samedi 29 mars 2008

Felipe FERNANDEZ-ARMESTO: AMÉRICO, el hombre que dio su nombre a un continente


Américo, el hombre que dio su nombre a un continente
por Felipe Fernández-Armesto
Tusquets

El aprendiz de brujo
Florencia, circa 1450-1491:
comienza la búsqueda de "fama y honor"


El heroísmo y la vileza se superponen. Y también las habilidades comerciales y la hechicería. Américo Vespucio era tan héroe como granuja, pero supongo que los lectores de este libro ya lo sabían. Mi intención es mostrarles que también era un comerciante y un brujo. Fue un mercader que se convirtió en mago.

El presente libro relata cómo se produjo esa extraña mutación y trata de ayudar a los lectores a comprender su porqué. El bautizo de América fue algo accidental, que da la medida del éxito que tuvo la autopromoción del personaje, una consecuencia del carácter fascinante de su hechicería. La capacidad de vender y la brujería precisan de algunas cualidades comunes -verbo fluido, dedos ligerísimos y una contagiosa confianza en las propias capacidades- que Vespucio comenzó a adquirir en la ciudad en la que nació y se educó. En la Florencia del Renacimiento, donde la vida, ostentosa, competitiva, consumista y violenta iba a paso ligero, esas habilidades se aprendían fácilmente. Era una suerte, porque se necesitaban para sobrevivir.

La ciudad mágica

En esta ciudad de 40.000 habitantes se concentraba más riqueza que en ningún otro lugar de Europa. La prosperidad florentina era un triunfo contra todo pronóstico, la clásica respuesta a un medio difícil. La ciudad se convirtió en una gran fábrica fluvial de lanas y sedas de calidad, a pesar de bordear un río poco fiable que generalmente se secaba en verano. Florencia se tornó un gran Estado mercantil de categoría internacional que tenía sus propias flotas, aunque estaba a ochenta kilómetros del mar, donde sus enemigos podían controlar sus emporios y maniobras de acercamiento con toda facilidad. Los florentinos del siglo XV se ufanaban de su peculiaridad: conservaban una constitución republicana en una época de monarquías invasoras. Su elite se componía de oligarcas que, sin avergonzarse de serlo, ensalzaban la nobleza del capital y no la de la cuna. En Florencia, un príncipe podía ser un mercader sin menoscabo alguno.

En una época que veneraba la Antigüedad, Florencia carecía de pedigrí histórico, pero la mayoría de los florentinos nutría de mitos su identidad: la ciudad había sido hermana de Roma y fundada por troyanos. Más honor a la verdad hacía el relato originario propuesto por los historiadores de la ciudad: Florencia era "hija" de Roma, la habían fundado romanos "del mismo paño", sólo que más fieles a la tradición republicana. Los florentinos proclamaban su superioridad sobre vecinos más antiguos, autoproclamados más nobles, invirtiendo en orgullo ciudadano: una cúpula más grande que la de ninguna catedral rival, más estatuas públicas, torres más elevadas, pinturas más caras, instituciones de beneficencia más acaudaladas, iglesias más grandiosas, palacios más suntuosos, poetas más elocuentes. Se apropiaban de Petrarca porque sus padres habían sido florentinos, aunque el poeta casi nunca visitó la ciudad.

Por lo tanto, Florencia valoraba el genio y estaba dispuesta a pagar por él. Al igual que la Atenas clásica, la Viena finde-siècle, el Edimburgo de la Ilustración o el París de los philosophes, la ciudad parecía engendrar talento, alimentar el genio y merecer la fama. A mediados del siglo XV, más o menos cuando nació Américo Vespucio, su época más gloriosa había terminado. Los integrantes de la generación de los Brunelleschi (muerto en 1446), Ghiberti (en 1455), Fray Angélico (en 1455), Donatello (en 1466), Alberti (en 1472) y Michelozzo (en 1472) ya eran ancianos, estaban moribundos o habían fallecido. Las instituciones de la república habían caído en manos de una sola dinastía, la de los Médicis. Pero la tradición de la excelencia en el arte y el conocimiento se mantuvo. El escultor Andrea Verrocchio fue inquilino de la casa de un primo de Américo y Sandro Botticelli vivió al lado del domicilio en el que nació nuestro personaje. En la iglesia parroquial de Américo, Botticelli y Ghirlandaio realizaron trabajos para su familia. En esa época, Maquiavelo era un desconocido veinteañero y Francesco Guicciardini, su rival en la labor histórica y la diplomacia, era todavía un muchacho. La feracidad de Florencia en la producción de talento parecía inagotable. Cuando Américo abandonó la ciudad en 1491, Leonardo da Vinci ya había partido hacia Milán y, en 1494, la revolución que derrocó a los Médicis redujo temporalmente las oportunidades del mecenazgo. Sin embargo, las carreras profesionales de la generación siguiente
-entre ellas la de Miguel Ángel, que fue aprendiz de Ghirlandaio- ya se habían iniciado.

