dimanche 16 mars 2008

Con-fabulación nº30

Con-fabulacion nº30
Périodico virtual
http://con-fabulacion.blogspot.com/
E-mail: confabulacion1@gmail.com




Día Mundial de la Poesía, Bogotá 21 de marzo

Porque la poesía es el único lugar donde el principio de la realidad es el deseo, porque resulta inimaginable que alguien siembre el horror después de leer un gran poema, porque se trata del fuego iniciático cuya extinción sería la muerte de la vida, porque la belleza nos acecha con su resplandor benéfico, porque el cansancio de una existencia mediocre encuentra en la poesía su barricada y su interregno, porque la unión de la poesía pone en entredicho la tiranía de lo prosaico, porque mientras existan poemas tendremos latente la esperanza, porque celebramos el amor como la contraparte del tiempo de los asesinos, porque la palabra poética se enfrenta a nuestra colección de heridas, porque creemos que alguna vez la excepción será el nutriente cotidiano... y porque si nos toca morir lo haremos llevando una metáfora en los labios…

Por esa brújula fulgurante: La UNESCO, la Fundación Común Presencia, Con-Fabulación y el Ministerio de la Cultura convocan a la segunda celebración del Día Mundial de la Poesía, que tendrá lugar el 21 de marzo, equinoccio de primavera, y en el que participarán veinte reconocidos poetas colombianos. Entre quienes se encuentran: Jotamario Arbeláez, Augusto Pinilla, Guillermo Martínez González, Juan Felipe Robledo, Federico Díaz-Granados, Rafael del Castillo, Amparo Osorio, Alberto Rodríguez Tosca, Mario Jursich, Mery Yolanda Sánchez, Jorge Cadavid, Mauricio Contreras, Rodolfo Ramírez y Ana Milena Puerta. El acto será conducido por Iván Beltrán castillo, director de Con-Fabulación.

Invitamos a todos los Confabuladores a participar de esta fiesta de la palabra esencial. Entrada gratuita.

Fecha: 21 de marzo de 2008. Lugar: Museo Nacional, Bogotá, 3 pm.
.

***

Discurso de la servidumbre voluntaria
Por Étienne de La Boétie

Étienne de La Boétie (1530 -1563) produjo uno de los textos fundamentales en la reflexión sobre la libertad. Su inquietud esencial era desentrañar el porqué los hombre se someten a los tiranos cuando, de unirse, podrían alcanzar rápidamente su liberación. La cuestión a dilucidar son las razones de la obediencia voluntaria de los muchos al poderoso. La Boétie no era partidario del tiranicidio, de la muerte física de la persona del tirano, porque "matar" a un tirano consiste en destruir su poder mediante el retiro no violento del apoyo o consentimiento a su autoridad. Así, se mata no a un hombre sino a la tiranía misma. La posición libertaria de La Boétie en pleno siglo XVI, en el comienzo de las monarquías absolutistas, es un antecedente del gesto liberador de la ilustración y del Contrato social de Rousseau, de la resistencia no-violenta y la desobediencia civil de siglos posteriores.

El discurso fue escrito cuando La Boétie era un estudiante de abogacía en la Universidad de Orleáns, vinculada con los hugonotes y con posturas heréticas. El ensayo surgió puntualmente como consecuencia de la Revuelta de la Gabela en Bordeaux. La gabela era un impuesto que se aplicaba sobre la sal, y que era vivamente rechazado por el pueblo. Esta tensión provocó que los disidentes asesinaran al director general de la gabela y a dos de sus oficiales. Como castigo, el gobierno sentenció a muerte a ciento cuarenta personas, azotó a otras, e impuso desaforadas multas. Espoleado por estos hechos, La Boétie se preguntó por las condiciones que permiten que uno solo someta a los muchos. Las principales causas de esta situación las encontraba en la manipulación de la educación por los poderosos para estimular el olvido del don de la libertad. Y en la estimulación de costumbres de juegos y prácticas, que también disipan el natural apego del hombre a la vida libre. Se fecha su escritura entre 1538 y 1548. Aparece publicado en una edición de los Ensayos de Montaigne.

