samedi 22 mars 2008

Leonardo VALENCIA/ Ecuador y el síndrome de Falcón


CRÓNICAS DE AMÉRICA LATINA
Ecuador y el síndrome de Falcón

El novelista ecuatoriano Leonardo Valencia utiliza la proeza de un hombre que carga a otro como metáfora de quienes consideran que los escritores están obligados a reivindicar su tierra. La literatura de su país de origen intenta superar ese síndrome, mientras su presidente ha vuelto con un lenguaje propagandístico.

Juan Falcón Sandoval sólo medía un metro y cincuenta y dos centímetros de estatura, pero era robusto y de anchas espaldas. Nació en 1912 en un pueblo de los Andes y nadie lo recordaría si no fuera por una proeza que lo hizo entrañable en el imaginario de la literatura ecuatoriana. Durante una década cargó a un hombre que no podía caminar y que, además, se trataba de uno de los escritores ecuatorianos más politizados de la primera mitad del siglo XX: Joaquín Gallegos Lara. Tan entrañable ha sido la figura de Falcón, que Jorge Enrique Adoum lo retrató en su novela Entre Marx y una mujer desnuda y Camilo Luzuriaga en la película homónima de 1996. En un momento de la película de Luzuriaga, se le pregunta a Falcón por qué carga al escritor y no busca otro trabajo, y Falcón responde: "Porque cargándolo uno se siente importante".

Vi esta película probablemente el año 1997, cuando vivía en Lima. Comprendí con un estremecimiento por qué me había marchado de Ecuador sin tantos reparos y había tomado distancia, en aquel entonces, de la literatura ecuatoriana. La respuesta de Falcón me permitía entender algo que yo había percibido en la literatura de mi país a lo largo de la mitad del siglo XX. Todavía daba coletazos una larga estela de la ideología marxista por la que, sin que constara como regla escrita, el escritor debía sentirse obligado al retrato de su país con una finalidad reivindicativa, simplificando instrumentalmente su obra. La literatura, bajo ese punto de vista, debe ser útil e importante, debe ser seria. A esa autocensura la denominé, un poco en broma, el síndrome de Falcón: el escritor ecuatoriano debía cargar, como Falcón, una agenda secreta y no declarada para su literatura. Cualquier transgresión a esa regla no escrita fue vista como una deserción alucinada, un desvío burgués o una pretensión cosmopolita. Curiosamente así fueron tratados los casos de Pablo Palacio y Alfredo Gangotena. Precisamente Gallegos Lara desautorizó la obra de Palacio, hoy considerado el mayor escritor vanguardista de Ecuador.

Le ha tomado mucho tiempo a la literatura ecuatoriana librarse de ese peso, de un código, por cierto, marcadamente realista. Desde hace algunos años, varios escritores ecuatorianos han trabajado en la superación de ese síndrome: no querían sentirse utilizados ni ser representativos, sino ser, sobre todo, escritores. Asumieron lo que Naipaul ha remarcado como la cualidad de la narrativa: una transformación completa de la experiencia. Los nacionalismos no quieren transformaciones individuales, sino representaciones funcionales (y, de ser posible, simbólicas) de elementos arcaicos y puros. Se plantean urgencias identitarias marginando precisamente la mayor prueba de identidad: la capacidad de crítica.

Sin embargo, lo que prometía acabarse en Ecuador ha vuelto con el lenguaje propagandístico del actual presidente, Rafael Correa. La retórica de Correa anuncia en sus cadenas nacionales que "la Patria ya es de todos", que "ha vuelto la Patria" o que "ha nacido la Patria". Con este último lema se ha llegado a teatralizaciones como la de haber colocado en un mitin político una bandera ecuatoriana en medio de una cuna y alzarla en hombros. Allí uno no sabe si reír o ponerse a llorar. Correa remite demagógicamente a la Patria y promete un paraíso. Al mismo tiempo sataniza a los periodistas críticos y prohíbe a funcionarios del Gobierno ecuatoriano presentarse en determinados noticieros, como el del periodista Carlos Vera. Incluso expulsa a los periodistas de las ruedas de prensa o los insulta. A pesar de esa retórica nacionalista y de no corregir errores a partir de la crítica interna, Correa acata la intromisión exaltadora de Chávez, tal como ocurrió en el conflicto fronterizo entre Colombia y Ecuador. Con todo esto no puedo menos que pensar que esa "Patria" ya no es de sus ciudadanos, sino que de todo el mundo: de Estados Unidos (conviene recordar que la moneda de Ecuador sigue siendo el dólar), de las violaciones de Correa a todos los mecanismos legales para disolver el Congreso y reformar la Constitución, y de lo que es mucho más grave: de las toleradas incursiones de las FARC de acuerdo a lo que pueda dictar Chávez desde Caracas.

