samedi 22 mars 2008

Camilo MARKS/ La resurrección de Irène NÉMIROVSKY


Rescate necesario Voz fundamental del siglo XX:
La resurrección de Irène Némirovsky
Por Camilo Marks

Con la reedición de su primera novela, "David Golder", y la publicación de "El ardor de la sangre", inédita por más de sesenta años, culmina el rescate de la obra de esta escritora judía ucraniana muerta en el campo de concentración de Auschwitz. Los dos títulos ya están en las librerías chilenas, así como su monumental "Suite francesa" y la nouvelle "El Baile".

En 1929, Bernard Grasset (quien se atrevió a publicar Por el camino de Swann, de Proust, rechazado por Gallimard) se entusiasmó tanto con un manuscrito recibido por correo que decidió su inmediata publicación. Pero se dio cuenta de que David Golder venía sin nombre ni domicilio. De forma que puso un aviso en los diarios convocando al misterioso personaje. Cuando compareció Irène Némirovsky, quedó atónito: ¿cómo era posible que esta elegante, atractiva, vivaz joven rusa que llevaba sólo 10 años en el país, hubiese escrito un libro tan brillante, atrevido, cruel, maduro? Sometió a la muchacha a una estricta investigación y el estupor creció. Su francés era perfecto (nacida en Kiev, lo aprendió de niña); además dominaba el ruso, el polaco, el vasco, el inglés, el finés y el yidish (en Los perros y los lobos usa esta lengua). David Golder fue un éxito instantáneo, aclamado por los críticos, admirado por los literatos de esa época y llevado al cine y al teatro. Sin embargo, Irène, de 26 años, ni se inmutó ante su sensacional ingreso al mundo de las letras. Más bien se sorprendió del ruido causado por el relato, que estimaba un trabajo menor, para olvidarse en una semana, "como todo en París". Ella provenía de una rica familia de banqueros que huyó de la Revolución Bolchevique; tras un peregrinaje por varios países, se instalaron en la capital gala en 1919, donde la joven se matriculó en La Sorbona y se graduó con los máximos honores. Léon, el padre, prosperó enseguida y los Némirovsky se asimilaron a la alta clase media, al glamour, las veladas con champaña, los hoteles lujosos. Irène era loca por el baile, las aventuras, los hombres guapos y en una fiesta conoció a Michel Epstein, un ingeniero que demoró poco en conquistarla; el matrimonio tuvo lugar en 1926. Tres años después nació Denise y en 1937, mientras David Golder se mostraba en cines, llegó Elisabeth, la segunda hija. Para entonces, había escrito 9 novelas, entre ellas El vino de la soledad, El baile, Fuego de otoño, varias colecciones de cuentos y una biografía de Chéjov.

En 1939, pese a hallarse consagrada, a moverse en altos círculos sociales, a su identificación con la nueva patria, el gobierno le negó la nacionalidad. Por causa del rabioso antisemitismo que asolaba Europa, Irène decidió que ella y sus hijas se convertirían a la fe católica: el bautizo se celebró el 2 de febrero de ese año en la Chapelle de Sainte Marie. Como se sabe, de bien poco le sirvió. Al estallar la guerra, enviaron a las hijas al pueblo de Issy l'Evêque, a cargo de Cécile Michaud, su niñera. En 1940, los alemanes ocuparon París y los esposos se fueron a un hotel, enfrente de la casa de Cécile. Las cosas iban de mal en peor: muy pronto, Denise y Elisabeth portaban la estrella de David y las sucesivas leyes raciales que "arianizaron" Francia impidieron a Michel trabajar y a su mujer colaborar en cualquier medio escrito.

Irène observaba lo que sucedía con despiadada claridad, segura de la inminente tragedia. Con todo, había que seguir viviendo: las muchachas hicieron su Primera Comunión con signos hebreos, Michel inventó una tabla de multiplicar en rimas para Denise e Irène leía y escribía constantemente. Todos los días salía al campo y caminaba 10 kilómetros para encontrar un sitio grato y solitario donde acudía premunida de papel y lapicero.

En 1941 empezó a trabajar en Suite francesa. Según su hábito, elaboró notas y esbozó sus pensamientos acerca de la situación en Francia: preparó una lista de personajes, principales y secundarios, diseñando un plan para una novela de 1.000 páginas, construida al modo de una sinfonía. En junio de 1942, ya dudaba de la posibilidad de concluir este inmenso proyecto. A pesar de todo, persistió en él, redactando, a la vez, las Notes sur l'état de France: ellas prueban su absoluta falta de ilusiones acerca del inerte pueblo francés y sobre su destino personal: denunció el miedo, la cobardía, la humillación sin protestas, las persecuciones, las masacres. Pero se hallaba por completo sola, pues prácticamente toda la nación colaboró con los nazis. Irène veía los hechos en términos tan desoladores que hizo su testamento, encomendando a Cécile el cuidado de Denise y Elisabeth. El 13 de julio de 1942, la policía francesa la detuvo, enviándola en un convoy con destino a Auschwitz. Michel, lejos de sospechar lo que la deportación significaba, mandó desesperadas cartas a amigos y autoridades, sin presentir que él correría la misma suerte unos meses después.

La escritora estaba en pésimas condiciones, por lo que fue conducida a la horrenda enfermería del recinto, pues se había desatado una epidemia de tifus entre los presos. A principios de agosto, Himmler, junto a la plana mayor de los SS, visitó el centro para verificar, in situ, cómo funcionaba la solución final. Ninguno pudo acercarse por el posible contagio. Durante bastante tiempo, se pensó que Irène había fallecido en el hospital; hoy se sabe con certeza que fue incinerada en los hornos crematorios el 17 de agosto de 1942.

