samedi 22 mars 2008

Artesanías Literatias/ Réquiem para el lector fracasado Y El tren a Burdeos


ARTESANÍAS LITERARIAS
la revista que nunca duerme
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Estimados lectores y colaboradores. Hemos incorporado nuevos materiales a las diferentes páginas de Artesanías. Hicimos una breve pausa para que los lectores pudiesen leer los diversos materiales.

Colaboradores en Narrativa: Viviana Álvarez / Gustavo Ortiz / María Esther Robledo / Nyls Volmaro / Cristina Villanueva / Alejandro Román / Marta Julia Ravizzi / Fanny Garbini / Gerardo Pennini / Ester Mann / Marita Ragozza / Liliana Chavez / Andrés Aldao.

Colaboradores en Poemas: Silvia Loustau / Guillermo Herzel / Dalmira Riccione / Celmiro Koryto / Laura Beatriz Chiessa / Irma Droz / David Sorbille / Silsh / Verónica Pedemonte / Tibor Chamimaud / Susana Szwarc / Mónica Madrid / Gustavo Tisocco / María Dolores Lucero.

Mundotango: Norma Ester Montenegro.

Ensayo: Liliana Chavez / Alfredo Lemon / Silvia Loustau / Alejandro Ramón / Laura B. Chiessa / Andrés Aldao.

Páginas Abiertas; Natalia Litvinova / Mirta Urdiroz / Mario Capasso / Oscar N. Galante / Mario Linovesky / Eduardo Rodríguez / Jorge Umberto Malpeli / Norma Ester Montenegro / Alberto Fernández / Carolina González Velázquez / Simón Esain

Amigos, como editor de la revista agradezco; a los colaboradores y corresponsales el envío de materiales, por la constancia y su nivel literario; a los lectores y colaboradores que ingresan comentarios (cosa que me gustaría hacer, pero no me parece ético...); y a los numerosos lectores y suscriptores; a quienes mandan gacetillas y cartas efusivas.

El próximo lunes se cumplen treinta y dos años del golpe de estado criminal. Ese día publicaremos material referido a la fecha (aunque no sólo). No olvidamos, no perdonamos, no nos resignamos.

Recordamos que todos los jueves aparece el boletín de Argentina co il en el que se incluye el cuento o el poema de la semana. Y advertimos que nuestra revista no se hace responsable del material de las otras secciones que forman parte de dicho boletín.

Finalmente, abrazos a todos, y recomendamos la lectura de todos los enlaces que aparecen en "links", y de los dos blogs que edita Andrés:
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Réquiem para el lector fracasado

Esta fantasía fue publicado en el libro conjunto de Ernesto Bavio y Andrés Aldao, A+B Memoria Cotidiana (mayo de 2004). De esta obrita farsa es autor Andrés Aldao y se publica nuevamente para los nuevos lectores que acompañan a este blog con sus escritos. Para reposar de la novela por entregas, Aventuras y desventuras de Ale Aspis.

Hasta tal punto que ya no podía dormir. Era como la aguja de un acupuntor de cara oriental y ojos oblícuos punzándolo en los dos tobillos, en la sien izquierda, en el omóplato y en el occipital derecho. En la masa encefálica, propiamente. Una sensación de torbellino. Una mezcla de vahído y trepanación.

La cosa empezó un día cualquiera; una mañana sin sol con apariencia de espantajo letrinoso. Terminó la lectura de un libro de cuentos y fue la enésima vez que uno de los protagonistas era un escritor fracasado con cientos de proyectos que acababan en estólidas frustraciones. Se acordó del escritor fracasado de Arlt. Y sobre todo del cretino de “Crear una pequeña flor es un trabajo de siglos”, de Abelardo Castillo. Ese comienzo rastrero y pecaminoso le produjo una cólera homicida: “Soy un escritor fracasado: No es un comienzo original, lo sé”. ¡Es el colmo! –estalló–. Mortificarme durante doce páginas para zarandearme en la cara esa frase final tupida de naderías intelectuales: “Retiré la mano.” –prosiguió leyendo–. ¿Y qué? ¿Este Castillo no es un chupasesos? ¡Cómo! ¿mi tiempo no se cotiza?

Fue en esos días, precisamente, cuando comenzó a elucubrar la teoría de que todos los escritores son unos torcidos, la rama literaria del Conde Drácula que succiona masa encefálica en lugar del burbujeante, bermejo y tibio líquido sanguíneo. Y también Atilas del intelecto, por cuanto invaden el espíritu de los humanos, lo avasallan, le imponen sus excentricidades, lo remodelan a su imagen y semejanza, y a quienes pretenden oponerse, negarse, reivindicar los derechos del lector o su independencia de criterio, toman en prenda sus almas y fosilizan sus mentes. ¡Espléndido negocio!