El síndrome de Falcón vuelve de mil maneras y más allá de la literatura. En realidad, no está datado histórica ni geográficamente: es una recurrente perversión nacionalista de autocensura que asume distintos rostros. Lo he visto, a su manera velada, en otros países con sus particulares polémicas de radicales sobre quién pertenece de oficio (o de sangre) y quién no, sobre qué lengua se defiende, se ataca o se ningunea. Esto afecta al escritor haciéndole creer que es el vocero de algo superior como una nación, que lo valida, y de la que se siente representante, y que a largo plazo termina debilitando su propia obra. El escritor, en realidad, es el vocero de su propia palabra transformada. Una palabra que está ubicada en un margen de perplejidad y duda, y a veces de silencio, para que el lector pueda complementar lo que se le sugiere. Por lo tanto es siempre sospechosa porque no busca ser oficial, porque es paradójica y, sobre todo, porque es una ficción.

Leonardo Valencia (Guayaquil, Ecuador, 1969) ha publicado recientemente El libro flotante de Caytran Dölphin (Funambulista). Participó en Bogotá 39 como uno de los escritores latinoamericanos más importantes menores de 39 años.
www.leonardovalencia.com

Articulo :
http://www.elpais.com 22/03/2008


***



Comienzo del libro
El libro flotante de Caytran Dolphin
Por Leonardo Valencia




Nadie lanza nunca un libro al agua. Se lo echa al fuego, se lo aprisiona en una caja, se lo entierra de pie en una biblioteca. Pero nadie lanza jamás un libro al agua. Nadie. Nunca. Jamás. Ella mira desde la orilla del lago. Mira y parece decir: nadie lanza nunca un libro al agua. Sólo que ella, la niña que juega en la orilla del lago con un cubo de plástico rojo, no ha pronunciado ni una palabra. Alarga su brazo, señala hacia el libro fl otante, agita la mano y frunce las cejas como si le doliera, avisándome para que lo rescate. El libro sigue allí, flotando. No contaba con la niña en la orilla. Me quito los zapatos, subo las bastas de mi pantalón y entro en las aguas como quien entra tanteando el borde engañoso de un sueño.

Rescataré el libro. Precisamente yo, que lo he lanzado. La niña ha levantado cuatro torres de arena. Torres imperfectas y torcidas. Al señalarme el libro flotante, una de las torres se acaba de derrumbar. Ella baja la mirada, coge el cubo rojo y lo rellena. Compacta la arena, vuelca el cubo, lo golpea por arriba, lo levanta: revela una áspera y compacta torre de arena gris. La niña, resignada al resultado de su trabajo, murmura insatisfecha. Sólo entonces retoma lo que tenía pendiente conmigo. Me mira, extrañándose de que yo, aunque haya entrado al lago, no haga mi parte del trabajo. Vuelve a señalar hacia el libro.

Nunca me he bañado en las aguas del lago Albano. Lo he visto siempre de lejos, desde lo alto de la carretera que viene de Roma, de paso entre Frascati, Ariccia, Castelgandolfo y el resto de pueblos adosados a la zona de los Castelli Romani. Siempre he desconfi ado de sus aguas calmas. Medallón resplandeciente encajado en la boca de un pez oscuro, es un lago indolente. Roma lo castiga y le da la espalda a este ojo de agua volcánico. Pensar que este remanso fue una estridencia de fuego y lava. Pensamiento fantástico pero posible.

