samedi 29 mars 2008

John UPDIKE/ El miedo al demonio interior


El miedo al demonio interior
Por John Updike

La última novela del prolífico John Updike, Terrorista (Tusquets), se centra en Ahmad, un adolescente estadounidense que se convierte al islamismo y es reclutado para volar el túnel que conecta las ciudades de Nueva York y Nueva Jersey

"Demonios", piensa Ahmad. "Estos demonios quieren llevarse a mi Dios." En el Central High School, las chicas se pasan el día contoneándose, hablando con desdén, exhibiendo tiernos cuerpos y tentadoras melenas. Sus vientres desnudos, adornados con flamantes pendientes en el ombligo y tatuajes fatuos que se pierden muy abajo, preguntan: "¿Acaso queda algo más por ver?". Los chicos se pavonean, se arriman a ellas, gastan miradas crueles; con chulescos gestos de crispación y un desaire apático al reír indican que el mundo no es más que esto: un vestíbulo ruidoso y esmaltado, con taquillas metálicas a cada lado, que termina en una pared lisa, profanada por graffiti y repintada con rodillo tantas veces que parece avanzar milímetro a milímetro.

Es un espectáculo ver a los profesores, cristianos débiles y judíos que no cumplen los preceptos de su religión, enseñando la virtud y la templanza moral, pero sus miradas furtivas y voces huecas delatan su falta de convicción. Les pagan para que digan esas cosas, les pagan la ciudad de New Prospect y el estado de New Jersey. Pero carecen de fe verdadera; no están en el Recto Camino, son impuros. Al terminar las clases, Ahmad y los otros dos mil alumnos los ven subirse a los coches en el aparcamiento salpicado de basura y restos crepitantes y escapar a toda prisa como cangrejos pálidos u oscuros de vuelta a sus caparazones; y no son más que hombres y mujeres corrientes, llenos de lujuria y temor, encaprichados de cosas que pueden comprarse. Infieles, creen que la seguridad está en la acumulación de objetos mundanos, en las distracciones corruptoras del televisor. Son esclavos de las imágenes, representaciones falsas de felicidad y opulencia. Pero incluso las imágenes verdaderas son imitaciones pecaminosas de Dios, el único que puede crear. El alivio por escapar indemnes de sus alumnos un día más los hace charlar y despedirse en voz demasiado alta, con el entusiasmo incontenible de los ebrios, en los vestíbulos y el aparcamiento. Fuera de la escuela, se van de juerga. Algunos tienen los párpados rosados, el mal aliento y los cuerpos abotargados de los que beben en exceso. Otros se divorcian, otros viven en concubinato. Su vida fuera de la escuela es desordenada, disipada y consentida. El gobierno del estado en Trenton, y ese otro gobierno satánico de más al sur, el de Washington, les pagan para inculcar la virtud y los valores democráticos, pero los valores en que creen de verdad son impíos: biología, química y física. Sus voces afectadas resuenan en las aulas, apoyándose en las certezas y fórmulas de esas ciencias. Dicen que todo proviene de átomos inclementes y ciegos, responsables de la fría pesadez del hierro, de la transparencia del cristal, de la quietud de la arcilla, de la agitación de la carne. Los electrones corren por los hilos de cobre, por los puertos de computadoras y hasta por el aire mismo cuando con la interacción de unas gotas de agua saltan en un relámpago. Solo lo que podemos medir y deducir de tales mediciones es cierto. El resto no es más que el sueño pasajero que llamamos identidad.

Ahmad tiene dieciocho años. A principios de abril, el verdor vuelve a asomar, semilla a semilla, por las vulgares grietas de la ciudad gris. Ahmad mira hacia abajo desde su nueva altura y piensa que para los insectos ocultos en la hierba él sería, si tuvieran una conciencia como la suya, Dios. Durante el último año ha crecido ocho centímetros, hasta el metro ochenta y tres, fruto de fuerzas materiales, aún más ocultas, ejercidas sobre él. Ya no crecerá más, piensa, ni en esta vida ni en la otra. "Si es que la hay", murmura un demonio interior. ¿Qué pruebas tenemos, más allá de las palabras del Profeta, ardientes e inspiradas por la divinidad, de que haya otra por venir? ¿Dónde estaría? ¿Quién avivaría sin descanso el fuego de las calderas del Infierno? ¿Qué fuente infinita de energía sería capaz de mantener el Edén con toda su abundancia, de alimentar a las huríes de negros ojos, de madurar sus frutas colgantes, de renovar los arroyos y las fuentes en que Dios, como está escrito en la novena sura del Corán, disfruta de una satisfacción eterna? ¿Dónde entra aquí la segunda ley de la termodinámica?