(…) De lo que aquí se trata es de averiguar cómo tantos hombres, tantas ciudades y tantas naciones se sujetan a veces al yugo de un solo tirano, que no tiene más poder que el que le quieren dar; que sólo puede molestarlos mientras quieran soportarlo; que sólo sabe dañarlos cuando prefieren sufrirlo que contradecirlo. Cosa admirable y dolorosa es, aunque harto común, ver a un millón de millones de hombres servir miserablemente y doblar la cerviz bajo el yugo, sin que una gran fuerza se lo imponga, y sí alucinados al parecer por el nombre Uno, cuyo poder ni debería ser temible por ser de uno solo, ni apreciables sus cualidades por ser inhumano y cruel.

(…) Mas ¡Oh buen Dios! ¿Qué título daremos a la suerte fatal que agobia a la humanidad? ¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? Sufriendo los saqueos, las torpezas y las crueldades, no de un ejército enemigo, ni de una legión de bárbaros, contra los cuales hubiera que arriesgar la sangre y la vida, sino de Uno solo, que no es ni un Hércules ni un Sansón; de un hombrecillo, y con frecuencia el más cobarde y afeminado de la nación, que sin haber visto el polvo de las batallas, ni haber siquiera lidiado en los torneos, aspira nada menos que a gobernar los hombres por la fuerza, incapaz como es de servir vilmente a la menor mujercilla ¿Llamaremos a eso cobardía? ¿Llamaremos cobardes a los que así se dejan envilecer?

Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo de Uno solo, ¿no debe atribuirse más bien a desprecio y apatía que a falta de voluntad y de ánimo? Y si vemos no ciento, ni mil hombres, sino cien naciones, mil ciudades, un millón de hombres, dejar de acometer a Uno solo y prestarle vasallaje, mientras que éste los trata peor que infelices esclavos, ¿diremos que sea por debilidad?

(…) Admirable es el prodigio que obra la libertad en el corazón de sus defensores. Pero lo que sucede en todos los países, con todos los hombres y todos los días, que un solo hombre pueda esclavizar cien mil ciudades y privarlas de sus derechos. ¡Quién lo creyera a no haberlo oído con certeza o visto con sus propios ojos! Si se refiriera únicamente como cosa acontecida en países extraños y tierras remotas, se creería más bien ser un esfuerzo de invención que el puro idioma de la verdad. Pero ello es así, y aún más prodigioso si se considera que este tirano sería destruido por sí mismo, sin necesidad de combate ni de defensa, con tal que el país no consintiera en sufrir su yugo; no quitándole nada sino con dejar de darle. Si un país trata de no hacer ningún acto que pueda favorecer al despotismo, basta y aún sobra para asegurar su independencia. Los pueblos deben atribuirse a sí mismos la culpa si sufren el dominio de un bárbaro opresor, pues cesando de prestar sus propios auxilios al que los tiraniza recobrarían fácilmente su libertad. Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece. A ser necesario un gran esfuerzo para recobrar la libertad, no fueran tan vivas y justas mis reconvenciones. No hay cosa más dulce para el hombre que reponerse en su derecho natural, o por decirlo mejor, de bruto pasar a ser hombre. Con todo, no exijo de él tanto arrojo, acepto que prefiera no sé qué seguridad viviendo en la miseria a la dudosa esperanza de vivir a su antojo. ¿Acaso no se consigue la libertad con sólo desearla? Y si basta un simple deseo, ¿qué nación habrá en el globo que aún la considere demasiado cara, pudiéndola obtener con sólo quererla? ¿Habrá voluntad a que repugne el recobrar un bien tan precioso aún al precio de su sangre y que una vez perdido, toda persona de honor no soporta su existencia sino con tedio y espera la muerte con regocijo? A manera que el fuego de una pequeña chispa se hace grande y toma fuerza a proporción de los combustibles que encuentra, y con sólo no darle pábulo se acaba por sí mismo perdiendo la forma y nombre de fuego sin necesidad de echarle agua; así los tiranos a quienes se les sirve y se adula cuantos más tributos exigen, más poblaciones saquean y más fortunas arruinan, así se fortifican y se vuelven más fuertes y frescos para aniquilarlo y destruirlo todo; cuando, con sólo no obedecerles y dejando de lisonjearles, sin pelear y sin el menor esfuerzo, quedarían desnudos y derrotados, reducidos otra vez a la nada de que salieron. Cuando la raíz no tiene jugo bien pronto la rama se vuelve seca y muerta.