Esta vez no he venido de excursión. Si vengo aquí, al Hotel del Lago, no es por el mismo motivo que los demás huéspedes. Me hospedo por simple necesidad y me siento extraño a la condición de turista o convaleciente. En dos semanas terminarán los arreglos de mi casa en Ariccia, a cinco minutos de aquí. En seis días estarán listas las habitaciones de mi dormitorio y estudio. Podría ir antes, pero no tengo prisa. Quiero volver a la casa de mi abuelo cuando esté terminada por completo. No me imagino resistiendo otra vez más el ambiente de desbarajuste y polvo. Ya tuve mucho con la época que pasé con los Residentes. Podría haberme hospedado en cualquiera de las casas de mis tíos o primos, o en el estudio de Filippo en Frascati, pero aparte de que no me gusta incomodar, tampoco me resulta agradable ir y venir de Roma. No soporto el tráfi co de las horas punta. El estudio de Filippo es lo más cercano. Habría sido lo mejor, pero mi amigo tiene demasiado desorden y, sobre todo, lo visitan sus alumnos, y alguna alumna.

Hemos vuelto tarde después de tomar unas copas en el Jean Avril. Filippo se reiría de mí si supiera que, en vez de ir a dormir cuando me dejó en el hotel, me quedé dando vueltas por la orilla del lago. Se reiría viéndome tan temprano en la mañana con el agua hasta las rodillas, acercándome a recoger un libro que está a punto de hundirse.
—Nunca comprendí —dijo Filippo— que te quedaras tanto tiempo entre los Residentes.

A veces, tus mensajes parecían los de una vida normal. No comentabas nada. Casi llegué a pensar que no había ocurrido, o que ocurrió en otro lugar. En un pueblo de China o en las orillas del Caspio.

No podía decirle que también mi lugar era remoto, medido desde Roma o desde cualquier rincón de su imaginación. Quizá por eso me quedé tanto tiempo. Quizá por eso me marché. Yo, el último, después de los hermanos Fabbre. Una buena manera de explicarle a Filippo las razones de mi permanencia entre los Residentes sería dar con la simetría que me tenía prisionero. No es difícil explicarla: dos hermanos, dos libros, dos continentes. También esos pares se multiplican en sucesivas simetrías, en pasillos revestidos de una perspectiva de espejos, tiempos en perspectiva, con niveles que se alternan y confunden.

Pero Filippo no entendería, por más que la suspicacia desbordara su mirada capturando entrelíneas y posibles razones que me retuvieron debido a este mismo libro que ahora me acerco a rescatar. Se reiría de mí, de mi tontería. Después de unos segundos me preguntaría de qué libro se trata. Yo no podría, ya no puedo decirle que era el libro de Caytran. No podría dárselo para que lo leyera. Aunque sabe un poco de mi idioma, Filippo no entendería los fragmentos. No es una cuestión del idioma, faltaba más. Es el estilo de los fragmentos lo que lo hace huidizo para cualquier lector, y no sé si para mí mismo.

La niña, sólo con mirarme, con alargar el brazo, me ha hecho entrar al lago para rescatarlo. Siento el agua tibia del verano. Me pregunto si en el fondo, en el centro del lago, no habrá otros libros.

El lago, lo dije, es de origen volcánico. Durante siglos, con grandes pausas entre siglos, ha venido mucha gente a este lago, sobre todo los últimos doscientos años. ¿Y si hubiera en el fondo placas de piedra con inscripciones en latín? Es probable. Desde la salida de Roma, recorriendo la Via Appia, están dispersas como semillas de una memoria astillada.

Cuando descubrieron las barcazas hundidas en las que Calígula daba sus fiestas, los buzos rastrearon el fondo de un extremo a otro. A lo mejor alguien también lanzó un libro al agua lo suficientemente lejos como para no poder recuperarlo.

Recuerdo todavía la vez en que Ignacio Fabbre contó que había lanzado en medio del lago Titicaca uno de sus libros. No debió decirlo. Se le vinieron encima. La más agresiva fue mi hermana. Yo lo sabía y creía comprender las razones de mi amigo. Ignacio no explicó más, cambió de tema. Banalidad de
las confesiones. Sus motivos eran diferentes a los míos.

Todavía están encendidas algunas luces del hotel. Son luces amarillas. Las mismas tibias luces que me recuerdan otro hotel, el verdadero protagonista de esta historia, el Hotel Albatros. Un hotel aquí y otro allá, y ambos unidos por las luces amarillas. No podemos escapar de la simetría. Sólo la podemos forzar. Y yo no quiero forzar nada. Ya no. Desde lo alto del Hotel Albatros, en las lomas de Urdesa, la vista era insuperable, todavía corría brisa, los accesos eran fáciles y amplios, sobre todo para las barcazas que dejaban víveres y que se acoplaban a los muelles improvisados de las calles que emergían de las aguas como rampas. Las veredas estaban bordeadas de ceibos y acacias que no dejaban de fl orecer, obedeciendo a un ritmo que no se correspondía con el que nos marcaba la nueva geografía.

