dimanche 16 mars 2008

Chilangospateticos.org/Adrián N. ESCUDERO: El Misterio de la Puerta Cerrada...






Amigos:

Cada vez más consolidada, la página de Los Chilangos Patéticos (
www.chilangospateticos.org) presenta nuevos materiales en el mes de marzo. Antes que nada, la editorial del mes abandona la política y cede el lugar a un tema tan importante o más para la cultura: la gira de Bob Dylan en México; para ello, nadie es mejor que el músico y periodista cultural Alfredo Sánchez para ofrecernos su crónica del concierto dado en Guadalajara. Los artículos de esta edición son: 1) "Ante la tumba de Walter Benjamin", de César Gilabert, quien desde la frontera de España y Francia rinde homenaje al filósofo alemán muerto bajo el asedio nazi; 2) Un cuento de amor por la literatura clásica: "El misterio de la puerta cerrada", del escritor argentino Adrián N. Escudero; 3) "La imaginación liquidada", un ensayo perspicaz que describe la debacle cultural en Latinoamérica como consecuencia de la globalización en marcha; esta es la primera entrega del autor, José Antonio Cedrón, argentino radicado en México a quien saludamos con agradecimiento; 4) "Punto... y otros tres poemas de gabinete", del joven Guillermo Ortega: poemas cautivados por la disolvencia del yo y lo que sigue después; y 5) "Tres fogonazos literarios", del doctor Godofredo Olivares, notable escritor que nos deleita con tres ejemplos clásicos de la relación entre inspiración, circunstancia y literatura. En la sección de "Novedades del exilio" viene una nota teatral de Alejandro Rozado acerca de la puesta en escena, en versión clown, de Esperando a Godot de Samuel Beckett en Guadalajara. La fotografía del mes es un retrato de Walter Benjamin poco antes de su trágica muerte. / Esperamos que les interese y suscite más comentarios entre uds. nuestros amigos. / Saludos,

Por la redacción,
Alejandro Rozado



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El misterio de la Puerta Cerrada (O la Vida misma)
Por Adrián N. Escudero

Los clásicos de la literatura universal participan, aterrados e impotentes, del mayor de los misterios que hubieran podido concebir: una puerta inexpugnable, como la de Kafka… El texto fue finalista del Segundo Certamen Internacional de Relato Corto “La cerilla mágica” en Jaén, Andalucía, y su autor –nuevamente desde Santa Fe, Argentina- nos lo envía con especial dedicatoria.

A mi suegro, E.A.H., lector sereno
e incontenible compilador de libros,
in memoriam.

En especial, para los amigos del magazín virtual
Los Chilangos Patéticos, compartiendo el Maná de la Palabra…

El primer lote de los 124 ejemplares ya se fue. De hecho, la Antología del Cuento Tradicional y Moderno, Cervantes y su “Don Quijote de la Mancha”, la Antología de la Poesía Universal, el Teatro Selecto de “Sófocles, Shakespeare y O´Neill”, la “Eugenia Gandet” de Honoré de Balzac, “Crimen y Castigo” de Dostoievski, Kafka y “El Proceso”, “Fausto” y von Goethe, “La hija del Capitán” y “La Dama de Pique”, de Pushkin y Scott con su “Ivanhoe”, ya han partido luego de una delicada –debemos reconocerlo- limpieza y acondicionamiento.

Pero el tipo debe haberse vuelto loco. Hace casi 20 años que moramos en los estantes de un lugar espacioso y cálido, llamado por él living comedor, en una casa de muebles de maderas olorosas y alcurnia contemplativa… No llames “ese tipo” a nuestro dueño, mi estimado Nicolai Gogol; él sabrá lo que hacer… ¡Pero es que con aquellos que prepara, ya serán como 30 los libros que abandonan el lugar!!!!

