dimanche 16 mars 2008

Julián RÍOS/Palonzo



Escondido en un cajón durante cuarenta años por temor a la censura franquista, el cuento que presentamos a continuación forma parte de Cortejo de sombras, la pieza faltante en el rompecabezas de Julián Ríos. El autor gallego, que se volvió figura de culto con la novela experimental Larva, captura aquí el deprimente clima de la posguerra, y demuestra por qué Carlos Fuentes lo declaró “el escritor más inventivo y creativo de la lengua española”.


Palonzo
por Julián RÍOS

Al tonto aquel, Palonzo, ¿lo recuerdan? Un hombre corpulento, con cara de sapo, carrillos rasposos de barba, fláccidos, la boca entreabierta, ennegrecida de dientes cariados; y piernas en arco, descalzo siempre, los pies hinchados, deformes. Así tal cual se mostró por última vez, asomado todo el día al ventanuco de rejas, antes de que lo llevasen lejos, a la capital. Encierro de precaución. Medio pueblo desfiló por la plaza, delante de la cárcel: las mujeres cacareando insultos muy alborotadas y los hombres amenazantes, azuzados por las mujeres, descargando miradas mientras él, Palonzo, allí se estaba, impasible, la cara salivosa, sus ojos bobos, tranquilos, con una expresión de total inocencia. Aquella gente, el pueblo, con prisas de verse libre del abominado. ¿De verdad lo creían culpable?

Más vale escarbar en el recuerdo, referir la historia desde el érase una vez, antes de que caiga en el olvido. ¿Sí? Oigan esto, con licencia.

Desde pequeño lo llamaron así, Palonzo, y su verdadero nombre, nombre de bautizo, nadie en el pueblo lo sabe. No tenía familia conocida (se dicen historias, acaso inventadas: seguramente llegarían también hasta ustedes), era hijo de todos desde que lo abandonaron recién nacido. Los más viejos han de recordar aún el suceso, cómo apareció una madrugada de invierno aquel envoltorio de trapos —un llantito aterido— ante el portalón de la casa hospicio.

Fue criándose como animal sin amo, desconfiado, solitario, roñoso, cubierto de pústulas. Desde niño se vio que era tonto, sin señales de lucidez, tonto de babas, pasmado, con sus vergüenzas al aire aun de mayorcito, obtuso a los golpes, a las palabras agrias, también a los gestos amigables, de verdadera bondad, desoyendo los mira-aquí-ven, escurridizo; haciéndose sus necesidades en público, sin ningún recato. Una ofensa, verdadero bochorno para este pueblo. Una calamidad. Creció gordo, grande, medio fofo, a pesar de que comía más a gusto con los perros callejeros, devorando, disputando los huesos y los desperdicios en los cubos de la basura. Gruñendo con eficacia. Así estaba siempre, sucio, repugnante, las carnes desnudas, asomando entre harapos, endurecidas de mugre, revolcándose por el polvo o entre el pasto mojado, durmiendo en cualquier parte, en los establos y en cuevas, o al sereno en el buen tiempo. Era mudo, su habla gruñidos, sonidos carrasposos, gargajeos, ensimismado en su ausencia (¿recuerdan su mueca blanda, de estupor?), rematadamente inútil, no como Maluco, otro de nuestros santos inocentes, que después de correr delante de la banda de música haciendo visajes, es capaz, sin embargo de arar la tierra, partir leña, hacer un recado de cuatro pocas palabras o llevar la cruz en las procesiones.

Este Palonzo sólo servía para el continuo vagar solitario, sin sujeción ni obligaciones, con escasas apetencias, lo indispensable, libre bajo el cielo, montaraz. Sin embargo, eran compasivos con él: a veces le regalaban ropas viejas, le ofrecían comida, limosna de céntimos. Aceptaba todo, consentía desdeñoso, sin apreciar las caridades. Le gustaba mendigar, sin provecho. Extendía su mano oscura a la puerta de la iglesia, limosneaba, con jadeos de perro ventor, pedía a los forasteros, sólo por el placer de oír el tintineo de la calderilla, de sentir entre los dedos la fría dureza de las monedas, gozoso con la musiquilla, desconociendo el uso, el valor del dinero.

