dimanche 16 mars 2008

José ZALAQUETT/¿Humanizar el infierno?



¿Humanizar el infierno?
Por José Zalaquett

Es ya lugar un común decir que la guerra es un infierno. Entonces, sería una vana ilusión tratar de "humanizarla" mediante reglas. Si en condiciones de normalidad se suele transgredir la ley ¿por qué habría de esperarse que se la respetara en una situación de total anormalidad, en la que el hombre termina definitivamente por transformarse en lobo?

No obstante, existen abundantes convenciones sobre la guerra. De hecho, son los tratados más antiguos sobre materias humanitarias. Esto se debe, en primer lugar, a la tenacidad de la Cruz Roja, a lo largo de siglo y medio, y a su convicción de que cualquier grado de respeto de las leyes de los conflictos armados es preferible a ninguno. De hecho, gradualmente, las normas sobre la guerra (conocidas como Derecho Internacional Humanitario) y el Comité Internacional de la Cruz Roja, organismo que vela por su cumplimiento, han llegado a ser considerados como parte de la profesión militar por la mayoría de los ejércitos del mundo, aunque en la práctica éstos violen muchas de esas reglas.

En este mundo nuestro, en que resuenan con frecuencia las trompetas de la guerra, para usar una frase recurrida, conviene recordar la lógica de los conflictos bélicos y los más fundamentales principios humanitarios que intentan morigerar sus atroces efectos.

En primer lugar, siempre habrá enfrentamiento armado cuando concurran estas condiciones: (a) un grave conflicto de intereses entre entes con capacidad bélica; (b) ausencia de una autoridad que pueda dirimir el conflicto (para resolver controversias entre Estados hay, formalmente, autoridades internacionales competentes, pero mientras no exista un gobierno mundial, lo común es que carezcan de la fuerza necesaria para imponer sus resoluciones; en el plano nacional, puede ocurrir que el Estado respectivo, llamado a resguardar el orden y el derecho en su territorio, no consiga evitar que surja una insurgencia armada); (c) falta de disposición para negociar o fracaso de las negociaciones; (d) rechazo de cada parte a allanarse a las exigencias de la otra.

Dadas esas condiciones, hay guerra. Entonces, cada contendiente buscará someter al adversario. Para conseguirlo, debe anular la capacidad de combate del otro. Por lo mismo, como ya aclaraba von Clausewitz en 1832, una vez desatada, la guerra tiende a los extremos, esto es, cada parte echa mano al máximo de los recursos humanos, materiales y comunicacionales. Con todo, el mismo autor señala que dado que el objetivo de la guerra es relativamente acotado, hay espacio para cierta regulación.

Es cierto que no sería posible limitar lo que racionalmente contribuye a la necesidad de derrotar militarmente al enemigo (por ejemplo, ninguna fuerza armada soñaría con acatar una ley que prohibiera lanzar al combate más hombres que los que tiene el adversario). Sin embargo, sí es posible tratar de regular lo que no atañe racionalmente al objetivo de derrotar la capacidad de combate del otro.

Sobre esta base, el Derecho Internacional Humanitario especifica quiénes son combatientes y determina que no puede atacárselos si se han rendido, han sido capturados o no pueden luchar debido a enfermedad o heridas; distingue entre objetivos militares y objetivos civiles; estipula qué medios y métodos de combate son permisibles o ilegítimos.

Las normas de detalle son miles, pero ésta es la lógica básica. Claro que es ingenuo suponer que en un infierno se respeten las reglas por completo. Sin embargo, el peso de la opinión pública, la cual es capaz de movilizar, a su vez, a la comunidad de Estados, puede conseguir, al menos, alguna medida de cumplimiento.

Articulo :
http://diario.elmercurio.com 16/03/2008
Ilustracion: Satan - http://fromdepthsofhell.blogspot.com/

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