Yo sé adónde los llevan. ¿Sabes dónde nos llevan? ¡Y cómo sabes tú dónde nos llevan, presuntuoso Poe! Pues, porque he sido devuelto, y yazgo en la mesa comedor que está frente a sus narices escuchando el escándalo de quejas y berrinches que provocan ustedes. ¿Y por qué has tenido la suerte de haber vuelto? Bueno, no sé si será suerte o no; de hecho, don Elvio tiene una fijación: leerlos a ustedes por primera vez; que dejen de ser objeto de exhibición y guarda para sus hijos y nietos, para pasar a ser objetos de su atenta lectura… ¿comprenden? ¡Noooo! ¡Claro que noooooo!!!!!, gritaron a coro Stendhal desde su pedestal “Rojo y Negro”, Víctor Hugo desde el “Notre-Dame de París”, y, con temor reverencial, Nathaniel Hawthorne y Herman Melville. Son “Tiempos Difíciles”, acotó sabiamente Dickens… Opinión correcta, subrayó Poe. Y no lo podrían saber hasta no llegar y estar allí: es como una… pascua, o paso; o acaso un bebé, cuando está en el vientre de su madre, pleno y gozoso, tiene la menor idea de que va a “nacer”, y no precisamente para quedarse en una bolsa licuosa y protectora… Afuera hay… habrá, “vida”. O, al menos, así le llamábamos cuando estábamos en su misma dimensión humana… Algo parecido a esta sensación de “sentirnos”, que poseemos nosotros, y que incluye la prefiguración de que podamos estar conversando y comunicándonos ahora, casi como los mismos personajes que escribiéramos, y de una forma muy parecida a la que ellos lo hacían… Así que, hasta que no salgan del útero vaginal en la que están metidos desde hace dieciocho años, nueve meses y siete días, no podrán averiguarlo… A menos… ¿A menos?????, demandó nervioso León Tolstoi, abrazado a su “Ana Karénina”. A menos que yo se los diga-… Y, de hecho, no lo haré, respondió el genio del terror ¿Y puede saberse por qué?, intervino Julio Verne, acostumbrado a viajar a la Luna… Entre nos: porque estoy celoso. Es cierto que de mí ya sabe un montón, pues me ha leído y releído tantas veces como ha querido; pero a ustedes, los de la antigua y desactualizada “Biblioteca Básica Universal”, publicada por el Centro Editor de América Latina en Buenos Aires (Argentina), allá por el año de 1979… no. ¿No? (dijo un quejoso y agresivo Alejandro Dumas, vestido como uno de sus Tres Mosqueteros). No. Digo que no. Excepto raros ejemplares explorados por él, como es el caso del No. 1, esa antología cuentística de autores varios y soberanamente extraviado o escondido por alguno de los hijos, y los Nos. 2, 3, 4 y 5, del brillante Miguel de Cervantes Saavedra y sus tomos de “Don Quijote de la Mancha”, así como los Nos. 66 y 67 del querido Mark Twain en “Las aventuras de Huckleberry Finn”… Bah, mentiras, protestó Verne y el sulfuroso Dumas: sabemos que nos ha releído también a nosotros y por otros sellos editoriales… Mi hipótesis es que él amaba tanto esta Colección, que no quería que nadie la tocara, y menos después que el Nº 1 hubo desaparecido con rumbo desconocido… Recuerdo su cólera el día en que lo descubrió, apuntó perspicaz Nicolás Maquiavelo, apoyado por la sensatez de don Miguel de Unamuno. Es una “Utopía” alcanzar una explicación anticipada sobre nuestro destino, sentenció Tomás Moro, sosteniendo a duras penas su cabeza degollada… Quizá, si hubiera integrado esta Colección Arthur Conan Doyle, podríamos haberlo sabido, agregó George Bernard Shaw. Insisto, dijo Poe, extrañamente ruborizado por esta última observación y por la tensa atmósfera que había creado entre sus colegas de oficio; y agregó:“no se apuren por saber, que el tiempo se los dirá; que no hay cosa más bonita que saber sin preguntar”… Y soltó al punto, tras el adagio popular, una nerviosa, siniestra carcajada…

Oye, tú, mi escabroso y apoltronado Edgard Alan: Si no vas a confesar qué se trae entre manos ese viejo loco o don Elvio A. Helguero, si lo quieres más ceremonial, insistió con más fuerza Nicolai Gogol, debo decirte que lo que hace y nos hace es… ¡vergonzoso y vergonzante! ¿No te parece? Más allá de tu obligada actitud de espectador, deberías fijar una posición al respecto… ¿Y qué podemos…?, susurró inaudible el espectro de Francois Rabelais, impedido de demostrar cómo a través de “Gargantúa y Pantagruel”, había podido corroer la retórica escolástica. Es cierto: ¡Nosotros formamos parte de su Colección de Literatura Universal; ergo, podría haberse llevado a los del estante de abajo que son… nacionales!!! ¡A qué comparar, si no hay parámetro!, arguyó Poe. Claro que –dijo no obstante “Madame Bovary”, incontenible en su lengua de mujer inteligente, tras ocultar a Gustave Flaubert bajo una falda amplia y perfumada-, no podemos negar con qué dulzura nos trata en el traslado hacia el Misterio. Sí, pero. ¡puaj¡; encima nos besa sin haberse afeitado, y todo porque hoy es sábado y no trabaja por la mañana…, señaló Lewis Carroll protegiendo a “Alicia en el País de las Maravillas”. Voy a serles franco, sentenció William M. Thackeray, toda esta cháchara no es más que una “Feria de Vanidades”… Tranquilos, intervino por última vez Poe. Saben que Dios no permite males sino para mayores bienes, y que sólo Él escribe derecho con líneas torcidas. Ahora, shhhhhhh, ahí viene otra vez en busca del siguiente en la fila, como diría un ausente Ray D. Bradbury, de paseo con “El Hombre Ilustrado”…