Lo vieron crecer, hacerse hombre. Andaría por los treinta —echen cuentas— cuando ocurrió la terrible desgracia, lo aquí nunca visto. Parecía algo más viejo por lo desgreñado y raído, con el aspecto selvático, la piel encostrada de roña, el mirar lobuno.

Por aquellos días nadie se admiró apenas cuando Luzdivina, la vieja que limpiaba los pozos negros y vendía estiércol, lo recogió, quiso cuidarlo, le dio techo y comida, lo acercó a una existencia de persona. No se sorprendieron. Aquella mujer no podía sentir asco de nada: esquelética, oscura, consumida, viviendo siempre en la inmundicia. Quizá se dijeron —por afán de explicación— que ella se sentía sola, ya en la vejez, habitando en descampado, en una cabaña a las afueras del pueblo, y recogió a Palonzo como se recoge a un perro, por estar acompañada de viviente, para recibir una mirada en la hora última de la muerte. Quizás. Ella lo llamaba, lo recibía con gran sonrisa, lo avistaba de lejos saludando: Hijo, le decía, un tratamiento de amor. Era Hijo, su nombre Hijo, ningún otro. Lo cuidamaba, aquella vieja. A veces él, Palonzo, se dejaba llevar por la mujer, montado en el caballito peludo, y ella al lado, caminando a pie. Llegaban hasta la playa, a recoger algas. Venían luego, de vuelta: él, Palonzo, montado de nuevo sobre el caballito, encima de la carga de sargazos, y ella delante, camina caminando, encorvada, guiando. Así pasaban por el pueblo, extraños y distantes.

Pero no pensaron que aquella mujer, Luzdivina, podía estar roída por un remordimiento secreto, algún antiguo pecado; recibía en conciencia el mandato de la misión maternal. ¿La expiación en la vejez? ¿Algún antiguo recuerdo? ¿La vaga semejanza, comparación? ¿El puede-ser?

Y sin embargo, Luzdivina había sido joven, como todos, no fea y de cuerpo apetecible, con muchos hombres en su mocedad, sin remilgos: treinta años atrás —pregunten— señalada con escándalo por las personas decentes. Y hasta se contaba que había estado a punto de coger marido, un tal Damián buena persona, muerto a palos en el monte por tres madereros, criminales libres hasta hoy por falta de pruebas, reos para la justicia de Dios; y la dejó a ella, Luzdivina, en total desvalimiento, encinta de varios meses. Dio a luz sola sobre el estiércol, separando la vida con sus dientes, mujer de valor. El hijo, ¿nacido muerto? ¿Muerto de días? ¿Abandonado en pañales? Nunca se supo. De ahí la horrible sospecha, la duda, razonable.

Así que todos aceptaron el cambio, sin externa sorpresa, secretamente aliviados, liberados de cualquier responsabilidad, aquel hombrón sin juicio a cargo y cuidado de la vieja Luzdivina. Pero en el comienzo de todo, del tremendo suceso ocurre otra novedad. ¿El horror les permite explicar el hecho? ¿Alguien puede lavarse las manos?

