vendredi 21 mars 2008

Manuel VICENT/ Scott FITZGERALD: jazz, martinis y sombreros blancos


DAGUERROTIPOS
Scott Fitzgerald: jazz, martinis y sombreros blancos
Por Manuel VICENT

Nadie como él consiguió describir la pompa de jabón que se estableció en el aire de París y de Nueva York en el periodo de entreguerras. Había grandes fiestas como la cima de todos los sueños y más allá, nada. Un día terminó el baile

Para alguien enamorado del éxito y dispuesto a no resignarse la maldición era vivir en la zona menos noble de un barrio aristocrático, habitar una casa de clase media rodeada de mansiones señoriales, estudiar en colegios de élite gracias a una beca y no siendo rico tener condiscípulos y amigos adinerados. Éste era el caso de Francis Scott Fitzgerald, un adolescente atractivo y lleno de talento, condenado a ejercer su seducción entre clanes cuyos vástagos engominados jugaban al polo y en el Country Club bailaban con ricas herederas un poco ñoñas, que "tenían la voz llena de dinero". El muchacho las veía subir a los descapotables color crema y tabaco de sus novios con la pamela atada con un lazo de tul en la luminosa barbilla a la sombra del castaño de la elegante avenida Summit de Saint Paul y tal vez en el subconsciente se propuso estrellar su vida contra ese espejo.

Francis Scott Fitzgerald había nacido el 24 de septiembre de 1896 en esa oscura ciudad provinciana del Estado de Minnesota. Hasta Saint Paul había llegado su padre desde Nueva Inglaterra como representante de jabones, después de haberse arruinado en un negocio de muebles de mimbre. Su madre, una McQuilliam de soltera, descendía también, como su marido, de emigrantes irlandeses comepatatas, pero su familia había alcanzado en el ramo de la alimentación cierta pujanza económica y una discreta relevancia social. La distancia que le separaba de la clase privilegiada el escritor la tuvo que salvar mediante la fascinación personal y en ese empeño sacrificó su hígado a los dioses paganos.

Al iniciarse el siglo XX la suprema modernidad la marcaban cuatro cacharros emblemáticos, el coche, el teléfono, el cine y el avión, los cuatro destinados a anular por primera vez el tiempo y el espacio y a crear en el horizonte un espejismo siempre inalcanzable. En ella unos seres hermosos y malditos estaban dispuestos a quemarse las alas bajo la excitante música de jazz. Scott Fitzgerald se hallaba entre ellos. Era entonces un guapo muchacho con cuello de porcelana, inteligente y divertido. Quería escribir. Ese destino parecía llenar de un licor muy dulce toda ambición y tal vez una noche levantó los ojos hacia la oscuridad estrellada y se preguntó qué parte del universo le correspondería en propiedad exclusiva el día de mañana.

Enamorado de su propia juventud dejó atrás el Medio Oeste poblado de provincianos comidos por la moral puritana e ingresó en la Universidad de Princeton y allí se dedicó a desarrollar el arte de ser admirado por sus compañeros, que acabarían convertidos en criaturas de ficción de su primera novela. Su nombre comenzó a encaramarse trabajosamente en los suplementos literarios de los periódicos y revistas de Nueva York. Con los primeros tres dólares que le pagaron por uno de sus cuentos se compró unos pantalones blancos de franela con tres pliegues. Poco después la historia le dio la oportunidad de realizar con la propia vida el sueño del más famoso de sus personajes. Llamado a las armas en la Primera Guerra Mundial, durante su estadía en el campamento de instrucción Camp Sheridan, en Alabama, con uniforme de teniente, lo mismo que luego haría Jay Gatsby con la rica heredera Daisy Buchanan, acudió a un baile en el Country Club de la cercana ciudad de Montgomery donde conoció a la bella sureña Zelda Sayre. La sacó a bailar y en la pista la pareja fue admirada por su belleza frívola, como el ideal de una existencia evanescente.

Se enamoraron. Ella también escribía. Era tan ambiciosa y loca como él, aunque más rica y sofisticada. No se entregaría mientras Francis Scott fuera no más que un delicioso pelanas, escritor de relatos cortos y de anuncios de publicidad. Pero un día le llegó el éxito con su primera novela, A este lado del paraíso, y el remolino de la fama le trajo también a sus brazos como gran botín a la bella sureña. Se casaron en la catedral de Saint Patrick de Nueva York y a partir de ese momento aquella pista de baile del Country Club de Montgomery tomó una dimensión indefinida en la mente de ambos y en ella siguieron danzando allí dondequiera que se encontraran, sobrios o borrachos. La pareja inició una aventura estética atormentada, llena de lujo, maletas y viajes detrás del éxito. Sentirse divinos a cualquier hora del día y todos los días del año les obligó a cabalgar para entrar siempre en la meta agonizando. Uno de los dos tenía que sacrificarse en el altar del otro. Los celos literarios se añadieron a los de una pasión demoledora. Dispuestos a beberse el mundo en forma de aceituna en mil martinis, allí donde no llegara el talento o el carácter llegaría el alcohol.

París era entonces un barrio imaginario de los seres privilegiados de Nueva York y la Costa Azul una proyección solar de París. Toldos blancos y azules, sombreros blancos y bañadores femeninos con rayas de avispa, un lugar para navegar a bordo de sí mismos sin que las noches terminaran nunca. Zelda era su modelo. Bella, frívola, inestable, imaginativa. Excitaba la imaginación de su marido sin dejar nunca de atormentarlo. Al principio de la galopada era una de esas parejas rutilantes que al entrar en una fiesta hace que los músicos, llenos de admiración, paren la orquesta. Siempre aparecían en el lugar y en el momento oportunos, en el bar del Ritz a solas con un martini seco, en Montparnasse con Gertrude Stein o con Hemingway, Ezra Pound o James Joyce; en la Costa Azul en los sillones blancos del millonario Murphy a la sombra de Picasso. Mientras Zelda se preguntaba qué podía hacer con su vida, Scott Fitzgerald vivía aun para escribir. Tenía éxito. Ganaba dinero. Lo dilapidaba. Quemaba la vida. Pronto comenzaron a devorarse. Iban tan empapados en alcohol que los amigos comenzaron a hacerles de lado y esta paranoia le obligaba a destruirse con más furia todavía. Los dos eran sus propios personajes de ficción, pero siendo tan frívolo, nadie como Scott Fitzgerald consiguió describir con tanta intensidad, gracia y maestría la pompa de jabón que se estableció en el aire de París y de Nueva York en el periodo de entreguerras dentro de la cual sonaba música de jazz, bailaban criaturas vanas, había grandes fiestas como la cima de todos los sueños y más allá, nada.

Un día terminó el baile, que iniciaron en aquella pista del Country Club de una ciudad de Alabama. Scott Fitzgerald llegó a tener un poco de sangre en la corriente de alcohol en las venas. Zelda comenzó a dar señales ya inequívocas de esquizofrenia. Antes de devorarse del todo se separaron. El escritor reculó hasta un cubículo de la Metro en Hollywood donde escribía a tanto el folio unos guiones que nunca se rodarían, adornando el cuchitril con decenas de cocacolas vacías en el suelo. El día 21 de diciembre de 1940 murió de un ataque al corazón. Zelda le sobrevivió unos años. Estaba ingresada en el sanatorio psiquiátrico Highland de Ashville. El 10 de marzo de 1948 el establecimiento ardió y Zelda Sayre murió abrasada. Juntos de nuevo en la tumba su epitafio dice: "Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado". Es la última frase del Gran Gatsby.


Articulo :
http://www.elpais.com 22/03/2008

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