Ya no le quedaron dudas: la mayoría de los lectores son esclavos, y las librerías, una especie de plantación sureña del Missisipi en la que todos los pecadores acaban como siervos de la lectura, lacayos de la gleba literaria. Al fin de cuentas, ¿qué es un escritor? –se preguntó airado–: un tipo que cierra los ojos y hace como que piensa, o apoya la cabeza sobre la palma, contempla la lejanía y elucubra. Se trata de una pose arrogante y linajuda para impresionar a lectores desprevenidos, minusválidos de ternura familiar y huérfanos de ideas sobre la realidad del mundo. En última instancia, esa es la misión del literato: pintar un universo de fantasía, bocetar caracteres y describir sentimientos y comportamientos de los epitecántropos evolucionados. El escritor – argüía irascible y tembloroso – es un zafiado cupletista de la conducta humana. Como si los hombres fueran masilla o yeso viscoso, a quienes esta clase de gente puede cincelar según sus taras y caprichos.

Camina. De izquierda a derecha; de derecha a izquierda. Transita los pasillos. Sube las escaleras. Baja, vuelve a subir. Retoma sus pensamientos. Tiene en claro que el alma proterva de los autores se incrusta en las criaturas indefensas que aparecen en sus obras. Esos mórbidos monstruos – conjeturó – arramblan la personalidad de los desválidos embriagándolos con el vino adulterado que emplean los alquimistas del lápiz. Estos intelectuales han llevado al género humano al borde de la perdición. Disfrazan sus tóxicos entre letras tetragonales y atractivas tapas de colores chillones que atrapan la curiosidad del lector, virginal o no.

Sacó la libreta del bolsillo y apuntó: Todos los escritores son falsificadores malogrados. Los habitantes de este planeta viven en una suprema alienación, dependiendo de todas las variantes de drogas que circulan por el universo: cocaína o Milán Kundera; marihuana o las atrocidades de Sidney Sheldon, hacerle el amor a nenas de cinco años o recluirse en un monasterio budista; integrarse al batallón de alcoholistas anónimos o inmolarse en la hoguera de esa plaga de pecadores... Es lo mismo ser poeta que rufián. Y esto ocurre – subrayó en rojo – por culpa de esos arrogantes poetastros y escritorzuelos que han hallado una vía cómoda para vivir a expensas de la lectura de los libroadictos. La explotación del lector por el escritor.

A menudo se pregunta: ¿Qué harían esos señoruelos de la pluma sin los lectores? ¿Sin los tontos que malgastan sus sueldos adquiriendo la droga escrita para entretenerse durante las frías noches invernales, o en las frescochientas mañanas del verano en los parques, o para la lectura exhibicionista de los patos vicas (que hacen pinta con tremebundos anteojos oscuros), tostándose en las playas, tumbados sobre toallones vanguardistas de múltiples estampados; o haciendo pinta en los bares literarios donde incuban sus libros depravadores de mentes, al igual que aquellos que pervierten a menores de ambos sexos por medio de chupetines y chocolatines? ¿Qué harían? ¿¡eh!?

Se columpiaba entre el enfado y la angustia: Dejen de emponzoñar al lector – vociferaba una y otra vez – con la retahila caliginosa de los escritores fracasados. Llegó la hora de reivindicar a los incautos estragados por ese sutil veneno que destilan los escritores ¡Por Dios! ¡Que alguien condene la servidumbre y la frustración de los que leen! Internen a los escribas en el hospicio – bramó ofuscado –, métanlos entre rejas. Y psicólogos, por piedad: ocúpense de la alienación de los libroadictos. ¡Que aparezca de una buena vez la enciclopedia del lector fracasado!

Cierra los párpados... Suavemente. Imagina que una garúa otoñal le purifica el magma de la rabia y la impotencia.

El tipo de guardapolvo almidonado sigue allí, sentado frente a él, inmóvil, inmutable. Como si fuese un busto de Freud montado sobre una plataforma acrílica a la entrada del circo Sarrasani. Lo deja hablar; no lo interrumpe; no le presta atención: sólo lo contempla.

El silencio lo desnuca, le crispa el sistema nervioso, le provoca urticaria.
–¿Me comprende? – le pregunta ansioso a la esfinge helada que tiene delante.

El insensible guardián del averno se levanta de la cómoda butaca y le responde con una embalsamada sonrisa de estibador analfabeto:
–Lo comprendo: ¿cómo no lo voy a comprender, jovencito? ¡Y ahora relájese!
–¡Piojoso! – le contesta enfurecido. La momia acartonada de guardapolvo le obliga a tomar la pildorita anaranjada.

Se tranquiliza. La rabia se le va desplomando como un telón agujereado, sucio y harapiento que trastabilla hacia la eternidad, mientras escucha, embelesado, una voz granujienta de contralto que entona el Réquiem para el lector fracasado.

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El tren a Burdeos
Por Marguerite Duras

Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.

Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.

El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.

Volvió.
Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.

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Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...