Las calles de las lomas se retorcían como la frente de un recién nacido y todas convergían al espinazo de la Avenida Olmos. Cuando alguien se desorientaba, dos eran los puntos de referencia: la Iglesia del Hermano Gregorio y el Hotel Albatros.

Recuerdo salir al balcón del Albatros cuando empezaba a oscurecer. Yo estaba en una esquina desde la que podía ver el resto del hotel y los puntos de luz suspensivos que sostenían su figura durante la noche, tiñéndolo de una tibia iluminación. Las ventanas protegían mi secreto de huésped con sus persianas de madera. Exquisito mecanismo el de la persiana: cien párpados cerrados que dejan ver sin que seamos vistos. (Ver sin ser vistos, las palabras del libro de Caytran me dan pautas de escritura, me quitan el peso de buscar fórmulas.) En ese balcón, haciendo lo que estaba prohibido para los Residentes —mirar las aguas que cubrían la ciudad—, me sentía completo, completo en la pérdida, si se puede decir de alguna manera esto que no puedo husmear sin ir y venir.

Veía también otras luces a lo lejos. Era la cubierta de un carguero que venía del Sur, bordeando la costa del Pacífico. Ellos también nos veían. Confirmaban la ruta del mapa y de los instrumentos de navegación cuando avistaban las formas truncas que sobresalían en la superficie y los redondeados islotes demasiado delineados como para ser verosímiles. Lo que veían era el gigantesco lago de pesadilla que cubre y domestica lo que alguna vez fue un puerto con grandes galpones de comercio, suburbios impenetrables y canales semi camuflados por la urbanización improvisada y caótica, la única posible. A los pocos que la conocieron antes de la inundación, aunque no lo digan, no les basta ni convence el pronombre de los novatos que pasan por primera vez por Guayaquil. Porque algo no encaja, como si empezara a evaporarse el oleaje estancado de aguas poco profundas.

¿Eso?, preguntan pidiendo confirmación, ¿eso es?
No saben ni tienen por qué darle otro nombre que eso. La tripulación comprueba su sistema de navegación y confirma: eso es o era. Ni siquiera los tiempos verbales se aclaran, ni tienen por qué aclararse. No es una cuestión de correspondencia.

Siempre detrás el lenguaje, como un perro pusilánime que husmea. Se habían acercado demasiado. Antiguos edificios sobresalían como estacas o hitos que recordaban el resto sumergido. Preferían pasar de largo, mirando al Norte o al Sur, no a su costado, a la realidad modificada que todavía no constaba actualizada en los mapas. Pero era tarde. Por más que miraban a otro sitio y modificaban el rumbo, ya habían escuchado la perturbación de la ciudad sumergida. ¿Qué podían saber los pilotos novatos de lo que apenas entreveían? ¿Qué suponían del grupo de los Residentes afincados en lo alto de los recientes islotes perfectos en los que se habían convertido sus colinas, cerros y lomas? Su ignorancia me parecía más interesante, más predispuesta, que aquella que yo debía satisfacer cuando me preguntaban por lo que había ocurrido en Guayaquil. Prefería dedicarme a pensar la manera en que aclararía las preguntas de los pilotos. Sin embargo, es sencillo: los materiales de mi historia siguen sumergidos hasta el día de hoy.

Así como una burbuja que sale a la superficie tras quedar retenida durante mucho tiempo basta para señalar el lugar donde se ahogó una persona, así también aparece o queda un fragmento que da pie a la historia íntegra, y de la que ha debido desprenderse para que no se la olvide por completo, aunque esté muerto, viciado o sea culpable. Allá abajo, en las aguas frías y oscuras, permanecer entero es permanecer en descomposición. Ahora que estoy a un paso de la casa de veraneo del Papa, en Castelgandolfo, no puedo dejar de recordar la inscripción junto a la cripta del Hermano Gregorio. Su recuerdo me hace sonreír:

