dimanche 16 mars 2008

José Andrés ROJO/ Inagotable TODOROV


ENTREVISTA: LIBROS - Entrevista
Inagotable Todorov
Por José Andrés ROJO

El ensayista francés de origen búlgaro demuestra una incansable curiosidad que confirma en varios libros. En ellos trata las cuestiones más diversas, desde el lugar del individuo en la pintura del Renacimiento hasta la aventura de la conquista de América o la guerra de Irak

Tuvo suerte. Eso es lo que dice Tzvetan Todorov para referirse a los cuarenta años que lleva trabajando como investigador científico. No tiene que enseñar, no es un personaje público. Su trabajo consiste exclusivamente en leer y escribir. Así que se considera un privilegiado, por su libertad y disponibilidad.

Todorov nació en Sofía, Bulgaria, en 1939. Se fue a París a finales de los años cincuenta. Ya trabajaba entonces en cuestiones relacionadas con la filosofía del lenguaje, con su materialidad, sus formas y estructuras. Se nacionalizó francés en 1963 y fijó su residencia en París, donde desde 1987 dirige el Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS). Del lenguaje y los signos pasó, en los sesenta, a la historia. Se metió de lleno en la conquista de América, y más adelante abordó la Segunda Guerra Mundial.

Leer y escribir como gran pasión. Con el tiempo nada parece resultarle ajeno a este investigador social y filósofo, y su inagotable curiosidad lo arrastra por caminos muy diferentes. Basta ver sus libros más recientes. En estos días se publica Sobre 'Vida y destino', donde aborda la novela de Vasili Grossman, y en mayo saldrá El espíritu de la Ilustración. Hace unos meses aparecieron sus ensayos Elogio del individuo (donde analiza la pintura flamenca del Renacimiento) y Los aventureros del absoluto, donde se ocupa de Oscar Wilde, Rainer Maria Rilke y Marina Tsvietáieva, y su contribución al volumen colectivo Frente a la razón del más fuerte. Al catalán se ha traducido La literatura en perill. Todos estos títulos los edita Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.

PREGUNTA. ¿Cómo se le ocurrió dejar Sofía y trasladarse a París?
RESPUESTA. A finales de los cincuenta, las posibilidades que había en Bulgaria eran las de hacer carrera en el partido comunista o dedicarse a la vida privada. Las imposiciones y las concesiones empezaban al trabajar. La vida de estudiante era fácil.

P. Así que decidió marcharse...
R. Un pariente que teníamos en Canadá nos hizo a los jóvenes de la familia una propuesta, mantenernos unos años en el extranjero como estudiantes. ¡Podía mudarme a cualquier parte! El sueño de irme a París tenía un poco de cliché, por lo de la chançon, Montand, Piaf... Allí bajé del tren un día a las seis de la mañana con una maleta y una pequeña asignación mensual que me iba a permitir tener una vida modesta.

P. ¿Sabía entonces a lo que iba a dedicarse?
R. No quería ser novelista ni poeta, y sin embargo quería hablar de literatura. En Bulgaria lo había hecho. Eso sí: sin entrar en la parte ideológica. Me había ocupado del carácter material de la literatura, de su carácter verbal. Me concentré en hacer estudios formales, de esa manera no tenía que transgredir los principios del marxismo-leninismo. Supongo que si hubiera querido contactar con escritores lo hubiera tenido fácil, pero no encontraba a nadie que se ocupara de este tipo de cosas. Hasta que me hablaron de Gerard Genette, que había publicado un libro sobre los formalistas rusos. Y se convirtió en mi hermano mayor, el hombre que me guió, que me llevó a Barthes y de ahí a la revista Tel Quel, la que dirigía Phillipe Sollers. Me matriculé para hacer mi tesis, tuve que quedarme unos años más, empecé a escribir en francés.

P. ¿Qué relación tuvo con los intelectuales occidentales? Muchos simpatizaban entonces con el comunismo.
R. Estuve más cerca del estructuralismo, que surgió justamente como una alternativa al pensamiento marxista. No todo obedecía a causas económicas, pensaban pensadores como Levi Strauss, las superestructuras también contaban, las relaciones de parentesco, los mitos...

P. Pero también entre los estructuralistas había marxistas, como Althusser.
R. Lo que para mí fue entonces un misterio era que gente que consideraba libre e inteligente simpatizara con un régimen del que yo había huido. En París no había hambre sino abundancia; no existía un Estado represivo, había libertad. Así que me producía la mayor de las perplejidades que algunos defendieran un sistema totalitario.

P. ¿Por qué se dedica en 1967 a estudiar la conquista de América?
R. Llevaba ya quince años en Francia, me había casado. En 1963 me hice ciudadano francés y, aunque no sea marxista, creo que el ser determina la conciencia. Es decir, yo ya no vivía con la conciencia de un joven búlgaro. Ya podía ocuparme de todo, podía hablar de todo lo que habla la literatura. Me había liberado de mis cadenas, ya no era necesario que tratara sólo de la construcción, del estilo, de la forma.