¡Hombres miserables, pueblos insensatos, naciones envejecidas en vuestros males y ciegas cuando se trata de vuestra felicidad! ¿Cómo os dejáis arrebatar lo más pingüe de vuestras rentas, talar vuestros campos, robar vuestras casas y despojarlas de los muebles que heredasteis de vuestros antepasados? Vivís de manera que pudiérais asegurar que nada poseéis, y aún tendríais a gran dicha el ser verdaderos propietarios de la mitad de vuestros bienes, de vuestros hijos y hasta de vuestra propia existencia. ¿De qué provendrá esta calamidad, este estrago, esta ruina? ¿Acaso de los enemigos? No por cierto: pero sí proviene del enemigo, de aquel Uno que vosotros engrandecéis, de aquel por quien os sacrificáis tan valerosamente en la guerra, ofreciendo vuestros pechos a la muerte para conservarle en su tiranía. Este poderoso que os avasalla, este tirano que os oprime, sólo tiene dos ojos, dos manos, un cuerpo, ni más ni menos que el, hombre más insignificante de vuestras ciudades. Si en algo os aventaja es en el poder que le habéis consentido. ¿De dónde adquiriera él tantos ojos para acecharos si vosotros no se los facilitaseis? ¿Cómo tuviera tantas manos para subyugaros si no las tomara de entre vosotros? ¿Con qué pies hollara vuestras ciudades sino con los vuestros? ¿Cómo ejerciere el despotismo sobre vosotros sino mediante vosotros? ¿Cómo se atrevería a perseguiros si no estuviera de acuerdo con vosotros? ¿Qué mal pudiera haceros a no constituiros en encubridores de sus rapiñas, cómplices del asesino que os mata y traidores a vosotros mismos? Sembráis, y él recoge el fruto de vuestros sudores; adornáis las habitaciones, y él dispone de vuestros muebles; educáis hijas honestas y tímidas, y é1 las sacrifica a su lujuria; alimentáis a vuestros hijos y él os los arrebata para llevárselos a sus guerras y conducirles al matadero después de haber servido a sus antojos y ejecutado sus venganzas: vosotros sufrís todo el peso del trabajo, y él a costa de vuestros afanes nada entre infames delicias y viles placeres; vosotros os debilitáis mientras él se robustece para mejor oprimiros. Y cuando para libraros de tanta infamia, que hasta los animales se avergonzaran de sufrirla si la conocieran, os basta no sólo con intentar libraros de él, sino con querer hacerlo ¿permanecéis no obstante indiferentes y fríos espectadores de vuestra deshonra? Resolveos a no ser esclavos y seréis libres. No se necesita para esto pulverizar el ídolo, será suficiente no querer adorarlo; el coloso se desploma y queda hecho pedazos por su propio peso, cuando la base en que se sostenía llega a faltarle.

Pero los médicos aconsejan no poner la mano -en heridas incurables; y no es obrar con acierto aconsejar a los pueblos la reivindicación de la libertad que consintieron perder y ya que no notan su mal, ello muestra de sobras que su enfermedad es mortal. Indaguemos no obstante cómo pudo el servilismo echar tan profundas raíces hasta el extremo de que incluso el amor por la libertad dejó de ser un sentimiento natural (…)
***

Genocidios
Por Óscar Collazos
(Exclusivo para Con-Fabulación)

Marcelino Jiménez, colono blanco de La Rubiera, finca ubicada en Los Llanos Orientales de Colombia, pretendía a la joven Lilia, una indígena de El Manguito, perteneciente a la comunidad cuiba. Marcelino no cejaba en su empeño. Al no servirle la persuasión intentó llevarse a la fuerza a la nativa. No sirvieron de nada las mediaciones de terceros, ni siquiera la intervención del sacerdote español Gonzalo González, cura de la localidad de Elorza. Jiménez estaba dispuesto a cobrarse su pieza a cualquier precio.

Todo esto ocurría en la primera quincena del mes de diciembre de 1967.

Pocos días después, exactamente el 26 del mismo mes, la historia de amor entre Jiménez y la indígena, pasaría a un segundo plano. Sin embargo, ésta se convertiría en una de las piezas claves de un proceso abierto cinco años más tarde a un grupo de colonos, que, como Marcelino, fueron acusados de haber dado muerte violenta a dieciséis indígenas de la región.

Lilia, la indígena pretendida por Jiménez, se había convertido en testigo de excepción del proceso. Sólo ella y dos indígenas más, sobrevivientes de la masacre, podían dar testimonios directos sobre el espantoso crimen, al que la prensa colombiana llamó: "el banquete de la muerte".