SE PROHÍBE TERMINANTEMENTE ENCENDER VELAS EN NINGÚN LUGAR DE ESTA CRIPTA

«Desde Roma —continuaba la inscripción— el Papa prohíbe encender velas al Dr. Gregorio. Esto interrumpe el proceso de beatificación.» Me divertía imaginar al Papa en su sillón romano, o en su despacho de Castelgandolfo, incómodo porque al otro lado del mundo, en una remota iglesia de un puerto de Ecuador, una viejita encendía, con agradecimiento o esperanza, despacio, una vela. Qué le importaba a ese Papa, o a este que ahora tengo tan cerca, esas burocráticas velas que complican el proceso de beatificación. Al otro Papa sí le importó cuando supo que Guayaquil desapareció en la inundación (o el hundimiento, como prefiero llamarlo) y pidió por todos. De poco sirvió, por supuesto.

La referencia que más destacaba en las lomas de Urdesa, el verdadero hito, el más antiguo, era el Hotel Albatros. Las casas, edifi cios y mansiones de las lomas, además de amplias y lujosas, eran una exposición de la mejor arquitectura de su época, todas marcadas por el estilo que impuso el hotel. El origen de la rápida urbanización de Urdesa se debió al Albatros y a sus fundadores, la familia Marsal. Este hotel encabezaba, a modo de proa, la parte más sobresaliente de las lomas que apuntaban al sur. Desde allí se puede (se podía: insisto en que no me decido entre los tiempos verbales porque todo me parece tan remoto) recorrer de un vistazo, de norte a sur, la ciudad que se proyectaba paralela al río Guayas. Como es cierto que cualquier construcción, por mínima que sea y del tipo que sea, reinterpreta y modifica el terreno en el que se levanta, las lomas abandonadas y cubiertas de maleza en las que nadie se detuvo durante décadas, pasaron a ser lo más cotizado de la ciudad. Había ocurrido lo contrario que con los cerros más antiguos junto al río —Santa Ana y El Carmen— donde se fundó la ciudad.

Cada arquitecto, a petición de sus clientes, reproducía en sus casas el efecto panorámico que se tenía desde el Albatros. Los Fabbre no fueron la excepción. Aunque ya tenían una casa a la orilla del estero, construyeron otra en lo alto de las lomas. Ignacio la llamaba la casona del Belvedere. Me alargo. Siempre me alargo. Ni modo, es mi manera de acercarme. Ahora el libro está al alcance de mi mano. Lo tomo. Las páginas no ceden fácilmente, se despegan con la humedad pastosa de la gasa sobre una cicatriz supurante. En cada página un fragmento. Escojo uno de página par Descubrir lo que todavía nadie sabe y ni siquiera sospecha —escribe Caytran—, contener el aliento, como si la imagen de lo visto en secreto cayera en guillotina y cortara en dos, afi lada lámina entre un antes y un después. Por el secreto convertirse en dueño y señor de lo visto. Momento de dioses. Momento de luz.

Podía haber escogido cualquier otro fragmento. Da igual. Siempre parece el comienzo necesario, el único posible, y aquí empiezan las malas interpretaciones. De esto apenas quedará una frase, o una imagen, así que el derroche igual pasará desapercibido. Lo que no se debe pasar por alto es que ésta no es mi historia.

Cuando alguien cuenta su propia historia —escribe Caytran—,ya es otro, y aquel que la cuenta sabe que el otro ha muerto, que quisiera recuperarlo o quisiera olvidarlo, o bien que quien la cuenta es el muerto, y el otro, el vivo pero perdido y pasado, está tratando de devolverlo a la vida a través de un conjuro. Entonces no importa quién habla, quién ha muerto, quién vive y quién escucha. Lo importante es que el conjuro sea pronunciado con las palabras correctas, y que la fuerza que se invoque esté bien conjurada. Con voz firme, abierta, segura de lo que va a desatar.