P. Y eligió el México de la conquista...
R. Cuando empecé a leer a Bernal Díaz descubrí que me hablaba del encuentro con el extranjero, con el extranjero absoluto, y que me contaba lo que significa aprender a vivir con los otros, con lo diferente. En la aventura de la conquista de América participaron unos personajes impresionantes que se encontraron de pronto frente a una realidad extraordinaria, totalmente nueva.

P. Y a la que tenían que someter al precio que fuera...
R. Es apasionante lo que hizo Cortés. Se impuso con 120 soldados a un rival que tenía 20.000. Mi contribución para desvelar ese enigma tiene que ver con la semiótica. Cortés manejaba los signos con más eficacia que Moctezuma.

P. ¿Y eso qué quiere decir?
R. Todos los españoles buscaban en América una sola cosa: el oro. Cortés fue más prudente. Decidió no avanzar hasta que no tuviera un intérprete. Y apareció entonces la Malinche. Aprendió español, y le fue traduciendo lo que hablaban los otros, los desconocidos. Cortés supo entonces que esperaban el regreso de un dios, Quetzalcóatl, y decidió instrumentalizar el mito presentándose como un enviado suyo. Los hizo creer lo que ellos querían creer. Actuaba como un príncipe moderno.

P. En uno de sus libros se ocupa del arte flamenco en la época del Renacimiento. ¿Qué tenían en común Campin y Cortés?
R. El mundo del siglo XV es el que descubre que el individuo tiene que tomar las riendas de sí mismo. Ya no ocurre como en la Edad Media, donde el individuo no existía y era sólo el reflejo de algo que estaba por encima de él, un tipo genérico, sin relieves. Y eso ocurría también en el mundo de Moctezuma. Y así como Campin empezó a pintar a los hombres concretos de su tiempo, Cortés participaba también de la idea de que el mundo merece ser conocido por lo que es. Quiso mirar el mundo que tenía delante de los ojos. Ya no se trataba de la vaca como idea, había vacas concretas, como las que pintó Campin. Es la modernidad.

P. Cortés y Campin, pero también ha abordado la guerra de Irak...
R. Hoy el mayor enemigo de las democracias occidentales es el terrorismo islamista. Pero no soy amigo de plantear las cosas de esa manera. El terrorismo tiene que ser combatido de manera implacable, y eso lo saben muy bien los españoles, que lo siguen padeciendo. Pero no conviene crear un gran enemigo, ya sea éste el islam o los países islámicos. Es necesario separar muy claramente las distintas cuestiones: las medidas policiales, el control de internet, la infiltración en las redes islamistas... El enemigo de ahora es más peligroso, y lo es porque no emplea fuerzas convencionales.

P. ¿Cómo combatirlo entonces?
R. El terrorismo no puede prosperar salvo en aquellos lugares donde existe un ambiente favorable. Es algo que está en la mente de las personas. Por eso es tan importante el combate ideológico, Europa tiene que dar esa batalla en primer plano.

P. ¿Por qué Europa?
R. Porque Estados Unidos ha cometido demasiados errores. Ahí están Guantánamo, Abu Ghraib, Bagram. Son justamente este tipo de realidades las que terminan por producir un entorno que simpatiza con los terroristas, que los protege, los financia, les facilita la logística que necesitan. Es necesario salirse de una representación maniquea del enemigo.

P. Esa representación maniquea sirve a veces para movilizar a la propia población contra el enemigo.
R. Creo que en este caso más que combatirlo lo refuerzan. Si asociamos la verdad del islam a lo que predican los islamistas le hacemos un inmenso favor a Bin Laden. La mayoría de las víctimas del terrorismo islamista son musulmanes. Es muy importante matizar, distinguir, observar el mundo concreto y comprender su diversidad. Como hizo Cortés.

P. No se afinó mucho a la hora de justificar la invasión de Irak, ¿derrocar a un dictador, armas de destrucción masiva, redes terroristas...?
R. El peligro más grave es el de entrar en una espiral de acción y reacción que saque las cosas cada vez más de quicio. En el atentado de las Torres Gemelas hubo 3.000 muertos. Son 300.000 las víctimas que han caído en Irak, y la guerra no ha acabado. Creo que sería una catástrofe, una ruina, que EE UU invadiera Irán. Una catástrofe de la que tardaríamos décadas en recuperarnos. –


Elogio del individuo. Traducción de Noemí Sobrequés. 2006. 304 páginas. 25 euros. Frente a la razón del más fuerte. Susan George, Sami Naïr, Ignacio Ramonet y Tzvetan Todorov. 2005. 151 páginas. 13 euros. En mayo se publicará El espíritu de la Ilustración. Traducción de Noemí Sobregués. En octubre se editará Vivir en el fuego. Confesiones. Marina Tsvetáieva. Con edición y prólogo de Tzvetan Todorov. Traducción de Selma Ancira. Y en 2009, Elogio de lo cotidiano. Tzvetan Todorov. Todos en Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.

