samedi 29 mars 2008

Juan GOYTISOLO/Escritora a secas


CRÍTICA: Escaparate
Escritora a secas
Por Juan GOYTISOLO

La literatura escrita por mujeres no es algo nuevo: existe a lo largo de los tiempos -bastaría con citar los ejemplos de Safo y de las mujeres-relato de Sahrazad-, pero conservó su carácter minoritario y excéntrico hasta mediados del pasado siglo.


Si nos ceñimos al ámbito de nuestra lengua, las excepciones al monopolio masculino -Teresa de Ávila, María de Zayas, sor Juana Inés de la Cruz- revelan la extraordinaria energía rupturista de quienes osaron adentrarse en un territorio hostil. Conducta impropia de su sexo, dirán algunos sesudos varones. Peor aún: anomalía condenada al silencio, como muestra el admirable ensayo de Octavio Paz sobre la autora de Primero sueño.

Por fortuna, las cosas han cambiado un tanto: después de la novela y poesía "femeninas", objeto primero de burla y luego de condescendencia, la irrupción de la literatura feminista propulsada por Simone de Beauvoir y el Women's Liberation Front aguzó de nuevo al filo de las críticas, antes de digerida y normalizada por la institución literaria europea y norteamericana. En la segunda mitad del siglo XX se trazaron nuevas fronteras y se delimitaron nuevos campos. La novela, la literatura y el pensamiento crítico podían ser específicamente "femeninos" (y mirados, claro está, por encima del hombro) o feministas (ciertamente incómodos, pero tolerados con paternalista resignación). Quedaban no obstante a la intemperie, en tierra de nadie, algunas figuras que no encajan en tal esquema. ¿Dónde situar a María Zambrano, Rosa Chacel, Ida Vitale, Blanca Varela, Ana María Matute y otras voces poéticas o narrativas reacias a toda normativa o clasificación? ¿Son, pueden ser, representativas de la supuesta alma femenina? Obviamente, no. Entran, como en la atera o coso de la política, en un espacio de durísima competencia. Han de abrirse camino en un gremio celoso de sus privilegios, "frente a pequeñas mafias", dirá Nuria Amat, "en posición de ataque contra una literatura que jamás podrá pertenecerles".

La autora de Deja que la vida llueva sobre mí -que acaba de publicar también Poemas impuros- no escribe obras femeninas ni reivindicativas. Tampoco novelas de temática previsible ni productos de venta fácil. No asume identidad alguna, ni siquiera la del "segundo sexo". Sus fuentes de inspiración habrá que buscarlas en Virginia Woolf y Emily Dickinson, cuya poesía tradujo mientras componía el libro. Nuria Amat quiere ser, y es, escritora a secas. Su última novela -como La intimidad o El país del alma- contiene numerosos elementos autobiográficos, pero no es una autobiografía novelada sino una propuesta literaria que afronta el reto de la novedad y en la que el pasado vivido o imaginado se integra en el conjunto del libro como un componente más. Las contradicciones no asustan a la autora. Si afirma que "escribir es un desafío a morir", admite también que "contar es traficar con la verdad". "Embarazada de su mesa de trabajo", se autodefine "peregrina de la letra" y prosigue su "cruzada en solitario".

La cita que abre el libro, la respuesta de Hannah Arendt a una pregunta de Heidegger -"nunca me he sentido mujer alemana y, desde hace tiempo, he dejado de sentirme mujer judía. Me siento como aquello que soy, ni más ni menos: como una persona en tierra extraña"-, nos da la clave de su escritura en cuanto proceso de desidentificación. El rechazo de las identidades fijas, establecidas de una vez para siempre, ya sean nacionales, ideológicas, religiosas o sexuales en la medida en que excluyen lo ajeno y niegan la preciosa diversidad del ser humano, le conduce al contrario de los márgenes de lo consensuado, a esa periferia desde la cual la realidad puede ser vista en toda su complejidad, como un rompecabezas de difícil reconstitución. Así será "mujer, divorciada, hijastra, huérfana y escritora". En suma, desterritorializada, como lo fue la autora de Orlando.

La propuesta de Deja que la vida llueva sobre mí, no reitera lo ya dicho y repetido hasta la saciedad. En una época en la que la letra tiende a convertirse en sierva de la imagen -de ahí el afán de parir novelas adaptables a la pequeña o gran pantalla- resulta tónico leer: "El televisor se ha convertido en un mueble sospechoso. Oculto y mudo como un general sin mando en el centro de un desierto". El público lector puede escoger aún, no sé por cuánto tiempo, entre la propuesta literaria enriquecedora y el producto de consumo destinado al mueble sospechoso que le encandila con su ventanita abierta a la inanidad.

Articulo:
http://www.elpais.com 29/03/2008

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