No tengo esa voz firme. No sé el conjuro, ni el ritual, ni la forma. Como en el cuento jasídico que me contó Filippo, animado por la grapa después de un almuerzo apabullante en el Rigoni, su refugio gastronómico en Frascati. Me conmueve el entusiasmo por la cultura hebrea que vuelcan hacia mí por mis orígenes. Si supieran de mi escepticismo. Lo único que sí perciben es mi curiosidad dispuesta. Filippo me contó un famoso relato jasídico: el maestro Rabbi Yisra’él, cuando ya no supo a qué bosque iba su maestro Bàál-shem, ni dónde estaba el lugar sagrado al que se dirigía para solucionar sus problemas, ni cómo se hacía el fuego ni la oración que recitaba, sólo entonces, cuando se había perdido todo, el maestro Rabbi Yisra’él se quedaba sentado en una silla de oro y contaba la historia del lugar sagrado, del fuego y la oración perdidos. Así, contando la historia desde la silla de oro, encontraba la solución a sus problemas.

Yo ni siquiera tengo una silla. Mi voz es minúscula, casi invisible, tenue como línea de fl otación, una voz que, aunque no conjura, da la medida y es el eje del mundo. Hay un mundo de arriba y un mundo de abajo. Un mundo desde el que se mira y otro mundo sumergido. Eso sería lo sencillo, el esquema fácil para dar la noticia. Lo cierto es que en el medio hay una escala de niveles sobre los cuales me iré deteniendo, subiendo y bajando alternativamente, como las mareas. Sigo en la orilla del lago. Quizá entenderé por qué lo lancé y por qué, contra mi voluntad, solicitado por la niña del cubo rojo, rescaté lo que yo quería que se perdiera. Qué falta de convicción la mía. A mí sólo me quedan resonancias de algo que escuché o creí escuchar en otro sitio. Como se dice en uno de los fragmentos del libro, equívoco para el autor pero cierto para mí:
Ser una caja de resonancia —escribe Caytran—. Nada quedará pero todo habrá sonado.

Ante la imposibilidad de conjurar nada o sacarlo a flote, lo que me queda es dar cuenta de esta imposibilidad. Lancé el libro al agua porque quería negarlo. Salida inútil. Lo mejor será hacerlo a través de una voz interpuesta, la de los mismos fragmentos del librito de Caytran. Qué ingenuo era pensando que me desharía de palabras sin recurrir a ellas, lanzando el libro al agua. Aunque sea breve o escorado, algo podrá encontrarse a través de sus palabras y de las mías. Él utilizó las referencias de su ciudad como una metáfora, aunque eran reales, y le sirvieron para explicar lo que él consideraba su historia. Yo, en cambio, utilizaré su libro, será mi guía, aunque sea un libro que tergiversa lo que desapareció.

Su título —Estuario— es un error en sí, una corrección distorsionadora: en Guayaquil nadie llama estuarios a lo que siempre han llamado esteros. Pero precisamente ese sabotaje de lo real era lo que interesaba a Caytran, para desenmascarar a quienes esperaban correspondencias, datos de manual, tópicos como argollas y eslabones, simples crónicas.

—En otros tiempos —explicó alguna vez Ignatius Fabbre en una de las escasas conferencias que dictó—, cuando había una forma de lectura en voz alta y rimada, se llamaba pie de verso al primer verso que marcaba la pauta métrica y la rima. Era una especie de detonante.

Los fragmentos de Caytran, puras abstracciones sin rima, sin métrica, serán mis pies de verso. Quizás allí estará la clave: articular un ritmo del pensamiento a partir de las imágenes de Estuario, que yo simplemente comentaré. Una improvisación. Yo no podría hacer más que esto, siguiendo mi papel de intérprete, de músico tardío. He dejado tanto tiempo en la oscuridad a este librito que no debió publicarse y ahora pretendo mostrar a quien lea sus fragmentos el combate que enfrentó a los hermanos Fabbre y que se resolvió en las lomas de Urdesa, cuando la inundación. O el hundimiento, como prefi ero decirlo.

Mis pantalones chorrean. El foco de un poste se apaga. Le muestro a la niña, desde lejos, el libro rescatado. No sonríe. Se concentra en su castillo de arena, en su cubo rojo. El que debe de ser su padre camina a lo lejos, estirando los músculos, sin perder de vista a la niña. También estuvo ayer, calmado y sereno, rondándola. Hay más gente. Dos mujeres están sentadas en una mesa. Yo que pensaba deshacerme del librito de Caytran sin testigos, sin contárselo a nadie, y resulta que los testigos se han multiplicado y que no hay marcha atrás. Las historias también se siguen multiplicando y hay que detenerse a ordenarlas, aunque siempre sea tarde para contar y siempre se cuenta tarde.

Podemos empezar.


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