Las muertes de insectos y gusanos, cuyos cuerpos son absorbidos con prontitud por la tierra, las hierbas y el alquitrán de las carreteras, se empeñan diabólicamente en decirle a Ahmad que su propia muerte será igual de ínfima y final. De camino al instituto ha percibido un signo, una espiral de luminoso icor en la calzada, baba angelical del cuerpo de alguna criatura inferior, un gusano o un caracol del que solo queda ese rastro. ¿Adónde se dirigía, girando inútilmente hacia el interior de una espiral? Si quería alejarse del pavimento ardiente que, con la caída a plomo del sol, lo abrasaba, no lo consiguió con ese movimiento en círculos mortales. Pero no había ningún cadáver en el centro de la espiral.

¿Adónde voló el cuerpo? Quizá lo tomó Dios y lo llevó directo al Paraíso. El maestro de Ahmad, el sheij Rachid, el imán de la mezquita del primer piso del 2781½ de West Main Street, le dice que según la sagrada tradición de los hadices tales cosas pueden suceder: el Mensajero, a lomos del alado caballo blanco Buraq , se llegó por los siete cielos, con la guía del ángel Gabriel, a cierto lugar donde rezó con Jesús, Moisés y Abraham antes de volver a la Tierra y convertirse en el último profeta, el principal. Prueba de sus aventuras de aquel día es la huella clara y nítida que Buraq dejó con el casco en la Roca que hay bajo la Cúpula sagrada en el centro de Al-Quds, que llaman Jerusalén los infieles y los sionistas, cuyos tormentos en los hornos del Yahannam se describen en la séptima, la undécima y la quincuagésima sura del Libro de Libros.

El sheij Rachid recita, pronunciando con belleza, la sura ciento cuatro, que versa sobre la hutama , el Fuego Triturador:

Y ¿cómo sabrás qué es la hutama ?
Es el fuego de Dios, encendido,
que llega hasta las entrañas.
Se cerrará sobre ellos como una bóveda
en largas columnas.

Cuando Ahmad pretende extraer de las imágenes descritas en el árabe del Corán -las largas columnas, fi¯ ´amadin mumaddada; la bóveda de fuego embravecido sobre las entrañas de los pecadores, apiñados y aterrorizados, intentando ver en la altísima niebla incandescente, na¯ru l-la¯hi l-mi¯qada - algún rastro de apaciguamiento en el Misericordioso, algún reposo en la hutama , el imán baja los ojos, de un insospechado gris pálido, tan lechosos y esquivos como los de una kafir , una infiel, y dice que esas descripciones visionarias del Profeta son metafóricas. En realidad tratan del desgarro abrasador que implica distanciarse de Dios y del dolor lacerante que conlleva arrepentirnos de los pecados cometidos contra Sus disposiciones. Pero a Ahmad no le gusta la voz del sheij Rachid cuando cuenta esas cosas. Le recuerda a las voces poco convincentes de sus profesores del Central High. Percibe el susurro de las palabras de Satán en ella, una voz que niega dentro de otra que afirma. El Profeta hablaba sin duda de llamas físicas cuando predicaba el fuego implacable; Mahoma no podía revelar muy a menudo la existencia de un fuego eterno.