¿Acaso se pudo contagiar el joven Américo de parte de la grandeza que le rodeaba? No hay duda de que hubo oportunidades para ello. Su tutor fue su tío, Giorgio Antonio Vespucio, uno de los eruditos mejor relacionados de la ciudad.2 Desde mediados de la década de 1470, como muy tarde, Giorgio Antonio pertenecía a un grupo de estudiantes y mecenas que se hacía llamar la "familia de Platón" y que rendía una especie de culto a la memoria del filósofo, reproduciendo sus simposios y manteniendo una llama eterna delante de su busto. Entre sus miembros figuraba el gobernante de facto de la ciudad, el mismísimo Lorenzo el Magnífico. Su centro neurálgico -el "padre" de la "familia"- era Marsilio Ficino, también sacerdote y médico de los Médicis. A Giorgio Antonio le llamaba "mi másquerido amigo" y en las cartas que le dirigía utilizaba el lenguaje del "amor divino", que los integrantes del círculo tan bien conocían. Otros miembros eran Luigi Pulci, el más afamado poeta de Florencia en esa época; Agnolo Poliziano, un destacado estudioso y no mediocre versificador; Pico della Mirandola, experto en esoterismo e incluso en ciencias ocultas; y Paolo del Pozzo Toscanelli, el geógrafo que inspiró a Colón.

Está claro que esta atmósfera tuvo cierto efecto, aunque leve, en Américo. El tema de una de las anotaciones que figura en su cuaderno de ejercicios juvenil es una carta en la que explica que el alumno ha comprado por diez florines un texto de Platón como regalo para su tutor; quien escribe pide perdón por el gasto, ya que el libro sólo valía tres florines.4 No se puede decir que Platón calara mucho en la mente del joven Américo, que, como veremos, no se adaptaba especialmente bien al trabajo académico. Además, la referencia de su cuaderno aparece dentro de lo que más podríamos denominar ejercicio que relato de una situación real. Sería imprudente deducir que Vespucio llegara a leer por propia voluntad una sola línea de Platón, pero la alusión sitúa su formación en el contexto de los intereses intelectuales habituales en el círculo de su tío.

La Florencia del Renacimiento, a causa de su extraordinaria constelación de talentos, que tanto contribuyó a las formas posteriores de abordar e interpretar el mundo, suscita simpatía y, en consecuencia, una serie de engañosas suposiciones en quienes se remontan a esa época hoy en día. Popularmente, la imagen de la ciudad es la de un lugar ilustrado en el que se revivió la Antigüedad y se anticipó la modernidad, y donde, con gustos clásicos, prioridades laicas y costumbres intelectuales humanistas, la ciencia y la razón ocupaban una elevada posición en el sistema de valores. Pero todas las generaciones gustan de proyectar su propia "modernidad" sobre la oscuridad del pasado, que escudriñamos en busca de indicios del despertar de Europa de las "épocas oscuras" y de su camino hacia el progreso, hacia la prosperidad y hacia valores que ya podemos reconocer como propios. De manera que respondemos a la excitación con la que, en torno a 1500, los autores presagiaban el alba de una nueva "edad de oro". En consecuencia, si es usted un producto de la típica educación occidental, es probable que todo lo que haya escuchado decir sobre el Renacimiento sea falso.

"Inició la época moderna." No: todas las generaciones tienen su propia modernidad, que surge del conjunto del pasado. "Fue revolucionario." No: los expertos han detectado media docena de renacimientos anteriores. "Fue laico" o "fue pagano." No del todo: la Iglesia siguió patrocinando gran parte de las obras artísticas y de investigación. Representaba "el arte por el arte". No: éste era manipulado por plutócratas y políticos. "Su arte fue de un realismo sin precedentes." No del todo: la perspectiva era una técnica nueva, pero se puede encontrar realismo emocional y anatómico en gran parte del arte prerrenacentista. "El Renacimiento ensalzó al artista." No: los artistas medievales podían lograr la santidad; en comparación, las riquezas y los títulos eran deshonrosos. "Destronó a la escolástica e inauguró el humanismo." No: surgió del "humanismo escolástico" medieval. "Fue platónico y helenófilo." No: al igual que en épocas anteriores, hubo en este periodo retazos platónicos, pero pocos eruditos iban más allá del chapurreo del griego. "Redescubrió la Antigüedad perdida." En realidad no: la Antigüedad nunca estuvo perdida y la inspiración clásica nunca se marchitó (aunque en el siglo XV sí fue objeto de un renovado interés). "Descubrió la naturaleza." Muy poco: aunque en la Europa anterior no se había producido un auténtico paisajismo pictórico, no es menos cierto que la Naturaleza se había convertido en objeto de culto durante el siglo XIII, cuando san Francisco de Asís descubrió a Dios en el mundo exterior. "Fue científico." No: por cada científico que había, existía un hechicero.