Fue en aquel tiempo, cuando se cerraron las casas en esta banda del río, en terrenos del municipio; las casitas mal famosas, de ladrillo y techo de cinc, con las ropas femeninas —rosadas, azul pálido, íntimas— tendidas como reclamo en los alambres junto a las puertas, flameando como atrevidas banderolas. Los chiquillos, a la salida de la escuela, tenían entonces por moda acercarse allí para espiar desde el herbazal a las mujeres —en bata, descuidadas en el cubrirse, algunas medio desnudas—, el espectáculo apenas entrevisto y salir a galope, correr con el corazón en la boca, perseguidos a pedradas y malas palabras: la fascinación prohibida para los chiquillos, imágenes de nunca olvidar. Aquellas mujeres —gordas la mayoría, avejentadas bruscamente en buena edad, casi todas con dientes de oro para el esplendor de la sonrisa— tuvieron que salir de allí, su reino, desperdigadas a la fuerza. No que abandonasen la comarca, seguían ejerciendo el oficio, tenían sus clientes fijos, antiguos, pero desde entonces llevaron una existencia medio clandestina, oficiando con discreción, sin el jolgorio ni el bullicio de antes. Pero los hombres —hagan memoria— , en las noches de sábado, echaban de menos la animación, las voces altas, los cantos seguidos, la breve disputa ahogada en alcohol, el desfogarse, la ruidosa alegría en los cuartos iluminados y llenos de humo, de las casitas junto al río. El ir y venir de las mujeres todo el tiempo, arrastrando a los hombres a las piezas del fondo, consolándolos de vivir, acompañándolos en la bebida, en el desahogo. Aquellas noches de licencia se recordaban, en el triste pasar del tiempo. Esto debió de adivinarlo enseguida Corisco, oportuno, portugués muy negociante, capaz de husmear un negocio a leguas de distancia, sin lastre de escrúpulos. Muy pronto corrió la voz, en secreto sabido, rumoreado: volvía la oportunidad de gastar la paga alegremente. Los sábados se organizaban en el almacén de Corisco veladas como las de antes. Había mujeres y bebida en abundancia. El sábado, el camión de Corisco traía dos o tres mujeres de la ciudad y al anochecer quedaban instaladas en el almacén. Desde la oscuridad empezaban a afluir los parroquianos, de distintas calles, distraídamente, así fingiendo con mal disimulo, en el mismo centro del pueblo; llamaban al portón de atrás, junto al garaje, e iban entrando en silencio, cautelosos, con sonrisa de complicidad. Corisco ordenaba a los hombres en doble fila, cobraba por adelantado —el dinero en la mano, tarifa fija, sin rebajas— y cuidaba de que nadie se demorase más de lo preciso. Las dos o tres mujeres, tendidas sobre sacos, recibían con tranquila eficiencia y gestos mecánicos aquel uno-a-uno de multitud excitada. Luego, pronto, la disciplina fue relajándose, los gritos, las risas de amor, el alto rumor de fiesta, llegaban hasta la calle, escandalizaban al vecindario. Incluso se organizaban partidas de cartas en la trastienda, hasta la madrugada, tenso disputarse el dinero.

En el pueblo todo se sabe, las autoridades estaban en el secreto, consentían. ¿Por cobrar nueva contribución? Casi cierto, aunque sólo fuesen propinas, dádivas de Corisco.

Un sábado, una noche alegre, apareció por allí Palonzo. ¿Llevado por mano de diablo? Entrada memorable.

“A ver si se le despierta el instinto”, gritó alguien anunciando la broma.

Espectáculo de gran sorpresa. Empezaron las apuestas, una diversión nueva. Hasta venían aldeanos de lugares distantes, de otros términos, a verlo actuar. Llegaban a Tamoga los obreros de las cerámicas, del cargadero de mineral, los pescadores de Puerto Angra, todos, gente de muchos sitios, llegaban como atraídos por un imán. Algo famoso. Producía pasmo. Un garañón capaz de deslomar a aquellas mujeres corridas, el nunca acabar jadeante. Se cruzaban apuestas, más aventuradas cada vez, fuera de lo humano. Aquellos hombres sudorosos, los ojos encendidos de alcohol, no acababan de creer. Sin trampas: una proeza exagerada. Las apuestas subían, más, importantes. Allí lo llevaban a Palonzo, los sábados, el protagonista. Era la atracción principal. Lo rodeaban, jaleando, impacientes, igual que se aguarda un reñido combate, lo muy difícil. Dicen que se le iluminaba la cara cuando veía a las mujeres, resplandecía, bien comprendiendo: ¿buscando la admiración de todos? ¿En el ardor carnal? Se lanzaba incontenible, gruñendo, mostrando los colmillos, con fierezas de pasión, bramas de amor, una y otra vez, así, con tales gocespasmos, con plácidas babas, cosa de nunca acabar.