El sheij Rachid no es mucho mayor que Ahmad -quizá diez años, tal vez veinte-. Tiene pocas arrugas en su tez blanca. Es de movimientos cohibidos pero precisos. En los años que le lleva, el mundo lo ha debilitado. Cuando los murmullos de los demonios que lo carcomen tiñen la voz del imán, en Ahmad surge el deseo de alzarse y aplastarlo, del mismo modo que Dios abrasó a aquel pobre gusano en el centro de la espiral. La fe del estudiante supera la del maestro; al sheij Rachid le asusta cabalgar el blanco corcel alado del islam, teme su desbocamiento irresistible. Procura ablandar las palabras del Profeta, amoldarlas a la razón humana, pero estas no se pronunciaron para mezclarse: hienden nuestra blandura humana como una espada. Alá es sublime, más allá de todo detalle. No hay Dios sino El, el Vivo, el que se basta a sí mismo; El es la luz junto a la que el sol parece oscuro. El no se amolda a nuestra razón sino que la obliga a postrarse, a que toque el polvo con la frente y que esta, como Caín, lleve el estigma de ese polvo. Mahoma era mortal pero visitó el Paraíso y cohabitó con aquellas realidades. Nuestros actos y nuestros pensamientos se inscribieron en la conciencia del Profeta en letras de oro, como las candentes palabras de electrones que un ordenador recrea con píxeles cuando tecleamos.

***

"Sentí que podía entender el odio de un creyente islámico"
Por Charles McGrath

John Updike recela de Internet, preocupado por la posibilidad de que algún virus pueda migrar a su computadora y comerse aquello en lo que está trabajando. En un discurso pronunciado en 2006 en BookExpo America, la convención anual de editores, también expresó su escepticismo ante la idea de digitalizar todos los libros en un enorme banco de datos online . Sin embargo, para su novela Terrorista , se aventuró en la Web para investigar detonadores de bombas. Estaba seguro, comentó en una entrevista que le hicieron en Boston aquel mismo año, de que el único detonador que podía recordar -ese por el que Gary Cooper se lanza en Por quién doblan las campanas - seguramente estaba desactualizado, pero también se sintió más tranquilo al descubrir, tal como él mismo dice, "que a Internet no le gusta que uno se entere demasiado sobre el tema de explosivos".

Mientras trabajaba en ese libro, Updike, que ahora tiene 74 años, pelo blanco, cejas pobladas y aspecto senatorial, también corrió el riesgo de ser considerado sospechoso por dedicarse a rondar las máquinas que examinan el equipaje en el aeropuerto La Guardia, donde se enteró de que los rayos X no eran en blanco y negro, tal como él había imaginado, sino en colores estridentes: verde limón y rojo. Y contrató un auto y un chofer para que lo llevara por los barrios más sórdidos de Paterson, Nueva Jersey, y para que le mostrara algunas de las iglesias y comercios que habían sido convertidos en mezquitas. "El conductor hizo todo lo que pudo, pero creo que quedó un poco perplejo conmigo como pasajero de una visita guiada", dice Updike.

Terrorista transcurre en Paterson -o más bien en una versión un poco más pequeña y más pulcra de la ciudad, llamada New Prospect- y trata exactamente de lo que su título anuncia. Su protagonista es un joven de 18 años llamado Ahmad -hijo de una madre estadounidense más bien hippie y de un estudiante de intercambio egipcio, ausente en la historia- que abraza el islam y que es reclutado para volar el Lincoln Tunnel. Es la novela número 22 de Updike y, en ciertos aspectos, un nuevo punto de partida. Por ejemplo, sigue de manera general las convenciones de una novela de suspenso, un thriller , que es una de las pocas formas en las que Updike -que ha intentado casi todas- no ha incursionado hasta ahora. Y sin embargo, mientras habla de Terrorista, queda claro que la novela también entreteje algunos temas y preocupaciones que lo han acompañado casi desde el principio: el sexo, la muerte, la religión, la escuela secundaria e incluso Paterson misma, ciudad que figura de manera prominente en su novela La belleza de los lirios , y de la que Updike ha dicho que a veces imagina como otra versión de Reading, Pensilvania, próxima a su ciudad de residencia, Shillington. Updike, que confesó padecer una leve fobia a los túneles, dijo que la inspiración para el libro fue la imagen de una explosión. "Esa imagen fue el principio", agregó. "El miedo de que volaran el túnel conmigo adentro la terrible irrupción del agua en su interior."

Originariamente, sin embargo, imaginó a su protagonista como un joven cristiano, una ampliación del perturbado personaje adolescente de su relato anterior "Plumas de paloma", quien llega a sentirse traicionado por un sacerdote. "Imaginé a un joven seminarista que ve a todos los que lo rodean como demonios que tratan de despojarlo de su fe", dijo. "El siglo XXI da esa impresión, según creo, a mucha gente del mundo árabe".