Incluso en Florencia, el Renacimiento representaba un gusto minoritario. Los diseños de Brunelleschi para las puertas del Baptisterio -el proyecto con el que en general se considera que se inicia el Renacimiento en 1400- fueron rechazados por ser demasiado avanzados. Masaccio, el revolucionario pintor que introdujo la perspectiva y el realismo escultórico en su obra para una capilla de la iglesia de Santa Maria del Carmine en la década de 1430, nunca fue más que el ayudante del proyecto, que fue supervisado por un maestro reaccionario. En la época, los pintores más conocidos fueron los más conservadores: Pinturicchio, Baldovinetti y Gozzoli, cuya obra se asemeja a las glorias de los miniaturistas medievales; restallantes de pan de oro y con brillantes y costosos pigmentos. El proyecto de Miguel Ángel para la principal plaza de la ciudad, que habría rodeado el espacio de una columnata clásica, nunca se llevó a cabo. Gran parte del arte supuestamente clásico que inspiró a los florentinos del siglo XV era de imitación; en realidad, el Baptisterio era un edificio del siglo VI o VII. La iglesia de San Miniato, que los entendidos confundieron con un templo romano, en realidad no había sido construida antes del siglo XI.

De manera que Florencia no fue realmente clásica. Puede que algunos lectores piensen que es muy fácil afirmar esto. Después de todo, con una lógica parecida podríamos decir que la Atenas clásica no era realmente clásica, ya que la mayoría de sus habitantes tenía otros valores: veneraban los misterios órficos, se aferraban a mitos irracionales y aislaron o condenaron a algunos de sus pensadores y escritores más avanzados, privilegiando instituciones sociales y estrategias políticas parecidas a las de la "mayoría silenciosa" de hoy en día: defensoras de rígidos y mojigatos "valores familiares". Las obras de Aristófanes, con su sátira de las turbias costumbres aristocráticas, son más útiles para conocer la moral griega que la Ética de Aristóteles. Florencia también tuvo su mayoría silenciosa, cuya voz se escuchaba, más o menos cuando Vespucio abandonó la ciudad, en los melodramáticos sermones del fraile reformista Girolamo Savonarola y, años más tarde, en los espeluznantes gritos de los revolucionarios callejeros, alentados por sus palabras. Hicieron una hoguera con las vanidades de los Médicis y prohibieron la sensualidad pagana del gusto clásico. Después de la revolución, hasta Botticelli renunció a aceptar encargos de obras eróticas y volvió a la piedad de viejo cuño.

La Florencia de Savonarola no era clásica sino medieval. La de Américo no era clásica sino mágica. Utilizo la palabra deliberadamente, para designar un lugar en el que se practicaba la magia. Había dos clases. En primer lugar, es evidente que en Florencia, como en cualquier otro lugar del mundo en esa época, y hasta donde sabemos, cundían los maleficios y las supersticiones populares. Tres noches antes de la muerte de Lorenzo el Magnífico, un rayo cayó en la catedral, con lo que algunas piedras de la famosa cúpula se estrellaran contra el suelo. La gente decía que Lorenzo tenía un demonio atrapado en su anillo y que lo había liberado al sentir la cercanía de la muerte. En 1478, cuando Jacopo Pazzi fue ajusticiado por participar en una conspiración contra los Médicis, una lluvia torrencial amenazó con arruinar la cosecha de cereales. Según la sabiduría popular, el culpable era Jacopo: su enterramiento en tierra sagrada había ofendido a Dios y perturbado el orden natural, de manera que el hediondo cadáver fue desenterrado y arrastrado por las calles, donde la turba apaleó sus restos antes de arrojarlos al Arno.

La superstición no era sólo un error del vulgo. También había una magia erudita. La idea de que la naturaleza podía ser controlada a voluntad por el ser humano era perfectamente racional. A este respecto, entre los prometedores enfoques existentes había técnicas que ahora consideramos científicas, como la observación, la experimentación y el ejercicio del raciocinio. Todavía no se había demostrado que la astrología, la alquimia, los conjuros y la hechicería eran pistas falsas. Como reconocían los ocultistas de la Florencia renacentista, la diferencia entre la magia y la ciencia es menor de lo que la mayoría de la gente piensa en la actualidad. Ambas pretenden explicar la naturaleza y, por tanto, controlarla. La ciencia occidental de los siglos XVI y XVII surgió, en parte, de la magia. La vocación de científico se solapaba con la de mago, ya que ambos esgrimían técnicas mágicas para domeñar la naturaleza. En los círculos en los que se movía Américo, la magia era una pasión habitual.Esto se debía a que una de las ideas largo tiempo abandonadas o dormidas que recuperó el Renacimiento fue la de que los pueblos de la Antigüedad poseían fórmulas mágicas que funcionaban. En el Egipto faraónico, supuestamente los sacerdotes habían hecho que las estatuas cobraran vida sirviéndose de misteriosos talismanes. En los albores de Grecia, Orfeo escribía encantamientos que podían curar a los enfermos. Los judíos de la Antigüedad disponían de un método para manipular los signos -la cábala- con el que invocaban poderes normalmente reservados a Dios. Las investigaciones renacentistas de textos antiguos inspiraron estas afirmaciones, al desenterrar supuestamente textos mágicos de periodos remotos, que la devoción medieval había condenado por considerarlos carentes de sentido o hasta demoniacos. Marsilio Ficino defendía la bondad de la magia si se utilizaba para curar o para conocer la naturaleza. En su opinión, algunos textos mágicos antiguos constituían una lectura válida para los cristianos.