... Ahora estoy verdaderamente en ella. Dominando a pleno su Misterio. Desnudo, como un difuminado fantasma de otoño. Los aromas perfumados del lugar y su brillo higiénico, hacen que el sitio sea tan especial para mí, y me lleve a advertir que, a pesar del puesto gerencial que desempeño en una fábrica de productos de látex multicolores, no bebo, no fumo, no me involucro en flagrantes infidelidades, ni me escapo los jueves con una banda de seres marginales. Trato de ser un hombre sensato, en un territorio encarnado por una postmoderna frivolidad globalizada. De hecho, siento que vivo, pero no en este mundo. Soy, lo que se dice un... puritano, bah... Que sólo lee libros... "Es mi único vicio", digo, esperando comprensión -aunque sólo fuera hoy- a mi especial estado de ánimo. Sin embargo, nadie me escucha. En el fondo, tampoco espero nada. De nadie. Ni siquiera de ella: tan pragmática e inexorable en su envidiable autoestima y ejecutividad. De todos modos, mi cansancio obedece a otros motivos: stress; mal de época. Y siento que me abate de a trozos, derrumbándome por la sórdida pendiente de una falsa paciencia que me conduce, inexorable, a un valle de caries depresivas y cóncavas, imprevistamente anegado en lágrimas o arrebatado por Las Furias...

No obstante, el milagro se produce y encuentro en ella al refugio inaudito; y lo hago mío para siempre: íntimo, seguro, acogedor. Allí mis penas se mitigan y mi aliento recupera su natural vitalidad: ¡Ahhh… la biblioteca o “El Misterio de la Puerta Cerrada”...!, como osara llamar yo a aquel lugar en el que, al equilibrio físico gratamente alcanzado, mi alma devota por las letras exultara aquel gozo interior tan profundo como placentero… Gozo hecho de ojos tendidos sobre palabras avivadas por virtualidades literarias (ficciones deliciosas), que servían a mi ego demiurgo como alimento de dioses: pues eso era yo en aquel sueño irredento, mientras leía; un dios eterno y viajero, henchido por los vientos del espíritu que me arrebataban hacia insospechados universos... Colono y capitán de un barco sin límites ni fronteras, donde la búsqueda y dominio de la aventura del pensamiento se materializaría –indubitable- en tesoros sensibles de conocimiento y humanidad...

Así que, a esa hora de la tarde en que el sol entibia todavía en invierno los rincones más indiferentes de la casa, y todo se reinicia como una suerte de amanecer vespertino, cerré con llave y dejé afuera el bullicio estridente de la casa y de los chicos.

Era el momento de volverse personaje.

Urgido, selecciono un texto: “La abuela salvaje”, de Maupassant. Después, con entrenado ademán y furtivo oficio, lo devoro. Al cabo, satisfecho y excitado, concluida su lectura, deposito el libro sobre el lavabo para higienizarme, dar un vistazo ritual a la secreta colección de volúmenes ordenadamente oculta en el fondo de la bacha, y oprimo el dispositivo que, tras absurda descarga, borrará primero el desprecio primitivo, y luego, con abominable estertor, los sueños de niño que, por un instante, alquilara al Señor de los Mitos: Orfeo desembarca…

Sí, al cabo, me precipito de nuevo, con vocación de adulto, en el agitado mundo de los hechos cotidianos. Y a instancia del Gran Hermano o del Gran Mercado, o de la vida misma que le dicen, y que todo lo dispone y administra; sobre todo en mí, que, por un vagido contra natura, me he vuelto contador y medio economista… Sí. “¡Ya está! ¡Ya voy! ¡Ya voy!”, protesto resignado. Y ella, tan disciplinada como intolerable, espeta al horizonte: “Sebastián, ¡apuráte! ¡Entrá al baño de una vez, por favor! Mirá que, por fin, salió papá... ¡Apuráte!, ¿querés?; o vamos a perder el turno con el dentista. Dios santo… ¿Y vos, Elvio, cuándo vas a madurar, querido, y a poner cada cosa en su lugar?”…

Sí, o de la vida misma, que le dicen.

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...