Sobre 'Vida y destino'. Incluye textos de Vasili Grossman, Tzvetan Todorov y Efim Etkind. Traducción de Isabel Margelí. 2008. 106 páginas, 11,50 euros. Los aventureros del absoluto. Tzvetan Todorov. Traducción de José María Ridao. 2007. 300 páginas. 19,50 euros. La literatura en perill. Traducción de Isabel Margelí. 2007. 101 páginas. 17,50 euros.

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ANÁLISIS
La crítica de la crítica
Por Ángel Rupérez

Muy joven, Tzvetan Todorov llegó a París procedente de Bulgaria y pronto se convirtió en un brillante expositor y defensor de algunas de las claves críticas del estructuralismo, siempre de la mano de su mentor y maestro Roland Barthes, entonces el rey indiscutido de aquella alegre y confiada camada de críticos y pensadores que quisieron aplicar al conocimiento de la literatura los descubrimientos del pensamiento lingüístico de Saussure y del antropólogo Levi-Strauss (sin olvidar el deslumbramiento que ejercieron sobre ellos las brillantísimas ideas y métodos de jóvenes rusos de comienzos del siglo XX como Roman Jakobson o Victor Slovski, a quienes Todorov, precisamente, dio a conocer en Occidente).


De aquella época proceden libros clásicos de Todorov como Gramática del Decamerón, Poética de la prosa, Introducción a la literatura fantástica, dedicados al estudio de la literatura narrativa. Sin embargo, pronto el propio Todorov se dio cuenta del callejón sin salida de aquellas propuestas tan unívocamente formalistas y se escoró poco a poco a otros territorios que le prepararon el salto para su casi definitiva huida de la crítica literaria. Libros como Teorías del símbolo o el dedicado al gran Mijaíl Bajtin avisaron ya del descontento pero no de la defección absoluta. Ésta acabó de producirse al fin y Todorov apenas volvió a escribir crítica y dejó para los profesores la aplicación aburrida de sus aportaciones. Lo que sí escribió Todorov después de su deserción fueron libros de un género mixto afín a la historia de las ideas, a la antropología, a la historia y, en cierto modo, a la filosofía (El jardín imperfecto es uno de ellos, que recomiendo).

La aparición de Los aventureros del absoluto supone, en cierto modo, un retorno a la crítica pero sin abandonar el amplio marco que citábamos antes. Pero esta crítica, por suerte, ya no tiene nada que ver con la de los viejos tiempos de aquellas juveniles radiografías gramaticales de la narración. Ahora Todorov pone en práctica una especie de crítica ¡biográfica!, el no va más tanto para los que miren hacia atrás con nostalgia de estructuras y narratologías como para los que miren adelante con las mochilas llenas de audacias neodeconstructivas o cosa parecida. Todorov, casi como un Samuel Johnson afrancesado, hurga en las vidas de tres buscadores del absoluto, Oscar Wilde, R. M. Rilke y Marina Tsvietáieva. Los tres grandes escritores y los tres grandes fracasados en la vida. ¿La culpa? Su adicción al pensamiento dualista, en su caso de estirpe romántica. Las fronteras infranqueables entre opciones irreconciliables como vida y obra les llevaron, por distintos caminos, a la infelicidad total aunque también al grado sumo del arte literario. Todorov rastrea en su vida el desarrollo de esas dualidades, alimentándose, sobre todo, de los testimonios biográficos de los citados escritores (cartas escritas a amigos o revelaciones de allegados). Y, al final del libro, arguye las razones históricas de esos dualismos destructivos. Aquí aparecen, para apuntalar sus argumentos, figuras geniales como los primeros románticos alemanes, Baudelaire y Wagner, Flaubert y George Sand, Dostoievski y sus personajes y con ellos ilustra el devenir de esos absolutos compatibles con el arte pero tal vez no con la vida.

La conclusión, al fin, es casi una recomendación: la vida es un valor absoluto que no debe ser sacrificado por ningún fin que la trascienda. En ella misma, en sus potencialidades más expansivas y fortalecedoras de lo humano en sí y de lo estético no necesariamente artístico, está esa absolutidad que negaron los que necesitaron acorralarla para afirmar el arte. Por tanto, vivamos esa vida y no renunciemos al arte, es decir, rompamos el dualismo que las enfrenta y conciliémoslas en una suerte de armonía puede que frágil pero también esencialmente humana. En resumidas cuentas, libro excelente y libre, antiguo y nuevo a la vez, seductor y ensayístico, cálido y ético, como los mejores libros de crítica de cualquier tiempo y lugar.

Articulos:
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