samedi 29 mars 2008

Jacinto ANTÓN/ Memoria del soñador de apocalipsis


REPORTAJE
Memoria del soñador de apocalipsis
Por Jacinto ANTÓN

J. G. Ballard publica su autobiografía y revela que padece un cáncer sin curación

Piscinas vacías, carreteras desiertas, aeroplanos enterrados en el barro, ciudades sumergidas, eriales de cemento, automóviles rotos, selvas que cristalizan... Es en los reinos de la desolación y la melancolía -con toda su maravillosa atracción, su enfermiza belleza y su misterio- donde ha fructificado la imaginación del británico J. G. Ballard, uno de los grandes escritores fantásticos de nuestro tiempo, heredero de los surrealistas, autor de relatos extraños e inquietantes y de novelas igualmente perturbadoras (insanas, han dicho sus críticos) como El mundo sumergido, La sequía, Crash -llevada al cine por Cronenberg- o El día de la creación. Conocido popularmente por su novela El imperio del sol, en la que relataba su infancia en Shanghai y a partir de la cual Spielberg rodó la película del mismo título, Ballard ha publicado este año su verdadera autobiografía, Miracles of life. Shanghai to Shepperton (Fourth Estate, 2008), un libro conmovedor y revelador en el que repasa su vida. Y que cierra desvelando que padece un cáncer más allá de la curación.

Es la de Ballard, al que el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) dedicará en junio una gran exposición comisariada por Jordi Costa, una autobiografía formalmente muy sobria, casi aséptica, pese a que explica la vida extraordinaria de un creador con mayúsculas y a que está recorrida por una profunda humanidad que pone a menudo al borde de las lágrimas. Es literariamente más plana que El imperio del sol y su secuela La bondad de las mujeres, sus dos novelas autobiográficas, pero tiene el aliciente de que aquí no hay ficción que vele la realidad, además de su calidad casi testamentaria.

James Graham Ballard, la mayor parte de cuya obra ha publicado en castellano Minotauro (Berenice acaba de editar su último libro de cuentos, Fiebre de guerra), nació en 1930 en Shanghai, donde sus padres formaban parte de la élite colonial británica. En esa ciudad "extravagante pero cruel" se enraíza su mundo literario. Es ahí donde, por ejemplo, le conmociona la visión de una piscina seca, símbolo emergente de lo desconocido que habría de convertirse en una de las imágenes más poderosas de su narrativa. Muchas otras de sus obsesiones, explica, nacieron mientras recorría en bicicleta la Shanghai ocupada, visitaba campos de aviación abandonados, casinos y night-clubs desiertos o contemplaba los esqueletos de dos submarinos varados en la playa de Tsingtao como dinosaurios herrumbrosos. Su primera degustación de surrealismo. "Aprendí que la realidad misma es un estado que puede ser desmantelado en cualquier momento, no importa cuán magnífica pueda parecer".

Tras Pearl Harbour, los japoneses internaron a Ballard y su familia en el campo de Lunghua, donde, escribe, pasó una de las épocas más felices de su vida, pese a las penurias. El joven Ballard observaba, entusiasmado ante la letal belleza tecnológica, pasar los cazas estadounidenses Mustang -"¡Cadillacs del cielo!"- desde la pagoda del campo. El escritor aprecia mucho la forma en que Spielberg plasmó la escena en celuloide. De esa época, Ballard describe un acontecimiento brutal en un apeadero ferroviario, donde presenció la tortura de un joven chino por soldados nipones.

El descubrimiento de Freud y de los pintores surrealistas (De Chirico, Ernst, Dalí, Magritte, Delvaux), cuando estudiaba en Cambridge, fue un hito en su vida y le impulsó a escribir. "Aún pienso que el psicoanálisis y el surrealismo son una llave para la verdad acerca de la existencia. Ofrecen una ruta de escape, un corredor secreto, a un mundo más real y con más significado". El arte es un hilo conductor en la vida de Ballard, que vivió la conmoción del pop art, fue amigo de Paolozzi y organizó la famosa exposición en The Arts Lab de automóviles destrozados en choques y presentados como esculturas. Una joven en top less recogía las reacciones del público. La experiencia sirvió de base a la no menos polémica novela Crash, cuya adaptación por Cronenberg en 1996 Ballard juzga "elegante".

Interesado en la psiquiatría, Ballard estudió Medicina. La disección de cadáveres, práctica a la que dedica un apartado de sus memorias, le abrió el mundo "vasto y misterioso" del cuerpo humano. Dejó los estudios para trabajar en una agencia publicitaria mientras trataba de ordenar sus impulsos literarios. En 1954 se alistó en la RAF en alas del vehemente interés por el vuelo y los aviones que le perseguía desde niño. Fue enviado a una base de la OTAN en Saskatchewan (Canadá) y allí, en los descansos de las prácticas en su aeroplano Harvard T-6, descubrió apasionado la ciencia-ficción. Pero le interesó el género como ingenio visionario, exploración no del espacio exterior, cósmico, sino del interior (acuñó el término "inner-space").

Tragedia y ternura

En 1955 se casó con Mary Matthews. En un autor entregado a extrañas visiones de apocalipsis y mórbidas realidades enajenadas, sorprende el grado de amor y ternura con que escribe de su esposa y sus tres hijos. A estos últimos les dedica la autobiografía. Ballard los sacó adelante solo en su casa del suburbio de Shepperton tras el fallecimiento en 1963 de su esposa a causa de una neumonía en Alicante durante unas vacaciones. El relato de ese episodio es tristísimo. "Le estuve diciendo que la quería hasta el final". Ballard pasa de puntillas la época de "desesperada promiscuidad" en que trató de olvidar a su mujer (en la biografía hay poco del sexo, a menudo malsano, de sus ficciones). El autor habla de una experiencia con el LSD -"una rejilla al infierno"- que le confirmó en su adicción al whisky con soda.

Ballard escribe que sus últimos años han sido felices hasta que en junio de 2006 le diagnosticaron un cáncer de próstata extendido a la columna y costillas. Los médicos le han quitado los dolores, pero han sido francos con él, así que no se hace ninguna ilusión sobre el fin. Y cuando uno lee esas frías palabras no puede dejar de percibir su eco en todas las piscinas vacías, estancias desiertas y lugares yermos que Ballard ha conjurado, libro a libro, en nuestras almas.

Articulo:
http://www.elpais.com 29/03/2008


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