Cuando Updike cambió la religión del protagonista, convirtiéndolo en musulmán, lo hizo, según explicó, porque pensó "que tenía algo que decir desde el punto de vista de un terrorista". Y agregó: "Creo que sentí que podía entender la animosidad y el odio que un creyente islámico podría albergar hacia nuestro sistema. Nadie intenta verlo desde ese punto de vista. Creo que me quedé trabado en muchos aspectos al intentarlo, pero tal vez para eso existen los escritores".

Y se rió antes de proseguir: "A veces me pregunto por qué hago estas cosas. Me meto con temas que pueden ser muy urticantes para alguna gente. Pero cuando esas ideas se me cruzan por la cabeza, me respondo que no pueden pedir un retrato más compasivo, e incluso más amable de un terrorista".

Ahmad es querible, o al menos atractivo: en muchos aspectos es el personaje más moral y reflexivo de todo el libro, y gana vitalidad y se hace más vívido por ser descrito dentro de ese familiar entorno updikeano, la escuela secundaria estadounidense.

"Es posible que, por haber asistido a la escuela secundaria y por tener un padre que era profesor, esté familiarizado con el entorno y la idiosincrasia", dijo Updike. "Sin embargo, se me ocurrió que una verdadera omisión en cuanto a la plausibilidad es que no hago suficiente uso de los teléfonos celulares. Mi escuela no está realmente conectada."

"Cuando estaba en la escuela secundaria", agregó Updike, "toda mi atención estaba puesta en The New Yorker , no en el Corán", y por eso, mientras trabajaba en Terrorista , se abocó a releer ese texto religioso, que había leído por primera vez para aprender a construir al coronel Elleloû, el narrador de Golpe de Estado , su novela de 1978.

"Gran parte del Corán no le habla de manera elocuente a un occidental", dijo. "Hay en él un gran contenido legal, o de opacidad poética. Hay mucho fuego del infierno las descripciones de incrédulos a los que se los obliga a beber metal fundido aparecen más de una vez. No es un libro amable, aunque en el versículo siguiente se puede encontrar algo muy generoso."

Terrorista incluye algunos fragmentos del Corán en transliteración arábiga: Shady Nasser, un estudiante graduado, ayudó a Updike con esas partes. "Me remordía la conciencia porque estaba poniendo en el libro cosas que no podía pronunciar", dijo el novelista, pero agregó: "El árabe es muy dúctil, muy bello. El llamado a oración es impresionante, casi logra que uno se convierta en creyente instantáneamente. Lo que yo sentía era que ese era el lenguaje de Dios, y el hecho de que no lo entendiera significaba que no sabía lo suficiente de Dios".

A pesar de todas sus consideraciones teológicas, Terrorista es también una auténtica novela de Updike y, por fortuna, incluye algunas páginas de escenas sexuales, llenas de amor, entre la madre de Ahmad, Teresa, y Jack Levy, un consejero de la escuela secundaria.

"Me sentí feliz -porque hay tanto terreno poco firme en esta novela- cuando Jack empezó una relación amorosa con Terry Mulloy", dijo Updike. "Sentí que esa era una escena que yo sabía cómo manejar. Ese pequeño romance era muy real al menos para mí. Me gustaban esos dos porque son normales, sin Dios, personas modernas, cínicas pero amistosas."

Mientras esperaba la publicación de Terrorista , Updike trabajó en uno de sus volúmenes de compilación de textos. En cuanto a lo que vendrá a continuación, declaró no estar seguro.

"Durante toda mi vida, siempre ha habido una cosa más para hacer pero solo una", dijo. "Siento que estoy muy cerca del fondo del barril en cada momento de mi carrera no como Dostoievski, que tenía un cuaderno lleno de ideas cuando murió. Yo trato de imaginar mi próximo libro y veo un volumen gordito con un montón de personas en él, como Gosford Park . Pero no es una novela de misterio, policial, porque no soy suficientemente inteligente para escribir una de esas."

© The New York Times y LA NACION
[Traducción: Mirta Rosenberg]

Articulos :
http://adncultura.lanacion.com.ar 29/03/2008


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