay cosas que ocurren; hay cosas que dejan de ocurrir. Escribo con un regalo sobre el regazo. No es un deber. No es una profesión. No es un destino. Es la vida de todos los días. Escribir es.
Articulo:
http://www.elpais.com 24/11/2007