El texto más influyente de todos era la obra que se atribuía a un autor del antiguo Egipto conocido con el nombre de Hermes Trimegisto, obra que sin embargo había sido elaborada por un anónimo falsificador bizantino. Llegó a Florencia en torno a 1460 junto con una partida de libros comprada en Macedonia para la biblioteca de los Médicis y causó sensación. Su traductor, ferviente admirador de Platón, llegó incluso a darle más prioridad que a sus versiones de las obras del griego, que interrumpió para dedicarse a Hermes.7 Los magos del Renacimiento tuvieron la inclinación de ir en pos de la sabiduría "egipcia" para buscar una alternativa al austero racionalismo de las enseñanzas clásicas: una fuente de conocimientos más antigua y supuestamente más pura la que podía encontrarse en griegos o romanos. A la sombra de Hermes, la distinción entre magia y ciencia como instrumentos para tratar de controlar la naturaleza prácticamente desaparecía.

Además de la astrología, o en lugar de ella, los magos florentinos creían y practicaban la magia astral: en un intento de controlar las estrellas y, por tanto, de manipular las influencias astrológicas. También se dedicaban a la alquimia y a los conjuros numéricos. Pico della Mirandola incorporó técnicas basadas en la cábala, invocando el poder divino mediante hechizos con guarismos. La astrología y la astronomía eran disciplinas inseparables, que generalmente se confundían; cuando Pico arremetió contra la astrología en 1494, tuvo que comenzar señalando la diferencia entre "la lectura de los acontecimientos venideros mediante las estrellas" y "la medición matemática de las dimensiones y los movimientos estelares". Las cartas a Lorenzo de Pierfrancesco de Médicis, compañero de escuela de Américo y futuro mecenas, están llenas de imaginería estelar. Ficino le escribía las típicas declaraciones de amor, harto efusivas y ligeramente homoeróticas, salpicadas de alusiones al horóscopo del joven. "A cualquiera que contemple los cielos, nada sobre lo que pose sus ojos le parecerá más inmenso que los cielos mismos."

En una carta posterior, enviada a Giorgio Antonio Vespucio, Ficino continuaba refiriéndose al mismo tema, instándole a explicar que la influencia de las estrellas -"las estrellas de nuestro interior"- va de la mano del libre albedrío.10 Un astrolabio, un instrumento que más tarde utilizaría, o al menos blandiría, Américo Vespucio cuando fue navegante, figura al fondo de un retrato de san Agustín que Giorgio Antonio le encargó a Botticelli. Paolo del Pozzo Toscanelli, que influyó en las concepciones geográficas de Vespucio, creía en la astrología. El estudio de los secretos del mundo, el orden matemático del universo y la relación entre la Tierra y las estrellas eran el territorio común a la cosmografía y la magia. El pensamiento y las prácticas mágicas rodeaban al joven Américo Vespucio. En cierto sentido, su formación fue la de un mago.

El propio Lorenzo el Magnífico -gobernante de facto de Florencia desde 1469 hasta su muerte en 1492- se contaba entre los devotos de Hermes Trimegisto. Lorenzo tradujo al italiano dos de los himnos panteístas de Hermes. Los Médicis eran especialmente proclives a creer las afirmaciones esotéricas de los eruditos a los que protegían, porque la familia se identificaba con los reyes magos de los evangelios. En Florencia, los Médicis pertenecían a la hermandad que mantenía el culto de los reyes astrólogos que habían seguido la estrella de Jesús hasta Belén. Benozzo Gozzoli y Fray Angélico retrataron a destacados miembros de la familia en el desempeño de esa función: la primera obra cubría los muros de la pequeña capilla privada del palacio de los Médicis; la segunda estaba en el dormitorio de Lorenzo. A su muerte, la Hermandad de los Reyes Magos organizó las pompas fúnebres.

Articulo:
http://www.elcultural.es 20/03/2008

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