La espectacular aparición de Suite francesa en 2004, que vendió millones de ejemplares en todo el mundo y fue glorificada por los críticos, quienes comparan a su creadora con Tolstoi, Dostoievsky y Turgueniev, a la vez que la sitúan en la tradición francesa de Proust, Genet y Flaubert -Norman Lebrecht, en The Independent, expresa que la narración es el enjuiciamiento más devastador contra la ética y la cultura galas desde Madame Bovary-, tendió a subrayar los extraordinarios hechos que rodearon el hallazgo del texto. Ellos son tanto o más excepcionales que la magnificencia del relato, auténtico triunfo de un espíritu indómito, de una altura ética sin par en nuestros tiempos, porque logró, en las circunstancias más adversas, una edificación prosística inconclusa, pero hipnótica, emotiva, tragicómica, austera, tal vez la primera obra de ficción de lo que ahora llamamos la Segunda Guerra Mundial, una de las más complejas, humanas y majestuosas evocaciones que ese conflicto produjo.

En realidad, se ha escrito demasiado sobre las circunstancias que rodearon este fenómeno mundial. No obstante, es lícito repetirlas, en la medida en que fomenten su lectura y la de los demás libros de Némirovsky redescubiertos o póstumos, surgidos gracias a la verdadera industria editorial en que se ha convertido el nombre de la autora.


Un tesoro en la maleta

Tras la captura de Michel, los gendarmes partieron en pos de Denise: su profesora la escondió bajo la cama, Cécile removió la estrella hebrea y pasó el resto de la guerra moviéndose de un lado a otro con las pequeñas. Es cierto, hubo algunos escasos individuos decentes en el territorio invadido, aunque los uniformados parecían no tener otra forma de pasar el tiempo que la cacería de dos inofensivas criaturas: el acoso terminó con la derrota germana. Irène siempre odió a Fanny, su madre -esa turbulenta relación se refleja en El baile y Jezabel-, y adoró a Léon, quien tuvo la suerte de pasar a mejor vida antes del Holocausto. No se equivocaba: Denise y Elisabeth llegaron a la lujosa mansión de la abuela en Niza, la cual, sin abrirles la puerta, les gritó que deberían irse a un orfanato. Las hermanas iban a diario a la Gare de l'Est, adonde eran repatriados los sobrevivientes, desplegando letreros con los nombres de Michel e Irène. De manera gradual, emergió la verdad: ninguno de los dos regresaría.Que el manuscrito de Suite francesa haya pervivido en tales coyunturas resulta increíble. Denise lo metió en una maleta mientras ella y su hermana huían de Issy l'Evêque. Luego del armisticio ninguna estuvo en condiciones de leer el texto: hacerlo les causaba un indecible dolor. Sesenta y cinco años después, Denise aceptó entregar los papeles a un organismo para las memorias de la conflagración. Antes de cederlos, la hija descifró las páginas. Enseguida comprobó que no se trataba de un diario, sino de una violenta obra maestra, un fresco de inaudita clarividencia, una vívida fotografía de Francia derrotada, sin alma, sirviendo con ahínco a los enemigos del hombre.


El último libro póstumo

En un documento estilístico e histórico hipnótico, se describe el éxodo de París, las aldeas invadidas por niños y mujeres exhaustos, los autos repletos de muebles y enseres, los ricos tratando de salvar sus joyas, un soldado germano que se enamora de una lugareña, la dignidad sin aspavientos de una modesta pareja que busca a su hijo herido en medio del caos de la Ciudad Luz.

Denise envió el manuscrito a las Editions Denöel y por fin tenemos el real espejo de Francia en su hora más oscura. Sintió una profunda tristeza de que su hermana menor, cuyo deceso tuvo lugar en 1996, no hubiera podido leer el mejor libro de Irène; con todo, Elisabeth había escrito una espléndida biografía imaginaria de la madre que nunca pudo conocer (El mirador), ya que tenía 5 años cuando ella fue asesinada en Auschwitz.

El ardor de la sangre, recién publicado, sería el último trabajo póstumo de Némirovsky surgido en medio del legajo que Denise donó al centro aludido. El relato, una nouvelle, género favorito de la escritora, es perfecto, desde el comienzo, en el momento en que Silvio se define: "Soy viejo y pobre y estoy soltero; vivo encerrado en una casa de labranza", hasta el desenlace: "No nos movimos. Ella parecía sorber, beberse mi corazón. Cuando la dejé marchar, ya la quería menos". La trama concentra ciertas obsesiones de Némirovsky: el arribismo y la malevolencia de los ricos, la hipocresía gala, la ciega lucha entre jóvenes y viejos. Así como Golder se lanza a una aventura irreversible, Silvio evoca el paraíso perdido, que pronto será aniquilado.

En rigor, ninguno de los títulos anteriores a Suite francesa puede equiparársele en magnitud; aún así, en todos ellos encontramos páginas que centellean ante la superficie de la vida o muestran la profunda simpatía de la autora hacia sus caracteres.

Que haya sido necesario el descubrimiento de una narración magistral para conocer los demás textos de Némirovsky debe hacernos reflexionar en torno a los valores literarios. Parece inconcebible que una autora casi olvidada, prácticamente desconocida, emerja hoy como una de las más intensas y geniales voces del siglo XX. Es como para creer en el milagro de la resurrección.

El ardor de la sangre - Salamandra, 2007, 158 páginas, $13.400.
David Golder - Salamandra, 2007, 158 páginas, $12.800.
El baile - Salamandra, 2006, 94 páginas, $6.100.
Suite francesa - Salamandra, 2005, 475 páginas $11.900.


Articulo:
http://diario.elmercurio.com 23/08/2008

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