Después, empezaron a olvidarse de Palonzo, todos, lo rehuían, le vedaban entrar en el almacén, le tiraban algunas monedas desde la puerta, lo espantaban; quizá por aburrimiento de la misma diversión, porque hubo novedades, otros métodos de apuesta. No era necesario ya, Palonzo, su proeza bestial, muy representada, sabida. Hubo nuevos inventos, malicias distintas, en el torpe especular. ¿Oyeron hablar de las carreras de yeguas? Veo que sonríen. Este es cuento verdadero. Las mujeres —dos o tres gordas, traídas de la ciudad—, desnudas, a cuatro pies, con los senos colgantes, espoleadas por tipos corpulentos como Soto y José-Alberto, montados encima, caballeros, corrían desbocadas por el piso de tierra del almacén hasta la meta, el mostrador del fondo. Había premios diversos y el júbilo lúbrico de los espectadores.

Palonzo quedó olvidado, pordiosero nostálgico; la entrada en el almacén terminantemente prohibida. Lo de antes era broma pasada.

¿No vieron cómo rondaba, al caer la noche, husmeando a la hembra, en celo?

El primer incidente provocó risas, sólo comentarios malignos. Un sábado, la señorita Rosario, la organista, salía de la novena, camino de su casa por la Calleja del Convento, detrás de la iglesia; se asustó en la oscuridad al oír el bramido. Al principio no supo qué hacer, temblorosa, atada en su miedo, cuando vio al oscuro demonio, la sombra enorme, a Palonzo, acercándose con los brazos abiertos, gruñendo, la cara alucinada. Ella pudo al fin arrancarse a correr, pidiendo socorro con sus grititos de susto, alertando. Nadie quiso dar importancia a los temores de una solterona.

¿No repararon después —alguno se fijó— cómo Palonzo contemplaba a las mujeres, a todas, a las niñas incluso, suspirando babas? Las acosaba con la mirada, cuando salían del colegio, chiquillas de falda corta, en el comienzo del desarrollo; escrutaba sus juegos, el brincalegre de los recreos, los muslos rosados saltando a la cuerda. ¿Parecía inofensivo? ¿No temían el posible desmán?

Pero el delito fue imprevisible, urdido en cabeza muy desquiciada: lo muy atroz de sentir a la hembra en la vieja Luzdivina, la nueva, única madre.

Ocurrió también en sábado, de noche, y hasta día y medio después no se supo en el pueblo, cuando se encontró a la vieja (gracias al aviso de una vecina, alarmada y curiosa, que espió por la ventana) tirada en el suelo de su barraca, con Palonzo al lado. No había intentado escapar, ignorante del acontecimiento, desmemoriado a cuatro patas. Palonzo, gimiendo sobre ella, Luzdivina: las negras sayas rasgadas, descubiertos los pechos pellejudos, la blancamarillez del cuerpo medio desnudo, huellas de garra en el vientre y en el cuello la profunda dentellada. Palonzo, perro velando a su ama, masticando el frío y las tinieblas, sin comprender, un llanto como treinta años antes, la confusión total: la amadresposa, perdido junto a ella, lloraullando. ¿Acaso para despertarla del sueño eterno? ¿Para regresarla? ¿Gimiendo penas? ¿Aullando a la muerte? Recapaciten. ¿Habría querido volver a la antigua morada, con la fuerte añoranza del seno oscuro y caliente del que fue arrancado? ¿Llegaría a cegarse en la extrema locura? Quizás alguno de ustedes, gente letrada, sepa explicarlo.

Ríos. Su libro más reciente es la antología preparada por Alejandro Toledo: Larva y otras noches de Babel (FCE, 2007).

Articulo :
http://www.eluniversal.com.mx – Confabulario 15/03/2008

Sobre Azul@rte:
http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=Confabulario

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