Las pretensiones de Jiménez no eran excepcionales. Un colono blanco decidía sobre la vida de los indígenas, en algunos casos asalariados o trabajadores temporeros en sus fincas. La historia podía remontarse a tiempos más lejanos: todas estas tribus, guahibas, sálivas, plapocos, ciubas y amorúas, habían sido desposeídas de sus tierras y condenadas a sobrevivir en el nomadismo, sombra siniestra de una casi aceptada herencia colonial.

El episodio central empezó a tomar cuerpo aquel 26 de diciembre, cuando dieciocho indígenas marcharon de la finca, El Manguito hacia el hato La Rubiera, llamados por el propio Jiménez, quien les prometía ropas y alimentos. El primero en conocer esta noticia –según se sabría cinco años más tarde en el curso del proceso- fue el padre González. Trató de averiguar por las razones del viaje imprevisto de los indígenas y sólo supo que iban a recoger ropas y alimentos ofrecidos por Jiménez. La siguiente noticia, recibida por el dominico González, adquirió la forma de una repugnante tragedia: dieciséis de los dieciocho cuibas habían sido masacrados.

Los culpables del genocidio trataron de ocultar las pruebas del delito: los cadáveres habían sido amarrados a la cola de las mulas y se pretendía conducirlos a un lugar cercano para proceder a la incineración. No lo consiguieron. Y aquí empieza la historia de un genocidio que habría de encontrar en los dos únicos sobrevivientes, Antuko y Cevallos, a los únicos relatores de los hechos. Habían observado la matanza subidos en lo alto de unos árboles.

Pero no sólo se había producido la matanza. No sólo se había conseguido que los indios acudieran al encuentro fatal. ¡Habían sido agasajados! "Comiendo con la mano en una mesa y sentados en la mesa -diría uno de los testigos-, después la gente llegó a la mesa por ambas partes de la cabeza, y llegaron a matar, y los perros salieron a morder y en la mesa cayeron Doris y Carmelina, la niña de Doris, y los demás huimos".

La descripción del indígena Antuko es escalofriante, incluso en su entrecortado y pobre castellano. "Y por la mañana vimos que llevaban arrastrados de la cola de la mula los cadáveres, no vimos humo, y ese día, por la tarde, nos fuimos Cevallos y yo para El Manguito, llevando dos canoas cada uno por el río Capanaparo".

Cinco años más tarde, el 9 de junio de 1972, se abrió proceso a los colonos de La Rubiera, acusados de la matanza de dieciséis cuibas. En la ciudad de Villavicencio, en una sala atestada de periodistas, antropólogos y curiosos, sólo se hablaba del "banquete de la muerte". Además de los dos testigos sobrevivientes de la masacre, estaba allí el padre González, intérprete de los indígenas y conocedor de los pormenores de una pretendida historia de amor entre Jiménez, uno de los acusados, y Lilia, la "joven y hermosa" indígena que tuvo la fortuna de no acudir al "banquete" de La Rubiera.

Todavía recuerdo, como si conservara una fotografía, los rostros impenetrables, severos, curtidos por la intemperie, de los seis colonos sentados en el banquillo de los acusados. En las barras, representantes de la distintas comunidades indígenas del país, llegadas a Villavicencio para presenciar el juicio. Si algo había en sus rostros era una extraña mezcla de cólera y escepticismo. En otro plano de la sala, los tres jurados de conciencia: graves, circunspectos, con el peso de una responsabilidad poco frecuente en sus vidas de ciudadanos del común.

El primer día de juicio se oyó por boca de los acusados una de las frases más significativas de la sesión y acaso la clave antropológica del caso. "No creíamos que matar indios fuera malo", fue la unánime explicación dada por los colonos.

A partir de aquí, poco importa saber si los autores del genocidio fueron condenados o absueltos. Poco importa al menos a efecto de la crónica. A partir de aquel instante, cuando los colonos pronunciaron la tremenda frase exculpatoria, muchos de los asistentes al juicio (antropólogos, periodistas, estudiantes de sociología) cruzamos miradas de consternación y tuvimos la certidumbre de que, condenados o absueltos, había algo más revelador en el hecho de declararse inocentes.

