dimanche 23 mars 2008

Enrique LAFOURCADE/ Schoenstatt y los amantes: la búha y el búho

Schoenstatt y los amantes: la búha y el búho
Por Enrique LAFOURCADE

Un movimiento apostólico nacido en el seno de la Iglesia y destinado a ser el alma del mundo. ¿De un mundo lleno de Dios? Cristo lleva impreso en su corazón el alma de María.Schoenstatt es familia. Alianza de ésta con Dios. Es mirra, nacida en las cenizas de las pólvoras de la condición humana.

Franceses, provenzales, ingleses, escucharon hablar y cantar al búho y al ruiseñor. Y el modo como recitaban poemas peleando por el esplendor de sus cantos. El búho, ese susurrante poeta religioso. El ruiseñor, el que canta al amor en los aires libres, perfumados, entre selvas de jardines antiguos. El sabio es el búho. El poeta es el ruiseñor que ríe entre las flores.

Hoy son muy escasos los admiradores de estos cantantes. A la vez, cantantes y sonantes. Que parecen haberse extinguido, pródigos en risas y armoniosas carcajadas.


Ella y él

En rigor y en verdad, este texto debería titularse "los amantes", y comenzar con: "había una vez una búha que estaba muy sola y gustaba de vivir en su casa fantasma, abundosa en múltiples e inciertos corredores bajo la tierra de las colinas sagradas en las que florecían los ibiscos, las azucenas, las calas, los nomeolvides, los jazmines, y el ilan-ilan. Amén de ciertas y orgullosas rosas".

¿Perfumes, floraciones, en esos aires de esas suaves cumbres solemnes y en sus púlpitos perfumados por tantos ceremoniales? Allí, frente a ellos, el todo e inmenso mar envuelto en una gigantesca playa como una mano abierta de muchos dedos, de finas arenas con multiplicaciones de vientos sobre las nubes púrpuras.

Al caer el sol jugaban en las alturas ciertas garzas gigantescas, níveas. Y resignadas golondrinas grises. Todo allí era inocente, nadie ordenaba el florecimiento ni los silencios preparados para envolver tantos y casi inaudibles suspiros.

Hasta que llegó volando desde el sur el búho gris y vio la pajarería que danzaba en lo hondo de las nubes y vio los vientos regalando esplendores escarlatas.

Era mucho volar para este primer pájaro viajero que oyó la voz de alguien desde lo alto. La voz de las altísimas cumbres, la absoluta nacida en los dorados orientes. Allí donde le esperaba la princesa búha pajarito. Y los lirios amarillos, azules, blancos.


Las luces secretas

Y la casa de la tierra con su puerta solemne, casi secreta. Y los gemidos dulces de su novia, que parecía pedirle que entre los dos terminaran con tantas soledades en esa colina perfumada por Dios Todopoderoso y múltiple.

Desde entonces juntos. Vigilantes dueños de bellos silencios, de inmensos territorios estelares y terrestres. Unidos por Dios y para siempre. Por el Cristo de la colina floral donde se alojaba el silencio y todas las multiplicaciones de soledades hechas para hospedar la paz y el amor.

Los búhos, cada crepúsculo, formaban una especie de guardia vaticana en el pórtico de sus territorios ocultos en las suaves arenas de la gran colina de las flores llamada Schoenstatt.


Ora pro nobis

Coquimbo, la enorme montaña de piedras, la gran cruz, la gigantesca iglesia de lo alto. Y en un extremo, la mezquita. Y por la playa, la iglesia de San Gabriel. Y frente a estas casas de Dios, en la verde y misteriosa colina de Peñuelas, Schoenstatt. El oratorio blanco.

Hacia el norte, la multiplicación de templos solemnes, viejos. De iglesias de La Serena, alzadas con piedras rosadas y blandas, con nobles metales, con bellas cruces, y flotando en los aires búhas y búhos. Los primeros, cada crepúsculo, formaban guardia en los pórticos de los territorios ocultos, esperando el viento que llegaba todas las tardes. Y abajo, desde los infinitos territorios unidos por Dios, el silencio y las soledades. El viento, cada tarde, los paseaba. La búha había aprendido a cantar. El búho había dejado de llorar. Ya no tenían miedo. Ahora, cuando aparecían en los pórticos de sus habitaciones subterráneas de ese Schoenstatt elegante, los cinco buhítos sedosos y momentáneamente ciegos se petrificaron esperando las órdenes de sus padres. ¿Todo? El total, tan secreto como un crepúsculo.

¿Búhos blancos, invisibles, en los atardeceres? ¿Búhos grises? ¿Búhos negros? ¿Multiplicando dentro de cuevas de suaves tierras? Saboreando la vida de las profundidades. Y sus vuelos sedosos y todo en ellos convertido en un susurro. ¿Vienen de las alturas divinas? ¿Del fondo de las muchas noches? ¿De las invisibles alturas?


Entendiéndonos. Extendiéndonos

¿Quien eres? ¿Cómo naciste?, le pregunto a la capilla de la bella colina de Peñuelas. Sé que se trata de santuarios nacidos de los escombros de la guerra del catorce, por iniciativa del padre José Kentenich. Quien alzó con sus manos y espíritu el primer adoratorio, en la destripada Alemania de la guerra del 14, a orillas del Rhin, llamándola "el alma del mundo", porque es la casa de Jesús y de su madre. Debido a que, como tal casa, se extendió por la tierra, por nuestra tierra, que es el hogar, además, de los búhos y las búhas. Todos intentando respirar en un mundo fraterno, solidario. María está con ellos. Suelo ir a esa colina de Dios. A verlo. A imaginarlo. Allí comencé a escribir estas líneas. Allí, entre flores, en el luminoso esplendor de ese mar, sentí la respiración de esa familia sagrada.

Miré por largo tiempo al poderoso búho y sus búhas. Imaginé que, a su manera, ellos me estaban escribiendo. Y que Dios y su mamá me escuchaban cuando les susurré: "Señor, Dios, no soy digno de escribir una sola palabra".

Articulo:
http://diario.elmercurio.com 23/08/2008

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