(*Escritor y periodista colombiano. Una de las voces más vigorosas de la generación posterior a García Márquez. Autor de: El verano también moja las espaldas, A son de máquina, Batallas en el monte de Venus, Adiós Europa, La modelo asesinada, y del deleitoso libro periodístico La bella y la bestia…)

***

Dos Crónicas Súbitas
Por Rafael Ortega Lleras

Este escritor, titiritero y anarquista colombiano de 1985 a 1992, se dedicó a la minería del oro en la serranía del Naquén, ubicada en la lejana zona fronteriza entre Colombia, Brasil y Venezuela; como resultado de estas vivencias escribió el libro de crónicas breves: La Quimera del oro, del cual publicamos un adelanto para todos los confabulados
Me voy a morir, hermanito...

Simplemente no lo podía creer. Sonó un disparo de escopeta y alcancé a pensar que ojalá el animal fuera grande, a ver si la carne alcanzaba para todos. Nos habría caído muy bien un pedazo de carne de cajuche o danta. En esos días casi no había nada qué echarle a la olla. Pero no era cacería. Con una cara absolutamente fría, se paró frente a mi cambuche y me lo soltó como quien dice buenos días:
—Allá arriba dejé tirado a su amigo...

Traté de preguntarle a quién se refería, aunque en el fondo sabía que hablaba del amigo mutuo, pero no me dio tiempo de hacerlo. Se echó la escopeta al hombro y desapareció entre el monte de la misma silenciosa manera en que había llegado.

No fue fácil sacarlo de entre el hueco y mucho menos llevarlo hasta mi rancho, porque el menor movimiento le arrancaba unos quejidos atroces. Cuando por fin pudimos recostarlo en mi cama y se calmó lo suficiente para hablar con cierta coherencia, me miró con ojos tristes y me dijo:
—Me voy a morir, hermanito... Prométame que no va a dejar que me entierren con el oro encima.
—Lo prometo.

Aunque traté de ser lo más convincente posible y de armar las frases de tal forma que no parecieran un vano consuelo, ambos sabíamos muy bien que el tiro le había desgarrado las entrañas y no había manera de curarlo. El médico más cercano estaba a más de tres días de camino.

Cuando dejó de jugar a que creía en mis palabras y sus ojos adquirieron la inexpresividad que sólo da la muerte, los que habían escuchado mi promesa me exigieron que la cumpliera.

Por más que buscamos en todos los sitios donde podría haberlo escondido, su frasco de guardar el oro no apareció en ninguna parte. Entonces alguien sugirió lo que yo, macabramente, presentía.

—Ríos no hablaba del oro del frasco, hermano. Él se refería al de los dientes. Y usted prometió que no lo enterraba con el oro encima.

Aunque ya pasaron diez años, todavía me duele el rostro. De manera salvaje profané, armado de un alicate de los grandes, las mandíbulas de mi amigo para cumplir con la promesa.


Ríos

Eran tiempos difíciles. Ya no se trataba de la posibilidad de enriquecernos de un día para otro con el hallazgo de un depósito grande. No, ahora el problema era de otro orden. Era necesidad, era ver de qué manera podíamos conseguir lo mínimo para vivir.

Simplemente estábamos con hambre.

Ese día, cuando llegó a trabajar con las primeras luces de la mañana, no podía dejar de pensar en que la leche para el tetero de Arturo se había acabado la noche anterior y que la nota del comerciante era terminante: "Si no me manda un abono de por lo menos la mitad de la cuenta, lo siento mucho, pero no le puedo despachar nada".

Lo siento mucho. Como si en realidad sintiera algo. ¿Qué iba a sentir ese hombre acostumbrado a levantarse simplemente porque estaba cansado de dormir? A su preciosa niña nunca se la había oído llorar de hambre. ¡Qué iba a sentir!

Recostó la escopeta contra una piedra y se dispuso a trabajar como lo hacía todas las mañanas.
—¡Mierda!

Era lo único que le faltaba. El agua estaba corriendo sucia y eso no podía significar sino un cosa: alguien estaba trabajando arriba. ¿Por qué se tenían que meter precisamente allí cuando estaban en la mina de oro más grande del mundo?
Tomó el arma y se dirigió caño arriba con paso resuelto. Al llegar lo encontró metido entre el hueco.
—¡Ríos... O se sale de ahí, o lo quemo!
—Usted verá...

El estampido de la escopeta hizo huir a los pájaros y a los micos en medio de una gran algarabía.

Cuando de nuevo reinó el silencio había perdido a dos amigos.

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...